La nata con azúcar

Glass cup of coffee with whipped cream and cinnamon on wooden table with cafe background
A glass cup of coffee topped with whipped cream sits on a wooden table in a cozy cafe

Curiosamente mis primeros recuerdos infantiles están relacionados con el sentido del gusto. El primero con el placer que me producía comer una rebanada de pan untada con la nata que se hacía con leche de vaca recién hervida y el otro con el amargo sabor del aceite de bacalao que, al parecer, por prescripción facultativa tenía que tomar una vez al mes para prevenir el raquitismo.

En este relato voy a hablar precisamente de mi majar infantil preferido: la nata de la leche recién hervida espolvoreada con azúcar.

Cuando era pequeño en mi calle existía una lechería que vendía leche de vaca recién ordeñada, a granel, pues, si la memoria no me falla, en la trastienda de aquel local tenían varias vacas. Cogido de la mano, unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna, que por aquel entonces vivía con nosotros en una buhardilla del numero 9 del callejón de Álvarez Gato, yo solía acompañarlas, casi todas las tardes, a comprar la leche que se iba a utilizar para los desayunos de la mañana siguiente.

Por aquel entonces, finales de los años cincuenta y principios de los 60 del pasado siglo, aún no se había comercializado la leche de vaca embotellada y mucho menos la pasteurizada. Las clientas, en aquel tiempo los hombres no solían hacer la compra, acudían a las lecherías con unos recipientes de hojalata, que se cerraban más o menos herméticamente con una tapa de la que sobresalía un asa para trasportarla.

—Buenas tardes, señora Josefa, ¿ponemos lo de siempre? —solía saludar zalamero el lechero.

—Buenas tardes, Bernardo, sí un litro de leche —decían mi madre o mi abuela, ya que ambas tenían el mismo nombre, al tiempo que le entregaban el cántaro por encima del mostrador.

—Veo que hoy viene bien acompañada, cómo crece el “chavea” —continuaba el lechero, refiriéndose a mí, al tiempo que medía la leche con un tarro de cristal que tenía marcada las diferentes cantidades que podía pedir cualquier clienta: un cuarto, medio litro, un litro, etcétera.

Mi abuela o mi madre se encaminaban a casa, con la idea de poner a hervir en nuestra cocina de carbón la leche recién comprada. Cagadas con la lechera en una mano y sujetándome fuertemente con la otra, ya que yo era por entonces un niño bastante travieso y no era raro que me soltara de mi acompañante y escapara corriendo calle arriba, hasta alcanzar la calle de Núñez de Arce donde podía ser atropellado por algún coche, o despareciera en el zaguán de cualquier portal con idea de permanecer escondido todo el tiempo que pudiera.

Pues bien, una vez puesta la leche a calentar en el fogón, yo esperaba impaciente, muchas veces sin tan siquiera desprenderme del abrigo, a que aquel líquido blanco fuera condensando en su superficie la nata que, espolvoreada de azúcar y untada sobre un trozo de pan, me iba a servir de merienda.

—Agustín, ¿qué haces aquí? Ve a tu cuarto y ponte la ropa de casa, que a la leche aún le queda un buen rato para hervir.

— Agustín, no te acerques tanto al fogón que te puedes quemar.

Estas expresiones las oía todas las tardes y solo a regañadientes hacia caso, pues mi paladar había empezado a segregar saliva, anticipando el sabor exquisito de aquel manjar.

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