La plaza de Santa Ana

Outdoor plaza with people dining under umbrellas and a central equestrian statue
Visitors enjoy outdoor dining and sightseeing at a bustling historic Spanish plaza.

Si hay un espacio en Madrid que recuerdo con especial nostalgia es la plaza de Santa Ana. Un lugar que fue testigo desde mis primeros juegos infantiles a mis primeros amores juveniles.

Es curioso porque mientras escribo este relato viene a mi memoria la sorpresa y el desencanto que me llevé la última vez que visité la plaza, cuando haciendo de cicerone de unos amigos malagueños por los recovecos del Barrio de las Letras, mi barrio durante casi quince años, la encontré tan cambiada que por un momento abominé de ella, maldiciendo por lo bajo al turismo, que como en otras ciudades españolas, ha ido reconvirtiendo sus barrios más antiguos en un feo pastiche ocupado por las cadenas comerciales multinacionales.

Por eso hoy quiero hablar de ´mi plaza´. La plaza del Teatro Español, del hotel Reina Victoria, el “hotel de los toreros”, porque era su alojamiento favorito en Madrid; la de los almacenes Simeón, situados enla planta baja del hotel; la plaza presidida por la estatua de Calderón de la Barca, la de la bollería La Suiza y la cervecería La Alemana. En resumidas cuentas, de la plaza de los años 60 y principios de los 70 del pasado siglo.

Las chicas y chicos que la frecuentábamos, todos vecinos de las calles adyacentes, solíamos ir a jugar allí, porque era el único espacio verde, cercano a nuestras casas, del que podíamos disponer en aquella abigarrada zona del Barrio de las Letras. Cumplíamos así, sin saberlo, los designios del rey José Bonaparte, apodado en su tiempo por los madrileños como “el Rey Plazuelas” por suobsesión con abrir espacios en mitad de la ciudad para crear amplias plazas, derribando edificios. Vamos, un ecologista afrancesado.

La Plaza de Santa Ana formaba un cuadrado casi perfecto, con un espacio de arena en su parte central que rodeaba la estatua de Calderón de la Barca, alzada sobre un pedestal al que se podía subir por unas amplias escaleras de piedra, y que era nuestro lugar favorito para sentarnos a merendar. Rodeada en sus extremos por castaños y unos cuantos parterres de hierba con flores, casi secas, y junto a ellos y a la sombra de los árboles, unos bancos de piedra sin respaldo, muy parecidos a tantos otros del mobiliario urbano de la Capital en la época, al igual que las farolas de hierro con el escudo de la Villa grabado en su base que alumbraban la plaza.

Nuestros juegos en su albero, iban cambiando según la época del año: de las carreras ciclistas con corredores simulados con las chapas de las botellas de refresco y pista trazada en la arena, propias de la primavera y el principio del verano, hasta el tiro del tacón o el juego de romper las peonzas del contrario con un hábil golpe dado por la tuya, a los que jugábamos en otoño. Prohibido por consenso vecinal y vigilancia municipal cualquier juego de pelota, “que para eso tenéis las pistas de fútbol del Retiro o el patio del colegio”. Todo esto cuando no estábamos haciendo de rabiar a las pandillas de chicas que jugaban por allí, algunas de las cuales terminaron por convertirse con el tiempo en nuestros primeros amores.

Pero la plaza se asocia también en mi mente al exquisito olor y sabor de los pasteles y bollos, que solían mandarme a comprar mis padres todos los domingos u otras festividades importantes en la cafetería La Suiza, que, desde su fundación en 1858, se había ganado una merecida fama entre los madrileños. O, ya más mayor, al de las primeras “cañas” tomadas con deleite en verano, en la cervecería La Alemana, otro establecimiento con solera de los que estaban abiertos en Santa Ana, ya que fue fundada por un grupo de industriales alemanes en 1904 y frecuentada en su día por personajes como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner o Ernest Hemingway.

Y cómo no acordarme de que, en el Teatro Español vi mis primeras funciones de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, gracias al precio rebajado o gratuito, según el éxito de la obra representada, de las entradas de claque que se vendían por entonces en un bar situado en el número 18 de la vecina calle Huertas. O de la llegada de los primeros hippies que no tardaron en montar en la plaza un mercado de artesanía donde se vendían bolsos, juguetes, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú o esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. Mercadillo que fue disuelto por orden municipal en 1989 por la presión de los propietarios de las terrazas de la zona, dándoles más espacio donde poner sus mesas y sillas. Y que hoy en día han terminado por ocupar buena parte del espacio de la Plaza de Santa Ana y acabando, según mi opinión, con su viejo encanto.

Scouts hoy, scouts para siempre

Boy Scout smiling on a forest trail with backpack and uniform badges
A smiling Boy Scout enjoys a sunny hike on Trail 4 – Campfire Hollow.

Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimientoScout.

La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.

Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:

“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:

 —ser amigo de todas las personas,

 —ser fiel a mis creencias,

—cumplir la Ley de la Manada y

 —hacer cada día una Buena Acción”.

Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.

Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.

 Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.

Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:

Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.

 Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.

 El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.

Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.

 Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.

 El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como  Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).

 Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.

Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.

Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.

La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.

Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.

En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.

La chica de mi vida

Young woman with blonde hair in white sweater sitting at a wooden table outdoors
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden

La chica de mi vida no sabe que la quiero desde el día en que nos conocimos en el andén de la Estación del Norte. Nunca me atreví a confesárselo, aunque ha sido mi flotador en cada uno de los momentos difíciles de mi vida.

Nunca me atreví a confesarlo. Quizás por pudor quizás por vergüenza. Cada vez que hablamos por Navidad o el día de su santo, mi vida se llena de un rayo de esperanza.

Me he prometido a mí mismo que no va a pasar de este año decirla que la la quiero y mas en estos momentos difíciles que estoy pasando. Espero que diga que si y poder emprender una nueva vida junto a ella allí en su Santander querido. Es una esperanza insensata lo sé pero espero que se cumpla.

Envejecer juntos uno al lado del otro. Amarnos todas las noches, acariciar su cuerpo, besarnos es todo lo que quiero. Ojalá se cumpla se lo ruego a Dios y a todos los santos.

Buda

Buddha statue sitting cross-legged under a large tree with prayer flags and offerings
A serene Buddha statue seated in meditation under a large tree adorned with colorful prayer flags.

Era la primera vez en más de tres años que cruzaba libremente aquella puerta enrejada.
El vigilante, avisado de mi llegada, se limitó a dedicarme un breve saludo con la mano desde el amplio ventanal de su cabina, para después quedarse observando por un instante cómo iniciaba la subida de la cuesta llena de árboles que me conduciría a la plaza central del sanatorio.
No había andado más de siete u ocho pasos cuando apareció el primer paciente con la habitual pregunta: “¿Tiene usted un cigarrillo?”. Yo, como había hecho siempre ante aquella tesitura, saqué la pipa de mi bolsa y empecé a llenarla al tiempo que formulaba mi disculpa habitual: “no tengo, lo siento; como ves fumó en pipa”, mientras continuaba caminando, haciendo ver que tenía prisa.
Al no pararme, escapaba de la siguiente interpelación, que sabía que llegaría inmediatamente: “Pues, entonces, deme un euro para un café”.
Recorridos los casi doscientos metros de cuesta apareció a mi derecha un pequeño y recoleto parque circular, con varios bancos de piedra rodeando una fuente sin agua. A mi izquierda el camino que conducía a la iglesia del psiquiátrico; lo que indicaba que, a cien metros, y tras aquella curva, estaría ya en la plaza central del complejo.
Al llegar allí, me encontré delante de un blanco edificio porticado de dos plantas. A la planta superior se accedía mediante una rampa y en ella se encontraban la sala de espera para los familiares de los pacientes, los despachos de médicos, psicólogos y asistente social, así como varias salas de juntas, una de las cuales era mi destino aquel día. La planta baja albergaba los distintos pabellones donde vivían los pacientes agrupados en dos categorías: salud mental y larga estancia.
Dada la hora de mi llegada, las 13:15, me encontré la plaza llena de internos, que esperaban más o menos pacientemente la hora de la comida. Casi todos me eran por entonces completamente desconocidos.
A otros, singulares habitantes perpetuos del pabellón de larga estancia, los reconocí enseguida. La pareja formada por el muchacho de la boina de colores y el peinado a lo rastafari sentado junto a su novia, una chica bajita con la cara llena de granos y con un bolso enorme colgando siempre de uno de sus hombros. El patriarca gitano de larga barba blanca, vestido de negro y apoyado en un bastón de madera debido a su cojera, que no dudaba en empuñar para golpear con saña al infeliz que tuviera la osadía de meterse con él. Rafa, el echador de las cartas del tarot, buen dibujante y eterno galanteador de cualquier nueva becaria que realizase allí sus prácticas.
Había otros más cercanos, a los que podía considerar amigos, ya que fueron compañeros en mis ingresos en el pabellón de salud mental, del que eran habitantes cuasi perpetuos. Si digo cuasi perpetuos es porque alguno de ellos, al igual que yo en su día, alternaba su estancia como residente, con otras en las que únicamente iba al hospital por la mañana y se marchaba a su casa después de comer.
Sentados en una bancada de los soportales, en lo que desde mi posición en el centro del patio me permitía ver, estaban en animada conversación José Miguel, al que solíamos apodar “radio-macuto” —porque era la fuente indiscutible de autoridad si querías estar al tanto de cualquier rumor que circulara por el sanatorio—; Ramón, aquel muchacho tan apasionado por el mundo del motociclismo, que cuando estaba en plena etapa delirante se creía poseedor de una Honda de gran cilindrada y a punto de ser fichado por una importante escudería; e, Inés la auxiliar de turno de mañana del pabellón.
Vi también a Miguel, de pie cerca de ellos, al que, por su gran envergadura y elevado peso, solíamos apodar “Buda”.
Miguel o Buda había sido uno de los primeros pacientes del pabellón sobre los que había recaído mi curiosidad inevitable de psicólogo. Me gustaba observar sus conductas ciertamente extravagantes. Cuando no estaba en posición de genuflexión orante, apoyando los codos en cualquiera de los sillones de la sala de descanso de Salud Mental, daba vueltas una y otra vez con paso cansino al pequeño patio interior de nuestro pabellón, siempre solo y sin cruzar ni una palabra con los compañeros.
Me encontraba en una situación privilegiada para cualquier psicólogo, aunque en situaciones como la mía, en la que uno había estado internado como paciente y no de visita de trabajo, tus conocimientos pueden ser más una dificultad que una ayuda para tu propia recuperación.
Miguel me interesaba por reunir muchos de los comportamientos y actitudes que los tratados de psicodiagnóstico atribuyen a la esquizofrenia: delirios auditivos o visuales, actitud retraída en su comportamiento con los demás, etcétera. Muchos de mis primeros días de internado me dediqué a observarle, hasta que otro tipo de patologías de las presentes en aquel micro mundo terminó llamando también mi atención.
Precisamente por eso, y cuando ya me disponía a subir la rampa que me conduciría a la sala de reuniones, me quedé extrañado, pero a la vez agradablemente sorprendido, cuando vi venir hacia mí a Buda. Al tiempo que con un movimiento amistoso y sonriendo me tendía su inmensa mano para que se la estrechara, me preguntó: “¿Cómo estás? Hace tiempo que no se te veía por aquí”. Todo eso a pesar de que solo recordaba haber intercambiado con él algunas frases de cortesía en los tres años en que habíamos estado internados juntos en Salud Mental: buenos días, buenas tardes, qué frío hace hoy y otras frases por el estilo. Él solía responderme con apenas un leve movimiento de su enorme cabeza, mientras continuaba con su casi interminable paseo en solitario.
En cuanto apreté el timbre de la puerta de la primera planta y después de identificarme, me dejaron pasar, por primera vez solo, al ala del edificio reservada a los profesionales. Aproveché para preguntar por Miguel a la primera persona que encontré por el pasillo, Rosalía, la asistente social.
—Buenos días, Rosalía.
—Hola, vienes a la reunión, ¿no?
—Sí, pero si no es indiscreción, quería preguntarte por Miguel Delgado. Lo he encontrado muy cambiado, hasta el punto de que, al reconocerme en el patio, me ha dado la mano.
—Sí, desde que dejó de oír voces con un nuevo tratamiento experimental ha cambiado mucho y se ha vuelto más sociable, hasta el punto de que estamos pensando en trasladarle a uno de nuestros pisos comunitarios.
—No sabes cómo me alegro —respondí.
—¿Y tú? Te veo muy bien —preguntó a su vez Rosalía.
—Sí, estoy muy bien. Recuperado casi del todo.
—Ya ves que de todo se sale, pero te dejo, que vas a llegar tarde a la reunión.
—Hasta luego. Supongo que ahora nos veremos más a menudo.
—Sí, eso creo. Hasta otro día pues —se despidió la asistente social.
El saludo de Miguel, para mí siempre asociado a su apelativo cariñoso de Buda, fue sin duda la mayor alegría que sentí aquel día. Con diferencia más significativa que atravesar aquellas puertas como el profesional que recupera, aunque sea simbólicamente, las “llaves”.
Por eso me vi impelido a narrar lo más pronto posible ese encuentro, que retiró para siempre algún fantasma de los que aún pululaban por mi cabeza.

Mi dinosaurio y yo

Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.

Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.

De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.

Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.

Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.

La muñeca de porcelana

Porcelain doll in vintage lace dress sitting on wooden table in dusty attic
A vintage porcelain doll sits dressed in lace on an old wooden table in a dim attic

Basto un simple mensaje en Telegram: “Feliz año 2025”, acompañado con el clásico emoticono de un beso, para que abandone precipitadamente la mesa donde está celebrando con sus amigos la cena de Nochebuena.

-Lo siento, chicos, me tengo que ir, no me encuentro demasiado bien. ¾dijo, mientras se levanta rápidamente en busca de su abrigo.

-Pero, Roberto, ¿te vas a marchar sin esperar a las campanadas?, ¿tal mal te encuentras? -pregunto Mamen alarmada.

-Sí, presiento que pronto tendré un ataque de migraña y no quisiera arruinaros la noche. De hecho, ya ha empezado a dolerme la cabeza. Lo siento.

-¿Quieres que te acompañe? Así no vas a poder conducir ¾dice Manolo, al tiempo que hace el amago de levantarse de su silla.

-No hace falta, de verdad. De aquí a mi casa son apenas quince minutos y no merece la pena que tú también te quedes sin tomarte las uvas. Es una lata, lo sé, pero ya sabéis lo mal que me pongo cuando me coge este terrible dolor.

Sin darles tiempo a que le siguieran diciendo nada y con cara de circunstancias, agarra su abrigo y sale precipitadamente de la casa en busca del coche, que por suerte tiene aparcado cerca. Le urge volver a su domicilio y sacar de la vitrina su muñeca de porcelana. Tiene que hacerlo sin falta antes de que suene la primera campanada en el reloj de la Puerta del Sol. No puedo dejar a Teresa dentro de la vitrina, cuando acaba de desearme tan amablemente un Feliz Año, piensa.

Mientras conduce con prisas, entre las calles casi vacías en aquel cuarto de hora que precede al inicio de las celebraciones de la Nochevieja, va dándose cuenta de la tristeza que le embargaría si no libera de su prisión de cristal a la muñeca antes de la medianoche. Sí esa muñeca de porcelana que compró la misma tarde en que Teresa le dio “calabazas” con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Su “loquero” había interpretado en su día que la compra impulsiva de la muñeca aquella misma tarde no fue sino el intento inconsciente de atrapar para siempre aquel amor que la realidad le negaba. Una forma de posesión narcisista que en el fondo sabía “frágil” y que por eso entre todos los materiales posibles había elegido la porcelana para aquel fetiche de mujer al que, para estar más seguro, había encerrado en una vitrina de cristal, como si se tratase de una Cenicienta dormida en espera de que el “príncipe azul” la despertase.

Quizás tuviese razón el psicólogo, piensa, ya que el solo saca de su encierro a la muñeca en las contadas ocasiones en que recibe, como hoy, algún mensaje, siempre breve y siempre con el emoticono del beso, en las que la Teresa real, la de carne y hueso, aquella chiquilla rubia de nariz respingona y ojos azules, de la que se había enamorado la primera vez que la vio en aquella estación de tren, cuando ambos empezaban a salir de la adolescencia y a la que en años sucesivos ha visto poco a poco convertirse en mujer, mientras los dos “jugaban” a ser novios, da señales de vida.

Aunque, a decir verdad, prefiere, considerar a la muñeca, como a una especie de Wendy Darling, que en una tarde aciaga de marzo le recuerda a Peter Pan, que ella ya se ha hecho mayor para vivir eternamente con él en el El país de Nunca Jamás, con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Por eso, cada vez que recibe un mensaje, saca a la muñeca de la vitrina para revivir con ella sus locas aventuras en aquel país lejano que ellos habían creado. Y por eso continúa inventando historias para esa Teresa de porcelana, a la que ha sentado en una silla enfrente de la suya. Historias de ese país donde Gonzalo, Alejandro, Teruca y María continúan teniendo diecisiete años y donde todos juntos, sin excepción, continúan contándose leyendas de fantasmas junto al fuego de verano, o disfrutan como cosacos bañándose en las playas de Laredo, y donde todo el grupo sabe que Roberto y Teresa están enamorados, de la misma forma en que es de dominio público que Gonzalo “le tira los tejos” a Teruca o que María tiene miedo se suspender el Preu.

El sortilegio dura tan solo unas horas y entonces, como por encanto, la realidad se impone cuando la muñeca suelta, como si en realidad cobrara vida el terrible sortilegio, no creo que en realidad me quieras de verdad. Es entonces, solo entonces, cuando Roberto la devuelve a la vitrina de cristal y comienza ese inconfundible latido en las sienes que le postrará en la cama por unos días.

La Isla del Viento Azul

Tropical island beach with clear turquoise water, palm trees, and several boats anchored near the shore
A serene tropical island with white sandy beach, palm trees, and anchored boats

Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.

Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.

Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.

La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.

En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.

—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.

Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.

—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.

—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.

El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.

—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.

El muchacho

Young man in green hoodie looking down at cracked sidewalk near graffiti-covered brick wall
A young man stands pensively on a worn city sidewalk covered in graffiti.

Fue en el patio, después de la siesta, la primera vez que coincidí con el muchacho. Me acuerdo de que estaba cómodamente sentado leyendo una novela de espionaje, que esa misma tarde había cogido de la biblioteca del pabellón, cuando alguien se sentó a mi lado. Fingí estar enfrascado en la lectura para evitar la habitual pregunta “¿tienes un cigarro?”. Por eso me sorprendió que la persona, a la que no pensaba prestar la más mínima atención para que me dejara leer en paz, me preguntase “¿qué estás leyendo?”. No me dejó otra alternativa que contestar, poniendo, eso sí, una voz de desagrado para ahuyentar a mi fortuito acompañante, que una novela de espías. Sólo me faltó decirle “así que déjame en paz”, al volverme para verle la cara.

-¿Sueles leer novelas de espías? -me preguntó.

Solo entonces me di cuenta de que mi contertulio era un muchacho de unos veinte años, totalmente desconocido para mí ya que no le había visto en las dos semanas que llevaba internado en el sanatorio.

-Sí, me suelen gustar bastante las novelas. No solo de espías, sino de misterio en general.

-Pues a mí me suelen resultar bastante aburridas ¾me contestó el desconocido.

-Perdona la curiosidad. ¿Eres nuevo? Vamos, quiero decir que si te han internado hoy. Como nunca te he visto por aquí ¾pregunté.

-No, ya llevo cuatro meses en el sanatorio. Lo que pasa es que he estado tres semanas fuera haciendo ejercicios espirituales.

-¿Entonces, es usted cura? ¾volví a preguntar, pero cambiando el tuteo habitual por el usted.

-No, no soy sacerdote. Sólo soy miembro seglar de una congregación religiosa.

-Apostaría algo a que es usted del Opus Dei o de una organización parecida de la Iglesia. O al menos me lo parece, sobre todo por su manera formal de vestir, tan distinta de la que solemos usar aquí, que con un chándal y unas zapatillas de deporte vamos que tiramos. Por cierto, perdone la descortesía, me llamo Agustín.

-Yo soy Bernardo, pero deja ya de tratarme de usted, que como te he dicho no soy sacerdote.

-Aun así, se me hace un tanto raro, lo que me cuentas de que estando aquí como enfermo, te hayan dado permiso para hacer ejercicios espirituales fuera.

-Y eso? ¿Acaso crees que el recogimiento y la oración van a volverme más loco que lo que ya estoy? Porque ocurre todo lo contario. Reunirme con mis hermanos en la Fe, apacigua mucho mis “demonios”. —me contesto muy irritado.

-Bueno, perdona, era una apreciación inocente, no quería ofenderte. Si dices que te va bien no tengo por qué dudarlo.

-Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien, no solo para el alma, sino para los males de la mente —me dijo.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

-Pues entonces hasta la cena.

-Sí, hasta la cena. Nos vemos.

Sin embargo, no volví a ver al muchacho hasta la tarde siguiente, pero como estaba conversando con el capellán del centro, no quise interrumpirlos y continué con mi lectura. He de confesar que picado por la curiosidad ya le había preguntado a Pedro Luis, el radio macuto del sanatorio, qué sabía sobre Bernardo.

-Mira, Agustín, lo único que te puedo contar es lo que se rumorea por ahí.

-Y, ¿que se rumorea? -pregunté.

¾Que, al parecer, el chaval, que es pariente del Prior, está aquí porque de pronto y sin saber por qué le entran unos brotes agudos de ansiedad y termina casi siempre autolesionándose. Yo mismo he contemplado alguno en este patio y te aseguro que se necesito la intervención de tres enfermeros para poder dominarle antes de que se cortase con la tapa mellada de un bote de refresco.

-Ah, ¿sí? ¿Y que paso después?

-Lo de siempre, le metieron en aislamiento un par de días hasta que se le pasó el ataque.

-¿Por qué tienes interés en él?

-Por mera curiosidad. No suele vérsele por aquí por las mañanas y por las tardes cuando va a en misa esta hablando con el capellán.

-¿Ha intentado ya catequizarte como hace con todos?

-No, sólo me propuso el otro día que fuese a misa con él.

-Pues, ya verás que en cuanto pueda volverá a intentarlo. Lo hace con todos y más de uno le ha mandado a la mierda. Por aquí le llaman “el curita”.

-Puede ser, pero aún no has contestado a mi pregunta. Si se autolesiona, ¿dónde está por las mañanas? ¿Y por qué no se le ve en el comedor más que en la cena?

-Dicen por ahí que tiene un permiso especial para poder ir a la Universidad. Le dan de desayunar más pronto que al resto de nosotros para que pueda coger el autobús de las ocho y no viene a comer porque lo debe hacer en la facultad.

-Gracias por la información, Pedro Luis. Tu tan enterado como siempre, pareces la enciclopedia viviente del sanatorio. —le digo como siempre que le pregunto, algo porque sé que le gusta.

-De nada. Pregunta lo que quieras, que ya sabes que uno tiene “sus fuentes” ¾me dice tan ufano, mientras se marcha para mendigar a alguien un cigarrillo.

Pasados unos días, se repitió la escena del primer día. Yo sentado, leyendo tranquilamente en un banco del patio, alguien que se sienta a mi lado y me pregunta ¿qué estás leyendo? Pero esta vez, por el tono de voz, antes de volverme para contestarle ya sé que es el muchacho.

-La misma novela de espías que el otro día ¾contesto.

-¿Sueles leer novelas de espías?

-Sí, ya te lo dije el otro día.

-Perdona, pero con la medicación suelen olvidárseme esas cosas.

¾Me he enterado de que por las mañanas vas a la universidad. ¿Qué estudias? ¾le pregunto con el fin de evitar una nueva invitación de acompañarle a la misa que estará a punto de empezar.

-Teología y Filosofía.

-Ya veo. Te será difícil concentrarte en las clases, con la medicación.

-Un poco, pero gracias a la ayuda del Señor y de los hermanos de la congregación del sanatorio voy sacando las asignaturas.

-Pues debe de ser difícil. Yo seguramente no podría hacerlo.

-Teniendo fe todo es posible. Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien no solo para el alma, sino para los males de la mente.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

El muchacho se levanta apresuradamente y sin despedirse le veo marchar deprisa camino de la capilla.

La escena no hubiera merecido más atención por mi parte, si no se hubiese repetido casi todas las tardes a lo largo de los cerca de los seis meses que permanecí internado allí.

Octubre

Baby sleeping peacefully in a wooden crib with pink and gray bedding
A baby sleeps soundly wrapped in a pink blanket inside a cozy crib.

El final de octubre cambió mi vida para siempre, sencillamente porque el día 31, a las nueve de la mañana, nació mi hija Eva.

Cualquiera que haya sido padre o madre podría confirmar que esta aseveración no es de ninguna manera algo dicho al azar. A lo largo de la existencia puedes cambiarlo casi todo: el lugar de residencia, tu forma de ver las cosas, de religión e incluso de pareja, pero no el hecho de haber contribuido a traer una nueva vida al mundo.

Desde aquel día han pasado muchos octubres, tantos como que Eva me ha hecho abuelo, otro estadio de la vida que te recuerda, lo quieras o no, que te vas haciendo mayor.

De la madrugada de aquel 31 de octubre, me acuerdo sobre todo de lo mal que lo pasó mi exmujer pues el parto no pudo ser más natural, casi veinticuatro horas trascurridas desde que empezaron las contracciones a las 10 de la mañana del día 30, estando ella en su trabajo, para susto del médico de empresa que la atendió en primera instancia, hasta el momento en que la matrona decidió, a eso de las ocho de la mañana, que la dilatación del cuello del útero era suficiente para bajarla al paritorio.

Sé por experiencia, que no hay algo más antipático para muchas “parteras” que atender a una primeriza a la que el obstetra, que terminó su turno a las tres de la tarde, ha dejado internada tan solo en observación; sobre todo si, como es el caso. la clínica es privada y nadie se va a atrever a llamar al galeno a menos que surja una verdadera urgencia, cosa que afortunadamente no ocurrió. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es vivirlo en directo cuando tienes a tu mujer al lado en la cama y la ves pasarlas “putas”, perdone el lector la expresión, sin poder hacer nada más que recordarle que respire como nos enseñaron en las clases de preparación al parto.

Como en aquella época todavía no se permitía la presencia del padre en el paritorio, me tocó esperar nervioso en la habitación, hasta que la trajeron a eso de las 9.30, medio atontada todavía, con un pequeño ser envuelto en una toquilla y con un gorrito cubriéndole la cabeza. El obstetra, esta vez presente junto a la matrona, me dijo “Agustín, ahí tienes a tu hija”; “el parto ha ido perfectamente, aunque nos ha costado un poco de trabajo dado el peso de la niña, cerca de los tres quilos y medio”, “felicidades”. Y tras echar la parrafada, abrió la puerta y se marchó sin dejarme hacerle ninguna pregunta.

Por su parte, la matrona, ahora mucho más humana que la “bruja” que apenas hacia caso a nuestras llamadas nocturnas, me animaba a coger en brazos a Eva, mientras me advertía “cójala con cuidado y sobre todo cuidado con la cabecita”. “Felicidades, ya ve que es una chica muy guapa”, añadió.

Con pulso tembloroso y mucho miedo, tuve por primera vez en brazos a aquel ser diminuto y de carita arrugada y con lagrimas en los ojos besé a mi hija por primera vez.

Pasado el tiempo vinieron los primeros balbuceos, las primeras carreras a gatas por la casa y poco a poco las primeras palabras. Y luego los madrugones matutinos para dejar a Eva en la guardería, pero también los primeros “mocos”, las primeras anginas, las visitas a urgencias del Hospital del Niño Jesús cuando le subía mucho la fiebre y no sabíamos muy bien qué hacer.

La primaria, la EGB, la adolescencia inaguantable, la Selectividad, la universidad, la licenciatura, su primer trabajo como enfermera en un hospital y por último, de momento, su maternidad. Cerrando todo un ciclo para empezar otro nuevo.

Por eso octubre es para mí desde entonces un mes mágico y a la vez agridulce. Mágico porque me recuerda el nacimiento de Eva y agridulce porque su llegada a la maternidad pone de manifiesto, incluso más que mi propio cumpleaños, que la vela de mi vida se va quedando poco a poco sin cera.

   

El anillo

Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.

—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.

—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.

Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.

—¿Da usted su permiso, mi señoría?

—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.

—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.

—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.

A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.

“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.

Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.

Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.

En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por todos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.

Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.

Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.