La Mili

-¿Y eso? -me pregunta de nuevo el primer hombre mayor.

Soldier wearing camouflage uniform, helmet, and tactical vest standing on pavement at base
A soldier stands confidently in full combat gear at a military base.

-Perdón, ¿me puedo sentar aquí? -pregunto a los dos hombres mayores que ocupan parte del único banco a la sombra de la plaza del Ayuntamiento.

-Cómo no, y más llevando muleta ¾me contesta uno de ellos, dejándome un hueco en el banco de madera.

Mientras espero a mi señora, que ha entrado en un supermercado cercano, saco el móvil del bolsillo e intento echar una mirada a los titulares del periódico en su pantalla. Y digo intento porque mi atención se ve pronto atrapada por la conversación que mantienen mis compañeros de asiento. Hablan de la mili, o sea, de ese servicio militar obligatorio por el que tuvimos que pasar, quisiéramos o no, todos los hombres de este país al cumplir los veintiún años, desde octubre de 1800 hasta que la obligación quedó abolida definitivamente en diciembre de 2001.

-¿Te acuerdas del calor que pasamos aquel verano en el campamento de Alcalá de Henares? ¾le estaba preguntando uno de los mayores al otro cuando empecé a prestar oídos a la conversación, quizás porque yo realicé el periodo de instrucción en aquel mismo campamento.

-Claro, y del mal olor que desprendían las letrinas cuando les daba el sol del mediodía ¾responde su interlocutor.

-Y nosotros arriba y abajo, marcando el paso, cubiertos de sudor, en aquel inmenso patio de ceremonias.

-Si es que lo único que realmente les interesaba es que desfiláramos bien el día de “la jura”.

-Es verdad, porque tiros lo que se dice tiros dimos más bien pocos en aquellos tres meses.

-Como que yo aprendí de verdad a disparar con el CETME y a tirar granadas de mano después, en el Regimiento del Goloso.

-Es verdad, que a ti te destinaron a carros de combate!

-No te joroba, no todos teníamos enchufe como tú, que, gracias a tu tío, el coronel, terminaste de “chupatintas” en la comandancia de Málaga. Bien cerquita de nuestro pueblo y con pase “pernocta”, como un señorito, mientras que yo, allí en el Goloso, las pasába canutas con tanta guardia y tantas maniobras.

-Pero bien que presumías, cuando venías al Rincón, con tu boina de tanquista y la insignia del carro de combate en la manga, que traías locas a todas las de la pandilla. Y encima con los galones de cabo.

-Alguna ventaja debía tener, no te fastidia.

¾Perdone si no le dejamos leer, pero es que cuando terminamos enredándonos con batallitas del Servicio Militar, vamos subiendo la voz sin darnos cuenta. ¾se dirige a mí uno de los mayores, dándose la vuelta para mirarme.

>>Pero ya sabe, cosas de haber pertenecido a la misma quinta.

-¿Hizo usted la mili? -me pregunta curioso el anciano.

¾Sí, en el segundo reemplazo del 74 y por lo que les he escuchado me tocó el mismo campamento que a ustedes Alcalá de Henares.

-Y seguro que paso el mismo calor que nosotros, porque aquel lugar es un páramo -me interpela el segundo contertulio.

-Sí, con el mismo calor y el mal olor de las letrinas. Aunque yo desfilé menos y fui más veces al campo de tiro.

-Más que nada, por si entrabamos en guerra con Marruecos. Por lo de “la marcha verde”. Seguro que se acuerdan ustedes.

-Debíais de estar acojonados. Menos mal que al final aquello quedó en nada. Pobres saharauis -me contesta el anciano cambiando del usted al tú, como reconociéndome un compañero de armas.

-¿Dónde te destinaron después del campamento? ¾sigue preguntándome con curiosidad.

-A la Brigada Topográfica.

-Vaya, otro con enchufe. ¿O no?

-Sí, -reconozco poniéndome colorado¾. Yo también tenía un familiar coronel.

-¡Qué suerte teníais algunos! ¾me interpela el ex tanquista.

-Agustín, ¿qué haces ahí sentado? ¾me llama mi mujer para que le eche una mano con las bolsas del mercado. Me levanto apoyando firmemente la muleta en el suelo y me despido con un hasta otro día señores, me llama mi sargentó.

-Buenos días y a ver si nos vemos otro día y seguimos con las anécdotas de la mili -se despiden. Mientras me voy pensando, qué tipo de “batallitas”, intercambiaran entre sí cuando se hagan mayores los que tuvieron la suerte de no hacer el Servicio Militar.

La Noche de Reyes

Three wise men in ornate robes riding camels across a desert at night following a bright star
Three wise men travel across the desert at night guided by a bright star

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera, se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No se qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

Flashbacks

Side view of a detailed human brain model displaying cerebral cortex and cerebellum
Detailed side view of a realistic human brain model showing cerebral folds and cerebellum

Esta noche hay luna llena y como siempre que esto ocurre me viene a la cabeza la vieja canción que refleja la quietud de la noche:

Muere el sol

de las aves las canciones cesan ya,

elevar hacia Dios la oración

Inevitablemente la evocación de esta canción origina que aparezcan a modo de destellos de luz, viejos recuerdos que han dejado profundas sensaciones emocionales en mi cabeza. Recuerdos tales como:

Las noches estrelladas de agosto cuando contemplábamos las estrellas desde nuestros sacos de dormir.

El sabor del primer beso o del primer cigarrillo.

El olor a fritanga de la cafetería del Instituto, donde solía comer todos los días un bocadillo de chorizo.

El inconfundible olor de tu perfume.

El sabor dulzón de la leche en polvo que nos daban para desayunar en el colegio.

La dureza de las pelotas de goma de los Almacenes Segarra que te regalaban cuando comprabas unos zapatos…

Es curiosa esta cualidad que tienen los flashbacks de evocar en un momento olores, sabores y a veces hasta percepciones táctiles que han dejado una profunda huella en tu cerebro. Los he escuchado de la boca de muchos de mis pacientes, como Juanita que presenció comó su hijo se ahorcaba en su habitación o Dolores que vio como las aguas de la Dana arrasaban su casa.

No deja de sorprenderme cómo el cerebro humano conserva en su seno recuerdos felices o amargos que al fin y al cabo son la esencia de la vida.

«Flashs» no es una palabra reconocida en inglés. Posiblemente te refieras a «flashes», que significa destellos o destellos de luz. También puede referirse a «flashbacks», que son recuerdos vívidos y repentinos de eventos pasados. Por favor, proporciona más contexto para poder ofrecerte una respuesta más precisa.

Mi investidura como Rover

Boy scout in uniform holding walking stick on forest trail
A smiling boy scout stands proudly on a sunlit forest path with badges and a walking stick.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

El faro

Lighthouse on rocky cliff with ocean waves at sunset
A lighthouse stands atop rocky cliffs as the sun sets over the ocean, casting warm light and illuminating crashing waves.

Hoy, cuando Pedro atraque su barco en el que nos trae los suministros cada semana, Adela se marchará para siempre de mi lado.

He de reconocer que para mí su alejamiento de esta isla y de su faro supondrá un choque emocional, tras nuestra convivencia en este lugar desde hace casi ya dos años.

 Tantas ilusiones perdidas por lo que desde el principio fue un total malentendido.

La discusión del jueves pasado, la más virulenta de las que llevamos manteniendo en los últimos meses, dejó muy claro las razones de ese malentendido.

 Todo empezó por la cantinela tantas veces expresada, aunque nunca con tal grado de irritación, de su necesidad imperiosa de que diéramos un giro a nuestras vidas marchándonos de la isla.

—Ramón, tenemos que decidirnos de una vez a irnos de aquí —dijo Adela, mientras recogíamos los platos del desayuno.

—Ya sabes de sobra mi opinión sobre este asunto. Yo no estoy dispuesto a dejar el faro, siempre he creído que un sitio como este era lo que buscábamos desde el principio.

—Sueños de hippies trasnochados, que al final se han terminado convirtiendo, al menos para mí, en una pesadilla.

—Te recuerdo que ya desde el inicio de nuestra relación empezamos a hablar de que el sitio ideal para vivir y formar una familia sería aquel que reuniese dos condiciones: estar alejado de cualquier ciudad y lo más cerca posible del mar.

—Tú lo has dicho: lejos de los urbanitas, pero nunca pensé que en un lugar tan aislado como esta maldita isla —me contestó Adela con un tono de voz cada vez más irritado.

—Pero hace dos años estuviste encantada con que me hubiesen concedido el puesto de farero precisamente aquí, el lugar más alejado de los que me propusieron.-Es más, fuiste tú la que me obligó a realizar las oposiciones a técnico de sistemas de ayuda a la navegación y dejar mi trabajo de profesor.

—Sí, porque quería saber lo que era vivir en un faro, desde que leí, siendo adolescente, El faro del fin del mundo de Julio Verne. Pero no sospechaba lo desagradable que puede llegar a ser habitar uno.

—Entonces, ¿me estás diciendo que hemos construido nuestra vida aquí sobre la base de una fantasía adolescente? Te creía más adulta.

—¿Ves? Ya estás otra vez malinterpretando mis palabras.

—No estoy mal interpretando nada. Hasta ahora he creído que estábamos de acuerdo en que alejarnos de Madrid y sus agobios era lo mejor que podíamos hacer.

—Pero has de reconocerme que nos equivocamos. O por lo menos lo hicimos cuando nos vinimos al quinto pino.

—No, no te lo reconozco, por mucho que te enfades —dije mientras también empezaba sin proponérmelo a alzar la voz—. Y, además, yo me siento bien viviendo aquí.

—Entonces, ¿me estás diciendo que ni siquiera vas a pedir el traslado a otra linterna menos aislada, como la de Cullera o alguna más cercana a una ciudad?

—No, a mí me gusta este faro de Es Vedrá. Y no estamos tan aislados como dices. Tienes Sant Josep de sa Talaia a solo una hora de barco y desde el pueblo en coche, en menos de 30 minutos, estás en Ibiza.

—Estoy harta de este recorrido y de la Isla también. Aunque, te reconozco, el ambiente es agradable en verano, incluso lleno de giris, pero en invierno es insoportable.

—Pero te repito: tú estuviste encantada con nuestro destino.

—Sí, cuando creí que el faro estaba dentro de la Isla, cerca de San Antonio o de San Juan Bautista. Pero no en este islote, en el que ya no dejan vivir ni a las cabras.

—Siéntate un momento y aclaremos esto de una vez —dije con cara de cabreo.

—Me siento. Pero te advierto que dudo mucho que me vayas a hacer cambiar de opinión.

—Cuando aprobé la oposición a farero. Te dije que, según mi opinión, venirnos a vivir a Es Vedrá tenía muchas ventajas ya que con el puesto nos daban una vivienda. El destino te pareció una maravilla.

-Según tus propias palabras de aquel momento, era el sitio ideal para poder seguir con la pintura y dejar de una vez tu puesto de secretaria.

—Sí, es verdad que lo dije y el lugar cuando llegamos me pareció maravilloso. Hasta que llegó el primer invierno, con ese frio que te cala hasta los huesos.

-Y, además, estoy hasta las narices de tener que hablar mallorquín.

—Pero si siempre le decías a Pedro que te enseñara la lengua de las islas.

—Qué remedio. No quería que los vecinos de Sant Josep me miraran mal por no hablarlo.

—Yo apenas chapurreo algunas palabras y no creo que nadie me mire mal.

—Porque apenas sales de aquí. Te has vuelto un ermitaño.

—No salgo porque en este sitio me encuentro bien. Tan bien como no lo estaba hace mucho tiempo.

—¿Ves? Solo piensas en ti. Eres un egoísta.

—Creo que por este camino no llegamos a ningún lado. Vete si es lo que quieres y déjame en paz de una vez.

—Tienes razón. Me parece que lo nuestro se ha acabado. Avisa a Pedro que tiene una pasajera para cuando venga. Yo, mientras tanto, voy sacando el billete de avión por internet.

—Pero, Adela, sé razonable. ¿Vas a tirar nuestra relación por la borda?

—Sí, y que conste que el que la tiras eres tú. Que te vaya bien con tu faro.

Y desde entonces no hemos vuelto a dirigirnos la palabra, más allá de los buenos días o las buenas noches de cortesía.

 La he visto hacer las maletas con rabia apenas contenida en sus ademanes. Hoy la veré embarcar con una mezcla agridulce de pena y alivio.

 Pena por haber terminado con una convivencia que en otras circunstancias pudiera quizás no haberse malogrado. Alivio porque en el fondo, gracias a su perseverancia inicial de cambiar nuestro estilo de vida de urbano a rural, lo que solo era un sueño ha terminado por traerme a un lugar en el que ser feliz.

    Supongo que tras su marcha, como en la canción de Sabina, no tardaré en escuchar “ruido de abogados”.

La clase de danza

Ballerina in mid-air performing a leap with a white tutu on a theater stage
A ballerina performs an elegant leap wearing a white tutu on a dimly lit stage.

Versión del cuento de Eugenia Angulo

Terpsicore, situada tras los espejos observa la habitación donde dentro de un momento va a comenzar una nueva clase de danza. Se ve por su gesto jovial que le agrada este recinto de cuatro paredes cubiertas de espejos, con tres ventanas blancas abiertas, por las que entra la tenue luz de un sol otoñal que se refleja en el barniz de las barras de ballet solo por un momento; ese momento mágico que “la madre de las sirenas” sabe que precede siempre al comienzo del encantamiento.

Porque la musa sabe que lo que se va a producir dentro de un momento, en cuanto empiece la clase y suenen las primeras notas del piano, aquel grupo variopinto de seres humanos van a ser trasformados pese a el dolor latente en brazos y piernas, el ardor de los dedos de los pies puestos en punta y aprisionados dentro de las incomodas zapatillas, de los ligamentos tensados casi hasta su ruptura, del reproche lanzado por la profesora ante una espalda no lo suficiente recta o una posición inadecuada en la barra, van a caer poco a poco en un trance casi hipnótico, que al verse reflejadas en el espejo las hace creerse al menos por un momento: un grácil cisne blanco del Lago de los Cisnes, la joven Kitri de Don Quijote, cuando no en Giselle, la joven campesina enamorada, o en Clara, la niña de Cascanueces. En un “metamorfosis sostenida, levemente, por la barra de ballet”.

La clase se acaba y roto el encantamiento, las siete mujeres que forman el alumnado de aquella clase, se marchan sudorosas camino del vestuario, mientras Terpsicore coge su lira, se recoloca la guirnalda de flores, se mira en el espejo y coqueta se marcha a ejercer su magia en la siguiente clase de danza.

Agustín Moreno, noviembre 2021

La barra de ballet es suave y te agarras a ella como si fuera un trozo de madera en medio del océano. Los espejos cubren las cuatro paredes de la sala de baile hasta el techo. Hay tres ventanas blancas que estos días se mantienen abiertas de forma que la calle entra en la clase y se refleja en los cuatro espejos, que la devuelven un tanto deformada: una esquina verde de árboles inclinados, el resplandor metálico de la carrocería de un coche aparcado, el paso rápido de una sombra que camina. La clase empieza, suena el piano.

Historia de una nostalgia

Torn blue and yellow flag with emblem waving on a wooden pole in a mountainous area with cloudy skies
A weathered, torn flag waves atop a rugged mountain ridge under cloudy skies.

Historia de una nostalgia

Han pasado muchos años desde que termino la transición y visto en perspectiva creo que hemos dejado muchas banderas rotas y girones de nuestra piel en el camino.

Me acuerdo de que cuando era joven tenia la cabeza llena de idealismo y entusiasmo, pero todo se ha perdido con el tiempo, he dejado en el camino amigos y conocidos, ideas y entusiasmos. Todos estos esfuerzos sirvieron de bien poco a la hora de la verdad.

Me entristece y me deprime la sensación de vació con la que me he quedado el auge de los movimientos fascistas en todo el mudo me hace temer lo peor para el futuro. En fin, una pena.

Estimada y a la vez temida ansiedad

Young woman looking anxious and biting nails on train
A young woman nervously biting her nails on a crowded train

Estimada y a la vez temida ansiedad:

Te escribo esta carta con el fin “terapéutico” de que sepas cuanto sufrimiento y quebranto en mi bienestar cotidiano me estas produciendo.

Ya se que tu los conoces, al igual que los conozco yo, pero quiero relatarlos en primera persona sobre todo como una forma de exorcismo reflexivo que me lleve a ponerte en el lugar que realmente te corresponde.

Por empezar de alguna manera por el principio quizás con toda probabilidad naciste conmigo y seguramente te hiciste fuerte por la trasmisión de ciertas inseguridades ante la vida trasmitidas por un ambiente familiar propenso a trasmitir directa o indirectamente cierto temor ante las circunstancias imprevistas de la vida, sobre todo aquellas que tienen que ver con la salud.

No me recuerdo como un niño especialmente ansioso o nervioso, sino más bien todo lo contario, me recuerdo más bien como un infante algo temerario e impulsivo, cliente habitual de la “casa de socorro”, debido a múltiples escoriaciones y alguna rotura de huesos, provenientes de mis juegos. Lo que si recuerdo es la exagerada preocupación de mi madre, que se traducía en las mil capas con que nos abrigaba a mi hermano y a mi, para que no cogiésemos frio al ir al colegio. Fuera de esto no tengo consciencia de ningún otro tipo de signo de alerta que pudiese fomentar algún tipo de miedo a la enfermedad.

Ya algo más mayorcito y tanto en mi pre-adolescencia como en mi adolescencia lo que sigo teniendo muy presente son los distintos roles familiares de mi madre y mi padre, tengo la sensación o el recuerdo si quieres, de una madre ausente que casi nunca nos daba verdaderas muestras de cariño y la presencia de un padre muy presente que trataba siempre de fomentar mi autonomía, al tiempo que se desesperaba y lo manifestaba críticamente con mi evidente falta de habilidades manuales.

Probablemente mi contacto más directo con la enfermedad fue el internamiento y posterior agonía de mi padre. Tengo un vago recuerdo de que el su decaimiento físico empezó, con casi total seguridad, con el nacimiento de mi hermano Jesús y su no aceptación de la minusvalía intelectual de su cuarto hijo, todo ello entremezclado con el cambio de tecnología de analógica a digital de los ascensores que conservaban. Recuerdo que se interno, creo que voluntariamente en el Sanatorio donde termino muriendo, a raíz de un viaje de trabajo a Sevilla, donde se agravo el asma que padecía debido a sus años de fumador empedernido, de mis visitas al centro sanitario en los primeros tiempos, recuerdo sobre todo las manifestaciones de desprecio hacia mi madre, mezcladas con unos celos casi patológicos, a los pocos meses y ha raíz de una caída, de la que no esta claro no fue causa un ictus, entro en una agonía larga y penosa de la que me tuve que “tragar”, toda una parte, gracias a las guardias nocturnas que tuve que asumir una noche si y otra también para dejar descansar a mi madre.

      

El sueño

Translucent ghost floating in a dark, rundown bedroom
A ghostly figure floats above an antique bed in a dimly lit, decaying room

Recién divorciado y nada más llegar a mi nuevo apartamento tuve un sueño.

Soñé que mi ex, llegaba en forma de fantasma hasta mi cama para cubrirme de reproches: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.

Temeroso de que el sueño se repitiera, decidí recurrir a los servicios de un exorcista. No es que crea en estas cosas, pero como dicen los gallegos “haberlas ailas”.

El exorcista, un tipo barbudo y mal vestido saco de uno de sus bolsillos un extraño aparato, con el que dijo iba a medir la existencia de fuerzas malignas. Mientras yo le miraba con cierta desconfianza, empezó a pasar el dichoso aparatito por todas las habitaciones de la casa. Uf, exclamo tiene usted en su vivienda un espíritu maligno. En necesario tomar medidas urgentes; por lo pronto voy a regar toda la casa con agua bendita, poner debajo de su cama unas tijeras abiertas y un amuleto contra el mal de ojo en la puerta de su habitación.

Las medidas no sirvieron de nada porque el sueño como una maldición se repitió a la noche siguiente.

Desde entonces para mi desgracia he tenido que aprender a convivir con la presencia de mi ex que todas las noches me suelta la misma monserga: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.

No se si cambiar de casa o irme de vacaciones.

Protocolo de suicidio

Person standing on rocky cliff overlooking ocean and coastline
A hiker enjoys stunning views from a rugged coastal cliffside.

Me he despertado, no sé cómo, atado de pies y manos en la cama de un hospital. Estoy solo en una habitación de la que únicamente puedo ver, dada mi posición, el techo. Un techo blanco con la escayola algo agrietada. Si giro un poco la cabeza hacia mi derecha aprecio en una esquina una cámara con la que creo que me vigilan.

Apenas recuerdo cómo llegué aquí. En mi cabeza vagos recuerdos de unos sanitarios que me están colocando un gotero en un brazo y una mascarilla de oxígeno que me cubre la cara. Alguien, supongo que el médico del equipo que me atiende me pregunta: ¿Cómo te llamas?, ¿sabes dónde estás?

-Me llamo Manuel y me parece que estoy dentro de una ambulancia ¾respondo antes de quedarme dormido, supongo que por efecto de algún sedante que me habrán inyectado.

-Vaya, por fin te has despertado ¾me dice alguien que ha entrado en la habitación¾. Lo primero vamos a desatarte y tomarte las constantes.

-12/8 de tensión, 54 pulsaciones por minuto y 97% de saturación. -recita a la vez que anota estos valores en un cuaderno. -No está mal; siéntate con cuidado, que enseguida vendrá la psiquiatra a hablar contigo.

Mientras me siento en la cama voy recordando por qué estoy aquí. Sencillamente he intentado suicidarme. Dicen los especialistas que el suicidio es producto de la desesperanza. Y quién no va a estar desesperanzado, si ha pasado por un divorcio reciente, que le ha obligado a salir de su casa con “una mano delante y otra detrás” como quien dice.

Ya he estado antes en una situación parecida, cuando intenté quitarme la vida, en otra ciudad, fruto de un brote psicótico por consumir demasiado éxtasis. O sea que ya sé lo que me espera, estar sometido durante unos días al protocolo de suicidio: observación constante, armario de la ropa herméticamente cerrado, nada de muebles en la habitación salvo la cama, zapatillas y chándal de hospital, sin cordones ni cinturón. Vida de monje de clausura, en definitiva.

-Hola, Manuel, ¿cómo estas? -irrumpe en la habitación la psiquiatra. Hecho una mierda, pienso, mientras empieza la ronda de preguntas.