Un pinchacito y ya está

Surgical team in blue scrubs and masks performing surgery on patient under bright operating lights
A surgical team works together during an operation in a sterile operating room.

—Hola, Agustín, ¿listo para el quirófano? — me dijo el anestesista al tiempo que introducía con una jeringa un líquido blanquecino en la vía que poco antes me había puesto la enfermera.

Pasado unos instantes debí de caer en brazos de Morfeo, porque apenas tengo un vago recuerdo del traqueteo que hacían las ruedas de la camilla camino del área quirúrgica.

—Bienvenido al reino de los sueños —murmuro mi dinosaurio— mientras dure la operación, tú eres el amo y señor de este territorio.

—Hola, ´dino´, veo que ni aquí me dejas en paz.

—Aquí menos que en ningún otro sitio porque durante un rato todo lo que veas, oigas o hagas será producto de tu subconsciente, liberado de cualquier atadura con el mundo real.

Al tiempo que se producía esta conversación me di cuenta de que me encontraba caminando por las estrechas callejuelas que conducían a los muelles del puerto de Bristol, en la desembocadura del río Avon. Iba en busca de la taberna de un tal señor Trelawney, donde, al parecer, se buscan marineros para embarcarse en la goleta La Hispaniola con rumbo a las Islas Vírgenes. Estaba a punto de entrar en la taberna cuando el paisaje cambio de pronto para trasladarme a las callejas de la isla norteamericana de Nantucket, el puerto de salida preferido por los balleneros para iniciar sus expediciones. El objetivo era embarcarme en el Pequod, bajo las órdenes del respetado pero temido capitán Ahab.

—Veo que tu sueño va de aventuras marineras —me dijo ´dino´. Pero yo que tú me embarcaría con una tripulación de amigos de confianza, ya sea para poder ayudar a Jim Hawkins en sus enfrentamientos con Long John Silver, el pirata de la pata de palo, o con la locura de Ahab, en su obsesión por dar caza a Moby Dick, la temida ballena blanca. Por cierto, ¿te has dado cuenta de que tanto Silver como Ahab tienen una pata de palo? Extrañas coincidencias de la literatura de aventuras.

—¿Y dónde crees que puedo encontrar esa magnifica tripulación? —le pregunté al dinosaurio.

—Ya que parece que tu sueño anestésico te ha llevado por los caminos de tus lecturas infantiles, ¿por qué no buceas un poco en tu biblioteca para buscar una tripulación de confianza?

Llevado por los consejos de ´dino´. Me sitúe ante la sección de literatura infantil y juvenil de mi biblioteca inconsciente y de entre sus libros fui entresacando los personajes con las cualidades más idóneas para viajar conmigo, bien en busca de un tesoro o bien en la caza de una ballena asesina.

Lo primero que necesito es un personaje que tenga las cualidades de un buen espía, quién mejor que Kim de la India —pensé.

Ya puesto, necesito alguien capaz de enfrentarse y vencer a un enemigo peligroso. Y en seguida se me vino a la cabeza el nombre de Mougli, el niño criado entre lobos, que fue capaz de vencer a un terrible enemigo como Shere Khan, el terrible tigre de bengala.

Y por qué no unos niños rebeldes, capaces de idear buenos trucos y triquiñuelas como el pelirrojo Tom Sawyer o su homólogo inglés Guillermo el travieso.

Para terminar, creo que, un poco de magia no le vendría nada mal a esta tripulación. Quién mejor que el dúo formado por dos de los habitantes del País de Nunca Jamás, esa isla poblada tanto por piratas como por indios, hadas y sirenas: Peter Pan y Campanilla.

—Buena elección —murmuró en mi oído el dinosaurio—. Pero no sé si tendrás tiempo de hilvanar una historia, porque, aunque no lo sientas el cirujano está dándote los últimos puntos.

Cuando oí, aún algo atontado, la voz del anestesista, que decía una y otra vez “Agustín, Agustín despierta”, al tiempo que me daba unas leves palmaditas en las mejillas, comprendí, que una vez más ´dino´ tenía razón y mi sueño no había durado lo suficiente para poder imaginar una historia que uniese en su trama a todos los héroes literarios de mi infancia.

Los ojos del Guadiana

Young woman with blonde hair smiling sitting at an outdoor café with people and plants in the background
A young woman smiling warmly while sitting at an outdoor café.

Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.

No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la última vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.

Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.

 Tu melena rubia algo revuelta y una cierta actitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.

Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.

Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.

A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.

 Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconocímos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.

Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.

Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.

 Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.

El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por último, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.

Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.

Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.

El mortero

1 La escuadra

Soldiers firing a large howitzer artillery gun with flames and smoke from the barrel
Soldiers operate a howitzer during a live-fire artillery exercise in a mountainous training area

Llevaban en esa posición demasiado tiempo, más o menos desde que el frente se había estabilizado a principios del 37. Habían llegado aquel piso de la Facultad de Medicina tras una ofensiva sangrienta, siguiendo río arriba desde su posición inicial muy cerca del Puente de los Franceses. Ellos eran los últimos reductos de aquella compañía variopinta que junto a la XI Brigada Internacional habían resistido uno a uno los envites iniciales de los moros del General Varela, la lucha piso a piso y habitación a habitación del Hospital Clínico, hasta el establecimiento de un frente más o menos regular, una vez que Franco y sus generales se dieron cuenta, a base de incontables bajas, de que el lema “no pasaran” era algo más que un apelativo propagandístico.

Desde la militarización de las milicias en octubre del 36, la compañía, antes milicia de los castizos, había quedado enmarcada, pese a la resistencia inicial de algún compañero anarquista, en la II Brigada Mixta del Ejercito Popular y los antiguos castizos.  Dotados de armamento ruso y morteros capturados al enemigo, se había terminado convirtiendo en una compañía de apoyo de fuego ligero, con secciones de ametralladoras, cañones antitanque y moteros pesados del calibre 12.

Desde febrero del 37, la compañía era comandada por el teniente Giménez, antiguo militar de carrera y uno de los pocos oficiales del antiguo Parque de Artillería de Madrid que se había mantenido fiel a la Republica el 18 de Julio. Como comunista convencido y militar a ultranza, era sobre todo un férreo partidario de la disciplina, por lo que era mirado con cierto recelo por alguno de sus hombres, a pesar de lo cual nadie le discutía su pericia como artillero.

Su misión principal por aquel entonces era la de cubrir con el fuego de sus cañones y morteros cualquier intento de ataque de los sublevados de aquella punta de lanza del frente de Madrid, así como enmascarar con el ruido de sus disparos, a los “mineros” cuando estos estaban en pleno apogeo en la construcción de algún túnel que les permitiera colocar explosivos debajo mismo de las posiciones enemigas.

El sargento Ramírez, junto con los artilleros Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao y Pepe, El Vallecas, constituían una de las escuadras, encargadas de manejar uno de aquellos feos pero certeros morteros del 12. Los cuatro eran íntimos amigos desde que se conocieron en el asalto al Cuartel de la Montaña, aquel baluarte facho, cercano a la Plaza de España, donde se habían reunido los sublevados contra el Gobierno Republicano el 18 de Julio.

Después del asalto, aquellos por entonces bisoños milicianos, no tuvieron ningún reparo en subirse a uno de los camiones de las milicias que partieron hacia la sierra madrileña ese mismo día, para quedar encuadrados así por casualidad en una Milicia variopinta por su composición, pero brava en el combate, a la que pusieron el nombre de los castizos, sencillamente porque sus aproximadamente 50 componentes eran todos madrileños de pura cepa.

Hoy, 15 de marzo, la escuadra ha recibido la orden de tener listo el “cacharro”, apelativo con el que se dirigen al mortero que manejan, porque se han observado movimientos sospechosos del enemigo que preludian un posible ataque.

-Vallecas y tú, Manolo, ir engrasando el “cacharro”, que hoy parece que vamos a tener jaleo.

-Sí, mi sargento.

-Mientras tanto,El esquinado y yo vamos a por algunas cajas de obuses -dice Ramírez, con esa impostura en la voz que se le pone cuando la cosa va en serio, que para eso es sargento.

– Sargento no se le olvide pedir que nos traigan agua y provisiones, no vaya a ser que ocurra lo de la última vez y estemos tres días sin comer más que sardinas en lata.

– No te preocupes, Vallecas, que no te vas a quedar sin comer. ¿Por cierto tenemos bastante refrigerante para el mortero?

– Sí -responde Manolo-, el Comisario repartió bastante el otro día.

-Bueno, a la tarea, que nosotros venimos en seguida.

Al salir al pasillo desde el aula de Fisiología, donde está ubicada la escuadra se encuentran con el teniente Giménez y ese nuevo Comisario de Compañía, un ruso de nombre impronunciable y al que todos llaman “Pepito Grillo”, eso sí, a sus espaldas, qué menuda se la gastan estos rusos.

– Hombre, Ramírez, precisamente el Comisario y yo íbamos a veros -dice el teniente.

-A sus órdenes, mi teniente, y a las de usted, Camarada Comisario, siempre se agradece su visita.

-Mire, sargento, dejemos las formalidades por un momento y escuche lo que necesito hoy de su sección -dice Giménez, al tiempo que despliega un mapa sobre uno de los bancos de piedra del pasillo- necesito que concentren el fuego sobre esta cota, señalando un lugar en el mapa. Es importante que cubráis lo mejor que podáis a los camaradas de las trincheras.

-Según el SIM (Servicio de Inteligencia Militar), el ataque probablemente comience en el Clínico, moros y legionarios, como siempre, pero ojo con la artillería pesada y algún tanque. No podéis dejarlos pasar más allá de la cota que os he indicado, ¿entendido?

– Sí, mi teniente.

-Ahora mando a los de comunicaciones para que os instalen un teléfono de campaña. No quiero mensajeros a pie, si podemos evitarlo.

-De acuerdo, mi teniente.

-Bueno, os dejo continuar con lo que estabais haciendo.

-A sus órdenes, camaradas.

2. El combate

Las hostilidades comenzaron en la noche de ese mismo día con un intenso fuego de artillería sobre las posiciones republicanas. Los defensores del baluarte que formaban las facultades de Farmacia, Medicina y Odontología aguantaron como mejor pudieron la lluvia de proyectiles, que duró hasta la madrugada del día 15. Acostumbrados a las escaramuzas de aquella parte del frente madrileño, habían tenido tiempo suficiente para consolidar sus posiciones, por lo que, a pesar del intenso bombardeo, refugiados en sus chabolos de hormigón, sufrieron menos bajas que las que eran de esperar. Por lo que, al inicio del ataque de la infantería enemiga, el número de soldados republicanos que les hicieron frente era mucho mayor que el esperado por los estrategas del Estado Mayor franquista, con lo que la situación no tardó mucho en volverse a estabilizar.

No obstante, los legionarios atacantes consiguieron tomar algunas trincheras lo suficientemente próximas a la Facultad de Medicina como para que el fuego de sus moteros pesados terminase alcanzando tanto al propio edificio como a los baluartes y nidos de ametralladora republicanos, que lo defendían desde el exterior.

El sargento Ramírez y su escuadra de artilleros no pararon de disparar con su cacharro durante casi todo el día sobre la cota que les había marcado el teniente. Las vainas de los obuses se amontonaban a sus pies, pero cerca de la doce del mediodía la munición de que disponían para alimentar su mortero se estaba terminando.

– “Vallecas”, corrige el ángulo de tiro 20 grados, hay que cargarse las posiciones de tiro de los obuses enemigos antes de que nos machaquen -ordeno el sargento

– Y vosotros dos, espaciar los disparos mientras bajo al polvorín a por más “pepinos”

que se nos están terminando. ¿Me habéis oído?

-Sí, mi sargento -respondieron al unisonó El esquinao y Manolo, El Cantalapiedra.

Ramírez salió corriendo de la posición, consciente de que, en aquel momento, con el enemigo tratando de colocar sus moteros lo más cerca posible de sus parapetos, no era el mejor momento para disminuir su propia capacidad de fuego por falta de munición.

Al llegar al sótano del edificio, donde se encontraba el polvorín de la compañía, se encontró con una cola de jefes de escuadra que, tan angustiados como él, demandaban del brigada encargado de la administración del amunizamiento más municiones de motero, más cintas de balas de ametralladora o sencillamente más cargadores para los mosquetones de los infantes.

El brigada y sus ayudantes se movían con rapidez frenética eficiencia entre las cajas del polvorín e iban cumpliendo lo mejor posible las peticiones que iban recibiendo, conscientes, ellos también, de la importancia del momento. Pero cada vez se hacía más patente que la cantidad de munición de todo tipo almacenada en el sótano de la Facultad disminuía rápidamente, y de seguir a este ritmo, la compañía se quedaría sin potencia de fuego dentro de tan solo de unas pocas horas.

– Lo siento, Ramírez, pero solo te puedo dar veinte cargas de mortero -le dijo el brigada al sargento cuando le llegó su turno.

– Pero con veinte cargas apenas me queda capacidad de fuego para una hora, y eso espaciando mucho los disparos.

– Tendrá usted que aguantarse con lo que hay -dijo una voz a sus espaldas.

-Pero, camarada Comisario, como usted comprenderá, nuestros compañeros de las trincheras, las van a pasar canutas sin fuego de cobertura.

– No se preocupe por eso -respondió El ruso-, pronto recibiremos ayuda de algunos tanques que vienen para aquí desde la Moncloa. Mientras tanto haga lo que pueda y recuerde que, si se queda sin munición, siempre puede salir al exterior y colaborar en la defensa con sus fusiles. Y ahora para arriba que sus hombres le estarán necesitando.

– A sus órdenes, pero espero que los tanques lleguen pronto.

– No tenga usted la menor duda, son tanques rusos de lo más moderno.

   Espero que sea verdad, pensó para sus adentros el sargento, consciente como era de que el Comisario diría cualquier cosa con el fin de mantener la moral de los combatientes.

     3. El obús

– Esos “cabrones”, cada vez afinan mejor la puntería -dijo Manolo, El Cantalapiedra.

– Sí, aquellos fachas que manejan el mortero de la izquierda, saben lo que se hacen y están tratando de colocarnos un pepino -respondió El esquinao.

Fue decirlo y como si hubiesen atraído a la mala suerte un obús enemigo, se coló directamente en el aula, rebotando en una esquina y quedándose parado sin explotar en el suelo de la posición.

Ni que decir tiene que los tres artilleros se quedaron blancos; si el obús hubiese explotado en ese momento estarían todos muertos.

Pasado el primer susto El Vallecas, se acercó con mucho cuidado al dichoso obús, comprobando con ojo experto de artillero veterano que la bomba no había explotado porque al entrar por la ventana con una trayectoria más plana de lo habitual, el mecanismo de encendido del explosivo, situado en la punta del proyectil, al no chocar contra nada, había impedido la explosión. De una rápida ojeada comprobó que el obús se correspondía al tipo de munición que utilizaban los moteros del calibre 12, idéntico al que utilizaban ellos, y que en el cuerpo lateral del explosivo ponía fabricado en Trueba año 1924, junto al número de serie correspondiente.

– En cierta manera tiene gracia, “el pepino” que ha estado a punto de mandarnos al “otro barrio” es primo hermano de los que usamos nosotros dijo el artillero -dijo mirando a sus compañeros.

Y fue entonces cuando le surgió la idea. ¿Por qué no devolvérselo a los legionarios?

– Se me está ocurriendo una idea dijo El Vallecas a sus compañeros, por qué no les devolvemos “el pepino” a esos malnacidos con nuestros mejores deseos, a ver si, de paso y con suerte, esta vez explota y se carga unos cuantos “fachas”.

– Tu Cantalapiedra, déjame una tiza de esas que hay junto a la pizarra.

Con la tiza pintó en el lateral del obús un mensaje ofensivo, que firmaron los tres soldados sin ningún reparo: “que el diablo se os lleve, hijos de p.”.

4. La explosión

Mientras todo lo anterior tenía lugar, en el aula donde se encontraba su posición artillera, el sargento Ramírez, ayudado por otros dos camaradas, cargaba escaleras arriba con la caja de veinte proyectiles, para seguir manteniendo el fuego de su mortero más unas marmita con comida y agua, que había recogido de paso en la cocina de la compañía, mientras se acordaba, ya a destiempo, que se había olvidado el refrigerante.

No importa, usaremos parte del agua para enfriar el mortero y si no nuestra propia orina, como hemos hecho otras veces –iba pensado el sargento-, mientras sudaba por todos los poros de su cuerpo, en parte por el peso que acarreaba, en parte por la ansiedad que le producía el hecho de que su escuadra se hubiese quedado ya sin munición.

Fue al llegar a la embocadura del pasillo, tras pasar cerca de las puertas de otras aulas donde otras escuadras, igual que la suya, mantenían un incesante fuego, esta vez de ametralladoras, sobre las posiciones cada vez más cercanas del enemigo, cuando se escuchó una tremenda explosión, que proveniente del aula donde estaban sus amigos, iba derribando con la expansión de la onda explosiva los tabiques más próximos, y que terminó con el sargento tumbado en el suelo, sangrando abundantemente por los oídos y presa de un importante shock que terminó haciéndole perder el conocimiento.

La explosión fue fruto de la manipulación apresurada del obús enemigo por parte del Vallecas, que, en sus prisas por devolver el proyectil a los legionarios utilizando su propio mortero, tuvo la mala suerte de tropezar con la plancha de sostén del “cacharro”, provocando en su caída la activación del mecanismo de encendido del explosivo, con el resultado ya conocido. Los tres amigos, Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao, y Pepe, El Vallecas, muertos en el acto, al igual que los cuatro servidores de la ametralladora sita en el aula más próxima y más de quince heridos entre los restantes ametralladores, los cuales, junto con el sargento Ramírez, terminaron en el hospital de sangre más próximo, tras ser evacuados.

5. El final.

El hueco dejado por la explosión del obús enemigo fue rápidamente taponado por los zapadores de la compañía a base de apilar ruinas y sacos de arena, la posición volvió a cobrar vida tras la incorporación de la sección de reserva de la compañía.

Los moros y los legionarios que habían ocupado parte de las trincheras cercanas a la Facultad de Medicina fueron al fin puestos en retirada por la llegada de los carros de combate apostados en la Moncloa, tal y como había previsto El Ruso. Y el frente quedó más o menos como estaba al comienzo del ataque y así se mantuvo hasta el triunfo de los sublevados en abril del 39.

Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao y Pepe, El Vallecas, fueron enterrados con honores militares, junto al resto de los caídos en la ofensiva del día 15, en el Cementerio del Paseo de la Florida.

El teniente Giménez y su Comisario Político, El Ruso, murieron juntos en la explosión de una mina colocada bajo su puesto de mando en octubre del 38.

Mientras el sargento Ramírez, accedido a teniente del Ejército Republicano, continúo peleando hasta ser capturado, el 2 de abril del 39, en la Casa de Campo, cuando intentaba huir hacia la Sierra. Internado en la Prisión Madrileña de San Antón, fue sometido a Consejo de Guerra por los sublevados, ahora vencedores, y condenado a muerte por, paradójicamente, Rebelión Militar. Fue fusilado junto con otros camaradas en noviembre de ese mismo año.

La esfera

Patient lying on MRI scan bed with technician operating machine and monitoring brain images
A technician prepares a patient for an MRI scan while reviewing brain images on a monitor.

Acabamos de recibir de neurología los resultados del escáner cerebral de Juan. El informe muy detallado del neurólogo viene a concluir que los continuos delirios de nuestro paciente tienen como posible origen un abultamiento esférico situado a mitad de camino entre el sistema límbico del sujeto y su córtex frontal; con ramificaciones axiales que lo conectan, tanto con las áreas de conocimiento como de las emocionales del sujeto, estando también afectadas las partes que procesan el habla y los recuerdos.

“En cuanto a la esfera en sí misma —continúa el neurólogo en sus conclusiones—, examinados los cortes tanto axiales como sagitales, parece estar constituida por ocho células idénticas en tamaño y forma, parecida a una mora, como las que constituyen la mórula del embrión humano en los primeros momentos de división celular”, descartando, “cualquier posible intervención quirúrgica sobre el citado abultamiento, sin poner en serio riesgo la vida del paciente”.

Ante un informe tan categórico del departamento de neurología, decidimos en sesión clínica, y dado el poco efecto que los antipsicóticos hacían para detener los delirios de Juan, intentar abordar su curación por medio de sesiones de hipnosis, que al menos nos permitieran entrever de forma más ordenada lo que eran en las expresiones cotidianas del paciente, una verborrea desordenada de fragmentos de sustantivos y adjetivos, con una aparente desconexión entre los mismos. Quizás, pensábamos, una ilación más ordenada de los delirios nos permitiría, aparte de comprenderlos, intentar aminorarlos con algún tipo de psicoterapia.

Las sesiones de hipnosis con Juan se revelaron bastante complicadas, ya que tratar de hacer que el paciente entrase en un estado de relajación profunda era como tratar de timonear un barco en medio de una tempestad. A cada intento del terapeuta de que el paciente se fuese relajando, éste respondía, agitado, con una serie de sustantivos aparentemente inconexos: tierra, Lucy, bacteria, sol, mar, cielo, cueva, pintura, Manuela, madre, división, etcétera. Y así una y otra vez, con periodos de mutismo intercalados, a los que solían proseguir otras series nuevas, ya no de sustantivos sino de adjetivos tales como: bella, fea, malvada, cliente, frío, indiferente, poderoso, tirano, para después pasar de nuevo de la verborrea al mutismo más absoluto, del que ya era casi imposible sacar a Juan durante algunas horas.

Pedro, el hipnotista clínico, se desesperaba al no conseguir por los medios habituales que nuestro paciente se relajase lo suficiente para poder profundizar algo en su psique. Se nos ocurrió que quizá pudiéramos lograr la calma necesaria para entrever, aunque fuera solo un poco, si había algo de coherencia en los delirios de Juan, recurriendo a una combinación de musicoterapia y una suave sedación inducida mediante algún tipo de anestésico.

Para nuestra satisfacción, esta combinación de música con sedantes empezó a funcionar desde la primera sesión. Tras introducir sonidos como el viento agitando las ramas de los árboles, el canto de un pájaro, el ruido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado, Juan empezó a hilar por primera vez en muchos años un discurso coherente.

—El mar donde viven las bacterias es el origen de la vida en la Tierra. Yo, y ese hermano inacabado que habita en mi cerebro somos los últimos descendientes de un proceso evolutivo que se inició en el agua.

Ni que decir tiene que nos quedamos pasmados ante la emisión de un diálogo tan fluido, surgiendo de la boca de un paciente que antes solo soltaba ristras y ristras de sustantivos y adjetivos sin conexión. Pero nos quedamos más sorprendidos al escuchar que en el dialogo Juan se refería por primera vez a un “hermano inacabado que habita en mi cerebro”.

¿Podríamos encontrarnos ante un síndrome de gemelo evanescente y que el abultamiento en forma de esfera, encontrado en el cerebro de nuestro paciente, no fueran sino los restos reabsorbidos de su gemelo por el cuerpo de Juan durante un embarazo múltiple?

¿Explicaba este síndrome los síntomas de verbosidad excesiva que el paciente padecía desde su infancia?

Esta posible explicación de la sintomatología de Juan se reveló insuficiente, ya que en cuanto apagamos el aparato que emitía el sonido de las olas del mar, Juan volvió a caer en uno de sus mutismos del que no salió ni siquiera cuando pasaron los efectos de la sedación. Nos encontramos así, tras la terapia, con un paciente mudo incapaz de emitir otra cosa que sonidos, pero ninguna palabra.

Dada la situación, llegamos a la conclusión de que si continuáramos con el proceso terapéutico de musicoterapia y sedación podríamos al menos intentar una mejora de los síntomas psicopatológicos de Juan. O al menos, quizá, revertiríamos su actual estado de mudez absoluta.

 Planeamos pues una nueva sesión para el jueves siguiente en el anfiteatro de la facultad de Medicina, dado lo extraordinario del caso y con la esperanza de que alguno de nuestros colegas pudiera orientarnos en algún otro tipo de abordaje terapéutico.

Llegado el día fijado para la sesión, con Juan cómodamente sentado en un sillón, los auriculares puestos y sedado mediante un gotero insertado en una vena de su brazo derecho, el anfiteatro de la facultad lleno hasta los topes de médicos y psicólogos, empezamos a emitir el mismo tipo de sonido que tan buenos resultados nos había proporcionado en la ocasión anterior. Fue visto y no visto, en cuanto el sonido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado llegó a los oídos del paciente, éste comenzó a hablar con una narración perfectamente articulada.

—El mar donde se formaron los primeros cuerpos celulares fue el origen de la vida en la Tierra. Con el paso del tiempo la riqueza y la variedad de vida en el agua y la aparición en tierra de las primeras plantas terminó originando el surgimiento de las especies animales propiamente terrícolas. Las condiciones cambiantes de nuestro planeta hacen que solo terminen superviviendo los organismos mejor adaptados. El primer homínido conocido, Lucy, se puso de pie en Etiopia, la evolución continua su curso: Homo heidelbergensis, Neandertales y, por último, en algunos lugares de África, el Homo sapiens.

<<En el ADN de la célula resultante de la unión del gameto masculino con el femenino, el cigoto, se encuentra sintetizada toda la historia de nuestra evolución. En esta narración de nuestra historia evolutiva, estamos unidos mi hermano inacabado y yo —continuó Juan—. Pero el conflicto fraternal empieza cuando esa mórula conectada como un parásito con mi cerebro, como ser inacabado que es, recibe impulsos emocionales que no termina de comprender, tales como el amor de una madre, la belleza de un cielo azul o el dolor por la muerte de un amigo. Y al no poder asimilarlos racionalmente, cortocircuita mi habla.

<<Ahora, mi hermano está dormido, mecido por el sonido del mar que en nuestros más remotos orígenes nos vio nacer, pero en cuanto el rumor de las olas desaparezca, volverá a pelearse conmigo y mi habla se deteriorará.

Juan, acababa de dar respuesta con este discurso a una de nuestras preguntas: ahora sabíamos que sus síntomas verborreicos eran originados por el cortocircuito producido por la interferencia de la esfera —su hermano inacabado— sobre los sistemas de procesamiento del habla de nuestro paciente, ante el menor conato de activación emocional en su sistema límbico.

Quedaban sin embargo varias cuestiones por resolver. El profundo conocimiento de la historia evolutiva de los seres humanos, que acabábamos de presenciar, ¿era producto del contacto del “hermano inacabado” con los sistemas conocimiento y recuerdo del cerebro de Juan? Y si éste era el caso, ¿serían estas conexiones sinápticas de la esfera, una especie de memoria almacenada en los genes de la mórula del embrión que se activaba como una narración coherente bajo los efectos de la sedación?

Lo que sí parecía evidente para todos los profesionales presentes en el anfiteatro era que aún nos quedaba mucho por investigar, para desgracia de Juan, que volvió a un mutismo absoluto en cuanto cesaron tanto el sonido del mar como la sedación.  

Nunca lo tuve claro

Man holding bouquet and hospital gift bag outside St. Jude's Hospital main entrance
A man stands outside St. Jude’s Hospital holding flowers and a gift bag.

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

Tradiciones  Scouts

Young boy scout in uniform with badges and neckerchief holding a walking stick on a forest trail.
A young boy scout stands smiling on a forest path holding a decorated walking stick.

Hoy y quizás por ser el ultimo cuento de la temporada me gustaría compartir con el Grupo, algunas de las tradiciones scouts que tan felices momentos han hecho pasar a millones de chicos y chicas de todo el mundo durante su infancia y adolescencia. Quizás alguien podría acusarme de estar escribiendo un reportaje más que una narración, pero dado que muchas de estas tradiciones se basan tanto en reconocidos libros infantiles, entremezclados con tradiciones de las tribus indias americanas o leyendas y usos del medievo, bien merecen ser narradas ya que fuera de esta pequeña tribu de 40 millones de personas que componen la Organización Mundial del Movimiento Scout es bastante improbable que sean conocidas.

El Consejo de Roca.

Esta noche es decisiva para mi, veo a la manada, reunida a lo lejos. Akela siguiendo la tradición inmemorial de los lobos, preside el Consejo subida en lo alto de una piedra especialmente escogida, ni muy lejos, ni muy cerca del cubil y es que las deliberaciones de esta asamblea deben de permanecer secretas, incluso para los pequeños lobeznos como yo.

Pero todos los lobos jóvenes saben desde pequeños, que algún día, terminado su aprendizaje de las leyes de la selva, en el Consejo se hablara de ellos y para bien o para mal, las liberaciones de la manada decidirán su futuro.

¿Esta preparado el joven cachorro para realizar la ceremonia de entrada en la gran hermandad scouts o deberá ser devuelto a Baloo para reiniciar su aprendizaje?.

¿Es el joven cachorro capaz de asumir sus responsabilidades en la caza, o es simplemente un inconsciente y vago Bandar-log, incapaz de no hacer nada provechoso?

¿Es acaso como Ikki, el puerco espín, entrometido y charlatán? ¿o más bien tiene las cualidades de Faona, el mejor lobo rastreador de la manada.?

Tras horas de espera, mi inquietud se trasforma en pánico, cunando mi hermano mayor Hermano Gris, se acerca lentamente a mi para pedirme que me acerque al circulo del Consejo, para oír el veredicto. Lo veo tan serio y circunspecto que me imagino volviendo al cubil con el rabo entre las piernas. Solo algo en su olor me dice que mis temores son infundados y que probablemente seré admitido en la manada.

Llego al circulo del Consejo, todos me miran, pero yo solo tengo ojos para Akela, que desde su elevada posición en la roca levanta la cabeza hacia la luna y lanza un gran aullido, que es contestado con otro parecido por el resto de los lobos adultos y así yo y toda la selva conmigo sabemos que hay un nuevo lobo en la manada.

Buena caza compañero, me dice mi hermano al oído y yo me siento en ese momento una de las personas más felices de la tierra.

La planta nueve

Hotel bellhop in uniform with luggage cart holding suitcases in elegant hotel lobby
A hotel bellhop stands smiling next to a luggage cart loaded with suitcases in a luxurious lobby.

Desde su construcción por los norteamericanos en 1929 de la sede de la Compañía Telefónica, en el número 28 de la Gran Vía madrileña, la planta 9 del que en su día fue el edificio más alto de la capital alojó tradicionalmente la sala donde se reunía mensualmente el Consejo de Administración y los despachos de su Presidente y de sus Directores Generales. Al servicio de estos altos cargos, además de sus secretarias y mecanógrafas, había una serie de muchachos entre los 15 a 17 años de edad, los “repartidores botones”, que bajo el mando de dos ordenanzas se encargaban entre otras muchas cosas del reparto del correo interno, hacer los múltiples y variados recados que les encomendaban, que podían ir desde llevar cartas u otros documentos a los domicilios de los consejeros hasta esperar pacientemente la cola para sacar un recibo de lotería en Doña Manolita.

El nombre de “repartidores botones” hacía referencia tanto a su trabajo como al uniforme gris claro, con 22 botones del mismo color, 11 en cada lado, que adornaban la pechera de una guerrera cerrada hasta el cuello, que junto a un pantalón del mismo color y unos siempre brillantes zapatos negros completaban su atuendo.

Agustín, entró a trabajar en “la nueve” como botones, adscrito al servicio de los directores generales, el 9 de diciembre de 1969, dejando atrás con esta incorporación al mundo del trabajo muchos de sus sueños adolescentes.

La entrada a este mundo adulto, con personas que ejercían la dirección de una compañía, que por aquel entonces tenía en nómina casi 75000 empleados, supuso al principio un choque brutal que le hizo pasar de una adolescencia más o menos feliz a su conversión en un siervo de gleba, dadas las normas y modos de comportamiento que regulaban la vida en aquellos oscuros pasillos de mármol de Carrara.

Tuvo que acostumbrase a que la jefa del personal subalterno del edificio pasara revista diariamente a su uniforme de arriba a bajo antes de permitirle subir a “la planta noble”: los 22 botones brillantes y perfectamente cosidos, la raya del pantalón recta, los zapatos brillantes como espejos y, por supuesto, el pelo corto y bien peinado, en una época en la que los chicos de su edad, siguiendo la moda, empezaban a llevar melenas cada vez más largas. Aprendió que debía levantarse con presteza del incómodo banco donde se sentaban los botones a la espera de ser llamados mediante un sistema de timbres numerados, para pulsar el botón del ascensor privado que unía el vestíbulo del edificio con “la nueve” y permanecer de pie, casi en posición de firmes junto a sus compañeros hasta la llegada del mismo, aunque quien quisiera utilizar el dichoso trasto fuera una simple secretaria.

De un día para otro, necesitó convertirse en “malabarista”, pues no era infrecuente que tuviese que subir una o varias jarras de café, acompañadas de sus correspondientes servicios, desde la planta sexta del rascacielos, donde se encontraba la cafetería, hasta “la nueve” sin derramar ni una sola gota de líquido en la bandeja que llevaba entre las manos, y por supuesto sin romper ninguna taza, si no quería sufrir algún improperio de la “jefa de régimen”, que regentaba con mano de hierro aquel gineceo donde estaban las telefonistas y al que los únicos hombres que podían entrar eran los “repartidores botones” o los mecánicos de guardia en caso de avería.

Pero de todas estas “servidumbres”, la más odiada por Agustín, durante los cuatro años que prestó servicio en aquella planta, fue tener que abrir la puerta del despacho de los Directores a su llegada y recogerles el abrigo o la chaqueta cuando se lo quitaban, procurando que la dichosa prenda no cayese por un descuido al suelo, para colgarla en su correspondiente percha dentro del armario empotrado y forrado de caoba del que estaban dotados todos los despachos de aquella planta.

Por fin, en 1973, nuestro botones dejó de prestar sus servicios en “la nueve” al ser “ascendido” a subalterno, pero ese hecho se merece una nueva historia.

La nata con azúcar

Glass cup of coffee with whipped cream and cinnamon on wooden table with cafe background
A glass cup of coffee topped with whipped cream sits on a wooden table in a cozy cafe

Curiosamente mis primeros recuerdos infantiles están relacionados con el sentido del gusto. El primero con el placer que me producía comer una rebanada de pan untada con la nata que se hacía con leche de vaca recién hervida y el otro con el amargo sabor del aceite de bacalao que, al parecer, por prescripción facultativa tenía que tomar una vez al mes para prevenir el raquitismo.

En este relato voy a hablar precisamente de mi majar infantil preferido: la nata de la leche recién hervida espolvoreada con azúcar.

Cuando era pequeño en mi calle existía una lechería que vendía leche de vaca recién ordeñada, a granel, pues, si la memoria no me falla, en la trastienda de aquel local tenían varias vacas. Cogido de la mano, unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna, que por aquel entonces vivía con nosotros en una buhardilla del numero 9 del callejón de Álvarez Gato, yo solía acompañarlas, casi todas las tardes, a comprar la leche que se iba a utilizar para los desayunos de la mañana siguiente.

Por aquel entonces, finales de los años cincuenta y principios de los 60 del pasado siglo, aún no se había comercializado la leche de vaca embotellada y mucho menos la pasteurizada. Las clientas, en aquel tiempo los hombres no solían hacer la compra, acudían a las lecherías con unos recipientes de hojalata, que se cerraban más o menos herméticamente con una tapa de la que sobresalía un asa para trasportarla.

—Buenas tardes, señora Josefa, ¿ponemos lo de siempre? —solía saludar zalamero el lechero.

—Buenas tardes, Bernardo, sí un litro de leche —decían mi madre o mi abuela, ya que ambas tenían el mismo nombre, al tiempo que le entregaban el cántaro por encima del mostrador.

—Veo que hoy viene bien acompañada, cómo crece el “chavea” —continuaba el lechero, refiriéndose a mí, al tiempo que medía la leche con un tarro de cristal que tenía marcada las diferentes cantidades que podía pedir cualquier clienta: un cuarto, medio litro, un litro, etcétera.

Mi abuela o mi madre se encaminaban a casa, con la idea de poner a hervir en nuestra cocina de carbón la leche recién comprada. Cagadas con la lechera en una mano y sujetándome fuertemente con la otra, ya que yo era por entonces un niño bastante travieso y no era raro que me soltara de mi acompañante y escapara corriendo calle arriba, hasta alcanzar la calle de Núñez de Arce donde podía ser atropellado por algún coche, o despareciera en el zaguán de cualquier portal con idea de permanecer escondido todo el tiempo que pudiera.

Pues bien, una vez puesta la leche a calentar en el fogón, yo esperaba impaciente, muchas veces sin tan siquiera desprenderme del abrigo, a que aquel líquido blanco fuera condensando en su superficie la nata que, espolvoreada de azúcar y untada sobre un trozo de pan, me iba a servir de merienda.

—Agustín, ¿qué haces aquí? Ve a tu cuarto y ponte la ropa de casa, que a la leche aún le queda un buen rato para hervir.

— Agustín, no te acerques tanto al fogón que te puedes quemar.

Estas expresiones las oía todas las tardes y solo a regañadientes hacia caso, pues mi paladar había empezado a segregar saliva, anticipando el sabor exquisito de aquel manjar.

Protocolo de suicidio

Protocolo de suicidio

Person in green hoodie standing on cliff overlooking ocean at sunset
A young person stands on a rocky cliff, looking out at the ocean during sunset.

Me he despertado, no sé cómo, atado de pies y manos en la cama de un hospital. Estoy solo en una habitación de la que únicamente puedo ver, dada mi posición, el techo. Un techo blanco con la escayola algo agrietada. Si giro un poco la cabeza hacia mi derecha aprecio en una esquina una cámara con la que creo que me vigilan.

Apenas recuerdo cómo llegué aquí. En mi cabeza vagos recuerdos de unos sanitarios que me están colocando un gotero en un brazo y una mascarilla de oxígeno que me cubre la cara. Alguien, supongo que el médico del equipo que me atiende me pregunta: ¿Cómo te llamas?, ¿sabes dónde estás?

-Me llamo Manuel y me parece que estoy dentro de una ambulancia ¾respondo antes de quedarme dormido, supongo que por efecto de algún sedante que me habrán inyectado.

-Vaya, por fin te has despertado ¾me dice alguien que ha entrado en la habitación¾. Lo primero vamos a desatarte y tomarte las constantes.

-12/8 de tensión, 54 pulsaciones por minuto y 97% de saturación. ¾recita a la vez que anota estos valores en un cuaderno. ¾No está mal; siéntate con cuidado, que enseguida vendrá la psiquiatra a hablar contigo.

Mientras me siento en la cama voy recordando por qué estoy aquí. Sencillamente he intentado suicidarme. Dicen los especialistas que el suicidio es producto de la desesperanza. Y quién no va a estar desesperanzado, si ha pasado por un divorcio reciente, que le ha obligado a salir de su casa con “una mano delante y otra detrás” como quien dice.

Ya he estado antes en una situación parecida, cuando intenté quitarme la vida, en otra ciudad, fruto de un brote psicótico por consumir demasiado éxtasis. O sea que ya sé lo que me espera, estar sometido durante unos días al protocolo de suicidio: observación constante, armario de la ropa herméticamente cerrado, nada de muebles en la habitación salvo la cama, zapatillas y chándal de hospital, sin cordones ni cinturón. Vida de monje de clausura, en definitiva.

-Hola, Manuel, ¿cómo estas? -irrumpe en la habitación la psiquiatra. Hecho una mierda, pienso, mientras empieza la ronda de preguntas.

Esa chica que tengo en la cabeza

Smiling young woman with blonde hair sitting on a bench outdoors surrounded by greenery
A young woman with blonde hair smiles warmly while sitting outside on a bench.

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.