Olores

Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.

Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.

Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.

Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”

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