Noches de hospital

Boy holding elderly patient’s hand in hospital room

Hoy, como los dos últimos meses, he salido antes de trabajar. Tengo que ir a cuidar a mi padre en el Hospital situado en la carretera de Alcobendas. Me espera un largo trayecto desde Gran Vía hasta Plaza de Castilla en metro, para tomar el autobús que me dejará justo enfrente del Centro Sanitario.

Con la cabeza apoyada en el frío cristal de la ventanilla voy repasando los acontecimientos del último año que motivaron que mi progenitor pidiera a su neumólogo el ingreso. Mi padre entró en depresión desde el momento en el que supo que mi hermano Jesús, su último hijo, había nacido con una lesión cerebral, producida por la falta de riego sanguíneo durante el parto. La depresión agudizó su enfisema pulmonar, hasta el punto de que apenas podía respirar, por lo que pidió el ingreso, entrando poco después en coma irreversible. Desde entonces me vi abocado a cuidar de él todas las noches, pese a mi corta edad. Tenia entonces solo 16 años.

Entro en el hospital saludando con un buenas noches a un portero medio adormilado y empiezo a recorrer el camino que entre pinos me conducirá al vestíbulo. El Hospital, antes un sanatorio antituberculoso, es un edificio decrépito rodeado por un pinar bastante descuidado. Nuevo saludo a la auxiliar de enfermería, que tras un inmenso mostrador vigila la entrada. Mientras espero el ascensor que me conducirá a la planta segunda, habitación 202. Siento en la nuca la mirada de la mujer, que sin duda estará pensando que un chico tan joven no debería estar a estas horas en este lugar.

-Buenas noches, mamá, saludo. ¿Cómo está hoy?

-Como siempre, cada vez respira peor ¾contesta mi madre.

-¿Ha pasado el médico?

-Sí, y ha dicho lo de siempre, que no mejora y que más pronto que tarde le llegara su hora.

En la voz de mi madre creo percibir el deseo de que esto ocurra cuanto antes. Casi lo mismo que me pasa a mí.

-Bueno, hijo, me marcho que si no no cojo el ultimo autobús ¾dice ella, mientras se pone el abrigo y tan seca como siempre se marcha sin ni siquiera darme un beso.

La verdad es que nunca he querido a mi madre, no recuerdo que me haya procesado nunca ninguna muestra de cariño. Empieza mi guardia de diez horas, hasta que ella vuelva por la mañana tras dejar a mis hermanos en el colegio. Me he traído para leer Valentina de Sender y un bocadillo de tortilla francesa para cenar. Sé que sobre las doce pasará la enfermera a tomar las constantes vitales de mi padre, que después lo anotará en la gráfica colgada a los pies de la cama y después me quedare solo toda la noche, atento a la respiración entrecortada de mi padre, hasta que la enfermera vuelva a repetir la misma operación a las ocho de la mañana.

Me siento en el incómodo y desvencijado sillón junto a la cabecera de la cama, ya que, en este hospital, pese a ser privado, a nadie se le ha ocurrido poner una cama para el acompañante.

Tengo hambre. Desenvuelvo el bocadillo con cuidado de no hacer mucho ruido y empiezo a comer despacio, mirando la lenta caída de las gotas del gotero que tiene puesto mi padre en su brazo izquierdo.

Son las tres de la mañana y empiezo a tener sueño, pero tengo miedo de quedarme dormido. Me levanto y miro por la ventana los pinos apenas iluminados por las farolas que rodean el hospital.

Unos días más tarde ha muerto. Me siento aliviado porque ya no tendré que volver por las noches al Hospital. No siento pena, ¿por qué debería sentirla? Sí, estos meses de cuidados me han dejado agotado mental y físicamente.

Solo un mes después me marcho definitivamente de la casa familiar y empiezo de verdad mi vida.

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