La trilogía del 70-73

Students marching through Paris with protest signs during May 1968
Students march through Paris carrying slogans during the May 1968 protests.

Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)

 Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)

Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)

Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el titulo de tres libros: El Pequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.

Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nomina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.

Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso si, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.

La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mi mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura

La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años 

El mundo de nunca jamás

Fairy with translucent wings sitting on a moss-covered branch in a forest
A graceful fairy rests on a moss-covered branch amid glowing mushrooms and lush ferns.

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.

Agustín Moreno, septiembre 2022.

La planta nueve

Telefónica headquarters with clock tower, red sightseeing bus, and taxis
Madrid’s Telefónica headquarters rises above Gran Vía, framed by historic buildings and busy city traffic.

Desde su construcción por los norteamericanos en 1929 de la sede de la Compañía Telefónica, en el número 28 de la Gran Vía madrileña, la planta 9 del que en su día fue el edificio más alto de la capital alojó tradicionalmente la sala donde se reunía mensualmente el Consejo de Administración y los despachos de su Presidente y de sus Directores Generales. Al servicio de estos altos cargos, además de sus secretarias y mecanógrafas, había una serie de muchachos entre los 15 a 17 años de edad, los “repartidores botones”, que bajo el mando de dos ordenanzas se encargaban entre otras muchas cosas del reparto del correo interno, hacer los múltiples y variados recados que les encomendaban, que podían ir desde llevar cartas u otros documentos a los domicilios de los consejeros hasta esperar pacientemente la cola para sacar un recibo de lotería en Doña Manolita.

El nombre de “repartidores botones” hacía referencia tanto a su trabajo como al uniforme gris claro, con 22 botones del mismo color, 11 en cada lado, que adornaban la pechera de una guerrera cerrada hasta el cuello, que junto a un pantalón del mismo color y unos siempre brillantes zapatos negros completaban su atuendo.

Agustín, entró a trabajar en “la nueve” como botones, adscrito al servicio de los directores generales, el 9 de diciembre de 1969, dejando atrás con esta incorporación al mundo del trabajo muchos de sus sueños adolescentes.

La entrada a este mundo adulto, con personas que ejercían la dirección de una compañía, que por aquel entonces tenía en nómina casi 75000 empleados, supuso al principio un choque brutal que le hizo pasar de una adolescencia más o menos feliz a su conversión en un siervo de gleba, dadas las normas y modos de comportamiento que regulaban la vida en aquellos oscuros pasillos de mármol de Carrara.

Tuvo que acostumbrase a que la jefa del personal subalterno del edificio pasara revista diariamente a su uniforme de arriba a bajo antes de permitirle subir a “la planta noble”: los 22 botones brillantes y perfectamente cosidos, la raya del pantalón recta, los zapatos brillantes como espejos y, por supuesto, el pelo corto y bien peinado, en una época en la que los chicos de su edad, siguiendo la moda, empezaban a llevar melenas cada vez más largas. Aprendió que debía levantarse con presteza del incómodo banco donde se sentaban los botones a la espera de ser llamados mediante un sistema de timbres numerados, para pulsar el botón del ascensor privado que unía el vestíbulo del edificio con “la nueve” y permanecer de pie, casi en posición de firmes junto a sus compañeros hasta la llegada del mismo, aunque quien quisiera utilizar el dichoso trasto fuera una simple secretaria.

De un día para otro, necesitó convertirse en “malabarista”, pues no era infrecuente que tuviese que subir una o varias jarras de café, acompañadas de sus correspondientes servicios, desde la planta sexta del rascacielos, donde se encontraba la cafetería, hasta “la nueve” sin derramar ni una sola gota de líquido en la bandeja que llevaba entre las manos, y por supuesto sin romper ninguna taza, si no quería sufrir algún improperio de la “jefa de régimen”, que regentaba con mano de hierro aquel gineceo donde estaban las telefonistas y al que los únicos hombres que podían entrar eran los “repartidores botones” o los mecánicos de guardia en caso de avería.

Pero de todas estas “servidumbres”, la más odiada por Agustín, durante los cuatro años que prestó servicio en aquella planta, fue tener que abrir la puerta del despacho de los Directores a su llegada y recogerles el abrigo o la chaqueta cuando se lo quitaban, procurando que la dichosa prenda no cayese por un descuido al suelo, para colgarla en su correspondiente percha dentro del armario empotrado y forrado de caoba del que estaban dotados todos los despachos de aquella planta.

Por fin, en 1973, nuestro botones dejó de prestar sus servicios en “la nueve” al ser “ascendido” a subalterno, pero ese hecho se merece una nueva historia.

Agustín Moreno, agosto de 2022

Nube blanca

Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.

La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas,me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.

Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.

-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? -le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.

-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? ¾respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.

-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.

-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.

-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.

-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?

-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.

-¿Quién yo?

-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.

-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continues jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.

Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nubeblanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.

Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.

Agustín Moreno, marzo 2025

Noviembre

Police and ambulance at a collision involving two damaged cars
Police, emergency crews, and bystanders gather around two damaged cars after a city street collision.

Noviembre había sido para mí hasta ahora un mes de transición que imponía el obligado cambio de la ropa de los armarios, donde las vestimentas de verano iban ocupando las cajas destinadas a ser guardadas en el tratero y camisas de invierno, jerséis de lana y demás ropa de abrigo iba ocupando los cajones y entrepaños iban rellenando los espacios dejados por las primeras. Un mes donde había que empezar a encender cada vez más pronto la calefacción y salir antes de que desaparezca de todo el sol para pasear por la playa.

Pero dos hechos ocurridos este mes cambiaran para siempre el significado de los próximos noviembres: la muerte prematura de Almudena Grandes y el accidente de tráfico que tuvimos el pasado domingo 28.

La muerte de Almudena Grandes

Me será difícil olvidar el sonido en el móvil del mensaje de alerta del resumen de noticias del periódico El País, al que suelo echar por costumbre una rápida mirada cuando llega a mi pantalla. La noticia me dejo helado, “Muere la escritora Almudena Grandes, una de las figuras más importantes de la literatura en español”, hasta el punto de que tuve que releer el titular varias veces para asegurarme que lo que allí ponía era cierto y no una mala pasada de mi presbicia ya que no llevaba puestas las gafas de leer. Con el móvil aun en la mano fui en busca de mi mujer:

Ángeles, se ha muerto Almudena Grandes.

No puede ser si solo tenía 61 años. Ha tenido que ser de que el cáncer que padecía era muy agresivo, porque el lunes apenas a pasado un mes desde que escribió en su columna del periódico que tenía cáncer, no te acuerdas que te la leí.

¿Cuándo fue la ultima vez que nos vimos? ¿No fue en Escuela de Verano de Izquierda Abierta en Castell de Ferro?

−Sí, no te acuerdas que se sentó con nosotros cuando estábamos desayunando con Berzosa −contestó mí mujer.

>>Que mala suerte. Tenemos que darle el pésame, aunque sea por Twitter a Luis García Montero.

Y así lo hicimos, mientras yo escribía en mi cabeza mi epitafio particular:

Hoy a muerto una compañera. Desde el más profundo respeto quiero recordarla viva, escribiendo, hablando con esperanza de la unión de la izquierda.

Hasta siempre Almudena.

El accidente de tráfico

Era domingo y habíamos ido a comer como casi todas las fiestas a uno de nuestros restaurantes preferidos del centro comercial próximo a nuestra casa, volvíamos pensando que película ver en la televisión del salón. Hiba cómodamente sentado en el sillón del acompañante mirando en la pantalla del móvil, liberado ya de la tortura de la obligatoria mascarilla, la programación de las diversas plataformas televisivas, cuando de pronto sentí un fuerte golpe y la sensación de que mi masa cerebral rebotaba contra las paredes de mi cráneo perdiendo por momentos el conocimiento, mientras una voz salida de mis adentros me insistía con urgencia a que “me dejara ir”.

Las llamadas angustiadas de Ángeles, “Agustín que te pasa”, unido a los vigorosos intentos de un hombre desconocido para ponerme derecho, pues al parecer estaba caído de lado, todo lo que el cinturón de seguridad abrochado permitía, sobre el asiento del conductor me sacaron del agujero negro en el que estaba metido y fue en ese momento al abrir de nuevo los ojos cuando fui por primera vez consciente de que un coche que se había saltado un ceda el paso a toda velocidad, había impactado contra el lateral de nuestro vehículo con tanta fuerza que le hizo girar hasta colocarnos en el sentido contario de la marcha.

Todavía bastante atontado y procurando moverme lo menos posible, como me habían enseñado que se debe hacer en estas circunstancias. Escuche al hombre desconocido, decirle a mi mujer, “señora no se preocupe, que ya he llamado al 112 y ya están en camino hacia aquí una ambulancia y la policía.

En los escasos diez minutos que tardaron en venir las asistencias, gracias a que el ambulatorio donde me trasladaron en primera instancia antes de remitirme al hospital está bastante cercano al lugar del accidente, atontado y sin moverme veía a Ángeles, bastante más templada que yo para estas cosas, moverse entre nuestro coche para ver cómo estaba yo y el otro vehículo accidentado con los papeles del seguro en una mano y en la otra el teléfono móvil para llamar a la grúa, ayudada en todas estas gestiones por aquel hombre desconocido, que al parecer y de manera inesperada había llegado en otro coche y aparcado en el arcén solo unos segundos después de ocurrir el accidente.

Con la llegada de la ambulancia, se inicio el protocolo, que tantas veces había visto cuando hacia las practicas en el 061 del Master de Emergencias y catástrofes, me colocaron el correspondiente collarín y tras pasarme a la camilla con todo cuidado, me condujeron a la ambulancia dentro de la cual el medico tras comprobar mis constantes vitales y ver que estaban más o menos estables ordeno al conductor del vehículo de auxilio tira para urgencias del hospital. Allí se quedo mientras tanto mi señora hablando con la policía municipal y esperando la grúa.

Urgencias

Cuando llegue a Urgencias estaba ya Ángeles esperándome, menos mal ya que pudo ocuparse del papeleo más pesado que el habitual por ser un accidente de trafico. Por lo demás todo fue trascurriendo según lo habitual. Anillo de papel autoadhesivo para la muñeca del paciente y pegatina de acompañante para mi señora, ni un maldito celador a la vista que te ayude con la silla de ruedas; sala de espera y media hora para el “triaje” protocolario; un tiempo que termina haciéndose eterno, para que te vea el medico residente mientras continuas en la sala de espera, gracias a dios poco abarrotada, contemplando la progresiva desesperación cuando no el cabreo de enfermos y acompañantes, que miran, que miramos como hipnotizados, la pantalla en la que tienen que aparecer junto a las iniciales de tu nombre y apellidos el numero de consulta en que vas a ser atendido.

AMS consulta 11, esta vez y por la edad de la doctora que te atiende deduces que te a tocado en suerte una medico adjunto y no el habitual MIR de tercer o cuarto año. Antes de la exploración las preguntas habituales para una historia clínica teóricamente informatizada, pero que te siguen haciendo cada vez que acudes a cualquier consulta urgente o no a este tu hospital de referencia. ¿Alergias?, ¿operaciones quirúrgicas anteriores?, ¿medicación que estas tomando?, dato este ultimo que conoce fácilmente cualquier farmacéutico en cuanto introduce tu tarjeta sanitaria en el lector correspondiente, pero ¡oh! que sorpresa no aparece en la historia del hospital, de la misma forma que la citada historia a perdido la memoria de que con el paso del tiempo fuiste operado de apendicitis, o de desprendimiento de vítreo en aquel lugar.

Terminadas las protocolarias preguntas comienza de verdad el “acto clínico”, con la exploración y el mandato de las pruebas correspondientes. En este caso radiografía y electrocardiograma y vuelta a la sala de espera a que te llamen para hacerte las pruebas. Pasa otra hora hasta que te llaman para que acudas a rayos y hacerte el electro, y as tenido suerte, porque en ese momento solo llevas 4 horas en urgencias.

Cola para que un radiólogo saturado de trabajo te pide que te pongas de frente y de perfil ante su maquina y nueva cola para que una enfermera igualmente saturada te coloque los correspondientes electrodos y terminadas las pruebas vuelta a la sala de espera. Miras el reloj y te das cuenta de que ya llevas 6 horas en urgencias y que te empiezan a sonar las caras de los enfermos y acompañantes que desesperan más que esperan en aquella sala.

Y pasan las horas y allá sobre las 10 de la noche, 8 horas en urgencias, te empiezas a “moquear”, cuando van desapareciendo sin sentido alguno, los apellidos y números de consulta del panel que preside la sala, hasta que caes en la cuenta que es la hora de la cena. Y te empiezas a cabrear porque te preguntas, la razón por la cual todos los médicos de turno en urgencias tienen que marcharse a cenar al mismo tiempo teniendo como tienen pacientes esperando a ser atendidos.

A las 10:45 vuelve la danza de nombres, apellidos y numero de consultas al dichoso panel y son cerca de las 12 horas, cuando ves de nuevo aparecer en el tus datos. AMS consulta 11.

Expectante y arto del collarín que rodea tu cuello escuchas lleno de alivio el dictamen de la doctora, “según las radiografías, no tiene nada roto, solo su corazón parece ir más lentito de lo habitual, pero no tiene importancia”. “Le voy a quitar el protector cervical y a recetar unos analgésicos para que se los tome durante una semana”.

Sin más preámbulos, la traumatóloga rellena e imprime tu parte de alta. Y tu aliviado por el diagnostico y sin darle demasiadas vueltas a que si hubieran golpeado nuestro coche unos centímetros más adelante, quizás el primer accidente de trafico de tu vida, hubiese tenido peores consecuencias para tu mujer y tu, abandonas el hospital en un taxi camino de tu casa.

Agustín Moreno, noviembre 2021

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Children drawing and playing at tables in a colorful kindergarten classroom
Young children draw, build, and learn together in a colorful Spanish-language kindergarten classroom.

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra esta ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron como lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio publico, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del numero 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no se si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenia carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacia por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenia patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacia lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo  de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenia su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

Madrid junio de 1965 o si ustedes lo prefinieren  

Desembarco

Red Cross medic bandages an injured man's leg beside an ambulance
A Red Cross medic treats an injured man beside an ambulance on a busy city street.

Recibí la llamada a las seis de la mañana

-Agustin, a las ocho en la Base. Nos han avisado los de Salvamento Marítimo que han recogido a los náufragos de una patera.

En Málaga capital, este tipo de llamadas son escasas, los náufragos aparecen más cerca de otros puntos del litoral andaluz. Pero aun así hay que estar siempre atentos.

Llego a la base de Cruz Roja de Socorros y Emergencias a la hora convenida. El ritmo para la preparación del desembarco es frenético ya que está previsto que el barco de Salvamento llegue a puerto sobre las once de la mañana.

-¿Cuántas personas han rescatado? -pregunto.

-Doce, ocho hombres, dos mujeres y dos niños -me contesta Joaquín, el coordinador del equipo. Tú, como siempre, irás en la furgoneta con Carmen, la asistente social, Rosalía, la enfermera; y Paco como conductor.

El resto de los voluntarios, unos doce, están cargando ya el furgón: mantas, agua y ropa de abrigo, más algún juguete para entretener a los niños.

Cuando llegamos al muelle donde se producirá el desembarco está ya allí la Policía Nacional de Extranjería. Sus agentes se encargarán de trasladar a los náufragos a la Comisaria para su identificación y posterior traslado al ya sobrecargado Centro para Extranjeros de la capital.

El barco de Salvamento se va acercando poco a poco al muelle. Sobre cubierta y a simple vista se puede ver, sentados en el suelo y ateridos de frío, a los rescatados, rodeados por los tripulantes enfundados en sus monos blancos de protección y con la cara cubierta por mascarillas FP2, para su protección, sobre todo contra la tuberculosis o cualquier otro tipo de enfermedad contagiosa que pudieran traer los rescatados.

Una vez amarrada la embarcación, uno a uno, cada naufrago va bajando por la pasarela del barco. Allí los reciben nuestros voluntarios, que les van arropando con las conocidas mantas rojas de Cruz Roja, mientras les dan la correspondiente botella de agua. Esta vez no ha sido posible montar la cafetería y no disponemos de bebidas calientes que les permitieran entrar en calor.

Carmen, la asienta social, y Rosalía, la enfermera, ya están dentro de la carpa. Tras el cribaje y las curas, si son necesarias y casi siempre lo son debido sobre todo a las quemaduras, Carmen procederá a la filiación de los inmigrantes, así como a explicarles el proceso policial que les espera y los derechos a los que pueden acogerse. Mientras tanto, yo atenderé los casos que necesitan recibir los primeros auxilios psicológicos. Entre tanto, los niños, en este caso un niño y una niña de unos ocho años, hijos de una de las mujeres rescatadas, son entretenidos por Zafira, nuestra educadora social fuera de la carpa.

Esta vez he tenido suerte y durante la travesía y el rescate no se ha producido ningún ahogamiento, con lo que mi intervención de ha limitado a brindar los primeros auxilios psicológicos.

Finalmente llega el amargo trago de entregar a los náufragos a la policía y tras desearles suerte, despedirnos de ellos, recoger nuestros trastos, volver a la base y esperar a que en mucho tiempo no se necesite más de nosotros.

Agustín Moreno

Un pinchacito y ya está

Surgical team performing an operation on an anesthetized patient
A surgical team works together during a closely monitored operation in a modern operating room.

—Hola, Agustín, ¿listo para el quirófano? — me dijo el anestesista al tiempo que introducía con una jeringa un líquido blanquecino en la vía que poco antes me había puesto la enfermera.

Pasado unos instantes debí de caer en brazos de Morfeo, porque apenas tengo un vago recuerdo del traqueteo que hacían las ruedas de la camilla camino del área quirúrgica.

—Bienvenido al reino de los sueños —murmuro mi dinosaurio— mientras dure la operación, tú eres el amo y señor de este territorio.

—Hola, ´dino´, veo que ni aquí me dejas en paz.

—Aquí menos que en ningún otro sitio porque durante un rato todo lo que veas, oigas o hagas será producto de tu subconsciente, liberado de cualquier atadura con el mundo real.

Al tiempo que se producía esta conversación me di cuenta de que me encontraba caminando por las estrechas callejuelas que conducían a los muelles del puerto de Bristol, en la desembocadura del río Avon. Iba en busca de la taberna de un tal señor Trelawney, donde, al parecer, se buscan marineros para embarcarse en la goleta La Hispaniola con rumbo a las Islas Vírgenes. Estaba a punto de entrar en la taberna cuando el paisaje cambio de pronto para trasladarme a las callejas de la isla norteamericana de Nantucket, el puerto de salida preferido por los balleneros para iniciar sus expediciones. El objetivo era embarcarme en el Pequod, bajo las órdenes del respetado pero temido capitán Ahab.

—Veo que tu sueño va de aventuras marineras —me dijo ´dino´. Pero yo que tú me embarcaría con una tripulación de amigos de confianza, ya sea para poder ayudar a Jim Hawkins en sus enfrentamientos con Long John Silver, el pirata de la pata de palo, o con la locura de Ahab, en su obsesión por dar caza a Moby Dick, la temida ballena blanca. Por cierto, ¿te has dado cuenta de que tanto Silver como Ahab tienen una pata de palo? Extrañas coincidencias de la literatura de aventuras.

—¿Y dónde crees que puedo encontrar esa magnifica tripulación? —le pregunté al dinosaurio.

—Ya que parece que tu sueño anestésico te ha llevado por los caminos de tus lecturas infantiles, ¿por qué no buceas un poco en tu biblioteca para buscar una tripulación de confianza?

Llevado por los consejos de ´dino´. Me sitúe ante la sección de literatura infantil y juvenil de mi biblioteca inconsciente y de entre sus libros fui entresacando los personajes con las cualidades más idóneas para viajar conmigo, bien en busca de un tesoro o bien en la caza de una ballena asesina.

Lo primero que necesito es un personaje que tenga las cualidades de un buen espía, quién mejor que Kim de la India —pensé.

Ya puesto, necesito alguien capaz de enfrentarse y vencer a un enemigo peligroso. Y en seguida se me vino a la cabeza el nombre de Mougli, el niño criado entre lobos, que fue capaz de vencer a un terrible enemigo como Shere Khan, el terrible tigre de bengala.

Y por qué no unos niños rebeldes, capaces de idear buenos trucos y triquiñuelas como el pelirrojo Tom Sawyer o su homólogo inglés Guillermo el travieso.

Para terminar, creo que, un poco de magia no le vendría nada mal a esta tripulación. Quién mejor que el dúo formado por dos de los habitantes del País de Nunca Jamás, esa isla poblada tanto por piratas como por indios, hadas y sirenas: Peter Pan y Campanilla.

—Buena elección —murmuró en mi oído el dinosaurio—. Pero no sé si tendrás tiempo de hilvanar una historia, porque, aunque no lo sientas el cirujano está dándote los últimos puntos.

Cuando oí, aún algo atontado, la voz del anestesista, que decía una y otra vez “Agustín, Agustín despierta”, al tiempo que me daba unas leves palmaditas en las mejillas, comprendí, que una vez más ´dino´ tenía razón y mi sueño no había durado lo suficiente para poder imaginar una historia que uniese en su trama a todos los héroes literarios de mi infancia.

,

La silla vacía

Stone manor surrounded by formal gardens and hydrangeas
A historic stone manor overlooks a lush garden lined with hydrangeas and a winding path.

1. La habitación

Braulio tiene en su casa una habitación en la que el único mobiliario consiste en dos sillas verdes, una colocada enfrente de la otra, un carrito de bebidas siempre bien surtido de los más variados y caros licores, todo ello próximo a una chimenea casi siempre encendida, a la que alimenta de vez en cuando con un grueso tronco que extrae de un capazo lleno de leña situado en una esquina.

Una habitación sorprendentemente austera si la comparamos con la abigarrada colección de muebles de época, suelos recubiertos de gruesas alfombras, paredes llenas de cuadros o de inmensas y repletas librerías que amueblan el resto de estancias de la casa, un caserón norteño, con escudo blasonado en la puerta y torreón cuadrado de defensa en una de sus esquinas, que nos recuerda que el pazo fue construido en una época en que las luchas fronterizas o dinásticas, o los asaltos normandos desde la costa eran el “pan nuestro de cada día” .

Braulio llama a esta habitación, a la que según me confesó en su día, intuyo que para hacer gala de la amistad que nos une desde hace algunos años, deja entrar a muy pocas personas, la habitación de la silla vacía o la habitación de los recuerdos, nombres que utiliza de manera alternativa, según sea su estado de ánimo en el momento. Tras cruzar la puerta de la aquella estancia tan especial, se dirige con ritmo pausado a la silla de la derecha, su silla, dispuesto al parecer a iniciar uno de sus diálogos con los que, según sus palabras, ya no están.

Quizá por eso, porque yo todavía estoy, tras enseñarme la habitación me hizo salir de ella tan deprisa como habíamos entrado, no sin antes esbozar una breve disculpa:

– Perdona mi descortesía, pero es que a mis interlocutores suelen molestarles los extraños. Precisamente hoy más que nunca, porque como habrás visto, en la otra silla se encuentra escribiendo muy concentrada la poetisa Alejandra Pizarnik.

Acostumbrado como estaba a las rarezas de mi amigo, no dije nada y menos porque yo en ningún momento había visto a ninguna poetisa sentada en aquella habitación, por lo que me limité a seguir a Braulio hasta el comedor, donde como siempre nos esperaba una opípara comida regada con el mejor albariño de la zona.

Poco podía sospechar aquel día que era la última vez que vería con vida a mi amigo, ya que solo dos meses después de mi visita, Braulio murió de un derrame cerebral mientras dormía.

2. El testamento.

Poco después del entierro de mi amigo en el inmenso panteón familiar de su aldea natal un lluvioso día de diciembre. Sepelio al que no pude asistir a mi pesar, porque me encontraba dictando como todos los años por estas fechas un curso de filosofía presocrática en una Universidad Americana, recibí un telegrama del notario que había llevado en los últimos años los asuntos legales de Braulio, citándome para que acudiera sin falta a su despacho de Santiago de Compostela, “el próximo 14 de enero”, con el fin de estar presente en la apertura del testamento de D. Braulio de Ribera, para lo cual me daba el código de los billetes de avión Boston-Madrid, Madrid-Santiago de Compostela, rogándome encarecidamente mi presencia por deseo expresado en su día por su cliente.

Ante tal apresuramiento, no me quedó más remedio que acortar mi curso universitario y emprender el viaje a Santiago.

Al llegar al despacho del notario uno de sus pasantes me introdujo sin demora a una sala de reuniones. Sentados en sendas sillas se encontraban ya allí Laura, la chica para todo en la casa de Braulio, y Manuel, el viejo mayordomo que se preciaba de haber servido fielmente al menos a tres generaciones de Riberas. Ambos me saludaron cortésmente aunque pude apreciar un cierto desconcierto en sus caras al verme allí. No me extrañó ya que yo estaba igualmente desconcertado sobre los motivos que habían llevado en su día a mi amigo a solicitar mi presencia en Santiago, para el momento en el que sospechaba se iba a dar lectura a sus ultimas voluntades.

Yo sabía que mi amigo carecía de familiares directos ya que sus dos hermanos mayores habían fallecido en la Guerra y que tanto su padre como su madre habían muerto ya mayores hacia algunos años. Mientras que Braulio, de tendencias algo misóginas se había mantenido soltero y sin compromiso conocido hasta su reciente fallecimiento, pero aun así no dejó de extrañarme que nosotros tres fuéramos, al parecer, los únicos citados, hecho que terminó de quedar patente cuando el notario entro en la sala diciendo:

– Muy bien creo que ya estamos todos.

– Como ustedes sabrán o al menos intuirán –dijo, dirigiendo su mirada hacia mí-, hoy estamos aquí con el fin de que les dé cuenta de las últimas voluntades de mi cliente, que Dios guarde en su Gloria, el Sr. D. Braulio de Ribera y Paredes, voluntades que fueron dictadas en este despacho el 14 de abril de 1976, siendo testigos del acto mis pasantes los señores D. Miguel García y D. Manuel Alcántara.

– Paso, pues, a la lectura del Testamento del Sr. Ribera.

– Yo D. Braulio de Ribera y Paredes, en plenas facultades mentales otorgo:

  1. La propiedad de mi casa natal sita en la Villa de Opouzo, así como toda su finca circundante, al Sr. Pedro García Rodríguez. Con la condición expresa de que el citado Sr. García mantenga intacta la propiedad de la citada casa hasta su fallecimiento, así como los empleos de mis fieles sirvientes: la Sra. Laura Mínguez de Souto  y el Sr. Manuel Mínguez de la Morena.
  2. La totalidad de mis bienes monetarios y accionariales al Sr. Pedro García Rodríguez, bienes que serán administrados conjuntamente por el Sr. García y el albacea de este testamento el Notario, D. Ramón de la Escotta, exceptuando la renta vitalicia de 6.000 euros anuales, que les será depositada por el albacea de este testamento con esa periodicidad a los mencionados Doña Laura Mínguez de Souto y Don Manuel Mínguez de la Morena.
  3. La carta adjunta a este documento le será entregada al Sr. Pedro García Rodríguez, en el momento de la lectura de estas mis últimas voluntades, con la condición de no ser abierta hasta su entrada por primera vez, ya como propietario, en la estancia de mi casa, denominada coloquialmente como habitación de la silla vacía.

– Y aquí acaban las últimas voluntades del D. Braulio de Ribera y Paredes, con lo que doy por concluido el acto, a la par que entrego, como Albacea Testamentario, la carta citada en el último punto del testamento del Sr. Ribera.

– Si tienen alguna duda sobre lo leído, estaré a su disposición a partir de mañana, previa petición de cita, -dijo el notario saliendo apresuradamente de la sala-.

3. La carta.

Reconozco que me picaba la curiosidad, ¿qué me diría mi amigo en esa extraña carta?. Aprovechando el coche de alquiler que tenía aparcado cerca del despacho del notario y utilizando el pretexto de acercar a Laura y Manuel al Pazo, me dirigí con cierta premura a la casa de Opouzo. En el viaje de casi una hora apenas cruce algunas palabras con mis acompañantes. Ya habría tiempo después de comentar con ellos el testamento.

Nada más llegar al Pazo, solicité de Manuel las llaves de la habitación de la silla vacía, donde una vez cruzado el umbral fui directamente a sentarme en la misma silla que habitualmente había visto hacerlo a mi amigo Braulio. Y sin otro preámbulo que el de servirme una copa de albariño, abrí el sobre y me puse a leer.

La carta escrita a mano, con esa letra un poco anticuada de colegio de curas decía lo siguiente:

Estimado amigo Pedro:

Supongo que en principio estarás un tanto sorprendido de las disposiciones de mi testamento, pero llevaba ya cierto tiempo dándole vueltas a la cabeza sobre a quien donar esta casa y el resto de mis propiedades. Tras hacer un breve repaso de mis distintas opciones y al carecer de familia directa terminé convencido de que entre todos mis conocidos eras tú mi mejor opción.

Llevábamos casi medio siglo de amistad, en todo este tiempo habíamos hablado de todo lo divino y lo humano, coincidiendo en muchas ocasiones en gustos y opiniones. Por otro lado, aunque eres profesor de Filosofía, no se me escapa el detalle de que tu otra gran pasión, la economía, te ha llevado en ocasiones a ocupar puestos de responsabilidad en los Consejos de Administración de algunas empresas, por lo que creo no te  será demasiado costoso ni difícil dirigir la economía de esta casa y de sus tierras. Además me consta que les caes bien tanto a Laura como a Manuel y sé que no tendrás problemas con ellos, con lo que la paz del hogar estará de alguna manera garantizada.

Pero hechos estos preliminares voy, si te parece, al meollo de este escrito, que no es otro que el de explicarte detenidamente que uso he dado a la habitación donde te encuentras sentado y disfrutando de un buen vino, que te conozco pillín.

Seguramente te habré pedido en el pasado que me dejases solo en la habitación porque debía continuar una conversación con algún “visitante”. Como buen amigo siempre has obedecido esta impertinencia, pero discreto como eres jamás me has preguntado porque me empeñaba en conversar con alguien que aparentemente estaba sentado frente a mí, en lo que para cualquier observador externo no era en realidad más que una silla vacía. Estoy seguro que al igual que les pasa a mis empleados, en algún momento habrás atribuido estas aparentes conversaciones a alguna especie de desvarío circunstancial propio de los que como yo ya iban teniendo ciertos años, chocheces de viejo, habrás quizá pensado, pero puedo asegurarte que de “chocheces” nada de nada y que mis “invitados” no son ningún delirio, sino que realmente y aunque no los vieses estaban realmente allí.

Pero para que lo comprendas, ya que pienso que la “silla vacía” te será también de utilidad a ti en algunos momentos, comenzaré la historia de esta misteriosa habitación desde el principio.

Hace algo más de 25 años, con el ánimo por los suelos por una serie de circunstancias personales que no vienen al caso, un vecino de la aldea me sugirió que consultara antes de meterme en médicos con Pascuala, una reputada “curandera” que vivía cerca de Opouzo, en la parroquia de As Penas.

No te olvides de que estamos en Galicia y aquí, aunque no se nombren en publico, tenemos muchas creencias sobre la capacidad de curación de este tipo de mujeres, quizá porque de alguna manera confiamos en que estas “sanadoras” conocen secretos heredados de nuestros antepasados “celtas”. Y que precisamente la zona de Opouzo, y sus “parroquias” han tenido desde tiempos inmemoriales fama de ser refugio de “meigas”.

Pues bien, pensé, nada pierdo por probar y una mañana lluviosa cogí el coche y me dirigí camino de As Penas, a la búsqueda de la famosa Pascuala.

Esperaba, no sé porque, que la meiga viviese en una cueva y fuese una mujer vieja y arrugada. Vamos que en mi imaginación solo le faltaba la escoba, por lo que me llevé un chasco al saber que la curandera habitaba en una de las casas de piedra al final de la carretera y encontrarme al llamar a su puerta, con toda una mujerona de unos cincuenta años y todavía de buen ver. Al ver mi cara de sorpresa la curandera me dijo:

– Buenos días, rapaz, ya veo que esperabas una cueva llena de tarros con hierbas, ojos de búho y serpiente y en el centro un inmenso caldero hirviendo, al que yo daría vueltas con un palo de roble.

-Pues ya ves te equivocaste de medio a medio, -continuo- pero ya que has venido pasa, siéntate y cuéntame cúales son tus dolores, que físicos ya veo que no, luego serán más bien dolores del alma.

Algo sorprendido por el poder adivinatorio de mi anfitriona, que había conicido el motivo de mi consulta, cuando yo ni siquiera había abierto la boca, entré en la casa y seguí a la sanadora hasta su “despacho”.

 La habitación donde me hizo entrar estaba completamente vacía de cualquier artilugio brujeril y se encontraba amueblada únicamente con tres sillas de madera con asiento de enea y una pequeña mesa de madera situada en una esquina.

Pascuala me hizo tomar asiento cerca de ella y poniendo su mano en mi rodilla izquierda me dijo:

– Ya veo rapaz que te encuentras algo triste, pero yo creo que estás equivocado en las razones que te das para explicar tu melancolía.

– Me parece, por lo que creo intuir, que la verdadera razón de tus males, se encuentra más en la soledad que tienes clavada como una daga en el fondo de tu espíritu que en ninguna otra cosa.

-Pues bien, si quieres tú mismo puedes terminar con esa losa que invade tu yo interior. Para hacerlo, solo tienes que convocar a alguien con el que te gustaría conversar, con la condición, eso si, que ese alguien este ya difunto.

Yo seguía callado, sintiendo únicamente una especie de corriente eléctrica que partiendo de la mano de  Pascuala y pasando a mi rodilla iba poco a poco tranquilizando mi cuerpo y mi cabeza. Quizás ese estado de relajación inducido me convenció sin resistencia alguna de mi inteligencia, de que lo que me proponía la meiga era el camino más acertado para mi curación.

– Veo rapaz que no dices nada e intuyo por la tranquilidad que me trasmite tu “aura”, hace un momento tan agitada, que mis palabras están empezando a hacer efecto. Pero ahora queda lo más difícil que es que tú pruebes el remedio ahora mismo antes de salir de esta casa.

– Mira la silla vacía que tienes delante de ti y piensa por un momento en alguien ya muerto con el que te hubiese gustado hablar en vida y no pudiste.

Siguiendo las instrucciones de la meiga, dirigí mi mirada hacia la silla y cuál fue mi sorpresa de ver sentada allí mismo, justo en frente de mí, a una mujer joven, vestida con el tipo de atuendos que usaban por estos lares las campesinas de la Edad Media, atuendos y época histórica, en la que no sé muy bien por qué reconocí al instante, como si yo en algún momento hubiese vivido en Galicia en pleno siglo XIII.

Mi visitante medieval mecía la cuna de un niño pequeño al tiempo que entonaba en gallego una vieja nana:

Arroró, meu neno
arroró, meu sol
arroró pedazo
do meu corazón
Esta nena linda
que naceu de día
quere que a leven
a unha romaría
E durme, neñino
que aí vén o cocón
a levar os nenos
que non dormen non
Durme, neno, durme
que teño que facer
lavar os cueiros
bordar e coser.

Poco a poco la nana iba ejerciendo un benéfico efecto tranquilizador, tanto en mi mente como en mi cuerpo, hasta que entre en un sueño reparador que duró varias horas, según me dijo mi anfitriona Pascuala, cuando me despertó a la hora de comer.

– Parece que la rapaza consiguió calmarte sin siquiera hablar contigo, pero ya has visto que la habitación de la silla de los que no están suele servir de extraordinaria ayuda a las personas. Luego, ya sabes el remedio. Crea en tu casa una habitación austera con dos sillas, una para ti y otra para “tu visitante” y úsala siempre que necesites conversar con alguien que ya “no este”. Bueno rapaz aquí tienes el remedio de esta modesta sanadora, ponlo en práctica y ya me contaras si un día decides convocarme a la silla”.

Sin pensármelo mucho, decidí seguir el consejo de mi amigo y cerrando los ojos por un momento, dejé que cualquiera de “los que ya no están” se sentara en la silla. Cúal no sería mi sorpresa al encontrarme, un vez abierto los ojos, sentada en frente de mi y tal como la vi por última vez en las agitadas calles de Paris de mayo del 68, a mí amiga Esperanza, con su inconfundible mimifalda a cuadros, botas de cuero y jersey gris andando a buen paso, megáfono en mano, delante de una fila de gendarmes, de inconfundible impermeable negro, casco en la cabeza y porra en las manos, que esperaban situados hombro con hombro y en una larga fila la orden de cargar contra nosotros.

Esperanza no me habló directamente, pero de su boca iban saliendo una letanía de eslóganes propios de aquellos revueltos días: “la imaginación al poder”, “prohibido prohibir”, “rompamos los viejos engranajes”, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, “bajo el empedrado está la playa, “la cultura es la inversión de la vida”, “prensa no consumir”.

Terminada la letanía Esperanza dejó en el aire mientras abandonaba la silla una pregunta que aún retumba en mi cabeza.

– ¿Cuándo te hiciste viejo?

Lo que me hizo recordar que a ella no le dio tiempo de peinar canas, pues murió en el 74 a causa de un cáncer cerebral, lo que no impidió que su mera presencia en aquella silla, me dejaraconmocionado, porque la respuesta a su pregunta es de tal enjundia que necesitaría de otro relato para intentar contestarla.

Agustín Moreno