La clase de danza

Versión del cuento de Eugenia Angulo

Ballerina in mid-air performing a leap with a white tutu on a theater stage
A ballerina performs an elegant leap wearing a white tutu on a dimly lit stage.

Terpsicore, situada tras los espejos observa la habitación donde dentro de un momento va a comenzar una nueva clase de danza. Se ve por su gesto jovial que le agrada este recinto de cuatro paredes cubiertas de espejos, con tres ventanas blancas abiertas, por las que entra la tenue luz de un sol otoñal que se refleja en el barniz de las barras de ballet solo por un momento; ese momento mágico que “la madre de las sirenas” sabe que precede siempre al comienzo del encantamiento.

Porque la musa sabe que lo que se va a producir dentro de un momento, en cuanto empiece la clase y suenen las primeras notas del piano, aquel grupo variopinto de seres humanos van a ser trasformados pese a el dolor latente en brazos y piernas, el ardor de los dedos de los pies puestos en punta y aprisionados dentro de las incomodas zapatillas, de los ligamentos tensados casi hasta su ruptura, del reproche lanzado por la profesora ante una espalda no lo suficiente recta o una posición inadecuada en la barra, van a caer poco a poco en un trance casi hipnótico, que al verse reflejadas en el espejo las hace creerse al menos por un momento: un grácil cisne blanco del Lago de los Cisnes, la joven Kitri de Don Quijote, cuando no en Giselle, la joven campesina enamorada, o en Clara, la niña de Cascanueces. En un “metamorfosis sostenida, levemente, por la barra de ballet”.

La clase se acaba y roto el encantamiento, las siete mujeres que forman el alumnado de aquella clase, se marchan sudorosas camino del vestuario, mientras Terpsicore coge su lira, se recoloca la guirnalda de flores, se mira en el espejo y coqueta se marcha a ejercer su magia en la siguiente clase de danza.

La barra de ballet es suave y te agarras a ella como si fuera un trozo de madera en medio del océano. Los espejos cubren las cuatro paredes de la sala de baile hasta el techo. Hay tres ventanas blancas que estos días se mantienen abiertas de forma que la calle entra en la clase y se refleja en los cuatro espejos, que la devuelven un tanto deformada: una esquina verde de árboles inclinados, el resplandor metálico de la carrocería de un coche aparcado, el paso rápido de una sombra que camina. La clase empieza, suena el piano.

Agustín Moreno, noviembre 2021

La pandilla del Callejón

Children playing soccer with a green and white ball on playground grass
A group of kids happily playing soccer together at the park

Con el trascurso del tiempo y dada la proximidad de nuestras viviendas, fuimos formando poco a poco una pandilla de chicos y chicas de entre siete y nueve años, que terminó creando entre todos nosotros unos lazos de amistad y compañerismo fraternales que perduraron en muchos casos hasta el comienzo de nuestra adolescencia. La pandilla estaba compuesta por:

 Joaquín, mi vecino del segundo B, un chico un tanto tímido y introvertido, quizás porque compartía su casa con tres mujeres, su madre y dos tías, dado que su padre había muerto siendo él muy pequeño. Este gineceo solía sobreprotegerle y veía con no buenos ojos el que se juntara con el resto de nosotros. Nuestra amistad surgió en los rellanos de nuestra escalera por una cosa tan simple como compartir el gusto por las batallas de soldaditos de juguete, soldaditos de plástico como corresponde a la época y de los que yo disponía en abundancia, más que nada por los regalos de mi tío Joaquín que se ganaba el sustento pintado sus uniformes y dejando siempre para mí alguno de los que por cualquier razón resultaba defectuoso. Los batallones de mi vecino, siempre más lustrosos que los míos, al ser completamente nuevos, venían directamente de los almacenes Payá, donde sus tías amorosamente solían comprarlos como regalo para la noche de Reyes o su cumpleaños. Sin embargo, en las batallas que disputábamos casi todas las tardes de invierno, yo disponía siempre de un recuso inexpugnable en forma de fuerte de madera. Uno nuevo cada año, gracias a las habilidosas manos de mi padre y que era el regalo más esperado de mi cumpleaños.

Las rubitas: Mari Carmen y Adela, dos gemelas, rubias, como indica el apelativo por el que eran conocidas por los vecinos del barrio, y que vivían en el numero 6 del callejón, y su íntima amiga Rosario, que residía en una pequeña plazoleta que unía el final de nuestra calle con la de la Cruz, donde por entonces había un quiosco de prensa que regentaban sus padres. Y que no sé si por la proximidad en nuestra fecha de nacimiento, las gemelas nacieron solo tres días después que yo, o por la amistad que se había formado entre nuestras madres cuando asistían a un curso para madres primerizas impartido por “La Gota de Leche”, institución nacida en siglo XIX en Francia, gracias a Pierre Budin, en el Hospital de la Caridad de París y que llegó a Madrid en enero de 1904 de la mano de Rafael Ulecia y Cardona, siendo después de la Guerra Civil integrada en la Dirección General de Sanidad bajo la tutela de la Sección Femenina del régimen franquista. Ambas familias, entre bromas y veras, desde el primer momento me asignaron como futura novia a Mari Carmen, con tanta insistencia que hasta yo terminé creyéndomelo y estuve medio enamorado de mi vecina hasta bien entrada mi adolescencia. Pero eso fue lo que permitió, cosa rara para la época, que este trio femenino formara parte desde siempre de nuestra pandilla.

Y por ultimo, los hermanos García, Miguel y Pedro, los más pijos de todos nosotros, ya que estaban escolarizados en un conocido colegio privado, San Estanislao de Kostka, y que lucían incluso durante nuestros juegos el obligado uniforme de la institución. Los hermanos vivían por entonces en el numero 27 de la calle Núñez de Arce y nuestra amistad surgió en este caso de la relación establecida por Miguel García, el padre de los chicos y mi propio padre durante los años de convivencia en el Colegio de San Ildefonso. Este colegio era uno de los más antiguos de Madrid, ya que se cree que fue fundado en el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos como centro de educación dirigido a todos los niños hijos de Madrid que fueran huérfanos de padre o madre y es conocido en toda España porque sus alumnos son los encargados desde el 9 de marzo de 1771, cuando el alumno Diego López se convirtiera en el primer niño del Colegio San Ildefonso que sacó y cantó un número premiado de la lotería española. La función ha permanecido hasta nuestros días dado que los niños de este centro educativo siguen siendo los encargados de repartir la suerte, entre otros sorteos, en el extraordinario de Navidad.

Nuestra pandilla tuvo la suerte desde el principio de disponer de dos espacios privilegiados para jugar, el propio Callejón del Gato, uno de los pocos espacios libres de coches en el Madrid de la época, y la plaza de Santa Ana, situada muy cerca de nuestras casas. En época escolar solíamos reunirnos sobre las seis de la tarde, después de la merienda, hasta más o menos las ocho. Pero en verano nos pasábamos casi todo el tiempo de ocio jugando y haciendo trastadas de todo tipo en el callejón, trastadas como las de colgarnos de las rejas de Villa Rosa, meternos con todos los gatos de la vecindad o pintar con tiza el pavimento de la calle para hacer circuitos con los que jugar a las carreras de chapas o a rayuela oemborronar todos los espacios disponibles de la calle, incluidas las paredes de las casas, de mensajes escritos en un código secreto inventado por nosotros para poner a caer de un burro, a cualquiera de nuestros vecinos que nos cayera gordo por alguna razón. Muchas de estas actividades terminaban por molestar a algún adulto y nos valieron cierta fama de pequeños salvajes y no pocas reprimendas y castigos. Pero ahí seguimos jugando, corriendo y saltando durante nuestra feliz infancia.

En Madrid, julio 1962 o si ustedes los del Olimpo lo prefieren Iulius en su calendario romano.

La extraña pareja

Smiling couple walking hand in hand through a tropical garden
A smiling couple walks hand in hand along a lush garden path surrounded by tropical greenery.

Ya desde que los vio el primer día en el patio le lleno de curiosidad aquella extraña pareja, con las manos casi siempre entrelazadas y una especie de reto en sus miradas, como dando a entender que a ver quién era el guapo que los separaba.

Él, alto y desgarbado, peinado a lo rastafari, con unas rastas muy elaboradas que le llegaban hasta la cintura, boina de colores chillones sobre la cabeza; vestido con blusón y pantalones anchos y de color anaranjado, sandalias sin calcetines; parecía el vivo retrato de Bob Marley. Ella, bajita, algo chepuda, con la cara llena de granos, vestida en invierno y en verano —según pudo comprobar el año en que estuvo allí internado— con un ajado anorakazul con la cremallera subida siempre hasta el cuello, pantalones vaqueros con bastantes lavados a sus espaldas y unas fuertes botas de cuero negro y medio tacón siempre sucias.

Aquella pareja en especial, le llevo a plantearse toda una serie de interrogantes difíciles de resolver y que llegaron a obsesionarle. ¿Qué mantenía estable su relación como pareja en un lugar tan inapropiado como un hospital psiquiátrico? ¿El amor?, ¿la protección mutua que parecían brindarse?, ¿la necesidad de estar juntos para amortiguar el sentimiento de soledad que provoca el internamiento?

Las otras parejas que fue conociendo con el tiempo eran generalmente inestables, una especie de “aquí te pillo y aquí te mato”. Parejas formadas más por la necesidad de satisfacer algún impulso de carácter sexual que por cualquier otra razón. Parejas oscuras, clandestinas, como las que se solía encontrar haciendo el amor en algún lugar del jardín apartado de la observación de las cámaras; ese ojo del gran hermano que escrudiñaba sin piedad a los enfermos, pero al que los internos con más experiencia aprenderían pronto a burlar.

Profesional de la salud mental como era, aunque estuviese allí internado por una depresión recurrente, no tenía otra forma posible de resolver las dudas sobre la pareja que le obsesionaban que recurrir al viejo método de la observación.

Observaba, por ejemplo, que tanto Juan, el rastafari, como Azucena su pareja —nombres supuestos, porque no llegó nunca a conocer los verdaderos — no parecían recibir visitas de ningún amigo o familiar. Por lo que concluyó que o eran huérfanos o sus familias se habían olvidado de ellos.

Se fijo en que eran una de las pocas personas capaces de compartir asiento con Velardo, un viejo patriarca gitano, con muy malas pulgas, que solía defender su espacio en el banco más cómodo del patio gracias al bastón de madera que usaba para andar debido a su cojera.

En ocasiones compartían oraciones con Buda, un esquizofrénico al que todos llamaban así porque debido a su mórbida gordura y su gesto siempre sonriente parecía una replica del fundador del budismo, y que solía estar casi siempre arrodillado y rezando al dios que se le aparecía en sus delirios.

De vez en cuando buscaban un lugar apartado para compartir con fruición un canuto. Llevaban encerrados en aquel psiquiátrico el tiempo suficiente para conocer a los proveedores de hachís dentro del hospital. O sea que disponían de algún tipo de ingreso, ya que, además, tenían cuenta abierta en la cafetería del hospital donde solía vérselos por las tardes compartiendo “a morro” algún refresco.

De estas observaciones, el psicólogo que llevaba dentro intentó adelantar algún diagnóstico clínico que acabase con su obsesión por la extraña pareja, aparte de concluir que llevaban bastante tiempo internados ya que eran tolerados, sin conflicto alguno, por los internos que parecían ser los más difíciles de tratar de aquel lugar. De que al menos uno de ellos, si no los dos disponía de algún tipo de prestación social o de una familia que, aunque nunca apareciera por allí, ingresaba algo de dinero para sus gastos en la cuenta del hospital. Concluyo que, de alguna manera, debían de quererse, a pesar de que nunca vio otra muestra física de cariño que la de ir cogidos de la mano. No pudo ir más allá.

Y así, la pareja pasó a ser una imagen entrañable, junto con otras imágenes entrañables que quedaron a modo de fotografías fijas, que le recordarían para siempre su paso por el hospital.

Agustín Moreno, noviembre 2022

Tradiciones  Scouts

Un grupo de scouts en una actividad al aire libre

Hoy y quizás por ser el ultimo cuento de la temporada me gustaría compartir con el Grupo, algunas de las tradiciones scouts que tan felices momentos han hecho pasar a millones de chicos y chicas de todo el mundo durante su infancia y adolescencia. Quizás alguien podría acusarme de estar escribiendo un reportaje más que una narración, pero dado que muchas de estas tradiciones se basan tanto en reconocidos libros infantiles, entremezclados con tradiciones de las tribus indias americanas o leyendas y usos del medievo, bien merecen ser narradas ya que fuera de esta pequeña tribu de 40 millones de personas que componen la Organización Mundial del Movimiento Scout es bastante improbable que sean conocidas.

1. El Consejo de Roca.

Esta noche es decisiva para mi, veo a la manada, reunida a lo lejos. Akela siguiendo la tradición inmemorial de los lobos, preside el Consejo subida en lo alto de una piedra especialmente escogida, ni muy lejos, ni muy cerca del cubil y es que las deliberaciones de esta asamblea deben de permanecer secretas, incluso para los pequeños lobeznos como yo.

Pero todos los lobos jóvenes saben desde pequeños, que algún día, terminado su aprendizaje de las leyes de la selva, en el Consejo se hablara de ellos y para bien o para mal, las liberaciones de la manada decidirán su futuro.

¿Esta preparado el joven cachorro para realizar la ceremonia de entrada en la gran hermandad scouts o deberá ser devuelto a Baloo para reiniciar su aprendizaje?.

¿Es el joven cachorro capaz de asumir sus responsabilidades en la caza, o es simplemente un inconsciente y vago Bandar-log, incapaz de no hacer nada provechoso?

¿Es acaso como Ikki, el puerco espín, entrometido y charlatán? ¿o más bien tiene las cualidades de Faona, el mejor lobo rastreador de la manada.?

Tras horas de espera, mi inquietud se trasforma en pánico, cunando mi hermano mayor Hermano Gris, se acerca lentamente a mi para pedirme que me acerque al circulo del Consejo, para oír el veredicto. Lo veo tan serio y circunspecto que me imagino volviendo al cubil con el rabo entre las piernas. Solo algo en su olor me dice que mis temores son infundados y que probablemente seré admitido en la manada.

Llego al circulo del Consejo, todos me miran, pero yo solo tengo ojos para Akela, que desde su elevada posición en la roca levanta la cabeza hacia la luna y lanza un gran aullido, que es contestado con otro parecido por el resto de los lobos adultos y así yo y toda la selva conmigo sabemos que hay un nuevo lobo en la manada.

Buena caza compañero, me dice mi hermano al oído y yo me siento en ese momento una de las personas más felices de la tierra.

Reencuentro

Older woman in wheelchair talking with another person in a living room
An older woman in a wheelchair shares a warm conversation in a welcoming living room.

Cada mañana temprano la veía pasear, acompañada de su cuidadora, por el paseo marítimo. Apoyada en su andador, sus ojos azules escrutaban con curiosidad el entorno. La reconocí enseguida pese a que su pelo antes rubio se había vuelto blanco con el trascurso del tiempo, que había hecho estragos, era evidente, en sus piernas antes tan ágiles. Escruté en mi memoria para calcular su edad: si cuando la conocí era10 años mayor que yo, ahora debería tener 81. De lo que sí me acordaba perfectamente era de su fecha de cumpleaños: 15 de agosto.

No albergaba ninguna duda de que era ella, pero durante mucho tiempo no me atreví a acercarme a saludarla. Su mera presencia cada mañana en aquel paseo costero despertaba dentro de mí una nostalgia abrumadora, y es que yo había estado profundamente enamorado de aquella mujer en otro tiempo y aquel rescoldo que creía ya apagado parecía encenderse de nuevo cada vez que la veía.

Las preguntas se acumulaban en mi cerebro, preguntas para las que no podía tener respuesta, si no me decidía acercarme a ella y presentarme, ¿aún se acordaría de mí? El temor a que no me reconociese me angustiaba sobremanera. Pero había otras muchas preguntas de momento sin respuesta por mi falta de atrevimiento a darme a conocer: ¿continuaba casada?, ¿qué había sido de sus hijos?, ¿por qué abandonó su prometedora carrera artística? Y, sobre todo, ¿que hacia allí, en aquella ciudad del sur, tan lejos de la casa de Pozuelo, donde sabía que había vivido tantos años?

Cuando la recordaba, yo siempre había pensado que cuando fuera mayor y estuviera rodeada, probablemente de nietos, de retirarse a vivir algún lugar, lo habría hecho a tierras del norte. Me la imaginaba coqueta y vivaracha, como había sido siempre, paseando por alguna playa lucense, con algún chiquillo de la mano al que contaba leyendas de mouras o de trasnos, como las que le gustaba narrarnos en nuestras noches de acampada. Pero ahora, por alguna razón desconocida, estaba allí en aquel paseo todas las mañanas y además acompañada de lo que evidentemente era una cuidadora.

Había conocido a Noa en una fiesta en Mondoñedo tras la inauguración de un TPS (Teléfono Público de Servicio), en el año 1976. Por entonces yo era el encargado de representar a Telefónica en este tipo de inauguraciones como adjunto a la Dirección de Comercial de Lugo, una provincia con una orografía tan difícil que solo permitía el establecimiento de las comunicaciones vía radio. Los TPS solían instalarse en el bar de la aldea; un único teléfono que permitía a los habitantes de la localidad un enlace con el mundo, en un momento en que la telefonía móvil apenas empezaba a desarrollarse, de la que hasta ese momento habían carecido. Por eso su puesta en servicio solía celebrarse con una fiesta, casi siempre con una comida o cena. Noa, que por entonces bailaba en una reconocida compañía de baile gallega, participaba junto a su compañía en un espectáculo de danza tradicional con el que cerraba el acontecimiento.

—Agustín, tengo el gusto de presentarte a Noa, la coreógrafa y primera bailarina del grupo que actuará luego —me dijo el alcalde de Mondoñedo, antes de empezar los actos de inauguración.

—Noa, este es Agustín Moreno, el representante en estos actos de Telefónica, continuó con la presentación el edil.

La mujer que tenia delante de mí y que se disponía a darme los dos besos de cortesía acostumbrados en estas ocasiones, me dejó impresionado por su belleza desde el primer momento. Unos preciosos ojos azules, una larga cabellera rubia y el cuerpo escultural de una bailarina, que acercaba en aquel momento su cara a la mía para besarme, aunque fueran solo un par de besos protocolarios, y yo tomado por sorpresa y con el dardo de cupido ya clavado en mi corazón, aunque entonces no lo supiese.

Tuve la inmensa suerte de poder sentarme junto a ella durante la cena y entre plato y plato, además de seguir admirando su belleza, supe que compartíamos puntos de vista y aficiones, ambos tirábamos ideológicamente hacia la izquierda, nos gustaba el senderismo, la lectura de novelas policiacas y el cine de ciencia ficción y lo mejor de todo los dos habíamos sido scouts de pequeños. Así surgió una amistad y en mi caso un enamoramiento que nunca me atreví a confesarle abiertamente, tonto de mí, que duró más de veinte años y que se mantuvo pese al casamiento de Noa, con Joe, su novio de siempre y el nacimiento de su primer hijo.

El traslado de mi amiga a Estados Unidos, contratada como primera bailarina del New York City Ballet, unido a otras circunstancias de nuestras vidas nos fueron poco a poco distanciando, hasta convertirse en las clásicas felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños o en Navidad y fin de año, hasta que, pasado el tiempo, la perdí la pista, aunque en el fondo continué siempre enamorado de ella.

Por eso lo inesperado, dada la situación geográfica y el evidente deterioro físico de Noa, tan distintos a lo que había esperado, reavivaron dentro de mí, nostalgias y recuerdos de este amor nunca correspondido.

—Noa, ¿te acuerdas de mí? Soy Agustín —me atrevo a preguntar a la anciana del andador, ante la evidente sorpresa de su cuidadora. —Mi amiga me mira directamente a los ojos y responde, para mi decepción: Hola, Alejandro, ¿qué haces por aquí?

—Perdónela, señor, pero la señora Noa, ha perdido la cabeza y desde hace tiempo, cuando la saluda cualquier hombre lo confunde con su hijo Alejandro y eso que murió el año pasado. Es usted un antiguo conocido, por lo que veo.

—Sí, fuimos amigos en otro tiempo, respondo mientras triste y cabizbajo me alejo de ambas mujeres.

Agustín Moreno, julio 2025

La sucesión

Snow-covered Moscow Kremlin with Spasskaya Tower beside the frozen Moskva River
The snow-covered Moscow Kremlin glows beneath dramatic winter clouds beside the frozen Moskva River.

El rumor se ha ido extendiendo como una gran mancha negra por la ciudad el Gran Padre esta gravemente enfermo y dada su edad, 97 años, probablemente no tarde mucho en morir.

Hace más de año y medio no se le ha visto en ningún acto publico, aunque tanto los medios oficiales como para oficiales del Partido llevan todo este tiempo negando que “nuestro padrecito” padezca algo más que un profundo agotamiento producto de sus interminables jornadas de trabajo por lo que por consejo de sus médicos esta siguiendo una terapia intensiva de reposo. Solo los miembros del Comité Central sabemos que en realidad nuestro presidente padece un cáncer de hígado con metástasis en los riñones, que le va debilitando poco a poco, aunque conserve todas sus facultades mentales en perfecto estado de revista como solemos decir los militares.

Quizás esa porque soy una de las diez personas, dejando a parte los médicos que le atienden, que conoce la gravedad de Iván Kuznetsov, más conocido como el Gran Padre de la Nación, desde el año 3022 cuando ocupo el poder tras ganar por amplia mayoría las elecciones a la Dieta Federal y formar un gobierno monocolor que no tardo mucho tiempo en convertirse en una dictadura con una reforma constitucional que termino con la prohibición de las demás agrupaciones políticas, no me ha extrañado la llamada a mi puerta de mi dacha a alta horas de la noche de uno de los componentes de la guardia personal de nuestro líder, que me trasmite el deseo urgente del presidente para que nos reunamos.

Llevo ya algún tiempo esperando esta llamada para una conversación inevitable dada la situación, sobre la sucesión en la dirección del Partido y por ende de la Nación, sobre la sucesión en la dirección del Partido y por ende de la Nación, cuando Kuznetsov muera o se le terminen las  A mi y a nadie más que a mi como comandante del nuevo Ejercito Rojo, le corresponde el deber de hacer que este cambio en la jefatura del Estado trascurra de una manera pacifica y ordenada.

Mientras vuelo hacia el Kremlin, en el cómodo asiento trasero del nuevo Senat voy repasando en mi cabeza los acontecimientos históricos que permitieron llegar al poder de la actual Nueva Federación Rusa, al camarada Iván Kuznetsov.

Nuestro actual líder, nació en Moscú en el año 2925, bajo el reinado de los Románov , que habían vuelto al poder de la Federación en el año 2085, cuando el pueblo ruso huérfano del férreo control de la nación ejercido por el presidente Vladímir Vladímirovich Putin termino con su muerte y con Rusia sumida en un caos económico y social por el predomino de las mafias que nombraban y destituían nuevos presidentes de la Republica a su antojo, logro imponer tras un golpe de fuerza impulsado sobre todo por la Iglesia Ortodoxa, la celebración de un referéndum sobre el modelo de Estado en el que salieron triunfadores los partidarios de la vuelta a la Monarquía. Instaurándose así la vuelta de los Zares y la promulgación de una nueva Constitución.

La familia Románov, llevaba pues reinando 840 años a base de mantener un precario equilibro entre la emergente gran potencia la Republica Popular China y la Unión Europea. Ambas interesadas en tener un vecino débil y ordenado, cerca de sus fronteras y que no les estorbase en sus guerras comerciales con Estados Unidos. No obstante, desde principios del 2900, esta política empezó a ser puesta en tela de juicio por el auge creciente del nacionalismo pan eslavo y la vuelta entre los intelectuales rusos a ciertas revisiones de las aportaciones para el país de la Revolución de 1917.

Nuestro Gran Padre hijo de un rico fabricante del hardware del motor de la mayoría de los coches voladores que había en el mercado demostró ya desde la enseñanza primaria su carácter dominante y en ocasiones violento lo que le llevo en varias ocasiones a ser expulsado de varios de los mejores colegios moscovitas acusado de bullying contra algunos de sus compañeros, circunstancia que por cierto a sido ocultada hábilmente en su biografía oficial. Su padre bastante desesperado ante tanta expulsión ingreso por la fuerza a su hijo, con tan solo 15 años en una de las más duras escuelas preparatorias para el ingreso en las Academias Militares del ejercito zarista.

Según cuenta, Iván Kuznetsov, en uno de sus libros más conocidos: Como lo hicimos. Su paso por la escuela preparatoria y su posterior ingreso en la Academia Militar del Cuerpo de Ingenieros, donde termino licenciándose como el primer cadete de su promoción, le sirvieron entre otras cosas para darse cuenta de la profunda podredumbre moral a la que estaba conduciendo la monarquía a la Federación Rusa.

Los Románov, a pesar de sus éxitos innegables en el plano económico, parecían haber olvidado intencionadamente el gran papel que Rusia había jugado en la política mundial en el pasado, y se conformaban con tal de seguir reinando, en ser una mera potencia de tercera clase que había aceptado casi sin rechistar convertirse en una marioneta de los intereses espurios de China, como lo venia demostrando la penetración de los naturales de este país asiático en los Consejos de Administración de nuestras mejores empresas. Y el como nos habían obligado a intervenir como sus aliados militares en su política expansionista en África, lo que habia terminado con la imposición de duras sanciones contra nuestro país por parte de la Unión Europea, con el beneplácito implícito de Estados Unidos, nuestro supuesto aliado.

Kuznetsov, impregnado cada vez más de este desprecio por la monarquía, termino por afiliarse, siendo ya capitán, al clandestino partido, pan eslavo, Por la Grandeza de Rusia, lo que termino obligándole al ser descubierto a exiliarse en Suiza en el año 2998.

Fue precisamente en ese país, donde nos conocimos mientras asistíamos a unas clases en la universidad de Zúrich, sobre el papel de la disuelta Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial en el Siglo XX, impartidas por un conocido profesor que revindicaba el papel que jugo Stalin y el Ejercito Rojo en la victoria sobre el fascismo.

Estas clases junto a la lectura apasionada de las obras completas de Lenin, en un grupo expresamente creado, para ello, entre los componentes de la numerosa colonia rusa de la ciudad suiza, nos llevo pronto a la idea de la refundación del antiguo Partido Comunista.

Lo que, en la fecha de su fundación en el 3001, en una cervecería suiza, parecía una utopía impulsada por el idealismo de unos pocos exiliados, fue cobrando cada vez más fuerza dentro de Rusia, gracias al descontento entre la juventud rusa creado por la falta de oportunidades para los jóvenes que veían que cada vez más los puestos de trabajo mejor remunerados eran ocupados por ciudadanos de origen chino junto con el profundo malestar que creo entre nuestros compatriotas la llamada a la movilización general para entrar nuevamente en guerra contra Japón, forzados por nuestra alianza con nuestro vecino asiático. Hizo que nuestro partido comunista y sus promesas de volver a nuestro país a ser una potencia mundial nuevamente tuviese cada vez más partidarios en nuestro país, lo que nos llevo en menos de 21 años a ocupar el poder.

“Bueno ya esta bien de recuerdos”, me digo a mi mismo, al llegar a la entrada del Kremlin. “Tienes que aprovechar el idealismo del camarada Kuznetsov, en tu propio beneficio, para poder apartar de su cabeza los nombres de tus competidores en su sucesión”. “Has de seguir machacando al viejo con la idea de que solo un líder resolutivo y capaz de analizar críticamente las soluciones que para los problemas de la Federación propongan los miembros del Comité Central”. “Solo así, as de insistirle perdura en el tiempo su gran obra”.

“Y mientras voy pensando en la estrategia que utilizare en mi conversación con el Gran Padre de la Nación. Tengo en cuenta mi ultima baza en el caso de no ser yo el elegido, soy el comandante en jefe del Ejercito Rojo y nada impresiona más a las masas que un despliegue de las fuerzas militares en las calles”.

Mi investidura como Rover

Un grupo de scouts en una actividad al aire libre

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

La cita

Couple kissing at sunset overlooking a river valley and town
A couple shares a kiss overlooking a river valley as the sun sets.

Había una vez una joven llamada María, una mujer liberada y segura de sí misma que disfrutaba de su sexualidad sin tabúes ni prejuicios. Un día, conoció a Juan, un hombre atractivo y misterioso que despertó en ella un deseo ardiente que no podía controlar.

Desde el primer momento en que se vieron, la química entre María y Juan fue indiscutible. Se encontraban en una fiesta y, sin decir una palabra, se buscaron con la mirada y se acercaron el uno al otro. La tensión sexual era palpable, y ambos sabían que no podían resistirse a la atracción que sentían.

Sin mediar palabra, Juan tomó la mano de María y la llevó a un rincón apartado de la fiesta. Allí, se miraron fijamente a los ojos y se dejaron llevar por la pasión que los consumía. Se besaron con intensidad y se entregaron el uno al otro sin reservas.

La ropa cayó al suelo y sus cuerpos se fundieron en un abrazo apasionado. María gemía de placer mientras Juan la acariciaba con maestría, explorando cada rincón de su piel y llevándola al límite del éxtasis una y otra vez.

La noche pasó entre susurros, gemidos y suspiros de placer. María y Juan se entregaron por completo el uno al otro, explorando sus deseos más profundos y cumpliendo todas sus fantasías más eróticas.

Al amanecer, se despidieron con una sonrisa cómplice y la promesa de volver a encontrarse para repetir una y otra vez aquella noche de pasión desenfrenada. Desde entonces, María y Juan se convirtieron en amantes apasionados, explorando juntos los límites del placer y disfrutando de cada instante que pasaban juntos.

Agustín, agosto 2006

La Noche de Reyes

Three Kings parade with ornate floats, horses, costumed participants, and cheering crowds
Crowds celebrate as ornate Three Kings floats move through a brightly lit city street.

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No sé qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

Esa chica que tengo en la cabeza

Young woman with blonde hair smiling sitting at an outdoor café with people and plants in the background
A young woman smiling warmly while sitting at an outdoor café.

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

¾A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  ¾me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Agustín Moreno, abril 2026