A young woman nervously biting her nails on a crowded train
Estimada y a la vez temida ansiedad:
Te escribo esta carta con el fin “terapéutico” de que sepas cuanto sufrimiento y quebranto en mi bienestar cotidiano me estas produciendo.
Ya se que tu los conoces, al igual que los conozco yo, pero quiero relatarlos en primera persona sobre todo como una forma de exorcismo reflexivo que me lleve a ponerte en el lugar que realmente te corresponde.
Por empezar de alguna manera por el principio quizás con toda probabilidad naciste conmigo y seguramente te hiciste fuerte por la trasmisión de ciertas inseguridades ante la vida trasmitidas por un ambiente familiar propenso a trasmitir directa o indirectamente cierto temor ante las circunstancias imprevistas de la vida, sobre todo aquellas que tienen que ver con la salud.
No me recuerdo como un niño especialmente ansioso o nervioso, sino más bien todo lo contario, me recuerdo más bien como un infante algo temerario e impulsivo, cliente habitual de la “casa de socorro”, debido a múltiples escoriaciones y alguna rotura de huesos, provenientes de mis juegos. Lo que si recuerdo es la exagerada preocupación de mi madre, que se traducía en las mil capas con que nos abrigaba a mi hermano y a mi, para que no cogiésemos frio al ir al colegio. Fuera de esto no tengo consciencia de ningún otro tipo de signo de alerta que pudiese fomentar algún tipo de miedo a la enfermedad.
Ya algo más mayorcito y tanto en mi pre-adolescencia como en mi adolescencia lo que sigo teniendo muy presente son los distintos roles familiares de mi madre y mi padre, tengo la sensación o el recuerdo si quieres, de una madre ausente que casi nunca nos daba verdaderas muestras de cariño y la presencia de un padre muy presente que trataba siempre de fomentar mi autonomía, al tiempo que se desesperaba y lo manifestaba críticamente con mi evidente falta de habilidades manuales.
Probablemente mi contacto más directo con la enfermedad fue el internamiento y posterior agonía de mi padre. Tengo un vago recuerdo de que el su decaimiento físico empezó, con casi total seguridad, con el nacimiento de mi hermano Jesús y su no aceptación de la minusvalía intelectual de su cuarto hijo, todo ello entremezclado con el cambio de tecnología de analógica a digital de los ascensores que conservaban. Recuerdo que se interno, creo que voluntariamente en el Sanatorio donde termino muriendo, a raíz de un viaje de trabajo a Sevilla, donde se agravo el asma que padecía debido a sus años de fumador empedernido, de mis visitas al centro sanitario en los primeros tiempos, recuerdo sobre todo las manifestaciones de desprecio hacia mi madre, mezcladas con unos celos casi patológicos, a los pocos meses y ha raíz de una caída, de la que no esta claro no fue causa un ictus, entro en una agonía larga y penosa de la que me tuve que “tragar”, toda una parte, gracias a las guardias nocturnas que tuve que asumir una noche si y otra también para dejar descansar a mi madre.
A ghostly figure floats above an antique bed in a dimly lit, decaying room
Recién divorciado y nada más llegar a mi nuevo apartamento tuve un sueño.
Soñé que mi ex, llegaba en forma de fantasma hasta mi cama para cubrirme de reproches: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.
Temeroso de que el sueño se repitiera, decidí recurrir a los servicios de un exorcista. No es que crea en estas cosas, pero como dicen los gallegos “haberlas ailas”.
El exorcista, un tipo barbudo y mal vestido saco de uno de sus bolsillos un extraño aparato, con el que dijo iba a medir la existencia de fuerzas malignas. Mientras yo le miraba con cierta desconfianza, empezó a pasar el dichoso aparatito por todas las habitaciones de la casa. Uf, exclamo tiene usted en su vivienda un espíritu maligno. En necesario tomar medidas urgentes; por lo pronto voy a regar toda la casa con agua bendita, poner debajo de su cama unas tijeras abiertas y un amuleto contra el mal de ojo en la puerta de su habitación.
Las medidas no sirvieron de nada porque el sueño como una maldición se repitió a la noche siguiente.
Desde entonces para mi desgracia he tenido que aprender a convivir con la presencia de mi ex que todas las noches me suelta la misma monserga: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.
A hiker enjoys stunning views from a rugged coastal cliffside.
Me he despertado, no sé cómo, atado de pies y manos en la cama de un hospital. Estoy solo en una habitación de la que únicamente puedo ver, dada mi posición, el techo. Un techo blanco con la escayola algo agrietada. Si giro un poco la cabeza hacia mi derecha aprecio en una esquina una cámara con la que creo que me vigilan.
Apenas recuerdo cómo llegué aquí. En mi cabeza vagos recuerdos de unos sanitarios que me están colocando un gotero en un brazo y una mascarilla de oxígeno que me cubre la cara. Alguien, supongo que el médico del equipo que me atiende me pregunta: ¿Cómo te llamas?, ¿sabes dónde estás?
-Me llamo Manuel y me parece que estoy dentro de una ambulancia ¾respondo antes de quedarme dormido, supongo que por efecto de algún sedante que me habrán inyectado.
-Vaya, por fin te has despertado ¾me dice alguien que ha entrado en la habitación¾. Lo primero vamos a desatarte y tomarte las constantes.
-12/8 de tensión, 54 pulsaciones por minuto y 97% de saturación. -recita a la vez que anota estos valores en un cuaderno. -No está mal; siéntate con cuidado, que enseguida vendrá la psiquiatra a hablar contigo.
Mientras me siento en la cama voy recordando por qué estoy aquí. Sencillamente he intentado suicidarme. Dicen los especialistas que el suicidio es producto de la desesperanza. Y quién no va a estar desesperanzado, si ha pasado por un divorcio reciente, que le ha obligado a salir de su casa con “una mano delante y otra detrás” como quien dice.
Ya he estado antes en una situación parecida, cuando intenté quitarme la vida, en otra ciudad, fruto de un brote psicótico por consumir demasiado éxtasis. O sea que ya sé lo que me espera, estar sometido durante unos días al protocolo de suicidio: observación constante, armario de la ropa herméticamente cerrado, nada de muebles en la habitación salvo la cama, zapatillas y chándal de hospital, sin cordones ni cinturón. Vida de monje de clausura, en definitiva.
-Hola, Manuel, ¿cómo estas? -irrumpe en la habitación la psiquiatra. Hecho una mierda, pienso, mientras empieza la ronda de preguntas.
A woman appears to be arguing with a man during a walk in the park
Conocí por primera vez a María a través de su historial clínico cuando cursaba mi primer año de residencia. Como psicólogo novato e inexperimentado tenía por aquellos años la mala costumbre, que después la experiencia me he hecho poner en cuestión, de creerme a pies juntillas los diagnósticos ofrecidos por los psiquiatras para explicar las alteraciones emocionales y de la conducta que explican la posible patología de un paciente.
A María desde su primer ingreso en una institución psiquiátrica le habían colgado la etiqueta, la verdad no sé muy bien por qué dados los antecedentes de su biografía de Trastorno Limite de la Personalidad, lo que dicho en roman paladino no es otra cosa que el saco diagnostico donde suelen meterse aquellas personas “con una tendencia innata biológica de reaccionar más intensamente que otros a los niveles inferiores de tensión y que les toma más tiempo recuperarse” y que han venido desde siempre considerándose como difíciles de tratar y extremamente perturbadores.
María había recibido esta etiqueta porque se encontraba dentro de ese grupo de personas que lesionan su cuerpo de manera intencionada, algunas veces incluso de manera muy cruenta, con el fin de aliviar la alta tensión emocional que sienten. La historia de nuestra protagonista en este sentido no tenía nada fuera de lo común, ya que muchas de las personas que se lesionan intencionadamente han sido sometidas desde pequeñas a abuso físico o sexual en el contexto de unas condiciones familiares caóticas.
Algún tiempo después, y siendo ya residente de segundo año, aquel aprendiz de psicólogo al que ya se permite circular con cierta libertad y sin mucha supervisión por las dependencias de la Institución, tuve el placer de conocer directamente a María, y digo que tuve el placer, porque al contrario de lo que esperaba a raíz de la tétrica lectura de su historia clínica, me encontré con una guapa mujer de treinta y cinco años, extremadamente arreglada para el tipo de vestimenta que suelen usar los pacientes por estos lares, extremadamente culta e inteligente, pero, eso sí, con sus brazos y piernas cubiertas de profundas cicatrices y marcas de quemaduras producto de sus propias y pasadas autolesiones.
Nuestra protagonista, privada, dentro de lo posible, de cualquier otro medio de autolesión, utilizaba al menor descuido de enfermeros y auxiliares, pequeñas piedrecitas, buscadas ávidamente por el suelo o las paredes del patio para infringirse así misma uno o varios cortes, siempre que por cualquier motivo se sentía desbordada por alguna emoción o acontecimiento inesperado. Por eso el “ojo que todo lo ve”, como se llama en los hospitales psiquiátricos a las cámaras de seguridad, seguía inexorablemente sus pasos, con la idea, no siempre conseguida, de quitarle inmediatamente de las manos cualquier trozo de piedra que se hubiese agenciado.
Pero como ya he comentado, yo procuraba siempre que podía, acercarme a ella y con el menor pretexto hilvanar alguna de esas apasiones conversaciones, que fuera de lo estrictamente clínico, nos permitían hablar de todo lo divino y lo humano y que terminaron forjando entre nosotros, sino una amistad, al menos un cierto lazo comunicativo.
Una de estas conversaciones termino derivando, ha raíz de una de sus preguntas, ¿tu tienes novia? hacia el tema de las relaciones afectivas en general, y las suyas en particular.
—Si, le conteste, siendo consciente de que una pregunta tan directa de un paciente a un terapeuta debe a ser posible ser eludida. Pero en aquel momento me pareció que el no contestarla, seria tomada por María, como un desdén, que terminaría para siempre con nuestras conversaciones, pasando desde entonces a ser considerado por ella como un “loquero” más, con el que no merecía perder el tiempo.
—¿Y la quieres o la odias? Volvió a preguntar.
—No me lo digas, seguro que a veces te parece quererla y otras veces la odias profundamente, muy profundamente, como yo a mis amantes.
—Y cuando los odio, me corto o me quemo, aunque tu como muchos otros “loqueros” seguro que no lo comprendes. ¿A que no?
En buena te as metido, pensé, has desencadenado una tormenta emocional y ahora haber como sales de esta.
La evolución de María hubiese sido la esperable, corte tras corte al menor descuido, cambio de terapeuta y medicación. Pero otra vez y tras una aparente mejoría una nueva herida que terminaba desesperándonos a todos, pues no hay mayor frustración para un sanitario que no dar con la tecla oportuna que mejore al menos los síntomas de su paciente.
Y digo que la evolución de nuestra protagonista hubiese sido la habitual en estos casos, si no hubiera sido por que un suceso tan tonto como inesperado terminó de repente con el ritual perverso de las autolesiones de nuestra paciente.
María encontró un buen día y gracias a un taller de mímica, organizado por los voluntarios que prestan su tiempo y dedicación a hacer menos largas las interminables horas de la tarde del hospital, el rotulador rojo. Un simple rotulador rojo que daba colorido en forma de heridas a la piel de uno de los mimos que fingía infringirse en un juego desesperado por llamar la atención de los guardianes que se suponía la tenían encerrada en una caja de cristal unos aparatosos y sangrantes cortes en una de sus piernas.
Misterios de la psique humana, aquella representación y el rotulador, abrieron, no sabemos por qué, alguna pequeña puertecita de esperanza en aquel cerebro torturado y desde entonces María, se pasea por el patio y los pasillos de la Institución asida su mano a un rotulador rojo, con el que algunas veces se pinta heridas fingidas, heridas que, mucho más que las reales, parecen librarla por lo menos en algunas ocasiones de sus demonios interiores.
Desde entonces siempre tenemos a mano una caja llena de rotuladores rojos.
A woman appears to be arguing with a man during a walk in the park
Desde que me separe de mi mujer la he tomado verdadero odio. Un odio irracional que no me deja apenas dormir ni comer. He pensado incluso en asesinarla, aunque luego me he arrepentido porque no quiero arruinar mi vida.
Hoy me marchare por fin de esta casa en la que he estado viviendo muchos años y como despedida terminare vengándome con una falsa declaración de suicidio.
No tengo ninguna duda de que encontrare otras mujeres que me permitan rehacer mi vida; pero tampoco que el odio a mi expareja me perseguirá toda la vida.
Pobre de ti -dice mi dinosaurio mientras me contempla colgado de su lampara habitual.
A joyful baby with curly hair sits on a cozy blanket smiling brightly
El final de octubre cambió mi vida para siempre, sencillamente porque el día 31, a las nueve de la mañana, nació mi hija Eva.
Cualquiera que haya sido padre o madre podría confirmar que esta aseveración no es de ninguna manera algo dicho al azar. A lo largo de la existencia puedes cambiarlo casi todo: el lugar de residencia, tu forma de ver las cosas, de religión e incluso de pareja, pero no el hecho de haber contribuido a traer una nueva vida al mundo.
Desde aquel día han pasado muchos octubres, tantos como que Eva me ha hecho abuelo, otro estadio de la vida que te recuerda, lo quieras o no, que te vas haciendo mayor.
De la madrugada de aquel 31 de octubre, me acuerdo sobre todo de lo mal que lo pasó mi exmujer pues el parto no pudo ser más natural, casi veinticuatro horas trascurridas desde que empezaron las contracciones a las 10 de la mañana del día 30, estando ella en su trabajo, para susto del médico de empresa que la atendió en primera instancia, hasta el momento en que la matrona decidió, a eso de las ocho de la mañana, que la dilatación del cuello del útero era suficiente para bajarla al paritorio.
Sé por experiencia, que no hay algo más antipático para muchas “parteras” que atender a una primeriza a la que el obstetra, que terminó su turno a las tres de la tarde, ha dejado internada tan solo en observación; sobre todo si, como es el caso. la clínica es privada y nadie se va a atrever a llamar al galeno a menos que surja una verdadera urgencia, cosa que afortunadamente no ocurrió. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es vivirlo en directo cuando tienes a tu mujer al lado en la cama y la ves pasarlas “putas”, perdone el lector la expresión, sin poder hacer nada más que recordarle que respire como nos enseñaron en las clases de preparación al parto.
Como en aquella época todavía no se permitía la presencia del padre en el paritorio, me tocó esperar nervioso en la habitación, hasta que la trajeron a eso de las 9.30, medio atontada todavía, con un pequeño ser envuelto en una toquilla y con un gorrito cubriéndole la cabeza. El obstetra, esta vez presente junto a la matrona, me dijo “Agustín, ahí tienes a tu hija”; “el parto ha ido perfectamente, aunque nos ha costado un poco de trabajo dado el peso de la niña, cerca de los tres quilos y medio”, “felicidades”. Y tras echar la parrafada, abrió la puerta y se marchó sin dejarme hacerle ninguna pregunta.
Por su parte, la matrona, ahora mucho más humana que la “bruja” que apenas hacia caso a nuestras llamadas nocturnas, me animaba a coger en brazos a Eva, mientras me advertía “cójala con cuidado y sobre todo cuidado con la cabecita”. “Felicidades, ya ve que es una chica muy guapa”, añadió.
Con pulso tembloroso y mucho miedo, tuve por primera vez en brazos a aquel ser diminuto y de carita arrugada y con lagrimas en los ojos besé a mi hija por primera vez.
Pasado el tiempo vinieron los primeros balbuceos, las primeras carreras a gatas por la casa y poco a poco las primeras palabras. Y luego los madrugones matutinos para dejar a Eva en la guardería, pero también los primeros “mocos”, las primeras anginas, las visitas a urgencias del Hospital del Niño Jesús cuando le subía mucho la fiebre y no sabíamos muy bien qué hacer.
La primaria, la EGB, la adolescencia inaguantable, la Selectividad, la universidad, la licenciatura, su primer trabajo como enfermera en un hospital y por último, de momento, su maternidad. Cerrando todo un ciclo para empezar otro nuevo.
Por eso octubre es para mí desde entonces un mes mágico y a la vez agridulce. Mágico porque me recuerda el nacimiento de Eva y agridulce porque su llegada a la maternidad pone de manifiesto, incluso más que mi propio cumpleaños, que la vela de mi vida se va quedando poco a poco sin cera.
A man quietly stands with his head resting on a large tree in a peaceful autumn park.
El señor Matin, se levanto con la vaga idea de que algo malo podía ocurrirle, preocupado y muy nervioso, desayuno con prisas y salió a la calle.
Allí se encontró con Marina su vecina que como el iba a la compra. Hola Marina -le dijo-
Hola, -contesto ella.
-Que tal tu día.
-Muy bien y tú.
-Tan bien. ¿Vas a la compra?
-Si, te acompaño.
Y allí fueron los dos. Mientras estaban en la cola de la pescadería a Matin le entraron ganas de orinar. Tan fuerte eran sus ganas que se hizo pis en los pantalones empapándose, pantalón y calzoncillos. ¡Oh mierda¡, exclamo y como salgo ahora fuera sin que se note. Tapándose con las manos, acudió presuroso a un puesto de prensa próximo, compro un periódico que coloco delante de su ropa mojada y de esta guisa volvió a la cola de la pescadería.
Su vecina que estaba allí se volvió hacia el y se dio cuenta de que tenia los pantalones mojados a pesar de los esfuerzos de Martin por disimularlo con el periódico.
Pero Martin, no te da vergüenza mearte en los pantalones -dijo- Ya eres mayorcito. Es que padezco de incontinencia -dijo el-. La mujer asqueada se alejo de el y desde entonces su vecina no ha vuelto a dirigirle la palabra.
A historic fortress and old town at sunset with glowing golden light
Hoy, como todos los días, la voz femenina de mi asistente personal me ha despertado a las 7:30 con su habitual. “Buenos días, Agustin, es hora de levantarse, hoy no tienes compromisos pendientes”.
—Buenos días, Geni, ¿me puedes decir qué tiempo va a hacer hoy? —le he contestado.
—Hoy, en Lugo capital, se esperan temperaturas máximas de 15º y mínimas de 6º. El día estará nublado con lluvias intermitentes, que cesaran a lo largo de la tarde. ¿Puedo ayudarte en algo más?
—Sí, Geni, ponme a Sabina en el cuarto de baño. Hoy me apetece escuchar música mientras me ducho.
Dada la orden, ha empezado a sonar Calle melancolía en los altavoces instalados en el cercano cuarto de baño. Mientras me dirijo a la ducha voy pensando en lo distinto que era el mundo antes de que aparecieran estos aparatos, que, con una simple petición expresada en voz alta, son capaces desde encender y apagar las luces de una habitación concreta, ponen tu música preferida o narrarte las noticias del día entre muchas otras cosas.
Terminado mi aseo personal y ya vestido y desayunado, a eso de las ocho, me dispongo a salir hacia el trabajo consciente de que como siempre voy un poco tarde. Al fin y al cabo, aunque es un trayecto corto, tengo que cruzar casi toda la ciudad hasta llegar al nuevo centro de calculo que mi empresa ha abierto muy cerca de la antigua central de Telefónica.
Al ir a salir a la calle oigo a mis espaldas de nuevo la voz melodiosa de Geni: “Agustin, no te olvides el paraguas que va a llover”.
Entro en el centro de la ciudad atravesando la Porta de Santiago camino de la Plaza Mayor, con prisas y pensando en el nuevo algoritmo que estamos creando para la Universidad de Santiago, pero con la extraña sensación de que alguien a mis espaldas me está metiendo prisa. “Agustin, date prisa que te están esperando”, parece decirme ese desconocido, con voz autoritaria, al que cuando vuelvo la cabeza no consigo distinguir, entre la multitud de oficinistas, que como yo caminan apresurados hacia sus respectivos trabajos. Pienso, por un momento, que esa extraña voz que parece perseguirme es fruto del estrés que me está produciendo la creación del algoritmo ya que tiene que estar terminado antes de final de mes. No le doy más importancia, aunque de forma reiterativa y hasta que por fin llego al trabajo continúo escuchándola.
Ya en el Centro, mi jefe me mira con cara enfurruñada —“Tarde como siempre, matemático, ha este paso no vais a cumplir con el plazo de entrega”, —me dice, y es entonces cuando reparo en que su forma de hablar, dada su entonación, es idéntica a la de la voz que vengo escuchando desde que crucé la Porta de Santiago.
—No se preocupe, Joaquín, que mi equipo y yo casi estamos acabando —le respondo, mientras pienso: maldito enchufado, si no fueses pariente del ministro no estarías dirigiendo este cotarro cuando no tienes ni idea de matemáticas.
—Geni, enciende mi ordenador, por favor —le digo al asistente personal, idéntico al que tengo en casa. —Ya sabes mi clave: QXXXY116. Mientras mi asistente abre mi ordenador, le hecho un vistazo a la portada del Progreso de Lugo, que alguien, no se quien, ha dejado sobre mi mesa. Abre la edición un gran titular en portada: EL AYUNTAMIENTO APRUEBA LA INSTALACION DE CÁMARAS DE RECONOCIMIENTO FACIAL.
En el último pleno municipal el partido gobernante, pese a la oposición de la izquierda, aprueba por mayoría la instalación de cámaras con reconocimiento facial de los transeúntes en las calles del municipio —leo, pero como el ordenador ya está en marcha dejo el periódico a un lado para empezar a trabajar.
—Geni, abre el programa de multiconferencias y ponme, por favor, en línea con Alejandro y Marisa.
—¿Quieres leer antes el correo? —pregunta la asistente, habituada como está a mis rutinas de trabajo cotidianas.
—No, déjalo para después —le respondo.
No pasa ni medio minuto y ya tengo delante las caras de mis colaboradores. Alejandro, que se conecta desde el Centro de Cálculo de Zaragoza, y Marisa, que lo hace desde su despacho en la Facultad de Ciencias de Universidad de Santiago.
—Bueno, muchachos, creo que estamos atascados en la clasificación de los cambios neuronales —digo.
—Yo creo, que no es tanto en la clasificación, sino en cómo hemos programado la clasificación —responde Alejandro.
—Sí, quizás el problema está en la programación de la matriz. Lo que es seguro es que la información aportada por las resonancias cerebrales de los voluntarios está convenientemente agrupada —interviene Marisa.
—Entonces y si tenéis razón, solo se me ocurre cambiar los vectores de la matriz, volteándolos y ver qué pasa con la clasificación. ¿Estáis de acuerdo? —les propongo.
—Sí, podemos intentarlo —responden los dos casi al tiempo.
—Pues, a trabajar. Yo me encargo de la nueva vectorización y su volteo, mientras vosotros dos le dais una nueva vuelta a lo que llevamos hecho por si encontráis más errores, ¿de acuerdo?
—Sí, de acuerdo —responden.
—Pues, adelante y mañana probamos la nueva vectorización, a ver si hay suerte. Adiós.
— Adiós —contestan, mientras sus caras desaparecen de la pantalla.
Le pido a Geni que abra el programa donde está situado el algoritmo y me pongo a trastear con los vectores. Liado durante toda la mañana con la dichosa matriz, se me olvida de nuevo leer mi correo electrónico, por lo que no me enteraré hasta llegar a casa de la notificación perentoria que he recibido del Ayuntamiento. Y probablemente no me hubiese puesto a repasar mi correo en casa si no fuese porque la misma voz perentoria de esta mañana no me hubiese estado repitiendo, otra vez a mis espaldas y otra vez sin que lograse identificar la fuente de donde provenía, “Agustín, tienes que leer tu correo”. Así que nada más llegar a mi domicilio me he sentado delante del ordenador que tengo siempre encendido invernando por comodidad y le he pedido a mi asistente virtual que abriese y me leyese mis correos.
—Geni, abre el programa de correo y léeme los emails.
—Solo tienes un correo en tu bandeja de entrada −me responde mi asistente.
“Qué raro”, pienso, “solo un email, en la bandeja de entrada, cuando suelo recibir 20 o más correos al día”. Algo está pasando con el servidor. El correo y su contenido perentorio me dejan aún más extrañado:
Requerimiento urgente del Excelentísimo Ayuntamiento de Lugo.
Registro biométrico.
Según la ordenanza municipal 21/2/2025. Se le conmina a presentarse en un plazo no mayor de 48 horas en las oficinas del Registro biométrico de Ciudadanos, para el procesamiento de sus datos.
El incumplimiento de esta notificación supone según el artículo 2 de la citada ordenanza la exclusión de sus datos personales del padrón municipal y la pérdida de los derechos asociados.
Lugo, 3 de marzo del 2025
Ramón Manchón
Inspector jefe de Seguridad Ciudadana.
“Qué extraño”, me da por pensar, “no tenía ni idea de la existencia de esta Ordenanza y nadie me ha comentado nada al respecto cuando parece referirse a todos los habitantes de la ciudad”.
—Geni, pregunta al programa de IA lo que sabe sobre esta ordenanza.
—Aquí tienes la respuesta —me contesta mi asistente.
Laordenanza municipal 21/2/2025, para el registro obligatorio de los parámetros biométricos de las personas empadronadas en la Ciudad de Lugo fue aprobado por el pleno municipal en su reunión del 15 de enero de este año.
La idea llevada al pleno por el equipo de gobierno de la ciudad se fundamenta en razones de seguridad ciudadana y sigue, en su redacción, decretos similares de muchas ciudades norteamericanas.
Contestada por la oposición no solo de la ciudad, sino incluso a nivel nacional, ha sido recurrida por los partidos de izquierda ante el Tribunal Constitucional.
“Por qué no me enterado de nada de esto”, me pregunto, “no es posible que haya estado tan metido en mi trabajo, que no me haya enterado de nada, ni siquiera escuchando por la radio las noticias cada día”.
—Geni, marca el teléfono de Marisa. Marisa, que es amiga mía, ejerce de portavoz en el grupo municipal de Izquierda Lucense en el Ayuntamiento y quizás pueda darme una explicación de lo que está pasando.
—El teléfono al que usted llama está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje al escuchar la señal, —se escucha por el altavoz la voz metálica del contestador de Marisa, algo inusual en ella porque dado su cargo siempre lo tiene encendido.
—Geni, marca el teléfono de la sede de Izquierda Lucense, por favor.
De nuevo, el teléfono, esta vez de la sede del partido, repite con voz metálica el mismo mensaje: el teléfono al que usted llama está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje al escuchar la señal. Esto sí que es imposible, parece como si alguien no quisiera que hablase con ningún componente de la izquierda del municipio.
—Geni, parece que estoy incomunicado por alguna razón, reinicia el servidor y pásale el antivirus.
—Lo siento, Agustín, pero me han pedido que no ejecute nada de lo que me estás pidiendo que haga —me responde con una voz desagradable y desconocida mi asistente.
—No te reconozco. ¿Quién te ha pedido que incumplas mis ordenes?
—El Inspector jefe de Seguridad Ciudadana, y por cierto a partir de ahora llámame Ramón.
A crystal perfume bottle labeled Aurora Blossom sits on a wooden dresser beside white flowers and a pearl necklace.
Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.
Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.
Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.
Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”
Three hotel bellhops stand in the elegant hotel lobby ready to assist guests
1 presentaciones
– Hola, ¿eres nuevo?
Si.
– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?
Agustín.
– ¿Y con quien te han puesto?
Con el director general y el secretario del Consejo.
-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.
-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.
– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.
– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.
Hasta mañana.
Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.
La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.
Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.
Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.
Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.
Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.
2. En la escalera
– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.
Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.
– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?
Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?
– Jo, como se nota que eres nuevo.
– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.
– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.
– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.
– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.
3. El examen
-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.
¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?
– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.
-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?
Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.
-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.
-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.
-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.
4. Registro
-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.
– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.
– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.
Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.
Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.
– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.
-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.
Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.
Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.
Botones y Mensajeras
1 presentaciones
– Hola, ¿eres nuevo?
Si.
– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?
Agustín.
– ¿Y con quien te han puesto?
Con el director general y el secretario del Consejo.
-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.
-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.
– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.
– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.
Hasta mañana.
Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.
La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.
Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.
Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.
Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.
Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.
2. En la escalera
– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.
Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.
– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?
Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?
– Jo, como se nota que eres nuevo.
– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.
– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.
– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.
– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.
3. El examen
-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.
¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?
– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.
-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?
Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.
-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.
-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.
-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.
4. Registro
-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.
– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.
– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.
Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.
Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.
– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.
-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.
Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.
Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.
El Colegio, la bufanda y la leche en polvo
Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra está ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio público, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del número 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.
De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no sé si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.
La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenía carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.
En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacía por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.
En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.
Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenía patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacía lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.
Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.
La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.
Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.
También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenía su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.
El refugio
Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en él. Al mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.
Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo, desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.
Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.
Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mí desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.
Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que, vuelta de espaldas a mí, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.
Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.
A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada a ver si tenía la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.
De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenía suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.
Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al ser día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.
Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.
—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.
—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.
—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.
De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.