Los ojos del Guadiana

Curving river surrounded by dense forest and mountains under a partly cloudy sky
A winding river flows through a lush green mountainous forest landscape.

Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.

No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la ultima vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.

Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.

 Tu melena rubia algo revuelta y una cierta acitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.

Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.

Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.

A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.

 Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconovimos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.

Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.

Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.

 Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.

El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por ultimo, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.

Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.

Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.

El refugio

Stone bothy with glowing windows in a mountainous valley with two hikers on a rocky path
Hikers approach a cozy stone bothy nestled in a scenic mountain valley

Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en el. A la mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.

Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.

Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.

Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mi desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.

Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que vuelta de espaldas a mi, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.

Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.

A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada haber si tenia la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.

De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenia suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.

Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al se día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.

Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.

—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.

—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.

—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.

De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.

El faro

Lighthouse on rocky coastline with waves and colorful sunset sky
A lighthouse stands on rocky cliffs overlooking waves crashing during a colorful sunset.

Hoy, cuando Pedro atraque su barco en el que nos trae los suministros cada semana, Adela se marchará para siempre de mi lado.

He de reconocer que para mí su alejamiento de esta isla y de su faro supondrá un choque emocional, tras nuestra convivencia en este lugar desde hace casi ya dos años.

 Tantas ilusiones perdidas por lo que desde el principio fue un total malentendido.

La discusión del jueves pasado, la más virulenta de las que llevamos manteniendo en los últimos meses, dejó muy claro las razones de ese malentendido.

 Todo empezó por la cantinela tantas veces expresada, aunque nunca con tal grado de irritación, de su necesidad imperiosa de que diéramos un giro a nuestras vidas marchándonos de la isla.

—Ramón, tenemos que decidirnos de una vez a irnos de aquí —dijo Adela, mientras recogíamos los platos del desayuno.

—Ya sabes de sobra mi opinión sobre este asunto. Yo no estoy dispuesto a dejar el faro, siempre he creído que un sitio como este era lo que buscábamos desde el principio.

—Sueños de hippies trasnochados, que al final se han terminado convirtiendo, al menos para mí, en una pesadilla.

—Te recuerdo que ya desde el inicio de nuestra relación empezamos a hablar de que el sitio ideal para vivir y formar una familia sería aquel que reuniese dos condiciones: estar alejado de cualquier ciudad y lo más cerca posible del mar.

—Tú lo has dicho: lejos de los urbanitas, pero nunca pensé que en un lugar tan aislado como esta maldita isla —me contestó Adela con un tono de voz cada vez más irritado.

—Pero hace dos años estuviste encantada con que me hubiesen concedido el puesto de farero precisamente aquí, el lugar más alejado de los que me propusieron.

-Es más, fuiste tú la que me obligó a realizar las oposiciones a técnico de sistemas de ayuda a la navegación y dejar mi trabajo de profesor.

—Sí, porque quería saber lo que era vivir en un faro, desde que leí, siendo adolescente, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Pero no sospechaba lo desagradable que puede llegar a ser habitar uno.

—Entonces, ¿me estás diciendo que hemos construido nuestra vida aquí sobre la base de una fantasía adolescente? Te creía más adulta.

—¿Ves? Ya estás otra vez malinterpretando mis palabras.

—No estoy mal interpretando nada. Hasta ahora he creído que estábamos de acuerdo en que alejarnos de Madrid y sus agobios era lo mejor que podíamos hacer.

—Pero has de reconocerme que nos equivocamos. O por lo menos lo hicimos cuando nos vinimos al quinto pino.

—No, no te lo reconozco, por mucho que te enfades —dije mientras también empezaba sin proponérmelo a alzar la voz—. Y, además, yo me siento bien viviendo aquí.

—Entonces, ¿me estás diciendo que ni siquiera vas a pedir el traslado a otra linterna menos aislada, como la de Cullera o alguna más cercana a una ciudad?

—No, a mí me gusta este faro de Es Vedrá. Y no estamos tan aislados como dices. Tienes Sant Josep de sa Talaia a solo una hora de barco y desde el pueblo en coche, en menos de 30 minutos, estás en Ibiza.

—Estoy harta de este recorrido y de la Isla también. Aunque, te reconozco, el ambiente es agradable en verano, incluso lleno de giris, pero en invierno es insoportable.

—Pero te repito: tú estuviste encantada con nuestro destino.

—Sí, cuando creí que el faro estaba dentro de la Isla, cerca de San Antonio o de San Juan Bautista. Pero no en este islote, en el que ya no dejan vivir ni a las cabras.

—Siéntate un momento y aclaremos esto de una vez —dije con cara de cabreo.

—Me siento. Pero te advierto que dudo mucho que me vayas a hacer cambiar de opinión.

—Cuando aprobé la oposición a farero. Te dije que, según mi opinión, venirnos a vivir a Es Vedrá tenía muchas ventajas ya que con el puesto nos daban una vivienda. El destino te pareció una maravilla.

-Según tus propias palabras de aquel momento, era el sitio ideal para poder seguir con la pintura y dejar de una vez tu puesto de secretaria.

—Sí, es verdad que lo dije y el lugar cuando llegamos me pareció maravilloso. Hasta que llegó el primer invierno, con ese frio que te cala hasta los huesos -Y, además, estoy hasta las narices de tener que hablar mallorquín.

—Pero si siempre le decías a Pedro que te enseñara la lengua de las islas.

—Qué remedio. No quería que los vecinos de Sant Josep me miraran mal por no hablarlo.

—Yo apenas chapurreo algunas palabras y no creo que nadie me mire mal.

—Porque apenas sales de aquí. Te has vuelto un ermitaño.

—No salgo porque en este sitio me encuentro bien. Tan bien como no lo estaba hace mucho tiempo.

—¿Ves? Solo piensas en ti. Eres un egoísta.

—Creo que por este camino no llegamos a ningún lado. Vete si es lo que quieres y déjame en paz de una vez.

—Tienes razón. Me parece que lo nuestro se ha acabado. Avisa a Pedro que tiene una pasajera para cuando venga. Yo, mientras tanto, voy sacando el billete de avión por internet.

—Pero, Adela, sé razonable. ¿Vas a tirar nuestra relación por la borda?

—Sí, y que conste que el que la tiras eres tú. Que te vaya bien con tu faro.

Y desde entonces no hemos vuelto a dirigirnos la palabra, más allá de los buenos días o las buenas noches de cortesía.

 La he visto hacer las maletas con rabia apenas contenida en sus ademanes. Hoy la veré embarcar con una mezcla agridulce de pena y alivio.

 Pena por haber terminado con una convivencia que en otras circunstancias pudiera quizás no haberse malogrado. Alivio porque en el fondo, gracias a su perseverancia inicial de cambiar nuestro estilo de vida de urbano a rural, lo que solo era un sueño ha terminado por traerme a un lugar en el que ser feliz.

    Supongo que tras su marcha, como en la canción de Sabina, no tardaré en escuchar “ruido de abogados”.

El muchacho

Young man sitting on park bench with head resting on clasped hands
A young man sits thoughtfully on a bench in a serene autumn park.

Fue en el patio, después de la siesta, la primera vez que coincidí con el muchacho. Me acuerdo de que estaba cómodamente sentado leyendo una novela de espionaje, que esa misma tarde había cogido de la biblioteca del pabellón, cuando alguien se sentó a mi lado. Fingí estar enfrascado en la lectura para evitar la habitual pregunta “¿tienes un cigarro?”. Por eso me sorprendió que la persona, a la que no pensaba prestar la más mínima atención para que me dejara leer en paz, me preguntase “¿qué estás leyendo?”. No me dejó otra alternativa que contestar, poniendo, eso sí, una voz de desagrado para ahuyentar a mi fortuito acompañante, que una novela de espías. Sólo me faltó decirle “así que déjame en paz”, al volverme para verle la cara.

-¿Sueles leer novelas de espías? -me preguntó.

Solo entonces me di cuenta de que mi contertulio era un muchacho de unos veinte años, totalmente desconocido para mí ya que no le había visto en las dos semanas que llevaba internado en el sanatorio.

-Sí, me suelen gustar bastante las novelas. No solo de espías, sino de misterio en general.

-Pues a mí me suelen resultar bastante aburridas -me contestó el desconocido.

-Perdona la curiosidad. ¿Eres nuevo? Vamos, quiero decir que si te han internado hoy. Como nunca te he visto por aquí -pregunté.

-No, ya llevo cuatro meses en el sanatorio. Lo que pasa es que he estado tres semanas fuera haciendo ejercicios espirituales.

-Entonces, es usted cura? -volví a preguntar, pero cambiando el tuteo habitual por el usted.

-No, no soy sacerdote. Sólo soy miembro seglar de una congregación religiosa.

¾Apostaría algo a que es usted del Opus Dei o de una organización parecida de la Iglesia. O al menos me lo parece, sobre todo por su manera formal de vestir, tan distinta de la que solemos usar aquí, que con un chándal y unas zapatillas de deporte vamos que tiramos. Por cierto, perdone la descortesía, me llamo Agustín.

-Yo soy Bernardo, pero deja ya de tratarme de usted, que como te he dicho no soy sacerdote.

-Aun así, se me hace un tanto raro, lo que me cuentas de que estando aquí como enfermo, te hayan dado permiso para hacer ejercicios espirituales fuera.

-¿Y eso? ¿Acaso crees que el recogimiento y la oración van a volverme más loco que lo que ya estoy? Porque ocurre todo lo contario. Reunirme con mis hermanos en la Fe, apacigua mucho mis “demonios”. —me contesto muy irritado.

-Bueno, perdona, era una apreciación inocente, no quería ofenderte. Si dices que te va bien no tengo por qué dudarlo.

-Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien, no solo para el alma, sino para los males de la mente —me dijo.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

-Pues entonces hasta la cena.

-Sí, hasta la cena. Nos vemos.

Sin embargo, no volví a ver al muchacho hasta la tarde siguiente, pero como estaba conversando con el capellán del centro, no quise interrumpirlos y continué con mi lectura. He de confesar que picado por la curiosidad ya le había preguntado a Pedro Luis, el radio macuto del sanatorio, qué sabía sobre Bernardo.

-Mira, Agustín, lo único que te puedo contar es lo que se rumorea por ahí.

-Y, ¿que se rumorea? -pregunté.

¾Que, al parecer, el chaval, que es pariente del Prior, está aquí porque de pronto y sin saber por qué le entran unos brotes agudos de ansiedad y termina casi siempre autolesionándose. Yo mismo he contemplado alguno en este patio y te aseguro que se necesito la intervención de tres enfermeros para poder dominarle antes de que se cortase con la tapa mellada de un bote de refresco.

-Ah, ¿sí? ¿Y que paso después?

¾Lo de siempre, le metieron en aislamiento un par de días hasta que se le pasó el ataque.

-¿Por qué tienes interés en él?

¾Por mera curiosidad. No suele vérsele por aquí por las mañanas y por las tardes cuando va a en misa esta hablando con el capellán.

-¿Ha intentado ya catequizarte como hace con todos?

-No, sólo me propuso el otro día que fuese a misa con él.

-Pues, ya verás que en cuanto pueda volverá a intentarlo. Lo hace con todos y más de uno le ha mandado a la mierda. Por aquí le llaman “el curita”.

-Puede ser, pero aún no has contestado a mi pregunta. Si se autolesiona, ¿dónde está por las mañanas? ¿Y por qué no se le ve en el comedor más que en la cena?

-Dicen por ahí que tiene un permiso especial para poder ir a la Universidad. Le dan de desayunar más pronto que al resto de nosotros para que pueda coger el autobús de las ocho y no viene a comer porque lo debe hacer en la facultad.

-Gracias por la información, Pedro Luis. Tu tan enterado como siempre, pareces la enciclopedia viviente del sanatorio. —le digo como siempre que le pregunto, algo porque sé que le gusta.

-De nada. Pregunta lo que quieras, que ya sabes que uno tiene “sus fuentes” ¾me dice tan ufano, mientras se marcha para mendigar a alguien un cigarrillo.

Pasados unos días, se repitió la escena del primer día. Yo sentado, leyendo tranquilamente en un banco del patio, alguien que se sienta a mi lado y me pregunta ¿qué estás leyendo? Pero esta vez, por el tono de voz, antes de volverme para contestarle ya sé que es el muchacho.

-La misma novela de espías que el otro día -contesto.

-¿Sueles leer novelas de espías?

-Sí, ya te lo dije el otro día.

¾Perdona, pero con la medicación suelen olvidárseme esas cosas.

¾Me he enterado de que por las mañanas vas a la universidad. ¿Qué estudias? ¾le pregunto con el fin de evitar una nueva invitación de acompañarle a la misa que estará a punto de empezar.

-Teología y Filosofía.

-Ya veo. Te será difícil concentrarte en las clases, con la medicación.

-Un poco, pero gracias a la ayuda del Señor y de los hermanos de la congregación del sanatorio voy sacando las asignaturas.

-Pues debe de ser difícil. Yo seguramente no podría hacerlo.

-Teniendo fe todo es posible. Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien no solo para el alma, sino para los males de la mente.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

El muchacho se levanta apresuradamente y sin despedirse le veo marchar deprisa camino de la capilla.

La escena no hubiera merecido más atención por mi parte, si no se hubiese repetido casi todas las tardes a lo largo de los cerca de los seis meses que permanecí internado allí.

Mi dinosaurio y yo

Tyrannosaurus rex walking in dense prehistoric jungle with two triceratops near river
A fierce Tyrannosaurus rex roams a lush prehistoric jungle landscape

Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.

Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.

De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.

Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.

Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.

La muñeca de porcelana

Porcelain doll with lace dress sitting on wooden chair in dark attic
An old porcelain doll sits on a wooden chair in a dim, neglected attic.

La muñeca de porcelana

Basto un simple mensaje en Telegram: “Feliz año 2025”, acompañado con el clásico emoticono de un beso, para que abandone precipitadamente la mesa donde está celebrando con sus amigos la cena de Nochebuena.

¾Lo siento, chicos, me tengo que ir, no me encuentro demasiado bien. ¾dijo, mientras se levanta rápidamente en busca de su abrigo.

-Pero, Roberto, ¿te vas a marchar sin esperar a las campanadas?, ¿tal mal te encuentras? ¾pregunto Mamen alarmada.

-Sí, presiento que pronto tendré un ataque de migraña y no quisiera arruinaros la noche. De hecho, ya ha empezado a dolerme la cabeza. Lo siento.

-¿Quieres que te acompañe? Así no vas a poder conducir ¾dice Manolo, al tiempo que hace el amago de levantarse de su silla.

-No hace falta, de verdad. De aquí a mi casa son apenas quince minutos y no merece la pena que tú también te quedes sin tomarte las uvas. Es una lata, lo sé, pero ya sabéis lo mal que me pongo cuando me coge este terrible dolor.

Sin darles tiempo a que le siguieran diciendo nada y con cara de circunstancias, agarra su abrigo y sale precipitadamente de la casa en busca del coche, que por suerte tiene aparcado cerca. Le urge volver a su domicilio y sacar de la vitrina su muñeca de porcelana. Tiene que hacerlo sin falta antes de que suene la primera campanada en el reloj de la Puerta del Sol. No puedo dejar a Teresa dentro de la vitrina, cuando acaba de desearme tan amablemente un Feliz Año, piensa.

Mientras conduce con prisas, entre las calles casi vacías en aquel cuarto de hora que precede al inicio de las celebraciones de la Nochevieja, va dándose cuenta de la tristeza que le embargaría si no libera de su prisión de cristal a la muñeca antes de la medianoche. Sí esa muñeca de porcelana que compró la misma tarde en que Teresa le dio “calabazas” con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Su “loquero” había interpretado en su día que la compra impulsiva de la muñeca aquella misma tarde no fue sino el intento inconsciente de atrapar para siempre aquel amor que la realidad le negaba. Una forma de posesión narcisista que en el fondo sabía “frágil” y que por eso entre todos los materiales posibles había elegido la porcelana para aquel fetiche de mujer al que, para estar más seguro, había encerrado en una vitrina de cristal, como si se tratase de una Cenicienta dormida en espera de que el “príncipe azul” la despertase.

Quizás tuviese razón el psicólogo, piensa, ya que el solo saca de su encierro a la muñeca en las contadas ocasiones en que recibe, como hoy, algún mensaje, siempre breve y siempre con el emoticono del beso, en las que la Teresa real, la de carne y hueso, aquella chiquilla rubia de nariz respingona y ojos azules, de la que se había enamorado la primera vez que la vio en aquella estación de tren, cuando ambos empezaban a salir de la adolescencia y a la que en años sucesivos ha visto poco a poco convertirse en mujer, mientras los dos “jugaban” a ser novios, da señales de vida.

Aunque, a decir verdad, prefiere, considerar a la muñeca, como a una especie de Wendy Darling, que en una tarde aciaga de marzo le recuerda a Peter Pan, que ella ya se ha hecho mayor para vivir eternamente con él en el El país de Nunca Jamás, con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Por eso, cada vez que recibe un mensaje, saca a la muñeca de la vitrina para revivir con ella sus locas aventuras en aquel país lejano que ellos habían creado. Y por eso continúa inventando historias para esa Teresa de porcelana, a la que ha sentado en una silla enfrente de la suya. Historias de ese país donde Gonzalo, Alejandro, Teruca y María continúan teniendo diecisiete años y donde todos juntos, sin excepción, continúan contándose leyendas de fantasmas junto al fuego de verano, o disfrutan como cosacos bañándose en las playas de Laredo, y donde todo el grupo sabe que Roberto y Teresa están enamorados, de la misma forma en que es de dominio público que Gonzalo “le tira los tejos” a Teruca o que María tiene miedo se suspender el Preu.

El sortilegio dura tan solo unas horas y entonces, como por encanto, la realidad se impone cuando la muñeca suelta, como si en realidad cobrara vida el terrible sortilegio, no creo que en realidad me quieras de verdad. Es entonces, solo entonces, cuando Roberto la devuelve a la vitrina de cristal y comienza ese inconfundible latido en las sienes que le postrará en la cama por unos días.

Octubre

Baby sleeping soundly in a wooden crib with a blanket and stuffed bunny toy
A baby peacefully sleeps wrapped in a soft blanket in a cozy wooden crib.

El final de octubre cambió mi vida para siempre, sencillamente porque el día 31, a las nueve de la mañana, nació mi hija Eva.

Cualquiera que haya sido padre o madre podría confirmar que esta aseveración no es de ninguna manera algo dicho al azar. A lo largo de la existencia puedes cambiarlo casi todo: el lugar de residencia, tu forma de ver las cosas, de religión e incluso de pareja, pero no el hecho de haber contribuido a traer una nueva vida al mundo.

Desde aquel día han pasado muchos octubres, tantos como que Eva me ha hecho abuelo, otro estadio de la vida que te recuerda, lo quieras o no, que te vas haciendo mayor.

De la madrugada de aquel 31 de octubre, me acuerdo sobre todo de lo mal que lo pasó mi exmujer pues el parto no pudo ser más natural, casi veinticuatro horas trascurridas desde que empezaron las contracciones a las 10 de la mañana del día 30, estando ella en su trabajo, para susto del médico de empresa que la atendió en primera instancia, hasta el momento en que la matrona decidió, a eso de las ocho de la mañana, que la dilatación del cuello del útero era suficiente para bajarla al paritorio.

Sé por experiencia, que no hay algo más antipático para muchas “parteras” que atender a una primeriza a la que el obstetra, que terminó su turno a las tres de la tarde, ha dejado internada tan solo en observación; sobre todo si, como es el caso. la clínica es privada y nadie se va a atrever a llamar al galeno a menos que surja una verdadera urgencia, cosa que afortunadamente no ocurrió. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es vivirlo en directo cuando tienes a tu mujer al lado en la cama y la ves pasarlas “putas”, perdone el lector la expresión, sin poder hacer nada más que recordarle que respire como nos enseñaron en las clases de preparación al parto.

Como en aquella época todavía no se permitía la presencia del padre en el paritorio, me tocó esperar nervioso en la habitación, hasta que la trajeron a eso de las 9.30, medio atontada todavía, con un pequeño ser envuelto en una toquilla y con un gorrito cubriéndole la cabeza. El obstetra, esta vez presente junto a la matrona, me dijo “Agustín, ahí tienes a tu hija”; “el parto ha ido perfectamente, aunque nos ha costado un poco de trabajo dado el peso de la niña, cerca de los tres quilos y medio”, “felicidades”. Y tras echar la parrafada, abrió la puerta y se marchó sin dejarme hacerle ninguna pregunta.

Por su parte, la matrona, ahora mucho más humana que la “bruja” que apenas hacia caso a nuestras llamadas nocturnas, me animaba a coger en brazos a Eva, mientras me advertía “cójala con cuidado y sobre todo cuidado con la cabecita”. “Felicidades, ya ve que es una chica muy guapa”, añadió.

Con pulso tembloroso y mucho miedo, tuve por primera vez en brazos a aquel ser diminuto y de carita arrugada y con lagrimas en los ojos besé a mi hija por primera vez.

Pasado el tiempo vinieron los primeros balbuceos, las primeras carreras a gatas por la casa y poco a poco las primeras palabras. Y luego los madrugones matutinos para dejar a Eva en la guardería, pero también los primeros “mocos”, las primeras anginas, las visitas a urgencias del Hospital del Niño Jesús cuando le subía mucho la fiebre y no sabíamos muy bien qué hacer.

La primaria, la EGB, la adolescencia inaguantable, la Selectividad, la universidad, la licenciatura, su primer trabajo como enfermera en un hospital y por último, de momento, su maternidad. Cerrando todo un ciclo para empezar otro nuevo.

Por eso octubre es para mí desde entonces un mes mágico y a la vez agridulce. Mágico porque me recuerda el nacimiento de Eva y agridulce porque su llegada a la maternidad pone de manifiesto, incluso más que mi propio cumpleaños, que la vela de mi vida se va quedando poco a poco sin cera.   

 

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Group of children playing soccer with a blue ball on a school playground
Kids enjoy a lively game of soccer during recess at a colorful school playground

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra esta ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron como lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio publico, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del numero 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no se si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenia carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacia por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenia patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacia lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo  de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenia su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

Incontinencia

Man walking on wet pathway in park with wet clothes and bag
A man walks through a rainy park looking thoughtful with wet clothes

El señor Matin, se levanto con la vaga idea de que algo malo podía ocurrirle, preocupado y muy nervioso, desayuno con prisas y salió a la calle.

Allí se encontró con Marina su vecina que como el iba a la compra. Hola Marina -le dijo-

Hola, -contesto ella.

-Que tal tu día.

-Muy bien y tú.

-Tan bien. ¿Vas a la compra?

-Si, te acompaño.

Y allí fueron los dos. Mientras estaban en la cola de la pescadería a Matin le entraron ganas de orinar. Tan fuerte eran sus ganas que se hizo pis en los pantalones empapándose, pantalón y calzoncillos. ¡Oh mierda¡, exclamo y como salgo ahora fuera sin que se note. Tapándose con las manos, acudió presuroso a un puesto de prensa próximo, compro un periódico que coloco delante de su ropa mojada y de esta guisa volvió a la cola de la pescadería.

Su vecina que estaba allí se volvió hacia el y se dio cuenta de que tenia los pantalones mojados a pesar de los esfuerzos de Martin por disimularlo con el periódico.

Pero Martin, no te da vergüenza mearte en los pantalones -dijo- Ya eres mayorcito. Es que padezco de incontinencia -dijo el-. La mujer asqueada se alejo de el y desde entonces su vecina no ha vuelto a dirigirle la palabra.

La Isla del Viento Azul

Tropical island with white sandy beach, palm trees, and clear turquoise ocean
A serene tropical island featuring clear turquoise waters and lush palm trees

Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.

Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.

Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.

La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.

En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.

—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.

Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.

—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.

—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.

El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.

—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.