A young man leads a passionate protest with raised fist and signs demanding justice and unity
Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)
Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)
Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)
Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el titulo de tres libros: ElPequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.
Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nomina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.
Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso si, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.
La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mi mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura
La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.
Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.
La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.
—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.
—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.
—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.
—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?
—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.
—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.
—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.
—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.
—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.
—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?
—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.
—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?
—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.
A young boy scout stands smiling on a forest path holding a decorated walking stick.
Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.
Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.
Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.
Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.
Visitors enjoy outdoor dining and sightseeing at a bustling historic Spanish plaza.
Si hay un espacio en Madrid que recuerdo con especial nostalgia es la plaza de Santa Ana. Un lugar que fue testigo desde mis primeros juegos infantiles a mis primeros amores juveniles.
Es curioso porque mientras escribo este relato viene a mi memoria la sorpresa y el desencanto que me llevé la última vez que visité la plaza, cuando haciendo de cicerone de unos amigos malagueños por los recovecos del Barrio de las Letras, mi barrio durante casi quince años, la encontré tan cambiada que por un momento abominé de ella, maldiciendo por lo bajo al turismo, que como en otras ciudades españolas, ha ido reconvirtiendo sus barrios más antiguos en un feo pastiche ocupado por las cadenas comerciales multinacionales.
Por eso hoy quiero hablar de ´mi plaza´. La plaza del Teatro Español, del hotel Reina Victoria, el “hotel de los toreros”, porque era su alojamiento favorito en Madrid; la de los almacenes Simeón, situados enla planta baja del hotel; la plaza presidida por la estatua de Calderón de la Barca, la de la bollería La Suiza y la cervecería La Alemana. En resumidas cuentas, de la plaza de los años 60 y principios de los 70 del pasado siglo.
Las chicas y chicos que la frecuentábamos, todos vecinos de las calles adyacentes, solíamos ir a jugar allí, porque era el único espacio verde, cercano a nuestras casas, del que podíamos disponer en aquella abigarrada zona del Barrio de las Letras. Cumplíamos así, sin saberlo, los designios del rey José Bonaparte, apodado en su tiempo por los madrileños como “el Rey Plazuelas” por suobsesión con abrir espacios en mitad de la ciudad para crear amplias plazas, derribando edificios. Vamos, un ecologista afrancesado.
La Plaza de Santa Ana formaba un cuadrado casi perfecto, con un espacio de arena en su parte central que rodeaba la estatua de Calderón de la Barca, alzada sobre un pedestal al que se podía subir por unas amplias escaleras de piedra, y que era nuestro lugar favorito para sentarnos a merendar. Rodeada en sus extremos por castaños y unos cuantos parterres de hierba con flores, casi secas, y junto a ellos y a la sombra de los árboles, unos bancos de piedra sin respaldo, muy parecidos a tantos otros del mobiliario urbano de la Capital en la época, al igual que las farolas de hierro con el escudo de la Villa grabado en su base que alumbraban la plaza.
Nuestros juegos en su albero, iban cambiando según la época del año: de las carreras ciclistas con corredores simulados con las chapas de las botellas de refresco y pista trazada en la arena, propias de la primavera y el principio del verano, hasta el tiro del tacón o el juego de romper las peonzas del contrario con un hábil golpe dado por la tuya, a los que jugábamos en otoño. Prohibido por consenso vecinal y vigilancia municipal cualquier juego de pelota, “que para eso tenéis las pistas de fútbol del Retiro o el patio del colegio”. Todo esto cuando no estábamos haciendo de rabiar a las pandillas de chicas que jugaban por allí, algunas de las cuales terminaron por convertirse con el tiempo en nuestros primeros amores.
Pero la plaza se asocia también en mi mente al exquisito olor y sabor de los pasteles y bollos, que solían mandarme a comprar mis padres todos los domingos u otras festividades importantes en la cafetería La Suiza, que, desde su fundación en 1858, se había ganado una merecida fama entre los madrileños. O, ya más mayor, al de las primeras “cañas” tomadas con deleite en verano, en la cervecería La Alemana, otro establecimiento con solera de los que estaban abiertos en Santa Ana, ya que fue fundada por un grupo de industriales alemanes en 1904 y frecuentada en su día por personajes como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner o Ernest Hemingway.
Y cómo no acordarme de que, en el Teatro Español vi mis primeras funciones de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, gracias al precio rebajado o gratuito, según el éxito de la obra representada, de las entradas de claque que se vendían por entonces en un bar situado en el número 18 de la vecina calle Huertas. O de la llegada de los primeros hippies que no tardaron en montar en la plaza un mercado de artesanía donde se vendían bolsos, juguetes, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú o esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. Mercadillo que fue disuelto por orden municipal en 1989 por la presión de los propietarios de las terrazas de la zona, dándoles más espacio donde poner sus mesas y sillas. Y que hoy en día han terminado por ocupar buena parte del espacio de la Plaza de Santa Ana y acabando, según mi opinión, con su viejo encanto.
A smiling Boy Scout enjoys a sunny hike on Trail 4 – Campfire Hollow.
Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimientoScout.
La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.
Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:
“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:
—ser amigo de todas las personas,
—ser fiel a mis creencias,
—cumplir la Ley de la Manada y
—hacer cada día una Buena Acción”.
Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.
Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.
Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.
Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:
Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.
Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.
El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.
Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.
Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.
El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).
Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.
Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.
Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.
La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.
Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.
En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden
La chica de mi vida no sabe que la quiero desde el día en que nos conocimos en el andén de la Estación del Norte. Nunca me atreví a confesárselo, aunque ha sido mi flotador en cada uno de los momentos difíciles de mi vida.
Nunca me atreví a confesarlo. Quizás por pudor quizás por vergüenza. Cada vez que hablamos por Navidad o el día de su santo, mi vida se llena de un rayo de esperanza.
Me he prometido a mí mismo que no va a pasar de este año decirla que la la quiero y mas en estos momentos difíciles que estoy pasando. Espero que diga que si y poder emprender una nueva vida junto a ella allí en su Santander querido. Es una esperanza insensata lo sé pero espero que se cumpla.
Envejecer juntos uno al lado del otro. Amarnos todas las noches, acariciar su cuerpo, besarnos es todo lo que quiero. Ojalá se cumpla se lo ruego a Dios y a todos los santos.
A serene Buddha statue seated in meditation under a large tree adorned with colorful prayer flags.
Era la primera vez en más de tres años que cruzaba libremente aquella puerta enrejada. El vigilante, avisado de mi llegada, se limitó a dedicarme un breve saludo con la mano desde el amplio ventanal de su cabina, para después quedarse observando por un instante cómo iniciaba la subida de la cuesta llena de árboles que me conduciría a la plaza central del sanatorio. No había andado más de siete u ocho pasos cuando apareció el primer paciente con la habitual pregunta: “¿Tiene usted un cigarrillo?”. Yo, como había hecho siempre ante aquella tesitura, saqué la pipa de mi bolsa y empecé a llenarla al tiempo que formulaba mi disculpa habitual: “no tengo, lo siento; como ves fumó en pipa”, mientras continuaba caminando, haciendo ver que tenía prisa. Al no pararme, escapaba de la siguiente interpelación, que sabía que llegaría inmediatamente: “Pues, entonces, deme un euro para un café”. Recorridos los casi doscientos metros de cuesta apareció a mi derecha un pequeño y recoleto parque circular, con varios bancos de piedra rodeando una fuente sin agua. A mi izquierda el camino que conducía a la iglesia del psiquiátrico; lo que indicaba que, a cien metros, y tras aquella curva, estaría ya en la plaza central del complejo. Al llegar allí, me encontré delante de un blanco edificio porticado de dos plantas. A la planta superior se accedía mediante una rampa y en ella se encontraban la sala de espera para los familiares de los pacientes, los despachos de médicos, psicólogos y asistente social, así como varias salas de juntas, una de las cuales era mi destino aquel día. La planta baja albergaba los distintos pabellones donde vivían los pacientes agrupados en dos categorías: salud mental y larga estancia. Dada la hora de mi llegada, las 13:15, me encontré la plaza llena de internos, que esperaban más o menos pacientemente la hora de la comida. Casi todos me eran por entonces completamente desconocidos. A otros, singulares habitantes perpetuos del pabellón de larga estancia, los reconocí enseguida. La pareja formada por el muchacho de la boina de colores y el peinado a lo rastafari sentado junto a su novia, una chica bajita con la cara llena de granos y con un bolso enorme colgando siempre de uno de sus hombros. El patriarca gitano de larga barba blanca, vestido de negro y apoyado en un bastón de madera debido a su cojera, que no dudaba en empuñar para golpear con saña al infeliz que tuviera la osadía de meterse con él. Rafa, el echador de las cartas del tarot, buen dibujante y eterno galanteador de cualquier nueva becaria que realizase allí sus prácticas. Había otros más cercanos, a los que podía considerar amigos, ya que fueron compañeros en mis ingresos en el pabellón de salud mental, del que eran habitantes cuasi perpetuos. Si digo cuasi perpetuos es porque alguno de ellos, al igual que yo en su día, alternaba su estancia como residente, con otras en las que únicamente iba al hospital por la mañana y se marchaba a su casa después de comer. Sentados en una bancada de los soportales, en lo que desde mi posición en el centro del patio me permitía ver, estaban en animada conversación José Miguel, al que solíamos apodar “radio-macuto” —porque era la fuente indiscutible de autoridad si querías estar al tanto de cualquier rumor que circulara por el sanatorio—; Ramón, aquel muchacho tan apasionado por el mundo del motociclismo, que cuando estaba en plena etapa delirante se creía poseedor de una Honda de gran cilindrada y a punto de ser fichado por una importante escudería; e, Inés la auxiliar de turno de mañana del pabellón. Vi también a Miguel, de pie cerca de ellos, al que, por su gran envergadura y elevado peso, solíamos apodar “Buda”. Miguel o Buda había sido uno de los primeros pacientes del pabellón sobre los que había recaído mi curiosidad inevitable de psicólogo. Me gustaba observar sus conductas ciertamente extravagantes. Cuando no estaba en posición de genuflexión orante, apoyando los codos en cualquiera de los sillones de la sala de descanso de Salud Mental, daba vueltas una y otra vez con paso cansino al pequeño patio interior de nuestro pabellón, siempre solo y sin cruzar ni una palabra con los compañeros. Me encontraba en una situación privilegiada para cualquier psicólogo, aunque en situaciones como la mía, en la que uno había estado internado como paciente y no de visita de trabajo, tus conocimientos pueden ser más una dificultad que una ayuda para tu propia recuperación. Miguel me interesaba por reunir muchos de los comportamientos y actitudes que los tratados de psicodiagnóstico atribuyen a la esquizofrenia: delirios auditivos o visuales, actitud retraída en su comportamiento con los demás, etcétera. Muchos de mis primeros días de internado me dediqué a observarle, hasta que otro tipo de patologías de las presentes en aquel micro mundo terminó llamando también mi atención. Precisamente por eso, y cuando ya me disponía a subir la rampa que me conduciría a la sala de reuniones, me quedé extrañado, pero a la vez agradablemente sorprendido, cuando vi venir hacia mí a Buda. Al tiempo que con un movimiento amistoso y sonriendo me tendía su inmensa mano para que se la estrechara, me preguntó: “¿Cómo estás? Hace tiempo que no se te veía por aquí”. Todo eso a pesar de que solo recordaba haber intercambiado con él algunas frases de cortesía en los tres años en que habíamos estado internados juntos en Salud Mental: buenos días, buenas tardes, qué frío hace hoy y otras frases por el estilo. Él solía responderme con apenas un leve movimiento de su enorme cabeza, mientras continuaba con su casi interminable paseo en solitario. En cuanto apreté el timbre de la puerta de la primera planta y después de identificarme, me dejaron pasar, por primera vez solo, al ala del edificio reservada a los profesionales. Aproveché para preguntar por Miguel a la primera persona que encontré por el pasillo, Rosalía, la asistente social. —Buenos días, Rosalía. —Hola, vienes a la reunión, ¿no? —Sí, pero si no es indiscreción, quería preguntarte por Miguel Delgado. Lo he encontrado muy cambiado, hasta el punto de que, al reconocerme en el patio, me ha dado la mano. —Sí, desde que dejó de oír voces con un nuevo tratamiento experimental ha cambiado mucho y se ha vuelto más sociable, hasta el punto de que estamos pensando en trasladarle a uno de nuestros pisos comunitarios. —No sabes cómo me alegro —respondí. —¿Y tú? Te veo muy bien —preguntó a su vez Rosalía. —Sí, estoy muy bien. Recuperado casi del todo. —Ya ves que de todo se sale, pero te dejo, que vas a llegar tarde a la reunión. —Hasta luego. Supongo que ahora nos veremos más a menudo. —Sí, eso creo. Hasta otro día pues —se despidió la asistente social. El saludo de Miguel, para mí siempre asociado a su apelativo cariñoso de Buda, fue sin duda la mayor alegría que sentí aquel día. Con diferencia más significativa que atravesar aquellas puertas como el profesional que recupera, aunque sea simbólicamente, las “llaves”. Por eso me vi impelido a narrar lo más pronto posible ese encuentro, que retiró para siempre algún fantasma de los que aún pululaban por mi cabeza.
Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.
Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.
De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.
Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.
Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.
A vintage porcelain doll sits dressed in lace on an old wooden table in a dim attic
Basto un simple mensaje en Telegram: “Feliz año 2025”, acompañado con el clásico emoticono de un beso, para que abandone precipitadamente la mesa donde está celebrando con sus amigos la cena de Nochebuena.
-Lo siento, chicos, me tengo que ir, no me encuentro demasiado bien. ¾dijo, mientras se levanta rápidamente en busca de su abrigo.
-Pero, Roberto, ¿te vas a marchar sin esperar a las campanadas?, ¿tal mal te encuentras? -pregunto Mamen alarmada.
-Sí, presiento que pronto tendré un ataque de migraña y no quisiera arruinaros la noche. De hecho, ya ha empezado a dolerme la cabeza. Lo siento.
-¿Quieres que te acompañe? Así no vas a poder conducir ¾dice Manolo, al tiempo que hace el amago de levantarse de su silla.
-No hace falta, de verdad. De aquí a mi casa son apenas quince minutos y no merece la pena que tú también te quedes sin tomarte las uvas. Es una lata, lo sé, pero ya sabéis lo mal que me pongo cuando me coge este terrible dolor.
Sin darles tiempo a que le siguieran diciendo nada y con cara de circunstancias, agarra su abrigo y sale precipitadamente de la casa en busca del coche, que por suerte tiene aparcado cerca. Le urge volver a su domicilio y sacar de la vitrina su muñeca de porcelana. Tiene que hacerlo sin falta antes de que suene la primera campanada en el reloj de la Puerta del Sol. No puedo dejar a Teresa dentro de la vitrina, cuando acaba de desearme tan amablemente un Feliz Año, piensa.
Mientras conduce con prisas, entre las calles casi vacías en aquel cuarto de hora que precede al inicio de las celebraciones de la Nochevieja, va dándose cuenta de la tristeza que le embargaría si no libera de su prisión de cristal a la muñeca antes de la medianoche. Sí esa muñeca de porcelana que compró la misma tarde en que Teresa le dio “calabazas” con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.
Su “loquero” había interpretado en su día que la compra impulsiva de la muñeca aquella misma tarde no fue sino el intento inconsciente de atrapar para siempre aquel amor que la realidad le negaba. Una forma de posesión narcisista que en el fondo sabía “frágil” y que por eso entre todos los materiales posibles había elegido la porcelana para aquel fetiche de mujer al que, para estar más seguro, había encerrado en una vitrina de cristal, como si se tratase de una Cenicienta dormida en espera de que el “príncipe azul” la despertase.
Quizás tuviese razón el psicólogo, piensa, ya que el solo saca de su encierro a la muñeca en las contadas ocasiones en que recibe, como hoy, algún mensaje, siempre breve y siempre con el emoticono del beso, en las que la Teresa real, la de carne y hueso, aquella chiquilla rubia de nariz respingona y ojos azules, de la que se había enamorado la primera vez que la vio en aquella estación de tren, cuando ambos empezaban a salir de la adolescencia y a la que en años sucesivos ha visto poco a poco convertirse en mujer, mientras los dos “jugaban” a ser novios, da señales de vida.
Aunque, a decir verdad, prefiere, considerar a la muñeca, como a una especie de Wendy Darling, que en una tarde aciaga de marzo le recuerda a Peter Pan, que ella ya se ha hecho mayor para vivir eternamente con él en el El país de Nunca Jamás, con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.
Por eso, cada vez que recibe un mensaje, saca a la muñeca de la vitrina para revivir con ella sus locas aventuras en aquel país lejano que ellos habían creado. Y por eso continúa inventando historias para esa Teresa de porcelana, a la que ha sentado en una silla enfrente de la suya. Historias de ese país donde Gonzalo, Alejandro, Teruca y María continúan teniendo diecisiete años y donde todos juntos, sin excepción, continúan contándose leyendas de fantasmas junto al fuego de verano, o disfrutan como cosacos bañándose en las playas de Laredo, y donde todo el grupo sabe que Roberto y Teresa están enamorados, de la misma forma en que es de dominio público que Gonzalo “le tira los tejos” a Teruca o que María tiene miedo se suspender el Preu.
El sortilegio dura tan solo unas horas y entonces, como por encanto, la realidad se impone cuando la muñeca suelta, como si en realidad cobrara vida el terrible sortilegio, no creo que en realidad me quieras de verdad. Es entonces, solo entonces, cuando Roberto la devuelve a la vitrina de cristal y comienza ese inconfundible latido en las sienes que le postrará en la cama por unos días.
A serene tropical island with white sandy beach, palm trees, and anchored boats
Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.
Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.
Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.
La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.
En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.
—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.
Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.
—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.
—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.
El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.
—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.