1 La escuadra

Llevaban en esa posición demasiado tiempo, más o menos desde que el frente se había estabilizado a principios del 37. Habían llegado aquel piso de la Facultad de Medicina tras una ofensiva sangrienta, siguiendo río arriba desde su posición inicial muy cerca del Puente de los Franceses. Ellos eran los últimos reductos de aquella compañía variopinta que junto a la XI Brigada Internacional habían resistido uno a uno los envites iniciales de los moros del General Varela, la lucha piso a piso y habitación a habitación del Hospital Clínico, hasta el establecimiento de un frente más o menos regular, una vez que Franco y sus generales se dieron cuenta, a base de incontables bajas, de que el lema “no pasaran” era algo más que un apelativo propagandístico.
Desde la militarización de las milicias en octubre del 36, la compañía, antes milicia de los castizos, había quedado enmarcada, pese a la resistencia inicial de algún compañero anarquista, en la II Brigada Mixta del Ejercito Popular y los antiguos castizos. Dotados de armamento ruso y morteros capturados al enemigo, se había terminado convirtiendo en una compañía de apoyo de fuego ligero, con secciones de ametralladoras, cañones antitanque y moteros pesados del calibre 12.
Desde febrero del 37, la compañía era comandada por el teniente Giménez, antiguo militar de carrera y uno de los pocos oficiales del antiguo Parque de Artillería de Madrid que se había mantenido fiel a la Republica el 18 de Julio. Como comunista convencido y militar a ultranza, era sobre todo un férreo partidario de la disciplina, por lo que era mirado con cierto recelo por alguno de sus hombres, a pesar de lo cual nadie le discutía su pericia como artillero.
Su misión principal por aquel entonces era la de cubrir con el fuego de sus cañones y morteros cualquier intento de ataque de los sublevados de aquella punta de lanza del frente de Madrid, así como enmascarar con el ruido de sus disparos, a los “mineros” cuando estos estaban en pleno apogeo en la construcción de algún túnel que les permitiera colocar explosivos debajo mismo de las posiciones enemigas.
El sargento Ramírez, junto con los artilleros Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao y Pepe, El Vallecas, constituían una de las escuadras, encargadas de manejar uno de aquellos feos pero certeros morteros del 12. Los cuatro eran íntimos amigos desde que se conocieron en el asalto al Cuartel de la Montaña, aquel baluarte facho, cercano a la Plaza de España, donde se habían reunido los sublevados contra el Gobierno Republicano el 18 de Julio.
Después del asalto, aquellos por entonces bisoños milicianos, no tuvieron ningún reparo en subirse a uno de los camiones de las milicias que partieron hacia la sierra madrileña ese mismo día, para quedar encuadrados así por casualidad en una Milicia variopinta por su composición, pero brava en el combate, a la que pusieron el nombre de los castizos, sencillamente porque sus aproximadamente 50 componentes eran todos madrileños de pura cepa.
Hoy, 15 de marzo, la escuadra ha recibido la orden de tener listo el “cacharro”, apelativo con el que se dirigen al mortero que manejan, porque se han observado movimientos sospechosos del enemigo que preludian un posible ataque.
-Vallecas y tú, Manolo, ir engrasando el “cacharro”, que hoy parece que vamos a tener jaleo.
-Sí, mi sargento.
-Mientras tanto,El esquinado y yo vamos a por algunas cajas de obuses -dice Ramírez, con esa impostura en la voz que se le pone cuando la cosa va en serio, que para eso es sargento.
– Sargento no se le olvide pedir que nos traigan agua y provisiones, no vaya a ser que ocurra lo de la última vez y estemos tres días sin comer más que sardinas en lata.
– No te preocupes, Vallecas, que no te vas a quedar sin comer. ¿Por cierto tenemos bastante refrigerante para el mortero?
– Sí -responde Manolo-, el Comisario repartió bastante el otro día.
-Bueno, a la tarea, que nosotros venimos en seguida.
Al salir al pasillo desde el aula de Fisiología, donde está ubicada la escuadra se encuentran con el teniente Giménez y ese nuevo Comisario de Compañía, un ruso de nombre impronunciable y al que todos llaman “Pepito Grillo”, eso sí, a sus espaldas, qué menuda se la gastan estos rusos.
– Hombre, Ramírez, precisamente el Comisario y yo íbamos a veros -dice el teniente.
-A sus órdenes, mi teniente, y a las de usted, Camarada Comisario, siempre se agradece su visita.
-Mire, sargento, dejemos las formalidades por un momento y escuche lo que necesito hoy de su sección -dice Giménez, al tiempo que despliega un mapa sobre uno de los bancos de piedra del pasillo- necesito que concentren el fuego sobre esta cota, señalando un lugar en el mapa. Es importante que cubráis lo mejor que podáis a los camaradas de las trincheras.
-Según el SIM (Servicio de Inteligencia Militar), el ataque probablemente comience en el Clínico, moros y legionarios, como siempre, pero ojo con la artillería pesada y algún tanque. No podéis dejarlos pasar más allá de la cota que os he indicado, ¿entendido?
– Sí, mi teniente.
-Ahora mando a los de comunicaciones para que os instalen un teléfono de campaña. No quiero mensajeros a pie, si podemos evitarlo.
-De acuerdo, mi teniente.
-Bueno, os dejo continuar con lo que estabais haciendo.
-A sus órdenes, camaradas.
2. El combate
Las hostilidades comenzaron en la noche de ese mismo día con un intenso fuego de artillería sobre las posiciones republicanas. Los defensores del baluarte que formaban las facultades de Farmacia, Medicina y Odontología aguantaron como mejor pudieron la lluvia de proyectiles, que duró hasta la madrugada del día 15. Acostumbrados a las escaramuzas de aquella parte del frente madrileño, habían tenido tiempo suficiente para consolidar sus posiciones, por lo que, a pesar del intenso bombardeo, refugiados en sus chabolos de hormigón, sufrieron menos bajas que las que eran de esperar. Por lo que, al inicio del ataque de la infantería enemiga, el número de soldados republicanos que les hicieron frente era mucho mayor que el esperado por los estrategas del Estado Mayor franquista, con lo que la situación no tardó mucho en volverse a estabilizar.
No obstante, los legionarios atacantes consiguieron tomar algunas trincheras lo suficientemente próximas a la Facultad de Medicina como para que el fuego de sus moteros pesados terminase alcanzando tanto al propio edificio como a los baluartes y nidos de ametralladora republicanos, que lo defendían desde el exterior.
El sargento Ramírez y su escuadra de artilleros no pararon de disparar con su cacharro durante casi todo el día sobre la cota que les había marcado el teniente. Las vainas de los obuses se amontonaban a sus pies, pero cerca de la doce del mediodía la munición de que disponían para alimentar su mortero se estaba terminando.
– “Vallecas”, corrige el ángulo de tiro 20 grados, hay que cargarse las posiciones de tiro de los obuses enemigos antes de que nos machaquen -ordeno el sargento
– Y vosotros dos, espaciar los disparos mientras bajo al polvorín a por más “pepinos”
que se nos están terminando. ¿Me habéis oído?
-Sí, mi sargento -respondieron al unisonó El esquinao y Manolo, El Cantalapiedra.
Ramírez salió corriendo de la posición, consciente de que, en aquel momento, con el enemigo tratando de colocar sus moteros lo más cerca posible de sus parapetos, no era el mejor momento para disminuir su propia capacidad de fuego por falta de munición.
Al llegar al sótano del edificio, donde se encontraba el polvorín de la compañía, se encontró con una cola de jefes de escuadra que, tan angustiados como él, demandaban del brigada encargado de la administración del amunizamiento más municiones de motero, más cintas de balas de ametralladora o sencillamente más cargadores para los mosquetones de los infantes.
El brigada y sus ayudantes se movían con rapidez frenética eficiencia entre las cajas del polvorín e iban cumpliendo lo mejor posible las peticiones que iban recibiendo, conscientes, ellos también, de la importancia del momento. Pero cada vez se hacía más patente que la cantidad de munición de todo tipo almacenada en el sótano de la Facultad disminuía rápidamente, y de seguir a este ritmo, la compañía se quedaría sin potencia de fuego dentro de tan solo de unas pocas horas.
– Lo siento, Ramírez, pero solo te puedo dar veinte cargas de mortero -le dijo el brigada al sargento cuando le llegó su turno.
– Pero con veinte cargas apenas me queda capacidad de fuego para una hora, y eso espaciando mucho los disparos.
– Tendrá usted que aguantarse con lo que hay -dijo una voz a sus espaldas.
-Pero, camarada Comisario, como usted comprenderá, nuestros compañeros de las trincheras, las van a pasar canutas sin fuego de cobertura.
– No se preocupe por eso -respondió El ruso-, pronto recibiremos ayuda de algunos tanques que vienen para aquí desde la Moncloa. Mientras tanto haga lo que pueda y recuerde que, si se queda sin munición, siempre puede salir al exterior y colaborar en la defensa con sus fusiles. Y ahora para arriba que sus hombres le estarán necesitando.
– A sus órdenes, pero espero que los tanques lleguen pronto.
– No tenga usted la menor duda, son tanques rusos de lo más moderno.
Espero que sea verdad, pensó para sus adentros el sargento, consciente como era de que el Comisario diría cualquier cosa con el fin de mantener la moral de los combatientes.
3. El obús
– Esos “cabrones”, cada vez afinan mejor la puntería -dijo Manolo, El Cantalapiedra.
– Sí, aquellos fachas que manejan el mortero de la izquierda, saben lo que se hacen y están tratando de colocarnos un pepino -respondió El esquinao.
Fue decirlo y como si hubiesen atraído a la mala suerte un obús enemigo, se coló directamente en el aula, rebotando en una esquina y quedándose parado sin explotar en el suelo de la posición.
Ni que decir tiene que los tres artilleros se quedaron blancos; si el obús hubiese explotado en ese momento estarían todos muertos.
Pasado el primer susto El Vallecas, se acercó con mucho cuidado al dichoso obús, comprobando con ojo experto de artillero veterano que la bomba no había explotado porque al entrar por la ventana con una trayectoria más plana de lo habitual, el mecanismo de encendido del explosivo, situado en la punta del proyectil, al no chocar contra nada, había impedido la explosión. De una rápida ojeada comprobó que el obús se correspondía al tipo de munición que utilizaban los moteros del calibre 12, idéntico al que utilizaban ellos, y que en el cuerpo lateral del explosivo ponía fabricado en Trueba año 1924, junto al número de serie correspondiente.
– En cierta manera tiene gracia, “el pepino” que ha estado a punto de mandarnos al “otro barrio” es primo hermano de los que usamos nosotros dijo el artillero -dijo mirando a sus compañeros.
Y fue entonces cuando le surgió la idea. ¿Por qué no devolvérselo a los legionarios?
– Se me está ocurriendo una idea dijo El Vallecas a sus compañeros, por qué no les devolvemos “el pepino” a esos malnacidos con nuestros mejores deseos, a ver si, de paso y con suerte, esta vez explota y se carga unos cuantos “fachas”.
– Tu Cantalapiedra, déjame una tiza de esas que hay junto a la pizarra.
Con la tiza pintó en el lateral del obús un mensaje ofensivo, que firmaron los tres soldados sin ningún reparo: “que el diablo se os lleve, hijos de p.”.
4. La explosión
Mientras todo lo anterior tenía lugar, en el aula donde se encontraba su posición artillera, el sargento Ramírez, ayudado por otros dos camaradas, cargaba escaleras arriba con la caja de veinte proyectiles, para seguir manteniendo el fuego de su mortero más unas marmita con comida y agua, que había recogido de paso en la cocina de la compañía, mientras se acordaba, ya a destiempo, que se había olvidado el refrigerante.
No importa, usaremos parte del agua para enfriar el mortero y si no nuestra propia orina, como hemos hecho otras veces –iba pensado el sargento-, mientras sudaba por todos los poros de su cuerpo, en parte por el peso que acarreaba, en parte por la ansiedad que le producía el hecho de que su escuadra se hubiese quedado ya sin munición.
Fue al llegar a la embocadura del pasillo, tras pasar cerca de las puertas de otras aulas donde otras escuadras, igual que la suya, mantenían un incesante fuego, esta vez de ametralladoras, sobre las posiciones cada vez más cercanas del enemigo, cuando se escuchó una tremenda explosión, que proveniente del aula donde estaban sus amigos, iba derribando con la expansión de la onda explosiva los tabiques más próximos, y que terminó con el sargento tumbado en el suelo, sangrando abundantemente por los oídos y presa de un importante shock que terminó haciéndole perder el conocimiento.
La explosión fue fruto de la manipulación apresurada del obús enemigo por parte del Vallecas, que, en sus prisas por devolver el proyectil a los legionarios utilizando su propio mortero, tuvo la mala suerte de tropezar con la plancha de sostén del “cacharro”, provocando en su caída la activación del mecanismo de encendido del explosivo, con el resultado ya conocido. Los tres amigos, Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao, y Pepe, El Vallecas, muertos en el acto, al igual que los cuatro servidores de la ametralladora sita en el aula más próxima y más de quince heridos entre los restantes ametralladores, los cuales, junto con el sargento Ramírez, terminaron en el hospital de sangre más próximo, tras ser evacuados.
5. El final.
El hueco dejado por la explosión del obús enemigo fue rápidamente taponado por los zapadores de la compañía a base de apilar ruinas y sacos de arena, la posición volvió a cobrar vida tras la incorporación de la sección de reserva de la compañía.
Los moros y los legionarios que habían ocupado parte de las trincheras cercanas a la Facultad de Medicina fueron al fin puestos en retirada por la llegada de los carros de combate apostados en la Moncloa, tal y como había previsto El Ruso. Y el frente quedó más o menos como estaba al comienzo del ataque y así se mantuvo hasta el triunfo de los sublevados en abril del 39.
Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao y Pepe, El Vallecas, fueron enterrados con honores militares, junto al resto de los caídos en la ofensiva del día 15, en el Cementerio del Paseo de la Florida.
El teniente Giménez y su Comisario Político, El Ruso, murieron juntos en la explosión de una mina colocada bajo su puesto de mando en octubre del 38.
Mientras el sargento Ramírez, accedido a teniente del Ejército Republicano, continúo peleando hasta ser capturado, el 2 de abril del 39, en la Casa de Campo, cuando intentaba huir hacia la Sierra. Internado en la Prisión Madrileña de San Antón, fue sometido a Consejo de Guerra por los sublevados, ahora vencedores, y condenado a muerte por, paradójicamente, Rebelión Militar. Fue fusilado junto con otros camaradas en noviembre de ese mismo año.