Buda

Stone Buddha statue sitting cross-legged with flowers and candles in a garden temple at sunset
A serene Buddha statue sits peacefully in a lush garden at sunset with temple spires in the background.

Era la primera vez en más de tres años que cruzaba libremente aquella puerta enrejada.
El vigilante, avisado de mi llegada, se limitó a dedicarme un breve saludo con la mano desde el amplio ventanal de su cabina, para después quedarse observando por un instante cómo iniciaba la subida de la cuesta llena de árboles que me conduciría a la plaza central del sanatorio.
No había andado más de siete u ocho pasos cuando apareció el primer paciente con la habitual pregunta: “¿Tiene usted un cigarrillo?”. Yo, como había hecho siempre ante aquella tesitura, saqué la pipa de mi bolsa y empecé a llenarla al tiempo que formulaba mi disculpa habitual: “no tengo, lo siento; como ves fumó en pipa”, mientras continuaba caminando, haciendo ver que tenía prisa.
Al no pararme, escapaba de la siguiente interpelación, que sabía que llegaría inmediatamente: “Pues, entonces, deme un euro para un café”.
Recorridos los casi doscientos metros de cuesta apareció a mi derecha un pequeño y recoleto parque circular, con varios bancos de piedra rodeando una fuente sin agua. A mi izquierda el camino que conducía a la iglesia del psiquiátrico; lo que indicaba que, a cien metros, y tras aquella curva, estaría ya en la plaza central del complejo.
Al llegar allí, me encontré delante de un blanco edificio porticado de dos plantas. A la planta superior se accedía mediante una rampa y en ella se encontraban la sala de espera para los familiares de los pacientes, los despachos de médicos, psicólogos y asistente social, así como varias salas de juntas, una de las cuales era mi destino aquel día. La planta baja albergaba los distintos pabellones donde vivían los pacientes agrupados en dos categorías: salud mental y larga estancia.
Dada la hora de mi llegada, las 13:15, me encontré la plaza llena de internos, que esperaban más o menos pacientemente la hora de la comida. Casi todos me eran por entonces completamente desconocidos.
A otros, singulares habitantes perpetuos del pabellón de larga estancia, los reconocí enseguida. La pareja formada por el muchacho de la boina de colores y el peinado a lo rastafari sentado junto a su novia, una chica bajita con la cara llena de granos y con un bolso enorme colgando siempre de uno de sus hombros. El patriarca gitano de larga barba blanca, vestido de negro y apoyado en un bastón de madera debido a su cojera, que no dudaba en empuñar para golpear con saña al infeliz que tuviera la osadía de meterse con él. Rafa, el echador de las cartas del tarot, buen dibujante y eterno galanteador de cualquier nueva becaria que realizase allí sus prácticas.
Había otros más cercanos, a los que podía considerar amigos, ya que fueron compañeros en mis ingresos en el pabellón de salud mental, del que eran habitantes cuasi perpetuos. Si digo cuasi perpetuos es porque alguno de ellos, al igual que yo en su día, alternaba su estancia como residente, con otras en las que únicamente iba al hospital por la mañana y se marchaba a su casa después de comer.
Sentados en una bancada de los soportales, en lo que desde mi posición en el centro del patio me permitía ver, estaban en animada conversación José Miguel, al que solíamos apodar “radio-macuto” —porque era la fuente indiscutible de autoridad si querías estar al tanto de cualquier rumor que circulara por el sanatorio—; Ramón, aquel muchacho tan apasionado por el mundo del motociclismo, que cuando estaba en plena etapa delirante se creía poseedor de una Honda de gran cilindrada y a punto de ser fichado por una importante escudería; e, Inés la auxiliar de turno de mañana del pabellón.
Vi también a Miguel, de pie cerca de ellos, al que, por su gran envergadura y elevado peso, solíamos apodar “Buda”.
Miguel o Buda había sido uno de los primeros pacientes del pabellón sobre los que había recaído mi curiosidad inevitable de psicólogo. Me gustaba observar sus conductas ciertamente extravagantes. Cuando no estaba en posición de genuflexión orante, apoyando los codos en cualquiera de los sillones de la sala de descanso de Salud Mental, daba vueltas una y otra vez con paso cansino al pequeño patio interior de nuestro pabellón, siempre solo y sin cruzar ni una palabra con los compañeros.
Me encontraba en una situación privilegiada para cualquier psicólogo, aunque en situaciones como la mía, en la que uno había estado internado como paciente y no de visita de trabajo, tus conocimientos pueden ser más una dificultad que una ayuda para tu propia recuperación.
Miguel me interesaba por reunir muchos de los comportamientos y actitudes que los tratados de psicodiagnóstico atribuyen a la esquizofrenia: delirios auditivos o visuales, actitud retraída en su comportamiento con los demás, etcétera. Muchos de mis primeros días de internado me dediqué a observarle, hasta que otro tipo de patologías de las presentes en aquel micro mundo terminó llamando también mi atención.
Precisamente por eso, y cuando ya me disponía a subir la rampa que me conduciría a la sala de reuniones, me quedé extrañado, pero a la vez agradablemente sorprendido, cuando vi venir hacia mí a Buda. Al tiempo que con un movimiento amistoso y sonriendo me tendía su inmensa mano para que se la estrechara, me preguntó: “¿Cómo estás? Hace tiempo que no se te veía por aquí”. Todo eso a pesar de que solo recordaba haber intercambiado con él algunas frases de cortesía en los tres años en que habíamos estado internados juntos en Salud Mental: buenos días, buenas tardes, qué frío hace hoy y otras frases por el estilo. Él solía responderme con apenas un leve movimiento de su enorme cabeza, mientras continuaba con su casi interminable paseo en solitario.
En cuanto apreté el timbre de la puerta de la primera planta y después de identificarme, me dejaron pasar, por primera vez solo, al ala del edificio reservada a los profesionales. Aproveché para preguntar por Miguel a la primera persona que encontré por el pasillo, Rosalía, la asistente social.
—Buenos días, Rosalía.
—Hola, vienes a la reunión, ¿no?
—Sí, pero si no es indiscreción, quería preguntarte por Miguel Delgado. Lo he encontrado muy cambiado, hasta el punto de que, al reconocerme en el patio, me ha dado la mano.
—Sí, desde que dejó de oír voces con un nuevo tratamiento experimental ha cambiado mucho y se ha vuelto más sociable, hasta el punto de que estamos pensando en trasladarle a uno de nuestros pisos comunitarios.
—No sabes cómo me alegro —respondí.
—¿Y tú? Te veo muy bien —preguntó a su vez Rosalía.
—Sí, estoy muy bien. Recuperado casi del todo.
—Ya ves que de todo se sale, pero te dejo, que vas a llegar tarde a la reunión.
—Hasta luego. Supongo que ahora nos veremos más a menudo.
—Sí, eso creo. Hasta otro día pues —se despidió la asistente social.
El saludo de Miguel, para mí siempre asociado a su apelativo cariñoso de Buda, fue sin duda la mayor alegría que sentí aquel día. Con diferencia más significativa que atravesar aquellas puertas como el profesional que recupera, aunque sea simbólicamente, las “llaves”.
Por eso me vi impelido a narrar lo más pronto posible ese encuentro, que retiró para siempre algún fantasma de los que aún pululaban por mi cabeza.

Espacios

People socializing and drinking beer at a rustic bar with wooden furniture and warm lighting
Friends enjoy drinks and tapas in a warm, rustic bar setting

Santa Barbara

Santa Barbara es una popular cervecería madrileña donde descubrí y empecé a apreciar la cerveza negra.

Allí me gastaba parte de las sisas mensuales que con frecuencia hacía a mi madre cada vez que cobraba mi nomina de botones de Telefónica. Al salir de trabajar solo tenía que subir andado, por la calle Hortaleza, desde la Gran Vía hasta llegar a la Plaza de Santa Barbara para disfrutar del placer exquisito de una buena jarra de cerveza, acompañada de una ración de gambas cocidas.

Esto no hubiese tenido nada de especial, un chico que a las diez de la noche, bebe tranquilamente una cerveza sentado en el interior de un bar, si no fuese porque en ese local en especial, besé por primera vez a Susan y años más tarde fui rechazado amablemente por Asún con aquel “no sé si realmente estás enamorado de mí”, que continúa resonando en mi cabeza, tanto o más que el tierno sabor a fresa de los labios de Susan en nuestro primer beso.

El Camino Schmidt

El Camino Schmidt es el sendero más conocido de la Sierra de Guadarrama. Un camino que para mí siempre ha tenido y continúa teniendo un profundo significado emocional, quizá porque empecé a recorrerlo desde muy pequeño acompañando a mi padre, quizá porque en su pradera de Navalusilla fui investido Rover, la rama mayor del Movimiento Scout,en un caluroso mes de julio de 1968, entrando con ello en esa gran hermandad de hombres y mujeres de todo el mundo que llevan en sus corazones el espíritu de servicio al prójimo que es la esencia del escultismo. Pero sobre todo porque en una de esas noches estrelladas de agosto con la sombra de los Siete Picos a mis espaldas me convertí por un momento en Peter Pan y cogido de la mano de Wendy volé al país de Nunca Jamás, esa isla soñada en la que me refugio de vez en cuando, para desesperación de mi dinosaurio porque es el único sitio al que le tengo prohibido acompañarme.

El Sanatorio de San Juan de Dios de Málaga

Fruto de una profunda depresión fue en esta institución donde hice entrega, de manera voluntaria eso sí, de las llaves que había poseído durante más de 25 años de ejercicio de mi profesión.

Las llaves son en los centros de Salud Mental, como el San Juan de Dios deMálaga, el símbolo del `poder`, los instrumentos que te permiten acceder a todas y cada una de las instancias del hospital, pasillos, salas de reunión y de terapia, despachos e incluso a las habitaciones de los pacientes. Yo las tuve por primera vez entre mis manos cuando inicié mi residencia como psicólogo en el psiquiátrico de Lugo, un manojo de llaves entonces, que ahora se ha convertido en muchos casos en una simple tarjeta electrónica. Por eso desde que las recibí de manos de mi tutor, las llaves se han convertido para mí en el símbolo de la actividad psicoterapéutica, esa actividad que te permite, amparado por un título académico, entrar en la intimidad de los otros con el fin de ayudarlos y acompañarlos en sus tribulaciones emocionales.

Por eso entregar las llaves incondicionalmente, aunque solo sea por un tiempo, es un trance muy duro para cualquier profesional de la salud mental. Es un trance semiamargo ya que pasas a convivir durante casi todo el día con aquellos a los que antes veías, por muy empático que creyeras ser, como tus pacientes. Convertirme en uno de ellos fue quizás una de las `mejores` experiencias que he podido vivir, un aprendizaje que me acompañará siempre, y que creo sinceramente que además de un mejor profesional me ha convertido en mejor persona.

Historia de una nostalgia

Large crowd protesting with banners advocating for labor rights, social justice, and public services in a Spanish city street.
Crowd marches in a street protest advocating for labor rights and social justice in Spain.

Han pasado muchos años desde que termino la transición y visto en perspectiva creo que hemos dejado muchas banderas rotas y girones de nuestra piel en el camino.

Me acuerdo de que cuando era joven tenia la cabeza llena de idealismo y entusiasmo, pero todo se ha perdido con el tiempo, he dejado en el camino amigos y conocidos, ideas y entusiasmos. Todos estos esfuerzos sirvieron de bien poco a la hora de la verdad.

Me entristece y me deprime la sensación de vació con la que me he quedado el auge de los movimientos fascistas en todo el mudo me hace temer lo peor para el futuro. En fin, una pena.

Cartas a un soldado

Russian soldier in camouflage uniform standing with rifle outside building
A Russian soldier stands guard outside a military facility holding a rifle.

El médico

Doctor Alexander Luria

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Leningrado, 25 de mayo 1947

Estimado colega y amigo,

Le escribo esta breve misiva para ponerle al tanto de los datos clínicos más relevantes del paciente Avgustin Temho (Número de expediente AT2001), al que acabo de remitir para ser tratado por usted de su “neurosis de guerra” desde el Hospital Militar Nº 5 de Leningrado.

El sargento Temho, fue ingresado en nuestra institución el 15 de enero de 1946, cuando, a punto de ser licenciado de su Unidad, empezó a dar síntomas de un desequilibrio mental severo, solo explicables, según nuestro parecer, por las experiencias traumáticas sufridas durante su participación en alguno de los combates más duros de nuestra Gran Guerra Patria.

Avgustin Temho no había presentado síntomas observables de neurosis de guerra durante sus más de tres años de servicio, a pesar de haber sido herido varias veces. Es más, dado su arrojo y valentía en el combate, fue reconocido con la la Orden de la Guerra Patria de 2ª clase y la Orden de Bogdán Jmelnitski de 3.ª clase.

Solo tras la entrada de nuestras victoriosas tropas en Berlín el sargento empezó a presentar alguno de los primeros síntomas de su enfermedad: abuso del alcohol, falta de concentración, mutismo y en ocasiones convulsiones musculares ante cualquier ruido. Tras un tiempo de ingreso en el 2º hospital de campaña en las afueras de la ciudad, a petición del medico de su compañía y la persistencia de los síntomas, fue trasladado con cierta urgencia a nuestro hospital, donde hemos estado tratándole con metanfetaminas a dosis moderadas, aislamiento y cura de sueño inducido más psicoterapia analítica, con solo pequeñas mejorías. El aumento de síntomas de conversión como la incontinencia urinaria, parálisis momentánea de las extremidades, sordera, etcétera. nos ha llevado a la conclusión de que el sargento Temho, necesita para su recuperación asistencia especializada como la que presta la institución que usted dirige, por lo que hemos pedido su traslado a Moscú.

Quedando a su disposición para cualquier información complementaria que se pueda requerir sobre este caso, se despide su camarada y amigo,

Coronel Sergey Solovióv.

Hospital Militar Nº 5 Leningrado.

PD: Espero tener el placer de verte durante las vacaciones para jugar una de nuestras partidas de ajedrez

La esposa

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Kémerovo, 7 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por los camaradas de la Comandancia del Ejercito Rojo en Kémerovo que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Quisiera estar en Moscú para tenerte cerca de mí. No sabes cuanto te echo de menos, pero me ha sido imposible conseguir el salvoconducto de viaje, a pesar de haber recurrido a todos nuestros conocidos en las delegaciones provinciales, tanto del Comisariado de Guerra, como de la Milítsiya y los camaradas del Partido.

Espero que el traslado a ese famoso hospital de Moscú, de cuyos tratamientos en casos de enfermedades como la tuya se escuchan maravillas, sirva para que podamos reencontrarnos pronto y besarte y abrazarte de nuevo, ya que nuestro lecho esta muy frio sin tu hermoso cuerpo a mi lado.

Por mí no tienes que preocuparte, pues gracias a ser la esposa de un soldado enfermo a causa de la guerra, pero condecorado dos veces por su valor, he podido continuar trabajando en las oficinas de la fabrica de tanques, que el Estado está reconvirtiendo rápidamente en fabrica de tractores, cumpliendo las directrices para la reconstrucción del camarada Stalin, lo que me permite seguir manteniendo la cartilla de racionamiento de primer grado.

Por cierto, el mes pasado vinieron a visitarme algunos camaradas ya desmovilizados de tu compañía y me trajeron los “obsequios” que habías conseguido en Berlín. Tu padre está encantado con el reloj de pulsera que le enviaste, pero yo he preferido guardar los juegos de sabanas y otras “cosillas” para estrenarlas cuando podamos estar juntos.

Espero que tu estado te permita escribirme pronto, ya me han comentado los médicos de tu hospital que aún no estas en condiciones de hacerlo. Por cierto, son muy amables y cariñosos conmigo, a pesar de las dificultades para poder hablar por teléfono de estos días, suelen llamar a la fabrica casi todas las semanas para decirme cómo estás.

Bueno no quiero cansarte más de lo debido, pero te prometo que ahora que sé tus señas, procuraré escribirte todas las semanas.

Un beso de esta tu esposa que te echa de menos,

Aliona

El padre

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Andreevka, 2 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por el camarada Dmitry capitán de la Milítsiya del Distrito, que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Según me comenta el capitán has tenido una tremenda suerte al ser trasladado a ese hospital ya que su director, el camarada Alexander Luria, es un especialista en trastornos como el tuyo de fama mundial. El policía cree que tu traslado se debe sobre todo a que seas poseedor de dos medallas al valor que acreditan de sobra tu honorabilidad como soldado del Glorioso Ejercito Rojo, que alejan de las autoridades del Estado cualquier sospecha de cobardía por fingimiento de tus síntomas.

Tu madre y yo estamos tremendamente orgullosos de ti y de tu comportamiento como soldado. Lo estuvimos cuando con tan solo 19 años alcanzaste el grado de sargento, un suboficial muy querido por sus subordinados, según nos comentaron tus camaradas el día que vinieron a visitarnos. Y lo seguíamos estando cuando tus fotografías aparecían en los periódicos recibiendo alguna de tus medallas y éramos felicitados por el responsable político del koljós.

De aquí hay pocas cosas que decirte. Gracias a vuestros esfuerzos y la sabia dirección de la Guerra por el camarada Stalin, los malditos alemanes no asomaron sus feas narices por aquí, lo que nos permitió seguir con las cosechas cumpliendo todos los años la cuota marcada por el Comisariado.

Lo que sentimos en el alma es no poder ir a verte a Moscú, pero tanto tu madre como yo estamos desando verte entrar, ya recuperado, por la puerta.

Tu mujer bien. Continúa trabajando en la fabrica de Kémerovo y como siempre se muestra muy cariñosa con nosotros. Es una lástima que con la guerra no nos hayáis podido dar ningún nieto, pero con el tiempo supongo que todo se andará.

Bueno, hijo, te dejo y ya te iremos escribiendo. Un beso de tu madre y mío,

Avgustin y Katia Temho


Mi investidura como Rover

Boy Scout in uniform carrying backpack and walking stick on forest path
A Boy Scout smiles while hiking through a sunlit forest trail.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

Nunca lo tuve claro

Woman exiting hospital entrance with prescription bag and phone
A woman walks out of St. Jude’s Hospital carrying prescription medication and checking her phone.

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

Estimada y a la vez temida ansiedad

Young woman with worried expression biting nails in a waiting room.
A young woman bites her nails looking worried in a crowded waiting room.

Te escribo esta carta con el fin “terapéutico” de que sepas cuanto sufrimiento y quebranto en mi bienestar cotidiano me estas produciendo.

Ya se que tu los conoces, al igual que los conozco yo, pero quiero relatarlos en primera persona sobre todo como una forma de exorcismo reflexivo que me lleve a ponerte en el lugar que realmente te corresponde.

Por empezar de alguna manera por el principio quizás con toda probabilidad naciste conmigo y seguramente te hiciste fuerte por la trasmisión de ciertas inseguridades ante la vida trasmitidas por un ambiente familiar propenso a trasmitir directa o indirectamente cierto temor ante las circunstancias imprevistas de la vida, sobre todo aquellas que tienen que ver con la salud.

No me recuerdo como un niño especialmente ansioso o nervioso, sino más bien todo lo contario, me recuerdo más bien como un infante algo temerario e impulsivo, cliente habitual de la “casa de socorro”, debido a múltiples escoriaciones y alguna rotura de huesos, provenientes de mis juegos. Lo que si recuerdo es la exagerada preocupación de mi madre, que se traducía en las mil capas con que nos abrigaba a mi hermano y a mi, para que no cogiésemos frio al ir al colegio. Fuera de esto no tengo consciencia de ningún otro tipo de signo de alerta que pudiese fomentar algún tipo de miedo a la enfermedad.

Ya algo más mayorcito y tanto en mi pre-adolescencia como en mi adolescencia lo que sigo teniendo muy presente son los distintos roles familiares de mi madre y mi padre, tengo la sensación o el recuerdo si quieres, de una madre ausente que casi nunca nos daba verdaderas muestras de cariño y la presencia de un padre muy presente que trataba siempre de fomentar mi autonomía, al tiempo que se desesperaba y lo manifestaba críticamente con mi evidente falta de habilidades manuales.

Probablemente mi contacto más directo con la enfermedad fue el internamiento y posterior agonía de mi padre. Tengo un vago recuerdo de que el su decaimiento físico empezó, con casi total seguridad, con el nacimiento de mi hermano Jesús y su no aceptación de la minusvalía intelectual de su cuarto hijo, todo ello entremezclado con el cambio de tecnología de analógica a digital de los ascensores que conservaban. Recuerdo que se interno, creo que voluntariamente en el Sanatorio donde termino muriendo, a raíz de un viaje de trabajo a Sevilla, donde se agravo el asma que padecía debido a sus años de fumador empedernido, de mis visitas al centro sanitario en los primeros tiempos, recuerdo sobre todo las manifestaciones de desprecio hacia mi madre, mezcladas con unos celos casi patológicos, a los pocos meses y ha raíz de una caída, de la que no esta claro no fue causa un ictus, entro en una agonía larga y penosa de la que me tuve que “tragar”, toda una parte, gracias a las guardias nocturnas que tuve que asumir una noche si y otra también para dejar descansar a mi madre.   

    

Odio

Man and woman arguing with raised hands in living room
A couple passionately arguing in their living room, expressing frustration.

Desde que me separe de mi mujer la he tomado verdadero odio. Un odio irracional que no me deja apenas dormir ni comer. He pensado incluso en asesinarla, aunque luego me he arrepentido porque no quiero arruinar mi vida.

Hoy me marchare por fin de esta casa en la que he estado viviendo muchos años y como despedida terminare vengándome con una falsa declaración de suicidio.

No tengo ninguna duda de que encontrare otras mujeres que me permitan rehacer mi vida; pero tampoco que el odio s mi expareja me perseguirá toda la vida.

Pobre de ti -dice mi dinosaurio mientras me contempla colgado de su lampara habitual.

La Noche de Reyes

Three children sitting by a decorated Christmas tree with wrapped presents
Three children laugh and share Christmas decorations by a beautifully lit tree

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No sé qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

Nube blanca

Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.

La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas,me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.

Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.

-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? ¾le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.

-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? ¾respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.

-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.

-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.

-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.

-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?

-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.

-¿Quién yo?

-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.

-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continues jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.

Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nubeblanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.

Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.