A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.
Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.
La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.
—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.
—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.
—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.
—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?
—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.
—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.
—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.
—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.
—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.
—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?
—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.
—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?
—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.
Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra esta ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron como lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio publico, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del numero 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.
De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no se si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.
La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenia carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.
En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacia por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.
En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.
Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenia patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacia lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.
Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.
La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.
Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.
También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenia su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.
A vibrant bouquet rests on a log overlooking a serene river at sunset with mountains in the background.
Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.
No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la ultima vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.
Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.
Tu melena rubia algo revuelta y una cierta acitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.
Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.
Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.
A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.
Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconovimos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.
Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.
Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.
Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.
El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por ultimo, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.
Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.
Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.
A young Boy Scout happily hiking along a wooded trail with friends behind him.
Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.
Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.
Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.
Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.
A bright glowing star radiates light in the darkness of space.
Acabamos de recibir de neurología los resultados del escáner cerebral de Juan. El informe muy detallado del neurólogo viene a concluir que los continuos delirios de nuestro paciente tienen como posible origen un abultamiento esférico situado a mitad de camino entre el sistema límbico del sujeto y su córtex frontal; con ramificaciones axiales que lo conectan, tanto con las áreas de conocimiento como de las emocionales del sujeto, estando también afectadas las partes que procesan el habla y los recuerdos.
“En cuanto a la esfera en sí misma —continúa el neurólogo en sus conclusiones—, examinados los cortes tanto axiales como sagitales, parece estar constituida por ocho células idénticas en tamaño y forma, parecida a una mora, como las que constituyen la mórula del embrión humano en los primeros momentos de división celular”, descartando, “cualquier posible intervención quirúrgica sobre el citado abultamiento, sin poner en serio riesgo la vida del paciente”.
Ante un informe tan categórico del departamento de neurología, decidimos en sesión clínica, y dado el poco efecto que los antipsicóticos hacían para detener los delirios de Juan, intentar abordar su curación por medio de sesiones de hipnosis, que al menos nos permitieran entrever de forma más ordenada lo que eran en las expresiones cotidianas del paciente, una verborrea desordenada de fragmentos de sustantivos y adjetivos, con una aparente desconexión entre los mismos. Quizás, pensábamos, una ilación más ordenada de los delirios nos permitiría, aparte de comprenderlos, intentar aminorarlos con algún tipo de psicoterapia.
Las sesiones de hipnosis con Juan se revelaron bastante complicadas, ya que tratar de hacer que el paciente entrase en un estado de relajación profunda era como tratar de timonear un barco en medio de una tempestad. A cada intento del terapeuta de que el paciente se fuese relajando, éste respondía, agitado, con una serie de sustantivos aparentemente inconexos: tierra, Lucy, bacteria, sol, mar, cielo, cueva, pintura, Manuela, madre, división, etcétera. Y así una y otra vez, con periodos de mutismo intercalados, a los que solían proseguir otras series nuevas, ya no de sustantivos sino de adjetivos tales como: bella, fea, malvada, cliente, frío, indiferente, poderoso, tirano, para después pasar de nuevo de la verborrea al mutismo más absoluto, del que ya era casi imposible sacar a Juan durante algunas horas.
Pedro, el hipnotista clínico, se desesperaba al no conseguir por los medios habituales que nuestro paciente se relajase lo suficiente para poder profundizar algo en su psique. Se nos ocurrió que quizá pudiéramos lograr la calma necesaria para entrever, aunque fuera solo un poco, si había algo de coherencia en los delirios de Juan, recurriendo a una combinación de musicoterapia y una suave sedación inducida mediante algún tipo de anestésico.
Para nuestra satisfacción, esta combinación de música con sedantes empezó a funcionar desde la primera sesión. Tras introducir sonidos como el viento agitando las ramas de los árboles, el canto de un pájaro, el ruido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado, Juan empezó a hilar por primera vez en muchos años un discurso coherente.
—El mar donde viven las bacterias es el origen de la vida en la Tierra. Yo, y ese hermano inacabado que habita en mi cerebro somos los últimos descendientes de un proceso evolutivo que se inició en el agua.
Ni que decir tiene que nos quedamos pasmados ante la emisión de un diálogo tan fluido, surgiendo de la boca de un paciente que antes solo soltaba ristras y ristras de sustantivos y adjetivos sin conexión. Pero nos quedamos más sorprendidos al escuchar que en el dialogo Juan se refería por primera vez a un “hermano inacabado que habita en mi cerebro”.
¿Podríamos encontrarnos ante un síndrome de gemelo evanescente y que el abultamiento en forma de esfera, encontrado en el cerebro de nuestro paciente, no fueran sino los restos reabsorbidos de su gemelo por el cuerpo de Juan durante un embarazo múltiple?
¿Explicaba este síndrome los síntomas de verbosidad excesiva que el paciente padecía desde su infancia?
Esta posible explicación de la sintomatología de Juan se reveló insuficiente, ya que en cuanto apagamos el aparato que emitía el sonido de las olas del mar, Juan volvió a caer en uno de sus mutismos del que no salió ni siquiera cuando pasaron los efectos de la sedación. Nos encontramos así, tras la terapia, con un paciente mudo incapaz de emitir otra cosa que sonidos, pero ninguna palabra.
Dada la situación, llegamos a la conclusión de que si continuáramos con el proceso terapéutico de musicoterapia y sedación podríamos al menos intentar una mejora de los síntomas psicopatológicos de Juan. O al menos, quizá, revertiríamos su actual estado de mudez absoluta.
Planeamos pues una nueva sesión para el jueves siguiente en el anfiteatro de la facultad de Medicina, dado lo extraordinario del caso y con la esperanza de que alguno de nuestros colegas pudiera orientarnos en algún otro tipo de abordaje terapéutico.
Llegado el día fijado para la sesión, con Juan cómodamente sentado en un sillón, los auriculares puestos y sedado mediante un gotero insertado en una vena de su brazo derecho, el anfiteatro de la facultad lleno hasta los topes de médicos y psicólogos, empezamos a emitir el mismo tipo de sonido que tan buenos resultados nos había proporcionado en la ocasión anterior. Fue visto y no visto, en cuanto el sonido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado llegó a los oídos del paciente, éste comenzó a hablar con una narración perfectamente articulada.
—El mar donde se formaron los primeros cuerpos celulares fue el origen de la vida en la Tierra. Con el paso del tiempo la riqueza y la variedad de vida en el agua y la aparición en tierra de las primeras plantas terminó originando el surgimiento de las especies animales propiamente terrícolas. Las condiciones cambiantes de nuestro planeta hacen que solo terminen superviviendo los organismos mejor adaptados. El primer homínido conocido, Lucy, se puso de pie en Etiopia, la evolución continua su curso: Homo heidelbergensis, Neandertales y, por último, en algunos lugares de África, el Homo sapiens.
<<En el ADN de la célula resultante de la unión del gameto masculino con el femenino, el cigoto, se encuentra sintetizada toda la historia de nuestra evolución. En esta narración de nuestra historia evolutiva, estamos unidos mi hermano inacabado y yo —continuó Juan—. Pero el conflicto fraternal empieza cuando esa mórula conectada como un parásito con mi cerebro, como ser inacabado que es, recibe impulsos emocionales que no termina de comprender, tales como el amor de una madre, la belleza de un cielo azul o el dolor por la muerte de un amigo. Y al no poder asimilarlos racionalmente, cortocircuita mi habla.
<<Ahora, mi hermano está dormido, mecido por el sonido del mar que en nuestros más remotos orígenes nos vio nacer, pero en cuanto el rumor de las olas desaparezca, volverá a pelearse conmigo y mi habla se deteriorará.
Juan, acababa de dar respuesta con este discurso a una de nuestras preguntas: ahora sabíamos que sus síntomas verborreicos eran originados por el cortocircuito producido por la interferencia de la esfera —su hermano inacabado— sobre los sistemas de procesamiento del habla de nuestro paciente, ante el menor conato de activación emocional en su sistema límbico.
Quedaban sin embargo varias cuestiones por resolver. El profundo conocimiento de la historia evolutiva de los seres humanos, que acabábamos de presenciar, ¿era producto del contacto del “hermano inacabado” con los sistemas conocimiento y recuerdo del cerebro de Juan? Y si éste era el caso, ¿serían estas conexiones sinápticas de la esfera, una especie de memoria almacenada en los genes de la mórula del embrión que se activaba como una narración coherente bajo los efectos de la sedación?
Lo que sí parecía evidente para todos los profesionales presentes en el anfiteatro era que aún nos quedaba mucho por investigar, para desgracia de Juan, que volvió a un mutismo absoluto en cuanto cesaron tanto el sonido del mar como la sedación.
The Three Wise Men travel under a starry sky carrying gifts and a lantern.
Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.
Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.
Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.
Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.
Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.
Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera, se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No se qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.
Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.
-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.
-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.
-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.
He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.
En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.
Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.
Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.
Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.
Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.
Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.
A diverse crowd marches peacefully with signs advocating for equality, climate justice, and human rights.
Esta tarde ordenando los libros de mi biblioteca he encontrado un par de libros de Herbert Marcuse: Eros y civilización y El hombre unidimensional. Al tenerlos entre las manos mi subconsciente se ha puesto de pronto a generar, casi sin ton ni son, una serie de imágenes encadenadas: aquel libro de texto de biología que compre de segunda mano en la Felipa, y que tenía sus páginas repletas de corazones con dos nombres entrelazados Maravi y Miguel, dibujos producto sin duda del apasionado amor adolescente del anterior propietario del libro, las locas carreras que solíamos correr en las aceras de la calle Hermosilla cuando salíamos de dar clase de Preu en la Dobao, aquella academia y aquel verano del 70, donde nos preparábamos para superar en septiembre la prueba que los dos habíamos suspendido en Junio; carreras en las que tu siempre me terminabas ganando, victorias que sin querer herían mi amor propio al pensar que una chica podía derrotarme con tanta facilidad, la escapada que hicimos a la Granja en un fin de semana de aquel mismo verano aprovechando la ausencia de tu familia, donde tanto nos divertimos bañándonos en la piscina de los Berzosa. Escapada que al conocerse cuando intentamos repetirla el fin de semana siguiente y te sorprendieron tus padres cuando cargada con tu macuto ibas a salir de casa, fue el comienzo del fin de mi amistad con tu hermano Roberto.
Y de hay sin saber muy bien como han ido saliendo de mi memoria otras imágenes, reflejos también de aquel tiempo entre finales de los años 60 y principios de los 70, que tanto terminaron marcando algunos episodios de mi vida posterior la fruición con la que leía las noticias sobre la revuelta estudiantil del 68, que me hacían imaginar lo emocionante que sería ser uno de los ocupantes de la Sorbona, las primeras lecturas de las obras de Marx publicadas por Alianza Editorial o mis aproximaciones a las teorías psicoanalíticas de mi primera juventud.
A couple shares a warm embrace in a vibrant outdoor market setting.
Ya desde que los vio el primer día en el patio le lleno de curiosidad aquella extraña pareja, con las manos casi siempre entrelazadas y una especie de reto en sus miradas, como dando a entender que a ver quién era el guapo que los separaba.
Él, alto y desgarbado, peinado a lo rastafari, con unas rastas muy elaboradas que le llegaban hasta la cintura, boina de colores chillones sobre la cabeza; vestido con blusón y pantalones anchos y de color anaranjado, sandalias sin calcetines; parecía el vivo retrato de Bob Marley. Ella, bajita, algo chepuda, con la cara llena de granos, vestida en invierno y en verano —según pudo comprobar el año en que estuvo allí internado— con un ajado anorakazul con la cremallera subida siempre hasta el cuello, pantalones vaqueros con bastantes lavados a sus espaldas y unas fuertes botas de cuero negro y medio tacón siempre sucias.
Aquella pareja en especial, le llevo a plantearse toda una serie de interrogantes difíciles de resolver y que llegaron a obsesionarle. ¿Qué mantenía estable su relación como pareja en un lugar tan inapropiado como un hospital psiquiátrico? ¿El amor?, ¿la protección mutua que parecían brindarse?, ¿la necesidad de estar juntos para amortiguar el sentimiento de soledad que provoca el internamiento?
Las otras parejas que fue conociendo con el tiempo eran generalmente inestables, una especie de “aquí te pillo y aquí te mato”. Parejas formadas más por la necesidad de satisfacer algún impulso de carácter sexual que por cualquier otra razón. Parejas oscuras, clandestinas, como las que se solía encontrar haciendo el amor en algún lugar del jardín apartado de la observación de las cámaras; ese ojo del gran hermano que escrudiñaba sin piedad a los enfermos, pero al que los internos con más experiencia aprenderían pronto a burlar.
Profesional de la salud mental como era, aunque estuviese allí internado por una depresión recurrente, no tenía otra forma posible de resolver las dudas sobre la pareja que le obsesionaban que recurrir al viejo método de la observación.
Observaba, por ejemplo, que tanto Juan, el rastafari, como Azucena su pareja —nombres supuestos, porque no llegó nunca a conocer los verdaderos — no parecían recibir visitas de ningún amigo o familiar. Por lo que concluyó que o eran huérfanos o sus familias se habían olvidado de ellos.
Se fijo en que eran una de las pocas personas capaces de compartir asiento con Velardo, un viejo patriarca gitano, con muy malas pulgas, que solía defender su espacio en el banco más cómodo del patio gracias al bastón de madera que usaba para andar debido a su cojera.
En ocasiones compartían oraciones con Buda, un esquizofrénico al que todos llamaban así porque debido a su mórbida gordura y su gesto siempre sonriente parecía una replica del fundador del budismo, y que solía estar casi siempre arrodillado y rezando al dios que se le aparecía en sus delirios.
De vez en cuando buscaban un lugar apartado para compartir con fruición un canuto. Llevaban encerrados en aquel psiquiátrico el tiempo suficiente para conocer a los proveedores de hachís dentro del hospital. O sea que disponían de algún tipo de ingreso, ya que, además, tenían cuenta abierta en la cafetería del hospital donde solía vérselos por las tardes compartiendo “a morro” algún refresco.
De estas observaciones, el psicólogo que llevaba dentro intentó adelantar algún diagnóstico clínico que acabase con su obsesión por la extraña pareja, aparte de concluir que llevaban bastante tiempo internados ya que eran tolerados, sin conflicto alguno, por los internos que parecían ser los más difíciles de tratar de aquel lugar. De que al menos uno de ellos, si no los dos disponía de algún tipo de prestación social o de una familia que, aunque nunca apareciera por allí, ingresaba algo de dinero para sus gastos en la cuenta del hospital. Concluyo que, de alguna manera, debían de quererse, a pesar de que nunca vio otra muestra física de cariño que la de ir cogidos de la mano. No pudo ir más allá.
Y así, la pareja pasó a ser una imagen entrañable, junto con otras imágenes entrañables que quedaron a modo de fotografías fijas, que le recordarían para siempre su paso por el hospital.
A smooth gold wedding band rests on a dark textured surface, highlighting its shine and simplicity.
Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.
—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.
—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.
Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.
—¿Da usted su permiso, mi señoría?
—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.
—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.
—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.
A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.
“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.
Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.
Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.
En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por todos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.
Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.
Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.
A soldier stands confidently in full combat gear at a military base.
-Perdón, ¿me puedo sentar aquí? ¾pregunto a los dos hombres mayores que ocupan parte del único banco a la sombra de la plaza del Ayuntamiento.
-Cómo no, y más llevando muleta -me contesta uno de ellos, dejándome un hueco en el banco de madera.
Mientras espero a mi señora, que ha entrado en un supermercado cercano, saco el móvil del bolsillo e intento echar una mirada a los titulares del periódico en su pantalla. Y digo intento porque mi atención se ve pronto atrapada por la conversación que mantienen mis compañeros de asiento. Hablan de la mili, o sea, de ese servicio militar obligatorio por el que tuvimos que pasar, quisiéramos o no, todos los hombres de este país al cumplir los veintiún años, desde octubre de 1800 hasta que la obligación quedó abolida definitivamente en diciembre de 2001.
-¿Te acuerdas del calor que pasamos aquel verano en el campamento de Alcalá de Henares? -le estaba preguntando uno de los mayores al otro cuando empecé a prestar oídos a la conversación, quizás porque yo realicé el periodo de instrucción en aquel mismo campamento.
-Claro, y del mal olor que desprendían las letrinas cuando les daba el sol del mediodía ¾responde su interlocutor.
-Y nosotros arriba y abajo, marcando el paso, cubiertos de sudor, en aquel inmenso patio de ceremonias.
– Si es que lo único que realmente les interesaba es que desfiláramos bien el día de “la jura”.
-Es verdad, porque tiros lo que se dice tiros dimos más bien pocos en aquellos tres meses.
-Como que yo aprendí de verdad a disparar con el CETME y a tirar granadas de mano después, en el Regimiento del Goloso.
-¡Es verdad, que a ti te destinaron a carros de combate!
-No te joroba, no todos teníamos enchufe como tú, que, gracias a tu tío, el coronel, terminaste de “chupatintas” en la comandancia de Málaga. Bien cerquita de nuestro pueblo y con pase “pernocta”, como un señorito, mientras que yo, allí en el Goloso, las pasába canutas con tanta guardia y tantas maniobras.
¾Pero bien que presumías, cuando venías al Rincón, con tu boina de tanquista y la insignia del carro de combate en la manga, que traías locas a todas las de la pandilla. Y encima con los galones de cabo.
-Alguna ventaja debía tener, no te fastidia.
-Perdone si no le dejamos leer, pero es que cuando terminamos enredándonos con batallitas del Servicio Militar, vamos subiendo la voz sin darnos cuenta. ¾se dirige a mí uno de los mayores, dándose la vuelta para mirarme.
>>Pero ya sabe, cosas de haber pertenecido a la misma quinta.
-¿Hizo usted la mili? ¾me pregunta curioso el anciano.
-Sí, en el segundo reemplazo del 74 y por lo que les he escuchado me tocó el mismo campamento que a ustedes Alcalá de Henares.
-Y seguro que paso el mismo calor que nosotros, porque aquel lugar es un páramo -me interpela el segundo contertulio.
-Sí, con el mismo calor y el mal olor de las letrinas. Aunque yo desfilé menos y fui más veces al campo de tiro.
-¿Y eso? -me pregunta de nuevo el primer hombre mayor.
-Más que nada, por si entrabamos en guerra con Marruecos. Por lo de “la marcha verde”. Seguro que se acuerdan ustedes.
-Debíais de estar acojonados. Menos mal que al final aquello quedó en nada. Pobres saharauis ¾me contesta el anciano cambiando del usted al tú, como reconociéndome un compañero de armas.
-¿Dónde te destinaron después del campamento? ¾sigue preguntándome con curiosidad.
-A la Brigada Topográfica.
-Vaya, otro con enchufe. ¿O no?
-Sí, ¾reconozco poniéndome colorado¾. Yo también tenía un familiar coronel.
-¡Qué suerte teníais algunos! -me interpela el ex tanquista.
-Agustín, ¿qué haces ahí sentado? -me llama mi mujer para que le eche una mano con las bolsas del mercado. Me levanto apoyando firmemente la muleta en el suelo y me despido con un hasta otro día señores, me llama mi sargentó.
-Buenos días y a ver si nos vemos otro día y seguimos con las anécdotas de la mili -se despiden. Mientras me voy pensando, qué tipo de “batallitas”, intercambiaran entre sí cuando se hagan mayores los que tuvieron la suerte de no hacer el Servicio Militar.