La chica de mi vida

Young woman with blonde hair in white sweater sitting at a wooden table outdoors
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden

La chica de mi vida no sabe que la quiero desde el día en que nos conocimos en el andén de la Estación del Norte. Nunca me atreví a confesárselo, aunque ha sido mi flotador en cada uno de los momentos difíciles de mi vida.

Nunca me atreví a confesarlo. Quizás por pudor quizás por vergüenza. Cada vez que hablamos por Navidad o el día de su santo, mi vida se llena de un rayo de esperanza.

Me he prometido a mí mismo que no va a pasar de este año decirla que la la quiero y mas en estos momentos difíciles que estoy pasando. Espero que diga que si y poder emprender una nueva vida junto a ella allí en su Santander querido. Es una esperanza insensata lo sé pero espero que se cumpla.

Envejecer juntos uno al lado del otro. Amarnos todas las noches, acariciar su cuerpo, besarnos es todo lo que quiero. Ojalá se cumpla se lo ruego a Dios y a todos los santos.

Buda

Buddha statue sitting cross-legged under a large tree with prayer flags and offerings
A serene Buddha statue seated in meditation under a large tree adorned with colorful prayer flags.

Era la primera vez en más de tres años que cruzaba libremente aquella puerta enrejada.
El vigilante, avisado de mi llegada, se limitó a dedicarme un breve saludo con la mano desde el amplio ventanal de su cabina, para después quedarse observando por un instante cómo iniciaba la subida de la cuesta llena de árboles que me conduciría a la plaza central del sanatorio.
No había andado más de siete u ocho pasos cuando apareció el primer paciente con la habitual pregunta: “¿Tiene usted un cigarrillo?”. Yo, como había hecho siempre ante aquella tesitura, saqué la pipa de mi bolsa y empecé a llenarla al tiempo que formulaba mi disculpa habitual: “no tengo, lo siento; como ves fumó en pipa”, mientras continuaba caminando, haciendo ver que tenía prisa.
Al no pararme, escapaba de la siguiente interpelación, que sabía que llegaría inmediatamente: “Pues, entonces, deme un euro para un café”.
Recorridos los casi doscientos metros de cuesta apareció a mi derecha un pequeño y recoleto parque circular, con varios bancos de piedra rodeando una fuente sin agua. A mi izquierda el camino que conducía a la iglesia del psiquiátrico; lo que indicaba que, a cien metros, y tras aquella curva, estaría ya en la plaza central del complejo.
Al llegar allí, me encontré delante de un blanco edificio porticado de dos plantas. A la planta superior se accedía mediante una rampa y en ella se encontraban la sala de espera para los familiares de los pacientes, los despachos de médicos, psicólogos y asistente social, así como varias salas de juntas, una de las cuales era mi destino aquel día. La planta baja albergaba los distintos pabellones donde vivían los pacientes agrupados en dos categorías: salud mental y larga estancia.
Dada la hora de mi llegada, las 13:15, me encontré la plaza llena de internos, que esperaban más o menos pacientemente la hora de la comida. Casi todos me eran por entonces completamente desconocidos.
A otros, singulares habitantes perpetuos del pabellón de larga estancia, los reconocí enseguida. La pareja formada por el muchacho de la boina de colores y el peinado a lo rastafari sentado junto a su novia, una chica bajita con la cara llena de granos y con un bolso enorme colgando siempre de uno de sus hombros. El patriarca gitano de larga barba blanca, vestido de negro y apoyado en un bastón de madera debido a su cojera, que no dudaba en empuñar para golpear con saña al infeliz que tuviera la osadía de meterse con él. Rafa, el echador de las cartas del tarot, buen dibujante y eterno galanteador de cualquier nueva becaria que realizase allí sus prácticas.
Había otros más cercanos, a los que podía considerar amigos, ya que fueron compañeros en mis ingresos en el pabellón de salud mental, del que eran habitantes cuasi perpetuos. Si digo cuasi perpetuos es porque alguno de ellos, al igual que yo en su día, alternaba su estancia como residente, con otras en las que únicamente iba al hospital por la mañana y se marchaba a su casa después de comer.
Sentados en una bancada de los soportales, en lo que desde mi posición en el centro del patio me permitía ver, estaban en animada conversación José Miguel, al que solíamos apodar “radio-macuto” —porque era la fuente indiscutible de autoridad si querías estar al tanto de cualquier rumor que circulara por el sanatorio—; Ramón, aquel muchacho tan apasionado por el mundo del motociclismo, que cuando estaba en plena etapa delirante se creía poseedor de una Honda de gran cilindrada y a punto de ser fichado por una importante escudería; e, Inés la auxiliar de turno de mañana del pabellón.
Vi también a Miguel, de pie cerca de ellos, al que, por su gran envergadura y elevado peso, solíamos apodar “Buda”.
Miguel o Buda había sido uno de los primeros pacientes del pabellón sobre los que había recaído mi curiosidad inevitable de psicólogo. Me gustaba observar sus conductas ciertamente extravagantes. Cuando no estaba en posición de genuflexión orante, apoyando los codos en cualquiera de los sillones de la sala de descanso de Salud Mental, daba vueltas una y otra vez con paso cansino al pequeño patio interior de nuestro pabellón, siempre solo y sin cruzar ni una palabra con los compañeros.
Me encontraba en una situación privilegiada para cualquier psicólogo, aunque en situaciones como la mía, en la que uno había estado internado como paciente y no de visita de trabajo, tus conocimientos pueden ser más una dificultad que una ayuda para tu propia recuperación.
Miguel me interesaba por reunir muchos de los comportamientos y actitudes que los tratados de psicodiagnóstico atribuyen a la esquizofrenia: delirios auditivos o visuales, actitud retraída en su comportamiento con los demás, etcétera. Muchos de mis primeros días de internado me dediqué a observarle, hasta que otro tipo de patologías de las presentes en aquel micro mundo terminó llamando también mi atención.
Precisamente por eso, y cuando ya me disponía a subir la rampa que me conduciría a la sala de reuniones, me quedé extrañado, pero a la vez agradablemente sorprendido, cuando vi venir hacia mí a Buda. Al tiempo que con un movimiento amistoso y sonriendo me tendía su inmensa mano para que se la estrechara, me preguntó: “¿Cómo estás? Hace tiempo que no se te veía por aquí”. Todo eso a pesar de que solo recordaba haber intercambiado con él algunas frases de cortesía en los tres años en que habíamos estado internados juntos en Salud Mental: buenos días, buenas tardes, qué frío hace hoy y otras frases por el estilo. Él solía responderme con apenas un leve movimiento de su enorme cabeza, mientras continuaba con su casi interminable paseo en solitario.
En cuanto apreté el timbre de la puerta de la primera planta y después de identificarme, me dejaron pasar, por primera vez solo, al ala del edificio reservada a los profesionales. Aproveché para preguntar por Miguel a la primera persona que encontré por el pasillo, Rosalía, la asistente social.
—Buenos días, Rosalía.
—Hola, vienes a la reunión, ¿no?
—Sí, pero si no es indiscreción, quería preguntarte por Miguel Delgado. Lo he encontrado muy cambiado, hasta el punto de que, al reconocerme en el patio, me ha dado la mano.
—Sí, desde que dejó de oír voces con un nuevo tratamiento experimental ha cambiado mucho y se ha vuelto más sociable, hasta el punto de que estamos pensando en trasladarle a uno de nuestros pisos comunitarios.
—No sabes cómo me alegro —respondí.
—¿Y tú? Te veo muy bien —preguntó a su vez Rosalía.
—Sí, estoy muy bien. Recuperado casi del todo.
—Ya ves que de todo se sale, pero te dejo, que vas a llegar tarde a la reunión.
—Hasta luego. Supongo que ahora nos veremos más a menudo.
—Sí, eso creo. Hasta otro día pues —se despidió la asistente social.
El saludo de Miguel, para mí siempre asociado a su apelativo cariñoso de Buda, fue sin duda la mayor alegría que sentí aquel día. Con diferencia más significativa que atravesar aquellas puertas como el profesional que recupera, aunque sea simbólicamente, las “llaves”.
Por eso me vi impelido a narrar lo más pronto posible ese encuentro, que retiró para siempre algún fantasma de los que aún pululaban por mi cabeza.

Mi dinosaurio y yo

Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.

Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.

De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.

Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.

Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.

La muñeca de porcelana

Porcelain doll in vintage lace dress sitting on wooden table in dusty attic
A vintage porcelain doll sits dressed in lace on an old wooden table in a dim attic

Basto un simple mensaje en Telegram: “Feliz año 2025”, acompañado con el clásico emoticono de un beso, para que abandone precipitadamente la mesa donde está celebrando con sus amigos la cena de Nochebuena.

-Lo siento, chicos, me tengo que ir, no me encuentro demasiado bien. ¾dijo, mientras se levanta rápidamente en busca de su abrigo.

-Pero, Roberto, ¿te vas a marchar sin esperar a las campanadas?, ¿tal mal te encuentras? -pregunto Mamen alarmada.

-Sí, presiento que pronto tendré un ataque de migraña y no quisiera arruinaros la noche. De hecho, ya ha empezado a dolerme la cabeza. Lo siento.

-¿Quieres que te acompañe? Así no vas a poder conducir ¾dice Manolo, al tiempo que hace el amago de levantarse de su silla.

-No hace falta, de verdad. De aquí a mi casa son apenas quince minutos y no merece la pena que tú también te quedes sin tomarte las uvas. Es una lata, lo sé, pero ya sabéis lo mal que me pongo cuando me coge este terrible dolor.

Sin darles tiempo a que le siguieran diciendo nada y con cara de circunstancias, agarra su abrigo y sale precipitadamente de la casa en busca del coche, que por suerte tiene aparcado cerca. Le urge volver a su domicilio y sacar de la vitrina su muñeca de porcelana. Tiene que hacerlo sin falta antes de que suene la primera campanada en el reloj de la Puerta del Sol. No puedo dejar a Teresa dentro de la vitrina, cuando acaba de desearme tan amablemente un Feliz Año, piensa.

Mientras conduce con prisas, entre las calles casi vacías en aquel cuarto de hora que precede al inicio de las celebraciones de la Nochevieja, va dándose cuenta de la tristeza que le embargaría si no libera de su prisión de cristal a la muñeca antes de la medianoche. Sí esa muñeca de porcelana que compró la misma tarde en que Teresa le dio “calabazas” con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Su “loquero” había interpretado en su día que la compra impulsiva de la muñeca aquella misma tarde no fue sino el intento inconsciente de atrapar para siempre aquel amor que la realidad le negaba. Una forma de posesión narcisista que en el fondo sabía “frágil” y que por eso entre todos los materiales posibles había elegido la porcelana para aquel fetiche de mujer al que, para estar más seguro, había encerrado en una vitrina de cristal, como si se tratase de una Cenicienta dormida en espera de que el “príncipe azul” la despertase.

Quizás tuviese razón el psicólogo, piensa, ya que el solo saca de su encierro a la muñeca en las contadas ocasiones en que recibe, como hoy, algún mensaje, siempre breve y siempre con el emoticono del beso, en las que la Teresa real, la de carne y hueso, aquella chiquilla rubia de nariz respingona y ojos azules, de la que se había enamorado la primera vez que la vio en aquella estación de tren, cuando ambos empezaban a salir de la adolescencia y a la que en años sucesivos ha visto poco a poco convertirse en mujer, mientras los dos “jugaban” a ser novios, da señales de vida.

Aunque, a decir verdad, prefiere, considerar a la muñeca, como a una especie de Wendy Darling, que en una tarde aciaga de marzo le recuerda a Peter Pan, que ella ya se ha hecho mayor para vivir eternamente con él en el El país de Nunca Jamás, con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Por eso, cada vez que recibe un mensaje, saca a la muñeca de la vitrina para revivir con ella sus locas aventuras en aquel país lejano que ellos habían creado. Y por eso continúa inventando historias para esa Teresa de porcelana, a la que ha sentado en una silla enfrente de la suya. Historias de ese país donde Gonzalo, Alejandro, Teruca y María continúan teniendo diecisiete años y donde todos juntos, sin excepción, continúan contándose leyendas de fantasmas junto al fuego de verano, o disfrutan como cosacos bañándose en las playas de Laredo, y donde todo el grupo sabe que Roberto y Teresa están enamorados, de la misma forma en que es de dominio público que Gonzalo “le tira los tejos” a Teruca o que María tiene miedo se suspender el Preu.

El sortilegio dura tan solo unas horas y entonces, como por encanto, la realidad se impone cuando la muñeca suelta, como si en realidad cobrara vida el terrible sortilegio, no creo que en realidad me quieras de verdad. Es entonces, solo entonces, cuando Roberto la devuelve a la vitrina de cristal y comienza ese inconfundible latido en las sienes que le postrará en la cama por unos días.

La Isla del Viento Azul

Tropical island beach with clear turquoise water, palm trees, and several boats anchored near the shore
A serene tropical island with white sandy beach, palm trees, and anchored boats

Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.

Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.

Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.

La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.

En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.

—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.

Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.

—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.

—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.

El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.

—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.

El muchacho

Young man in green hoodie looking down at cracked sidewalk near graffiti-covered brick wall
A young man stands pensively on a worn city sidewalk covered in graffiti.

Fue en el patio, después de la siesta, la primera vez que coincidí con el muchacho. Me acuerdo de que estaba cómodamente sentado leyendo una novela de espionaje, que esa misma tarde había cogido de la biblioteca del pabellón, cuando alguien se sentó a mi lado. Fingí estar enfrascado en la lectura para evitar la habitual pregunta “¿tienes un cigarro?”. Por eso me sorprendió que la persona, a la que no pensaba prestar la más mínima atención para que me dejara leer en paz, me preguntase “¿qué estás leyendo?”. No me dejó otra alternativa que contestar, poniendo, eso sí, una voz de desagrado para ahuyentar a mi fortuito acompañante, que una novela de espías. Sólo me faltó decirle “así que déjame en paz”, al volverme para verle la cara.

-¿Sueles leer novelas de espías? -me preguntó.

Solo entonces me di cuenta de que mi contertulio era un muchacho de unos veinte años, totalmente desconocido para mí ya que no le había visto en las dos semanas que llevaba internado en el sanatorio.

-Sí, me suelen gustar bastante las novelas. No solo de espías, sino de misterio en general.

-Pues a mí me suelen resultar bastante aburridas ¾me contestó el desconocido.

-Perdona la curiosidad. ¿Eres nuevo? Vamos, quiero decir que si te han internado hoy. Como nunca te he visto por aquí ¾pregunté.

-No, ya llevo cuatro meses en el sanatorio. Lo que pasa es que he estado tres semanas fuera haciendo ejercicios espirituales.

-¿Entonces, es usted cura? ¾volví a preguntar, pero cambiando el tuteo habitual por el usted.

-No, no soy sacerdote. Sólo soy miembro seglar de una congregación religiosa.

-Apostaría algo a que es usted del Opus Dei o de una organización parecida de la Iglesia. O al menos me lo parece, sobre todo por su manera formal de vestir, tan distinta de la que solemos usar aquí, que con un chándal y unas zapatillas de deporte vamos que tiramos. Por cierto, perdone la descortesía, me llamo Agustín.

-Yo soy Bernardo, pero deja ya de tratarme de usted, que como te he dicho no soy sacerdote.

-Aun así, se me hace un tanto raro, lo que me cuentas de que estando aquí como enfermo, te hayan dado permiso para hacer ejercicios espirituales fuera.

-Y eso? ¿Acaso crees que el recogimiento y la oración van a volverme más loco que lo que ya estoy? Porque ocurre todo lo contario. Reunirme con mis hermanos en la Fe, apacigua mucho mis “demonios”. —me contesto muy irritado.

-Bueno, perdona, era una apreciación inocente, no quería ofenderte. Si dices que te va bien no tengo por qué dudarlo.

-Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien, no solo para el alma, sino para los males de la mente —me dijo.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

-Pues entonces hasta la cena.

-Sí, hasta la cena. Nos vemos.

Sin embargo, no volví a ver al muchacho hasta la tarde siguiente, pero como estaba conversando con el capellán del centro, no quise interrumpirlos y continué con mi lectura. He de confesar que picado por la curiosidad ya le había preguntado a Pedro Luis, el radio macuto del sanatorio, qué sabía sobre Bernardo.

-Mira, Agustín, lo único que te puedo contar es lo que se rumorea por ahí.

-Y, ¿que se rumorea? -pregunté.

¾Que, al parecer, el chaval, que es pariente del Prior, está aquí porque de pronto y sin saber por qué le entran unos brotes agudos de ansiedad y termina casi siempre autolesionándose. Yo mismo he contemplado alguno en este patio y te aseguro que se necesito la intervención de tres enfermeros para poder dominarle antes de que se cortase con la tapa mellada de un bote de refresco.

-Ah, ¿sí? ¿Y que paso después?

-Lo de siempre, le metieron en aislamiento un par de días hasta que se le pasó el ataque.

-¿Por qué tienes interés en él?

-Por mera curiosidad. No suele vérsele por aquí por las mañanas y por las tardes cuando va a en misa esta hablando con el capellán.

-¿Ha intentado ya catequizarte como hace con todos?

-No, sólo me propuso el otro día que fuese a misa con él.

-Pues, ya verás que en cuanto pueda volverá a intentarlo. Lo hace con todos y más de uno le ha mandado a la mierda. Por aquí le llaman “el curita”.

-Puede ser, pero aún no has contestado a mi pregunta. Si se autolesiona, ¿dónde está por las mañanas? ¿Y por qué no se le ve en el comedor más que en la cena?

-Dicen por ahí que tiene un permiso especial para poder ir a la Universidad. Le dan de desayunar más pronto que al resto de nosotros para que pueda coger el autobús de las ocho y no viene a comer porque lo debe hacer en la facultad.

-Gracias por la información, Pedro Luis. Tu tan enterado como siempre, pareces la enciclopedia viviente del sanatorio. —le digo como siempre que le pregunto, algo porque sé que le gusta.

-De nada. Pregunta lo que quieras, que ya sabes que uno tiene “sus fuentes” ¾me dice tan ufano, mientras se marcha para mendigar a alguien un cigarrillo.

Pasados unos días, se repitió la escena del primer día. Yo sentado, leyendo tranquilamente en un banco del patio, alguien que se sienta a mi lado y me pregunta ¿qué estás leyendo? Pero esta vez, por el tono de voz, antes de volverme para contestarle ya sé que es el muchacho.

-La misma novela de espías que el otro día ¾contesto.

-¿Sueles leer novelas de espías?

-Sí, ya te lo dije el otro día.

-Perdona, pero con la medicación suelen olvidárseme esas cosas.

¾Me he enterado de que por las mañanas vas a la universidad. ¿Qué estudias? ¾le pregunto con el fin de evitar una nueva invitación de acompañarle a la misa que estará a punto de empezar.

-Teología y Filosofía.

-Ya veo. Te será difícil concentrarte en las clases, con la medicación.

-Un poco, pero gracias a la ayuda del Señor y de los hermanos de la congregación del sanatorio voy sacando las asignaturas.

-Pues debe de ser difícil. Yo seguramente no podría hacerlo.

-Teniendo fe todo es posible. Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien no solo para el alma, sino para los males de la mente.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

El muchacho se levanta apresuradamente y sin despedirse le veo marchar deprisa camino de la capilla.

La escena no hubiera merecido más atención por mi parte, si no se hubiese repetido casi todas las tardes a lo largo de los cerca de los seis meses que permanecí internado allí.

Octubre

Baby sleeping peacefully in a wooden crib with pink and gray bedding
A baby sleeps soundly wrapped in a pink blanket inside a cozy crib.

El final de octubre cambió mi vida para siempre, sencillamente porque el día 31, a las nueve de la mañana, nació mi hija Eva.

Cualquiera que haya sido padre o madre podría confirmar que esta aseveración no es de ninguna manera algo dicho al azar. A lo largo de la existencia puedes cambiarlo casi todo: el lugar de residencia, tu forma de ver las cosas, de religión e incluso de pareja, pero no el hecho de haber contribuido a traer una nueva vida al mundo.

Desde aquel día han pasado muchos octubres, tantos como que Eva me ha hecho abuelo, otro estadio de la vida que te recuerda, lo quieras o no, que te vas haciendo mayor.

De la madrugada de aquel 31 de octubre, me acuerdo sobre todo de lo mal que lo pasó mi exmujer pues el parto no pudo ser más natural, casi veinticuatro horas trascurridas desde que empezaron las contracciones a las 10 de la mañana del día 30, estando ella en su trabajo, para susto del médico de empresa que la atendió en primera instancia, hasta el momento en que la matrona decidió, a eso de las ocho de la mañana, que la dilatación del cuello del útero era suficiente para bajarla al paritorio.

Sé por experiencia, que no hay algo más antipático para muchas “parteras” que atender a una primeriza a la que el obstetra, que terminó su turno a las tres de la tarde, ha dejado internada tan solo en observación; sobre todo si, como es el caso. la clínica es privada y nadie se va a atrever a llamar al galeno a menos que surja una verdadera urgencia, cosa que afortunadamente no ocurrió. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es vivirlo en directo cuando tienes a tu mujer al lado en la cama y la ves pasarlas “putas”, perdone el lector la expresión, sin poder hacer nada más que recordarle que respire como nos enseñaron en las clases de preparación al parto.

Como en aquella época todavía no se permitía la presencia del padre en el paritorio, me tocó esperar nervioso en la habitación, hasta que la trajeron a eso de las 9.30, medio atontada todavía, con un pequeño ser envuelto en una toquilla y con un gorrito cubriéndole la cabeza. El obstetra, esta vez presente junto a la matrona, me dijo “Agustín, ahí tienes a tu hija”; “el parto ha ido perfectamente, aunque nos ha costado un poco de trabajo dado el peso de la niña, cerca de los tres quilos y medio”, “felicidades”. Y tras echar la parrafada, abrió la puerta y se marchó sin dejarme hacerle ninguna pregunta.

Por su parte, la matrona, ahora mucho más humana que la “bruja” que apenas hacia caso a nuestras llamadas nocturnas, me animaba a coger en brazos a Eva, mientras me advertía “cójala con cuidado y sobre todo cuidado con la cabecita”. “Felicidades, ya ve que es una chica muy guapa”, añadió.

Con pulso tembloroso y mucho miedo, tuve por primera vez en brazos a aquel ser diminuto y de carita arrugada y con lagrimas en los ojos besé a mi hija por primera vez.

Pasado el tiempo vinieron los primeros balbuceos, las primeras carreras a gatas por la casa y poco a poco las primeras palabras. Y luego los madrugones matutinos para dejar a Eva en la guardería, pero también los primeros “mocos”, las primeras anginas, las visitas a urgencias del Hospital del Niño Jesús cuando le subía mucho la fiebre y no sabíamos muy bien qué hacer.

La primaria, la EGB, la adolescencia inaguantable, la Selectividad, la universidad, la licenciatura, su primer trabajo como enfermera en un hospital y por último, de momento, su maternidad. Cerrando todo un ciclo para empezar otro nuevo.

Por eso octubre es para mí desde entonces un mes mágico y a la vez agridulce. Mágico porque me recuerda el nacimiento de Eva y agridulce porque su llegada a la maternidad pone de manifiesto, incluso más que mi propio cumpleaños, que la vela de mi vida se va quedando poco a poco sin cera.

   

El anillo

Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.

—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.

—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.

Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.

—¿Da usted su permiso, mi señoría?

—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.

—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.

—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.

A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.

“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.

Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.

Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.

En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por todos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.

Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.

Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.

Olores

Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.

Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.

Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.

Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”

Botones y Mensajeras

Hotel bellhop in uniform with luggage cart holding suitcases in elegant hotel lobby
A hotel bellhop stands smiling next to a luggage cart loaded with suitcases in a luxurious lobby.

Botones y Mensajeras

1 presentaciones

– Hola, ¿eres nuevo?

Si.

– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?

Agustín.

– ¿Y con quien te han puesto?

Con el director general y el secretario del Consejo.

-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.

-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.

– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.

– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.

Hasta mañana.

Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.

La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.

Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.

Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.

Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.

Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.

2. En la escalera

– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.

Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.

– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?

Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?

– Jo, como se nota que eres nuevo.

– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.

– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.

– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.

– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.

3. El examen

-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.

¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?

– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.

-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?

Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.

-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.

-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.

-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.

4. Registro

-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.

– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.

– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.

Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.

Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.

– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.

-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.

Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.

Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.

Botones y Mensajeras

1 presentaciones

– Hola, ¿eres nuevo?

Si.

– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?

Agustín.

– ¿Y con quien te han puesto?

Con el director general y el secretario del Consejo.

-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.

-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.

– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.

– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.

Hasta mañana.

Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.

La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.

Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.

Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.

Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.

Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.

2. En la escalera

– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.

Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.

– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?

Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?

– Jo, como se nota que eres nuevo.

– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.

– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.

– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.

– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.

3. El examen

-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.

¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?

– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.

-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?

Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.

-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.

-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.

-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.

4. Registro

-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.

– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.

– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.

Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.

Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.

– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.

-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.

Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.

Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra está ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio público, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del número 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no sé si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenía carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacía por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenía patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacía lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenía su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

El refugio

Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en él. Al mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.

Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo, desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.

Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.

Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mí desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.

Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que, vuelta de espaldas a mí, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.

Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.

A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada a ver si tenía la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.

De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenía suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.

Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al ser día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.

Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.

—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.

—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.

—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.

De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.