La habitación oscura

Firefighter dressed in full protective gear standing outside a fire station with fire trucks behind him
A firefighter stands ready in full gear outside a fire station with trucks in the background.

Cuando llegue esa mañana para hacer las practicas con el Cuerpo de Bomberos, del Máster de Intervención en Urgencias, Emergencias y Catástrofes, que estaba cursando aquel año en la Universidad de Málaga, no me podía imaginar ni mucho menos que en el trabajo de bombero uno de los sentidos, el sentido del tacto, van ha desempeñar un papel clave tanto en el salvamento de las victimas como del propio profesional y sus compañeros.

La mañana se presentaba soleada cuando mis dos compañeras de prácticas y yo entramos en el Parque de Bomberos de Benalmádena. Los tres, aunque de profesiones diferentes, todas relacionadas con la salud eso sí, albergábamos el mismo temor el de que en las 12 horas, que debíamos pasar obligatoriamente acompañando en sus faenas cotidianas a los bomberos ocurriese algún tipo de incidente real que nos obligara a intervenir, poniendo nuestros conocimientos y habilidades al servicio de tanto de nuestros anfitriones como de las posibles víctimas. Y es que este Master exigía de sus alumnos un papel activo, siempre que fuese posible y las circunstancias lo permitieran, en las intervenciones que los profesionales implicados se viesen envueltos en cada momento, ya fuera en una ambulancia del 061, cuando la practica se hacia en los diferentes ambulatorios del Servicio de Salud, como en el auxilio de emigrantes llegados en una patera, cuando la práctica se realizaba en los locales de Salvamento Marítimo. O en un fuego o un accidente de trafico como en esta ocasión en el Parque de Bomberos.

—Buenos días, soy Martin el sargento jefe de puesto—Nos saludó el bombero nada más entrar. ¿Y vosotros sois?

—Gloria, medico de urgencias en el Calos Haya.

—Marisa, enfermera, voluntaria en Cruz Roja y de momento en paro porque acabo de terminar el Grado.

—Agustín, psicólogo clínico, recién jubilado y también voluntario en Cruz Roja— Nos fuimos presentado mientras el jefe de puesto nos estrechaba la mano.

—O sea que hoy tengo alumnos de todas las especialidades, todo un lujo para nosotros, aunque esperemos que la guardia sea tranquila y no necesitemos de vuestros conocimientos. Aquí tenemos dos equipos de cinco hombres, uno por cada coche de los que dispone el Parque. A vosotros tres os hemos puesto en el primer equipo: “el verde”. Si venís por aquí, nos dijo Martin, mientras nos indicaba el camino hasta una sala cercana, os presentare a vuestros compañeros que están repasando las incidencias que tuvo ayer el grupo de guardia saliente. Y con aquella presentación comenzó nuestro día de prácticas mientras cruzábamos los dedos porque no pasara nada.

Cinco miradas curiosas y expectantes se fijaron en nosotros tres cuando entramos los tres en el despacho donde se encontraba reunido el equipo verde.

—Perdonar la interrupción chicos —dijo el sargento. Aquí tenéis a los tres alumnos del Máster de la UMA, que van a pasar el día con vosotros. Ellas son Gloria, médico y Marisa, enfermera y este caballero se llama Agustín y es psicólogo. Tratármelos bien que en alguna ocasión os podéis encontrar con ellos dirigiéndoos en cualquier futura emergencia.

—Bueno, creo que ahora es el momento en que nos presentemos nosotros —dijo la mujer bombero que lideraba aquel grupo. Yo soy María la “mandamás” del este equipo de salvajes. El es Alex, nuestro conductor y los otros tres son Ramón, Pedro y Joaquín. Mucho gusto en conoceros—contestaron al unisonó los aludidos.

—Ramón encárgate de equiparlos y no seas bromista y te pases con la talla de las chicas, que hoy en día y no como cuando yo llegue, tenemos uniformes actos para mujer.

El bombero, se dirigió diligente a un cuarto situado al fondo de la sala y tras tallarnos visualmente y preguntarnos el numero de calzado que solíamos usar, salió con los cuatro pares de piezas de uniforme imprescindibles en caso de emergencia: pantalón y chaquetón ignífugos, botas de trabajo impermeables y casco con visera. Única pieza del equipo que nos hizo probar allí mismo para comprobar que se ajustase al diámetro de nuestras cabezas de tal manera que a la par de protegernos nos permitiera moverlas libremente.

—En aquella puerta tenéis los vestuarios, cambiaros y dejar vuestras cosas—nos dijo María. Obediente entre en el vestuario de hombres, me quité mis zapatos de calle y el pantalón que traía y me puse las ropas que me habían proporcionado a la par que las botas. Y ahí tuve la primera sorpresa del día, nunca se me habría ocurrido lo mucho que pesa un chaquetón de bombero, un peso enorme, pero supuse que necesario para protegerte del fuego. Algo parecido les ocurrió a mis compañeras pues al volver a la sala de reuniones, vestidos de aquella guisa parecía que nuestros cuerpos hubiesen disminuido un par de centímetros.

—¿Qué, pesa el condenado chaquetón? —nos dijo Alex, ante las miradas divertidas de sus compañeros. ¿Por qué creéis que es la prenda, junto con el casco que procuramos no ponernos hasta que nos bajamos del camión? De momento os los podéis quitar y colgarlos en esa percha junto a los nuestros.

—Orden del día para hoy, sino tenemos ningún aviso, claro. —se dirigió a todo el grupo María:  Alex, Ramón y Pedro, junto con nuestros invitados: comprobación de que todo el material del camión se encuentre completo y en buen estado. Joaquín tu échale entre tanto una mano a Romualdo del “equipo azul”, con la preparación de la comida, que hoy tenemos paella en honor de nuestros invitados, si necesitáis algún ingrediente le pedís al sargento que haga el favor de salir al super, con su coche, a comprarlo, que hoy seguro que no pone ninguna pega. A las doce todos en la torre para las pruebas de rapel y subida y bajada de la cesta del camión. Cuando acabemos comida y descanso. Por la tarde prueba de la habitación oscura.

La mañana se nos fue en un santiamén, según lo previsto revisamos que todo el material del camión estuviese bien colocado y funcionara bien, nunca me había podido imaginar que un camión de bomberos pudiese albergar en sus entrañas tantos y variados cachivaches. Después subimos por las escaleras a la torre de prácticas del parque, allí pudimos apreciar lo difícil que es subir cinco pisos de escaleras con el equipo antiincendios acuestas, menos mal que la apreciable falta de fuerza física de nosotros tres hizo que nos permitieran subir a la torre sin llevar nada a nuestras espaldas. Una vez en la terraza, montaron un rapel, para que aprendiéramos en la práctica lo que es deslizarse por una cuerda, las chicas disfrutaron mucho con la experiencia, pero he de reconocer que yo pretexte mi edad avanzada y mis problemas de rodilla para no bajar aquella pared colgado de una cuerda y hacerlo cómodamente en la cesta de la escalera deslizante del camión.

No había hecho más que bajar de la cesta cuando sonó por los altavoces del parque la llamada a comer.

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