Odi et amo

Woman gesturing and arguing with a man in a park
A woman appears to be arguing with a man during a walk in the park

Conocí por primera vez a María a través de su historial clínico cuando cursaba mi primer año de residencia. Como psicólogo novato e inexperimentado tenía por aquellos años la mala costumbre, que después la experiencia me he hecho poner en cuestión, de creerme a pies juntillas los diagnósticos ofrecidos por los psiquiatras para explicar las alteraciones emocionales y de la conducta que explican la posible patología de un paciente.

   A María desde su primer ingreso en una institución psiquiátrica le habían colgado la etiqueta, la verdad no sé muy bien por qué dados los antecedentes de su biografía de Trastorno Limite de la Personalidad, lo que dicho en roman paladino no es otra cosa que el saco diagnostico donde suelen meterse aquellas personas “con una tendencia innata biológica de reaccionar más intensamente que otros a los niveles inferiores de tensión y que les toma más tiempo recuperarse” y que han venido desde siempre considerándose como difíciles de tratar y extremamente perturbadores.

   María había recibido esta etiqueta porque se encontraba dentro de ese grupo de personas que lesionan su cuerpo de manera intencionada, algunas veces incluso de manera muy cruenta, con el fin de aliviar la alta tensión emocional que sienten. La historia de nuestra protagonista en este sentido no tenía nada fuera de lo común, ya que muchas de las personas que se lesionan intencionadamente han sido sometidas desde pequeñas a abuso físico o sexual en el contexto de unas condiciones familiares caóticas.

   Algún tiempo después, y siendo ya residente de segundo año, aquel aprendiz de psicólogo al que ya se permite circular con cierta libertad y sin mucha supervisión por las dependencias de la Institución, tuve el placer de conocer directamente a María, y digo que tuve el placer, porque al contrario de lo que esperaba a raíz de la tétrica lectura de su historia clínica, me encontré con una guapa mujer de treinta y cinco años, extremadamente arreglada para el tipo de vestimenta que suelen usar los pacientes por estos lares, extremadamente culta e inteligente, pero, eso sí, con sus brazos y piernas cubiertas de profundas cicatrices y marcas de quemaduras producto de sus propias y pasadas autolesiones.

  Nuestra protagonista, privada, dentro de lo posible, de cualquier otro medio de autolesión, utilizaba al menor descuido de enfermeros y auxiliares, pequeñas piedrecitas, buscadas ávidamente por el suelo o las paredes del patio para infringirse así misma uno o varios cortes, siempre que por cualquier motivo se sentía desbordada por alguna emoción o acontecimiento inesperado. Por eso el “ojo que todo lo ve”, como se llama en los hospitales psiquiátricos a las cámaras de seguridad, seguía inexorablemente sus pasos, con la idea, no siempre conseguida, de quitarle inmediatamente de las manos cualquier trozo de piedra que se hubiese agenciado.

   Pero como ya he comentado, yo procuraba siempre que podía, acercarme a ella y con el menor pretexto hilvanar alguna de esas apasiones conversaciones, que fuera de lo estrictamente clínico, nos permitían hablar de todo lo divino y lo humano y que terminaron forjando entre nosotros, sino una amistad, al menos un cierto lazo comunicativo.

Una de estas conversaciones termino derivando, ha raíz de una de sus preguntas, ¿tu tienes novia? hacia el tema de las relaciones afectivas en general, y las suyas en particular.

—Si, le conteste, siendo consciente de que una pregunta tan directa de un paciente a un terapeuta debe a ser posible ser eludida. Pero en aquel momento me pareció que el no contestarla, seria tomada por María, como un desdén, que terminaría para siempre con nuestras conversaciones, pasando desde entonces a ser considerado por ella como un “loquero” más, con el que no merecía perder el tiempo.

—¿Y la quieres o la odias? Volvió a preguntar.

—No me lo digas, seguro que a veces te parece quererla y otras veces la odias profundamente, muy profundamente, como yo a mis amantes.

—Y cuando los odio, me corto o me quemo, aunque tu como muchos otros “loqueros” seguro que no lo comprendes. ¿A que no?

En buena te as metido, pensé, has desencadenado una tormenta emocional y ahora haber como sales de esta.

   La evolución de María hubiese sido la esperable, corte tras corte al menor descuido, cambio de terapeuta y medicación. Pero otra vez y tras una aparente mejoría una nueva herida que terminaba desesperándonos a todos, pues no hay mayor frustración para un sanitario que no dar con la tecla oportuna que mejore al menos los síntomas de su paciente.

    Y digo que la evolución de nuestra protagonista hubiese sido la habitual en estos casos, si no hubiera sido por que un suceso tan tonto como inesperado terminó de repente con el ritual perverso de las autolesiones de nuestra paciente.

   María encontró un buen día y gracias a un taller de mímica, organizado por los voluntarios que prestan su tiempo y dedicación a hacer menos largas las interminables horas de la tarde del hospital, el rotulador rojo. Un simple rotulador rojo que daba colorido en forma de heridas a la piel de uno de los mimos que fingía infringirse en un juego desesperado por llamar la atención de los guardianes que se suponía la tenían encerrada en una caja de cristal unos aparatosos y sangrantes cortes en una de sus piernas.

  Misterios de la psique humana, aquella representación y el rotulador, abrieron, no sabemos por qué, alguna pequeña puertecita de esperanza en aquel cerebro torturado y desde entonces María, se pasea por el patio y los pasillos de la Institución asida su mano a un rotulador rojo, con el que algunas veces se pinta heridas fingidas, heridas que, mucho más que las reales, parecen librarla por lo menos en algunas ocasiones de sus demonios interiores.

   Desde entonces siempre tenemos a mano una caja llena de rotuladores rojos.

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