Miguel Ángel

Hand holding a large frothy beer mug on a wooden table in a pub
A hand holding a large frothy beer mug in a cozy pub setting

Intento recordar y no me acuerdo cómo conocí a Miguel Ángel, ni el por qué durante un tiempo fuimos tan amigos.

Puedo, sin embargo, enumerar los nombres, los lugares y las ocupaciones de todos mis amigos del cuatrienio 71-74 del pasado siglo, como los conocí y los diferentes papeles que jugaron en mi vida. Puedo recordar, por ejemplo, a Gonzalo ese chico gordito que conocí en los scouts, con el que hice mis primeros pinitos de revelado fotográfico en el estudio de su hermano y con el que solía ir a menudo al cineclub del San Juan Evangelista. O a Salete, mi compañero de trabajo y vecino, con el que asistía a los estrenos de los cines de la Gran Vía, siempre a la sesión de noche, cuando salíamos de Telefónica, e incluso a Eduardo, mi jefe de Grupo en los scouts, que me introdujo en aquellos seminarios sobre el Materialismo Dialéctico que organizaba el Partido en su casa, junto a la Plaza de España. Pero no puedo recordar comó me hice amigo de Miguel Ángel.

Miguel Ángel era un chico de mi edad, muy formal para la época, que trabajaba en una tienda de electrodomésticos situada junto a El Corte Inglés de la calle Goya. Un chico, que ahora que lo pienso, no tenía ningún parecido con mis otros amigos de aquel tiempo, no había sido scout, no le gustaba el cine ni la política. Quizás lo único que compartíamos era nuestra afición al montañismo y a las jarras de cerveza negra que solíamos tomar en la Cruz Blanca, donde solíamos ir los viernes por la noche. Tenía eso sí un viejo Renault 12, con el que hacíamos alguna escapada a Levante, hasta que se gripó un buen día subiendo la Cuesta de las Perdices. Y eso hubiese sido todo, una amistad anodina hasta que se cruzaron en nuestro camino Asunción y Teruca.

Conocimos a las dos hermanas en los andenes de la Estación del Norte una noche de viernes mientras esperábamos el tren que nos conduciría a Cercedilla, donde enlazaríamos con el ferrocarril que subía hasta Cotos, con la intención de iniciar la marcha por el Camino Schmidt y hacer vivac en el collado Ventoso. En aquel andén casi desierto esa noche, enseguida llamaron mi atención dos chicas que con la pañoleta scout rodeando sus cuellos, estaban sentadas en un banco, sin duda esperando el mismo tren que nosotros.

—Miguel Ángel —le dije a mi compañero—, voy a acercarme un momento a hablar con las chicas que están allí sentadas. Por lo que veo son scout, como yo. Vigila nuestros macutos mientras tanto.

—Bueno, pero no te enrolles demasiado que el tren está a punto de llegar.

Yo sabía que, a mi amigo, antiguo miembro de la OJE, los scouts no le hacíamos mucha gracia y mucho menos si eran del genero femenino, por lo que no me extrañó que no me acompañase.

—Buenas noches, me llamo Agustín y pertenezco al Grupo 9 —dije a modo de presentación a las dos muchachas.

 —Hola, encantadas de conocerte —me contestó una de ellas.

—Yo me llamo Asún y esta es mi hermana Teruca, y como habrás adivinado por el color de nuestras pañoletas, pertenecemos al Grupo 15, el del Barrio del Pilar.

—¿Vais a Cercedilla? — pregunté.

—Sí, pensábamos bajarnos en Torrelodones, pero como nuestro amigo Joe no ha podido venir, hemos decidido subir a Cotos y hacer el Camino Schmidt.

—Anda, igual que mi amigo y yo. ¿Podríamos hacerlo juntos? —pregunté.

—Buena idea, —me contestó la chica.

Y así se inicio nuestra amistad con las dos hermanas. Asún, dos años mayor que yo, era a mis ojos y como luego supe por desgracia también a los de Miguel Ángel, una chica preciosa, rubia, pecosa y con una nariz respingona, como de pato, de cuerpo atlético dada su afición al baile clásico, pechos pequeños en forma de pera, que enseguida te despertaban el deseo de acariciarlos; atractivo al que se unía una simpatía arrolladora. Teruca, por el contrario, era una chica delgada y larguirucha, mucho menos abierta que su hermana, dado su carácter algo tímido.

Después de aquella excursión y de las muchas otras salidas a la montaña que la siguieron, las dos hermanas se hicieron habituales de nuestras tomas de cerveza negra los viernes por la tarde, consolidándose así una amistad, que en mi caso aún perdura a día de hoy.

Yo me enamoré enseguida de Asún, hasta tal punto que no era extraño que los sábados por la tarde, tomase mi bicicleta y subiese la cuesta que separaba mi casa de Mirasierra del el Barrio del Pilar donde tenía la sede su Grupo Scout, para con cualquier pretexto encontrarme con ella, cenar en cualquier lugar y luego acompañarla a casa. Lo malo es que no me decidía, llevado por un pudor inexplicable, a declarar mis sentimientos hacia ella. Quizás por ello me enfade terriblemente el día en que mi amigo me confesó que él también estaba enamorado de Asunción y me pidió que ese viernes no acudiese a nuestra acostumbrada cita cervecera porque pensaba declararse.

—¿Cómo, que te vas a declarar? —le dije todo enfadado— ¿No te has dado cuenta en todo este tiempo que yo estoy enamorado de ella?

—Y a mí qué me importa, ya se que tu la ves mucho más a menudo que yo, pero no tengo la culpa de que tu falso sentido de ese honor del que presumís los scouts, no te haya permitido cortejarla —me respondió, tan enfadado como yo.

—¿Qué, tienen que ver los scouts en todo esto? Yo solo esperaba que alguien que dice ser mi amigo no se interpusiese de mala manera en mis relaciones.

—Ya veo, estás celoso ante la posibilidad de que me diga que sí. Adiós —me dijo colgando el teléfono por el que habíamos estado hablando.

Asún debió de darle calabazas aquel viernes, porque Miguel Ángel dejó desde entonces de acudir a nuestra cita semanal en la Cruz Blanca, y, enfadado, dejó de ser mi amigo. Ni que decir tiene que yo me alegré terriblemente de aquel rechazo, quizás fue la primera vez en mi vida en la que me alegré del mal ajeno. Hoy me he vuelto a acordar de él, al recibir la acostumbrada felicitación de navidad de Teruca y esperar, como siempre en vano, que su hermana de digne ha hacer lo mismo, pero eso merece otra historia.

Reencuentro

Elderly woman in a wheelchair indoors with a blanket on her lap, smiling
A smiling elderly woman sits warmly wrapped in a blanket in her wheelchair by a window.

Cada mañana temprano la veía pasear, acompañada de su cuidadora, por el paseo marítimo. Apoyada en su andador, sus ojos azules escrutaban con curiosidad el entorno. La reconocí enseguida pese a que su pelo antes rubio se había vuelto blanco con el trascurso del tiempo, que había hecho estragos, era evidente, en sus piernas antes tan ágiles. Escruté en mi memoria para calcular su edad: si cuando la conocí era 10 años mayor que yo, ahora debería tener 81. De lo que sí me acordaba perfectamente era de su fecha de cumpleaños: 15 de agosto.

No albergaba ninguna duda de que era ella, pero durante mucho tiempo no me atreví a acercarme a saludarla. Su mera presencia cada mañana en aquel paseo costero despertaba dentro de mí una nostalgia abrumadora, y es que yo había estado profundamente enamorado de aquella mujer en otro tiempo y aquel rescoldo que creía ya apagado parecía encenderse de nuevo cada vez que la veía.

Las preguntas se acumulaban en mi cerebro, preguntas para las que no podía tener respuesta, si no me decidía acercarme a ella y presentarme, ¿aún se acordaría de mí? El temor a que no me reconociese me angustiaba sobremanera. Pero había otras muchas preguntas de momento sin respuesta por mi falta de atrevimiento a darme a conocer: ¿continuaba casada?, ¿qué había sido de sus hijos?, ¿por qué abandonó su prometedora carrera artística? Y, sobre todo, ¿que hacia allí, en aquella ciudad del sur, tan lejos de la casa de Pozuelo, donde sabía que había vivido tantos años?

Cuando la recordaba, yo siempre había pensado que cuando fuera mayor y estuviera rodeada, probablemente de nietos, de retirarse a vivir algún lugar, lo habría hecho a tierras del norte. Me la imaginaba coqueta y vivaracha, como había sido siempre, paseando por alguna playa lucense, con algún chiquillo de la mano al que contaba leyendas de mouras o de trasnos, como las que le gustaba narrarnos en nuestras noches de acampada. Pero ahora, por alguna razón desconocida, estaba allí en aquel paseo todas las mañanas y además acompañada de lo que evidentemente era una cuidadora.

Había conocido a Noa en una fiesta en Mondoñedo tras la inauguración de un TPS (Teléfono Público de Servicio), en el año 1976. Por entonces yo era el encargado de representar a Telefónica en este tipo de inauguraciones como adjunto a la Dirección de Comercial de Lugo, una provincia con una orografía tan difícil que solo permitía el establecimiento de las comunicaciones vía radio. Los TPS solían instalarse en el bar de la aldea; un único teléfono que permitía a los habitantes de la localidad un enlace con el mundo, en un momento en que la telefonía móvil apenas empezaba a desarrollarse, de la que hasta ese momento habían carecido. Por eso su puesta en servicio solía celebrarse con una fiesta, casi siempre con una comida o cena. Noa, que por entonces bailaba en una reconocida compañía de baile gallega, participaba junto a su compañía en un espectáculo de danza tradicional con el que cerraba el acontecimiento.

—Agustín, tengo el gusto de presentarte a Noa, la coreógrafa y primera bailarina del grupo que actuará luego —me dijo el alcalde de Mondoñedo, antes de empezar los actos de inauguración.

—Noa, este es Agustín Moreno, el representante en estos actos de Telefónica, continuó con la presentación el edil.

La mujer que tenia delante de mí y que se disponía a darme los dos besos de cortesía acostumbrados en estas ocasiones, me dejó impresionado por su belleza desde el primer momento. Unos preciosos ojos azules, una larga cabellera rubia y el cuerpo escultural de una bailarina, que acercaba en aquel momento su cara a la mía para besarme, aunque fueran solo un par de besos protocolarios, y yo tomado por sorpresa y con el dardo de cupido ya clavado en mi corazón, aunque entonces no lo supiese.

Tuve la inmensa suerte de poder sentarme junto a ella durante la cena y entre plato y plato, además de seguir admirando su belleza, supe que compartíamos puntos de vista y aficiones, ambos tirábamos ideológicamente hacia la izquierda, nos gustaba el senderismo, la lectura de novelas policiacas y el cine de ciencia ficción y lo mejor de todo los dos habíamos sido scouts de pequeños. Así surgió una amistad y en mi caso un enamoramiento que nunca me atreví a confesarle abiertamente, tonto de mí, que duró más de veinte años y que se mantuvo pese al casamiento de Noa, con Joe, su novio de siempre y el nacimiento de su primer hijo.

El traslado de mi amiga a Estados Unidos, contratada como primera bailarina del New York City Ballet, unido a otras circunstancias de nuestras vidas nos fueron poco a poco distanciando, hasta convertirse en las clásicas felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños o en Navidad y fin de año, hasta que, pasado el tiempo, la perdí la pista, aunque en el fondo continué siempre enamorado de ella.

Por eso lo inesperado, dada la situación geográfica y el evidente deterioro físico de Noa, tan distintos a lo que había esperado, reavivaron dentro de mí, nostalgias y recuerdos de este amor nunca correspondido.

—Noa, ¿te acuerdas de mí? Soy Agustín —me atrevo a preguntar a la anciana del andador, ante la evidente sorpresa de su cuidadora. —Mi amiga me mira directamente a los ojos y responde, para mi decepción: Hola, Alejandro, ¿qué haces por aquí?

—Perdónela, señor, pero la señora Noa, ha perdido la cabeza y desde hace tiempo, cuando la saluda cualquier hombre lo confunde con su hijo Alejandro y eso que murió el año pasado. Es usted un antiguo conocido, por lo que veo.

—Sí, fuimos amigos en otro tiempo, respondo mientras triste y cabizbajo me alejo de ambas mujeres.

El espejo

Wooden box open on a table filled with colorful clay figurines of animals, people, and fantasy creatures.
A wooden box filled with vibrant clay figurines sits on an artist’s workspace.

Hay un juego que se utiliza en psicoterapia utilizando muñecos de Playmobil muy parecido al psicodrama. En una de sus múltiples variantes el terapeuta pide a su paciente que elija, entre la variedad de muñecos femeninos, masculinos, niños y ancianos que hay en una caja, aquellos que en su opinión reflejan lo mejor y lo peor de su personalidad en el momento concreto en que se está realizando la acción.

Mirarse en un espejo con animo introspectivo puede resultar un ejercicio muy parecido al juego de los muñecos, por lo que intentare escribir este relato desde esa perspectiva proyectiva.

Si esta tarde, mientras voy dando forma a la historia, me asomo por un momento a esa caja llena de muñecos colocada al lado derecho de mi ordenador, el primer muñeco que se me viene a la cabeza es, cómo no, el del psicólogo, representado por una figura con chaqueta azul y cuaderno en mano que, sentado en un sillón, parece escuchar atentamente lo que le está diciendo otro playmobil tumbado a su lado en un sofá.

Una segunda figura surge de la caja, la del muñeco vestido de scout saludando, con los dedos índice, corazón y anular de la mano derecha extendidos mientras la yema del pulgar se apoya sobre la uña del dedo meñique. Los tres dedos levantados recuerdan las tres virtudes del escultismo: Lealtad, Pureza y Abnegación; y el dedo meñique, protegido por el pulgar, nos recuerda que el fuerte siempre protege al débil. Este saludo, el mismo para todos los scouts del mundo, junto al lema que el playmobil lleva grabado en su cinturón, siempre listo para servir, que han marcado, como la aguja de la brújula marca el norte, la guía de mi existencia, unas veces para bien y otras para mal.

La tercera figura que extraigo de la caja es la del sindicalista, representada por un obrero de chaleco y casco rojos que se lleva un megáfono a la boca. Toda una vida desde que me afilié con tan solo quince años y en plena clandestinidad a Comisiones Obreras.

Con estas tres figuras he construido la mitad de esa cara que se mira en el espejo, las tres siguientes, no tan agradables forman la otra mitad. En primer lugar sale del cajón el playmobil hipocondriaco, un muñeco con el tensiómetro en un brazo, el termómetro debajo del otro y una bolsa de hielo en la cabeza.

Le sigue la figura del desengañado, que contempla angustiado “todas las banderas rotas”, en la acertada rima poética de Labordeta, que se encuentran a sus pies.

Y para cerrar el terceto de la otra mitad de mi rostro está la figura del eterno aspirante a suicida, que con cara de duda mira la soga que sostiene en su mano derecha, mientras empuña con cierta tembladera un revolver con su mano izquierda.

Las figuras están ocultas bajo ese rostro de pelo blanco y rizado, ojos verdes y nariz aguileña, arrugas y manchas propias de la edad y una eterna pipa humeante siempre en la boca.

El colchón

Therapist and woman engaged in a counseling session in a cozy room
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.

Por una de esas casualidades de la vida me toco ser uno de los primeros residentes del Sanatorio en habitar el “pabellón de tránsito”. Este pabellón recién creado cuando me trasladaron a él tenía como finalidad terapéutica la de servir de puente entre el internamiento de los pacientes y su incorporación a su vida habitual fuera del hospital. Para que pudiera cumplir adecuadamente esta función de “transito” se había construido una especie de pequeño chalé con seis habitaciones individuales y dotado de todos los servicios necesarios para que el lugar se pareciera lo más posible a un alojamiento completamente diferente del que se disponía en cualquiera de los restantes pabellones del sanatorio y se asemejase lo más posible a cualquier casa normal, aprovechando un espacio ajardinado situado fuera de los muros del Sanatorio y cercano a sus oficinas.

En un primer momento y tras la inauguración del “chalecito” fuimos tres los “internos” del Sanatorio trasladados allí: José Miguel, Alicia y un servidor. Con los tres se pretendía, ya que las razones de nuestros respectivos ingresos hospitalarios eran completamente diferentes, aunque eso si todos compartíamos gracias a la mejoría de nuestro estado mental la posibilidad de ser dados de alta en un periodo próximo en el tiempo, comprobar la efectividad o no de este nuevo enfoque terapéutico.

El mundo de nunca jamás

Fairy with iridescent wings in green and purple dress holding a glowing wand standing on mossy rock with flowers
A delicate fairy stands on a mossy rock in an enchanted forest, holding a glowing wand.

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.

La trilogía del 70-73

Man raising fist at protest with signs saying Justicia y Libertad and Pueblo Unido
A young man leads a passionate protest with raised fist and signs demanding justice and unity

Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)

 Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)

Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)

Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el titulo de tres libros: El Pequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.

Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nomina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.

Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso si, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.

La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mi mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura

La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años 

Nunca lo tuve claro

Therapist and woman engaged in a counseling session in a cozy room
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

Mi investidura como Rover

Young boy scout in uniform with badges and neckerchief holding a walking stick on a forest trail.
A young boy scout stands smiling on a forest path holding a decorated walking stick.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

La plaza de Santa Ana

Outdoor plaza with people dining under umbrellas and a central equestrian statue
Visitors enjoy outdoor dining and sightseeing at a bustling historic Spanish plaza.

Si hay un espacio en Madrid que recuerdo con especial nostalgia es la plaza de Santa Ana. Un lugar que fue testigo desde mis primeros juegos infantiles a mis primeros amores juveniles.

Es curioso porque mientras escribo este relato viene a mi memoria la sorpresa y el desencanto que me llevé la última vez que visité la plaza, cuando haciendo de cicerone de unos amigos malagueños por los recovecos del Barrio de las Letras, mi barrio durante casi quince años, la encontré tan cambiada que por un momento abominé de ella, maldiciendo por lo bajo al turismo, que como en otras ciudades españolas, ha ido reconvirtiendo sus barrios más antiguos en un feo pastiche ocupado por las cadenas comerciales multinacionales.

Por eso hoy quiero hablar de ´mi plaza´. La plaza del Teatro Español, del hotel Reina Victoria, el “hotel de los toreros”, porque era su alojamiento favorito en Madrid; la de los almacenes Simeón, situados enla planta baja del hotel; la plaza presidida por la estatua de Calderón de la Barca, la de la bollería La Suiza y la cervecería La Alemana. En resumidas cuentas, de la plaza de los años 60 y principios de los 70 del pasado siglo.

Las chicas y chicos que la frecuentábamos, todos vecinos de las calles adyacentes, solíamos ir a jugar allí, porque era el único espacio verde, cercano a nuestras casas, del que podíamos disponer en aquella abigarrada zona del Barrio de las Letras. Cumplíamos así, sin saberlo, los designios del rey José Bonaparte, apodado en su tiempo por los madrileños como “el Rey Plazuelas” por suobsesión con abrir espacios en mitad de la ciudad para crear amplias plazas, derribando edificios. Vamos, un ecologista afrancesado.

La Plaza de Santa Ana formaba un cuadrado casi perfecto, con un espacio de arena en su parte central que rodeaba la estatua de Calderón de la Barca, alzada sobre un pedestal al que se podía subir por unas amplias escaleras de piedra, y que era nuestro lugar favorito para sentarnos a merendar. Rodeada en sus extremos por castaños y unos cuantos parterres de hierba con flores, casi secas, y junto a ellos y a la sombra de los árboles, unos bancos de piedra sin respaldo, muy parecidos a tantos otros del mobiliario urbano de la Capital en la época, al igual que las farolas de hierro con el escudo de la Villa grabado en su base que alumbraban la plaza.

Nuestros juegos en su albero, iban cambiando según la época del año: de las carreras ciclistas con corredores simulados con las chapas de las botellas de refresco y pista trazada en la arena, propias de la primavera y el principio del verano, hasta el tiro del tacón o el juego de romper las peonzas del contrario con un hábil golpe dado por la tuya, a los que jugábamos en otoño. Prohibido por consenso vecinal y vigilancia municipal cualquier juego de pelota, “que para eso tenéis las pistas de fútbol del Retiro o el patio del colegio”. Todo esto cuando no estábamos haciendo de rabiar a las pandillas de chicas que jugaban por allí, algunas de las cuales terminaron por convertirse con el tiempo en nuestros primeros amores.

Pero la plaza se asocia también en mi mente al exquisito olor y sabor de los pasteles y bollos, que solían mandarme a comprar mis padres todos los domingos u otras festividades importantes en la cafetería La Suiza, que, desde su fundación en 1858, se había ganado una merecida fama entre los madrileños. O, ya más mayor, al de las primeras “cañas” tomadas con deleite en verano, en la cervecería La Alemana, otro establecimiento con solera de los que estaban abiertos en Santa Ana, ya que fue fundada por un grupo de industriales alemanes en 1904 y frecuentada en su día por personajes como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner o Ernest Hemingway.

Y cómo no acordarme de que, en el Teatro Español vi mis primeras funciones de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, gracias al precio rebajado o gratuito, según el éxito de la obra representada, de las entradas de claque que se vendían por entonces en un bar situado en el número 18 de la vecina calle Huertas. O de la llegada de los primeros hippies que no tardaron en montar en la plaza un mercado de artesanía donde se vendían bolsos, juguetes, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú o esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. Mercadillo que fue disuelto por orden municipal en 1989 por la presión de los propietarios de las terrazas de la zona, dándoles más espacio donde poner sus mesas y sillas. Y que hoy en día han terminado por ocupar buena parte del espacio de la Plaza de Santa Ana y acabando, según mi opinión, con su viejo encanto.

Scouts hoy, scouts para siempre

Boy Scout smiling on a forest trail with backpack and uniform badges
A smiling Boy Scout enjoys a sunny hike on Trail 4 – Campfire Hollow.

Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimientoScout.

La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.

Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:

“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:

 —ser amigo de todas las personas,

 —ser fiel a mis creencias,

—cumplir la Ley de la Manada y

 —hacer cada día una Buena Acción”.

Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.

Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.

 Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.

Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:

Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.

 Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.

 El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.

Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.

 Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.

 El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como  Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).

 Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.

Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.

Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.

La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.

Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.

En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.