
Por una de esas casualidades de la vida me toco ser uno de los primeros residentes del Sanatorio en habitar el “pabellón de tránsito”. Este pabellón recién creado cuando me trasladaron a él tenía como finalidad terapéutica la de servir de puente entre el internamiento de los pacientes y su incorporación a su vida habitual fuera del hospital. Para que pudiera cumplir adecuadamente esta función de “transito” se había construido una especie de pequeño chalé con seis habitaciones individuales y dotado de todos los servicios necesarios para que el lugar se pareciera lo más posible a un alojamiento completamente diferente del que se disponía en cualquiera de los restantes pabellones del sanatorio y se asemejase lo más posible a cualquier casa normal, aprovechando un espacio ajardinado situado fuera de los muros del Sanatorio y cercano a sus oficinas.
En un primer momento y tras la inauguración del “chalecito” fuimos tres los “internos” del Sanatorio trasladados allí: José Miguel, Alicia y un servidor. Con los tres se pretendía, ya que las razones de nuestros respectivos ingresos hospitalarios eran completamente diferentes, aunque eso si todos compartíamos gracias a la mejoría de nuestro estado mental la posibilidad de ser dados de alta en un periodo próximo en el tiempo, comprobar la efectividad o no de este nuevo enfoque terapéutico.