
Hay un juego que se utiliza en psicoterapia utilizando muñecos de Playmobil muy parecido al psicodrama. En una de sus múltiples variantes el terapeuta pide a su paciente que elija, entre la variedad de muñecos femeninos, masculinos, niños y ancianos que hay en una caja, aquellos que en su opinión reflejan lo mejor y lo peor de su personalidad en el momento concreto en que se está realizando la acción.
Mirarse en un espejo con animo introspectivo puede resultar un ejercicio muy parecido al juego de los muñecos, por lo que intentare escribir este relato desde esa perspectiva proyectiva.
Si esta tarde, mientras voy dando forma a la historia, me asomo por un momento a esa caja llena de muñecos colocada al lado derecho de mi ordenador, el primer muñeco que se me viene a la cabeza es, cómo no, el del psicólogo, representado por una figura con chaqueta azul y cuaderno en mano que, sentado en un sillón, parece escuchar atentamente lo que le está diciendo otro playmobil tumbado a su lado en un sofá.
Una segunda figura surge de la caja, la del muñeco vestido de scout saludando, con los dedos índice, corazón y anular de la mano derecha extendidos mientras la yema del pulgar se apoya sobre la uña del dedo meñique. Los tres dedos levantados recuerdan las tres virtudes del escultismo: Lealtad, Pureza y Abnegación; y el dedo meñique, protegido por el pulgar, nos recuerda que el fuerte siempre protege al débil. Este saludo, el mismo para todos los scouts del mundo, junto al lema que el playmobil lleva grabado en su cinturón, siempre listo para servir, que han marcado, como la aguja de la brújula marca el norte, la guía de mi existencia, unas veces para bien y otras para mal.
La tercera figura que extraigo de la caja es la del sindicalista, representada por un obrero de chaleco y casco rojos que se lleva un megáfono a la boca. Toda una vida desde que me afilié con tan solo quince años y en plena clandestinidad a Comisiones Obreras.
Con estas tres figuras he construido la mitad de esa cara que se mira en el espejo, las tres siguientes, no tan agradables forman la otra mitad. En primer lugar sale del cajón el playmobil hipocondriaco, un muñeco con el tensiómetro en un brazo, el termómetro debajo del otro y una bolsa de hielo en la cabeza.
Le sigue la figura del desengañado, que contempla angustiado “todas las banderas rotas”, en la acertada rima poética de Labordeta, que se encuentran a sus pies.
Y para cerrar el terceto de la otra mitad de mi rostro está la figura del eterno aspirante a suicida, que con cara de duda mira la soga que sostiene en su mano derecha, mientras empuña con cierta tembladera un revolver con su mano izquierda.
Las figuras están ocultas bajo ese rostro de pelo blanco y rizado, ojos verdes y nariz aguileña, arrugas y manchas propias de la edad y una eterna pipa humeante siempre en la boca.