Esa chica que tengo en la cabeza

Young woman with blonde hair in white sweater sitting at a wooden table outdoors
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Cartas a un soldado

El médico

Russian soldier in camouflage uniform standing with rifle outside building
A Russian soldier stands guard outside a military facility holding a rifle.

Doctor Alexander Luria

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Leningrado, 25 de mayo 1947

Estimado colega y amigo,

Le escribo esta breve misiva para ponerle al tanto de los datos clínicos más relevantes del paciente Avgustin Temho (Número de expediente AT2001), al que acabo de remitir para ser tratado por usted de su “neurosis de guerra” desde el Hospital Militar Nº 5 de Leningrado.

El sargento Temho, fue ingresado en nuestra institución el 15 de enero de 1946, cuando, a punto de ser licenciado de su Unidad, empezó a dar síntomas de un desequilibrio mental severo, solo explicables, según nuestro parecer, por las experiencias traumáticas sufridas durante su participación en alguno de los combates más duros de nuestra Gran Guerra Patria.

Avgustin Temho no había presentado síntomas observables de neurosis de guerra durante sus más de tres años de servicio, a pesar de haber sido herido varias veces. Es más, dado su arrojo y valentía en el combate, fue reconocido con la la Orden de la Guerra Patria de 2ª clase y la Orden de Bogdán Jmelnitski de 3.ª clase.

Solo tras la entrada de nuestras victoriosas tropas en Berlín el sargento empezó a presentar alguno de los primeros síntomas de su enfermedad: abuso del alcohol, falta de concentración, mutismo y en ocasiones convulsiones musculares ante cualquier ruido. Tras un tiempo de ingreso en el 2º hospital de campaña en las afueras de la ciudad, a petición del medico de su compañía y la persistencia de los síntomas, fue trasladado con cierta urgencia a nuestro hospital, donde hemos estado tratándole con metanfetaminas a dosis moderadas, aislamiento y cura de sueño inducido más psicoterapia analítica, con solo pequeñas mejorías. El aumento de síntomas de conversión como la incontinencia urinaria, parálisis momentánea de las extremidades, sordera, etcétera. nos ha llevado a la conclusión de que el sargento Temho, necesita para su recuperación asistencia especializada como la que presta la institución que usted dirige, por lo que hemos pedido su traslado a Moscú.

Quedando a su disposición para cualquier información complementaria que se pueda requerir sobre este caso, se despide su camarada y amigo,

Coronel Sergey Solovióv.

Hospital Militar Nº 5 Leningrado.

PD: Espero tener el placer de verte durante las vacaciones para jugar una de nuestras partidas de ajedrez

La esposa

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Kémerovo, 7 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por los camaradas de la Comandancia del Ejercito Rojo en Kémerovo que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Quisiera estar en Moscú para tenerte cerca de mí. No sabes cuanto te echo de menos, pero me ha sido imposible conseguir el salvoconducto de viaje, a pesar de haber recurrido a todos nuestros conocidos en las delegaciones provinciales, tanto del Comisariado de Guerra, como de la Milítsiya y los camaradas del Partido.

Espero que el traslado a ese famoso hospital de Moscú, de cuyos tratamientos en casos de enfermedades como la tuya se escuchan maravillas, sirva para que podamos reencontrarnos pronto y besarte y abrazarte de nuevo, ya que nuestro lecho esta muy frio sin tu hermoso cuerpo a mi lado.

Por mí no tienes que preocuparte, pues gracias a ser la esposa de un soldado enfermo a causa de la guerra, pero condecorado dos veces por su valor, he podido continuar trabajando en las oficinas de la fabrica de tanques, que el Estado está reconvirtiendo rápidamente en fabrica de tractores, cumpliendo las directrices para la reconstrucción del camarada Stalin, lo que me permite seguir manteniendo la cartilla de racionamiento de primer grado.

Por cierto, el mes pasado vinieron a visitarme algunos camaradas ya desmovilizados de tu compañía y me trajeron los “obsequios” que habías conseguido en Berlín. Tu padre está encantado con el reloj de pulsera que le enviaste, pero yo he preferido guardar los juegos de sabanas y otras “cosillas” para estrenarlas cuando podamos estar juntos.

Espero que tu estado te permita escribirme pronto, ya me han comentado los médicos de tu hospital que aún no estas en condiciones de hacerlo. Por cierto, son muy amables y cariñosos conmigo, a pesar de las dificultades para poder hablar por teléfono de estos días, suelen llamar a la fabrica casi todas las semanas para decirme cómo estás.

Bueno no quiero cansarte más de lo debido, pero te prometo que ahora que sé tus señas, procuraré escribirte todas las semanas.

Un beso de esta tu esposa que te echa de menos,

Aliona

El padre

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Andreevka, 2 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por el camarada Dmitry capitán de la Milítsiya del Distrito, que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Según me comenta el capitán has tenido una tremenda suerte al ser trasladado a ese hospital ya que su director, el camarada Alexander Luria, es un especialista en trastornos como el tuyo de fama mundial. El policía cree que tu traslado se debe sobre todo a que seas poseedor de dos medallas al valor que acreditan de sobra tu honorabilidad como soldado del Glorioso Ejercito Rojo, que alejan de las autoridades del Estado cualquier sospecha de cobardía por fingimiento de tus síntomas.

Tu madre y yo estamos tremendamente orgullosos de ti y de tu comportamiento como soldado. Lo estuvimos cuando con tan solo 19 años alcanzaste el grado de sargento, un suboficial muy querido por sus subordinados, según nos comentaron tus camaradas el día que vinieron a visitarnos. Y lo seguíamos estando cuando tus fotografías aparecían en los periódicos recibiendo alguna de tus medallas y éramos felicitados por el responsable político del koljós.

De aquí hay pocas cosas que decirte. Gracias a vuestros esfuerzos y la sabia dirección de la Guerra por el camarada Stalin, los malditos alemanes no asomaron sus feas narices por aquí, lo que nos permitió seguir con las cosechas cumpliendo todos los años la cuota marcada por el Comisariado.

Lo que sentimos en el alma es no poder ir a verte a Moscú, pero tanto tu madre como yo estamos desando verte entrar, ya recuperado, por la puerta.

Tu mujer bien. Continúa trabajando en la fabrica de Kémerovo y como siempre se muestra muy cariñosa con nosotros. Es una lástima que con la guerra no nos hayáis podido dar ningún nieto, pero con el tiempo supongo que todo se andará.

Bueno, hijo, te dejo y ya te iremos escribiendo. Un beso de tu madre y mío,

Avgustin y Katia Temho

Miguel Ángel

Hand holding a large frothy beer mug on a wooden table in a pub
A hand holding a large frothy beer mug in a cozy pub setting

Intento recordar y no me acuerdo cómo conocí a Miguel Ángel, ni el por qué durante un tiempo fuimos tan amigos.

Puedo, sin embargo, enumerar los nombres, los lugares y las ocupaciones de todos mis amigos del cuatrienio 71-74 del pasado siglo, como los conocí y los diferentes papeles que jugaron en mi vida. Puedo recordar, por ejemplo, a Gonzalo ese chico gordito que conocí en los scouts, con el que hice mis primeros pinitos de revelado fotográfico en el estudio de su hermano y con el que solía ir a menudo al cineclub del San Juan Evangelista. O a Salete, mi compañero de trabajo y vecino, con el que asistía a los estrenos de los cines de la Gran Vía, siempre a la sesión de noche, cuando salíamos de Telefónica, e incluso a Eduardo, mi jefe de Grupo en los scouts, que me introdujo en aquellos seminarios sobre el Materialismo Dialéctico que organizaba el Partido en su casa, junto a la Plaza de España. Pero no puedo recordar comó me hice amigo de Miguel Ángel.

Miguel Ángel era un chico de mi edad, muy formal para la época, que trabajaba en una tienda de electrodomésticos situada junto a El Corte Inglés de la calle Goya. Un chico, que ahora que lo pienso, no tenía ningún parecido con mis otros amigos de aquel tiempo, no había sido scout, no le gustaba el cine ni la política. Quizás lo único que compartíamos era nuestra afición al montañismo y a las jarras de cerveza negra que solíamos tomar en la Cruz Blanca, donde solíamos ir los viernes por la noche. Tenía eso sí un viejo Renault 12, con el que hacíamos alguna escapada a Levante, hasta que se gripó un buen día subiendo la Cuesta de las Perdices. Y eso hubiese sido todo, una amistad anodina hasta que se cruzaron en nuestro camino Asunción y Teruca.

Conocimos a las dos hermanas en los andenes de la Estación del Norte una noche de viernes mientras esperábamos el tren que nos conduciría a Cercedilla, donde enlazaríamos con el ferrocarril que subía hasta Cotos, con la intención de iniciar la marcha por el Camino Schmidt y hacer vivac en el collado Ventoso. En aquel andén casi desierto esa noche, enseguida llamaron mi atención dos chicas que con la pañoleta scout rodeando sus cuellos, estaban sentadas en un banco, sin duda esperando el mismo tren que nosotros.

—Miguel Ángel —le dije a mi compañero—, voy a acercarme un momento a hablar con las chicas que están allí sentadas. Por lo que veo son scout, como yo. Vigila nuestros macutos mientras tanto.

—Bueno, pero no te enrolles demasiado que el tren está a punto de llegar.

Yo sabía que, a mi amigo, antiguo miembro de la OJE, los scouts no le hacíamos mucha gracia y mucho menos si eran del genero femenino, por lo que no me extrañó que no me acompañase.

—Buenas noches, me llamo Agustín y pertenezco al Grupo 9 —dije a modo de presentación a las dos muchachas.

 —Hola, encantadas de conocerte —me contestó una de ellas.

—Yo me llamo Asún y esta es mi hermana Teruca, y como habrás adivinado por el color de nuestras pañoletas, pertenecemos al Grupo 15, el del Barrio del Pilar.

—¿Vais a Cercedilla? — pregunté.

—Sí, pensábamos bajarnos en Torrelodones, pero como nuestro amigo Joe no ha podido venir, hemos decidido subir a Cotos y hacer el Camino Schmidt.

—Anda, igual que mi amigo y yo. ¿Podríamos hacerlo juntos? —pregunté.

—Buena idea, —me contestó la chica.

Y así se inicio nuestra amistad con las dos hermanas. Asún, dos años mayor que yo, era a mis ojos y como luego supe por desgracia también a los de Miguel Ángel, una chica preciosa, rubia, pecosa y con una nariz respingona, como de pato, de cuerpo atlético dada su afición al baile clásico, pechos pequeños en forma de pera, que enseguida te despertaban el deseo de acariciarlos; atractivo al que se unía una simpatía arrolladora. Teruca, por el contrario, era una chica delgada y larguirucha, mucho menos abierta que su hermana, dado su carácter algo tímido.

Después de aquella excursión y de las muchas otras salidas a la montaña que la siguieron, las dos hermanas se hicieron habituales de nuestras tomas de cerveza negra los viernes por la tarde, consolidándose así una amistad, que en mi caso aún perdura a día de hoy.

Yo me enamoré enseguida de Asún, hasta tal punto que no era extraño que los sábados por la tarde, tomase mi bicicleta y subiese la cuesta que separaba mi casa de Mirasierra del el Barrio del Pilar donde tenía la sede su Grupo Scout, para con cualquier pretexto encontrarme con ella, cenar en cualquier lugar y luego acompañarla a casa. Lo malo es que no me decidía, llevado por un pudor inexplicable, a declarar mis sentimientos hacia ella. Quizás por ello me enfade terriblemente el día en que mi amigo me confesó que él también estaba enamorado de Asunción y me pidió que ese viernes no acudiese a nuestra acostumbrada cita cervecera porque pensaba declararse.

—¿Cómo, que te vas a declarar? —le dije todo enfadado— ¿No te has dado cuenta en todo este tiempo que yo estoy enamorado de ella?

—Y a mí qué me importa, ya se que tu la ves mucho más a menudo que yo, pero no tengo la culpa de que tu falso sentido de ese honor del que presumís los scouts, no te haya permitido cortejarla —me respondió, tan enfadado como yo.

—¿Qué, tienen que ver los scouts en todo esto? Yo solo esperaba que alguien que dice ser mi amigo no se interpusiese de mala manera en mis relaciones.

—Ya veo, estás celoso ante la posibilidad de que me diga que sí. Adiós —me dijo colgando el teléfono por el que habíamos estado hablando.

Asún debió de darle calabazas aquel viernes, porque Miguel Ángel dejó desde entonces de acudir a nuestra cita semanal en la Cruz Blanca, y, enfadado, dejó de ser mi amigo. Ni que decir tiene que yo me alegré terriblemente de aquel rechazo, quizás fue la primera vez en mi vida en la que me alegré del mal ajeno. Hoy me he vuelto a acordar de él, al recibir la acostumbrada felicitación de navidad de Teruca y esperar, como siempre en vano, que su hermana de digne ha hacer lo mismo, pero eso merece otra historia.

Reencuentro

Elderly woman in a wheelchair indoors with a blanket on her lap, smiling
A smiling elderly woman sits warmly wrapped in a blanket in her wheelchair by a window.

Cada mañana temprano la veía pasear, acompañada de su cuidadora, por el paseo marítimo. Apoyada en su andador, sus ojos azules escrutaban con curiosidad el entorno. La reconocí enseguida pese a que su pelo antes rubio se había vuelto blanco con el trascurso del tiempo, que había hecho estragos, era evidente, en sus piernas antes tan ágiles. Escruté en mi memoria para calcular su edad: si cuando la conocí era 10 años mayor que yo, ahora debería tener 81. De lo que sí me acordaba perfectamente era de su fecha de cumpleaños: 15 de agosto.

No albergaba ninguna duda de que era ella, pero durante mucho tiempo no me atreví a acercarme a saludarla. Su mera presencia cada mañana en aquel paseo costero despertaba dentro de mí una nostalgia abrumadora, y es que yo había estado profundamente enamorado de aquella mujer en otro tiempo y aquel rescoldo que creía ya apagado parecía encenderse de nuevo cada vez que la veía.

Las preguntas se acumulaban en mi cerebro, preguntas para las que no podía tener respuesta, si no me decidía acercarme a ella y presentarme, ¿aún se acordaría de mí? El temor a que no me reconociese me angustiaba sobremanera. Pero había otras muchas preguntas de momento sin respuesta por mi falta de atrevimiento a darme a conocer: ¿continuaba casada?, ¿qué había sido de sus hijos?, ¿por qué abandonó su prometedora carrera artística? Y, sobre todo, ¿que hacia allí, en aquella ciudad del sur, tan lejos de la casa de Pozuelo, donde sabía que había vivido tantos años?

Cuando la recordaba, yo siempre había pensado que cuando fuera mayor y estuviera rodeada, probablemente de nietos, de retirarse a vivir algún lugar, lo habría hecho a tierras del norte. Me la imaginaba coqueta y vivaracha, como había sido siempre, paseando por alguna playa lucense, con algún chiquillo de la mano al que contaba leyendas de mouras o de trasnos, como las que le gustaba narrarnos en nuestras noches de acampada. Pero ahora, por alguna razón desconocida, estaba allí en aquel paseo todas las mañanas y además acompañada de lo que evidentemente era una cuidadora.

Había conocido a Noa en una fiesta en Mondoñedo tras la inauguración de un TPS (Teléfono Público de Servicio), en el año 1976. Por entonces yo era el encargado de representar a Telefónica en este tipo de inauguraciones como adjunto a la Dirección de Comercial de Lugo, una provincia con una orografía tan difícil que solo permitía el establecimiento de las comunicaciones vía radio. Los TPS solían instalarse en el bar de la aldea; un único teléfono que permitía a los habitantes de la localidad un enlace con el mundo, en un momento en que la telefonía móvil apenas empezaba a desarrollarse, de la que hasta ese momento habían carecido. Por eso su puesta en servicio solía celebrarse con una fiesta, casi siempre con una comida o cena. Noa, que por entonces bailaba en una reconocida compañía de baile gallega, participaba junto a su compañía en un espectáculo de danza tradicional con el que cerraba el acontecimiento.

—Agustín, tengo el gusto de presentarte a Noa, la coreógrafa y primera bailarina del grupo que actuará luego —me dijo el alcalde de Mondoñedo, antes de empezar los actos de inauguración.

—Noa, este es Agustín Moreno, el representante en estos actos de Telefónica, continuó con la presentación el edil.

La mujer que tenia delante de mí y que se disponía a darme los dos besos de cortesía acostumbrados en estas ocasiones, me dejó impresionado por su belleza desde el primer momento. Unos preciosos ojos azules, una larga cabellera rubia y el cuerpo escultural de una bailarina, que acercaba en aquel momento su cara a la mía para besarme, aunque fueran solo un par de besos protocolarios, y yo tomado por sorpresa y con el dardo de cupido ya clavado en mi corazón, aunque entonces no lo supiese.

Tuve la inmensa suerte de poder sentarme junto a ella durante la cena y entre plato y plato, además de seguir admirando su belleza, supe que compartíamos puntos de vista y aficiones, ambos tirábamos ideológicamente hacia la izquierda, nos gustaba el senderismo, la lectura de novelas policiacas y el cine de ciencia ficción y lo mejor de todo los dos habíamos sido scouts de pequeños. Así surgió una amistad y en mi caso un enamoramiento que nunca me atreví a confesarle abiertamente, tonto de mí, que duró más de veinte años y que se mantuvo pese al casamiento de Noa, con Joe, su novio de siempre y el nacimiento de su primer hijo.

El traslado de mi amiga a Estados Unidos, contratada como primera bailarina del New York City Ballet, unido a otras circunstancias de nuestras vidas nos fueron poco a poco distanciando, hasta convertirse en las clásicas felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños o en Navidad y fin de año, hasta que, pasado el tiempo, la perdí la pista, aunque en el fondo continué siempre enamorado de ella.

Por eso lo inesperado, dada la situación geográfica y el evidente deterioro físico de Noa, tan distintos a lo que había esperado, reavivaron dentro de mí, nostalgias y recuerdos de este amor nunca correspondido.

—Noa, ¿te acuerdas de mí? Soy Agustín —me atrevo a preguntar a la anciana del andador, ante la evidente sorpresa de su cuidadora. —Mi amiga me mira directamente a los ojos y responde, para mi decepción: Hola, Alejandro, ¿qué haces por aquí?

—Perdónela, señor, pero la señora Noa, ha perdido la cabeza y desde hace tiempo, cuando la saluda cualquier hombre lo confunde con su hijo Alejandro y eso que murió el año pasado. Es usted un antiguo conocido, por lo que veo.

—Sí, fuimos amigos en otro tiempo, respondo mientras triste y cabizbajo me alejo de ambas mujeres.

El espejo

Wooden box open on a table filled with colorful clay figurines of animals, people, and fantasy creatures.
A wooden box filled with vibrant clay figurines sits on an artist’s workspace.

Hay un juego que se utiliza en psicoterapia utilizando muñecos de Playmobil muy parecido al psicodrama. En una de sus múltiples variantes el terapeuta pide a su paciente que elija, entre la variedad de muñecos femeninos, masculinos, niños y ancianos que hay en una caja, aquellos que en su opinión reflejan lo mejor y lo peor de su personalidad en el momento concreto en que se está realizando la acción.

Mirarse en un espejo con animo introspectivo puede resultar un ejercicio muy parecido al juego de los muñecos, por lo que intentare escribir este relato desde esa perspectiva proyectiva.

Si esta tarde, mientras voy dando forma a la historia, me asomo por un momento a esa caja llena de muñecos colocada al lado derecho de mi ordenador, el primer muñeco que se me viene a la cabeza es, cómo no, el del psicólogo, representado por una figura con chaqueta azul y cuaderno en mano que, sentado en un sillón, parece escuchar atentamente lo que le está diciendo otro playmobil tumbado a su lado en un sofá.

Una segunda figura surge de la caja, la del muñeco vestido de scout saludando, con los dedos índice, corazón y anular de la mano derecha extendidos mientras la yema del pulgar se apoya sobre la uña del dedo meñique. Los tres dedos levantados recuerdan las tres virtudes del escultismo: Lealtad, Pureza y Abnegación; y el dedo meñique, protegido por el pulgar, nos recuerda que el fuerte siempre protege al débil. Este saludo, el mismo para todos los scouts del mundo, junto al lema que el playmobil lleva grabado en su cinturón, siempre listo para servir, que han marcado, como la aguja de la brújula marca el norte, la guía de mi existencia, unas veces para bien y otras para mal.

La tercera figura que extraigo de la caja es la del sindicalista, representada por un obrero de chaleco y casco rojos que se lleva un megáfono a la boca. Toda una vida desde que me afilié con tan solo quince años y en plena clandestinidad a Comisiones Obreras.

Con estas tres figuras he construido la mitad de esa cara que se mira en el espejo, las tres siguientes, no tan agradables forman la otra mitad. En primer lugar sale del cajón el playmobil hipocondriaco, un muñeco con el tensiómetro en un brazo, el termómetro debajo del otro y una bolsa de hielo en la cabeza.

Le sigue la figura del desengañado, que contempla angustiado “todas las banderas rotas”, en la acertada rima poética de Labordeta, que se encuentran a sus pies.

Y para cerrar el terceto de la otra mitad de mi rostro está la figura del eterno aspirante a suicida, que con cara de duda mira la soga que sostiene en su mano derecha, mientras empuña con cierta tembladera un revolver con su mano izquierda.

Las figuras están ocultas bajo ese rostro de pelo blanco y rizado, ojos verdes y nariz aguileña, arrugas y manchas propias de la edad y una eterna pipa humeante siempre en la boca.

El colchón

Therapist and woman engaged in a counseling session in a cozy room
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.

Por una de esas casualidades de la vida me toco ser uno de los primeros residentes del Sanatorio en habitar el “pabellón de tránsito”. Este pabellón recién creado cuando me trasladaron a él tenía como finalidad terapéutica la de servir de puente entre el internamiento de los pacientes y su incorporación a su vida habitual fuera del hospital. Para que pudiera cumplir adecuadamente esta función de “transito” se había construido una especie de pequeño chalé con seis habitaciones individuales y dotado de todos los servicios necesarios para que el lugar se pareciera lo más posible a un alojamiento completamente diferente del que se disponía en cualquiera de los restantes pabellones del sanatorio y se asemejase lo más posible a cualquier casa normal, aprovechando un espacio ajardinado situado fuera de los muros del Sanatorio y cercano a sus oficinas.

En un primer momento y tras la inauguración del “chalecito” fuimos tres los “internos” del Sanatorio trasladados allí: José Miguel, Alicia y un servidor. Con los tres se pretendía, ya que las razones de nuestros respectivos ingresos hospitalarios eran completamente diferentes, aunque eso si todos compartíamos gracias a la mejoría de nuestro estado mental la posibilidad de ser dados de alta en un periodo próximo en el tiempo, comprobar la efectividad o no de este nuevo enfoque terapéutico.

El mundo de nunca jamás

Fairy with iridescent wings in green and purple dress holding a glowing wand standing on mossy rock with flowers
A delicate fairy stands on a mossy rock in an enchanted forest, holding a glowing wand.

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.

La trilogía del 70-73

Man raising fist at protest with signs saying Justicia y Libertad and Pueblo Unido
A young man leads a passionate protest with raised fist and signs demanding justice and unity

Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)

 Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)

Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)

Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el titulo de tres libros: El Pequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.

Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nomina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.

Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso si, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.

La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mi mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura

La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años 

Nunca lo tuve claro

Therapist and woman engaged in a counseling session in a cozy room
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

Mi investidura como Rover

Young boy scout in uniform with badges and neckerchief holding a walking stick on a forest trail.
A young boy scout stands smiling on a forest path holding a decorated walking stick.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.