Scouts hoy, scouts para siempre

Young Boy Scout walking on forest trail carrying a staff and wearing uniform
A young Boy Scout happily hiking along a wooded trail with friends behind him.

Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimientoScout.

La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.

Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:

“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:

 —ser amigo de todas las personas,

 —ser fiel a mis creencias,

—cumplir la Ley de la Manada y

 —hacer cada día una Buena Acción”.

Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.

Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.

 Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.

Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:

Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.

 Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.

 El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.

Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.

 Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.

 El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como  Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).

 Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.

Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.

Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.

La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.

Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.

En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.

La habitación oscura

Firefighter dressed in full protective gear standing outside a fire station with fire trucks behind him
A firefighter stands ready in full gear outside a fire station with trucks in the background.

Cuando llegue esa mañana para hacer las practicas con el Cuerpo de Bomberos, del Máster de Intervención en Urgencias, Emergencias y Catástrofes, que estaba cursando aquel año en la Universidad de Málaga, no me podía imaginar ni mucho menos que en el trabajo de bombero uno de los sentidos, el sentido del tacto, van ha desempeñar un papel clave tanto en el salvamento de las victimas como del propio profesional y sus compañeros.

La mañana se presentaba soleada cuando mis dos compañeras de prácticas y yo entramos en el Parque de Bomberos de Benalmádena. Los tres, aunque de profesiones diferentes, todas relacionadas con la salud eso sí, albergábamos el mismo temor el de que en las 12 horas, que debíamos pasar obligatoriamente acompañando en sus faenas cotidianas a los bomberos ocurriese algún tipo de incidente real que nos obligara a intervenir, poniendo nuestros conocimientos y habilidades al servicio de tanto de nuestros anfitriones como de las posibles víctimas. Y es que este Master exigía de sus alumnos un papel activo, siempre que fuese posible y las circunstancias lo permitieran, en las intervenciones que los profesionales implicados se viesen envueltos en cada momento, ya fuera en una ambulancia del 061, cuando la practica se hacia en los diferentes ambulatorios del Servicio de Salud, como en el auxilio de emigrantes llegados en una patera, cuando la práctica se realizaba en los locales de Salvamento Marítimo. O en un fuego o un accidente de trafico como en esta ocasión en el Parque de Bomberos.

—Buenos días, soy Martin el sargento jefe de puesto—Nos saludó el bombero nada más entrar. ¿Y vosotros sois?

—Gloria, medico de urgencias en el Calos Haya.

—Marisa, enfermera, voluntaria en Cruz Roja y de momento en paro porque acabo de terminar el Grado.

—Agustín, psicólogo clínico, recién jubilado y también voluntario en Cruz Roja— Nos fuimos presentado mientras el jefe de puesto nos estrechaba la mano.

—O sea que hoy tengo alumnos de todas las especialidades, todo un lujo para nosotros, aunque esperemos que la guardia sea tranquila y no necesitemos de vuestros conocimientos. Aquí tenemos dos equipos de cinco hombres, uno por cada coche de los que dispone el Parque. A vosotros tres os hemos puesto en el primer equipo: “el verde”. Si venís por aquí, nos dijo Martin, mientras nos indicaba el camino hasta una sala cercana, os presentare a vuestros compañeros que están repasando las incidencias que tuvo ayer el grupo de guardia saliente. Y con aquella presentación comenzó nuestro día de prácticas mientras cruzábamos los dedos porque no pasara nada.

Cinco miradas curiosas y expectantes se fijaron en nosotros tres cuando entramos los tres en el despacho donde se encontraba reunido el equipo verde.

—Perdonar la interrupción chicos —dijo el sargento. Aquí tenéis a los tres alumnos del Máster de la UMA, que van a pasar el día con vosotros. Ellas son Gloria, médico y Marisa, enfermera y este caballero se llama Agustín y es psicólogo. Tratármelos bien que en alguna ocasión os podéis encontrar con ellos dirigiéndoos en cualquier futura emergencia.

—Bueno, creo que ahora es el momento en que nos presentemos nosotros —dijo la mujer bombero que lideraba aquel grupo. Yo soy María la “mandamás” del este equipo de salvajes. El es Alex, nuestro conductor y los otros tres son Ramón, Pedro y Joaquín. Mucho gusto en conoceros—contestaron al unisonó los aludidos.

—Ramón encárgate de equiparlos y no seas bromista y te pases con la talla de las chicas, que hoy en día y no como cuando yo llegue, tenemos uniformes actos para mujer.

El bombero, se dirigió diligente a un cuarto situado al fondo de la sala y tras tallarnos visualmente y preguntarnos el numero de calzado que solíamos usar, salió con los cuatro pares de piezas de uniforme imprescindibles en caso de emergencia: pantalón y chaquetón ignífugos, botas de trabajo impermeables y casco con visera. Única pieza del equipo que nos hizo probar allí mismo para comprobar que se ajustase al diámetro de nuestras cabezas de tal manera que a la par de protegernos nos permitiera moverlas libremente.

—En aquella puerta tenéis los vestuarios, cambiaros y dejar vuestras cosas—nos dijo María. Obediente entre en el vestuario de hombres, me quité mis zapatos de calle y el pantalón que traía y me puse las ropas que me habían proporcionado a la par que las botas. Y ahí tuve la primera sorpresa del día, nunca se me habría ocurrido lo mucho que pesa un chaquetón de bombero, un peso enorme, pero supuse que necesario para protegerte del fuego. Algo parecido les ocurrió a mis compañeras pues al volver a la sala de reuniones, vestidos de aquella guisa parecía que nuestros cuerpos hubiesen disminuido un par de centímetros.

—¿Qué, pesa el condenado chaquetón? —nos dijo Alex, ante las miradas divertidas de sus compañeros. ¿Por qué creéis que es la prenda, junto con el casco que procuramos no ponernos hasta que nos bajamos del camión? De momento os los podéis quitar y colgarlos en esa percha junto a los nuestros.

—Orden del día para hoy, sino tenemos ningún aviso, claro. —se dirigió a todo el grupo María:  Alex, Ramón y Pedro, junto con nuestros invitados: comprobación de que todo el material del camión se encuentre completo y en buen estado. Joaquín tu échale entre tanto una mano a Romualdo del “equipo azul”, con la preparación de la comida, que hoy tenemos paella en honor de nuestros invitados, si necesitáis algún ingrediente le pedís al sargento que haga el favor de salir al super, con su coche, a comprarlo, que hoy seguro que no pone ninguna pega. A las doce todos en la torre para las pruebas de rapel y subida y bajada de la cesta del camión. Cuando acabemos comida y descanso. Por la tarde prueba de la habitación oscura.

La mañana se nos fue en un santiamén, según lo previsto revisamos que todo el material del camión estuviese bien colocado y funcionara bien, nunca me había podido imaginar que un camión de bomberos pudiese albergar en sus entrañas tantos y variados cachivaches. Después subimos por las escaleras a la torre de prácticas del parque, allí pudimos apreciar lo difícil que es subir cinco pisos de escaleras con el equipo antiincendios acuestas, menos mal que la apreciable falta de fuerza física de nosotros tres hizo que nos permitieran subir a la torre sin llevar nada a nuestras espaldas. Una vez en la terraza, montaron un rapel, para que aprendiéramos en la práctica lo que es deslizarse por una cuerda, las chicas disfrutaron mucho con la experiencia, pero he de reconocer que yo pretexte mi edad avanzada y mis problemas de rodilla para no bajar aquella pared colgado de una cuerda y hacerlo cómodamente en la cesta de la escalera deslizante del camión.

No había hecho más que bajar de la cesta cuando sonó por los altavoces del parque la llamada a comer.

La reunión de los martes

Group of six friends sitting on a sofa laughing and holding drinks
Six friends share laughter and drinks during a relaxed evening at home

Todos los martes, después del desayuno, nos reuníamos todos los internos del pabellón de ingresos, donde me encontraba internado por aquellas fechas, junto con buena parte del personal médico y los psicólogos encargados de nuestros tratamientos junto con el jefe de enfermería del sanatorio el subdirector medico y la asistente social. Aquella reunión de carácter formal y de la que se levantaba acta de todo lo hablado en la misma, tenia como objetivo tanto escuchar las aportaciones reclamaciones de los que estábamos internados sobre la marcha del “día a día” de la marcha de la institución como la presentación de los nuevos ingresados o la trasmisión de noticias por parte del personal sanitario que pudieran afectarnos de alguna manera.

Aquella asamblea de enfermos y médicos me llamo poderosamente la atención, ya que no había visto nunca nada parecido en ninguna otra de las diferentes clínicas u hospitales donde había trabajado como psicólogo antes de caer enfermo. Pero que formaba parte de la filosofía de trabajo de este sanatorio, que huía como la peste de cualquier estigmatización del “enfermo mental”.

-Sí, todo eso esta muy bien, pero reconoce que te pusiste muy nervioso la primera vez que asististe a aquella reunión y tuviste que presentarte ante el resto de tus compañeros de pabellón, fue la primera vez que vi como te temblaba la voz. Sobre todo, cuando la asistenta social te preguntó en que trabajabas antes de estar jubilado y no te quedo más remedio que reconocer que eras psicólogo. ¾murmura Dino a mi oído mientras escribo estas líneas.

-Lo dirás, porque mis “compis” de pabellón no tardaron nada en colocarme el apelativo del “psicólogo loco”, que junto con “el de la pipa”, me persiguieron como sobrenombres todo el tiempo que estuve allí internado.

-No me digas, ni que te molestaran de verdad esta especie de “motes” ¾me responde el dinosaurio.

-No, ya sabes que no -le digo-. Pero volvamos a las reuniones de los martes, en las que una queja recurrente, por nuestra parte los internos, era la mala calidad de la comida, sobre todo del pescado.

Queja de la que puntualmente se tomaba nota en el acta de la reunión todos los martes, pero que no sirvió, para nada que la calidad del pescado que os servían mejorara para nada -me vuelve a replicar Dino.

-Pero reconocerás, que muchas de nuestras quejas, lo rápido que se vaciaban los mecheros colgados en las paredes del patio, o la manía de convertir nuestras habitaciones en un frigorífico por lo fuerte que solían poner el aire acondicionado u otras tantas, de las que se formularon a lo largo del tiempo en aquellas reuniones, se resolvieron con diligencia y prontitud.

-Sí, eso tengo que reconocerlo. -me contesta Dino.

Lo importante, para mi entonces y ahora, es que al menos una vez por semana los pacientes disponíamos de un foro sin ningún tipo de restricciones donde poder expresarnos. Foro que ya podían copiar en muchos otros lugares.

Esa chica que tengo en la cabeza

Young woman with blonde hair in white sweater sitting at a wooden table outdoors
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Cartas a un soldado

El médico

Russian soldier in camouflage uniform standing with rifle outside building
A Russian soldier stands guard outside a military facility holding a rifle.

Doctor Alexander Luria

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Leningrado, 25 de mayo 1947

Estimado colega y amigo,

Le escribo esta breve misiva para ponerle al tanto de los datos clínicos más relevantes del paciente Avgustin Temho (Número de expediente AT2001), al que acabo de remitir para ser tratado por usted de su “neurosis de guerra” desde el Hospital Militar Nº 5 de Leningrado.

El sargento Temho, fue ingresado en nuestra institución el 15 de enero de 1946, cuando, a punto de ser licenciado de su Unidad, empezó a dar síntomas de un desequilibrio mental severo, solo explicables, según nuestro parecer, por las experiencias traumáticas sufridas durante su participación en alguno de los combates más duros de nuestra Gran Guerra Patria.

Avgustin Temho no había presentado síntomas observables de neurosis de guerra durante sus más de tres años de servicio, a pesar de haber sido herido varias veces. Es más, dado su arrojo y valentía en el combate, fue reconocido con la la Orden de la Guerra Patria de 2ª clase y la Orden de Bogdán Jmelnitski de 3.ª clase.

Solo tras la entrada de nuestras victoriosas tropas en Berlín el sargento empezó a presentar alguno de los primeros síntomas de su enfermedad: abuso del alcohol, falta de concentración, mutismo y en ocasiones convulsiones musculares ante cualquier ruido. Tras un tiempo de ingreso en el 2º hospital de campaña en las afueras de la ciudad, a petición del medico de su compañía y la persistencia de los síntomas, fue trasladado con cierta urgencia a nuestro hospital, donde hemos estado tratándole con metanfetaminas a dosis moderadas, aislamiento y cura de sueño inducido más psicoterapia analítica, con solo pequeñas mejorías. El aumento de síntomas de conversión como la incontinencia urinaria, parálisis momentánea de las extremidades, sordera, etcétera. nos ha llevado a la conclusión de que el sargento Temho, necesita para su recuperación asistencia especializada como la que presta la institución que usted dirige, por lo que hemos pedido su traslado a Moscú.

Quedando a su disposición para cualquier información complementaria que se pueda requerir sobre este caso, se despide su camarada y amigo,

Coronel Sergey Solovióv.

Hospital Militar Nº 5 Leningrado.

PD: Espero tener el placer de verte durante las vacaciones para jugar una de nuestras partidas de ajedrez

La esposa

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Kémerovo, 7 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por los camaradas de la Comandancia del Ejercito Rojo en Kémerovo que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Quisiera estar en Moscú para tenerte cerca de mí. No sabes cuanto te echo de menos, pero me ha sido imposible conseguir el salvoconducto de viaje, a pesar de haber recurrido a todos nuestros conocidos en las delegaciones provinciales, tanto del Comisariado de Guerra, como de la Milítsiya y los camaradas del Partido.

Espero que el traslado a ese famoso hospital de Moscú, de cuyos tratamientos en casos de enfermedades como la tuya se escuchan maravillas, sirva para que podamos reencontrarnos pronto y besarte y abrazarte de nuevo, ya que nuestro lecho esta muy frio sin tu hermoso cuerpo a mi lado.

Por mí no tienes que preocuparte, pues gracias a ser la esposa de un soldado enfermo a causa de la guerra, pero condecorado dos veces por su valor, he podido continuar trabajando en las oficinas de la fabrica de tanques, que el Estado está reconvirtiendo rápidamente en fabrica de tractores, cumpliendo las directrices para la reconstrucción del camarada Stalin, lo que me permite seguir manteniendo la cartilla de racionamiento de primer grado.

Por cierto, el mes pasado vinieron a visitarme algunos camaradas ya desmovilizados de tu compañía y me trajeron los “obsequios” que habías conseguido en Berlín. Tu padre está encantado con el reloj de pulsera que le enviaste, pero yo he preferido guardar los juegos de sabanas y otras “cosillas” para estrenarlas cuando podamos estar juntos.

Espero que tu estado te permita escribirme pronto, ya me han comentado los médicos de tu hospital que aún no estas en condiciones de hacerlo. Por cierto, son muy amables y cariñosos conmigo, a pesar de las dificultades para poder hablar por teléfono de estos días, suelen llamar a la fabrica casi todas las semanas para decirme cómo estás.

Bueno no quiero cansarte más de lo debido, pero te prometo que ahora que sé tus señas, procuraré escribirte todas las semanas.

Un beso de esta tu esposa que te echa de menos,

Aliona

El padre

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Andreevka, 2 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por el camarada Dmitry capitán de la Milítsiya del Distrito, que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Según me comenta el capitán has tenido una tremenda suerte al ser trasladado a ese hospital ya que su director, el camarada Alexander Luria, es un especialista en trastornos como el tuyo de fama mundial. El policía cree que tu traslado se debe sobre todo a que seas poseedor de dos medallas al valor que acreditan de sobra tu honorabilidad como soldado del Glorioso Ejercito Rojo, que alejan de las autoridades del Estado cualquier sospecha de cobardía por fingimiento de tus síntomas.

Tu madre y yo estamos tremendamente orgullosos de ti y de tu comportamiento como soldado. Lo estuvimos cuando con tan solo 19 años alcanzaste el grado de sargento, un suboficial muy querido por sus subordinados, según nos comentaron tus camaradas el día que vinieron a visitarnos. Y lo seguíamos estando cuando tus fotografías aparecían en los periódicos recibiendo alguna de tus medallas y éramos felicitados por el responsable político del koljós.

De aquí hay pocas cosas que decirte. Gracias a vuestros esfuerzos y la sabia dirección de la Guerra por el camarada Stalin, los malditos alemanes no asomaron sus feas narices por aquí, lo que nos permitió seguir con las cosechas cumpliendo todos los años la cuota marcada por el Comisariado.

Lo que sentimos en el alma es no poder ir a verte a Moscú, pero tanto tu madre como yo estamos desando verte entrar, ya recuperado, por la puerta.

Tu mujer bien. Continúa trabajando en la fabrica de Kémerovo y como siempre se muestra muy cariñosa con nosotros. Es una lástima que con la guerra no nos hayáis podido dar ningún nieto, pero con el tiempo supongo que todo se andará.

Bueno, hijo, te dejo y ya te iremos escribiendo. Un beso de tu madre y mío,

Avgustin y Katia Temho

Miguel Ángel

Hand holding a large frothy beer mug on a wooden table in a pub
A hand holding a large frothy beer mug in a cozy pub setting

Intento recordar y no me acuerdo cómo conocí a Miguel Ángel, ni el por qué durante un tiempo fuimos tan amigos.

Puedo, sin embargo, enumerar los nombres, los lugares y las ocupaciones de todos mis amigos del cuatrienio 71-74 del pasado siglo, como los conocí y los diferentes papeles que jugaron en mi vida. Puedo recordar, por ejemplo, a Gonzalo ese chico gordito que conocí en los scouts, con el que hice mis primeros pinitos de revelado fotográfico en el estudio de su hermano y con el que solía ir a menudo al cineclub del San Juan Evangelista. O a Salete, mi compañero de trabajo y vecino, con el que asistía a los estrenos de los cines de la Gran Vía, siempre a la sesión de noche, cuando salíamos de Telefónica, e incluso a Eduardo, mi jefe de Grupo en los scouts, que me introdujo en aquellos seminarios sobre el Materialismo Dialéctico que organizaba el Partido en su casa, junto a la Plaza de España. Pero no puedo recordar comó me hice amigo de Miguel Ángel.

Miguel Ángel era un chico de mi edad, muy formal para la época, que trabajaba en una tienda de electrodomésticos situada junto a El Corte Inglés de la calle Goya. Un chico, que ahora que lo pienso, no tenía ningún parecido con mis otros amigos de aquel tiempo, no había sido scout, no le gustaba el cine ni la política. Quizás lo único que compartíamos era nuestra afición al montañismo y a las jarras de cerveza negra que solíamos tomar en la Cruz Blanca, donde solíamos ir los viernes por la noche. Tenía eso sí un viejo Renault 12, con el que hacíamos alguna escapada a Levante, hasta que se gripó un buen día subiendo la Cuesta de las Perdices. Y eso hubiese sido todo, una amistad anodina hasta que se cruzaron en nuestro camino Asunción y Teruca.

Conocimos a las dos hermanas en los andenes de la Estación del Norte una noche de viernes mientras esperábamos el tren que nos conduciría a Cercedilla, donde enlazaríamos con el ferrocarril que subía hasta Cotos, con la intención de iniciar la marcha por el Camino Schmidt y hacer vivac en el collado Ventoso. En aquel andén casi desierto esa noche, enseguida llamaron mi atención dos chicas que con la pañoleta scout rodeando sus cuellos, estaban sentadas en un banco, sin duda esperando el mismo tren que nosotros.

—Miguel Ángel —le dije a mi compañero—, voy a acercarme un momento a hablar con las chicas que están allí sentadas. Por lo que veo son scout, como yo. Vigila nuestros macutos mientras tanto.

—Bueno, pero no te enrolles demasiado que el tren está a punto de llegar.

Yo sabía que, a mi amigo, antiguo miembro de la OJE, los scouts no le hacíamos mucha gracia y mucho menos si eran del genero femenino, por lo que no me extrañó que no me acompañase.

—Buenas noches, me llamo Agustín y pertenezco al Grupo 9 —dije a modo de presentación a las dos muchachas.

 —Hola, encantadas de conocerte —me contestó una de ellas.

—Yo me llamo Asún y esta es mi hermana Teruca, y como habrás adivinado por el color de nuestras pañoletas, pertenecemos al Grupo 15, el del Barrio del Pilar.

—¿Vais a Cercedilla? — pregunté.

—Sí, pensábamos bajarnos en Torrelodones, pero como nuestro amigo Joe no ha podido venir, hemos decidido subir a Cotos y hacer el Camino Schmidt.

—Anda, igual que mi amigo y yo. ¿Podríamos hacerlo juntos? —pregunté.

—Buena idea, —me contestó la chica.

Y así se inicio nuestra amistad con las dos hermanas. Asún, dos años mayor que yo, era a mis ojos y como luego supe por desgracia también a los de Miguel Ángel, una chica preciosa, rubia, pecosa y con una nariz respingona, como de pato, de cuerpo atlético dada su afición al baile clásico, pechos pequeños en forma de pera, que enseguida te despertaban el deseo de acariciarlos; atractivo al que se unía una simpatía arrolladora. Teruca, por el contrario, era una chica delgada y larguirucha, mucho menos abierta que su hermana, dado su carácter algo tímido.

Después de aquella excursión y de las muchas otras salidas a la montaña que la siguieron, las dos hermanas se hicieron habituales de nuestras tomas de cerveza negra los viernes por la tarde, consolidándose así una amistad, que en mi caso aún perdura a día de hoy.

Yo me enamoré enseguida de Asún, hasta tal punto que no era extraño que los sábados por la tarde, tomase mi bicicleta y subiese la cuesta que separaba mi casa de Mirasierra del el Barrio del Pilar donde tenía la sede su Grupo Scout, para con cualquier pretexto encontrarme con ella, cenar en cualquier lugar y luego acompañarla a casa. Lo malo es que no me decidía, llevado por un pudor inexplicable, a declarar mis sentimientos hacia ella. Quizás por ello me enfade terriblemente el día en que mi amigo me confesó que él también estaba enamorado de Asunción y me pidió que ese viernes no acudiese a nuestra acostumbrada cita cervecera porque pensaba declararse.

—¿Cómo, que te vas a declarar? —le dije todo enfadado— ¿No te has dado cuenta en todo este tiempo que yo estoy enamorado de ella?

—Y a mí qué me importa, ya se que tu la ves mucho más a menudo que yo, pero no tengo la culpa de que tu falso sentido de ese honor del que presumís los scouts, no te haya permitido cortejarla —me respondió, tan enfadado como yo.

—¿Qué, tienen que ver los scouts en todo esto? Yo solo esperaba que alguien que dice ser mi amigo no se interpusiese de mala manera en mis relaciones.

—Ya veo, estás celoso ante la posibilidad de que me diga que sí. Adiós —me dijo colgando el teléfono por el que habíamos estado hablando.

Asún debió de darle calabazas aquel viernes, porque Miguel Ángel dejó desde entonces de acudir a nuestra cita semanal en la Cruz Blanca, y, enfadado, dejó de ser mi amigo. Ni que decir tiene que yo me alegré terriblemente de aquel rechazo, quizás fue la primera vez en mi vida en la que me alegré del mal ajeno. Hoy me he vuelto a acordar de él, al recibir la acostumbrada felicitación de navidad de Teruca y esperar, como siempre en vano, que su hermana de digne ha hacer lo mismo, pero eso merece otra historia.

Reencuentro

Elderly woman in a wheelchair indoors with a blanket on her lap, smiling
A smiling elderly woman sits warmly wrapped in a blanket in her wheelchair by a window.

Cada mañana temprano la veía pasear, acompañada de su cuidadora, por el paseo marítimo. Apoyada en su andador, sus ojos azules escrutaban con curiosidad el entorno. La reconocí enseguida pese a que su pelo antes rubio se había vuelto blanco con el trascurso del tiempo, que había hecho estragos, era evidente, en sus piernas antes tan ágiles. Escruté en mi memoria para calcular su edad: si cuando la conocí era 10 años mayor que yo, ahora debería tener 81. De lo que sí me acordaba perfectamente era de su fecha de cumpleaños: 15 de agosto.

No albergaba ninguna duda de que era ella, pero durante mucho tiempo no me atreví a acercarme a saludarla. Su mera presencia cada mañana en aquel paseo costero despertaba dentro de mí una nostalgia abrumadora, y es que yo había estado profundamente enamorado de aquella mujer en otro tiempo y aquel rescoldo que creía ya apagado parecía encenderse de nuevo cada vez que la veía.

Las preguntas se acumulaban en mi cerebro, preguntas para las que no podía tener respuesta, si no me decidía acercarme a ella y presentarme, ¿aún se acordaría de mí? El temor a que no me reconociese me angustiaba sobremanera. Pero había otras muchas preguntas de momento sin respuesta por mi falta de atrevimiento a darme a conocer: ¿continuaba casada?, ¿qué había sido de sus hijos?, ¿por qué abandonó su prometedora carrera artística? Y, sobre todo, ¿que hacia allí, en aquella ciudad del sur, tan lejos de la casa de Pozuelo, donde sabía que había vivido tantos años?

Cuando la recordaba, yo siempre había pensado que cuando fuera mayor y estuviera rodeada, probablemente de nietos, de retirarse a vivir algún lugar, lo habría hecho a tierras del norte. Me la imaginaba coqueta y vivaracha, como había sido siempre, paseando por alguna playa lucense, con algún chiquillo de la mano al que contaba leyendas de mouras o de trasnos, como las que le gustaba narrarnos en nuestras noches de acampada. Pero ahora, por alguna razón desconocida, estaba allí en aquel paseo todas las mañanas y además acompañada de lo que evidentemente era una cuidadora.

Había conocido a Noa en una fiesta en Mondoñedo tras la inauguración de un TPS (Teléfono Público de Servicio), en el año 1976. Por entonces yo era el encargado de representar a Telefónica en este tipo de inauguraciones como adjunto a la Dirección de Comercial de Lugo, una provincia con una orografía tan difícil que solo permitía el establecimiento de las comunicaciones vía radio. Los TPS solían instalarse en el bar de la aldea; un único teléfono que permitía a los habitantes de la localidad un enlace con el mundo, en un momento en que la telefonía móvil apenas empezaba a desarrollarse, de la que hasta ese momento habían carecido. Por eso su puesta en servicio solía celebrarse con una fiesta, casi siempre con una comida o cena. Noa, que por entonces bailaba en una reconocida compañía de baile gallega, participaba junto a su compañía en un espectáculo de danza tradicional con el que cerraba el acontecimiento.

—Agustín, tengo el gusto de presentarte a Noa, la coreógrafa y primera bailarina del grupo que actuará luego —me dijo el alcalde de Mondoñedo, antes de empezar los actos de inauguración.

—Noa, este es Agustín Moreno, el representante en estos actos de Telefónica, continuó con la presentación el edil.

La mujer que tenia delante de mí y que se disponía a darme los dos besos de cortesía acostumbrados en estas ocasiones, me dejó impresionado por su belleza desde el primer momento. Unos preciosos ojos azules, una larga cabellera rubia y el cuerpo escultural de una bailarina, que acercaba en aquel momento su cara a la mía para besarme, aunque fueran solo un par de besos protocolarios, y yo tomado por sorpresa y con el dardo de cupido ya clavado en mi corazón, aunque entonces no lo supiese.

Tuve la inmensa suerte de poder sentarme junto a ella durante la cena y entre plato y plato, además de seguir admirando su belleza, supe que compartíamos puntos de vista y aficiones, ambos tirábamos ideológicamente hacia la izquierda, nos gustaba el senderismo, la lectura de novelas policiacas y el cine de ciencia ficción y lo mejor de todo los dos habíamos sido scouts de pequeños. Así surgió una amistad y en mi caso un enamoramiento que nunca me atreví a confesarle abiertamente, tonto de mí, que duró más de veinte años y que se mantuvo pese al casamiento de Noa, con Joe, su novio de siempre y el nacimiento de su primer hijo.

El traslado de mi amiga a Estados Unidos, contratada como primera bailarina del New York City Ballet, unido a otras circunstancias de nuestras vidas nos fueron poco a poco distanciando, hasta convertirse en las clásicas felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños o en Navidad y fin de año, hasta que, pasado el tiempo, la perdí la pista, aunque en el fondo continué siempre enamorado de ella.

Por eso lo inesperado, dada la situación geográfica y el evidente deterioro físico de Noa, tan distintos a lo que había esperado, reavivaron dentro de mí, nostalgias y recuerdos de este amor nunca correspondido.

—Noa, ¿te acuerdas de mí? Soy Agustín —me atrevo a preguntar a la anciana del andador, ante la evidente sorpresa de su cuidadora. —Mi amiga me mira directamente a los ojos y responde, para mi decepción: Hola, Alejandro, ¿qué haces por aquí?

—Perdónela, señor, pero la señora Noa, ha perdido la cabeza y desde hace tiempo, cuando la saluda cualquier hombre lo confunde con su hijo Alejandro y eso que murió el año pasado. Es usted un antiguo conocido, por lo que veo.

—Sí, fuimos amigos en otro tiempo, respondo mientras triste y cabizbajo me alejo de ambas mujeres.

El espejo

Wooden box open on a table filled with colorful clay figurines of animals, people, and fantasy creatures.
A wooden box filled with vibrant clay figurines sits on an artist’s workspace.

Hay un juego que se utiliza en psicoterapia utilizando muñecos de Playmobil muy parecido al psicodrama. En una de sus múltiples variantes el terapeuta pide a su paciente que elija, entre la variedad de muñecos femeninos, masculinos, niños y ancianos que hay en una caja, aquellos que en su opinión reflejan lo mejor y lo peor de su personalidad en el momento concreto en que se está realizando la acción.

Mirarse en un espejo con animo introspectivo puede resultar un ejercicio muy parecido al juego de los muñecos, por lo que intentare escribir este relato desde esa perspectiva proyectiva.

Si esta tarde, mientras voy dando forma a la historia, me asomo por un momento a esa caja llena de muñecos colocada al lado derecho de mi ordenador, el primer muñeco que se me viene a la cabeza es, cómo no, el del psicólogo, representado por una figura con chaqueta azul y cuaderno en mano que, sentado en un sillón, parece escuchar atentamente lo que le está diciendo otro playmobil tumbado a su lado en un sofá.

Una segunda figura surge de la caja, la del muñeco vestido de scout saludando, con los dedos índice, corazón y anular de la mano derecha extendidos mientras la yema del pulgar se apoya sobre la uña del dedo meñique. Los tres dedos levantados recuerdan las tres virtudes del escultismo: Lealtad, Pureza y Abnegación; y el dedo meñique, protegido por el pulgar, nos recuerda que el fuerte siempre protege al débil. Este saludo, el mismo para todos los scouts del mundo, junto al lema que el playmobil lleva grabado en su cinturón, siempre listo para servir, que han marcado, como la aguja de la brújula marca el norte, la guía de mi existencia, unas veces para bien y otras para mal.

La tercera figura que extraigo de la caja es la del sindicalista, representada por un obrero de chaleco y casco rojos que se lleva un megáfono a la boca. Toda una vida desde que me afilié con tan solo quince años y en plena clandestinidad a Comisiones Obreras.

Con estas tres figuras he construido la mitad de esa cara que se mira en el espejo, las tres siguientes, no tan agradables forman la otra mitad. En primer lugar sale del cajón el playmobil hipocondriaco, un muñeco con el tensiómetro en un brazo, el termómetro debajo del otro y una bolsa de hielo en la cabeza.

Le sigue la figura del desengañado, que contempla angustiado “todas las banderas rotas”, en la acertada rima poética de Labordeta, que se encuentran a sus pies.

Y para cerrar el terceto de la otra mitad de mi rostro está la figura del eterno aspirante a suicida, que con cara de duda mira la soga que sostiene en su mano derecha, mientras empuña con cierta tembladera un revolver con su mano izquierda.

Las figuras están ocultas bajo ese rostro de pelo blanco y rizado, ojos verdes y nariz aguileña, arrugas y manchas propias de la edad y una eterna pipa humeante siempre en la boca.

El colchón

Therapist and woman engaged in a counseling session in a cozy room
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.

Por una de esas casualidades de la vida me toco ser uno de los primeros residentes del Sanatorio en habitar el “pabellón de tránsito”. Este pabellón recién creado cuando me trasladaron a él tenía como finalidad terapéutica la de servir de puente entre el internamiento de los pacientes y su incorporación a su vida habitual fuera del hospital. Para que pudiera cumplir adecuadamente esta función de “transito” se había construido una especie de pequeño chalé con seis habitaciones individuales y dotado de todos los servicios necesarios para que el lugar se pareciera lo más posible a un alojamiento completamente diferente del que se disponía en cualquiera de los restantes pabellones del sanatorio y se asemejase lo más posible a cualquier casa normal, aprovechando un espacio ajardinado situado fuera de los muros del Sanatorio y cercano a sus oficinas.

En un primer momento y tras la inauguración del “chalecito” fuimos tres los “internos” del Sanatorio trasladados allí: José Miguel, Alicia y un servidor. Con los tres se pretendía, ya que las razones de nuestros respectivos ingresos hospitalarios eran completamente diferentes, aunque eso si todos compartíamos gracias a la mejoría de nuestro estado mental la posibilidad de ser dados de alta en un periodo próximo en el tiempo, comprobar la efectividad o no de este nuevo enfoque terapéutico.

El mundo de nunca jamás

Fairy with iridescent wings in green and purple dress holding a glowing wand standing on mossy rock with flowers
A delicate fairy stands on a mossy rock in an enchanted forest, holding a glowing wand.

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.