Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.
Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.
Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.
Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”
A hotel bellhop stands smiling next to a luggage cart loaded with suitcases in a luxurious lobby.
Botones y Mensajeras
1 presentaciones
– Hola, ¿eres nuevo?
Si.
– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?
Agustín.
– ¿Y con quien te han puesto?
Con el director general y el secretario del Consejo.
-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.
-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.
– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.
– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.
Hasta mañana.
Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.
La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.
Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.
Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.
Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.
Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.
2. En la escalera
– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.
Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.
– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?
Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?
– Jo, como se nota que eres nuevo.
– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.
– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.
– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.
– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.
3. El examen
-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.
¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?
– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.
-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?
Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.
-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.
-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.
-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.
4. Registro
-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.
– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.
– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.
Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.
Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.
– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.
-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.
Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.
Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.
Botones y Mensajeras
1 presentaciones
– Hola, ¿eres nuevo?
Si.
– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?
Agustín.
– ¿Y con quien te han puesto?
Con el director general y el secretario del Consejo.
-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.
-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.
– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.
– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.
Hasta mañana.
Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.
La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.
Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.
Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.
Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.
Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.
2. En la escalera
– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.
Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.
– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?
Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?
– Jo, como se nota que eres nuevo.
– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.
– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.
– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.
– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.
3. El examen
-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.
¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?
– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.
-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?
Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.
-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.
-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.
-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.
4. Registro
-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.
– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.
– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.
Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.
Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.
– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.
-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.
Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.
Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.
El Colegio, la bufanda y la leche en polvo
Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra está ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio público, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del número 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.
De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no sé si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.
La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenía carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.
En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacía por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.
En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.
Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenía patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacía lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.
Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.
La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.
Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.
También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenía su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.
El refugio
Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en él. Al mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.
Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo, desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.
Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.
Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mí desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.
Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que, vuelta de espaldas a mí, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.
Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.
A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada a ver si tenía la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.
De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenía suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.
Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al ser día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.
Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.
—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.
—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.
—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.
De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.
Six friends smile together in front of a famous stone gate on a sunny day
Esta tarde ordenando los libros de mi biblioteca he encontrado un par de libros de Herbert Marcuse: Eros y civilización y El hombre unidimensional. Al tenerlos entre las manos mi subconsciente se ha puesto de pronto a generar, casi sin ton ni son, una serie de imágenes encadenadas: aquel libro de texto de biología que compre de segunda mano en la Felipa, y que tenía sus páginas repletas de corazones con dos nombres entrelazados Maravi y Miguel, dibujos producto sin duda del apasionado amor adolescente del anterior propietario del libro, las locas carreras que solíamos correr en las aceras de la calle Hermosilla cuando salíamos de dar clase de Preu en la Dobao, aquella academia y aquel verano del 70, donde nos preparábamos para superar en septiembre la prueba que los dos habíamos suspendido en Junio; carreras en las que tu siempre me terminabas ganando, victorias que sin querer herían mi amor propio al pensar que una chica podía derrotarme con tanta facilidad, la escapada que hicimos a la Granja en un fin de semana de aquel mismo verano aprovechando la ausencia de tu familia, donde tanto nos divertimos bañándonos en la piscina de los Berzosa. Escapada que al conocerse cuando intentamos repetirla el fin de semana siguiente y te sorprendieron tus padres cuando cargada con tu macuto ibas a salir de casa, fue el comienzo del fin de mi amistad con tu hermano Roberto.
Y de hay sin saber muy bien como han ido saliendo de mi memoria otras imágenes, reflejos también de aquel tiempo entre finales de los años 60 y principios de los 70, que tanto terminaron marcando algunos episodios de mi vida posterior la fruición con la que leía las noticias sobre la revuelta estudiantil del 68, que me hacían imaginar lo emocionante que sería ser uno de los ocupantes de la Sorbona, las primeras lecturas de las obras de Marx publicadas por Alianza Editorial o mis aproximaciones a las teorías psicoanalíticas de mi primera juventud.
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden
Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.
No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la ultima vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.
Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.
Tu melena rubia algo revuelta y una cierta acitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.
Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.
Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.
A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.
Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconovimos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.
Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.
Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.
Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.
El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por ultimo, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.
Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.
Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.
A frothy beer mug sits on a rustic wooden table in a bustling beer garden.
Santa Barbara
Santa Barbara es una popular cervecería madrileña donde descubrí y empecé a apreciar la cerveza negra.
Allí me gastaba parte de las sisas mensuales que con frecuencia hacía a mi madre cada vez que cobraba mi nomina de botones de Telefónica. Al salir de trabajar solo tenía que subir andado, por la calle Hortaleza, desde la Gran Vía hasta llegar a la Plaza de Santa Barbara para disfrutar del placer exquisito de una buena jarra de cerveza, acompañada de una ración de gambas cocidas.
Esto no hubiese tenido nada de especial, un chico que a las diez de la noche, bebe tranquilamente una cerveza sentado en el interior de un bar, si no fuese porque en ese local en especial, besé por primera vez a Susan y años más tarde fui rechazado amablemente por Asún con aquel “no sé si realmente estás enamorado de mí”, que continúa resonando en mi cabeza, tanto o más que el tierno sabor a fresa de los labios de Susan en nuestro primer beso.
El Camino Schmidt
El Camino Schmidt es el sendero más conocido de la Sierra de Guadarrama. Un camino que para mí siempre ha tenido y continúa teniendo un profundo significado emocional, quizá porque empecé a recorrerlo desde muy pequeño acompañando a mi padre, quizá porque en su pradera de Navalusilla fui investido Rover, la rama mayor del Movimiento Scout,en un caluroso mes de julio de 1968, entrando con ello en esa gran hermandad de hombres y mujeres de todo el mundo que llevan en sus corazones el espíritu de servicio al prójimo que es la esencia del escultismo. Pero sobre todo porque en una de esas noches estrelladas de agosto con la sombra de los Siete Picos a mis espaldas me convertí por un momento en Peter Pan y cogido de la mano de Wendy volé al país de Nunca Jamás, esa isla soñada en la que me refugio de vez en cuando, para desesperación de mi dinosaurio porque es el único sitio al que le tengo prohibido acompañarme.
El Sanatorio de San Juan de Dios de Málaga
Fruto de una profunda depresión fue en esta institución donde hice entrega, de manera voluntaria eso sí, de las llaves que había poseído durante más de 25 años de ejercicio de mi profesión.
Las llaves son en los centros de Salud Mental, como el San Juan de Dios deMálaga, el símbolo del `poder`, los instrumentos que te permiten acceder a todas y cada una de las instancias del hospital, pasillos, salas de reunión y de terapia, despachos e incluso a las habitaciones de los pacientes. Yo las tuve por primera vez entre mis manos cuando inicié mi residencia como psicólogo en el psiquiátrico de Lugo, un manojo de llaves entonces, que ahora se ha convertido en muchos casos en una simple tarjeta electrónica. Por eso desde que las recibí de manos de mi tutor, las llaves se han convertido para mí en el símbolo de la actividad psicoterapéutica, esa actividad que te permite, amparado por un título académico, entrar en la intimidad de los otros con el fin de ayudarlos y acompañarlos en sus tribulaciones emocionales.
Por eso entregar las llaves incondicionalmente, aunque solo sea por un tiempo, es un trance muy duro para cualquier profesional de la salud mental. Es un trance semiamargo ya que pasas a convivir durante casi todo el día con aquellos a los que antes veías, por muy empático que creyeras ser, como tus pacientes. Convertirme en uno de ellos fue quizás una de las `mejores` experiencias que he podido vivir, un aprendizaje que me acompañará siempre, y que creo sinceramente que además de un mejor profesional me ha convertido en mejor persona.
A soldier stands confidently in full combat gear at a military base.
Doctor Alexander Luria
Clínica Internacional de la Universidad de Moscú
Avenida de Lenin, 16
Moscú
Leningrado, 25 de mayo 1947
Estimado colega y amigo,
Le escribo esta breve misiva para ponerle al tanto de los datos clínicos más relevantes del paciente Avgustin Temho (Número de expediente AT2001), al que acabo de remitir para ser tratado por usted de su “neurosis de guerra” desde el Hospital Militar Nº 5 de Leningrado.
El sargento Temho, fue ingresado en nuestra institución el 15 de enero de 1946, cuando, a punto de ser licenciado de su Unidad, empezó a dar síntomas de un desequilibrio mental severo, solo explicables, según nuestro parecer, por las experiencias traumáticas sufridas durante su participación en alguno de los combates más duros de nuestra Gran Guerra Patria.
Avgustin Temho no había presentado síntomas observables de neurosis de guerra durante sus más de tres años de servicio, a pesar de haber sido herido varias veces. Es más, dado su arrojo y valentía en el combate, fue reconocido con la la Orden de la Guerra Patria de 2ª clase y la Orden de Bogdán Jmelnitski de 3.ª clase.
Solo tras la entrada de nuestras victoriosas tropas en Berlín el sargento empezó a presentar alguno de los primeros síntomas de su enfermedad: abuso del alcohol, falta de concentración, mutismo y en ocasiones convulsiones musculares ante cualquier ruido. Tras un tiempo de ingreso en el 2º hospital de campaña en las afueras de la ciudad, a petición del medico de su compañía y la persistencia de los síntomas, fue trasladado con cierta urgencia a nuestro hospital, donde hemos estado tratándole con metanfetaminas a dosis moderadas, aislamiento y cura de sueño inducido más psicoterapia analítica, con solo pequeñas mejorías. El aumento de síntomas de conversión como la incontinencia urinaria, parálisis momentánea de las extremidades, sordera, etcétera. nos ha llevado a la conclusión de que el sargento Temho, necesita para su recuperación asistencia especializada como la que presta la institución que usted dirige, por lo que hemos pedido su traslado a Moscú.
Quedando a su disposición para cualquier información complementaria que se pueda requerir sobre este caso, se despide su camarada y amigo,
Coronel Sergey Solovióv.
Hospital Militar Nº 5 Leningrado.
PD: Espero tener el placer de verte durante las vacaciones para jugar una de nuestras partidas de ajedrez
La esposa
Sargento Avgustin Temho
Clínica Internacional de la Universidad de Moscú
Pabellón 19
Avenida de Lenin, 16
Moscú
Kémerovo, 7 de septiembre 1947
Querido Агус. He conocido por los camaradas de la Comandancia del Ejercito Rojo en Kémerovo que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.
Quisiera estar en Moscú para tenerte cerca de mí. No sabes cuanto te echo de menos, pero me ha sido imposible conseguir el salvoconducto de viaje, a pesar de haber recurrido a todos nuestros conocidos en las delegaciones provinciales, tanto del Comisariado de Guerra, como de la Milítsiya y los camaradas del Partido.
Espero que el traslado a ese famoso hospital de Moscú, de cuyos tratamientos en casos de enfermedades como la tuya se escuchan maravillas, sirva para que podamos reencontrarnos pronto y besarte y abrazarte de nuevo, ya que nuestro lecho esta muy frio sin tu hermoso cuerpo a mi lado.
Por mí no tienes que preocuparte, pues gracias a ser la esposa de un soldado enfermo a causa de la guerra, pero condecorado dos veces por su valor, he podido continuar trabajando en las oficinas de la fabrica de tanques, que el Estado está reconvirtiendo rápidamente en fabrica de tractores, cumpliendo las directrices para la reconstrucción del camarada Stalin, lo que me permite seguir manteniendo la cartilla de racionamiento de primer grado.
Por cierto, el mes pasado vinieron a visitarme algunos camaradas ya desmovilizados de tu compañía y me trajeron los “obsequios” que habías conseguido en Berlín. Tu padre está encantado con el reloj de pulsera que le enviaste, pero yo he preferido guardar los juegos de sabanas y otras “cosillas” para estrenarlas cuando podamos estar juntos.
Espero que tu estado te permita escribirme pronto, ya me han comentado los médicos de tu hospital que aún no estas en condiciones de hacerlo. Por cierto, son muy amables y cariñosos conmigo, a pesar de las dificultades para poder hablar por teléfono de estos días, suelen llamar a la fabrica casi todas las semanas para decirme cómo estás.
Bueno no quiero cansarte más de lo debido, pero te prometo que ahora que sé tus señas, procuraré escribirte todas las semanas.
Un beso de esta tu esposa que te echa de menos,
Aliona
El padre
Sargento Avgustin Temho
Clínica Internacional de la Universidad de Moscú
Pabellón 19
Avenida de Lenin, 16
Moscú
Andreevka, 2 de septiembre 1947
Querido Агус. He conocido por el camarada Dmitry capitán de la Milítsiya del Distrito, que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.
Según me comenta el capitán has tenido una tremenda suerte al ser trasladado a ese hospital ya que su director, el camarada Alexander Luria, es un especialista en trastornos como el tuyo de fama mundial. El policía cree que tu traslado se debe sobre todo a que seas poseedor de dos medallas al valor que acreditan de sobra tu honorabilidad como soldado del Glorioso Ejercito Rojo, que alejan de las autoridades del Estado cualquier sospecha de cobardía por fingimiento de tus síntomas.
Tu madre y yo estamos tremendamente orgullosos de ti y de tu comportamiento como soldado. Lo estuvimos cuando con tan solo 19 años alcanzaste el grado de sargento, un suboficial muy querido por sus subordinados, según nos comentaron tus camaradas el día que vinieron a visitarnos. Y lo seguíamos estando cuando tus fotografías aparecían en los periódicos recibiendo alguna de tus medallas y éramos felicitados por el responsable político del koljós.
De aquí hay pocas cosas que decirte. Gracias a vuestros esfuerzos y la sabia dirección de la Guerra por el camarada Stalin, los malditos alemanes no asomaron sus feas narices por aquí, lo que nos permitió seguir con las cosechas cumpliendo todos los años la cuota marcada por el Comisariado.
Lo que sentimos en el alma es no poder ir a verte a Moscú, pero tanto tu madre como yo estamos desando verte entrar, ya recuperado, por la puerta.
Tu mujer bien. Continúa trabajando en la fabrica de Kémerovo y como siempre se muestra muy cariñosa con nosotros. Es una lástima que con la guerra no nos hayáis podido dar ningún nieto, pero con el tiempo supongo que todo se andará.
Bueno, hijo, te dejo y ya te iremos escribiendo. Un beso de tu madre y mío,
Hikers rest and walk near a mountain refuge in a rugged alpine landscape
Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en el. A la mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.
Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.
Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.
Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mi desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.
Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que vuelta de espaldas a mi, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.
Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.
A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada haber si tenia la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.
De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenia suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.
Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al se día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.
Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.
—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.
—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.
—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.
De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.
-¿Y eso? -me pregunta de nuevo el primer hombre mayor.
A soldier stands confidently in full combat gear at a military base.
-Perdón, ¿me puedo sentar aquí? -pregunto a los dos hombres mayores que ocupan parte del único banco a la sombra de la plaza del Ayuntamiento.
-Cómo no, y más llevando muleta ¾me contesta uno de ellos, dejándome un hueco en el banco de madera.
Mientras espero a mi señora, que ha entrado en un supermercado cercano, saco el móvil del bolsillo e intento echar una mirada a los titulares del periódico en su pantalla. Y digo intento porque mi atención se ve pronto atrapada por la conversación que mantienen mis compañeros de asiento. Hablan de la mili, o sea, de ese servicio militar obligatorio por el que tuvimos que pasar, quisiéramos o no, todos los hombres de este país al cumplir los veintiún años, desde octubre de 1800 hasta que la obligación quedó abolida definitivamente en diciembre de 2001.
-¿Te acuerdas del calor que pasamos aquel verano en el campamento de Alcalá de Henares? ¾le estaba preguntando uno de los mayores al otro cuando empecé a prestar oídos a la conversación, quizás porque yo realicé el periodo de instrucción en aquel mismo campamento.
-Claro, y del mal olor que desprendían las letrinas cuando les daba el sol del mediodía ¾responde su interlocutor.
-Y nosotros arriba y abajo, marcando el paso, cubiertos de sudor, en aquel inmenso patio de ceremonias.
-Si es que lo único que realmente les interesaba es que desfiláramos bien el día de “la jura”.
-Es verdad, porque tiros lo que se dice tiros dimos más bien pocos en aquellos tres meses.
-Como que yo aprendí de verdad a disparar con el CETME y a tirar granadas de mano después, en el Regimiento del Goloso.
-Es verdad, que a ti te destinaron a carros de combate!
-No te joroba, no todos teníamos enchufe como tú, que, gracias a tu tío, el coronel, terminaste de “chupatintas” en la comandancia de Málaga. Bien cerquita de nuestro pueblo y con pase “pernocta”, como un señorito, mientras que yo, allí en el Goloso, las pasába canutas con tanta guardia y tantas maniobras.
-Pero bien que presumías, cuando venías al Rincón, con tu boina de tanquista y la insignia del carro de combate en la manga, que traías locas a todas las de la pandilla. Y encima con los galones de cabo.
-Alguna ventaja debía tener, no te fastidia.
¾Perdone si no le dejamos leer, pero es que cuando terminamos enredándonos con batallitas del Servicio Militar, vamos subiendo la voz sin darnos cuenta. ¾se dirige a mí uno de los mayores, dándose la vuelta para mirarme.
>>Pero ya sabe, cosas de haber pertenecido a la misma quinta.
-¿Hizo usted la mili? -me pregunta curioso el anciano.
¾Sí, en el segundo reemplazo del 74 y por lo que les he escuchado me tocó el mismo campamento que a ustedes Alcalá de Henares.
-Y seguro que paso el mismo calor que nosotros, porque aquel lugar es un páramo -me interpela el segundo contertulio.
-Sí, con el mismo calor y el mal olor de las letrinas. Aunque yo desfilé menos y fui más veces al campo de tiro.
-Más que nada, por si entrabamos en guerra con Marruecos. Por lo de “la marcha verde”. Seguro que se acuerdan ustedes.
-Debíais de estar acojonados. Menos mal que al final aquello quedó en nada. Pobres saharauis -me contesta el anciano cambiando del usted al tú, como reconociéndome un compañero de armas.
-¿Dónde te destinaron después del campamento? ¾sigue preguntándome con curiosidad.
-A la Brigada Topográfica.
-Vaya, otro con enchufe. ¿O no?
-Sí, -reconozco poniéndome colorado¾. Yo también tenía un familiar coronel.
-¡Qué suerte teníais algunos! ¾me interpela el ex tanquista.
-Agustín, ¿qué haces ahí sentado? ¾me llama mi mujer para que le eche una mano con las bolsas del mercado. Me levanto apoyando firmemente la muleta en el suelo y me despido con un hasta otro día señores, me llama mi sargentó.
-Buenos días y a ver si nos vemos otro día y seguimos con las anécdotas de la mili -se despiden. Mientras me voy pensando, qué tipo de “batallitas”, intercambiaran entre sí cuando se hagan mayores los que tuvieron la suerte de no hacer el Servicio Militar.
Three wise men travel across the desert at night guided by a bright star
Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.
Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.
Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.
Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.
Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.
Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera, se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No se qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.
Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.
-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.
-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.
-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.
He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.
En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.
Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.
Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.
Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.
Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.
Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.
Detailed side view of a realistic human brain model showing cerebral folds and cerebellum
Esta noche hay luna llena y como siempre que esto ocurre me viene a la cabeza la vieja canción que refleja la quietud de la noche:
“Muere el sol
de las aves las canciones cesan ya,
elevar hacia Dios la oración”
Inevitablemente la evocación de esta canción origina que aparezcan a modo de destellos de luz, viejos recuerdos que han dejado profundas sensaciones emocionales en mi cabeza. Recuerdos tales como:
Las noches estrelladas de agosto cuando contemplábamos las estrellas desde nuestros sacos de dormir.
El sabor del primer beso o del primer cigarrillo.
El olor a fritanga de la cafetería del Instituto, donde solía comer todos los días un bocadillo de chorizo.
El inconfundible olor de tu perfume.
El sabor dulzón de la leche en polvo que nos daban para desayunar en el colegio.
La dureza de las pelotas de goma de los Almacenes Segarra que te regalaban cuando comprabas unos zapatos…
Es curiosa esta cualidad que tienen los flashbacks de evocar en un momento olores, sabores y a veces hasta percepciones táctiles que han dejado una profunda huella en tu cerebro. Los he escuchado de la boca de muchos de mis pacientes, como Juanita que presenció comó su hijo se ahorcaba en su habitación o Dolores que vio como las aguas de la Dana arrasaban su casa.
No deja de sorprenderme cómo el cerebro humano conserva en su seno recuerdos felices o amargos que al fin y al cabo son la esencia de la vida.
«Flashs» no es una palabra reconocida en inglés. Posiblemente te refieras a «flashes», que significa destellos o destellos de luz. También puede referirse a «flashbacks», que son recuerdos vívidos y repentinos de eventos pasados. Por favor, proporciona más contexto para poder ofrecerte una respuesta más precisa.