La planta nueve

Historic Telefónica building and busy Gran Vía street in Madrid
Madrid’s iconic Telefónica building anchors a lively Gran Vía intersection beneath a bright blue sky.

Desde su construcción por los norteamericanos en 1929 de la sede de la Compañía Telefónica, en el número 28 de la Gran Vía madrileña, la planta 9 del que en su día fue el edificio más alto de la capital alojó tradicionalmente la sala donde se reunía mensualmente el Consejo de Administración y los despachos de su Presidente y de sus Directores Generales. Al servicio de estos altos cargos, además de sus secretarias y mecanógrafas, había una serie de muchachos entre los 15 a 17 años de edad, los “repartidores botones”, que bajo el mando de dos ordenanzas se encargaban entre otras muchas cosas del reparto del correo interno, hacer los múltiples y variados recados que les encomendaban, que podían ir desde llevar cartas u otros documentos a los domicilios de los consejeros hasta esperar pacientemente la cola para sacar un recibo de lotería en Doña Manolita.

El nombre de “repartidores botones” hacía referencia tanto a su trabajo como al uniforme gris claro, con 22 botones del mismo color, 11 en cada lado, que adornaban la pechera de una guerrera cerrada hasta el cuello, que junto a un pantalón del mismo color y unos siempre brillantes zapatos negros completaban su atuendo.

Agustín, entró a trabajar en “la nueve” como botones, adscrito al servicio de los directores generales, el 9 de diciembre de 1969, dejando atrás con esta incorporación al mundo del trabajo muchos de sus sueños adolescentes.

La entrada a este mundo adulto, con personas que ejercían la dirección de una compañía, que por aquel entonces tenía en nómina casi 75000 empleados, supuso al principio un choque brutal que le hizo pasar de una adolescencia más o menos feliz a su conversión en un siervo de gleba, dadas las normas y modos de comportamiento que regulaban la vida en aquellos oscuros pasillos de mármol de Carrara.

Tuvo que acostumbrase a que la jefa del personal subalterno del edificio pasara revista diariamente a su uniforme de arriba a bajo antes de permitirle subir a “la planta noble”: los 22 botones brillantes y perfectamente cosidos, la raya del pantalón recta, los zapatos brillantes como espejos y, por supuesto, el pelo corto y bien peinado, en una época en la que los chicos de su edad, siguiendo la moda, empezaban a llevar melenas cada vez más largas. Aprendió que debía levantarse con presteza del incómodo banco donde se sentaban los botones a la espera de ser llamados mediante un sistema de timbres numerados, para pulsar el botón del ascensor privado que unía el vestíbulo del edificio con “la nueve” y permanecer de pie, casi en posición de firmes junto a sus compañeros hasta la llegada del mismo, aunque quien quisiera utilizar el dichoso trasto fuera una simple secretaria.

De un día para otro, necesitó convertirse en “malabarista”, pues no era infrecuente que tuviese que subir una o varias jarras de café, acompañadas de sus correspondientes servicios, desde la planta sexta del rascacielos, donde se encontraba la cafetería, hasta “la nueve” sin derramar ni una sola gota de líquido en la bandeja que llevaba entre las manos, y por supuesto sin romper ninguna taza, si no quería sufrir algún improperio de la “jefa de régimen”, que regentaba con mano de hierro aquel gineceo donde estaban las telefonistas y al que los únicos hombres que podían entrar eran los “repartidores botones” o los mecánicos de guardia en caso de avería.

Pero de todas estas “servidumbres”, la más odiada por Agustín, durante los cuatro años que prestó servicio en aquella planta, fue tener que abrir la puerta del despacho de los Directores a su llegada y recogerles el abrigo o la chaqueta cuando se lo quitaban, procurando que la dichosa prenda no cayese por un descuido al suelo, para colgarla en su correspondiente percha dentro del armario empotrado y forrado de caoba del que estaban dotados todos los despachos de aquella planta.

Por fin, en 1973, nuestro botones dejó de prestar sus servicios en “la nueve” al ser “ascendido” a subalterno, pero ese hecho se merece una nueva historia.

Agustín Moreno, agosto de 2026

Mi investidura como Rover

Boy Scout in uniform carrying backpack and walking stick on forest path
A Boy Scout smiles while hiking through a sunlit forest trail.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito, tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra este ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron como lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio publico, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del numero 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no se si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenia carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacia por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenia patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacia lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo  de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenia su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

Madrid junio de 1965 o si ustedes lo prefinieren  

Desembarco

Recibí la llamada a las seis de la mañana

Red Cross medic bandages an injured man's leg beside an ambulance
A Red Cross medic treats an injured man beside an ambulance on a busy city street.

-Agustin, a las ocho en la Base. Nos han avisado los de Salvamento Marítimo que han recogido a los náufragos de una patera.

En Málaga capital, este tipo de llamadas son escasas, los náufragos aparecen más cerca de otros puntos del litoral andaluz. Pero aun así hay que estar siempre atentos.

Llego a la base de Cruz Roja de Socorros y Emergencias a la hora convenida. El ritmo para la preparación del desembarco es frenético ya que está previsto que el barco de Salvamento llegue a puerto sobre las once de la mañana.

-¿Cuántas personas han rescatado? ¾pregunto.

¾Doce, ocho hombres, dos mujeres y dos niños ¾me contesta Joaquín, el coordinador del equipo. Tú, como siempre, irás en la furgoneta con Carmen, la asistente social, Rosalía, la enfermera; y Paco como conductor.

El resto de los voluntarios, unos doce, están cargando ya el furgón: mantas, agua y ropa de abrigo, más algún juguete para entretener a los niños.

Cuando llegamos al muelle donde se producirá el desembarco está ya allí la Policía Nacional de Extranjería. Sus agentes se encargarán de trasladar a los náufragos a la Comisaria para su identificación y posterior traslado al ya sobrecargado Centro para Extranjeros de la capital.

El barco de Salvamento se va acercando poco a poco al muelle. Sobre cubierta y a simple vista se puede ver, sentados en el suelo y ateridos de frío, a los rescatados, rodeados por los tripulantes enfundados en sus monos blancos de protección y con la cara cubierta por mascarillas FP2, para su protección, sobre todo contra la tuberculosis o cualquier otro tipo de enfermedad contagiosa que pudieran traer los rescatados.

Una vez amarrada la embarcación, uno a uno, cada naufrago va bajando por la pasarela del barco. Allí los reciben nuestros voluntarios, que les van arropando con las conocidas mantas rojas de Cruz Roja, mientras les dan la correspondiente botella de agua. Esta vez no ha sido posible montar la cafetería y no disponemos de bebidas calientes que les permitieran entrar en calor.

Carmen, la asienta social, y Rosalía, la enfermera, ya están dentro de la carpa. Tras el cribaje y las curas, si son necesarias y casi siempre lo son debido sobre todo a las quemaduras, Carmen procederá a la filiación de los inmigrantes, así como a explicarles el proceso policial que les espera y los derechos a los que pueden acogerse. Mientras tanto, yo atenderé los casos que necesitan recibir los primeros auxilios psicológicos. Entre tanto, los niños, en este caso un niño y una niña de unos ocho años, hijos de una de las mujeres rescatadas, son entretenidos por Zafira, nuestra educadora social fuera de la carpa.

Esta vez he tenido suerte y durante la travesía y el rescate no se ha producido ningún ahogamiento, con lo que mi intervención de ha limitado a brindar los primeros auxilios psicológicos.

Finalmente llega el amargo trago de entregar a los náufragos a la policía y tras desearles suerte, despedirnos de ellos, recoger nuestros trastos, volver a la base y esperar a que en mucho tiempo no se necesite más de nosotros.

Agustín Moreno, abril 2006

Scouts hoy, scouts para siempre

Boy Scout smiling on a forest trail with backpack and uniform badges
A smiling Boy Scout enjoys a sunny hike on Trail 4 – Campfire Hollow.

Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimiento Scout.

La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.

Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:

“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:

 —ser amigo de todas las personas,

 —ser fiel a mis creencias,

—cumplir la Ley de la Manada y

 —hacer cada día una Buena Acción”.

Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.

Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.

 Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.

Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:

Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.

 Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.

 El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.

Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.

 Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.

 El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como  Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).

 Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.

Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.

Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.

La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.

Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.

En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.

La pandilla del Callejón

Children playing on slides, swings, and playground equipment in a park
Children laugh, play, and explore together at a lively neighborhood playground.

Con el trascurso del tiempo y dada la proximidad de nuestras viviendas, fuimos formando poco a poco una pandilla de chicos y chicas de entre siete y nueve años, que terminó creando entre todos nosotros unos lazos de amistad y compañerismo fraternales que perduraron en muchos casos hasta el comienzo de nuestra adolescencia. La pandilla estaba compuesta por:

 Joaquín, mi vecino del segundo B, un chico un tanto tímido y introvertido, quizás porque compartía su casa con tres mujeres, su madre y dos tías, dado que su padre había muerto siendo él muy pequeño. Este gineceo solía sobreprotegerle y veía con no buenos ojos el que se juntara con el resto de nosotros. Nuestra amistad surgió en los rellanos de nuestra escalera por una cosa tan simple como compartir el gusto por las batallas de soldaditos de juguete, soldaditos de plástico como corresponde a la época y de los que yo disponía en abundancia, más que nada por los regalos de mi tío Joaquín que se ganaba el sustento pintado sus uniformes y dejando siempre para mí alguno de los que por cualquier razón resultaba defectuoso. Los batallones de mi vecino, siempre más lustrosos que los míos, al ser completamente nuevos, venían directamente de los almacenes Payá, donde sus tías amorosamente solían comprarlos como regalo para la noche de Reyes o su cumpleaños. Sin embargo, en las batallas que disputábamos casi todas las tardes de invierno, yo disponía siempre de un recuso inexpugnable en forma de fuerte de madera. Uno nuevo cada año, gracias a las habilidosas manos de mi padre y que era el regalo más esperado de mi cumpleaños.

Las rubitas: Mari Carmen y Adela, dos gemelas, rubias, como indica el apelativo por el que eran conocidas por los vecinos del barrio, y que vivían en el numero 6 del callejón, y su íntima amiga Rosario, que residía en una pequeña plazoleta que unía el final de nuestra calle con la de la Cruz, donde por entonces había un quiosco de prensa que regentaban sus padres. Y que no sé si por la proximidad en nuestra fecha de nacimiento, las gemelas nacieron solo tres días después que yo, o por la amistad que se había formado entre nuestras madres cuando asistían a un curso para madres primerizas impartido por “La Gota de Leche”, institución nacida en siglo XIX en Francia, gracias a Pierre Budin, en el Hospital de la Caridad de París y que llegó a Madrid en enero de 1904 de la mano de Rafael Ulecia y Cardona, siendo después de la Guerra Civil integrada en la Dirección General de Sanidad bajo la tutela de la Sección Femenina del régimen franquista. Ambas familias, entre bromas y veras, desde el primer momento me asignaron como futura novia a Mari Carmen, con tanta insistencia que hasta yo terminé creyéndomelo y estuve medio enamorado de mi vecina hasta bien entrada mi adolescencia. Pero eso fue lo que permitió, cosa rara para la época, que este trio femenino formara parte desde siempre de nuestra pandilla.

Y por ultimo, los hermanos García, Miguel y Pedro, los más pijos de todos nosotros, ya que estaban escolarizados en un conocido colegio privado, San Estanislao de Kostka, y que lucían incluso durante nuestros juegos el obligado uniforme de la institución. Los hermanos vivían por entonces en el numero 27 de la calle Núñez de Arce y nuestra amistad surgió en este caso de la relación establecida por Miguel García, el padre de los chicos y mi propio padre durante los años de convivencia en el Colegio de San Ildefonso. Este colegio era uno de los más antiguos de Madrid, ya que se cree que fue fundado en el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos como centro de educación dirigido a todos los niños hijos de Madrid que fueran huérfanos de padre o madre y es conocido en toda España porque sus alumnos son los encargados desde el 9 de marzo de 1771, cuando el alumno Diego López se convirtiera en el primer niño del Colegio San Ildefonso que sacó y cantó un número premiado de la lotería española. La función ha permanecido hasta nuestros días dado que los niños de este centro educativo siguen siendo los encargados de repartir la suerte, entre otros sorteos, en el extraordinario de Navidad.

Nuestra pandilla tuvo la suerte desde el principio de disponer de dos espacios privilegiados para jugar, el propio Callejón del Gato, uno de los pocos espacios libres de coches en el Madrid de la época, y la plaza de Santa Ana, situada muy cerca de nuestras casas. En época escolar solíamos reunirnos sobre las seis de la tarde, después de la merienda, hasta más o menos las ocho. Pero en verano nos pasábamos casi todo el tiempo de ocio jugando y haciendo trastadas de todo tipo en el callejón, trastadas como las de colgarnos de las rejas de Villa Rosa, meternos con todos los gatos de la vecindad o pintar con tiza el pavimento de la calle para hacer circuitos con los que jugar a las carreras de chapas o a rayuela o emborronar todos los espacios disponibles de la calle, incluidas las paredes de las casas, de mensajes escritos en un código secreto inventado por nosotros para poner a caer de un burro, a cualquiera de nuestros vecinos que nos cayera gordo por alguna razón. Muchas de estas actividades terminaban por molestar a algún adulto y nos valieron cierta fama de pequeños salvajes y no pocas reprimendas y castigos. Pero ahí seguimos jugando, corriendo y saltando durante nuestra feliz infancia.

En Madrid, julio 1962 o si ustedes los del Olimpo lo prefieren Iulius en  su calendario romano.

Esa chica que tengo en la cabeza

Young woman with blonde hair in white sweater sitting at a wooden table outdoors
A young woman smiling while sitting at a wooden table in a sunny garden

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Agustín Moreno, abril 2026

La clase de danza

Versión del cuento de Eugenia Angulo

Ballerina in mid-air performing a leap with a white tutu on a theater stage
A ballerina performs an elegant leap wearing a white tutu on a dimly lit stage.

Terpsicore, situada tras los espejos observa la habitación donde dentro de un momento va a comenzar una nueva clase de danza. Se ve por su gesto jovial que le agrada este recinto de cuatro paredes cubiertas de espejos, con tres ventanas blancas abiertas, por las que entra la tenue luz de un sol otoñal que se refleja en el barniz de las barras de ballet solo por un momento; ese momento mágico que “la madre de las sirenas” sabe que precede siempre al comienzo del encantamiento.

Porque la musa sabe que lo que se va a producir dentro de un momento, en cuanto empiece la clase y suenen las primeras notas del piano, aquel grupo variopinto de seres humanos van a ser trasformados pese a el dolor latente en brazos y piernas, el ardor de los dedos de los pies puestos en punta y aprisionados dentro de las incomodas zapatillas, de los ligamentos tensados casi hasta su ruptura, del reproche lanzado por la profesora ante una espalda no lo suficiente recta o una posición inadecuada en la barra, van a caer poco a poco en un trance casi hipnótico, que al verse reflejadas en el espejo las hace creerse al menos por un momento: un grácil cisne blanco del Lago de los Cisnes, la joven Kitri de Don Quijote, cuando no en Giselle, la joven campesina enamorada, o en Clara, la niña de Cascanueces. En un “metamorfosis sostenida, levemente, por la barra de ballet”.

La clase se acaba y roto el encantamiento, las siete mujeres que forman el alumnado de aquella clase, se marchan sudorosas camino del vestuario, mientras Terpsicore coge su lira, se recoloca la guirnalda de flores, se mira en el espejo y coqueta se marcha a ejercer su magia en la siguiente clase de danza.

La barra de ballet es suave y te agarras a ella como si fuera un trozo de madera en medio del océano. Los espejos cubren las cuatro paredes de la sala de baile hasta el techo. Hay tres ventanas blancas que estos días se mantienen abiertas de forma que la calle entra en la clase y se refleja en los cuatro espejos, que la devuelven un tanto deformada: una esquina verde de árboles inclinados, el resplandor metálico de la carrocería de un coche aparcado, el paso rápido de una sombra que camina. La clase empieza, suena el piano.

Agustín Moreno, noviembre 2021

La pandilla del Callejón

Children playing soccer with a green and white ball on playground grass
A group of kids happily playing soccer together at the park

Con el trascurso del tiempo y dada la proximidad de nuestras viviendas, fuimos formando poco a poco una pandilla de chicos y chicas de entre siete y nueve años, que terminó creando entre todos nosotros unos lazos de amistad y compañerismo fraternales que perduraron en muchos casos hasta el comienzo de nuestra adolescencia. La pandilla estaba compuesta por:

 Joaquín, mi vecino del segundo B, un chico un tanto tímido y introvertido, quizás porque compartía su casa con tres mujeres, su madre y dos tías, dado que su padre había muerto siendo él muy pequeño. Este gineceo solía sobreprotegerle y veía con no buenos ojos el que se juntara con el resto de nosotros. Nuestra amistad surgió en los rellanos de nuestra escalera por una cosa tan simple como compartir el gusto por las batallas de soldaditos de juguete, soldaditos de plástico como corresponde a la época y de los que yo disponía en abundancia, más que nada por los regalos de mi tío Joaquín que se ganaba el sustento pintado sus uniformes y dejando siempre para mí alguno de los que por cualquier razón resultaba defectuoso. Los batallones de mi vecino, siempre más lustrosos que los míos, al ser completamente nuevos, venían directamente de los almacenes Payá, donde sus tías amorosamente solían comprarlos como regalo para la noche de Reyes o su cumpleaños. Sin embargo, en las batallas que disputábamos casi todas las tardes de invierno, yo disponía siempre de un recuso inexpugnable en forma de fuerte de madera. Uno nuevo cada año, gracias a las habilidosas manos de mi padre y que era el regalo más esperado de mi cumpleaños.

Las rubitas: Mari Carmen y Adela, dos gemelas, rubias, como indica el apelativo por el que eran conocidas por los vecinos del barrio, y que vivían en el numero 6 del callejón, y su íntima amiga Rosario, que residía en una pequeña plazoleta que unía el final de nuestra calle con la de la Cruz, donde por entonces había un quiosco de prensa que regentaban sus padres. Y que no sé si por la proximidad en nuestra fecha de nacimiento, las gemelas nacieron solo tres días después que yo, o por la amistad que se había formado entre nuestras madres cuando asistían a un curso para madres primerizas impartido por “La Gota de Leche”, institución nacida en siglo XIX en Francia, gracias a Pierre Budin, en el Hospital de la Caridad de París y que llegó a Madrid en enero de 1904 de la mano de Rafael Ulecia y Cardona, siendo después de la Guerra Civil integrada en la Dirección General de Sanidad bajo la tutela de la Sección Femenina del régimen franquista. Ambas familias, entre bromas y veras, desde el primer momento me asignaron como futura novia a Mari Carmen, con tanta insistencia que hasta yo terminé creyéndomelo y estuve medio enamorado de mi vecina hasta bien entrada mi adolescencia. Pero eso fue lo que permitió, cosa rara para la época, que este trio femenino formara parte desde siempre de nuestra pandilla.

Y por ultimo, los hermanos García, Miguel y Pedro, los más pijos de todos nosotros, ya que estaban escolarizados en un conocido colegio privado, San Estanislao de Kostka, y que lucían incluso durante nuestros juegos el obligado uniforme de la institución. Los hermanos vivían por entonces en el numero 27 de la calle Núñez de Arce y nuestra amistad surgió en este caso de la relación establecida por Miguel García, el padre de los chicos y mi propio padre durante los años de convivencia en el Colegio de San Ildefonso. Este colegio era uno de los más antiguos de Madrid, ya que se cree que fue fundado en el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos como centro de educación dirigido a todos los niños hijos de Madrid que fueran huérfanos de padre o madre y es conocido en toda España porque sus alumnos son los encargados desde el 9 de marzo de 1771, cuando el alumno Diego López se convirtiera en el primer niño del Colegio San Ildefonso que sacó y cantó un número premiado de la lotería española. La función ha permanecido hasta nuestros días dado que los niños de este centro educativo siguen siendo los encargados de repartir la suerte, entre otros sorteos, en el extraordinario de Navidad.

Nuestra pandilla tuvo la suerte desde el principio de disponer de dos espacios privilegiados para jugar, el propio Callejón del Gato, uno de los pocos espacios libres de coches en el Madrid de la época, y la plaza de Santa Ana, situada muy cerca de nuestras casas. En época escolar solíamos reunirnos sobre las seis de la tarde, después de la merienda, hasta más o menos las ocho. Pero en verano nos pasábamos casi todo el tiempo de ocio jugando y haciendo trastadas de todo tipo en el callejón, trastadas como las de colgarnos de las rejas de Villa Rosa, meternos con todos los gatos de la vecindad o pintar con tiza el pavimento de la calle para hacer circuitos con los que jugar a las carreras de chapas o a rayuela oemborronar todos los espacios disponibles de la calle, incluidas las paredes de las casas, de mensajes escritos en un código secreto inventado por nosotros para poner a caer de un burro, a cualquiera de nuestros vecinos que nos cayera gordo por alguna razón. Muchas de estas actividades terminaban por molestar a algún adulto y nos valieron cierta fama de pequeños salvajes y no pocas reprimendas y castigos. Pero ahí seguimos jugando, corriendo y saltando durante nuestra feliz infancia.

En Madrid, julio 1962 o si ustedes los del Olimpo lo prefieren Iulius en su calendario romano.

La extraña pareja

Smiling couple walking hand in hand through a tropical garden
A smiling couple walks hand in hand along a lush garden path surrounded by tropical greenery.

Ya desde que los vio el primer día en el patio le lleno de curiosidad aquella extraña pareja, con las manos casi siempre entrelazadas y una especie de reto en sus miradas, como dando a entender que a ver quién era el guapo que los separaba.

Él, alto y desgarbado, peinado a lo rastafari, con unas rastas muy elaboradas que le llegaban hasta la cintura, boina de colores chillones sobre la cabeza; vestido con blusón y pantalones anchos y de color anaranjado, sandalias sin calcetines; parecía el vivo retrato de Bob Marley. Ella, bajita, algo chepuda, con la cara llena de granos, vestida en invierno y en verano —según pudo comprobar el año en que estuvo allí internado— con un ajado anorakazul con la cremallera subida siempre hasta el cuello, pantalones vaqueros con bastantes lavados a sus espaldas y unas fuertes botas de cuero negro y medio tacón siempre sucias.

Aquella pareja en especial, le llevo a plantearse toda una serie de interrogantes difíciles de resolver y que llegaron a obsesionarle. ¿Qué mantenía estable su relación como pareja en un lugar tan inapropiado como un hospital psiquiátrico? ¿El amor?, ¿la protección mutua que parecían brindarse?, ¿la necesidad de estar juntos para amortiguar el sentimiento de soledad que provoca el internamiento?

Las otras parejas que fue conociendo con el tiempo eran generalmente inestables, una especie de “aquí te pillo y aquí te mato”. Parejas formadas más por la necesidad de satisfacer algún impulso de carácter sexual que por cualquier otra razón. Parejas oscuras, clandestinas, como las que se solía encontrar haciendo el amor en algún lugar del jardín apartado de la observación de las cámaras; ese ojo del gran hermano que escrudiñaba sin piedad a los enfermos, pero al que los internos con más experiencia aprenderían pronto a burlar.

Profesional de la salud mental como era, aunque estuviese allí internado por una depresión recurrente, no tenía otra forma posible de resolver las dudas sobre la pareja que le obsesionaban que recurrir al viejo método de la observación.

Observaba, por ejemplo, que tanto Juan, el rastafari, como Azucena su pareja —nombres supuestos, porque no llegó nunca a conocer los verdaderos — no parecían recibir visitas de ningún amigo o familiar. Por lo que concluyó que o eran huérfanos o sus familias se habían olvidado de ellos.

Se fijo en que eran una de las pocas personas capaces de compartir asiento con Velardo, un viejo patriarca gitano, con muy malas pulgas, que solía defender su espacio en el banco más cómodo del patio gracias al bastón de madera que usaba para andar debido a su cojera.

En ocasiones compartían oraciones con Buda, un esquizofrénico al que todos llamaban así porque debido a su mórbida gordura y su gesto siempre sonriente parecía una replica del fundador del budismo, y que solía estar casi siempre arrodillado y rezando al dios que se le aparecía en sus delirios.

De vez en cuando buscaban un lugar apartado para compartir con fruición un canuto. Llevaban encerrados en aquel psiquiátrico el tiempo suficiente para conocer a los proveedores de hachís dentro del hospital. O sea que disponían de algún tipo de ingreso, ya que, además, tenían cuenta abierta en la cafetería del hospital donde solía vérselos por las tardes compartiendo “a morro” algún refresco.

De estas observaciones, el psicólogo que llevaba dentro intentó adelantar algún diagnóstico clínico que acabase con su obsesión por la extraña pareja, aparte de concluir que llevaban bastante tiempo internados ya que eran tolerados, sin conflicto alguno, por los internos que parecían ser los más difíciles de tratar de aquel lugar. De que al menos uno de ellos, si no los dos disponía de algún tipo de prestación social o de una familia que, aunque nunca apareciera por allí, ingresaba algo de dinero para sus gastos en la cuenta del hospital. Concluyo que, de alguna manera, debían de quererse, a pesar de que nunca vio otra muestra física de cariño que la de ir cogidos de la mano. No pudo ir más allá.

Y así, la pareja pasó a ser una imagen entrañable, junto con otras imágenes entrañables que quedaron a modo de fotografías fijas, que le recordarían para siempre su paso por el hospital.

Agustín Moreno, noviembre 2022