
Esta tarde ordenando los libros de mi biblioteca he encontrado un par de libros de Herbert Marcuse: Eros y civilización y El hombre unidimensional. Al tenerlos entre las manos mi subconsciente se ha puesto de pronto a generar, casi sin ton ni son, una serie de imágenes encadenadas: aquel libro de texto de biología que compre de segunda mano en la Felipa, y que tenía sus páginas repletas de corazones con dos nombres entrelazados Maravi y Miguel, dibujos producto sin duda del apasionado amor adolescente del anterior propietario del libro, las locas carreras que solíamos correr en las aceras de la calle Hermosilla cuando salíamos de dar clase de Preu en la Dobao, aquella academia y aquel verano del 70, donde nos preparábamos para superar en septiembre la prueba que los dos habíamos suspendido en Junio; carreras en las que tu siempre me terminabas ganando, victorias que sin querer herían mi amor propio al pensar que una chica podía derrotarme con tanta facilidad, la escapada que hicimos a la Granja en un fin de semana de aquel mismo verano aprovechando la ausencia de tu familia, donde tanto nos divertimos bañándonos en la piscina de los Berzosa. Escapada que al conocerse cuando intentamos repetirla el fin de semana siguiente y te sorprendieron tus padres cuando cargada con tu macuto ibas a salir de casa, fue el comienzo del fin de mi amistad con tu hermano Roberto.
Y de hay sin saber muy bien como han ido saliendo de mi memoria otras imágenes, reflejos también de aquel tiempo entre finales de los años 60 y principios de los 70, que tanto terminaron marcando algunos episodios de mi vida posterior la fruición con la que leía las noticias sobre la revuelta estudiantil del 68, que me hacían imaginar lo emocionante que sería ser uno de los ocupantes de la Sorbona, las primeras lecturas de las obras de Marx publicadas por Alianza Editorial o mis aproximaciones a las teorías psicoanalíticas de mi primera juventud.