La extraña pareja

Couple hugging happily in a lively market with fresh fruits in background
A couple shares a warm embrace in a vibrant outdoor market setting.

Ya desde que los vio el primer día en el patio le lleno de curiosidad aquella extraña pareja, con las manos casi siempre entrelazadas y una especie de reto en sus miradas, como dando a entender que a ver quién era el guapo que los separaba.

Él, alto y desgarbado, peinado a lo rastafari, con unas rastas muy elaboradas que le llegaban hasta la cintura, boina de colores chillones sobre la cabeza; vestido con blusón y pantalones anchos y de color anaranjado, sandalias sin calcetines; parecía el vivo retrato de Bob Marley. Ella, bajita, algo chepuda, con la cara llena de granos, vestida en invierno y en verano —según pudo comprobar el año en que estuvo allí internado— con un ajado anorakazul con la cremallera subida siempre hasta el cuello, pantalones vaqueros con bastantes lavados a sus espaldas y unas fuertes botas de cuero negro y medio tacón siempre sucias.

Aquella pareja en especial, le llevo a plantearse toda una serie de interrogantes difíciles de resolver y que llegaron a obsesionarle. ¿Qué mantenía estable su relación como pareja en un lugar tan inapropiado como un hospital psiquiátrico? ¿El amor?, ¿la protección mutua que parecían brindarse?, ¿la necesidad de estar juntos para amortiguar el sentimiento de soledad que provoca el internamiento?

Las otras parejas que fue conociendo con el tiempo eran generalmente inestables, una especie de “aquí te pillo y aquí te mato”. Parejas formadas más por la necesidad de satisfacer algún impulso de carácter sexual que por cualquier otra razón. Parejas oscuras, clandestinas, como las que se solía encontrar haciendo el amor en algún lugar del jardín apartado de la observación de las cámaras; ese ojo del gran hermano que escrudiñaba sin piedad a los enfermos, pero al que los internos con más experiencia aprenderían pronto a burlar.

Profesional de la salud mental como era, aunque estuviese allí internado por una depresión recurrente, no tenía otra forma posible de resolver las dudas sobre la pareja que le obsesionaban que recurrir al viejo método de la observación.

Observaba, por ejemplo, que tanto Juan, el rastafari, como Azucena su pareja —nombres supuestos, porque no llegó nunca a conocer los verdaderos — no parecían recibir visitas de ningún amigo o familiar. Por lo que concluyó que o eran huérfanos o sus familias se habían olvidado de ellos.

Se fijo en que eran una de las pocas personas capaces de compartir asiento con Velardo, un viejo patriarca gitano, con muy malas pulgas, que solía defender su espacio en el banco más cómodo del patio gracias al bastón de madera que usaba para andar debido a su cojera.

En ocasiones compartían oraciones con Buda, un esquizofrénico al que todos llamaban así porque debido a su mórbida gordura y su gesto siempre sonriente parecía una replica del fundador del budismo, y que solía estar casi siempre arrodillado y rezando al dios que se le aparecía en sus delirios.

De vez en cuando buscaban un lugar apartado para compartir con fruición un canuto. Llevaban encerrados en aquel psiquiátrico el tiempo suficiente para conocer a los proveedores de hachís dentro del hospital. O sea que disponían de algún tipo de ingreso, ya que, además, tenían cuenta abierta en la cafetería del hospital donde solía vérselos por las tardes compartiendo “a morro” algún refresco.

De estas observaciones, el psicólogo que llevaba dentro intentó adelantar algún diagnóstico clínico que acabase con su obsesión por la extraña pareja, aparte de concluir que llevaban bastante tiempo internados ya que eran tolerados, sin conflicto alguno, por los internos que parecían ser los más difíciles de tratar de aquel lugar. De que al menos uno de ellos, si no los dos disponía de algún tipo de prestación social o de una familia que, aunque nunca apareciera por allí, ingresaba algo de dinero para sus gastos en la cuenta del hospital. Concluyo que, de alguna manera, debían de quererse, a pesar de que nunca vio otra muestra física de cariño que la de ir cogidos de la mano. No pudo ir más allá.

Y así, la pareja pasó a ser una imagen entrañable, junto con otras imágenes entrañables que quedaron a modo de fotografías fijas, que le recordarían para siempre su paso por el hospital.

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