Octubre

Smiling baby girl with curly hair sitting on a knitted blanket indoors
A joyful baby with curly hair sits on a cozy blanket smiling brightly

El final de octubre cambió mi vida para siempre, sencillamente porque el día 31, a las nueve de la mañana, nació mi hija Eva.

Cualquiera que haya sido padre o madre podría confirmar que esta aseveración no es de ninguna manera algo dicho al azar. A lo largo de la existencia puedes cambiarlo casi todo: el lugar de residencia, tu forma de ver las cosas, de religión e incluso de pareja, pero no el hecho de haber contribuido a traer una nueva vida al mundo.

Desde aquel día han pasado muchos octubres, tantos como que Eva me ha hecho abuelo, otro estadio de la vida que te recuerda, lo quieras o no, que te vas haciendo mayor.

De la madrugada de aquel 31 de octubre, me acuerdo sobre todo de lo mal que lo pasó mi exmujer pues el parto no pudo ser más natural, casi veinticuatro horas trascurridas desde que empezaron las contracciones a las 10 de la mañana del día 30, estando ella en su trabajo, para susto del médico de empresa que la atendió en primera instancia, hasta el momento en que la matrona decidió, a eso de las ocho de la mañana, que la dilatación del cuello del útero era suficiente para bajarla al paritorio.

Sé por experiencia, que no hay algo más antipático para muchas “parteras” que atender a una primeriza a la que el obstetra, que terminó su turno a las tres de la tarde, ha dejado internada tan solo en observación; sobre todo si, como es el caso. la clínica es privada y nadie se va a atrever a llamar al galeno a menos que surja una verdadera urgencia, cosa que afortunadamente no ocurrió. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es vivirlo en directo cuando tienes a tu mujer al lado en la cama y la ves pasarlas “putas”, perdone el lector la expresión, sin poder hacer nada más que recordarle que respire como nos enseñaron en las clases de preparación al parto.

Como en aquella época todavía no se permitía la presencia del padre en el paritorio, me tocó esperar nervioso en la habitación, hasta que la trajeron a eso de las 9.30, medio atontada todavía, con un pequeño ser envuelto en una toquilla y con un gorrito cubriéndole la cabeza. El obstetra, esta vez presente junto a la matrona, me dijo “Agustín, ahí tienes a tu hija”; “el parto ha ido perfectamente, aunque nos ha costado un poco de trabajo dado el peso de la niña, cerca de los tres quilos y medio”, “felicidades”. Y tras echar la parrafada, abrió la puerta y se marchó sin dejarme hacerle ninguna pregunta.

Por su parte, la matrona, ahora mucho más humana que la “bruja” que apenas hacia caso a nuestras llamadas nocturnas, me animaba a coger en brazos a Eva, mientras me advertía “cójala con cuidado y sobre todo cuidado con la cabecita”. “Felicidades, ya ve que es una chica muy guapa”, añadió.

Con pulso tembloroso y mucho miedo, tuve por primera vez en brazos a aquel ser diminuto y de carita arrugada y con lagrimas en los ojos besé a mi hija por primera vez.

Pasado el tiempo vinieron los primeros balbuceos, las primeras carreras a gatas por la casa y poco a poco las primeras palabras. Y luego los madrugones matutinos para dejar a Eva en la guardería, pero también los primeros “mocos”, las primeras anginas, las visitas a urgencias del Hospital del Niño Jesús cuando le subía mucho la fiebre y no sabíamos muy bien qué hacer.

La primaria, la EGB, la adolescencia inaguantable, la Selectividad, la universidad, la licenciatura, su primer trabajo como enfermera en un hospital y por último, de momento, su maternidad. Cerrando todo un ciclo para empezar otro nuevo.

Por eso octubre es para mí desde entonces un mes mágico y a la vez agridulce. Mágico porque me recuerda el nacimiento de Eva y agridulce porque su llegada a la maternidad pone de manifiesto, incluso más que mi propio cumpleaños, que la vela de mi vida se va quedando poco a poco sin cera.  

  

Incontinencia

A man leaning his head against a large tree trunk in a park during autumn
A man quietly stands with his head resting on a large tree in a peaceful autumn park.

El señor Matin, se levanto con la vaga idea de que algo malo podía ocurrirle, preocupado y muy nervioso, desayuno con prisas y salió a la calle.

Allí se encontró con Marina su vecina que como el iba a la compra. Hola Marina -le dijo-

Hola, -contesto ella.

-Que tal tu día.

-Muy bien y tú.

-Tan bien. ¿Vas a la compra?

-Si, te acompaño.

Y allí fueron los dos. Mientras estaban en la cola de la pescadería a Matin le entraron ganas de orinar. Tan fuerte eran sus ganas que se hizo pis en los pantalones empapándose, pantalón y calzoncillos. ¡Oh mierda¡, exclamo y como salgo ahora fuera sin que se note. Tapándose con las manos, acudió presuroso a un puesto de prensa próximo, compro un periódico que coloco delante de su ropa mojada y de esta guisa volvió a la cola de la pescadería.

Su vecina que estaba allí se volvió hacia el y se dio cuenta de que tenia los pantalones mojados a pesar de los esfuerzos de Martin por disimularlo con el periódico.

Pero Martin, no te da vergüenza mearte en los pantalones -dijo- Ya eres mayorcito. Es que padezco de incontinencia -dijo el-. La mujer asqueada se alejo de el y desde entonces su vecina no ha vuelto a dirigirle la palabra.

Distopía lucense

Medieval stone castle walls and towers overlooking a sunset-lit town with people walking on a pathway
A historic fortress and old town at sunset with glowing golden light

Hoy, como todos los días, la voz femenina de mi asistente personal me ha despertado a las 7:30 con su habitual. “Buenos días, Agustin, es hora de levantarse, hoy no tienes compromisos pendientes”.

—Buenos días, Geni, ¿me puedes decir qué tiempo va a hacer hoy? —le he contestado.

—Hoy, en Lugo capital, se esperan temperaturas máximas de 15º y mínimas de 6º. El día estará nublado con lluvias intermitentes, que cesaran a lo largo de la tarde. ¿Puedo ayudarte en algo más?

—Sí, Geni, ponme a Sabina en el cuarto de baño. Hoy me apetece escuchar música mientras me ducho.

Dada la orden, ha empezado a sonar Calle melancolía en los altavoces instalados en el cercano cuarto de baño. Mientras me dirijo a la ducha voy pensando en lo distinto que era el mundo antes de que aparecieran estos aparatos, que, con una simple petición expresada en voz alta, son capaces desde encender y apagar las luces de una habitación concreta, ponen tu música preferida o narrarte las noticias del día entre muchas otras cosas.

Terminado mi aseo personal y ya vestido y desayunado, a eso de las ocho, me dispongo a salir hacia el trabajo consciente de que como siempre voy un poco tarde. Al fin y al cabo, aunque es un trayecto corto, tengo que cruzar casi toda la ciudad hasta llegar al nuevo centro de calculo que mi empresa ha abierto muy cerca de la antigua central de Telefónica.

Al ir a salir a la calle oigo a mis espaldas de nuevo la voz melodiosa de Geni: “Agustin, no te olvides el paraguas que va a llover”.

Entro en el centro de la ciudad atravesando la Porta de Santiago camino de la Plaza Mayor, con prisas y pensando en el nuevo algoritmo que estamos creando para la Universidad de Santiago, pero con la extraña sensación de que alguien a mis espaldas me está metiendo prisa. “Agustin, date prisa que te están esperando”, parece decirme ese desconocido, con voz autoritaria, al que cuando vuelvo la cabeza no consigo distinguir, entre la multitud de oficinistas, que como yo caminan apresurados hacia sus respectivos trabajos. Pienso, por un momento, que esa extraña voz que parece perseguirme es fruto del estrés que me está produciendo la creación del algoritmo ya que tiene que estar terminado antes de final de mes. No le doy más importancia, aunque de forma reiterativa y hasta que por fin llego al trabajo continúo escuchándola.

Ya en el Centro, mi jefe me mira con cara enfurruñada —“Tarde como siempre, matemático, ha este paso no vais a cumplir con el plazo de entrega”, —me dice, y es entonces cuando reparo en que su forma de hablar, dada su entonación, es idéntica a la de la voz que vengo escuchando desde que crucé la Porta de Santiago.

—No se preocupe, Joaquín, que mi equipo y yo casi estamos acabando —le respondo, mientras pienso: maldito enchufado, si no fueses pariente del ministro no estarías dirigiendo este cotarro cuando no tienes ni idea de matemáticas.

—Geni, enciende mi ordenador, por favor —le digo al asistente personal, idéntico al que tengo en casa. —Ya sabes mi clave: QXXXY116. Mientras mi asistente abre mi ordenador, le hecho un vistazo a la portada del Progreso de Lugo, que alguien, no se quien, ha dejado sobre mi mesa. Abre la edición un gran titular en portada: EL AYUNTAMIENTO APRUEBA LA INSTALACION DE CÁMARAS DE RECONOCIMIENTO FACIAL.

En el último pleno municipal el partido gobernante, pese a la oposición de la izquierda, aprueba por mayoría la instalación de cámaras con reconocimiento facial de los transeúntes en las calles del municipio —leo, pero como el ordenador ya está en marcha dejo el periódico a un lado para empezar a trabajar.

—Geni, abre el programa de multiconferencias y ponme, por favor, en línea con Alejandro y Marisa.

—¿Quieres leer antes el correo? —pregunta la asistente, habituada como está a mis rutinas de trabajo cotidianas.

—No, déjalo para después —le respondo.

No pasa ni medio minuto y ya tengo delante las caras de mis colaboradores. Alejandro, que se conecta desde el Centro de Cálculo de Zaragoza, y Marisa, que lo hace desde su despacho en la Facultad de Ciencias de Universidad de Santiago.

—Bueno, muchachos, creo que estamos atascados en la clasificación de los cambios neuronales —digo.

—Yo creo, que no es tanto en la clasificación, sino en cómo hemos programado la clasificación —responde Alejandro.

—Sí, quizás el problema está en la programación de la matriz. Lo que es seguro es que la información aportada por las resonancias cerebrales de los voluntarios está convenientemente agrupada —interviene Marisa.

—Entonces y si tenéis razón, solo se me ocurre cambiar los vectores de la matriz, volteándolos y ver qué pasa con la clasificación. ¿Estáis de acuerdo? —les propongo.

—Sí, podemos intentarlo —responden los dos casi al tiempo.

—Pues, a trabajar. Yo me encargo de la nueva vectorización y su volteo, mientras vosotros dos le dais una nueva vuelta a lo que llevamos hecho por si encontráis más errores, ¿de acuerdo?

—Sí, de acuerdo —responden.

—Pues, adelante y mañana probamos la nueva vectorización, a ver si hay suerte. Adiós.

— Adiós —contestan, mientras sus caras desaparecen de la pantalla.

Le pido a Geni que abra el programa donde está situado el algoritmo y me pongo a trastear con los vectores. Liado durante toda la mañana con la dichosa matriz, se me olvida de nuevo leer mi correo electrónico, por lo que no me enteraré hasta llegar a casa de la notificación perentoria que he recibido del Ayuntamiento. Y probablemente no me hubiese puesto a repasar mi correo en casa si no fuese porque la misma voz perentoria de esta mañana no me hubiese estado repitiendo, otra vez a mis espaldas y otra vez sin que lograse identificar la fuente de donde provenía, “Agustín, tienes que leer tu correo”. Así que nada más llegar a mi domicilio me he sentado delante del ordenador que tengo siempre encendido invernando por comodidad y le he pedido a mi asistente virtual que abriese y me leyese mis correos.

—Geni, abre el programa de correo y léeme los emails.

—Solo tienes un correo en tu bandeja de entrada −me responde mi asistente.

“Qué raro”, pienso, “solo un email, en la bandeja de entrada, cuando suelo recibir 20 o más correos al día”. Algo está pasando con el servidor. El correo y su contenido perentorio me dejan aún más extrañado:

Requerimiento urgente del Excelentísimo Ayuntamiento de Lugo.

Registro biométrico.

Según la ordenanza municipal 21/2/2025. Se le conmina a presentarse en un plazo no mayor de 48 horas en las oficinas del Registro biométrico de Ciudadanos, para el procesamiento de sus datos.

El incumplimiento de esta notificación supone según el artículo 2 de la citada ordenanza la exclusión de sus datos personales del padrón municipal y la pérdida de los derechos asociados.

Lugo, 3 de marzo del 2025

Ramón Manchón

Inspector jefe de Seguridad Ciudadana.

“Qué extraño”, me da por pensar, “no tenía ni idea de la existencia de esta Ordenanza y nadie me ha comentado nada al respecto cuando parece referirse a todos los habitantes de la ciudad”.

—Geni, pregunta al programa de IA lo que sabe sobre esta ordenanza.

—Aquí tienes la respuesta —me contesta mi asistente.

La ordenanza municipal 21/2/2025, para el registro obligatorio de los parámetros biométricos de las personas empadronadas en la Ciudad de Lugo fue aprobado por el pleno municipal en su reunión del 15 de enero de este año.

La idea llevada al pleno por el equipo de gobierno de la ciudad se fundamenta en razones de seguridad ciudadana y sigue, en su redacción, decretos similares de muchas ciudades norteamericanas.

Contestada por la oposición no solo de la ciudad, sino incluso a nivel nacional, ha sido recurrida por los partidos de izquierda ante el Tribunal Constitucional.

“Por qué no me enterado de nada de esto”, me pregunto, “no es posible que haya estado tan metido en mi trabajo, que no me haya enterado de nada, ni siquiera escuchando por la radio las noticias cada día”.

—Geni, marca el teléfono de Marisa. Marisa, que es amiga mía, ejerce de portavoz en el grupo municipal de Izquierda Lucense en el Ayuntamiento y quizás pueda darme una explicación de lo que está pasando.

El teléfono al que usted llama está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje al escuchar la señal, —se escucha por el altavoz la voz metálica del contestador de Marisa, algo inusual en ella porque dado su cargo siempre lo tiene encendido.

—Geni, marca el teléfono de la sede de Izquierda Lucense, por favor.

 De nuevo, el teléfono, esta vez de la sede del partido, repite con voz metálica el mismo mensaje: el teléfono al que usted llama está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje al escuchar la señal. Esto sí que es imposible, parece como si alguien no quisiera que hablase con ningún componente de la izquierda del municipio.

—Geni, parece que estoy incomunicado por alguna razón, reinicia el servidor y pásale el antivirus.

—Lo siento, Agustín, pero me han pedido que no ejecute nada de lo que me estás pidiendo que haga —me responde con una voz desagradable y desconocida mi asistente.

—No te reconozco. ¿Quién te ha pedido que incumplas mis ordenes?

—El Inspector jefe de Seguridad Ciudadana, y por cierto a partir de ahora llámame Ramón.

Olores

Crystal perfume bottle labeled Aurora Blossom with white flowers and pearl necklace on wooden dresser
A crystal perfume bottle labeled Aurora Blossom sits on a wooden dresser beside white flowers and a pearl necklace.

Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.

Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.

Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.

Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”

Botones y Mensajeras

Three hotel bellhops in maroon uniforms with bow ties and hats standing in a hotel lobby
Three hotel bellhops stand in the elegant hotel lobby ready to assist guests

1 presentaciones

– Hola, ¿eres nuevo?

Si.

– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?

Agustín.

– ¿Y con quien te han puesto?

Con el director general y el secretario del Consejo.

-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.

-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.

– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.

– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.

Hasta mañana.

Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.

La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.

Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.

Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.

Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.

Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.

2. En la escalera

– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.

Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.

– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?

Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?

– Jo, como se nota que eres nuevo.

– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.

– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.

– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.

– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.

3. El examen

-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.

¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?

– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.

-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?

Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.

-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.

-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.

-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.

4. Registro

-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.

– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.

– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.

Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.

Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.

– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.

-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.

Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.

Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.

Botones y Mensajeras

1 presentaciones

– Hola, ¿eres nuevo?

Si.

– Me llamo María y soy la encargada del reparto de correspondencia en esta planta. ¿Tu cómo te llamas?

Agustín.

– ¿Y con quien te han puesto?

Con el director general y el secretario del Consejo.

-Vamos con el Sr. La Calle y el Sr. Soler, no seas tan formal chico, que aquí dentro se les suele llamar por su nombre más que por sus cargos.

-Dentro de lo que cabe has tenido suerte, pero ten cuidado con Ángela la secretaria de Soler, que muchas risitas por aquí y por allá, pero a la primera de cambio ya se está quejando del botones a Rupérez el encargado.

– Bueno me marcho, que aún me queda correo por entregar.

– Hasta mañana y lo dicho encantada de conocerte.

Hasta mañana.

Este fue mi primer contacto con una mensajera, el equivalente adolescente pero chica a nosotros los botones todos igual de adolescentes, pero chicos.

La diferencia de genero traía, como era de esperar y sobre todo en aquellos años de finales de los sesenta y principios de las setenta marcadas diferencias, entre las chicas de nuestra edad y nosotros los chicos.

Quizás la más notable a primera vista era la diferencia de número, habría por aquel entonces unas cincuenta mensajeras, mientras que los botones solo éramos unos quince.

Tal diferencia numérica, se explicaba a pesar de que las funciones que realizábamos en el fondo tendían a ser muy parecidas, cuando no iguales, en el diferente estatus dentro de la burocracia de aquel edificio de trece plantas, que ocupábamos los varones frente a nuestras compañeras.

Los botones estábamos destinados a ocupar y prestar nuestros servicios solo y únicamente, en la Planta Nueve, la planta donde tenían sus despachos el presidente de la Compañía y sus directores generales, o bien en el privado, llamado así porque se correspondía con un ascensor reservado para los altos cargos y sus visitantes y al que se accedía por una disimulada puerta situada en un lateral del edificio.

Mientras nuestras compañeras, estaban distribuidas por el resto de Los departamentos al “servicio” de lo que cualquier jefecillo de sección quisiera mandar.

2. En la escalera

– Hola Agustín, ya veo que te han mandado a por los cafés de media tarde.

Hola María, si ya ves, me han dado esta bandeja y un papel con la comanda, no me han dado más explicaciones, solo que baje a la cafetería de la planta seis y que allí me los servirán.

– ¿Es la primera vez, que bajas al reino de las telefonistas?

Si, ¿pero porque llamas a la sexta el reino de las telefonistas?

– Jo, como se nota que eres nuevo.

– Ya veo que no sabes, que en este edificio existen dos plantas: la quinta y la sexta, donde trabajan solo mujeres y al que tienen prohibido el acceso los hombres, menos los mecánicos de mantenimiento y vosotros los botones.

– Por eso todo el mundo llama a las dos plantas el reino de las telefonistas.

– Siendo nuevo, te espera una buena, un hombrecito tan joven y con ese uniforme tan chulo, allí parado como un pasmarote en medio de la sala de descaso, será un motivo de atención y rechifla inmediatas y no te extrañe que mientras hagas el “paseíllo”, cargado con la bandeja de café, crucen apuestas haber si llegan sanas y a salvo todas las tazas y las jarras hasta la puerta del ascensor.

– No te preocupes demasiado con el tiempo te acostumbras.

3. El examen

-Por cierto, sabes que a mi casi no me admiten a trabajar, porque a duras penas llegaba con los dedos a los extremos de la centralita. Menos mal que con un poco de esfuerzo conseguí colocar las últimas dos clavijas en su correspondiente posición.

¿Qué raro, a mí no me sometieron a esa prueba, basto con el dictado sin faltas y los problemillas de cálculo?

– Pareces tonto chaval, de un hombre no esperan que cuando tenga los 18 años promocione a telefonista, lo cual por otro lado es imposible ya que es un oficio reservado en la Casa a las mujeres. De vosotros se espera que terminéis siendo mecánicos, o administrativos.

-Ahora que yo, ya le he dicho a mi padre de telefonista nada, aprendo mecanografía y algo de taquigrafía y me hago administrativa, que prefiero estar ocho horas ligada a una máquina de escribir, que seis sentadas frente a una centralita y sus clavijas, ¿qué sino fuera tan esclavo su trabajo, crees que tendrían el horario tan reducido?

Pues a mí me dijeron en personal que si al final octava por la rama administrativa, me preparase en contabilidad y cosas así.

-Pues claro, tonto, has visto algún hombre en esta casa escribiendo a máquina.

-Pásate un día por la segunda planta y pregunta por la mecanizada, te encontraras con muchas mujeres escribiendo a máquina como posesas y es si un hombre, tocándose las narices como jefe.

-Bueno me marcho con mi correo y que no viertas mucho café.

4. Registro

-Agustín, tienes que llevar una carta a Serrano 52, para el Sr. Rebollo, me interpela Adelaida la secretaria del director general.

– Como hay prisa te coges un taxi y le dices que te espere, mientras te dan la contestación.

– Bájate a Registro, el sitio donde se recoge la correspondencia y le dices al Sr. Ibáñez que te dinero para el taxi, que vas de nuestra parte.

Cojo el ascensor y me bajo en la Planta Baja, allí situado cerca de la puerta está el Departamento de Registro, otro reino de mujeres, en este caso de mensajeras, comandado por un hombre con fama de desagradable, Ibáñez, entro cortado como siempre y mientras camino hasta la mesa del jefe para que me del dinero del taxi, me siento asaeteado por las miradas disimuladas de mis doce compañeras, que colocan sin prisa pero sin pausa las cartas de entrada en sus correspondientes casilleros para su reparto. Allí está también María, preparando su reparto de media tarde, me sonríe, pero en seguida baja la cabeza, aquí no les está permitido hablar con los botones. No vaya a ser que se despisten al clasificar, al menos ese es el pretexto.

Sr. Ibáñez, que bajo de la nueve, para que me adelante dinero para un taxi.

– Uf, protesta el jefecillo, vosotros siempre igual montados como señores de taxi en taxi, que bien os podían mandar en metro digo yo.

-Bueno aquí tienes treinta pesetas para la carrera, ya sabes nada de propinas y me traes el justificante.

Mientras escucho las instrucciones, pienso para mí, que suerte ser botones, al menos de vez en cuando salgo de este edificio, si fuera mensajera estaría condenada a no salir nunca en horas de trabajo, es inconcebible que una chica ande sola por la calle.

Me marcho al recado, mientras siento en la nuca el cosquilleo de doce ojos y la sonrisa de María.

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra está ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio público, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del número 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no sé si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenía carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacía por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenía patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacía lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenía su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

El refugio

Este fin de semana decidí visitar de nuevo la Laguna Grande de Peñalara a la que hacía más de treinta años que no había vuelto. Mi idea inicial era la de realizar el trayecto en dos etapas, como tantas veces había hecho de adolescente. Subir hasta el viernes hasta Cotos en el tren de cercanías que parte de la estación Cercedilla. Iniciar la marcha por el inclinado sendero de cabras hasta llegar al filo de las ocho y media de la tarde hasta el viejo refugio de Zabala, pernoctar en él. Al mañana siguiente bien desayunado seguir el camino que conduce a la Laguna Grande y si tenía tiempo y ganas acercarme un momento hasta la próxima Laguna de los Pájaros, para volver de nuevo a Cotos el sábado por la tarde antes de la llegada de los “domingueros”.

Aquellas lagunas y sobre todo el refugio habían tenido en la adolescencia un aura casi mágica para mí, tan aficionado como he sido siempre a las viejas leyendas sobre los habitantes espectrales o no que pueblan bosques y lagos. Sobre todo, desde aquella noche de comienzos en que pude percibir, mientras estaba sentado fumándome una pipa a uno de aquellos seres legendarios: una Dríada o ninfa de los bosques.

Según recuerdo en esa excursión de septiembre venían conmigo Mirella, Miguel Ángel y José Luis, acompañantes habituales de mis escapadas a la Sierra. Salimos de Madrid un jueves por la tarde porque teníamos intención de bajar al pueblo segoviano de La Granja desde la Laguna Grande, una marcha de unos 30 Km, desde el puerto de Cotos, para la que necesitaríamos al menos dos días de caminata.

Llegamos relativamente pronto al refugio, lo que nos permitió elegir con tranquilidad donde extender nuestros sacos de dormir, por aquel entonces dentro de aquella pequeña construcción de piedra había una tarima de madera que ocupaba toda la pared del fondo, y allí los montañeros tempraneros desenrollaban los sacos para poder dormir aislados del frio suelo de cemento. Cansados como estábamos después de un día entresemana en el que tuvimos que asistir a clase antes de juntarnos a las seis de la tardeen la estación de Atocha para emprender nuestra excursión, una vez instalados nos dispusimos a cenar. Cena que para mí desgracia terminamos con varias tazas de café, calentadas en el campin gas, bien regaditas con el orujo traído de Santander que siempre aportaba Mirella después de sus vacaciones de verano. Y digo para mi desgracia porque los dichosos carajillos empezaron a pasarme factura a eso de las tres de la madrugada, en forma de una sed insoportable, que me hizo descorrer la cremallera del saco, ponerme las botas y el anorak y después de beberme el agua de casi toda la cantimplora, salir a fumar fuera del refugio para no molestar a mis compañeros.

Me senté fuera, cargué la pipa y justo en el momento de encenderla, comencé a escuchar una melodía que parecía provenir de lo alto de una de las grandes piedras de granito que rodeaban la zona. Extrañado levante la mirada y me lleve un susto tremendo al ver encima de la roca la figura de una mujer de larga cabellera que, vuelta de espaldas a mí, en lo que parecía por la cadencia del sonido, interpretaba con una flauta una dulce melodía que sonaba arrullándome al sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Poco a poco la melodía fue tranquilizándome hasta el punto de que me empezaba a quedar dormido.

Solo cuando paro la música, casi de repente, me di cuenta de dos cosas: que la figura había desparecido y que yo empezaba a quedarme frio. Volví a meterme en el refugio, entre en el saco donde estuve rememorando hasta bien entrada la madrugada las dulces notas de la melodía, que han quedado ancladas para siempre en mi memoria.

A la mañana siguiente, un cierto pudor me impidió contar nada de mi visión a mis compañeros; lo que no evitaba que cada vez que pernoctábamos en Zabala, yo saliese de madrugada a ver si tenía la suerte de ver a la Dríada, cosa que no ocurrió nunca más.

De ahí mi afán de aprovechar la estancia en Madrid para repetir la excursión a la Laguna haber si esta vez tenía suerte y me encontraba de nuevo con la ninfa de los bosques. Cogí como siempre en Atocha el tren de Cercanías que me llevaría hasta la estación de Cercedilla, para después enlazar con el ferrocarril de montaña con parada en Cotos, allí comenzaba el sedero conocido desde siempre como el Camino del Agua, cuyo inicio, que yo recordaba como un sendero de cabras, se había convertido en una senda hecha con tablas que conducía hasta una caseta de información, con un anexo de piedra para refugio de los guardas forestales, según supe después.

Lleno de curiosidad ante aquellas novedades, entré en la caseta, donde una chica muy amable, sentada tras un pequeño mostrador, al saber que pretendía visitar las lagunas, me señaló con un lápiz sobre un mapa la ruta a seguir para alcanzar la Laguna Grande y me explicó que aquella zona era de acceso restringido a no más de 250 personas al día, por ser un espacio protegido desde que el 15 de junio de 1990, fue declarado parque natural por el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Añadió que había tenido mucha suerte “porque hoy, al ser día laborable el cupo de visitantes no estaba ni mucho menos cubierto y podría entrar libremente”, aunque tenía que abandonar la zona antes de las 22 horas.

Sorprendido ante tanta limitación, le pregunté por el refugio de Zabala y si había alguna forma de pernoctar en él. La muchacha, algo estupefacta ante mi pregunta, me dijo que “el viejo refugio había sido reconvertido en una estación meteorológica”.

—Entonces, ¿no hay forma de acampar una noche en el parque? —pregunté algo desencantado.

—Solo con un permiso expedido por la Consejería de Medio ambiente, que no suele concederlo más que a montañeros federados —me contestó.

—Gracias por la información. Ha sido usted muy amable, le dije saliendo de la caseta, tan desencantado, que no tuve ganas de seguir con la subida a la Laguna.

De vuelta a Madrid, me prometí a mí mismo que nada más volver a Málaga me haría socio de algún club de alpinismo para poder regresar a Peñalara con todos los papeles en regla, porque algo me decía en mi interior que la Dríada me estaba esperando para encantarme de nuevo con la melodía de su flauta.

Nunca lo tuve claro

Therapist and woman engaged in a counseling session in a cozy room
A therapist attentively listens to a woman during a counseling session.

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra esta ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron como lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio publico, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del numero 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no se si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenia carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacia por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenia patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacia lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo  de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenia su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

Los ojos del Guadiana

Colorful bouquet resting on a log by a river with mountains at sunset and a canoe on the water
A vibrant bouquet rests on a log overlooking a serene river at sunset with mountains in the background.

Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.

No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la ultima vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.

Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.

 Tu melena rubia algo revuelta y una cierta acitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.

Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.

Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.

A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.

 Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconovimos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.

Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.

Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.

 Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.

El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por ultimo, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.

Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.

Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.

Mi investidura como Rover

Young Boy Scout walking on forest trail carrying a staff and wearing uniform
A young Boy Scout happily hiking along a wooded trail with friends behind him.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

La esfera

Bright glowing star with a soft halo against a black background
A bright glowing star radiates light in the darkness of space.

Acabamos de recibir de neurología los resultados del escáner cerebral de Juan. El informe muy detallado del neurólogo viene a concluir que los continuos delirios de nuestro paciente tienen como posible origen un abultamiento esférico situado a mitad de camino entre el sistema límbico del sujeto y su córtex frontal; con ramificaciones axiales que lo conectan, tanto con las áreas de conocimiento como de las emocionales del sujeto, estando también afectadas las partes que procesan el habla y los recuerdos.

“En cuanto a la esfera en sí misma —continúa el neurólogo en sus conclusiones—, examinados los cortes tanto axiales como sagitales, parece estar constituida por ocho células idénticas en tamaño y forma, parecida a una mora, como las que constituyen la mórula del embrión humano en los primeros momentos de división celular”, descartando, “cualquier posible intervención quirúrgica sobre el citado abultamiento, sin poner en serio riesgo la vida del paciente”.

Ante un informe tan categórico del departamento de neurología, decidimos en sesión clínica, y dado el poco efecto que los antipsicóticos hacían para detener los delirios de Juan, intentar abordar su curación por medio de sesiones de hipnosis, que al menos nos permitieran entrever de forma más ordenada lo que eran en las expresiones cotidianas del paciente, una verborrea desordenada de fragmentos de sustantivos y adjetivos, con una aparente desconexión entre los mismos. Quizás, pensábamos, una ilación más ordenada de los delirios nos permitiría, aparte de comprenderlos, intentar aminorarlos con algún tipo de psicoterapia.

Las sesiones de hipnosis con Juan se revelaron bastante complicadas, ya que tratar de hacer que el paciente entrase en un estado de relajación profunda era como tratar de timonear un barco en medio de una tempestad. A cada intento del terapeuta de que el paciente se fuese relajando, éste respondía, agitado, con una serie de sustantivos aparentemente inconexos: tierra, Lucy, bacteria, sol, mar, cielo, cueva, pintura, Manuela, madre, división, etcétera. Y así una y otra vez, con periodos de mutismo intercalados, a los que solían proseguir otras series nuevas, ya no de sustantivos sino de adjetivos tales como: bella, fea, malvada, cliente, frío, indiferente, poderoso, tirano, para después pasar de nuevo de la verborrea al mutismo más absoluto, del que ya era casi imposible sacar a Juan durante algunas horas.

Pedro, el hipnotista clínico, se desesperaba al no conseguir por los medios habituales que nuestro paciente se relajase lo suficiente para poder profundizar algo en su psique. Se nos ocurrió que quizá pudiéramos lograr la calma necesaria para entrever, aunque fuera solo un poco, si había algo de coherencia en los delirios de Juan, recurriendo a una combinación de musicoterapia y una suave sedación inducida mediante algún tipo de anestésico.

Para nuestra satisfacción, esta combinación de música con sedantes empezó a funcionar desde la primera sesión. Tras introducir sonidos como el viento agitando las ramas de los árboles, el canto de un pájaro, el ruido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado, Juan empezó a hilar por primera vez en muchos años un discurso coherente.

—El mar donde viven las bacterias es el origen de la vida en la Tierra. Yo, y ese hermano inacabado que habita en mi cerebro somos los últimos descendientes de un proceso evolutivo que se inició en el agua.

Ni que decir tiene que nos quedamos pasmados ante la emisión de un diálogo tan fluido, surgiendo de la boca de un paciente que antes solo soltaba ristras y ristras de sustantivos y adjetivos sin conexión. Pero nos quedamos más sorprendidos al escuchar que en el dialogo Juan se refería por primera vez a un “hermano inacabado que habita en mi cerebro”.

¿Podríamos encontrarnos ante un síndrome de gemelo evanescente y que el abultamiento en forma de esfera, encontrado en el cerebro de nuestro paciente, no fueran sino los restos reabsorbidos de su gemelo por el cuerpo de Juan durante un embarazo múltiple?

¿Explicaba este síndrome los síntomas de verbosidad excesiva que el paciente padecía desde su infancia?

Esta posible explicación de la sintomatología de Juan se reveló insuficiente, ya que en cuanto apagamos el aparato que emitía el sonido de las olas del mar, Juan volvió a caer en uno de sus mutismos del que no salió ni siquiera cuando pasaron los efectos de la sedación. Nos encontramos así, tras la terapia, con un paciente mudo incapaz de emitir otra cosa que sonidos, pero ninguna palabra.

Dada la situación, llegamos a la conclusión de que si continuáramos con el proceso terapéutico de musicoterapia y sedación podríamos al menos intentar una mejora de los síntomas psicopatológicos de Juan. O al menos, quizá, revertiríamos su actual estado de mudez absoluta.

 Planeamos pues una nueva sesión para el jueves siguiente en el anfiteatro de la facultad de Medicina, dado lo extraordinario del caso y con la esperanza de que alguno de nuestros colegas pudiera orientarnos en algún otro tipo de abordaje terapéutico.

Llegado el día fijado para la sesión, con Juan cómodamente sentado en un sillón, los auriculares puestos y sedado mediante un gotero insertado en una vena de su brazo derecho, el anfiteatro de la facultad lleno hasta los topes de médicos y psicólogos, empezamos a emitir el mismo tipo de sonido que tan buenos resultados nos había proporcionado en la ocasión anterior. Fue visto y no visto, en cuanto el sonido de las olas del mar al chocar con las rocas de un acantilado llegó a los oídos del paciente, éste comenzó a hablar con una narración perfectamente articulada.

—El mar donde se formaron los primeros cuerpos celulares fue el origen de la vida en la Tierra. Con el paso del tiempo la riqueza y la variedad de vida en el agua y la aparición en tierra de las primeras plantas terminó originando el surgimiento de las especies animales propiamente terrícolas. Las condiciones cambiantes de nuestro planeta hacen que solo terminen superviviendo los organismos mejor adaptados. El primer homínido conocido, Lucy, se puso de pie en Etiopia, la evolución continua su curso: Homo heidelbergensis, Neandertales y, por último, en algunos lugares de África, el Homo sapiens.

<<En el ADN de la célula resultante de la unión del gameto masculino con el femenino, el cigoto, se encuentra sintetizada toda la historia de nuestra evolución. En esta narración de nuestra historia evolutiva, estamos unidos mi hermano inacabado y yo —continuó Juan—. Pero el conflicto fraternal empieza cuando esa mórula conectada como un parásito con mi cerebro, como ser inacabado que es, recibe impulsos emocionales que no termina de comprender, tales como el amor de una madre, la belleza de un cielo azul o el dolor por la muerte de un amigo. Y al no poder asimilarlos racionalmente, cortocircuita mi habla.

<<Ahora, mi hermano está dormido, mecido por el sonido del mar que en nuestros más remotos orígenes nos vio nacer, pero en cuanto el rumor de las olas desaparezca, volverá a pelearse conmigo y mi habla se deteriorará.

Juan, acababa de dar respuesta con este discurso a una de nuestras preguntas: ahora sabíamos que sus síntomas verborreicos eran originados por el cortocircuito producido por la interferencia de la esfera —su hermano inacabado— sobre los sistemas de procesamiento del habla de nuestro paciente, ante el menor conato de activación emocional en su sistema límbico.

Quedaban sin embargo varias cuestiones por resolver. El profundo conocimiento de la historia evolutiva de los seres humanos, que acabábamos de presenciar, ¿era producto del contacto del “hermano inacabado” con los sistemas conocimiento y recuerdo del cerebro de Juan? Y si éste era el caso, ¿serían estas conexiones sinápticas de la esfera, una especie de memoria almacenada en los genes de la mórula del embrión que se activaba como una narración coherente bajo los efectos de la sedación?

Lo que sí parecía evidente para todos los profesionales presentes en el anfiteatro era que aún nos quedaba mucho por investigar, para desgracia de Juan, que volvió a un mutismo absoluto en cuanto cesaron tanto el sonido del mar como la sedación.