La clase de danza

Ballerina in mid-air performing a leap with a white tutu on a theater stage
A ballerina performs an elegant leap wearing a white tutu on a dimly lit stage.

Versión del cuento de Eugenia Angulo

Terpsicore, situada tras los espejos observa la habitación donde dentro de un momento va a comenzar una nueva clase de danza. Se ve por su gesto jovial que le agrada este recinto de cuatro paredes cubiertas de espejos, con tres ventanas blancas abiertas, por las que entra la tenue luz de un sol otoñal que se refleja en el barniz de las barras de ballet solo por un momento; ese momento mágico que “la madre de las sirenas” sabe que precede siempre al comienzo del encantamiento.

Porque la musa sabe que lo que se va a producir dentro de un momento, en cuanto empiece la clase y suenen las primeras notas del piano, aquel grupo variopinto de seres humanos van a ser trasformados pese a el dolor latente en brazos y piernas, el ardor de los dedos de los pies puestos en punta y aprisionados dentro de las incomodas zapatillas, de los ligamentos tensados casi hasta su ruptura, del reproche lanzado por la profesora ante una espalda no lo suficiente recta o una posición inadecuada en la barra, van a caer poco a poco en un trance casi hipnótico, que al verse reflejadas en el espejo las hace creerse al menos por un momento: un grácil cisne blanco del Lago de los Cisnes, la joven Kitri de Don Quijote, cuando no en Giselle, la joven campesina enamorada, o en Clara, la niña de Cascanueces. En un “metamorfosis sostenida, levemente, por la barra de ballet”.

La clase se acaba y roto el encantamiento, las siete mujeres que forman el alumnado de aquella clase, se marchan sudorosas camino del vestuario, mientras Terpsicore coge su lira, se recoloca la guirnalda de flores, se mira en el espejo y coqueta se marcha a ejercer su magia en la siguiente clase de danza.

Agustín Moreno, noviembre 2021

La barra de ballet es suave y te agarras a ella como si fuera un trozo de madera en medio del océano. Los espejos cubren las cuatro paredes de la sala de baile hasta el techo. Hay tres ventanas blancas que estos días se mantienen abiertas de forma que la calle entra en la clase y se refleja en los cuatro espejos, que la devuelven un tanto deformada: una esquina verde de árboles inclinados, el resplandor metálico de la carrocería de un coche aparcado, el paso rápido de una sombra que camina. La clase empieza, suena el piano.

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