
Como ya conté en mi autobiografía durante una buena parte de mi vida me he dedicado a la actividad política y sindical. Durante todos esos años me ha tocado padecer reuniones interminables con resultados de lo más variopinto, desde aquellas que acaban llegando a resultados prácticos y aplicables a la vida real, hasta aquellas que terminaban, muchas veces tras horas y horas de debate en una especie de nebulosa sin utilidad alguna. Eso sí, siempre cargadas de términos ideológicos de lo más ultrasonante pero completamente inaplicables en la vida real.
Y es que muchas veces la “vida política” trascurre en una especie de espacio paralelo que se alimenta sobre todo de empachos ideológicos, convertidos con el tiempo en dogmas inapelables, según la tribu a la que uno pertenezca. Qué despistado soy, se me ha olvidado deciros que ese espacio paralelo al que llamamos “espacio solo para políticos profesionales y aspirantes a serlo” está lleno de tribus, los denominados partidos políticos, cada uno con un dogma inapelable según su correspondiente ideología y que siempre o casi siempre se convierte en pecado mortal para los otros grupos. Así, frente a “libre mercado”, dogma propio de las tribus de derecha, aparece el de la estatalización y la economía centralizada, dogma normalmente de las tribus de izquierda, por poner solo un ejemplo. En ese limbo paralelo termina habiendo espacio para muchas, muchísimas reuniones iguales a la que aquí pretendo contar a manera de anécdota, aunque solo sea para ilustrar desde mi punto de vista por qué llega un momento en el que muchas personas terminan abandonando este “espacio paralelo”, aunque solo sea por no terminar cayendo, ellos mismos, en la escolástica.
A esta reunión en concreto fui convocado, dado mi supuesto talante moderado y mi filiación política a un grupo que nació, ingenuos de nosotros, con la idea de servir de bisagra entre las diversas corrientes de la izquierda y mediar entre ellas para conseguir al menos una candidatura unitaria al Ayuntamiento de la Ciudad.
Aceptado el encargo para allá me fui, pensando en que sería una reunión más o menos tranquila ya que gente de izquierdas de todo tipo y condición, desde el ecologismo más recalcitrante hasta aquellos que siguen autoproclamándose la verdadera esencia del marxismo-leninismo, proclamaban a voz en grito que “esta Ciudad regida desde hace más de veinte años por un mismo partido necesita un cambio”, luego no sería en mi opinión difícil ponerse de acuerdo entre todos, aunque fuera con un programa mínimo, que según me dijeron se estaba elaborando.
Nada más entrar en aquel lugar que podemos calificar como mínimo de cutre y desangelado, caí rápidamente en la cuenta de que una vez más me había metido en la boca del lobo, ya que lo que yo esperaba, una reunión tranquila entre los delegados de los diferentes grupos se había convertido como por arte de magia en una asamblea multitudinaria con no menos de sesenta asistentes. Por supuesto, la mayoría de ellos con la idea, tanto de hablar, lo que no hubiera estado mal si hubiese sido posible, sino más bien, como ocurre a menudo, jalear las opiniones de los propios y vilipendiar las de los ajenos. Adiós a mi cena con mi esposa Ángeles, pensé, seguro que de aquí no salimos por lo menos hasta la una de la madrugada y esperemos que al menos con algún acuerdo cerrado. Y digo lo de cerrado porque no es la primera vez, ni probablemente será la última, en que un acuerdo al que se llega a las mil y monas, se trasmuta al día siguiente y sin mediar palabra en docenas de acuerdos diferentes según la interpretación más o menos sesgada que en ese momento le convenga a la “tribu” correspondiente.
Bueno, pues, allá vamos, que entre los componentes de la mesa presidencial y el público presente en la reunión no suelen ser necesarias las prestaciones porque en este mundillo solemos conocernos más o menos todos. Hice una breve introducción al objetivo de la reunión, o sea, según lo acordado, poner las bases para formar una candidatura que acabe con el gobierno municipal del Alcalde Don Quintín, que doce mandatos sucesivos son muchos mandatos, y abrí el turno de palabra, tras rogar a los asistentes que, por favor, al menos por una vez, fuesen breves y concisos en sus intervenciones.
Pues bien, nada más abrir el turno y como era de esperar en una reunión de aquellas características, más propia de una asamblea estudiantil de los años 70 que de una reunión formal en busca de un acuerdo que al parecer queríamos todos, me encontré con la petición inicial de más o menos treinta y cinco turnos de palabra.
El primero en intervenir, como casi siempre fue Juanito, y como casi siempre tras un perorata inicial, donde inevitablemente y por enésima vez debimos escuchar, cuál era su posición desde tiempos inmemoriales advirtiéndonos contra un Pacto Constitucional, donde la izquierda se había rendido con armas y bagajes a la derecha, empezó a poner trabas metodológicas a la reunión, que si debíamos votar de esta forma, que si no comprendía que hacían allí notables revisionistas, que si debía acordase que cualquier decisión que se tomase debería ser sometida a la aprobación de las asambleas de barrio, etcétera. Y a partir de ahí, como era de esperar, se armó la marimorena. Cada mención en contra de los firmantes de la Constitución y su revisionismo de las esencias ideológicas de la izquierda era jaleada por una buena parte del público, sobre todo el más juvenil de los allí presentes.
Menos mal que no éramos demasiados los “revisionistas”, ya que una buena parte de los representantes de uno de los partidos firmantes de ese pacto, habían cambiado de opinión y ahora planteaban nada menos que la apertura de un nuevo proceso constituyente, lo que no les servía demasiado en aquella Reunión, donde eran mirados con desconfianza extrema por el resto de los grupos que andaban tras el pacto.
Siguieron un numeroso grupo de intervenciones en la misma tónica o parecida a la del entrañable Juanito, ya que parecía que cada vez que alguien intervenía se veía en la obligación de someter a la audiencia, al menos durante diez minutos, a su análisis particular, no solo del estado de la Ciudad, sino de la situación general de la nación y si se puede y les dejas hasta del mundo entero. Todo muy elocuente si no fuese porque al final muchos de estos analistas improvisados terminaban votando sin rechistar lo que el jefe de turno de su grupo político terminase marcando.
Por fin le llegó el turno de palabra al primer portavoz oficial de uno de los partidos allí presentes: una mujer. Un partido nuevo en estos lares, aunque entre sus filas militan gente no tan nueva, proveniente sobre todo de escisiones sucesivas del antiguo Partido Comunista, pero que ostenta la bandera, no se sabe muy bien por qué, de ser el heredero directo del pasado 15M. Como era de esperar, lo primero que planteó aquella portavoz fueron las inmensas dificultades que tenía su grupo para entrar en una candidatura conjunta con aquellos compañeros, expertos en su opinión en manipulación política, y que además de haber hecho una oposición más bien blandita en el Ayuntamiento, no habían tenido ningún reparo en compartir gobierno en la Junta con el otro gran sostén del bipartidismo. Y es que, para evitar malos entendidos, ya desde el principio exigía para su grupo un papel relevante en la portavocía de la futura coalición si ésta se formaba.
Ni que decir tiene que a partir de ese momento se “formó el belén”. El representante del grupo aludido, sin esperar su turno de palabra, manifestó que ellos no estaban allí para recibir insultos, y menos de aquel grupo de niñatos, noveles en la política y que eso de la portavocía ya se vería ya que ellos aportaban con toda seguridad el mayor número de votos.
A partir de ese momento, de nada sirvieron los tímidos intentos de los ecologistas para tratar de recomponer la situación y volver al camino de la unidad, aunque no sin reconocer que ellos tampoco se fiaban demasiado de un grupo que, a pesar de declararse ecologista, no tenía ningún inconveniente en apoyar a un Alcalde de los suyos que pedía la reapertura de unas minas contaminantes.
Ni los de los representantes de la Plataforma Cívica, formada en su día por aquel respetable maestro, al que se recuerda pese a sus innegables virtudes personales como el hombre de la “pinza”, trataron ya de hablar de las tesis de su líder de la necesidad de formar un movimiento de izquierdas capaz de desalojar a la derecha y su socio socialdemócrata del poder.
Visto lo visto, terminé sin más de intentar cerrar la reunión al estilo tradicional formando una comisión de portavoces que nos presentase sus conclusiones el próximo sábado a más tardar. Como siempre, ya sea por el cansancio, ya sea porque nadie quería cargar con el sambenito de haber terminado con la posibilidad de una candidatura unitaria, todos aceptaron.
El resultado final de este proceso abortado antes de nacer fue el ya conocido de que, desgraciadamente y debido a una de esas entelequias inexplicables para los ciudadanos normales y corrientes, de nuevo la división de la izquierda permite que nuestro venerable alcalde Don Quintín, continúe gobernando otros cuatro años.