La esfera

Patient lying on MRI scan bed with technician operating machine and monitoring brain images
A technician prepares a patient for an MRI scan while reviewing brain images on a monitor.

Acabamos de recibir de neurología los resultados del escáner cerebral de Juan. El informe muy detallado del neurólogo viene a concluir que los continuos delirios de nuestro paciente tienen como posible origen un abultamiento esférico situado a mitad de camino entre el sistema límbico del sujeto y su córtex frontal; con ramificaciones axiales que lo conectan, tanto con las áreas de conocimiento como de las emocionales del sujeto, estando también afectadas las partes que procesan el habla y los recuerdos.

“En cuanto a la esfera en sí misma —continúa el neurólogo en sus conclusiones—, examinados los cortes tanto axiales como sagitales, parece estar constituida por ocho células idénticas en tamaño y forma, parecida a una mora, como las que constituyen la mórula del embrión humano en los primeros momentos de división celular”, descartando, “cualquier posible intervención quirúrgica sobre el citado abultamiento, sin poner en serio riesgo la vida del paciente”.

Ante un informe tan categórico del departamento de neurología, decidimos en sesión clínica, y dado el poco efecto que los antipsicóticos hacían para detener los delirios de Juan, intentar abordar su curación por medio de sesiones de hipnosis, que al menos nos permitieran entrever de forma más ordenada lo que eran en las expresiones cotidianas del paciente, una verborrea desordenada de fragmentos de sustantivos y adjetivos, con una aparente desconexión entre los mismos. Quizás, pensábamos, una ilación más ordenada de los delirios nos permitiría, aparte de comprenderlos, intentar aminorarlos con algún tipo de psicoterapia.

Las sesiones de hipnosis con Juan se revelaron bastante complicadas, ya que tratar de hacer que el paciente entrase en un estado de relajación profunda era como tratar de timonear un barco en medio de una tempestad. A cada intento del terapeuta de que el paciente se fuese relajando, éste respondía, agitado, con una serie de sustantivos aparentemente inconexos: tierra, Lucy, bacteria, sol, mar, cielo, cueva, pintura, Manuela, madre, división, etcétera. Y así una y otra vez, con periodos de mutismo intercalados, a los que solían proseguir otras series nuevas, ya no de sustantivos sino de adjetivos tales como: bella, fea, malvada, cliente, frío, indiferente, poderoso, tirano, para después pasar de nuevo de la verborrea al mutismo más absoluto, del que ya era casi imposible sacar a Juan durante algunas horas.

Pedro, el hipnotista clínico, se desesperaba al no conseguir por los medios habituales que nuestro paciente se relajase lo suficiente para poder profundizar algo en su psique. Se nos ocurrió que quizá pudiéramos lograr la calma necesaria para entrever, aunque fuera solo un poco, si había algo de coherencia en los delirios de Juan, recurriendo a una combinación de musicoterapia y una suave sedación inducida mediante algún tipo de anestésico.

Para nuestra satisfacción, esta combinación de música con sedantes empezó a funcionar desde la primera sesión. Tras introducir sonidos como el viento agitando las ramas de los árboles, el canto de un pájaro, el ruido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado, Juan empezó a hilar por primera vez en muchos años un discurso coherente.

—El mar donde viven las bacterias es el origen de la vida en la Tierra. Yo, y ese hermano inacabado que habita en mi cerebro somos los últimos descendientes de un proceso evolutivo que se inició en el agua.

Ni que decir tiene que nos quedamos pasmados ante la emisión de un diálogo tan fluido, surgiendo de la boca de un paciente que antes solo soltaba ristras y ristras de sustantivos y adjetivos sin conexión. Pero nos quedamos más sorprendidos al escuchar que en el dialogo Juan se refería por primera vez a un “hermano inacabado que habita en mi cerebro”.

¿Podríamos encontrarnos ante un síndrome de gemelo evanescente y que el abultamiento en forma de esfera, encontrado en el cerebro de nuestro paciente, no fueran sino los restos reabsorbidos de su gemelo por el cuerpo de Juan durante un embarazo múltiple?

¿Explicaba este síndrome los síntomas de verbosidad excesiva que el paciente padecía desde su infancia?

Esta posible explicación de la sintomatología de Juan se reveló insuficiente, ya que en cuanto apagamos el aparato que emitía el sonido de las olas del mar, Juan volvió a caer en uno de sus mutismos del que no salió ni siquiera cuando pasaron los efectos de la sedación. Nos encontramos así, tras la terapia, con un paciente mudo incapaz de emitir otra cosa que sonidos, pero ninguna palabra.

Dada la situación, llegamos a la conclusión de que si continuáramos con el proceso terapéutico de musicoterapia y sedación podríamos al menos intentar una mejora de los síntomas psicopatológicos de Juan. O al menos, quizá, revertiríamos su actual estado de mudez absoluta.

 Planeamos pues una nueva sesión para el jueves siguiente en el anfiteatro de la facultad de Medicina, dado lo extraordinario del caso y con la esperanza de que alguno de nuestros colegas pudiera orientarnos en algún otro tipo de abordaje terapéutico.

Llegado el día fijado para la sesión, con Juan cómodamente sentado en un sillón, los auriculares puestos y sedado mediante un gotero insertado en una vena de su brazo derecho, el anfiteatro de la facultad lleno hasta los topes de médicos y psicólogos, empezamos a emitir el mismo tipo de sonido que tan buenos resultados nos había proporcionado en la ocasión anterior. Fue visto y no visto, en cuanto el sonido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado llegó a los oídos del paciente, éste comenzó a hablar con una narración perfectamente articulada.

—El mar donde se formaron los primeros cuerpos celulares fue el origen de la vida en la Tierra. Con el paso del tiempo la riqueza y la variedad de vida en el agua y la aparición en tierra de las primeras plantas terminó originando el surgimiento de las especies animales propiamente terrícolas. Las condiciones cambiantes de nuestro planeta hacen que solo terminen superviviendo los organismos mejor adaptados. El primer homínido conocido, Lucy, se puso de pie en Etiopia, la evolución continua su curso: Homo heidelbergensis, Neandertales y, por último, en algunos lugares de África, el Homo sapiens.

<<En el ADN de la célula resultante de la unión del gameto masculino con el femenino, el cigoto, se encuentra sintetizada toda la historia de nuestra evolución. En esta narración de nuestra historia evolutiva, estamos unidos mi hermano inacabado y yo —continuó Juan—. Pero el conflicto fraternal empieza cuando esa mórula conectada como un parásito con mi cerebro, como ser inacabado que es, recibe impulsos emocionales que no termina de comprender, tales como el amor de una madre, la belleza de un cielo azul o el dolor por la muerte de un amigo. Y al no poder asimilarlos racionalmente, cortocircuita mi habla.

<<Ahora, mi hermano está dormido, mecido por el sonido del mar que en nuestros más remotos orígenes nos vio nacer, pero en cuanto el rumor de las olas desaparezca, volverá a pelearse conmigo y mi habla se deteriorará.

Juan, acababa de dar respuesta con este discurso a una de nuestras preguntas: ahora sabíamos que sus síntomas verborreicos eran originados por el cortocircuito producido por la interferencia de la esfera —su hermano inacabado— sobre los sistemas de procesamiento del habla de nuestro paciente, ante el menor conato de activación emocional en su sistema límbico.

Quedaban sin embargo varias cuestiones por resolver. El profundo conocimiento de la historia evolutiva de los seres humanos, que acabábamos de presenciar, ¿era producto del contacto del “hermano inacabado” con los sistemas conocimiento y recuerdo del cerebro de Juan? Y si éste era el caso, ¿serían estas conexiones sinápticas de la esfera, una especie de memoria almacenada en los genes de la mórula del embrión que se activaba como una narración coherente bajo los efectos de la sedación?

Lo que sí parecía evidente para todos los profesionales presentes en el anfiteatro era que aún nos quedaba mucho por investigar, para desgracia de Juan, que volvió a un mutismo absoluto en cuanto cesaron tanto el sonido del mar como la sedación.  

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