Protocolo de suicidio

Person standing on rocky cliff overlooking ocean and coastline
A hiker enjoys stunning views from a rugged coastal cliffside.

Me he despertado, no sé cómo, atado de pies y manos en la cama de un hospital. Estoy solo en una habitación de la que únicamente puedo ver, dada mi posición, el techo. Un techo blanco con la escayola algo agrietada. Si giro un poco la cabeza hacia mi derecha aprecio en una esquina una cámara con la que creo que me vigilan.

Apenas recuerdo cómo llegué aquí. En mi cabeza vagos recuerdos de unos sanitarios que me están colocando un gotero en un brazo y una mascarilla de oxígeno que me cubre la cara. Alguien, supongo que el médico del equipo que me atiende me pregunta: ¿Cómo te llamas?, ¿sabes dónde estás?

-Me llamo Manuel y me parece que estoy dentro de una ambulancia ¾respondo antes de quedarme dormido, supongo que por efecto de algún sedante que me habrán inyectado.

-Vaya, por fin te has despertado ¾me dice alguien que ha entrado en la habitación¾. Lo primero vamos a desatarte y tomarte las constantes.

-12/8 de tensión, 54 pulsaciones por minuto y 97% de saturación. -recita a la vez que anota estos valores en un cuaderno. -No está mal; siéntate con cuidado, que enseguida vendrá la psiquiatra a hablar contigo.

Mientras me siento en la cama voy recordando por qué estoy aquí. Sencillamente he intentado suicidarme. Dicen los especialistas que el suicidio es producto de la desesperanza. Y quién no va a estar desesperanzado, si ha pasado por un divorcio reciente, que le ha obligado a salir de su casa con “una mano delante y otra detrás” como quien dice.

Ya he estado antes en una situación parecida, cuando intenté quitarme la vida, en otra ciudad, fruto de un brote psicótico por consumir demasiado éxtasis. O sea que ya sé lo que me espera, estar sometido durante unos días al protocolo de suicidio: observación constante, armario de la ropa herméticamente cerrado, nada de muebles en la habitación salvo la cama, zapatillas y chándal de hospital, sin cordones ni cinturón. Vida de monje de clausura, en definitiva.

-Hola, Manuel, ¿cómo estas? -irrumpe en la habitación la psiquiatra. Hecho una mierda, pienso, mientras empieza la ronda de preguntas.

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