La Noche de Reyes

Three Wise Men walking at night with gifts and lantern under a bright star
The Three Wise Men travel under a starry sky carrying gifts and a lantern.

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera, se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No se qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

Tal como éramos

Crowd marching in a peaceful protest holding signs about community unity, equality, climate justice, and human rights.
A diverse crowd marches peacefully with signs advocating for equality, climate justice, and human rights.

Esta tarde ordenando los libros de mi biblioteca he encontrado un par de libros de Herbert Marcuse: Eros y civilización y El hombre unidimensional. Al tenerlos entre las manos mi subconsciente se ha puesto de pronto a generar, casi sin ton ni son, una serie de imágenes encadenadas: aquel libro de texto de biología que compre de segunda mano en la Felipa, y que tenía sus páginas repletas de corazones con dos nombres entrelazados Maravi y Miguel, dibujos producto sin duda del apasionado amor adolescente del anterior propietario del libro, las locas carreras que solíamos correr en las aceras de la calle Hermosilla cuando salíamos de dar clase de Preu en la Dobao, aquella academia y aquel verano del 70, donde nos preparábamos para superar en septiembre la prueba que los dos habíamos suspendido en Junio; carreras en las que tu siempre me terminabas ganando, victorias que sin querer herían mi amor propio al pensar que una chica podía derrotarme con tanta facilidad, la escapada que hicimos a la Granja en un fin de semana de aquel mismo verano aprovechando la ausencia de tu familia, donde tanto nos divertimos bañándonos en la piscina de los Berzosa. Escapada que al conocerse cuando intentamos repetirla el fin de semana siguiente y te sorprendieron tus padres cuando cargada con tu macuto ibas a salir de casa, fue el comienzo del fin de mi amistad con tu hermano Roberto.

Y de hay sin saber muy bien como han ido saliendo de mi memoria otras imágenes, reflejos también de aquel tiempo entre finales de los años 60 y principios de los 70, que tanto terminaron marcando algunos episodios de mi vida posterior la fruición con la que leía las noticias sobre la revuelta estudiantil del 68, que me hacían imaginar lo emocionante que sería ser uno de los ocupantes de la Sorbona, las primeras lecturas de las obras de Marx publicadas por Alianza Editorial o mis aproximaciones a las teorías psicoanalíticas de mi primera juventud.

La extraña pareja

Couple hugging happily in a lively market with fresh fruits in background
A couple shares a warm embrace in a vibrant outdoor market setting.

Ya desde que los vio el primer día en el patio le lleno de curiosidad aquella extraña pareja, con las manos casi siempre entrelazadas y una especie de reto en sus miradas, como dando a entender que a ver quién era el guapo que los separaba.

Él, alto y desgarbado, peinado a lo rastafari, con unas rastas muy elaboradas que le llegaban hasta la cintura, boina de colores chillones sobre la cabeza; vestido con blusón y pantalones anchos y de color anaranjado, sandalias sin calcetines; parecía el vivo retrato de Bob Marley. Ella, bajita, algo chepuda, con la cara llena de granos, vestida en invierno y en verano —según pudo comprobar el año en que estuvo allí internado— con un ajado anorakazul con la cremallera subida siempre hasta el cuello, pantalones vaqueros con bastantes lavados a sus espaldas y unas fuertes botas de cuero negro y medio tacón siempre sucias.

Aquella pareja en especial, le llevo a plantearse toda una serie de interrogantes difíciles de resolver y que llegaron a obsesionarle. ¿Qué mantenía estable su relación como pareja en un lugar tan inapropiado como un hospital psiquiátrico? ¿El amor?, ¿la protección mutua que parecían brindarse?, ¿la necesidad de estar juntos para amortiguar el sentimiento de soledad que provoca el internamiento?

Las otras parejas que fue conociendo con el tiempo eran generalmente inestables, una especie de “aquí te pillo y aquí te mato”. Parejas formadas más por la necesidad de satisfacer algún impulso de carácter sexual que por cualquier otra razón. Parejas oscuras, clandestinas, como las que se solía encontrar haciendo el amor en algún lugar del jardín apartado de la observación de las cámaras; ese ojo del gran hermano que escrudiñaba sin piedad a los enfermos, pero al que los internos con más experiencia aprenderían pronto a burlar.

Profesional de la salud mental como era, aunque estuviese allí internado por una depresión recurrente, no tenía otra forma posible de resolver las dudas sobre la pareja que le obsesionaban que recurrir al viejo método de la observación.

Observaba, por ejemplo, que tanto Juan, el rastafari, como Azucena su pareja —nombres supuestos, porque no llegó nunca a conocer los verdaderos — no parecían recibir visitas de ningún amigo o familiar. Por lo que concluyó que o eran huérfanos o sus familias se habían olvidado de ellos.

Se fijo en que eran una de las pocas personas capaces de compartir asiento con Velardo, un viejo patriarca gitano, con muy malas pulgas, que solía defender su espacio en el banco más cómodo del patio gracias al bastón de madera que usaba para andar debido a su cojera.

En ocasiones compartían oraciones con Buda, un esquizofrénico al que todos llamaban así porque debido a su mórbida gordura y su gesto siempre sonriente parecía una replica del fundador del budismo, y que solía estar casi siempre arrodillado y rezando al dios que se le aparecía en sus delirios.

De vez en cuando buscaban un lugar apartado para compartir con fruición un canuto. Llevaban encerrados en aquel psiquiátrico el tiempo suficiente para conocer a los proveedores de hachís dentro del hospital. O sea que disponían de algún tipo de ingreso, ya que, además, tenían cuenta abierta en la cafetería del hospital donde solía vérselos por las tardes compartiendo “a morro” algún refresco.

De estas observaciones, el psicólogo que llevaba dentro intentó adelantar algún diagnóstico clínico que acabase con su obsesión por la extraña pareja, aparte de concluir que llevaban bastante tiempo internados ya que eran tolerados, sin conflicto alguno, por los internos que parecían ser los más difíciles de tratar de aquel lugar. De que al menos uno de ellos, si no los dos disponía de algún tipo de prestación social o de una familia que, aunque nunca apareciera por allí, ingresaba algo de dinero para sus gastos en la cuenta del hospital. Concluyo que, de alguna manera, debían de quererse, a pesar de que nunca vio otra muestra física de cariño que la de ir cogidos de la mano. No pudo ir más allá.

Y así, la pareja pasó a ser una imagen entrañable, junto con otras imágenes entrañables que quedaron a modo de fotografías fijas, que le recordarían para siempre su paso por el hospital.

El anillo

Smooth gold wedding band on dark textured stone surface
A smooth gold wedding band rests on a dark textured surface, highlighting its shine and simplicity.

Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.

—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.

—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.

Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.

—¿Da usted su permiso, mi señoría?

—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.

—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.

—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.

A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.

“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.

Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.

Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.

En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por todos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.

Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.

Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.

La Mili

Soldier wearing camouflage uniform, helmet, and tactical vest standing on pavement at base
A soldier stands confidently in full combat gear at a military base.

-Perdón, ¿me puedo sentar aquí? ¾pregunto a los dos hombres mayores que ocupan parte del único banco a la sombra de la plaza del Ayuntamiento.

-Cómo no, y más llevando muleta -me contesta uno de ellos, dejándome un hueco en el banco de madera.

Mientras espero a mi señora, que ha entrado en un supermercado cercano, saco el móvil del bolsillo e intento echar una mirada a los titulares del periódico en su pantalla. Y digo intento porque mi atención se ve pronto atrapada por la conversación que mantienen mis compañeros de asiento. Hablan de la mili, o sea, de ese servicio militar obligatorio por el que tuvimos que pasar, quisiéramos o no, todos los hombres de este país al cumplir los veintiún años, desde octubre de 1800 hasta que la obligación quedó abolida definitivamente en diciembre de 2001.

-¿Te acuerdas del calor que pasamos aquel verano en el campamento de Alcalá de Henares? -le estaba preguntando uno de los mayores al otro cuando empecé a prestar oídos a la conversación, quizás porque yo realicé el periodo de instrucción en aquel mismo campamento.

-Claro, y del mal olor que desprendían las letrinas cuando les daba el sol del mediodía ¾responde su interlocutor.

-Y nosotros arriba y abajo, marcando el paso, cubiertos de sudor, en aquel inmenso patio de ceremonias.

– Si es que lo único que realmente les interesaba es que desfiláramos bien el día de “la jura”.

-Es verdad, porque tiros lo que se dice tiros dimos más bien pocos en aquellos tres meses.

-Como que yo aprendí de verdad a disparar con el CETME y a tirar granadas de mano después, en el Regimiento del Goloso.

-¡Es verdad, que a ti te destinaron a carros de combate!

-No te joroba, no todos teníamos enchufe como tú, que, gracias a tu tío, el coronel, terminaste de “chupatintas” en la comandancia de Málaga. Bien cerquita de nuestro pueblo y con pase “pernocta”, como un señorito, mientras que yo, allí en el Goloso, las pasába canutas con tanta guardia y tantas maniobras.

¾Pero bien que presumías, cuando venías al Rincón, con tu boina de tanquista y la insignia del carro de combate en la manga, que traías locas a todas las de la pandilla. Y encima con los galones de cabo.

-Alguna ventaja debía tener, no te fastidia.

-Perdone si no le dejamos leer, pero es que cuando terminamos enredándonos con batallitas del Servicio Militar, vamos subiendo la voz sin darnos cuenta. ¾se dirige a mí uno de los mayores, dándose la vuelta para mirarme.

>>Pero ya sabe, cosas de haber pertenecido a la misma quinta.

-¿Hizo usted la mili? ¾me pregunta curioso el anciano.

-Sí, en el segundo reemplazo del 74 y por lo que les he escuchado me tocó el mismo campamento que a ustedes Alcalá de Henares.

-Y seguro que paso el mismo calor que nosotros, porque aquel lugar es un páramo -me interpela el segundo contertulio.

-Sí, con el mismo calor y el mal olor de las letrinas. Aunque yo desfilé menos y fui más veces al campo de tiro.

-¿Y eso? -me pregunta de nuevo el primer hombre mayor.

-Más que nada, por si entrabamos en guerra con Marruecos. Por lo de “la marcha verde”. Seguro que se acuerdan ustedes.

-Debíais de estar acojonados. Menos mal que al final aquello quedó en nada. Pobres saharauis ¾me contesta el anciano cambiando del usted al tú, como reconociéndome un compañero de armas.

-¿Dónde te destinaron después del campamento? ¾sigue preguntándome con curiosidad.

-A la Brigada Topográfica.

-Vaya, otro con enchufe. ¿O no?

-Sí, ¾reconozco poniéndome colorado¾. Yo también tenía un familiar coronel.

-¡Qué suerte teníais algunos! -me interpela el ex tanquista.

-Agustín, ¿qué haces ahí sentado? -me llama mi mujer para que le eche una mano con las bolsas del mercado. Me levanto apoyando firmemente la muleta en el suelo y me despido con un hasta otro día señores, me llama mi sargentó.

-Buenos días y a ver si nos vemos otro día y seguimos con las anécdotas de la mili -se despiden. Mientras me voy pensando, qué tipo de “batallitas”, intercambiaran entre sí cuando se hagan mayores los que tuvieron la suerte de no hacer el Servicio Militar.

Los ojos del Guadiana

Curving river surrounded by dense forest and mountains under a partly cloudy sky
A winding river flows through a lush green mountainous forest landscape.

Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.

No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la ultima vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.

Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.

 Tu melena rubia algo revuelta y una cierta acitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.

Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.

Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.

A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.

 Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconovimos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.

Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.

Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.

 Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.

El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por ultimo, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.

Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.

Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.

El refugio

Stone bothy with glowing windows in a mountainous valley with two hikers on a rocky path
Hikers approach a cozy stone bothy nestled in a scenic mountain valley

Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en el. A la mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.

Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.

Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.

Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mi desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.

Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que vuelta de espaldas a mi, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.

Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.

A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada haber si tenia la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.

De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenia suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.

Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al se día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.

Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.

—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.

—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.

—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.

De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.

El faro

Lighthouse on rocky coastline with waves and colorful sunset sky
A lighthouse stands on rocky cliffs overlooking waves crashing during a colorful sunset.

Hoy, cuando Pedro atraque su barco en el que nos trae los suministros cada semana, Adela se marchará para siempre de mi lado.

He de reconocer que para mí su alejamiento de esta isla y de su faro supondrá un choque emocional, tras nuestra convivencia en este lugar desde hace casi ya dos años.

 Tantas ilusiones perdidas por lo que desde el principio fue un total malentendido.

La discusión del jueves pasado, la más virulenta de las que llevamos manteniendo en los últimos meses, dejó muy claro las razones de ese malentendido.

 Todo empezó por la cantinela tantas veces expresada, aunque nunca con tal grado de irritación, de su necesidad imperiosa de que diéramos un giro a nuestras vidas marchándonos de la isla.

—Ramón, tenemos que decidirnos de una vez a irnos de aquí —dijo Adela, mientras recogíamos los platos del desayuno.

—Ya sabes de sobra mi opinión sobre este asunto. Yo no estoy dispuesto a dejar el faro, siempre he creído que un sitio como este era lo que buscábamos desde el principio.

—Sueños de hippies trasnochados, que al final se han terminado convirtiendo, al menos para mí, en una pesadilla.

—Te recuerdo que ya desde el inicio de nuestra relación empezamos a hablar de que el sitio ideal para vivir y formar una familia sería aquel que reuniese dos condiciones: estar alejado de cualquier ciudad y lo más cerca posible del mar.

—Tú lo has dicho: lejos de los urbanitas, pero nunca pensé que en un lugar tan aislado como esta maldita isla —me contestó Adela con un tono de voz cada vez más irritado.

—Pero hace dos años estuviste encantada con que me hubiesen concedido el puesto de farero precisamente aquí, el lugar más alejado de los que me propusieron.

-Es más, fuiste tú la que me obligó a realizar las oposiciones a técnico de sistemas de ayuda a la navegación y dejar mi trabajo de profesor.

—Sí, porque quería saber lo que era vivir en un faro, desde que leí, siendo adolescente, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Pero no sospechaba lo desagradable que puede llegar a ser habitar uno.

—Entonces, ¿me estás diciendo que hemos construido nuestra vida aquí sobre la base de una fantasía adolescente? Te creía más adulta.

—¿Ves? Ya estás otra vez malinterpretando mis palabras.

—No estoy mal interpretando nada. Hasta ahora he creído que estábamos de acuerdo en que alejarnos de Madrid y sus agobios era lo mejor que podíamos hacer.

—Pero has de reconocerme que nos equivocamos. O por lo menos lo hicimos cuando nos vinimos al quinto pino.

—No, no te lo reconozco, por mucho que te enfades —dije mientras también empezaba sin proponérmelo a alzar la voz—. Y, además, yo me siento bien viviendo aquí.

—Entonces, ¿me estás diciendo que ni siquiera vas a pedir el traslado a otra linterna menos aislada, como la de Cullera o alguna más cercana a una ciudad?

—No, a mí me gusta este faro de Es Vedrá. Y no estamos tan aislados como dices. Tienes Sant Josep de sa Talaia a solo una hora de barco y desde el pueblo en coche, en menos de 30 minutos, estás en Ibiza.

—Estoy harta de este recorrido y de la Isla también. Aunque, te reconozco, el ambiente es agradable en verano, incluso lleno de giris, pero en invierno es insoportable.

—Pero te repito: tú estuviste encantada con nuestro destino.

—Sí, cuando creí que el faro estaba dentro de la Isla, cerca de San Antonio o de San Juan Bautista. Pero no en este islote, en el que ya no dejan vivir ni a las cabras.

—Siéntate un momento y aclaremos esto de una vez —dije con cara de cabreo.

—Me siento. Pero te advierto que dudo mucho que me vayas a hacer cambiar de opinión.

—Cuando aprobé la oposición a farero. Te dije que, según mi opinión, venirnos a vivir a Es Vedrá tenía muchas ventajas ya que con el puesto nos daban una vivienda. El destino te pareció una maravilla.

-Según tus propias palabras de aquel momento, era el sitio ideal para poder seguir con la pintura y dejar de una vez tu puesto de secretaria.

—Sí, es verdad que lo dije y el lugar cuando llegamos me pareció maravilloso. Hasta que llegó el primer invierno, con ese frio que te cala hasta los huesos -Y, además, estoy hasta las narices de tener que hablar mallorquín.

—Pero si siempre le decías a Pedro que te enseñara la lengua de las islas.

—Qué remedio. No quería que los vecinos de Sant Josep me miraran mal por no hablarlo.

—Yo apenas chapurreo algunas palabras y no creo que nadie me mire mal.

—Porque apenas sales de aquí. Te has vuelto un ermitaño.

—No salgo porque en este sitio me encuentro bien. Tan bien como no lo estaba hace mucho tiempo.

—¿Ves? Solo piensas en ti. Eres un egoísta.

—Creo que por este camino no llegamos a ningún lado. Vete si es lo que quieres y déjame en paz de una vez.

—Tienes razón. Me parece que lo nuestro se ha acabado. Avisa a Pedro que tiene una pasajera para cuando venga. Yo, mientras tanto, voy sacando el billete de avión por internet.

—Pero, Adela, sé razonable. ¿Vas a tirar nuestra relación por la borda?

—Sí, y que conste que el que la tiras eres tú. Que te vaya bien con tu faro.

Y desde entonces no hemos vuelto a dirigirnos la palabra, más allá de los buenos días o las buenas noches de cortesía.

 La he visto hacer las maletas con rabia apenas contenida en sus ademanes. Hoy la veré embarcar con una mezcla agridulce de pena y alivio.

 Pena por haber terminado con una convivencia que en otras circunstancias pudiera quizás no haberse malogrado. Alivio porque en el fondo, gracias a su perseverancia inicial de cambiar nuestro estilo de vida de urbano a rural, lo que solo era un sueño ha terminado por traerme a un lugar en el que ser feliz.

    Supongo que tras su marcha, como en la canción de Sabina, no tardaré en escuchar “ruido de abogados”.

El muchacho

Young man sitting on park bench with head resting on clasped hands
A young man sits thoughtfully on a bench in a serene autumn park.

Fue en el patio, después de la siesta, la primera vez que coincidí con el muchacho. Me acuerdo de que estaba cómodamente sentado leyendo una novela de espionaje, que esa misma tarde había cogido de la biblioteca del pabellón, cuando alguien se sentó a mi lado. Fingí estar enfrascado en la lectura para evitar la habitual pregunta “¿tienes un cigarro?”. Por eso me sorprendió que la persona, a la que no pensaba prestar la más mínima atención para que me dejara leer en paz, me preguntase “¿qué estás leyendo?”. No me dejó otra alternativa que contestar, poniendo, eso sí, una voz de desagrado para ahuyentar a mi fortuito acompañante, que una novela de espías. Sólo me faltó decirle “así que déjame en paz”, al volverme para verle la cara.

-¿Sueles leer novelas de espías? -me preguntó.

Solo entonces me di cuenta de que mi contertulio era un muchacho de unos veinte años, totalmente desconocido para mí ya que no le había visto en las dos semanas que llevaba internado en el sanatorio.

-Sí, me suelen gustar bastante las novelas. No solo de espías, sino de misterio en general.

-Pues a mí me suelen resultar bastante aburridas -me contestó el desconocido.

-Perdona la curiosidad. ¿Eres nuevo? Vamos, quiero decir que si te han internado hoy. Como nunca te he visto por aquí -pregunté.

-No, ya llevo cuatro meses en el sanatorio. Lo que pasa es que he estado tres semanas fuera haciendo ejercicios espirituales.

-Entonces, es usted cura? -volví a preguntar, pero cambiando el tuteo habitual por el usted.

-No, no soy sacerdote. Sólo soy miembro seglar de una congregación religiosa.

¾Apostaría algo a que es usted del Opus Dei o de una organización parecida de la Iglesia. O al menos me lo parece, sobre todo por su manera formal de vestir, tan distinta de la que solemos usar aquí, que con un chándal y unas zapatillas de deporte vamos que tiramos. Por cierto, perdone la descortesía, me llamo Agustín.

-Yo soy Bernardo, pero deja ya de tratarme de usted, que como te he dicho no soy sacerdote.

-Aun así, se me hace un tanto raro, lo que me cuentas de que estando aquí como enfermo, te hayan dado permiso para hacer ejercicios espirituales fuera.

-¿Y eso? ¿Acaso crees que el recogimiento y la oración van a volverme más loco que lo que ya estoy? Porque ocurre todo lo contario. Reunirme con mis hermanos en la Fe, apacigua mucho mis “demonios”. —me contesto muy irritado.

-Bueno, perdona, era una apreciación inocente, no quería ofenderte. Si dices que te va bien no tengo por qué dudarlo.

-Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien, no solo para el alma, sino para los males de la mente —me dijo.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

-Pues entonces hasta la cena.

-Sí, hasta la cena. Nos vemos.

Sin embargo, no volví a ver al muchacho hasta la tarde siguiente, pero como estaba conversando con el capellán del centro, no quise interrumpirlos y continué con mi lectura. He de confesar que picado por la curiosidad ya le había preguntado a Pedro Luis, el radio macuto del sanatorio, qué sabía sobre Bernardo.

-Mira, Agustín, lo único que te puedo contar es lo que se rumorea por ahí.

-Y, ¿que se rumorea? -pregunté.

¾Que, al parecer, el chaval, que es pariente del Prior, está aquí porque de pronto y sin saber por qué le entran unos brotes agudos de ansiedad y termina casi siempre autolesionándose. Yo mismo he contemplado alguno en este patio y te aseguro que se necesito la intervención de tres enfermeros para poder dominarle antes de que se cortase con la tapa mellada de un bote de refresco.

-Ah, ¿sí? ¿Y que paso después?

¾Lo de siempre, le metieron en aislamiento un par de días hasta que se le pasó el ataque.

-¿Por qué tienes interés en él?

¾Por mera curiosidad. No suele vérsele por aquí por las mañanas y por las tardes cuando va a en misa esta hablando con el capellán.

-¿Ha intentado ya catequizarte como hace con todos?

-No, sólo me propuso el otro día que fuese a misa con él.

-Pues, ya verás que en cuanto pueda volverá a intentarlo. Lo hace con todos y más de uno le ha mandado a la mierda. Por aquí le llaman “el curita”.

-Puede ser, pero aún no has contestado a mi pregunta. Si se autolesiona, ¿dónde está por las mañanas? ¿Y por qué no se le ve en el comedor más que en la cena?

-Dicen por ahí que tiene un permiso especial para poder ir a la Universidad. Le dan de desayunar más pronto que al resto de nosotros para que pueda coger el autobús de las ocho y no viene a comer porque lo debe hacer en la facultad.

-Gracias por la información, Pedro Luis. Tu tan enterado como siempre, pareces la enciclopedia viviente del sanatorio. —le digo como siempre que le pregunto, algo porque sé que le gusta.

-De nada. Pregunta lo que quieras, que ya sabes que uno tiene “sus fuentes” ¾me dice tan ufano, mientras se marcha para mendigar a alguien un cigarrillo.

Pasados unos días, se repitió la escena del primer día. Yo sentado, leyendo tranquilamente en un banco del patio, alguien que se sienta a mi lado y me pregunta ¿qué estás leyendo? Pero esta vez, por el tono de voz, antes de volverme para contestarle ya sé que es el muchacho.

-La misma novela de espías que el otro día -contesto.

-¿Sueles leer novelas de espías?

-Sí, ya te lo dije el otro día.

¾Perdona, pero con la medicación suelen olvidárseme esas cosas.

¾Me he enterado de que por las mañanas vas a la universidad. ¿Qué estudias? ¾le pregunto con el fin de evitar una nueva invitación de acompañarle a la misa que estará a punto de empezar.

-Teología y Filosofía.

-Ya veo. Te será difícil concentrarte en las clases, con la medicación.

-Un poco, pero gracias a la ayuda del Señor y de los hermanos de la congregación del sanatorio voy sacando las asignaturas.

-Pues debe de ser difícil. Yo seguramente no podría hacerlo.

-Teniendo fe todo es posible. Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien no solo para el alma, sino para los males de la mente.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

El muchacho se levanta apresuradamente y sin despedirse le veo marchar deprisa camino de la capilla.

La escena no hubiera merecido más atención por mi parte, si no se hubiese repetido casi todas las tardes a lo largo de los cerca de los seis meses que permanecí internado allí.

Mi dinosaurio y yo

Tyrannosaurus rex walking in dense prehistoric jungle with two triceratops near river
A fierce Tyrannosaurus rex roams a lush prehistoric jungle landscape

Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.

Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.

De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.

Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.

Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.