
Estimada y a la vez temida ansiedad:
Te escribo esta carta con el fin “terapéutico” de que sepas cuanto sufrimiento y quebranto en mi bienestar cotidiano me estas produciendo.
Ya se que tu los conoces, al igual que los conozco yo, pero quiero relatarlos en primera persona sobre todo como una forma de exorcismo reflexivo que me lleve a ponerte en el lugar que realmente te corresponde.
Por empezar de alguna manera por el principio quizás con toda probabilidad naciste conmigo y seguramente te hiciste fuerte por la trasmisión de ciertas inseguridades ante la vida trasmitidas por un ambiente familiar propenso a trasmitir directa o indirectamente cierto temor ante las circunstancias imprevistas de la vida, sobre todo aquellas que tienen que ver con la salud.
No me recuerdo como un niño especialmente ansioso o nervioso, sino más bien todo lo contario, me recuerdo más bien como un infante algo temerario e impulsivo, cliente habitual de la “casa de socorro”, debido a múltiples escoriaciones y alguna rotura de huesos, provenientes de mis juegos. Lo que si recuerdo es la exagerada preocupación de mi madre, que se traducía en las mil capas con que nos abrigaba a mi hermano y a mi, para que no cogiésemos frio al ir al colegio. Fuera de esto no tengo consciencia de ningún otro tipo de signo de alerta que pudiese fomentar algún tipo de miedo a la enfermedad.
Ya algo más mayorcito y tanto en mi pre-adolescencia como en mi adolescencia lo que sigo teniendo muy presente son los distintos roles familiares de mi madre y mi padre, tengo la sensación o el recuerdo si quieres, de una madre ausente que casi nunca nos daba verdaderas muestras de cariño y la presencia de un padre muy presente que trataba siempre de fomentar mi autonomía, al tiempo que se desesperaba y lo manifestaba críticamente con mi evidente falta de habilidades manuales.
Probablemente mi contacto más directo con la enfermedad fue el internamiento y posterior agonía de mi padre. Tengo un vago recuerdo de que el su decaimiento físico empezó, con casi total seguridad, con el nacimiento de mi hermano Jesús y su no aceptación de la minusvalía intelectual de su cuarto hijo, todo ello entremezclado con el cambio de tecnología de analógica a digital de los ascensores que conservaban. Recuerdo que se interno, creo que voluntariamente en el Sanatorio donde termino muriendo, a raíz de un viaje de trabajo a Sevilla, donde se agravo el asma que padecía debido a sus años de fumador empedernido, de mis visitas al centro sanitario en los primeros tiempos, recuerdo sobre todo las manifestaciones de desprecio hacia mi madre, mezcladas con unos celos casi patológicos, a los pocos meses y ha raíz de una caída, de la que no esta claro no fue causa un ictus, entro en una agonía larga y penosa de la que me tuve que “tragar”, toda una parte, gracias a las guardias nocturnas que tuve que asumir una noche si y otra también para dejar descansar a mi madre.