La sucesión

Snow-covered Moscow Kremlin with Spasskaya Tower beside the frozen Moskva River
The snow-covered Moscow Kremlin glows beneath dramatic winter clouds beside the frozen Moskva River.

El rumor se ha ido extendiendo como una gran mancha negra por la ciudad el Gran Padre esta gravemente enfermo y dada su edad, 97 años, probablemente no tarde mucho en morir.

Hace más de año y medio no se le ha visto en ningún acto publico, aunque tanto los medios oficiales como para oficiales del Partido llevan todo este tiempo negando que “nuestro padrecito” padezca algo más que un profundo agotamiento producto de sus interminables jornadas de trabajo por lo que por consejo de sus médicos esta siguiendo una terapia intensiva de reposo. Solo los miembros del Comité Central sabemos que en realidad nuestro presidente padece un cáncer de hígado con metástasis en los riñones, que le va debilitando poco a poco, aunque conserve todas sus facultades mentales en perfecto estado de revista como solemos decir los militares.

Quizás esa porque soy una de las diez personas, dejando a parte los médicos que le atienden, que conoce la gravedad de Iván Kuznetsov, más conocido como el Gran Padre de la Nación, desde el año 3022 cuando ocupo el poder tras ganar por amplia mayoría las elecciones a la Dieta Federal y formar un gobierno monocolor que no tardo mucho tiempo en convertirse en una dictadura con una reforma constitucional que termino con la prohibición de las demás agrupaciones políticas, no me ha extrañado la llamada a mi puerta de mi dacha a alta horas de la noche de uno de los componentes de la guardia personal de nuestro líder, que me trasmite el deseo urgente del presidente para que nos reunamos.

Llevo ya algún tiempo esperando esta llamada para una conversación inevitable dada la situación, sobre la sucesión en la dirección del Partido y por ende de la Nación, sobre la sucesión en la dirección del Partido y por ende de la Nación, cuando Kuznetsov muera o se le terminen las  A mi y a nadie más que a mi como comandante del nuevo Ejercito Rojo, le corresponde el deber de hacer que este cambio en la jefatura del Estado trascurra de una manera pacifica y ordenada.

Mientras vuelo hacia el Kremlin, en el cómodo asiento trasero del nuevo Senat voy repasando en mi cabeza los acontecimientos históricos que permitieron llegar al poder de la actual Nueva Federación Rusa, al camarada Iván Kuznetsov.

Nuestro actual líder, nació en Moscú en el año 2925, bajo el reinado de los Románov , que habían vuelto al poder de la Federación en el año 2085, cuando el pueblo ruso huérfano del férreo control de la nación ejercido por el presidente Vladímir Vladímirovich Putin termino con su muerte y con Rusia sumida en un caos económico y social por el predomino de las mafias que nombraban y destituían nuevos presidentes de la Republica a su antojo, logro imponer tras un golpe de fuerza impulsado sobre todo por la Iglesia Ortodoxa, la celebración de un referéndum sobre el modelo de Estado en el que salieron triunfadores los partidarios de la vuelta a la Monarquía. Instaurándose así la vuelta de los Zares y la promulgación de una nueva Constitución.

La familia Románov, llevaba pues reinando 840 años a base de mantener un precario equilibro entre la emergente gran potencia la Republica Popular China y la Unión Europea. Ambas interesadas en tener un vecino débil y ordenado, cerca de sus fronteras y que no les estorbase en sus guerras comerciales con Estados Unidos. No obstante, desde principios del 2900, esta política empezó a ser puesta en tela de juicio por el auge creciente del nacionalismo pan eslavo y la vuelta entre los intelectuales rusos a ciertas revisiones de las aportaciones para el país de la Revolución de 1917.

Nuestro Gran Padre hijo de un rico fabricante del hardware del motor de la mayoría de los coches voladores que había en el mercado demostró ya desde la enseñanza primaria su carácter dominante y en ocasiones violento lo que le llevo en varias ocasiones a ser expulsado de varios de los mejores colegios moscovitas acusado de bullying contra algunos de sus compañeros, circunstancia que por cierto a sido ocultada hábilmente en su biografía oficial. Su padre bastante desesperado ante tanta expulsión ingreso por la fuerza a su hijo, con tan solo 15 años en una de las más duras escuelas preparatorias para el ingreso en las Academias Militares del ejercito zarista.

Según cuenta, Iván Kuznetsov, en uno de sus libros más conocidos: Como lo hicimos. Su paso por la escuela preparatoria y su posterior ingreso en la Academia Militar del Cuerpo de Ingenieros, donde termino licenciándose como el primer cadete de su promoción, le sirvieron entre otras cosas para darse cuenta de la profunda podredumbre moral a la que estaba conduciendo la monarquía a la Federación Rusa.

Los Románov, a pesar de sus éxitos innegables en el plano económico, parecían haber olvidado intencionadamente el gran papel que Rusia había jugado en la política mundial en el pasado, y se conformaban con tal de seguir reinando, en ser una mera potencia de tercera clase que había aceptado casi sin rechistar convertirse en una marioneta de los intereses espurios de China, como lo venia demostrando la penetración de los naturales de este país asiático en los Consejos de Administración de nuestras mejores empresas. Y el como nos habían obligado a intervenir como sus aliados militares en su política expansionista en África, lo que habia terminado con la imposición de duras sanciones contra nuestro país por parte de la Unión Europea, con el beneplácito implícito de Estados Unidos, nuestro supuesto aliado.

Kuznetsov, impregnado cada vez más de este desprecio por la monarquía, termino por afiliarse, siendo ya capitán, al clandestino partido, pan eslavo, Por la Grandeza de Rusia, lo que termino obligándole al ser descubierto a exiliarse en Suiza en el año 2998.

Fue precisamente en ese país, donde nos conocimos mientras asistíamos a unas clases en la universidad de Zúrich, sobre el papel de la disuelta Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial en el Siglo XX, impartidas por un conocido profesor que revindicaba el papel que jugo Stalin y el Ejercito Rojo en la victoria sobre el fascismo.

Estas clases junto a la lectura apasionada de las obras completas de Lenin, en un grupo expresamente creado, para ello, entre los componentes de la numerosa colonia rusa de la ciudad suiza, nos llevo pronto a la idea de la refundación del antiguo Partido Comunista.

Lo que, en la fecha de su fundación en el 3001, en una cervecería suiza, parecía una utopía impulsada por el idealismo de unos pocos exiliados, fue cobrando cada vez más fuerza dentro de Rusia, gracias al descontento entre la juventud rusa creado por la falta de oportunidades para los jóvenes que veían que cada vez más los puestos de trabajo mejor remunerados eran ocupados por ciudadanos de origen chino junto con el profundo malestar que creo entre nuestros compatriotas la llamada a la movilización general para entrar nuevamente en guerra contra Japón, forzados por nuestra alianza con nuestro vecino asiático. Hizo que nuestro partido comunista y sus promesas de volver a nuestro país a ser una potencia mundial nuevamente tuviese cada vez más partidarios en nuestro país, lo que nos llevo en menos de 21 años a ocupar el poder.

“Bueno ya esta bien de recuerdos”, me digo a mi mismo, al llegar a la entrada del Kremlin. “Tienes que aprovechar el idealismo del camarada Kuznetsov, en tu propio beneficio, para poder apartar de su cabeza los nombres de tus competidores en su sucesión”. “Has de seguir machacando al viejo con la idea de que solo un líder resolutivo y capaz de analizar críticamente las soluciones que para los problemas de la Federación propongan los miembros del Comité Central”. “Solo así, as de insistirle perdura en el tiempo su gran obra”.

“Y mientras voy pensando en la estrategia que utilizare en mi conversación con el Gran Padre de la Nación. Tengo en cuenta mi ultima baza en el caso de no ser yo el elegido, soy el comandante en jefe del Ejercito Rojo y nada impresiona más a las masas que un despliegue de las fuerzas militares en las calles”.

Mi investidura como Rover

Un grupo de scouts en una actividad al aire libre

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

La cita

Couple kissing at sunset overlooking a river valley and town
A couple shares a kiss overlooking a river valley as the sun sets.

Había una vez una joven llamada María, una mujer liberada y segura de sí misma que disfrutaba de su sexualidad sin tabúes ni prejuicios. Un día, conoció a Juan, un hombre atractivo y misterioso que despertó en ella un deseo ardiente que no podía controlar.

Desde el primer momento en que se vieron, la química entre María y Juan fue indiscutible. Se encontraban en una fiesta y, sin decir una palabra, se buscaron con la mirada y se acercaron el uno al otro. La tensión sexual era palpable, y ambos sabían que no podían resistirse a la atracción que sentían.

Sin mediar palabra, Juan tomó la mano de María y la llevó a un rincón apartado de la fiesta. Allí, se miraron fijamente a los ojos y se dejaron llevar por la pasión que los consumía. Se besaron con intensidad y se entregaron el uno al otro sin reservas.

La ropa cayó al suelo y sus cuerpos se fundieron en un abrazo apasionado. María gemía de placer mientras Juan la acariciaba con maestría, explorando cada rincón de su piel y llevándola al límite del éxtasis una y otra vez.

La noche pasó entre susurros, gemidos y suspiros de placer. María y Juan se entregaron por completo el uno al otro, explorando sus deseos más profundos y cumpliendo todas sus fantasías más eróticas.

Al amanecer, se despidieron con una sonrisa cómplice y la promesa de volver a encontrarse para repetir una y otra vez aquella noche de pasión desenfrenada. Desde entonces, María y Juan se convirtieron en amantes apasionados, explorando juntos los límites del placer y disfrutando de cada instante que pasaban juntos.

Agustín, agosto 2006

La Noche de Reyes

Three Kings parade with ornate floats, horses, costumed participants, and cheering crowds
Crowds celebrate as ornate Three Kings floats move through a brightly lit city street.

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No sé qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

Esa chica que tengo en la cabeza

Young woman with blonde hair smiling sitting at an outdoor café with people and plants in the background
A young woman smiling warmly while sitting at an outdoor café.

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

¾A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Agustín Moreno, abril 2026

La trilogía del 70-73

Students marching through Paris with protest signs during May 1968
Students march through Paris carrying slogans during the May 1968 protests.

Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)

 Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)

Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)

Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el titulo de tres libros: El Pequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.

Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nomina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.

Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso si, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.

La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mi mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura

La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años 

El mundo de nunca jamás

Fairy with translucent wings sitting on a moss-covered branch in a forest
A graceful fairy rests on a moss-covered branch amid glowing mushrooms and lush ferns.

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.

Agustín Moreno, septiembre 2022.

La planta nueve

Telefónica headquarters with clock tower, red sightseeing bus, and taxis
Madrid’s Telefónica headquarters rises above Gran Vía, framed by historic buildings and busy city traffic.

Desde su construcción por los norteamericanos en 1929 de la sede de la Compañía Telefónica, en el número 28 de la Gran Vía madrileña, la planta 9 del que en su día fue el edificio más alto de la capital alojó tradicionalmente la sala donde se reunía mensualmente el Consejo de Administración y los despachos de su Presidente y de sus Directores Generales. Al servicio de estos altos cargos, además de sus secretarias y mecanógrafas, había una serie de muchachos entre los 15 a 17 años de edad, los “repartidores botones”, que bajo el mando de dos ordenanzas se encargaban entre otras muchas cosas del reparto del correo interno, hacer los múltiples y variados recados que les encomendaban, que podían ir desde llevar cartas u otros documentos a los domicilios de los consejeros hasta esperar pacientemente la cola para sacar un recibo de lotería en Doña Manolita.

El nombre de “repartidores botones” hacía referencia tanto a su trabajo como al uniforme gris claro, con 22 botones del mismo color, 11 en cada lado, que adornaban la pechera de una guerrera cerrada hasta el cuello, que junto a un pantalón del mismo color y unos siempre brillantes zapatos negros completaban su atuendo.

Agustín, entró a trabajar en “la nueve” como botones, adscrito al servicio de los directores generales, el 9 de diciembre de 1969, dejando atrás con esta incorporación al mundo del trabajo muchos de sus sueños adolescentes.

La entrada a este mundo adulto, con personas que ejercían la dirección de una compañía, que por aquel entonces tenía en nómina casi 75000 empleados, supuso al principio un choque brutal que le hizo pasar de una adolescencia más o menos feliz a su conversión en un siervo de gleba, dadas las normas y modos de comportamiento que regulaban la vida en aquellos oscuros pasillos de mármol de Carrara.

Tuvo que acostumbrase a que la jefa del personal subalterno del edificio pasara revista diariamente a su uniforme de arriba a bajo antes de permitirle subir a “la planta noble”: los 22 botones brillantes y perfectamente cosidos, la raya del pantalón recta, los zapatos brillantes como espejos y, por supuesto, el pelo corto y bien peinado, en una época en la que los chicos de su edad, siguiendo la moda, empezaban a llevar melenas cada vez más largas. Aprendió que debía levantarse con presteza del incómodo banco donde se sentaban los botones a la espera de ser llamados mediante un sistema de timbres numerados, para pulsar el botón del ascensor privado que unía el vestíbulo del edificio con “la nueve” y permanecer de pie, casi en posición de firmes junto a sus compañeros hasta la llegada del mismo, aunque quien quisiera utilizar el dichoso trasto fuera una simple secretaria.

De un día para otro, necesitó convertirse en “malabarista”, pues no era infrecuente que tuviese que subir una o varias jarras de café, acompañadas de sus correspondientes servicios, desde la planta sexta del rascacielos, donde se encontraba la cafetería, hasta “la nueve” sin derramar ni una sola gota de líquido en la bandeja que llevaba entre las manos, y por supuesto sin romper ninguna taza, si no quería sufrir algún improperio de la “jefa de régimen”, que regentaba con mano de hierro aquel gineceo donde estaban las telefonistas y al que los únicos hombres que podían entrar eran los “repartidores botones” o los mecánicos de guardia en caso de avería.

Pero de todas estas “servidumbres”, la más odiada por Agustín, durante los cuatro años que prestó servicio en aquella planta, fue tener que abrir la puerta del despacho de los Directores a su llegada y recogerles el abrigo o la chaqueta cuando se lo quitaban, procurando que la dichosa prenda no cayese por un descuido al suelo, para colgarla en su correspondiente percha dentro del armario empotrado y forrado de caoba del que estaban dotados todos los despachos de aquella planta.

Por fin, en 1973, nuestro botones dejó de prestar sus servicios en “la nueve” al ser “ascendido” a subalterno, pero ese hecho se merece una nueva historia.

Agustín Moreno, agosto de 2022

Nube blanca

Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.

La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas,me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.

Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.

-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? -le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.

-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? ¾respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.

-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.

-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.

-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.

-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?

-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.

-¿Quién yo?

-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.

-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continues jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.

Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nubeblanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.

Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.

Agustín Moreno, marzo 2025