La comida

Woman in outdoor attire holding a coiled lasso inside a fenced corral
A ranch worker stands confidently holding a lasso in a sunlit corral.

Ester era una compañera de trabajo con la que había estado tonteando durante varios meses. Una mañana la invité a comer cuando terminara nuestra jornada laboral.

Los dos teníamos expectativas más que evidentes de que aquella comida terminase convirtiendo nuestra relación en algo más serio. En perspectiva de lo que pudiera pasar había reservado una habitación en un hotel próximo.

La noche anterior me proveí en una farmacia de una caja de preservativos y aquella mañana me engalané con mis mejores ropas.

La comida como era de esperar trascurrió entre una conversación amable, llena de arrumacos y leves toques bajo la mesa. Ester no llevaba ropa interior por lo que mi mano alcanzo sin dificultad su clítoris, que empecé a masajear delicadamente. Como era evidente que no podíamos permitirnos el lujo de que sus gemidos terminasen llegando a los oídos del resto de los comensales, decidimos terminar lo empezado en los lavabos del local donde hicimos el amor con verdadera pasión. Al terminar pagamos la cuenta, tomamos un taxi y nos dirigimos rápidamente al hotel en el que había reservado la habitación.

Yo había observado que mi compañera llevaba ese día un bolso más grande de lo normal. Lo que no podía esperar es que dentro del bolso portase todos los aditamentos necesarios para una sesión sadomasoquista: esposas, látigo, traje de cuero, etc.

Al llegar a la habitación, Ester, entro en el baño de donde salió convertida en una autentica dominatriz ante mi sorpresa. En unos instantes me vi desnudo bocabajo y esposado a la cabecera de la cama, mientras ella se disponía a azotarme con el látigo. La verdad es que las pase moradas para intentar explicarle que a mí no me gustaban para nada los juegos sadomasoquistas, lo que no me libró de recibir unos cuantos latigazos, antes de avenirse a desatarme, coger sus artilugios, vestirse y marcharse de la habitación con cara de disgusto.

Dede entonces, cada vez que veo a Ester por los pasillos del trabajo procuro eludirla, aunque he de reconocer que desde entonces sueño con ella todas las noches mientras que me froto mis posaderas todavía doloridas.

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