A young woman with blonde hair smiles warmly while sitting outside on a bench.
Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.
Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.
En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.
Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad. Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.
-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer ¾me dice mi dinosaurio al oído.
Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.
Visitors walk through Moscow’s historic Red Square with Saint Basil’s Cathedral and Kremlin towers
El rumor se ha ido extendiendo como una gran mancha negra por la ciudad el Gran Padre esta gravemente enfermo y dada su edad, 97 años, probablemente no tarde mucho en morir.
Hace más de año y medio no se le ha visto en ningún acto publico, aunque tanto los medios oficiales como para oficiales del Partido llevan todo este tiempo negando que “nuestro padrecito” padezca algo más que un profundo agotamiento producto de sus interminables jornadas de trabajo por lo que por consejo de sus médicos esta siguiendo una terapia intensiva de reposo. Solo los miembros del Comité Central sabemos que en realidad nuestro presidente padece un cáncer de hígado con metástasis en los riñones, que le va debilitando poco a poco, aunque conserve todas sus facultades mentales en perfecto estado de revista como solemos decir los militares.
Quizás esa porque soy una de las diez personas, dejando a parte los médicos que le atienden, que conoce la gravedad de Iván Kuznetsov, más conocido como el Gran Padre de la Nación, desde el año 3022 cuando ocupo el poder tras ganar por amplia mayoría las elecciones a la Dieta Federal y formar un gobierno monocolor que no tardo mucho tiempo en convertirse en una dictadura con una reforma constitucional que termino con la prohibición de las demás agrupaciones políticas, no me ha extrañado la llamada a mi puerta de mi dacha a alta horas de la noche de uno de los componentes de la guardia personal de nuestro líder, que me trasmite el deseo urgente del presidente para que nos reunamos.
Llevo ya algún tiempo esperando esta llamada para una conversación inevitable dada la situación, sobre la sucesión en la dirección del Partido y por ende de la Nación, sobre la sucesión en la dirección del Partido y por ende de la Nación, cuando Kuznetsov muera o se le terminen las A mi y a nadie más que a mi como comandante del nuevo Ejercito Rojo, le corresponde el deber de hacer que este cambio en la jefatura del Estado trascurra de una manera pacifica y ordenada.
Mientras vuelo hacia el Kremlin, en el cómodo asiento trasero del nuevo Senat voy repasando en mi cabeza los acontecimientos históricos que permitieron llegar al poder de la actual Nueva Federación Rusa, al camarada Iván Kuznetsov.
Nuestro actual líder, nació en Moscú en el año 2925, bajo el reinado de los Románov
, que habían vuelto al poder de la Federación en el año 2085, cuando el pueblo ruso huérfano del férreo control de la nación ejercido por el presidente Vladímir Vladímirovich Putin termino con su muerte y con Rusia sumida en un caos económico y social por el predomino de las mafias que nombraban y destituían nuevos presidentes de la Republica a su antojo, logro imponer tras un golpe de fuerza impulsado sobre todo por la Iglesia Ortodoxa, la celebración de un referéndum sobre el modelo de Estado en el que salieron triunfadores los partidarios de la vuelta a la Monarquía. Instaurándose así la vuelta de los Zares y la promulgación de una nueva Constitución.
La familia Románov, llevaba pues reinando 840 años a base de mantener un precario equilibro entre la emergente gran potencia la Republica Popular China y la Unión Europea. Ambas interesadas en tener un vecino débil y ordenado, cerca de sus fronteras y que no les estorbase en sus guerras comerciales con Estados Unidos. No obstante, desde principios del 2900, esta política empezó a ser puesta en tela de juicio por el auge creciente del nacionalismo pan eslavo y la vuelta entre los intelectuales rusos a ciertas revisiones de las aportaciones para el país de la Revolución de 1917.
Nuestro Gran Padre hijo de un rico fabricante del hardware del motor de la mayoría de los coches voladores que había en el mercado demostró ya desde la enseñanza primaria su carácter dominante y en ocasiones violento lo que le llevo en varias ocasiones a ser expulsado de varios de los mejores colegios moscovitas acusado de bullying contra algunos de sus compañeros, circunstancia que por cierto a sido ocultada hábilmente en su biografía oficial. Su padre bastante desesperado ante tanta expulsión ingreso por la fuerza a su hijo, con tan solo 15 años en una de las más duras escuelas preparatorias para el ingreso en las Academias Militares del ejercito zarista.
Según cuenta, Iván Kuznetsov, en uno de sus libros más conocidos: Como lo hicimos. Su paso por la escuela preparatoria y su posterior ingreso en la Academia Militar del Cuerpo de Ingenieros, donde termino licenciándose como el primer cadete de su promoción, le sirvieron entre otras cosas para darse cuenta de la profunda podredumbre moral a la que estaba conduciendo la monarquía a la Federación Rusa.
Los Románov, a pesar de sus éxitos innegables en el plano económico, parecían haber olvidado intencionadamente el gran papel que Rusia había jugado en la política mundial en el pasado, y se conformaban con tal de seguir reinando, en ser una mera potencia de tercera clase que había aceptado casi sin rechistar convertirse en una marioneta de los intereses espurios de China, como lo venia demostrando la penetración de los naturales de este país asiático en los Consejos de Administración de nuestras mejores empresas. Y el como nos habían obligado a intervenir como sus aliados militares en su política expansionista en África, lo que habia terminado con la imposición de duras sanciones contra nuestro país por parte de la Unión Europea, con el beneplácito implícito de Estados Unidos, nuestro supuesto aliado.
Kuznetsov, impregnado cada vez más de este desprecio por la monarquía, termino por afiliarse, siendo ya capitán, al clandestino partido, pan eslavo, Por la Grandeza de Rusia, lo que termino obligándole al ser descubierto a exiliarse en Suiza en el año 2998.
Fue precisamente en ese país, donde nos conocimos mientras asistíamos a unas clases en la universidad de Zúrich, sobre el papel de la disuelta Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial en el Siglo XX, impartidas por un conocido profesor que revindicaba el papel que jugo Stalin y el Ejercito Rojo en la victoria sobre el fascismo.
Estas clases junto a la lectura apasionada de las obras completas de Lenin, en un grupo expresamente creado, para ello, entre los componentes de la numerosa colonia rusa de la ciudad suiza, nos llevo pronto a la idea de la refundación del antiguo Partido Comunista.
Lo que, en la fecha de su fundación en el 3001, en una cervecería suiza, parecía una utopía impulsada por el idealismo de unos pocos exiliados, fue cobrando cada vez más fuerza dentro de Rusia, gracias al descontento entre la juventud rusa creado por la falta de oportunidades para los jóvenes que veían que cada vez más los puestos de trabajo mejor remunerados eran ocupados por ciudadanos de origen chino junto con el profundo malestar que creo entre nuestros compatriotas la llamada a la movilización general para entrar nuevamente en guerra contra Japón, forzados por nuestra alianza con nuestro vecino asiático. Hizo que nuestro partido comunista y sus promesas de volver a nuestro país a ser una potencia mundial nuevamente tuviese cada vez más partidarios en nuestro país, lo que nos llevo en menos de 21 años a ocupar el poder.
“Bueno ya esta bien de recuerdos”, me digo a mi mismo, al llegar a la entrada del Kremlin. “Tienes que aprovechar el idealismo del camarada Kuznetsov, en tu propio beneficio, para poder apartar de su cabeza los nombres de tus competidores en su sucesión”. “Has de seguir machacando al viejo con la idea de que solo un líder resolutivo y capaz de analizar críticamente las soluciones que para los problemas de la Federación propongan los miembros del Comité Central”. “Solo así, as de insistirle perdura en el tiempo su gran obra”.
“Y mientras voy pensando en la estrategia que utilizare en mi conversación con el Gran Padre de la Nación. Tengo en cuenta mi ultima baza en el caso de no ser yo el elegido, soy el comandante en jefe del Ejercito Rojo y nada impresiona más a las masas que un despliegue de las fuerzas militares en las calles”.
A group of kids happily playing soccer together at the park
Con el trascurso del tiempo y dada la proximidad de nuestras viviendas, fuimos formando poco a poco una pandilla de chicos y chicas de entre siete y nueve años, que terminó creando entre todos nosotros unos lazos de amistad y compañerismo fraternales que perduraron en muchos casos hasta el comienzo de nuestra adolescencia. La pandilla estaba compuesta por:
Joaquín, mi vecino del segundo B, un chico un tanto tímido y introvertido, quizás porque compartía su casa con tres mujeres, su madre y dos tías, dado que su padre había muerto siendo él muy pequeño. Este gineceo solía sobreprotegerle y veía con no buenos ojos el que se juntara con el resto de nosotros. Nuestra amistad surgió en los rellanos de nuestra escalera por una cosa tan simple como compartir el gusto por las batallas de soldaditos de juguete, soldaditos de plástico como corresponde a la época y de los que yo disponía en abundancia, más que nada por los regalos de mi tío Joaquín que se ganaba el sustento pintado sus uniformes y dejando siempre para mí alguno de los que por cualquier razón resultaba defectuoso. Los batallones de mi vecino, siempre más lustrosos que los míos, al ser completamente nuevos, venían directamente de los almacenes Payá, donde sus tías amorosamente solían comprarlos como regalo para la noche de Reyes o su cumpleaños. Sin embargo, en las batallas que disputábamos casi todas las tardes de invierno, yo disponía siempre de un recuso inexpugnable en forma de fuerte de madera. Uno nuevo cada año, gracias a las habilidosas manos de mi padre y que era el regalo más esperado de mi cumpleaños.
Las rubitas: Mari Carmen y Adela, dos gemelas, rubias, como indica el apelativo por el que eran conocidas por los vecinos del barrio, y que vivían en el número 6 del callejón, y su íntima amiga Rosario, que residía en una pequeña plazoleta que unía el final de nuestra calle con la de la Cruz, donde por entonces había un quiosco de prensa que regentaban sus padres. Y que no sé si por la proximidad en nuestra fecha de nacimiento, las gemelas nacieron solo tres días después que yo, o por la amistad que se había formado entre nuestras madres cuando asistían a un curso para madres primerizas impartido por “La Gota de Leche”, institución nacida en siglo XIX en Francia, gracias a Pierre Budin, en el Hospital de la Caridad de París y que llegó a Madrid en enero de 1904 de la mano de Rafael Ulecia y Cardona, siendo después de la Guerra Civil integrada en la Dirección General de Sanidad bajo la tutela de la Sección Femenina del régimen franquista. Ambas familias, entre bromas y veras, desde el primer momento me asignaron como futura novia a Mari Carmen, con tanta insistencia que hasta yo terminé creyéndomelo y estuve medio enamorado de mi vecina hasta bien entrada mi adolescencia. Pero eso fue lo que permitió, cosa rara para la época, que este trio femenino formara parte desde siempre de nuestra pandilla.
Y por último, los hermanos García, Miguel y Pedro, los más pijos de todos nosotros, ya que estaban escolarizados en un conocido colegio privado, San Estanislao de Kostka, y que lucían incluso durante nuestros juegos el obligado uniforme de la institución. Los hermanos vivían por entonces en el número 27 de la calle Núñez de Arce y nuestra amistad surgió en este caso de la relación establecida por Miguel García, el padre de los chicos y mi propio padre durante los años de convivencia en el Colegio de San Ildefonso. Este colegio era uno de los más antiguos de Madrid, ya que se cree que fue fundado en el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos como centro de educación dirigido a todos los niños hijos de Madrid que fueran huérfanos de padre o madre y es conocido en toda España porque sus alumnos son los encargados desde el 9 de marzo de 1771, cuando el alumno Diego López se convirtiera en el primer niño del Colegio San Ildefonso que sacó y cantó un número premiado de la lotería española. La función ha permanecido hasta nuestros días dado que los niños de este centro educativo siguen siendo los encargados de repartir la suerte, entre otros sorteos, en el extraordinario de Navidad.
Nuestra pandilla tuvo la suerte desde el principio de disponer de dos espacios privilegiados para jugar, el propio Callejón del Gato, uno de los pocos espacios libres de coches en el Madrid de la época, y la plaza de Santa Ana, situada muy cerca de nuestras casas. En época escolar solíamos reunirnos sobre las seis de la tarde, después de la merienda, hasta más o menos las ocho. Pero en verano nos pasábamos casi todo el tiempo de ocio jugando y haciendo trastadas de todo tipo en el callejón, trastadas como las de colgarnos de las rejas de Villa Rosa, meternos con todos los gatos de la vecindad o pintar con tiza el pavimento de la calle para hacer circuitos con los que jugar a las carreras de chapas o a rayuela oemborronar todos los espacios disponibles de la calle, incluidas las paredes de las casas, de mensajes escritos en un código secreto inventado por nosotros para poner a caer de un burro, a cualquiera de nuestros vecinos que nos cayera gordo por alguna razón. Muchas de estas actividades terminaban por molestar a algún adulto y nos valieron cierta fama de pequeños salvajes y no pocas reprimendas y castigos. Pero ahí seguimos jugando, corriendo y saltando durante nuestra feliz infancia.
En Madrid, julio 1962 o si ustedes los del Olimpo lo prefieren Iulius ensu calendario romano.
A speaker addresses a public political debate with engaged attendees around a large table
Como ya conté en mi autobiografía durante una buena parte de mi vida me he dedicado a la actividad política y sindical. Durante todos esos años me ha tocado padecer reuniones interminables con resultados de lo más variopinto, desde aquellas que acaban llegando a resultados prácticos y aplicables a la vida real, hasta aquellas que terminaban, muchas veces tras horas y horas de debate en una especie de nebulosa sin utilidad alguna. Eso sí, siempre cargadas de términos ideológicos de lo más ultrasonante pero completamente inaplicables en la vida real.
Y es que muchas veces la “vida política” trascurre en una especie de espacio paralelo que se alimenta sobre todo de empachos ideológicos, convertidos con el tiempo en dogmas inapelables, según la tribu a la que uno pertenezca. Qué despistado soy, se me ha olvidado deciros que ese espacio paralelo al que llamamos “espacio solo para políticos profesionales y aspirantes a serlo” está lleno de tribus, los denominados partidos políticos, cada uno con un dogma inapelable según su correspondiente ideología y que siempre o casi siempre se convierte en pecado mortal para los otros grupos. Así, frente a “libre mercado”, dogma propio de las tribus de derecha, aparece el de la estatalización y la economía centralizada, dogma normalmente de las tribus de izquierda, por poner solo un ejemplo. En ese limbo paralelo termina habiendo espacio para muchas, muchísimas reuniones iguales a la que aquí pretendo contar a manera de anécdota, aunque solo sea para ilustrar desde mi punto de vista por qué llega un momento en el que muchas personas terminan abandonando este “espacio paralelo”, aunque solo sea por no terminar cayendo, ellos mismos, en la escolástica.
A esta reunión en concreto fui convocado, dado mi supuesto talante moderado y mi filiación política a un grupo que nació, ingenuos de nosotros, con la idea de servir de bisagra entre las diversas corrientes de la izquierda y mediar entre ellas para conseguir al menos una candidatura unitaria al Ayuntamiento de la Ciudad.
Aceptado el encargo para allá me fui, pensando en que sería una reunión más o menos tranquila ya que gente de izquierdas de todo tipo y condición, desde el ecologismo más recalcitrante hasta aquellos que siguen autoproclamándose la verdadera esencia del marxismo-leninismo, proclamaban a voz en grito que “esta Ciudad regida desde hace más de veinte años por un mismo partido necesita un cambio”, luego no sería en mi opinión difícil ponerse de acuerdo entre todos, aunque fuera con un programa mínimo, que según me dijeron se estaba elaborando.
Nada más entrar en aquel lugar que podemos calificar como mínimo de cutre y desangelado, caí rápidamente en la cuenta de que una vez más me había metido en la boca del lobo, ya que lo que yo esperaba, una reunión tranquila entre los delegados de los diferentes grupos se había convertido como por arte de magia en una asamblea multitudinaria con no menos de sesenta asistentes. Por supuesto, la mayoría de ellos con la idea, tanto de hablar, lo que no hubiera estado mal si hubiese sido posible, sino más bien, como ocurre a menudo, jalear las opiniones de los propios y vilipendiar las de los ajenos. Adiós a mi cena con mi esposa Ángeles, pensé, seguro que de aquí no salimos por lo menos hasta la una de la madrugada y esperemos que al menos con algún acuerdo cerrado. Y digo lo de cerrado porque no es la primera vez, ni probablemente será la última, en que un acuerdo al que se llega a las mil y monas, se trasmuta al día siguiente y sin mediar palabra en docenas de acuerdos diferentes según la interpretación más o menos sesgada que en ese momento le convenga a la “tribu” correspondiente.
Bueno, pues, allá vamos, que entre los componentes de la mesa presidencial y el público presente en la reunión no suelen ser necesarias las prestaciones porque en este mundillo solemos conocernos más o menos todos. Hice una breve introducción al objetivo de la reunión, o sea, según lo acordado, poner las bases para formar una candidatura que acabe con el gobierno municipal del Alcalde Don Quintín, que doce mandatos sucesivos son muchos mandatos, y abrí el turno de palabra, tras rogar a los asistentes que, por favor, al menos por una vez, fuesen breves y concisos en sus intervenciones.
Pues bien, nada más abrir el turno y como era de esperar en una reunión de aquellas características, más propia de una asamblea estudiantil de los años 70 que de una reunión formal en busca de un acuerdo que al parecer queríamos todos, me encontré con la petición inicial de más o menos treinta y cinco turnos de palabra.
El primero en intervenir, como casi siempre fue Juanito, y como casi siempre tras un perorata inicial, donde inevitablemente y por enésima vez debimos escuchar, cuál era su posición desde tiempos inmemoriales advirtiéndonos contra un Pacto Constitucional, donde la izquierda se había rendido con armas y bagajes a la derecha, empezó a poner trabas metodológicas a la reunión, que si debíamos votar de esta forma, que si no comprendía que hacían allí notables revisionistas, que si debía acordase que cualquier decisión que se tomase debería ser sometida a la aprobación de las asambleas de barrio, etcétera. Y a partir de ahí, como era de esperar, se armó la marimorena. Cada mención en contra de los firmantes de la Constitución y su revisionismo de las esencias ideológicas de la izquierda era jaleada por una buena parte del público, sobre todo el más juvenil de los allí presentes.
Menos mal que no éramos demasiados los “revisionistas”, ya que una buena parte de los representantes de uno de los partidos firmantes de ese pacto, habían cambiado de opinión y ahora planteaban nada menos que la apertura de un nuevo proceso constituyente, lo que no les servía demasiado en aquella Reunión, donde eran mirados con desconfianza extrema por el resto de los grupos que andaban tras el pacto.
Siguieron un numeroso grupo de intervenciones en la misma tónica o parecida a la del entrañable Juanito, ya que parecía que cada vez que alguien intervenía se veía en la obligación de someter a la audiencia, al menos durante diez minutos, a su análisis particular, no solo del estado de la Ciudad, sino de la situación general de la nación y si se puede y les dejas hasta del mundo entero. Todo muy elocuente si no fuese porque al final muchos de estos analistas improvisados terminaban votando sin rechistar lo que el jefe de turno de su grupo político terminase marcando.
Por fin le llegó el turno de palabra al primer portavoz oficial de uno de los partidos allí presentes: una mujer. Un partido nuevo en estos lares, aunque entre sus filas militan gente no tan nueva, proveniente sobre todo de escisiones sucesivas del antiguo Partido Comunista, pero que ostenta la bandera, no se sabe muy bien por qué, de ser el heredero directo del pasado 15M. Como era de esperar, lo primero que planteó aquella portavoz fueron las inmensas dificultades que tenía su grupo para entrar en una candidatura conjunta con aquellos compañeros, expertos en su opinión en manipulación política, y que además de haber hecho una oposición más bien blandita en el Ayuntamiento, no habían tenido ningún reparo en compartir gobierno en la Junta con el otro gran sostén del bipartidismo. Y es que, para evitar malos entendidos, ya desde el principio exigía para su grupo un papel relevante en la portavocía de la futura coalición si ésta se formaba.
Ni que decir tiene que a partir de ese momento se “formó el belén”. El representante del grupo aludido, sin esperar su turno de palabra, manifestó que ellos no estaban allí para recibir insultos, y menos de aquel grupo de niñatos, noveles en la política y que eso de la portavocía ya se vería ya que ellos aportaban con toda seguridad el mayor número de votos.
A partir de ese momento, de nada sirvieron los tímidos intentos de los ecologistas para tratar de recomponer la situación y volver al camino de la unidad, aunque no sin reconocer que ellos tampoco se fiaban demasiado de un grupo que, a pesar de declararse ecologista, no tenía ningún inconveniente en apoyar a un Alcalde de los suyos que pedía la reapertura de unas minas contaminantes.
Ni los de los representantes de la Plataforma Cívica, formada en su día por aquel respetable maestro, al que se recuerda pese a sus innegables virtudes personales como el hombre de la “pinza”, trataron ya de hablar de las tesis de su líder de la necesidad de formar un movimiento de izquierdas capaz de desalojar a la derecha y su socio socialdemócrata del poder.
Visto lo visto, terminé sin más de intentar cerrar la reunión al estilo tradicional formando una comisión de portavoces que nos presentase sus conclusiones el próximo sábado a más tardar. Como siempre, ya sea por el cansancio, ya sea porque nadie quería cargar con el sambenito de haber terminado con la posibilidad de una candidatura unitaria, todos aceptaron.
El resultado final de este proceso abortado antes de nacer fue el ya conocido de que, desgraciadamente y debido a una de esas entelequias inexplicables para los ciudadanos normales y corrientes, de nuevo la división de la izquierda permite que nuestro venerable alcalde Don Quintín, continúe gobernando otros cuatro años.
Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.
Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.
Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.
Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”
Recién divorciado y nada más llegar a mi nuevo apartamento tuve un sueño.
Soñé que mi ex, llegaba en forma de fantasma hasta mi cama para cubrirme de reproches: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.
Temeroso de que el sueño se repitiera, decidí recurrir a los servicios de un exorcista. No es que crea en estas cosas, pero como dicen los gallegos “haberlas ailas”.
El exorcista, un tipo barbudo y mal vestido saco de uno de sus bolsillos un extraño aparato, con el que dijo iba a medir la existencia de fuerzas malignas. Mientras yo le miraba con cierta desconfianza, empezó a pasar el dichoso aparatito por todas las habitaciones de la casa. Uf, exclamo tiene usted en su vivienda un espíritu maligno. En necesario tomar medidas urgentes; por lo pronto voy a regar toda la casa con agua bendita, poner debajo de su cama unas tijeras abiertas y un amuleto contra el mal de ojo en la puerta de su habitación.
Las medidas no sirvieron de nada porque el sueño como una maldición se repitió a la noche siguiente.
Desde entonces para mi desgracia he tenido que aprender a convivir con la presencia de mi ex que todas las noches me suelta la misma monserga: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.
A ranch worker stands confidently holding a lasso in a sunlit corral.
Ester era una compañera de trabajo con la que había estado tonteando durante varios meses. Una mañana la invité a comer cuando terminara nuestra jornada laboral.
Los dos teníamos expectativas más que evidentes de que aquella comida terminase convirtiendo nuestra relación en algo más serio. En perspectiva de lo que pudiera pasar había reservado una habitación en un hotel próximo.
La noche anterior me proveí en una farmacia de una caja de preservativos y aquella mañana me engalané con mis mejores ropas.
La comida como era de esperar trascurrió entre una conversación amable, llena de arrumacos y leves toques bajo la mesa. Ester no llevaba ropa interior por lo que mi mano alcanzo sin dificultad su clítoris, que empecé a masajear delicadamente. Como era evidente que no podíamos permitirnos el lujo de que sus gemidos terminasen llegando a los oídos del resto de los comensales, decidimos terminar lo empezado en los lavabos del local donde hicimos el amor con verdadera pasión. Al terminar pagamos la cuenta, tomamos un taxi y nos dirigimos rápidamente al hotel en el que había reservado la habitación.
Yo había observado que mi compañera llevaba ese día un bolso más grande de lo normal. Lo que no podía esperar es que dentro del bolso portase todos los aditamentos necesarios para una sesión sadomasoquista: esposas, látigo, traje de cuero, etc.
Al llegar a la habitación, Ester, entro en el baño de donde salió convertida en una autentica dominatriz ante mi sorpresa. En unos instantes me vi desnudo bocabajo y esposado a la cabecera de la cama, mientras ella se disponía a azotarme con el látigo. La verdad es que las pase moradas para intentar explicarle que a mí no me gustaban para nada los juegos sadomasoquistas, lo que no me libró de recibir unos cuantos latigazos, antes de avenirse a desatarme, coger sus artilugios, vestirse y marcharse de la habitación con cara de disgusto.
Dede entonces, cada vez que veo a Ester por los pasillos del trabajo procuro eludirla, aunque he de reconocer que desde entonces sueño con ella todas las noches mientras que me froto mis posaderas todavía doloridas.
A Red Cross worker gently holds the hand of an elderly man in a medical tent.
¾Agustin, a las ocho en la Base. Nos han avisado los de Salvamento Marítimo que han recogido a los náufragos de una patera.
En Málaga capital, este tipo de llamadas son escasas, los náufragos aparecen más cerca de otros puntos del litoral andaluz. Pero aun así hay que estar siempre atentos.
Llego a la base de Cruz Roja de Socorros y Emergencias a la hora convenida. El ritmo para la preparación del desembarco es frenético ya que está previsto que el barco de Salvamento llegue a puerto sobre las once de la mañana.
-¿Cuántas personas han rescatado? -pregunto.
¾Doce, ocho hombres, dos mujeres y dos niños ¾me contesta Joaquín, el coordinador del equipo. Tú, como siempre, irás en la furgoneta con Carmen, la asistente social, Rosalía, la enfermera; y Paco como conductor.
El resto de los voluntarios, unos doce, están cargando ya el furgón: mantas, agua y ropa de abrigo, más algún juguete para entretener a los niños.
Cuando llegamos al muelle donde se producirá el desembarco está ya allí la Policía Nacional de Extranjería. Sus agentes se encargarán de trasladar a los náufragos a la Comisaria para su identificación y posterior traslado al ya sobrecargado Centro para Extranjeros de la capital.
El barco de Salvamento se va acercando poco a poco al muelle. Sobre cubierta y a simple vista se puede ver, sentados en el suelo y ateridos de frío, a los rescatados, rodeados por los tripulantes enfundados en sus monos blancos de protección y con la cara cubierta por mascarillas FP2, para su protección, sobre todo contra la tuberculosis o cualquier otro tipo de enfermedad contagiosa que pudieran traer los rescatados.
Una vez amarrada la embarcación, uno a uno, cada naufrago va bajando por la pasarela del barco. Allí los reciben nuestros voluntarios, que les van arropando con las conocidas mantas rojas de Cruz Roja, mientras les dan la correspondiente botella de agua. Esta vez no ha sido posible montar la cafetería y no disponemos de bebidas calientes que les permitieran entrar en calor.
Carmen, la asienta social, y Rosalía, la enfermera, ya están dentro de la carpa. Tras el cribaje y las curas, si son necesarias y casi siempre lo son debido sobre todo a las quemaduras, Carmen procederá a la filiación de los inmigrantes, así como a explicarles el proceso policial que les espera y los derechos a los que pueden acogerse. Mientras tanto, yo atenderé los casos que necesitan recibir los primeros auxilios psicológicos. Entre tanto, los niños, en este caso un niño y una niña de unos ocho años, hijos de una de las mujeres rescatadas, son entretenidos por Zafira, nuestra educadora social fuera de la carpa.
Esta vez he tenido suerte y durante la travesía y el rescate no se ha producido ningún ahogamiento, con lo que mi intervención de ha limitado a brindar los primeros auxilios psicológicos.
Finalmente llega el amargo trago de entregar a los náufragos a la policía y tras desearles suerte, despedirnos de ellos, recoger nuestros trastos, volver a la base y esperar a que en mucho tiempo no se necesite más de nosotros.
A young protester holds a sign reading ‘Be realistic, demand the impossible’ during a 1968 Paris demonstration.
La trilogía del 70-73
Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)
Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)
Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)
Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el título de tres libros: ElPequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.
Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nómina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.
Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso sí, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.
La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mí mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura
La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años
People enjoying a sunny day in a charming historic town square lined with trees and benches
La Plaza de Santa Ana
Si hay un espacio en Madrid que recuerdo con especial nostalgia es la plaza de Santa Ana. Un lugar que fue testigo desde mis primeros juegos infantiles a mis primeros amores juveniles.
Es curioso porque mientras escribo este relato viene a mi memoria la sorpresa y el desencanto que me llevé la última vez que visité la plaza, cuando haciendo de cicerone de unos amigos malagueños por los recovecos del Barrio de las Letras, mi barrio durante casi quince años, la encontré tan cambiada que por un momento abominé de ella, maldiciendo por lo bajo al turismo, que como en otras ciudades españolas, ha ido reconvirtiendo sus barrios más antiguos en un feo pastiche ocupado por las cadenas comerciales multinacionales.
Por eso hoy quiero hablar de ´mi plaza´. La plaza del Teatro Español, del hotel Reina Victoria, el “hotel de los toreros”, porque era su alojamiento favorito en Madrid; la de los almacenes Simeón, situados enla planta baja del hotel; la plaza presidida por la estatua de Calderón de la Barca, la de la bollería La Suiza y la cervecería La Alemana. En resumidas cuentas, de la plaza de los años 60 y principios de los 70 del pasado siglo.
Las chicas y chicos que la frecuentábamos, todos vecinos de las calles adyacentes, solíamos ir a jugar allí, porque era el único espacio verde, cercano a nuestras casas, del que podíamos disponer en aquella abigarrada zona del Barrio de las Letras. Cumplíamos así, sin saberlo, los designios del rey José Bonaparte, apodado en su tiempo por los madrileños como “el Rey Plazuelas” por suobsesión con abrir espacios en mitad de la ciudad para crear amplias plazas, derribando edificios. Vamos, un ecologista afrancesado.
La Plaza de Santa Ana formaba un cuadrado casi perfecto, con un espacio de arena en su parte central que rodeaba la estatua de Calderón de la Barca, alzada sobre un pedestal al que se podía subir por unas amplias escaleras de piedra, y que era nuestro lugar favorito para sentarnos a merendar. Rodeada en sus extremos por castaños y unos cuantos parterres de hierba con flores, casi secas, y junto a ellos y a la sombra de los árboles, unos bancos de piedra sin respaldo, muy parecidos a tantos otros del mobiliario urbano de la Capital en la época, al igual que las farolas de hierro con el escudo de la Villa grabado en su base que alumbraban la plaza.
Nuestros juegos en su albero, iban cambiando según la época del año: de las carreras ciclistas con corredores simulados con las chapas de las botellas de refresco y pista trazada en la arena, propias de la primavera y el principio del verano, hasta el tiro del tacón o el juego de romper las peonzas del contrario con un hábil golpe dado por la tuya, a los que jugábamos en otoño. Prohibido por consenso vecinal y vigilancia municipal cualquier juego de pelota, “que para eso tenéis las pistas de fútbol del Retiro o el patio del colegio”. Todo esto cuando no estábamos haciendo de rabiar a las pandillas de chicas que jugaban por allí, algunas de las cuales terminaron por convertirse con el tiempo en nuestros primeros amores.
Pero la plaza se asocia también en mi mente al exquisito olor y sabor de los pasteles y bollos, que solían mandarme a comprar mis padres todos los domingos u otras festividades importantes en la cafetería La Suiza, que, desde su fundación en 1858, se había ganado una merecida fama entre los madrileños. O, ya más mayor, al de las primeras “cañas” tomadas con deleite en verano, en la cervecería La Alemana, otro establecimiento con solera de los que estaban abiertos en Santa Ana, ya que fue fundada por un grupo de industriales alemanes en 1904 y frecuentada en su día por personajes como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner o Ernest Hemingway.
Y cómo no acordarme de que, en el Teatro Español vi mis primeras funciones de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, gracias al precio rebajado o gratuito, según el éxito de la obra representada, de las entradas de claque que se vendían por entonces en un bar situado en el número 18 de la vecina calle Huertas. O de la llegada de los primeros hippies que no tardaron en montar en la plaza un mercado de artesanía donde se vendían bolsos, juguetes, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú o esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. Mercadillo que fue disuelto por orden municipal en 1989 por la presión de los propietarios de las terrazas de la zona, dándoles más espacio donde poner sus mesas y sillas. Y que hoy en día han terminado por ocupar buena parte del espacio de la Plaza de Santa Ana y acabando, según mi opinión, con su viejo encanto.