La comida

Woman in outdoor attire holding a coiled lasso inside a fenced corral
A ranch worker stands confidently holding a lasso in a sunlit corral.

Ester era una compañera de trabajo con la que había estado tonteando durante varios meses. Una mañana la invité a comer cuando terminara nuestra jornada laboral.

Los dos teníamos expectativas más que evidentes de que aquella comida terminase convirtiendo nuestra relación en algo más serio. En perspectiva de lo que pudiera pasar había reservado una habitación en un hotel próximo.

La noche anterior me proveí en una farmacia de una caja de preservativos y aquella mañana me engalané con mis mejores ropas.

La comida como era de esperar trascurrió entre una conversación amable, llena de arrumacos y leves toques bajo la mesa. Ester no llevaba ropa interior por lo que mi mano alcanzo sin dificultad su clítoris, que empecé a masajear delicadamente. Como era evidente que no podíamos permitirnos el lujo de que sus gemidos terminasen llegando a los oídos del resto de los comensales, decidimos terminar lo empezado en los lavabos del local donde hicimos el amor con verdadera pasión. Al terminar pagamos la cuenta, tomamos un taxi y nos dirigimos rápidamente al hotel en el que había reservado la habitación.

Yo había observado que mi compañera llevaba ese día un bolso más grande de lo normal. Lo que no podía esperar es que dentro del bolso portase todos los aditamentos necesarios para una sesión sadomasoquista: esposas, látigo, traje de cuero, etc.

Al llegar a la habitación, Ester, entro en el baño de donde salió convertida en una autentica dominatriz ante mi sorpresa. En unos instantes me vi desnudo bocabajo y esposado a la cabecera de la cama, mientras ella se disponía a azotarme con el látigo. La verdad es que las pase moradas para intentar explicarle que a mí no me gustaban para nada los juegos sadomasoquistas, lo que no me libró de recibir unos cuantos latigazos, antes de avenirse a desatarme, coger sus artilugios, vestirse y marcharse de la habitación con cara de disgusto.

Dede entonces, cada vez que veo a Ester por los pasillos del trabajo procuro eludirla, aunque he de reconocer que desde entonces sueño con ella todas las noches mientras que me froto mis posaderas todavía doloridas.

Desembarco

Recibí la llamada a las seis de la mañana

Red Cross volunteer holding elderly man's hand in medical tent
A Red Cross worker gently holds the hand of an elderly man in a medical tent.

¾Agustin, a las ocho en la Base. Nos han avisado los de Salvamento Marítimo que han recogido a los náufragos de una patera.

En Málaga capital, este tipo de llamadas son escasas, los náufragos aparecen más cerca de otros puntos del litoral andaluz. Pero aun así hay que estar siempre atentos.

Llego a la base de Cruz Roja de Socorros y Emergencias a la hora convenida. El ritmo para la preparación del desembarco es frenético ya que está previsto que el barco de Salvamento llegue a puerto sobre las once de la mañana.

-¿Cuántas personas han rescatado? -pregunto.

¾Doce, ocho hombres, dos mujeres y dos niños ¾me contesta Joaquín, el coordinador del equipo. Tú, como siempre, irás en la furgoneta con Carmen, la asistente social, Rosalía, la enfermera; y Paco como conductor.

El resto de los voluntarios, unos doce, están cargando ya el furgón: mantas, agua y ropa de abrigo, más algún juguete para entretener a los niños.

Cuando llegamos al muelle donde se producirá el desembarco está ya allí la Policía Nacional de Extranjería. Sus agentes se encargarán de trasladar a los náufragos a la Comisaria para su identificación y posterior traslado al ya sobrecargado Centro para Extranjeros de la capital.

El barco de Salvamento se va acercando poco a poco al muelle. Sobre cubierta y a simple vista se puede ver, sentados en el suelo y ateridos de frío, a los rescatados, rodeados por los tripulantes enfundados en sus monos blancos de protección y con la cara cubierta por mascarillas FP2, para su protección, sobre todo contra la tuberculosis o cualquier otro tipo de enfermedad contagiosa que pudieran traer los rescatados.

Una vez amarrada la embarcación, uno a uno, cada naufrago va bajando por la pasarela del barco. Allí los reciben nuestros voluntarios, que les van arropando con las conocidas mantas rojas de Cruz Roja, mientras les dan la correspondiente botella de agua. Esta vez no ha sido posible montar la cafetería y no disponemos de bebidas calientes que les permitieran entrar en calor.

Carmen, la asienta social, y Rosalía, la enfermera, ya están dentro de la carpa. Tras el cribaje y las curas, si son necesarias y casi siempre lo son debido sobre todo a las quemaduras, Carmen procederá a la filiación de los inmigrantes, así como a explicarles el proceso policial que les espera y los derechos a los que pueden acogerse. Mientras tanto, yo atenderé los casos que necesitan recibir los primeros auxilios psicológicos. Entre tanto, los niños, en este caso un niño y una niña de unos ocho años, hijos de una de las mujeres rescatadas, son entretenidos por Zafira, nuestra educadora social fuera de la carpa.

Esta vez he tenido suerte y durante la travesía y el rescate no se ha producido ningún ahogamiento, con lo que mi intervención de ha limitado a brindar los primeros auxilios psicológicos.

Finalmente llega el amargo trago de entregar a los náufragos a la policía y tras desearles suerte, despedirnos de ellos, recoger nuestros trastos, volver a la base y esperar a que en mucho tiempo no se necesite más de nosotros.

La trilogía del 70-73

Young man at Paris protest holding sign 'Soyez réalistes, demandez l'impossible'
A young protester holds a sign reading ‘Be realistic, demand the impossible’ during a 1968 Paris demonstration.

La trilogía del 70-73

Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)

 Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)

Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)

Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el título de tres libros: El Pequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.

Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nómina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.

Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso sí, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.

La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mí mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura

La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años 

La Plaza de Santa Ana

People sitting and walking in a cobblestone town square with trees, benches, and old stone buildings
People enjoying a sunny day in a charming historic town square lined with trees and benches

La Plaza de Santa Ana

Si hay un espacio en Madrid que recuerdo con especial nostalgia es la plaza de Santa Ana. Un lugar que fue testigo desde mis primeros juegos infantiles a mis primeros amores juveniles.

Es curioso porque mientras escribo este relato viene a mi memoria la sorpresa y el desencanto que me llevé la última vez que visité la plaza, cuando haciendo de cicerone de unos amigos malagueños por los recovecos del Barrio de las Letras, mi barrio durante casi quince años, la encontré tan cambiada que por un momento abominé de ella, maldiciendo por lo bajo al turismo, que como en otras ciudades españolas, ha ido reconvirtiendo sus barrios más antiguos en un feo pastiche ocupado por las cadenas comerciales multinacionales.

Por eso hoy quiero hablar de ´mi plaza´. La plaza del Teatro Español, del hotel Reina Victoria, el “hotel de los toreros”, porque era su alojamiento favorito en Madrid; la de los almacenes Simeón, situados enla planta baja del hotel; la plaza presidida por la estatua de Calderón de la Barca, la de la bollería La Suiza y la cervecería La Alemana. En resumidas cuentas, de la plaza de los años 60 y principios de los 70 del pasado siglo.

Las chicas y chicos que la frecuentábamos, todos vecinos de las calles adyacentes, solíamos ir a jugar allí, porque era el único espacio verde, cercano a nuestras casas, del que podíamos disponer en aquella abigarrada zona del Barrio de las Letras. Cumplíamos así, sin saberlo, los designios del rey José Bonaparte, apodado en su tiempo por los madrileños como “el Rey Plazuelas” por suobsesión con abrir espacios en mitad de la ciudad para crear amplias plazas, derribando edificios. Vamos, un ecologista afrancesado.

La Plaza de Santa Ana formaba un cuadrado casi perfecto, con un espacio de arena en su parte central que rodeaba la estatua de Calderón de la Barca, alzada sobre un pedestal al que se podía subir por unas amplias escaleras de piedra, y que era nuestro lugar favorito para sentarnos a merendar. Rodeada en sus extremos por castaños y unos cuantos parterres de hierba con flores, casi secas, y junto a ellos y a la sombra de los árboles, unos bancos de piedra sin respaldo, muy parecidos a tantos otros del mobiliario urbano de la Capital en la época, al igual que las farolas de hierro con el escudo de la Villa grabado en su base que alumbraban la plaza.

Nuestros juegos en su albero, iban cambiando según la época del año: de las carreras ciclistas con corredores simulados con las chapas de las botellas de refresco y pista trazada en la arena, propias de la primavera y el principio del verano, hasta el tiro del tacón o el juego de romper las peonzas del contrario con un hábil golpe dado por la tuya, a los que jugábamos en otoño. Prohibido por consenso vecinal y vigilancia municipal cualquier juego de pelota, “que para eso tenéis las pistas de fútbol del Retiro o el patio del colegio”. Todo esto cuando no estábamos haciendo de rabiar a las pandillas de chicas que jugaban por allí, algunas de las cuales terminaron por convertirse con el tiempo en nuestros primeros amores.

Pero la plaza se asocia también en mi mente al exquisito olor y sabor de los pasteles y bollos, que solían mandarme a comprar mis padres todos los domingos u otras festividades importantes en la cafetería La Suiza, que, desde su fundación en 1858, se había ganado una merecida fama entre los madrileños. O, ya más mayor, al de las primeras “cañas” tomadas con deleite en verano, en la cervecería La Alemana, otro establecimiento con solera de los que estaban abiertos en Santa Ana, ya que fue fundada por un grupo de industriales alemanes en 1904 y frecuentada en su día por personajes como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner o Ernest Hemingway.

Y cómo no acordarme de que, en el Teatro Español vi mis primeras funciones de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, gracias al precio rebajado o gratuito, según el éxito de la obra representada, de las entradas de claque que se vendían por entonces en un bar situado en el número 18 de la vecina calle Huertas. O de la llegada de los primeros hippies que no tardaron en montar en la plaza un mercado de artesanía donde se vendían bolsos, juguetes, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú o esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. Mercadillo que fue disuelto por orden municipal en 1989 por la presión de los propietarios de las terrazas de la zona, dándoles más espacio donde poner sus mesas y sillas. Y que hoy en día han terminado por ocupar buena parte del espacio de la Plaza de Santa Ana y acabando, según mi opinión, con su viejo encanto.

Esa chica que tengo en la cabeza

Sailboat on calm sea at sunset with islands in background
A sailboat glides across calm waters during a vibrant sunset near distant islands.

Esa chica que tengo en la cabeza

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Scouts hoy, scouts para siempre

Boy scout in uniform holding walking stick on forest trail
A smiling boy scout stands proudly on a sunlit forest path with badges and a walking stick.

Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimientoScout.

La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.

Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:

“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:

 —ser amigo de todas las personas,

 —ser fiel a mis creencias,

—cumplir la Ley de la Manada y

 —hacer cada día una Buena Acción”.

Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.

Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.

 Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.

Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:

Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.

 Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.

 El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.

Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.

 Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.

 El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como  Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).

 Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.

Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.

Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.

La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.

Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.

En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.

La Noche de Reyes

Three kings wearing crowns and robes riding camels, holding gift boxes, under a night sky with a bright star
The three wise men travel on camels towards a glowing star above a desert village at night.

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera, se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No se qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

La Isla del Viento Azul

Small tropical island with dense green vegetation and a sandy beach with boats
A vibrant tropical island surrounded by blue ocean waters under a partly cloudy sky.

Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.

Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.

Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.

La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.

En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.

—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.

Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.

—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.

—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.

El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.

—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.

El refugio

Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en el. A la mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.

Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.

Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.

Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mi desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.

Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que vuelta de espaldas a mi, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.

Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.

A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada haber si tenia la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.

De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenia suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.

Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al se día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.

Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.

—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.

—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.

—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.

De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.

El mundo de nunca jamás

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.