Flashbacks

Side view of a detailed human brain model displaying cerebral cortex and cerebellum
Detailed side view of a realistic human brain model showing cerebral folds and cerebellum

Esta noche hay luna llena y como siempre que esto ocurre me viene a la cabeza la vieja canción que refleja la quietud de la noche:

Muere el sol

de las aves las canciones cesan ya,

elevar hacia Dios la oración

Inevitablemente la evocación de esta canción origina que aparezcan a modo de destellos de luz, viejos recuerdos que han dejado profundas sensaciones emocionales en mi cabeza. Recuerdos tales como:

Las noches estrelladas de agosto cuando contemplábamos las estrellas desde nuestros sacos de dormir.

El sabor del primer beso o del primer cigarrillo.

El olor a fritanga de la cafetería del Instituto, donde solía comer todos los días un bocadillo de chorizo.

El inconfundible olor de tu perfume.

El sabor dulzón de la leche en polvo que nos daban para desayunar en el colegio.

La dureza de las pelotas de goma de los Almacenes Segarra que te regalaban cuando comprabas unos zapatos…

Es curiosa esta cualidad que tienen los flashbacks de evocar en un momento olores, sabores y a veces hasta percepciones táctiles que han dejado una profunda huella en tu cerebro. Los he escuchado de la boca de muchos de mis pacientes, como Juanita que presenció comó su hijo se ahorcaba en su habitación o Dolores que vio como las aguas de la Dana arrasaban su casa.

No deja de sorprenderme cómo el cerebro humano conserva en su seno recuerdos felices o amargos que al fin y al cabo son la esencia de la vida.

«Flashs» no es una palabra reconocida en inglés. Posiblemente te refieras a «flashes», que significa destellos o destellos de luz. También puede referirse a «flashbacks», que son recuerdos vívidos y repentinos de eventos pasados. Por favor, proporciona más contexto para poder ofrecerte una respuesta más precisa.

Mi investidura como Rover

Boy scout in uniform holding walking stick on forest trail
A smiling boy scout stands proudly on a sunlit forest path with badges and a walking stick.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

El faro

Lighthouse on rocky cliff with ocean waves at sunset
A lighthouse stands atop rocky cliffs as the sun sets over the ocean, casting warm light and illuminating crashing waves.

Hoy, cuando Pedro atraque su barco en el que nos trae los suministros cada semana, Adela se marchará para siempre de mi lado.

He de reconocer que para mí su alejamiento de esta isla y de su faro supondrá un choque emocional, tras nuestra convivencia en este lugar desde hace casi ya dos años.

 Tantas ilusiones perdidas por lo que desde el principio fue un total malentendido.

La discusión del jueves pasado, la más virulenta de las que llevamos manteniendo en los últimos meses, dejó muy claro las razones de ese malentendido.

 Todo empezó por la cantinela tantas veces expresada, aunque nunca con tal grado de irritación, de su necesidad imperiosa de que diéramos un giro a nuestras vidas marchándonos de la isla.

—Ramón, tenemos que decidirnos de una vez a irnos de aquí —dijo Adela, mientras recogíamos los platos del desayuno.

—Ya sabes de sobra mi opinión sobre este asunto. Yo no estoy dispuesto a dejar el faro, siempre he creído que un sitio como este era lo que buscábamos desde el principio.

—Sueños de hippies trasnochados, que al final se han terminado convirtiendo, al menos para mí, en una pesadilla.

—Te recuerdo que ya desde el inicio de nuestra relación empezamos a hablar de que el sitio ideal para vivir y formar una familia sería aquel que reuniese dos condiciones: estar alejado de cualquier ciudad y lo más cerca posible del mar.

—Tú lo has dicho: lejos de los urbanitas, pero nunca pensé que en un lugar tan aislado como esta maldita isla —me contestó Adela con un tono de voz cada vez más irritado.

—Pero hace dos años estuviste encantada con que me hubiesen concedido el puesto de farero precisamente aquí, el lugar más alejado de los que me propusieron.-Es más, fuiste tú la que me obligó a realizar las oposiciones a técnico de sistemas de ayuda a la navegación y dejar mi trabajo de profesor.

—Sí, porque quería saber lo que era vivir en un faro, desde que leí, siendo adolescente, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Pero no sospechaba lo desagradable que puede llegar a ser habitar uno.

—Entonces, ¿me estás diciendo que hemos construido nuestra vida aquí sobre la base de una fantasía adolescente? Te creía más adulta.

—¿Ves? Ya estás otra vez malinterpretando mis palabras.

—No estoy mal interpretando nada. Hasta ahora he creído que estábamos de acuerdo en que alejarnos de Madrid y sus agobios era lo mejor que podíamos hacer.

—Pero has de reconocerme que nos equivocamos. O por lo menos lo hicimos cuando nos vinimos al quinto pino.

—No, no te lo reconozco, por mucho que te enfades —dije mientras también empezaba sin proponérmelo a alzar la voz—. Y, además, yo me siento bien viviendo aquí.

—Entonces, ¿me estás diciendo que ni siquiera vas a pedir el traslado a otra linterna menos aislada, como la de Cullera o alguna más cercana a una ciudad?

—No, a mí me gusta este faro de Es Vedrá. Y no estamos tan aislados como dices. Tienes Sant Josep de sa Talaia a solo una hora de barco y desde el pueblo en coche, en menos de 30 minutos, estás en Ibiza.

—Estoy harta de este recorrido y de la Isla también. Aunque, te reconozco, el ambiente es agradable en verano, incluso lleno de giris, pero en invierno es insoportable.

—Pero te repito: tú estuviste encantada con nuestro destino.

—Sí, cuando creí que el faro estaba dentro de la Isla, cerca de San Antonio o de San Juan Bautista. Pero no en este islote, en el que ya no dejan vivir ni a las cabras.

—Siéntate un momento y aclaremos esto de una vez —dije con cara de cabreo.

—Me siento. Pero te advierto que dudo mucho que me vayas a hacer cambiar de opinión.

—Cuando aprobé la oposición a farero. Te dije que, según mi opinión, venirnos a vivir a Es Vedrá tenía muchas ventajas ya que con el puesto nos daban una vivienda. El destino te pareció una maravilla.

-Según tus propias palabras de aquel momento, era el sitio ideal para poder seguir con la pintura y dejar de una vez tu puesto de secretaria.

—Sí, es verdad que lo dije y el lugar cuando llegamos me pareció maravilloso. Hasta que llegó el primer invierno, con ese frio que te cala hasta los huesos.

-Y, además, estoy hasta las narices de tener que hablar mallorquín.

—Pero si siempre le decías a Pedro que te enseñara la lengua de las islas.

—Qué remedio. No quería que los vecinos de Sant Josep me miraran mal por no hablarlo.

—Yo apenas chapurreo algunas palabras y no creo que nadie me mire mal.

—Porque apenas sales de aquí. Te has vuelto un ermitaño.

—No salgo porque en este sitio me encuentro bien. Tan bien como no lo estaba hace mucho tiempo.

—¿Ves? Solo piensas en ti. Eres un egoísta.

—Creo que por este camino no llegamos a ningún lado. Vete si es lo que quieres y déjame en paz de una vez.

—Tienes razón. Me parece que lo nuestro se ha acabado. Avisa a Pedro que tiene una pasajera para cuando venga. Yo, mientras tanto, voy sacando el billete de avión por internet.

—Pero, Adela, sé razonable. ¿Vas a tirar nuestra relación por la borda?

—Sí, y que conste que el que la tiras eres tú. Que te vaya bien con tu faro.

Y desde entonces no hemos vuelto a dirigirnos la palabra, más allá de los buenos días o las buenas noches de cortesía.

 La he visto hacer las maletas con rabia apenas contenida en sus ademanes. Hoy la veré embarcar con una mezcla agridulce de pena y alivio.

 Pena por haber terminado con una convivencia que en otras circunstancias pudiera quizás no haberse malogrado. Alivio porque en el fondo, gracias a su perseverancia inicial de cambiar nuestro estilo de vida de urbano a rural, lo que solo era un sueño ha terminado por traerme a un lugar en el que ser feliz.

    Supongo que tras su marcha, como en la canción de Sabina, no tardaré en escuchar “ruido de abogados”.

La clase de danza

Ballerina in mid-air performing a leap with a white tutu on a theater stage
A ballerina performs an elegant leap wearing a white tutu on a dimly lit stage.

Versión del cuento de Eugenia Angulo

Terpsicore, situada tras los espejos observa la habitación donde dentro de un momento va a comenzar una nueva clase de danza. Se ve por su gesto jovial que le agrada este recinto de cuatro paredes cubiertas de espejos, con tres ventanas blancas abiertas, por las que entra la tenue luz de un sol otoñal que se refleja en el barniz de las barras de ballet solo por un momento; ese momento mágico que “la madre de las sirenas” sabe que precede siempre al comienzo del encantamiento.

Porque la musa sabe que lo que se va a producir dentro de un momento, en cuanto empiece la clase y suenen las primeras notas del piano, aquel grupo variopinto de seres humanos van a ser trasformados pese a el dolor latente en brazos y piernas, el ardor de los dedos de los pies puestos en punta y aprisionados dentro de las incomodas zapatillas, de los ligamentos tensados casi hasta su ruptura, del reproche lanzado por la profesora ante una espalda no lo suficiente recta o una posición inadecuada en la barra, van a caer poco a poco en un trance casi hipnótico, que al verse reflejadas en el espejo las hace creerse al menos por un momento: un grácil cisne blanco del Lago de los Cisnes, la joven Kitri de Don Quijote, cuando no en Giselle, la joven campesina enamorada, o en Clara, la niña de Cascanueces. En un “metamorfosis sostenida, levemente, por la barra de ballet”.

La clase se acaba y roto el encantamiento, las siete mujeres que forman el alumnado de aquella clase, se marchan sudorosas camino del vestuario, mientras Terpsicore coge su lira, se recoloca la guirnalda de flores, se mira en el espejo y coqueta se marcha a ejercer su magia en la siguiente clase de danza.

Agustín Moreno, noviembre 2021

La barra de ballet es suave y te agarras a ella como si fuera un trozo de madera en medio del océano. Los espejos cubren las cuatro paredes de la sala de baile hasta el techo. Hay tres ventanas blancas que estos días se mantienen abiertas de forma que la calle entra en la clase y se refleja en los cuatro espejos, que la devuelven un tanto deformada: una esquina verde de árboles inclinados, el resplandor metálico de la carrocería de un coche aparcado, el paso rápido de una sombra que camina. La clase empieza, suena el piano.

Historia de una nostalgia

Torn blue and yellow flag with emblem waving on a wooden pole in a mountainous area with cloudy skies
A weathered, torn flag waves atop a rugged mountain ridge under cloudy skies.

Historia de una nostalgia

Han pasado muchos años desde que termino la transición y visto en perspectiva creo que hemos dejado muchas banderas rotas y girones de nuestra piel en el camino.

Me acuerdo de que cuando era joven tenia la cabeza llena de idealismo y entusiasmo, pero todo se ha perdido con el tiempo, he dejado en el camino amigos y conocidos, ideas y entusiasmos. Todos estos esfuerzos sirvieron de bien poco a la hora de la verdad.

Me entristece y me deprime la sensación de vació con la que me he quedado el auge de los movimientos fascistas en todo el mudo me hace temer lo peor para el futuro. En fin, una pena.

Estimada y a la vez temida ansiedad

Young woman looking anxious and biting nails on train
A young woman nervously biting her nails on a crowded train

Estimada y a la vez temida ansiedad:

Te escribo esta carta con el fin “terapéutico” de que sepas cuanto sufrimiento y quebranto en mi bienestar cotidiano me estas produciendo.

Ya se que tu los conoces, al igual que los conozco yo, pero quiero relatarlos en primera persona sobre todo como una forma de exorcismo reflexivo que me lleve a ponerte en el lugar que realmente te corresponde.

Por empezar de alguna manera por el principio quizás con toda probabilidad naciste conmigo y seguramente te hiciste fuerte por la trasmisión de ciertas inseguridades ante la vida trasmitidas por un ambiente familiar propenso a trasmitir directa o indirectamente cierto temor ante las circunstancias imprevistas de la vida, sobre todo aquellas que tienen que ver con la salud.

No me recuerdo como un niño especialmente ansioso o nervioso, sino más bien todo lo contario, me recuerdo más bien como un infante algo temerario e impulsivo, cliente habitual de la “casa de socorro”, debido a múltiples escoriaciones y alguna rotura de huesos, provenientes de mis juegos. Lo que si recuerdo es la exagerada preocupación de mi madre, que se traducía en las mil capas con que nos abrigaba a mi hermano y a mi, para que no cogiésemos frio al ir al colegio. Fuera de esto no tengo consciencia de ningún otro tipo de signo de alerta que pudiese fomentar algún tipo de miedo a la enfermedad.

Ya algo más mayorcito y tanto en mi pre-adolescencia como en mi adolescencia lo que sigo teniendo muy presente son los distintos roles familiares de mi madre y mi padre, tengo la sensación o el recuerdo si quieres, de una madre ausente que casi nunca nos daba verdaderas muestras de cariño y la presencia de un padre muy presente que trataba siempre de fomentar mi autonomía, al tiempo que se desesperaba y lo manifestaba críticamente con mi evidente falta de habilidades manuales.

Probablemente mi contacto más directo con la enfermedad fue el internamiento y posterior agonía de mi padre. Tengo un vago recuerdo de que el su decaimiento físico empezó, con casi total seguridad, con el nacimiento de mi hermano Jesús y su no aceptación de la minusvalía intelectual de su cuarto hijo, todo ello entremezclado con el cambio de tecnología de analógica a digital de los ascensores que conservaban. Recuerdo que se interno, creo que voluntariamente en el Sanatorio donde termino muriendo, a raíz de un viaje de trabajo a Sevilla, donde se agravo el asma que padecía debido a sus años de fumador empedernido, de mis visitas al centro sanitario en los primeros tiempos, recuerdo sobre todo las manifestaciones de desprecio hacia mi madre, mezcladas con unos celos casi patológicos, a los pocos meses y ha raíz de una caída, de la que no esta claro no fue causa un ictus, entro en una agonía larga y penosa de la que me tuve que “tragar”, toda una parte, gracias a las guardias nocturnas que tuve que asumir una noche si y otra también para dejar descansar a mi madre.

      

El sueño

Translucent ghost floating in a dark, rundown bedroom
A ghostly figure floats above an antique bed in a dimly lit, decaying room

Recién divorciado y nada más llegar a mi nuevo apartamento tuve un sueño.

Soñé que mi ex, llegaba en forma de fantasma hasta mi cama para cubrirme de reproches: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.

Temeroso de que el sueño se repitiera, decidí recurrir a los servicios de un exorcista. No es que crea en estas cosas, pero como dicen los gallegos “haberlas ailas”.

El exorcista, un tipo barbudo y mal vestido saco de uno de sus bolsillos un extraño aparato, con el que dijo iba a medir la existencia de fuerzas malignas. Mientras yo le miraba con cierta desconfianza, empezó a pasar el dichoso aparatito por todas las habitaciones de la casa. Uf, exclamo tiene usted en su vivienda un espíritu maligno. En necesario tomar medidas urgentes; por lo pronto voy a regar toda la casa con agua bendita, poner debajo de su cama unas tijeras abiertas y un amuleto contra el mal de ojo en la puerta de su habitación.

Las medidas no sirvieron de nada porque el sueño como una maldición se repitió a la noche siguiente.

Desde entonces para mi desgracia he tenido que aprender a convivir con la presencia de mi ex que todas las noches me suelta la misma monserga: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.

No se si cambiar de casa o irme de vacaciones.

Protocolo de suicidio

Person standing on rocky cliff overlooking ocean and coastline
A hiker enjoys stunning views from a rugged coastal cliffside.

Me he despertado, no sé cómo, atado de pies y manos en la cama de un hospital. Estoy solo en una habitación de la que únicamente puedo ver, dada mi posición, el techo. Un techo blanco con la escayola algo agrietada. Si giro un poco la cabeza hacia mi derecha aprecio en una esquina una cámara con la que creo que me vigilan.

Apenas recuerdo cómo llegué aquí. En mi cabeza vagos recuerdos de unos sanitarios que me están colocando un gotero en un brazo y una mascarilla de oxígeno que me cubre la cara. Alguien, supongo que el médico del equipo que me atiende me pregunta: ¿Cómo te llamas?, ¿sabes dónde estás?

-Me llamo Manuel y me parece que estoy dentro de una ambulancia ¾respondo antes de quedarme dormido, supongo que por efecto de algún sedante que me habrán inyectado.

-Vaya, por fin te has despertado ¾me dice alguien que ha entrado en la habitación¾. Lo primero vamos a desatarte y tomarte las constantes.

-12/8 de tensión, 54 pulsaciones por minuto y 97% de saturación. -recita a la vez que anota estos valores en un cuaderno. -No está mal; siéntate con cuidado, que enseguida vendrá la psiquiatra a hablar contigo.

Mientras me siento en la cama voy recordando por qué estoy aquí. Sencillamente he intentado suicidarme. Dicen los especialistas que el suicidio es producto de la desesperanza. Y quién no va a estar desesperanzado, si ha pasado por un divorcio reciente, que le ha obligado a salir de su casa con “una mano delante y otra detrás” como quien dice.

Ya he estado antes en una situación parecida, cuando intenté quitarme la vida, en otra ciudad, fruto de un brote psicótico por consumir demasiado éxtasis. O sea que ya sé lo que me espera, estar sometido durante unos días al protocolo de suicidio: observación constante, armario de la ropa herméticamente cerrado, nada de muebles en la habitación salvo la cama, zapatillas y chándal de hospital, sin cordones ni cinturón. Vida de monje de clausura, en definitiva.

-Hola, Manuel, ¿cómo estas? -irrumpe en la habitación la psiquiatra. Hecho una mierda, pienso, mientras empieza la ronda de preguntas.

Odi et amo

Woman gesturing and arguing with a man in a park
A woman appears to be arguing with a man during a walk in the park

Conocí por primera vez a María a través de su historial clínico cuando cursaba mi primer año de residencia. Como psicólogo novato e inexperimentado tenía por aquellos años la mala costumbre, que después la experiencia me he hecho poner en cuestión, de creerme a pies juntillas los diagnósticos ofrecidos por los psiquiatras para explicar las alteraciones emocionales y de la conducta que explican la posible patología de un paciente.

   A María desde su primer ingreso en una institución psiquiátrica le habían colgado la etiqueta, la verdad no sé muy bien por qué dados los antecedentes de su biografía de Trastorno Limite de la Personalidad, lo que dicho en roman paladino no es otra cosa que el saco diagnostico donde suelen meterse aquellas personas “con una tendencia innata biológica de reaccionar más intensamente que otros a los niveles inferiores de tensión y que les toma más tiempo recuperarse” y que han venido desde siempre considerándose como difíciles de tratar y extremamente perturbadores.

   María había recibido esta etiqueta porque se encontraba dentro de ese grupo de personas que lesionan su cuerpo de manera intencionada, algunas veces incluso de manera muy cruenta, con el fin de aliviar la alta tensión emocional que sienten. La historia de nuestra protagonista en este sentido no tenía nada fuera de lo común, ya que muchas de las personas que se lesionan intencionadamente han sido sometidas desde pequeñas a abuso físico o sexual en el contexto de unas condiciones familiares caóticas.

   Algún tiempo después, y siendo ya residente de segundo año, aquel aprendiz de psicólogo al que ya se permite circular con cierta libertad y sin mucha supervisión por las dependencias de la Institución, tuve el placer de conocer directamente a María, y digo que tuve el placer, porque al contrario de lo que esperaba a raíz de la tétrica lectura de su historia clínica, me encontré con una guapa mujer de treinta y cinco años, extremadamente arreglada para el tipo de vestimenta que suelen usar los pacientes por estos lares, extremadamente culta e inteligente, pero, eso sí, con sus brazos y piernas cubiertas de profundas cicatrices y marcas de quemaduras producto de sus propias y pasadas autolesiones.

  Nuestra protagonista, privada, dentro de lo posible, de cualquier otro medio de autolesión, utilizaba al menor descuido de enfermeros y auxiliares, pequeñas piedrecitas, buscadas ávidamente por el suelo o las paredes del patio para infringirse así misma uno o varios cortes, siempre que por cualquier motivo se sentía desbordada por alguna emoción o acontecimiento inesperado. Por eso el “ojo que todo lo ve”, como se llama en los hospitales psiquiátricos a las cámaras de seguridad, seguía inexorablemente sus pasos, con la idea, no siempre conseguida, de quitarle inmediatamente de las manos cualquier trozo de piedra que se hubiese agenciado.

   Pero como ya he comentado, yo procuraba siempre que podía, acercarme a ella y con el menor pretexto hilvanar alguna de esas apasiones conversaciones, que fuera de lo estrictamente clínico, nos permitían hablar de todo lo divino y lo humano y que terminaron forjando entre nosotros, sino una amistad, al menos un cierto lazo comunicativo.

Una de estas conversaciones termino derivando, ha raíz de una de sus preguntas, ¿tu tienes novia? hacia el tema de las relaciones afectivas en general, y las suyas en particular.

—Si, le conteste, siendo consciente de que una pregunta tan directa de un paciente a un terapeuta debe a ser posible ser eludida. Pero en aquel momento me pareció que el no contestarla, seria tomada por María, como un desdén, que terminaría para siempre con nuestras conversaciones, pasando desde entonces a ser considerado por ella como un “loquero” más, con el que no merecía perder el tiempo.

—¿Y la quieres o la odias? Volvió a preguntar.

—No me lo digas, seguro que a veces te parece quererla y otras veces la odias profundamente, muy profundamente, como yo a mis amantes.

—Y cuando los odio, me corto o me quemo, aunque tu como muchos otros “loqueros” seguro que no lo comprendes. ¿A que no?

En buena te as metido, pensé, has desencadenado una tormenta emocional y ahora haber como sales de esta.

   La evolución de María hubiese sido la esperable, corte tras corte al menor descuido, cambio de terapeuta y medicación. Pero otra vez y tras una aparente mejoría una nueva herida que terminaba desesperándonos a todos, pues no hay mayor frustración para un sanitario que no dar con la tecla oportuna que mejore al menos los síntomas de su paciente.

    Y digo que la evolución de nuestra protagonista hubiese sido la habitual en estos casos, si no hubiera sido por que un suceso tan tonto como inesperado terminó de repente con el ritual perverso de las autolesiones de nuestra paciente.

   María encontró un buen día y gracias a un taller de mímica, organizado por los voluntarios que prestan su tiempo y dedicación a hacer menos largas las interminables horas de la tarde del hospital, el rotulador rojo. Un simple rotulador rojo que daba colorido en forma de heridas a la piel de uno de los mimos que fingía infringirse en un juego desesperado por llamar la atención de los guardianes que se suponía la tenían encerrada en una caja de cristal unos aparatosos y sangrantes cortes en una de sus piernas.

  Misterios de la psique humana, aquella representación y el rotulador, abrieron, no sabemos por qué, alguna pequeña puertecita de esperanza en aquel cerebro torturado y desde entonces María, se pasea por el patio y los pasillos de la Institución asida su mano a un rotulador rojo, con el que algunas veces se pinta heridas fingidas, heridas que, mucho más que las reales, parecen librarla por lo menos en algunas ocasiones de sus demonios interiores.

   Desde entonces siempre tenemos a mano una caja llena de rotuladores rojos.

Odio

Woman gesturing and arguing with a man in a park
A woman appears to be arguing with a man during a walk in the park

Desde que me separe de mi mujer la he tomado verdadero odio. Un odio irracional que no me deja apenas dormir ni comer. He pensado incluso en asesinarla, aunque luego me he arrepentido porque no quiero arruinar mi vida.

Hoy me marchare por fin de esta casa en la que he estado viviendo muchos años y como despedida terminare vengándome con una falsa declaración de suicidio.

No tengo ninguna duda de que encontrare otras mujeres que me permitan rehacer mi vida; pero tampoco que el odio a mi expareja me perseguirá toda la vida.

Pobre de ti -dice mi dinosaurio mientras me contempla colgado de su lampara habitual.