Flashbacks

Esta noche hay luna llena y como siempre que esto ocurre me viene a la cabeza la vieja canción que refleja la quietud de la noche:

Muere el sol

de las aves las canciones cesan ya,

elevar hacia Dios la oración

Inevitablemente la evocación de esta canción origina que aparezcan a modo de destellos de luz, viejos recuerdos que han dejado profundas sensaciones emocionales en mi cabeza. Recuerdos tales como:

Las noches estrelladas de agosto cuando contemplábamos las estrellas desde nuestros sacos de dormir.

El sabor del primer beso o del primer cigarrillo.

El olor a fritanga de la cafetería del Instituto, donde solía comer todos los días un bocadillo de chorizo.

El inconfundible olor de tu perfume.

El sabor dulzón de la leche en polvo que nos daban para desayunar en el colegio.

La dureza de las pelotas de goma de los Almacenes Segarra que te regalaban cuando comprabas unos zapatos…

Es curiosa esta cualidad que tienen los flashbacks de evocar en un momento olores, sabores y a veces hasta percepciones táctiles que han dejado una profunda huella en tu cerebro. Los he escuchado de la boca de muchos de mis pacientes, como Juanita que presenció comó su hijo se ahorcaba en su habitación o Dolores que vio como las aguas de la Dana arrasaban su casa.

No deja de sorprenderme cómo el cerebro humano conserva en su seno recuerdos felices o amargos que al fin y al cabo son la esencia de la vida.

«Flashs» no es una palabra reconocida en inglés. Posiblemente te refieras a «flashes», que significa destellos o destellos de luz. También puede referirse a «flashbacks», que son recuerdos vívidos y repentinos de eventos pasados. Por favor, proporciona más contexto para poder ofrecerte una respuesta más precisa.

Autopsi de un suicidio

Lo tenía pensado hacía algún tiempo, probablemente desde que terminaron sus delirios y se dio cuenta de que padecía de esquizofrenia.

Cavilaba, mientras se encaminaba al acantilado, desde el que pensaba arrojarse al vacío, que era curioso que su cerebro pasase tan fácilmente de las voces que le torturan todos los días a la idea de quitarse la vida para asegurarse de una vez por todas que no volverá a escuchalas de nuevo.

Sabía que los esquizofrénicos suelen suicidarse en el momento en que se hacen conscientes de la enfermedad mental que padecen, pero ese dato no le importaba demasiado, solo quería huir de las voces que le habían estado torturando desde que sufrió su primer brote psicótico.

Se acordaba perfectamente de ese primer estallido cuando una mañana al levantarse tras una noche de alcohol y drogas, empezó a escuchar las voces que le decían que “era un infeliz que no servía para nada”. Estos reproches le enfurecían terriblemente y entonces empezaba a destrozar todo lo que le rodeaba. Precisamente esa furia desatada provocó su primer ingreso hospitalario, cuando tras arrojar el televisor y un microondas por la ventana, sus vecinos, alarmados, llamaron a la policía. Por supuesto, a lo largo de los tres años siguientes había sufrido varios episodios parecidos, en un ciclo repetitivo de ingresos en el hospital, tratamiento antipsicótico, terapia, aparente vuelta a la normalidad durante un tiempo, recaída en el consumo y regreso de las voces, cada vez más insistentes y acusadoras: “eres un infeliz que no servía para nada”.

Por eso, hoy, completamente decidido, se encaminaba hacia aquel acantilado, cuidadosamente elegido, con la altura precisa para tener la seguridad de que acabaría muerto al estrellarse contra las rocas en una hora en que la marea baja las dejaba al descubierto. De todas formas y para asegurarse, llevaba en el bolsillo la cantidad suficiente de pastillas, que ingeridas junto con el brandy con el que había rellenado su cantimplora, asegurarían su paso a la otra vida antes de que alguien pudiera prestarle, hipotéticamente, cualquier clase de auxilio.

Mientras caminaba repasaba una y otra vez si había dejado todo “atado y bien atado”. Como no tenía familia ni deudas ni propiedades, había testado que sus escasos ahorros fueran repartidos entre varias ONG; su pensión de invalidez quedaría automáticamente cerrada una vez que el juzgado comunicase su muerte a la Seguridad Social, en el bolsillo de su pantalón llevaba una carta convenientemente plastificada asegurando que había decidido quitarse la vida por voluntad propia; y en la misma bolsa, su carnet de identidad y la llave de la habitación del piso de alquiler amueblado donde había estado viviendo sujeta a su cinturón. Si definitivamente había dejado todo arreglado.

Por fin, llegó al borde del precipicio, con cuidado se quitó los zapatos y los dejo a un lado, saco la cantimplora y las pastillas de la mochila que portaba y mientras miraba el vuelo de las gaviotas, fue tragándoselas lo más rápido que pudo para que su estomago no las rechazase. Cuando terminó se acercó al borde del acantilado y se precipitó al vacío.

Quizás, mientras caía, se arrepintió en el ultimo momento, pero ni tú ni yo podemos saberlo.

Un joven se quita la vida en los acantilados de Morás.

Una persona se suicida en Lugo cada semana: «Son mortes moi traumáticas; segue habendo algo de vergonza nelas»

La Voz de Galicia, 17 oct 2024

El anillo

El anillo

Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.

—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.

—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.

Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.

—¿Da usted su permiso, mi señoría?

—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.

—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.

—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.

A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.

“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.

Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.

Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.

En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por tEl anillo

Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.

—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.

—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.

Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.

—¿Da usted su permiso, mi señoría?

—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.

—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.

—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.

A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.

“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.

Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.

Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.

En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por todos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; El anillo

Esta mañana el coronel de mi regimiento de la guardia me ha dicho que el chambelán de la corte quería verme a la hora del té para encargarme algo de parte de su majestad.

—¿Por qué precisamente a mí y no a cualquier otro soldado del regimiento? —he preguntado.

—Quizás porque eres uno de sus guardaespaldas preferidos —me ha contestado el envarado coronel.

Así que a las cinco de la tarde y vestido con el uniforme de gala del regimiento, como exigen las ordenanzas, me he presentado en el despacho del chambelán.

—¿Da usted su permiso, mi señoría?

—Sí, pase usted teniente y, por favor, tome asiento —me ha indicado el funcionario real, que, sin más preámbulos, me ha contado cual era la misión que debía llevar a cabo. Su majestad ha ordenado que parta usted lo antes posible hacia la Columbia Británica, más concretamente a la ciudad de Nanaimo, desde allí y con la ayuda de la policía montada canadiense tomará un ferri hasta la isla de Tofino, donde se entrevistará con el cacique indígena de los Ahousaht, que le entregará un anillo, que tendrá que traer a palacio.

—La misión parece fácil, ¿por qué he de contar con la ayuda de la policía? —pregunté.

—Porque el anillo es extremamente importante para mantener la estabilidad de la corona en un futuro próximo, ya que está relacionado con la posible existencia de una rama hasta hace poco desconocida de la familia reinante, uno de cuyos miembros podía reclamar el Principado de Gales y por tanto a convertirse con el tiempo en el o la futura reina de esta isla. La explicación de este lio dinástico la tiene usted en el dosier que le será entregado al final de esta entrevista. El dosier que contiene información que como comprenderá debe mantenerse en el más estricto de los secretos. Le deseo suerte en su misión teniente —me despide el chambelán, al tiempo que uno de sus secretarios me hace entrega de un abultado dosier de tapas negras con la leyenda “Alto secreto” en la tapa.

A la salida de la entrevista, soy escoltado sin demora por miembros de la policía secreta hasta el aeropuerto militar más cercano a Palacio, donde con los motores en marcha me espera el avión que debe trasladarme a la ciudad de Nanaimo. Con el aparato ya en el aire y un tiempo estimado de vuelo de unas 14 horas, me arrellano en el cómodo asiento de este jet privado, en el que aparte de la tripulación y una bella azafata no parece viajar nadie más, y con un vaso de whiski en la mano, me apresto a leer el dosier que me han entregado antes de apagar la luz y tratar de dormir algo.

“Se sabe que entre los años 1815 y 1820 del siglo XIX, al capitán de la Guardia del Dragón del Príncipe de Gales, Edwyn Burnaby, tatarabuelo de la reina Isabel II, estuvo destinado en la Columbia Británica, antes de su matrimonio en 1829 con Ana Carolina Salisbury, madre de Caroline Louisa Burnaby, abuela materna de la reina madre y bisabuela de Isabel II.

Parece ser que, durante esta estancia en Columbia, el capitán se enamoró perdidamente de la hija mayor del cacique de la tribu Ahousaht, Haida, con la que llegó a mantener relaciones carnales en varias ocasiones dejándola embarazada de un niño, Ojibwa, que nació poco antes de la vuelta a Inglaterra del militar. El capitán Burnaby prometió a su amante indígena, que volvería al año siguiente para llevarse a ambos a la metrópoli, promesa que nunca cumplió, pero habiendo entregado a la princesa Ahousaht un anillo de compromiso. Los descendientes de su hijo Ojibwa han custodiado desde siempre el anillo, que hoy se encuentra en posesión del bisnieto de Edwyn Burnaby, Mi’kmaq, que es a su vez el actual cacique de los Ahousaht.

Tras arduas negociaciones con los representantes de su Majestad y a cambio de una importante cantidad de dinero, Mi’kmaq se ha comprometido a devolver el anillo de compromiso, renunciando a cualquier derecho dinástico que pudiera corresponderle para ocupar el trono británico, tanto de él como de sus descendientes”.

En un anexo adjunto aparecían varias conversaciones telefónicas entre la Policía Montada del Canadá y el Servicio Secreto Británico (MI6). Donde la policía canadiense advierte a este servicio de la detección de varios agentes rusos, que en colaboración con miembros de la tribu Hesquiaht, tradicional enemiga de los Ahousaht, y fuertemente comprometida con las reclamaciones indígenas de recuperación, tanto de los derechos históricos como territoriales sobre sus posesiones en la isla de Tofino, que les fueron arrebatadas en su día durante el proceso de colonización. Ante el Gobierno Canadiense, parecen dispuestos, por todos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.

Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.

Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.

Agustín Moreno, septiembre 2025obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.

Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.

Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.

Agustín Moreno, septiembre 2025odos los medios, a evitar que el anillo de compromiso sea devuelto a la Corona; obtienen así un medio de presión, mediante el chantaje, tanto al Gobierno de Su Majestad como al canadiense.

Ahora comprendo las razones de la dificultad de la misión que me ha sido encargada, de las que me advirtió chambelán.

Casi 15 horas después de mi despegue, aterrizo por fin en el aeropuerto de Nanaimo. En la pista me esperan la teniente Sarah de la Real Policía Montada y el agente Brown del MI6, mis compañeros en esta aventura.

Agustín Moreno, septiembre 2025

Botones y Mensajeras

1 presentaciones

– Hola, ¿eres nuevo?

Si.

– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?

Agustín.

– ¿Y con quien te han puesto?

Con el director general y el secretario del Consejo.

-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.

-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.

– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.

– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.

Hasta mañana.

Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.

La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.

Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.

Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.

Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.

Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.

2. En la escalera

– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.

Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.

– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?

Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?

– Jo, como se nota que eres nuevo.

– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.

– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.

– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.

– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.

3. El examen

-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.

¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?

– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.

-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?

Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.

-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.

-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.

-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.

4. Registro

-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.

– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.

– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.

Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.

Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.

– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.

-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.

Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.

Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.

Botones y Mensajeras

1 presentaciones

– Hola, ¿eres nuevo?

Si.

– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?

Agustín.

– ¿Y con quien te han puesto?

Con el director general y el secretario del Consejo.

-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.

-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.

– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.

– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.

Hasta mañana.

Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.

La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.

Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.

Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.

Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.

Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.

2. En la escalera

– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.

Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.

– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?

Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?

– Jo, como se nota que eres nuevo.

– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.

– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.

– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.

– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.

3. El examen

-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.

¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo? – Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?

– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.

-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?

Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.

-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.

-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.

-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.

4. Registro

-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.

– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.

– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.

Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.

Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.

– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.

-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.

Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.

Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.

El muchacho

Motorcyclist waving on winding road with coastal landscape

Fue en el patio, después de la siesta, la primera vez que coincidí con el muchacho. Me acuerdo de que estaba cómodamente sentado leyendo una novela de espionaje, que esa misma tarde había cogido de la biblioteca del pabellón, cuando alguien se sentó a mi lado. Fingí estar enfrascado en la lectura para evitar la habitual pregunta “¿tienes un cigarro?”. Por eso me sorprendió que la persona, a la que no pensaba prestar la más mínima atención para que me dejara leer en paz, me preguntase “¿qué estás leyendo?”. No me dejó otra alternativa que contestar, poniendo, eso sí, una voz de desagrado para ahuyentar a mi fortuito acompañante, que una novela de espías. Sólo me faltó decirle “así que déjame en paz”, al volverme para verle la cara.

-¿Sueles leer novelas de espías? ¾me preguntó.

Solo entonces me di cuenta de que mi contertulio era un muchacho de unos veinte años, totalmente desconocido para mí ya que no le había visto en las dos semanas que llevaba internado en el sanatorio.

¾Sí, me suelen gustar bastante las novelas. No solo de espías, sino de misterio en general.

¾Pues a mí me suelen resultar bastante aburridas ¾me contestó el desconocido.

¾Perdona la curiosidad. ¿Eres nuevo? Vamos, quiero decir que si te han internado hoy. Como nunca te he visto por aquí ¾pregunté.

¾No, ya llevo cuatro meses en el sanatorio. Lo que pasa es que he estado tres semanas fuera haciendo ejercicios espirituales.

¾¿Entonces, es usted cura? ¾volví a preguntar, pero cambiando el tuteo habitual por el usted.

¾No, no soy sacerdote. Sólo soy miembro seglar de una congregación religiosa.

¾Apostaría algo a que es usted del Opus Dei o de una organización parecida de la Iglesia. O al menos me lo parece, sobre todo por su manera formal de vestir, tan distinta de la que solemos usar aquí, que con un chándal y unas zapatillas de deporte vamos que tiramos. Por cierto, perdone la descortesía, me llamo Agustín.

¾Yo soy Bernardo, pero deja ya de tratarme de usted, que como te he dicho no soy sacerdote.

¾Aun así, se me hace un tanto raro, lo que me cuentas de que estando aquí como enfermo, te hayan dado permiso para hacer ejercicios espirituales fuera.

¾¿Y eso? ¿Acaso crees que el recogimiento y la oración van a volverme más loco que lo que ya estoy? Porque ocurre todo lo contario. Reunirme con mis hermanos en la Fe, apacigua mucho mis “demonios”. —me contesto muy irritado.

¾Bueno, perdona, era una apreciación inocente, no quería ofenderte. Si dices que te va bien no tengo por qué dudarlo.

¾Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien, no solo para el alma, sino para los males de la mente —me dijo.

¾No, gracias, prefiero seguir leyendo.

¾Pues entonces hasta la cena.

¾Sí, hasta la cena. Nos vemos.

Sin embargo, no volví a ver al muchacho hasta la tarde siguiente, pero como estaba conversando con el capellán del centro, no quise interrumpirlos y continué con mi lectura. He de confesar que picado por la curiosidad ya le había preguntado a Pedro Luis, el radio macuto del sanatorio, qué sabía sobre Bernardo.

¾Mira, Agustín, lo único que te puedo contar es lo que se rumorea por ahí.

¾Y, ¿que se rumorea? ¾pregunté.

¾Que, al parecer, el chaval, que es pariente del Prior, está aquí porque de pronto y sin saber por qué le entran unos brotes agudos de ansiedad y termina casi siempre autolesionándose. Yo mismo he contemplado alguno en este patio y te aseguro que se necesito la intervención de tres enfermeros para poder dominarle antes de que se cortase con la tapa mellada de un bote de refresco.

¾Ah, ¿sí? ¿Y que paso después?

¾Lo de siempre, le metieron en aislamiento un par de días hasta que se le pasó el ataque.

¾¿Por qué tienes interés en él?

¾Por mera curiosidad. No suele vérsele por aquí por las mañanas y por las tardes cuando va a en misa esta hablando con el capellán.

¾¿Ha intentado ya catequizarte como hace con todos?

¾No, sólo me propuso el otro día que fuese a misa con él.

¾Pues, ya verás que en cuanto pueda volverá a intentarlo. Lo hace con todos y más de uno le ha mandado a la mierda. Por aquí le llaman “el curita”.

¾Puede ser, pero aún no has contestado a mi pregunta. Si se autolesiona, ¿dónde está por las mañanas? ¿Y por qué no se le ve en el comedor más que en la cena?

¾Dicen por ahí que tiene un permiso especial para poder ir a la Universidad. Le dan de desayunar más pronto que al resto de nosotros para que pueda coger el autobús de las ocho y no viene a comer porque lo debe hacer en la facultad.

¾Gracias por la información, Pedro Luis. Tu tan enterado como siempre, pareces la enciclopedia viviente del sanatorio. —le digo como siempre que le pregunto, algo porque sé que le gusta.

¾De nada. Pregunta lo que quieras, que ya sabes que uno tiene “sus fuentes” ¾me dice tan ufano, mientras se marcha para mendigar a alguien un cigarrillo.

Pasados unos días, se repitió la escena del primer día. Yo sentado, leyendo tranquilamente en un banco del patio, alguien que se sienta a mi lado y me pregunta ¿qué estás leyendo? Pero esta vez, por el tono de voz, antes de volverme para contestarle ya sé que es el muchacho.

¾La misma novela de espías que el otro día ¾contesto.

¾¿Sueles leer novelas de espías?

¾Sí, ya te lo dije el otro día.

¾Perdona, pero con la medicación suelen olvidárseme esas cosas.

¾Me he enterado de que por las mañanas vas a la universidad. ¿Qué estudias? ¾le pregunto con el fin de evitar una nueva invitación de acompañarle a la misa que estará a punto de empezar.

¾Teología y Filosofía.

¾Ya veo. Te será difícil concentrarte en las clases, con la medicación.

¾Un poco, pero gracias a la ayuda del Señor y de los hermanos de la congregación del sanatorio voy sacando las asignaturas.

¾Pues debe de ser difícil. Yo seguramente no podría hacerlo.

¾Teniendo fe todo es posible. Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien no solo para el alma, sino para los males de la mente.

¾No, gracias, prefiero seguir leyendo.

El muchacho se levanta apresuradamente y sin despedirse le veo marchar deprisa camino de la capilla.

La escena no hubiera merecido más atención por mi parte, si no se hubiese repetido casi todas las tardes a lo largo de los cerca de los seis meses que permanecí internado allí.

Distopía lucense

Ancient stone city walls lined with people and historic buildings including a cathedral with twin towers

Hoy, como todos los días, la voz femenina de mi asistente personal me ha despertado a las 7:30 con su habitual. “Buenos días, Agustin, es hora de levantarse, hoy no tienes compromisos pendientes”.

—Buenos días, Geni, ¿me puedes decir qué tiempo va a hacer hoy? —le he contestado.

—Hoy, en Lugo capital, se esperan temperaturas máximas de 15º y mínimas de 6º. El día estará nublado con lluvias intermitentes, que cesaran a lo largo de la tarde. ¿Puedo ayudarte en algo más?

—Sí, Geni, ponme a Sabina en el cuarto de baño. Hoy me apetece escuchar música mientras me ducho.

Dada la orden, ha empezado a sonar Calle melancolía en los altavoces instalados en el cercano cuarto de baño. Mientras me dirijo a la ducha voy pensando en lo distinto que era el mundo antes de que aparecieran estos aparatos, que, con una simple petición expresada en voz alta, son capaces desde encender y apagar las luces de una habitación concreta, ponen tu música preferida o narrarte las noticias del día entre muchas otras cosas.

Terminado mi aseo personal y ya vestido y desayunado, a eso de las ocho, me dispongo a salir hacia el trabajo consciente de que como siempre voy un poco tarde. Al fin y al cabo, aunque es un trayecto corto, tengo que cruzar casi toda la ciudad hasta llegar al nuevo centro de calculo que mi empresa ha abierto muy cerca de la antigua central de Telefónica.

Al ir a salir a la calle oigo a mis espaldas de nuevo la voz melodiosa de Geni: “Agustin, no te olvides el paraguas que va a llover”.

Entro en el centro de la ciudad atravesando la Porta de Santiago camino de la Plaza Mayor, con prisas y pensando en el nuevo algoritmo que estamos creando para la Universidad de Santiago, pero con la extraña sensación de que alguien a mis espaldas me está metiendo prisa. “Agustin, date prisa que te están esperando”, parece decirme ese desconocido, con voz autoritaria, al que cuando vuelvo la cabeza no consigo distinguir, entre la multitud de oficinistas, que como yo caminan apresurados hacia sus respectivos trabajos. Pienso, por un momento, que esa extraña voz que parece perseguirme es fruto del estrés que me está produciendo la creación del algoritmo ya que tiene que estar terminado antes de final de mes. No le doy más importancia, aunque de forma reiterativa y hasta que por fin llego al trabajo continúo escuchándola.

Ya en el Centro, mi jefe me mira con cara enfurruñada —“Tarde como siempre, matemático, ha este paso no vais a cumplir con el plazo de entrega”, —me dice, y es entonces cuando reparo en que su forma de hablar, dada su entonación, es idéntica a la de la voz que vengo escuchando desde que crucé la Porta de Santiago.

—No se preocupe, Joaquín, que mi equipo y yo casi estamos acabando —le respondo, mientras pienso: maldito enchufado, si no fueses pariente del ministro no estarías dirigiendo este cotarro cuando no tienes ni idea de matemáticas.

—Geni, enciende mi ordenador, por favor —le digo al asistente personal, idéntico al que tengo en casa. —Ya sabes mi clave: QXXXY116. Mientras mi asistente abre mi ordenador, le hecho un vistazo a la portada del Progreso de Lugo, que alguien, no se quien, ha dejado sobre mi mesa. Abre la edición un gran titular en portada: EL AYUNTAMIENTO APRUEBA LA INSTALACION DE CÁMARAS DE RECONOCIMIENTO FACIAL.

En el último pleno municipal el partido gobernante, pese a la oposición de la izquierda, aprueba por mayoría la instalación de cámaras con reconocimiento facial de los transeúntes en las calles del municipio —leo, pero como el ordenador ya está en marcha dejo el periódico a un lado para empezar a trabajar.

—Geni, abre el programa de multiconferencias y ponme, por favor, en línea con Alejandro y Marisa.

—¿Quieres leer antes el correo? —pregunta la asistente, habituada como está a mis rutinas de trabajo cotidianas.

—No, déjalo para después —le respondo.

No pasa ni medio minuto y ya tengo delante las caras de mis colaboradores. Alejandro, que se conecta desde el Centro de Cálculo de Zaragoza, y Marisa, que lo hace desde su despacho en la Facultad de Ciencias de Universidad de Santiago.

—Bueno, muchachos, creo que estamos atascados en la clasificación de los cambios neuronales —digo.

—Yo creo, que no es tanto en la clasificación, sino en cómo hemos programado la clasificación —responde Alejandro.

—Sí, quizás el problema está en la programación de la matriz. Lo que es seguro es que la información aportada por las resonancias cerebrales de los voluntarios está convenientemente agrupada —interviene Marisa.

—Entonces y si tenéis razón, solo se me ocurre cambiar los vectores de la matriz, volteándolos y ver qué pasa con la clasificación. ¿Estáis de acuerdo? —les propongo.

—Sí, podemos intentarlo —responden los dos casi al tiempo.

—Pues, a trabajar. Yo me encargo de la nueva vectorización y su volteo, mientras vosotros dos le dais una nueva vuelta a lo que llevamos hecho por si encontráis más errores, ¿de acuerdo?

—Sí, de acuerdo —responden.

—Pues, adelante y mañana probamos la nueva vectorización, a ver si hay suerte. Adiós.

— Adiós —contestan, mientras sus caras desaparecen de la pantalla.

Le pido a Geni que abra el programa donde está situado el algoritmo y me pongo a trastear con los vectores. Liado durante toda la mañana con la dichosa matriz, se me olvida de nuevo leer mi correo electrónico, por lo que no me enteraré hasta llegar a casa de la notificación perentoria que he recibido del Ayuntamiento. Y probablemente no me hubiese puesto a repasar mi correo en casa si no fuese porque la misma voz perentoria de esta mañana no me hubiese estado repitiendo, otra vez a mis espaldas y otra vez sin que lograse identificar la fuente de donde provenía, “Agustín, tienes que leer tu correo”. Así que nada más llegar a mi domicilio me he sentado delante del ordenador que tengo siempre encendido invernando por comodidad y le he pedido a mi asistente virtual que abriese y me leyese mis correos.

—Geni, abre el programa de correo y léeme los emails.

—Solo tienes un correo en tu bandeja de entrada −me responde mi asistente.

“Qué raro”, pienso, “solo un email, en la bandeja de entrada, cuando suelo recibir 20 o más correos al día”. Algo está pasando con el servidor. El correo y su contenido perentorio me dejan aún más extrañado:

Requerimiento urgente del Excelentísimo Ayuntamiento de Lugo.

Registro biométrico.

Según la ordenanza municipal 21/2/2025. Se le conmina a presentarse en un plazo no mayor de 48 horas en las oficinas del Registro biométrico de Ciudadanos, para el procesamiento de sus datos.

El incumplimiento de esta notificación supone según el artículo 2 de la citada ordenanza la exclusión de sus datos personales del padrón municipal y la pérdida de los derechos asociados.

Lugo, 3 de marzo del 2025

Ramón Manchón

Inspector jefe de Seguridad Ciudadana.

“Qué extraño”, me da por pensar, “no tenía ni idea de la existencia de esta Ordenanza y nadie me ha comentado nada al respecto cuando parece referirse a todos los habitantes de la ciudad”.

—Geni, pregunta al programa de IA lo que sabe sobre esta ordenanza.

—Aquí tienes la respuesta —me contesta mi asistente.

La ordenanza municipal 21/2/2025, para el registro obligatorio de los parámetros biométricos de las personas empadronadas en la Ciudad de Lugo fue aprobado por el pleno municipal en su reunión del 15 de enero de este año.

La idea llevada al pleno por el equipo de gobierno de la ciudad se fundamenta en razones de seguridad ciudadana y sigue, en su redacción, decretos similares de muchas ciudades norteamericanas.

Contestada por la oposición no solo de la ciudad, sino incluso a nivel nacional, ha sido recurrida por los partidos de izquierda ante el Tribunal Constitucional.

“Por qué no me enterado de nada de esto”, me pregunto, “no es posible que haya estado tan metido en mi trabajo, que no me haya enterado de nada, ni siquiera escuchando por la radio las noticias cada día”.

—Geni, marca el teléfono de Marisa. Marisa, que es amiga mía, ejerce de portavoz en el grupo municipal de Izquierda Lucense en el Ayuntamiento y quizás pueda darme una explicación de lo que está pasando.

El teléfono al que usted llama está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje al escuchar la señal, —se escucha por el altavoz la voz metálica del contestador de Marisa, algo inusual en ella porque dado su cargo siempre lo tiene encendido.

—Geni, marca el teléfono de la sede de Izquierda Lucense, por favor.

 De nuevo, el teléfono, esta vez de la sede del partido, repite con voz metálica el mismo mensaje: el teléfono al que usted llama está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje al escuchar la señal. Esto sí que es imposible, parece como si alguien no quisiera que hablase con ningún componente de la izquierda del municipio.

—Geni, parece que estoy incomunicado por alguna razón, reinicia el servidor y pásale el antivirus.

—Lo siento, Agustín, pero me han pedido que no ejecute nada de lo que me estás pidiendo que haga —me responde con una voz desagradable y desconocida mi asistente.

—No te reconozco. ¿Quién te ha pedido que incumplas mis ordenes?

—El Inspector jefe de Seguridad Ciudadana, y por cierto a partir de ahora llámame Ramón.

La muñeca de porcelana

Porcelain doll with blonde curls wearing a blue vintage dress sitting on a wooden surface beside old books and a brass candle holder

Basto un simple mensaje en Telegram: “Feliz año 2025”, acompañado con el clásico emoticono de un beso, para que abandone precipitadamente la mesa donde está celebrando con sus amigos la cena de Nochebuena.

¾Lo siento, chicos, me tengo que ir, no me encuentro demasiado bien. ¾dijo, mientras se levanta rápidamente en busca de su abrigo.

-Pero, Roberto, ¿te vas a marchar sin esperar a las campanadas?, ¿tal mal te encuentras? ¾pregunto Mamen alarmada.

-Sí, presiento que pronto tendré un ataque de migraña y no quisiera arruinaros la noche. De hecho, ya ha empezado a dolerme la cabeza. Lo siento.

-¿Quieres que te acompañe? Así no vas a poder conducir ¾dice Manolo, al tiempo que hace el amago de levantarse de su silla.

-No hace falta, de verdad. De aquí a mi casa son apenas quince minutos y no merece la pena que tú también te quedes sin tomarte las uvas. Es una lata, lo sé, pero ya sabéis lo mal que me pongo cuando me coge este terrible dolor.

Sin darles tiempo a que le siguieran diciendo nada y con cara de circunstancias, agarra su abrigo y sale precipitadamente de la casa en busca del coche, que por suerte tiene aparcado cerca. Le urge volver a su domicilio y sacar de la vitrina su muñeca de porcelana. Tiene que hacerlo sin falta antes de que suene la primera campanada en el reloj de la Puerta del Sol. No puedo dejar a Teresa dentro de la vitrina, cuando acaba de desearme tan amablemente un Feliz Año, piensa.

Mientras conduce con prisas, entre las calles casi vacías en aquel cuarto de hora que precede al inicio de las celebraciones de la Nochevieja, va dándose cuenta de la tristeza que le embargaría si no libera de su prisión de cristal a la muñeca antes de la medianoche. Sí esa muñeca de porcelana que compró la misma tarde en que Teresa le dio “calabazas” con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Su “loquero” había interpretado en su día que la compra impulsiva de la muñeca aquella misma tarde no fue sino el intento inconsciente de atrapar para siempre aquel amor que la realidad le negaba. Una forma de posesión narcisista que en el fondo sabía “frágil” y que por eso entre todos los materiales posibles había elegido la porcelana para aquel fetiche de mujer al que, para estar más seguro, había encerrado en una vitrina de cristal, como si se tratase de una Cenicienta dormida en espera de que el “príncipe azul” la despertase.

Quizás tuviese razón el psicólogo, piensa, ya que el solo saca de su encierro a la muñeca en las contadas ocasiones en que recibe, como hoy, algún mensaje, siempre breve y siempre con el emoticono del beso, en las que la Teresa real, la de carne y hueso, aquella chiquilla rubia de nariz respingona y ojos azules, de la que se había enamorado la primera vez que la vio en aquella estación de tren, cuando ambos empezaban a salir de la adolescencia y a la que en años sucesivos ha visto poco a poco convertirse en mujer, mientras los dos “jugaban” a ser novios, da señales de vida.

Aunque, a decir verdad, prefiere, considerar a la muñeca, como a una especie de Wendy Darling, que en una tarde aciaga de marzo le recuerda a Peter Pan, que ella ya se ha hecho mayor para vivir eternamente con él en el El país de Nunca Jamás, con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Por eso, cada vez que recibe un mensaje, saca a la muñeca de la vitrina para revivir con ella sus locas aventuras en aquel país lejano que ellos habían creado. Y por eso continúa inventando historias para esa Teresa de porcelana, a la que ha sentado en una silla enfrente de la suya. Historias de ese país donde Gonzalo, Alejandro, Teruca y María continúan teniendo diecisiete años y donde todos juntos, sin excepción, continúan contándose leyendas de fantasmas junto al fuego de verano, o disfrutan como cosacos bañándose en las playas de Laredo, y donde todo el grupo sabe que Roberto y Teresa están enamorados, de la misma forma en que es de dominio público que Gonzalo “le tira los tejos” a Teruca o que María tiene miedo se suspender el Preu.

El sortilegio dura tan solo unas horas y entonces, como por encanto, la realidad se impone cuando la muñeca suelta, como si en realidad cobrara vida el terrible sortilegio, no creo que en realidad me quieras de verdad. Es entonces, solo entonces, cuando Roberto la devuelve a la vitrina de cristal y comienza ese inconfundible latido en las sienes que le postrará en la cama por unos días.

Mi dinosaurio y yo

Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.

Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.

De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.

Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.

Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.

Purple dinosaur with a long neck standing on grass under a white cloud
A cute purple dinosaur smiling on a grassy patch under a cloud

Buda

Buddha statue sitting cross-legged with hands in meditation mudra near a waterfall
A peaceful Buddha statue meditates beside a tranquil waterfall.

Era la primera vez en más de tres años que cruzaba libremente aquella puerta enrejada.
El vigilante, avisado de mi llegada, se limitó a dedicarme un breve saludo con la mano desde el amplio ventanal de su cabina, para después quedarse observando por un instante cómo iniciaba la subida de la cuesta llena de árboles que me conduciría a la plaza central del sanatorio.
No había andado más de siete u ocho pasos cuando apareció el primer paciente con la habitual pregunta: “¿Tiene usted un cigarrillo?”. Yo, como había hecho siempre ante aquella tesitura, saqué la pipa de mi bolsa y empecé a llenarla al tiempo que formulaba mi disculpa habitual: “no tengo, lo siento; como ves fumó en pipa”, mientras continuaba caminando, haciendo ver que tenía prisa.
Al no pararme, escapaba de la siguiente interpelación, que sabía que llegaría inmediatamente: “Pues, entonces, deme un euro para un café”.
Recorridos los casi doscientos metros de cuesta apareció a mi derecha un pequeño y recoleto parque circular, con varios bancos de piedra rodeando una fuente sin agua. A mi izquierda el camino que conducía a la iglesia del psiquiátrico; lo que indicaba que, a cien metros, y tras aquella curva, estaría ya en la plaza central del complejo.
Al llegar allí, me encontré delante de un blanco edificio porticado de dos plantas. A la planta superior se accedía mediante una rampa y en ella se encontraban la sala de espera para los familiares de los pacientes, los despachos de médicos, psicólogos y asistente social, así como varias salas de juntas, una de las cuales era mi destino aquel día. La planta baja albergaba los distintos pabellones donde vivían los pacientes agrupados en dos categorías: salud mental y larga estancia.
Dada la hora de mi llegada, las 13:15, me encontré la plaza llena de internos, que esperaban más o menos pacientemente la hora de la comida. Casi todos me eran por entonces completamente desconocidos.
A otros, singulares habitantes perpetuos del pabellón de larga estancia, los reconocí enseguida. La pareja formada por el muchacho de la boina de colores y el peinado a lo rastafari sentado junto a su novia, una chica bajita con la cara llena de granos y con un bolso enorme colgando siempre de uno de sus hombros. El patriarca gitano de larga barba blanca, vestido de negro y apoyado en un bastón de madera debido a su cojera, que no dudaba en empuñar para golpear con saña al infeliz que tuviera la osadía de meterse con él. Rafa, el echador de las cartas del tarot, buen dibujante y eterno galanteador de cualquier nueva becaria que realizase allí sus prácticas.
Había otros más cercanos, a los que podía considerar amigos, ya que fueron compañeros en mis ingresos en el pabellón de salud mental, del que eran habitantes cuasi perpetuos. Si digo cuasi perpetuos es porque alguno de ellos, al igual que yo en su día, alternaba su estancia como residente, con otras en las que únicamente iba al hospital por la mañana y se marchaba a su casa después de comer.
Sentados en una bancada de los soportales, en lo que desde mi posición en el centro del patio me permitía ver, estaban en animada conversación José Miguel, al que solíamos apodar “radio-macuto” —porque era la fuente indiscutible de autoridad si querías estar al tanto de cualquier rumor que circulara por el sanatorio—; Ramón, aquel muchacho tan apasionado por el mundo del motociclismo, que cuando estaba en plena etapa delirante se creía poseedor de una Honda de gran cilindrada y a punto de ser fichado por una importante escudería; e, Inés la auxiliar de turno de mañana del pabellón.
Vi también a Miguel, de pie cerca de ellos, al que, por su gran envergadura y elevado peso, solíamos apodar “Buda”.
Miguel o Buda había sido uno de los primeros pacientes del pabellón sobre los que había recaído mi curiosidad inevitable de psicólogo. Me gustaba observar sus conductas ciertamente extravagantes. Cuando no estaba en posición de genuflexión orante, apoyando los codos en cualquiera de los sillones de la sala de descanso de Salud Mental, daba vueltas una y otra vez con paso cansino al pequeño patio interior de nuestro pabellón, siempre solo y sin cruzar ni una palabra con los compañeros.
Me encontraba en una situación privilegiada para cualquier psicólogo, aunque en situaciones como la mía, en la que uno había estado internado como paciente y no de visita de trabajo, tus conocimientos pueden ser más una dificultad que una ayuda para tu propia recuperación.
Miguel me interesaba por reunir muchos de los comportamientos y actitudes que los tratados de psicodiagnóstico atribuyen a la esquizofrenia: delirios auditivos o visuales, actitud retraída en su comportamiento con los demás, etcétera. Muchos de mis primeros días de internado me dediqué a observarle, hasta que otro tipo de patologías de las presentes en aquel micro mundo terminó llamando también mi atención.
Precisamente por eso, y cuando ya me disponía a subir la rampa que me conduciría a la sala de reuniones, me quedé extrañado, pero a la vez agradablemente sorprendido, cuando vi venir hacia mí a Buda. Al tiempo que con un movimiento amistoso y sonriendo me tendía su inmensa mano para que se la estrechara, me preguntó: “¿Cómo estás? Hace tiempo que no se te veía por aquí”. Todo eso a pesar de que solo recordaba haber intercambiado con él algunas frases de cortesía en los tres años en que habíamos estado internados juntos en Salud Mental: buenos días, buenas tardes, qué frío hace hoy y otras frases por el estilo. Él solía responderme con apenas un leve movimiento de su enorme cabeza, mientras continuaba con su casi interminable paseo en solitario.
En cuanto apreté el timbre de la puerta de la primera planta y después de identificarme, me dejaron pasar, por primera vez solo, al ala del edificio reservada a los profesionales. Aproveché para preguntar por Miguel a la primera persona que encontré por el pasillo, Rosalía, la asistente social.
—Buenos días, Rosalía.
—Hola, vienes a la reunión, ¿no?
—Sí, pero si no es indiscreción, quería preguntarte por Miguel Delgado. Lo he encontrado muy cambiado, hasta el punto de que, al reconocerme en el patio, me ha dado la mano.
—Sí, desde que dejó de oír voces con un nuevo tratamiento experimental ha cambiado mucho y se ha vuelto más sociable, hasta el punto de que estamos pensando en trasladarle a uno de nuestros pisos comunitarios.
—No sabes cómo me alegro —respondí.
—¿Y tú? Te veo muy bien —preguntó a su vez Rosalía.
—Sí, estoy muy bien. Recuperado casi del todo.
—Ya ves que de todo se sale, pero te dejo, que vas a llegar tarde a la reunión.
—Hasta luego. Supongo que ahora nos veremos más a menudo.
—Sí, eso creo. Hasta otro día pues —se despidió la asistente social.
El saludo de Miguel, para mí siempre asociado a su apelativo cariñoso de Buda, fue sin duda la mayor alegría que sentí aquel día. Con diferencia más significativa que atravesar aquellas puertas como el profesional que recupera, aunque sea simbólicamente, las “llaves”.
Por eso me vi impelido a narrar lo más pronto posible ese encuentro, que retiró para siempre algún fantasma de los que aún pululaban por mi cabeza.

La pandilla del Callejón

Children playing leapfrog in a sunny outdoor playground

Con el trascurso del tiempo y dada la proximidad de nuestras viviendas, fuimos formando poco a poco una pandilla de chicos y chicas de entre siete y nueve años, que terminó creando entre todos nosotros unos lazos de amistad y compañerismo fraternales que perduraron en muchos casos hasta el comienzo de nuestra adolescencia. La pandilla estaba compuesta por:

 Joaquín, mi vecino del segundo B, un chico un tanto tímido y introvertido, quizás porque compartía su casa con tres mujeres, su madre y dos tías, dado que su padre había muerto siendo él muy pequeño. Este gineceo solía sobreprotegerle y veía con no buenos ojos el que se juntara con el resto de nosotros. Nuestra amistad surgió en los rellanos de nuestra escalera por una cosa tan simple como compartir el gusto por las batallas de soldaditos de juguete, soldaditos de plástico como corresponde a la época y de los que yo disponía en abundancia, más que nada por los regalos de mi tío Joaquín que se ganaba el sustento pintado sus uniformes y dejando siempre para mí alguno de los que por cualquier razón resultaba defectuoso. Los batallones de mi vecino, siempre más lustrosos que los míos, al ser completamente nuevos, venían directamente de los almacenes Payá, donde sus tías amorosamente solían comprarlos como regalo para la noche de Reyes o su cumpleaños. Sin embargo, en las batallas que disputábamos casi todas las tardes de invierno, yo disponía siempre de un recuso inexpugnable en forma de fuerte de madera. Uno nuevo cada año, gracias a las habilidosas manos de mi padre y que era el regalo más esperado de mi cumpleaños.

Las rubitas: Mari Carmen y Adela, dos gemelas, rubias, como indica el apelativo por el que eran conocidas por los vecinos del barrio, y que vivían en el numero 6 del callejón, y su íntima amiga Rosario, que residía en una pequeña plazoleta que unía el final de nuestra calle con la de la Cruz, donde por entonces había un quiosco de prensa que regentaban sus padres. Y que no sé si por la proximidad en nuestra fecha de nacimiento, las gemelas nacieron solo tres días después que yo, o por la amistad que se había formado entre nuestras madres cuando asistían a un curso para madres primerizas impartido por “La Gota de Leche”, institución nacida en siglo XIX en Francia, gracias a Pierre Budin, en el Hospital de la Caridad de París y que llegó a Madrid en enero de 1904 de la mano de Rafael Ulecia y Cardona, siendo después de la Guerra Civil integrada en la Dirección General de Sanidad bajo la tutela de la Sección Femenina del régimen franquista. Ambas familias, entre bromas y veras, desde el primer momento me asignaron como futura novia a Mari Carmen, con tanta insistencia que hasta yo terminé creyéndomelo y estuve medio enamorado de mi vecina hasta bien entrada mi adolescencia. Pero eso fue lo que permitió, cosa rara para la época, que este trio femenino formara parte desde siempre de nuestra pandilla.

Y por ultimo, los hermanos García, Miguel y Pedro, los más pijos de todos nosotros, ya que estaban escolarizados en un conocido colegio privado, San Estanislao de Kostka, y que lucían incluso durante nuestros juegos el obligado uniforme de la institución. Los hermanos vivían por entonces en el numero 27 de la calle Núñez de Arce y nuestra amistad surgió en este caso de la relación establecida por Miguel García, el padre de los chicos y mi propio padre durante los años de convivencia en el Colegio de San Ildefonso. Este colegio era uno de los más antiguos de Madrid, ya que se cree que fue fundado en el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos como centro de educación dirigido a todos los niños hijos de Madrid que fueran huérfanos de padre o madre y es conocido en toda España porque sus alumnos son los encargados desde el 9 de marzo de 1771, cuando el alumno Diego López se convirtiera en el primer niño del Colegio San Ildefonso que sacó y cantó un número premiado de la lotería española. La función ha permanecido hasta nuestros días dado que los niños de este centro educativo siguen siendo los encargados de repartir la suerte, entre otros sorteos, en el extraordinario de Navidad.

Nuestra pandilla tuvo la suerte desde el principio de disponer de dos espacios privilegiados para jugar, el propio Callejón del Gato, uno de los pocos espacios libres de coches en el Madrid de la época, y la plaza de Santa Ana, situada muy cerca de nuestras casas. En época escolar solíamos reunirnos sobre las seis de la tarde, después de la merienda, hasta más o menos las ocho. Pero en verano nos pasábamos casi todo el tiempo de ocio jugando y haciendo trastadas de todo tipo en el callejón, trastadas como las de colgarnos de las rejas de Villa Rosa, meternos con todos los gatos de la vecindad o pintar con tiza el pavimento de la calle para hacer circuitos con los que jugar a las carreras de chapas o a rayuela oemborronar todos los espacios disponibles de la calle, incluidas las paredes de las casas, de mensajes escritos en un código secreto inventado por nosotros para poner a caer de un burro, a cualquiera de nuestros vecinos que nos cayera gordo por alguna razón. Muchas de estas actividades terminaban por molestar a algún adulto y nos valieron cierta fama de pequeños salvajes y no pocas reprimendas y castigos. Pero ahí seguimos jugando, corriendo y saltando durante nuestra feliz infancia.

En Madrid, julio 1962 o si ustedes los del Olimpo lo prefieren Iulius en su calendario romano.