El faro

Striped lighthouse on rocky coastal cliffs beside rough ocean waves
A striped lighthouse stands above rugged cliffs as waves crash along the windswept coast.

Hoy, cuando Pedro atraque su barco en el que nos trae los suministros cada semana, Adela se marchará para siempre de mi lado.

He de reconocer que para mí su alejamiento de esta isla y de su faro supondrá un choque emocional, tras nuestra convivencia en este lugar desde hace casi ya dos años.

 Tantas ilusiones perdidas por lo que desde el principio fue un total malentendido.

La discusión del jueves pasado, la más virulenta de las que llevamos manteniendo en los últimos meses, dejó muy claro las razones de ese malentendido.

 Todo empezó por la cantinela tantas veces expresada, aunque nunca con tal grado de irritación, de su necesidad imperiosa de que diéramos un giro a nuestras vidas marchándonos de la isla.

—Ramón, tenemos que decidirnos de una vez a irnos de aquí —dijo Adela, mientras recogíamos los platos del desayuno.

—Ya sabes de sobra mi opinión sobre este asunto. Yo no estoy dispuesto a dejar el faro, siempre he creído que un sitio como este era lo que buscábamos desde el principio.

—Sueños de hippies trasnochados, que al final se han terminado convirtiendo, al menos para mí, en una pesadilla.

—Te recuerdo que ya desde el inicio de nuestra relación empezamos a hablar de que el sitio ideal para vivir y formar una familia sería aquel que reuniese dos condiciones: estar alejado de cualquier ciudad y lo más cerca posible del mar.

—Tú lo has dicho: lejos de los urbanitas, pero nunca pensé que en un lugar tan aislado como esta maldita isla —me contestó Adela con un tono de voz cada vez más irritado.

—Pero hace dos años estuviste encantada con que me hubiesen concedido el puesto de farero precisamente aquí, el lugar más alejado de los que me propusieron.

Es más, fuiste tú la que me obligó a realizar las oposiciones a técnico de sistemas de ayuda a la navegación y dejar mi trabajo de profesor.

—Sí, porque quería saber lo que era vivir en un faro, desde que leí, siendo adolescente, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Pero no sospechaba lo desagradable que puede llegar a ser habitar uno.

—Entonces, ¿me estás diciendo que hemos construido nuestra vida aquí sobre la base de una fantasía adolescente? Te creía más adulta.

—¿Ves? Ya estás otra vez malinterpretando mis palabras.

—No estoy mal interpretando nada. Hasta ahora he creído que estábamos de acuerdo en que alejarnos de Madrid y sus agobios era lo mejor que podíamos hacer.

—Pero has de reconocerme que nos equivocamos. O por lo menos lo hicimos cuando nos vinimos al quinto pino.

—No, no te lo reconozco, por mucho que te enfades —dije mientras también empezaba sin proponérmelo a alzar la voz—. Y, además, yo me siento bien viviendo aquí.

—Entonces, ¿me estás diciendo que ni siquiera vas a pedir el traslado a otra linterna menos aislada, como la de Cullera o alguna más cercana a una ciudad?

—No, a mí me gusta este faro de Es Vedrá. Y no estamos tan aislados como dices. Tienes Sant Josep de sa Talaia a solo una hora de barco y desde el pueblo en coche, en menos de 30 minutos, estás en Ibiza.

—Estoy harta de este recorrido y de la Isla también. Aunque, te reconozco, el ambiente es agradable en verano, incluso lleno de giris, pero en invierno es insoportable.

—Pero te repito: tú estuviste encantada con nuestro destino.

—Sí, cuando creí que el faro estaba dentro de la Isla, cerca de San Antonio o de San Juan Bautista. Pero no en este islote, en el que ya no dejan vivir ni a las cabras.

—Siéntate un momento y aclaremos esto de una vez —dije con cara de cabreo.

—Me siento. Pero te advierto que dudo mucho que me vayas a hacer cambiar de opinión.

—Cuando aprobé la oposición a farero. Te dije que, según mi opinión, venirnos a vivir a Es Vedrá tenía muchas ventajas ya que con el puesto nos daban una vivienda. El destino te pareció una maravilla.

Según tus propias palabras de aquel momento, era el sitio ideal para poder seguir con la pintura y dejar de una vez tu puesto de secretaria.

—Sí, es verdad que lo dije y el lugar cuando llegamos me pareció maravilloso. Hasta que llegó el primer invierno, con ese frio que te cala hasta los huesos.

Y, además, estoy hasta las narices de tener que hablar mallorquín.

—Pero si siempre le decías a Pedro que te enseñara la lengua de las islas.

—Qué remedio. No quería que los vecinos de Sant Josep me miraran mal por no hablarlo.

—Yo apenas chapurreo algunas palabras y no creo que nadie me mire mal.

—Porque apenas sales de aquí. Te has vuelto un ermitaño.

—No salgo porque en este sitio me encuentro bien. Tan bien como no lo estaba hace mucho tiempo.

—¿Ves? Solo piensas en ti. Eres un egoísta.

—Creo que por este camino no llegamos a ningún lado. Vete si es lo que quieres y déjame en paz de una vez.

—Tienes razón. Me parece que lo nuestro se ha acabado. Avisa a Pedro que tiene una pasajera para cuando venga. Yo, mientras tanto, voy sacando el billete de avión por internet.

—Pero, Adela, sé razonable. ¿Vas a tirar nuestra relación por la borda?

—Sí, y que conste que el que la tiras eres tú. Que te vaya bien con tu faro.

Y desde entonces no hemos vuelto a dirigirnos la palabra, más allá de los buenos días o las buenas noches de cortesía.

 La he visto hacer las maletas con rabia apenas contenida en sus ademanes. Hoy la veré embarcar con una mezcla agridulce de pena y alivio.

 Pena por haber terminado con una convivencia que en otras circunstancias pudiera quizás no haberse malogrado. Alivio porque en el fondo, gracias a su perseverancia inicial de cambiar nuestro estilo de vida de urbano a rural, lo que solo era un sueño ha terminado por traerme a un lugar en el que ser feliz.

    Supongo que tras su marcha, como en la canción de Sabina, no tardaré en escuchar “ruido de abogados”.

La reunión de los martes

Healthcare team meeting; screen reads “Reunión clínica: seguridad del paciente.”
Healthcare professionals collaborate around a conference table during a patient-safety meeting.

Todos los martes, después del desayuno, nos reuníamos todos los internos del pabellón de ingresos, donde me encontraba internado por aquellas fechas, junto con buena parte del personal médico y los psicólogos encargados de nuestros tratamientos junto con el jefe de enfermería del sanatorio el subdirector medico y la asistente social. Aquella reunión de carácter formal y de la que se levantaba acta de todo lo hablado en la misma, tenia como objetivo tanto escuchar las aportaciones reclamaciones de los que estábamos internados sobre la marcha del “día a día” de la marcha de la institución como la presentación de los nuevos ingresados o la trasmisión de noticias por parte del personal sanitario que pudieran afectarnos de alguna manera.

Aquella asamblea de enfermos y médicos me llamo poderosamente la atención, ya que no había visto nunca nada parecido en ninguna otra de las diferentes clínicas u hospitales donde había trabajado como psicólogo antes de caer enfermo. Pero que formaba parte de la filosofía de trabajo de este sanatorio, que huía como la peste de cualquier estigmatización del “enfermo mental”.

-Sí, todo eso esta muy bien, pero reconoce que te pusiste muy nervioso la primera vez que asististe a aquella reunión y tuviste que presentarte ante el resto de tus compañeros de pabellón, fue la primera vez que vi como te temblaba la voz. Sobre todo, cuando la asistenta social te preguntó en que trabajabas antes de estar jubilado y no te quedo más remedio que reconocer que eras psicólogo. —murmura Dino a mi oído mientras escribo estas líneas.

-Lo dirás, porque mis “compis” de pabellón no tardaron nada en colocarme el apelativo del “psicólogo loco”, que junto con “el de la pipa”, me persiguieron como sobrenombres todo el tiempo que estuve allí internado.

-No me digas, ni que te molestaran de verdad esta especie de “motes” -me responde el dinosaurio.

-No, ya sabes que no -le digo-. Pero volvamos a las reuniones de los martes, en las que una queja recurrente, por nuestra parte los internos, era la mala calidad de la comida, sobre todo del pescado.

Queja de la que puntualmente se tomaba nota en el acta de la reunión todos los martes, pero que no sirvió, para nada que la calidad del pescado que os servían mejorara para nada -me vuelve a replicar Dino.

¾Pero reconocerás, que muchas de nuestras quejas, lo rápido que se vaciaban los mecheros colgados en las paredes del patio, o la manía de convertir nuestras habitaciones en un frigorífico por lo fuerte que solían poner el aire acondicionado u otras tantas, de las que se formularon a lo largo del tiempo en aquellas reuniones, se resolvieron con diligencia y prontitud.

-Sí, eso tengo que reconocerlo. -me contesta Dino.

Lo importante, para mi entonces y ahora, es que al menos una vez por semana los pacientes disponíamos de un foro sin ningún tipo de restricciones donde poder expresarnos. Foro que ya podían copiar en muchos otros lugares.

Healthcare team meeting; screen reads “Reunión clínica: seguridad del paciente.”
Healthcare professionals collaborate around a conference table during a patient-safety meeting.

Carta de un enamorado

Young woman with blonde hair in white sweater sitting at a wooden table outdoors
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden

Queria Asun, te escribo esta carta para contarte que siempre he estado enamoradode ti.

Siempre has estado presente en mis pensamientos en todo lugar y circustancias. Ya sé que me rechzaste aquel dia en la Cruz Blanca, pero aún asi he continuando queriendote.

Te parecera extraño que te escriba esta carta en este momento, pero aun asi yo he continuando queriendote.

Te parecera extraño que te escriba esta carta en este momento, pero es que hasta ahora no he tenido el valor de expresarte mis sentimientos. Quisiera que comprendieras que aun asi continuó queriendote y que me gustaria estar contigo para siempre.

Un beso,

Agustín.

Odio

Couple arguing beside a coffee table in a living room
A couple argues intensely in their warmly lit living room at night.

Desde que mi mujer me dijo que me abandonaba la tome un intenso oddio. Un odio tan grande que apenas me dejaba respirar, un odio tan grande qué me sacaba completamente de mis casilla. Incluso llegué a pensar en asesinarla, pero luego pensé que esto me arruinaria la vida.

Como medida preventiva pensé en marcharme de casa. Salir furtivamente de la vivienda, que tantos años me habia acogido, ppara asi poder rehacer mi vida. Marcharme en busca de una nueva vida que me permitiers empezar de nuevo. Busque en Web de citas nuevas mujeres, nuevos amores donde encontrar el refugio sentimental que me hiciera de nuevo feliz.

Este odio me desquicia, no me deja dormir ni comer. Incluso me hace pensar en el suicidio.

Mañana ababdonaré la casa sin mirar a tras, alejandome de su figura. Nunca podré dejar de odiarla, el drsprecio que siento por ella es tan fuerte que me vuelven a la cabeza ideas de matarla.

Agustín Moreno, agosto 2006

Extraños

Couple arguing beside a coffee table in a living room
A couple argues intensely in their warmly lit living room at night.

Acabado el cariño y obligados a convivir en el mismo espacio, los dos vamos como fantasma entre estas paredes. Atrás queda el amor y empieza el duelo, primero la rabia despues el odio y al final la indiferencia.

Solo queda aguantar hasta septiembre para poder resolver esta situación, empezar los tramites del divorcio y entonces darse la oportunidad de empezar de nuevo. Mientras tanto queda aguantar y seguir conviviendo como fantasmas que pululan entre estas paredes.

Los nervios amenazan con desbordarse, pero es lo que hay.

Agustín Moreno, julio 2006

Agosto

Thoughtful man sitting at café table with coffee and notebook
A thoughtful man pauses over his coffee and notes in a warmly lit café.

Agosto es un mes extraño, un mes que oscila entre el final del pasado y el inicio de un nuevo futuro.

Un me que crea una cierta angustia. Sobre todo, debido a la soledad con la que estoy viviéndolo aqui aislado entre cuatro paredes y encerrado en el monte entre árboles y flores.

Mi unica actividad es la piscina, la lectura, mis pacientes y la televisión. Hoy espero empezar, mañana lunes, a empezar a buscar mi nuevo alojamiento y una vez asentado buscar una nueva pareja. Quizas entre cualquiera de mis dos amigas americanas, una china y otra afroamericana encontradas por internet.

Agosto es un mes extraño muy extraño.

Agustín Moreno, agosto 2006

Sentimientos

Vintage glass bottle labeled 'Veneno Altamente Tóxico Arsénico Peligro de Muerte' with skull and crossbones symbol
A vintage poison bottle labeled ‘Veneno’ with a skull and crossbones symbol on an old wooden table

Hoy me ha prguntado mi dinosaurio morado por mis sentimientos y yo le he conestado que me siento un imbecil por haber perdido todo el amor, la amistad de los que quiero. Soy consciente de que estoy cayendo en picado de nuevo en la depresión, lo noto en lo poco que duerrmo y en los sentimientos de angustia y panico que me invaden.

Hay una persona concreta cuyo nombre no mencionare pero que emopiza por A, culpable de esta situación que probablemente me conduzca al suicidio. Esto es lo que me ha contestado ‘dino’, que me ha mirado con ojos asombrrados pero que se ha ofrecido a acompañarme en mi viaje facilitandome la pistola o el veneno.

Agustín, agosto 2026

La Isla del Viento Azul

Small boat with single person rowing near misty, rocky island at dusk
A lone rower approaches a mystical, mist-covered island at twilight.

Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.

Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.

Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.

La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.

En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.

—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.

Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.

—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.

—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.

El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.

—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.

Soledad

Hand holding a smoking handgun after being fired
A gloved hand holds a handgun emitting smoke after firing a bullet.

No hay nada peror que la soledad compartida. Te deja exhausto y termina comiendote la moral y los nervios. Lo se porque es loque me pasa ultimamente.

Me estoy volviendo loco poco a poco, no duermo ni apenas como. Es una siyuación que no le deseo a nadie. En fin, un asco.

No de como puedo salir de ella. Una confesión que me hgo a mi mismo hoy 11 de agosto.

Estoy deriamente pensando en quitarme la vida. Por favor auxilio.

Dedicado a todos mis supuestos amigos, que no me han ayudado, no me han siquiera llamado conociendo mi situación de desamparo.

Agustin Moreno, agosto 2026

Nube blanca

Young Native American girl in traditional patterned dress with turquoise necklace outdoors
A young Native American girl stands outdoors wearing traditional attire and turquoise jewelry

Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.

La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas,me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.

Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.

-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? ¾le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.

-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? ¾respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.

-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.

-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.

-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.

-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?

-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.

-¿Quién yo?

-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.

-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continues jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.

Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nubeblanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.

Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.