La Mili

-¿Y eso? -me pregunta de nuevo el primer hombre mayor.

-Perdón, ¿me puedo sentar aquí? ¾pregunto a los dos hombres mayores que ocupan parte del único banco a la sombra de la plaza del Ayuntamiento.

-Cómo no, y más llevando muleta ¾me contesta uno de ellos, dejándome un hueco en el banco de madera.

Mientras espero a mi señora, que ha entrado en un supermercado cercano, saco el móvil del bolsillo e intento echar una mirada a los titulares del periódico en su pantalla. Y digo intento porque mi atención se ve pronto atrapada por la conversación que mantienen mis compañeros de asiento. Hablan de la mili, o sea, de ese servicio militar obligatorio por el que tuvimos que pasar, quisiéramos o no, todos los hombres de este país al cumplir los veintiún años, desde octubre de 1800 hasta que la obligación quedó abolida definitivamente en diciembre de 2001.

-¿Te acuerdas del calor que pasamos aquel verano en el campamento de Alcalá de Henares? ¾le estaba preguntando uno de los mayores al otro cuando empecé a prestar oídos a la conversación, quizás porque yo realicé el periodo de instrucción en aquel mismo campamento.

-Claro, y del mal olor que desprendían las letrinas cuando les daba el sol del mediodía ¾responde su interlocutor.

-Y nosotros arriba y abajo, marcando el paso, cubiertos de sudor, en aquel inmenso patio de ceremonias.

-Si es que lo único que realmente les interesaba es que desfiláramos bien el día de “la jura”.

-Es verdad, porque tiros lo que se dice tiros dimos más bien pocos en aquellos tres meses.

-Como que yo aprendí de verdad a disparar con el CETME y a tirar granadas de mano después, en el Regimiento del Goloso.

-Es verdad, que a ti te destinaron a carros de combate!

-No te joroba, no todos teníamos enchufe como tú, que, gracias a tu tío, el coronel, terminaste de “chupatintas” en la comandancia de Málaga. Bien cerquita de nuestro pueblo y con pase “pernocta”, como un señorito, mientras que yo, allí en el Goloso, las pasába canutas con tanta guardia y tantas maniobras.

-Pero bien que presumías, cuando venías al Rincón, con tu boina de tanquista y la insignia del carro de combate en la manga, que traías locas a todas las de la pandilla. Y encima con los galones de cabo.

-Alguna ventaja debía tener, no te fastidia.

¾Perdone si no le dejamos leer, pero es que cuando terminamos enredándonos con batallitas del Servicio Militar, vamos subiendo la voz sin darnos cuenta. ¾se dirige a mí uno de los mayores, dándose la vuelta para mirarme.

>>Pero ya sabe, cosas de haber pertenecido a la misma quinta.

-¿Hizo usted la mili? -me pregunta curioso el anciano.

¾Sí, en el segundo reemplazo del 74 y por lo que les he escuchado me tocó el mismo campamento que a ustedes Alcalá de Henares.

-Y seguro que paso el mismo calor que nosotros, porque aquel lugar es un páramo -me interpela el segundo contertulio.

-Sí, con el mismo calor y el mal olor de las letrinas. Aunque yo desfilé menos y fui más veces al campo de tiro.

-Más que nada, por si entrabamos en guerra con Marruecos. Por lo de “la marcha verde”. Seguro que se acuerdan ustedes.

-Debíais de estar acojonados. Menos mal que al final aquello quedó en nada. Pobres saharauis -me contesta el anciano cambiando del usted al tú, como reconociéndome un compañero de armas.

Soldier wearing camouflage uniform, helmet, and tactical vest standing on pavement at base
A soldier stands confidently in full combat gear at a military base.

-¿Dónde te destinaron después del campamento? ¾sigue preguntándome con curiosidad.

-A la Brigada Topográfica.

-Vaya, otro con enchufe. ¿O no?

-Sí, -reconozco poniéndome colorado¾. Yo también tenía un familiar coronel.

-¡Qué suerte teníais algunos! ¾me interpela el ex tanquista.

-Agustín, ¿qué haces ahí sentado? ¾me llama mi mujer para que le eche una mano con las bolsas del mercado. Me levanto apoyando firmemente la muleta en el suelo y me despido con un hasta otro día señores, me llama mi sargentó.

-Buenos días y a ver si nos vemos otro día y seguimos con las anécdotas de la mili -se despiden. Mientras me voy pensando, qué tipo de “batallitas”, intercambiaran entre sí cuando se hagan mayores los que tuvieron la suerte de no hacer el Servicio Militar.

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