La pandilla del Callejón

Children playing leapfrog in a sunny outdoor playground

Con el trascurso del tiempo y dada la proximidad de nuestras viviendas, fuimos formando poco a poco una pandilla de chicos y chicas de entre siete y nueve años, que terminó creando entre todos nosotros unos lazos de amistad y compañerismo fraternales que perduraron en muchos casos hasta el comienzo de nuestra adolescencia. La pandilla estaba compuesta por:

 Joaquín, mi vecino del segundo B, un chico un tanto tímido y introvertido, quizás porque compartía su casa con tres mujeres, su madre y dos tías, dado que su padre había muerto siendo él muy pequeño. Este gineceo solía sobreprotegerle y veía con no buenos ojos el que se juntara con el resto de nosotros. Nuestra amistad surgió en los rellanos de nuestra escalera por una cosa tan simple como compartir el gusto por las batallas de soldaditos de juguete, soldaditos de plástico como corresponde a la época y de los que yo disponía en abundancia, más que nada por los regalos de mi tío Joaquín que se ganaba el sustento pintado sus uniformes y dejando siempre para mí alguno de los que por cualquier razón resultaba defectuoso. Los batallones de mi vecino, siempre más lustrosos que los míos, al ser completamente nuevos, venían directamente de los almacenes Payá, donde sus tías amorosamente solían comprarlos como regalo para la noche de Reyes o su cumpleaños. Sin embargo, en las batallas que disputábamos casi todas las tardes de invierno, yo disponía siempre de un recuso inexpugnable en forma de fuerte de madera. Uno nuevo cada año, gracias a las habilidosas manos de mi padre y que era el regalo más esperado de mi cumpleaños.

Las rubitas: Mari Carmen y Adela, dos gemelas, rubias, como indica el apelativo por el que eran conocidas por los vecinos del barrio, y que vivían en el numero 6 del callejón, y su íntima amiga Rosario, que residía en una pequeña plazoleta que unía el final de nuestra calle con la de la Cruz, donde por entonces había un quiosco de prensa que regentaban sus padres. Y que no sé si por la proximidad en nuestra fecha de nacimiento, las gemelas nacieron solo tres días después que yo, o por la amistad que se había formado entre nuestras madres cuando asistían a un curso para madres primerizas impartido por “La Gota de Leche”, institución nacida en siglo XIX en Francia, gracias a Pierre Budin, en el Hospital de la Caridad de París y que llegó a Madrid en enero de 1904 de la mano de Rafael Ulecia y Cardona, siendo después de la Guerra Civil integrada en la Dirección General de Sanidad bajo la tutela de la Sección Femenina del régimen franquista. Ambas familias, entre bromas y veras, desde el primer momento me asignaron como futura novia a Mari Carmen, con tanta insistencia que hasta yo terminé creyéndomelo y estuve medio enamorado de mi vecina hasta bien entrada mi adolescencia. Pero eso fue lo que permitió, cosa rara para la época, que este trio femenino formara parte desde siempre de nuestra pandilla.

Y por ultimo, los hermanos García, Miguel y Pedro, los más pijos de todos nosotros, ya que estaban escolarizados en un conocido colegio privado, San Estanislao de Kostka, y que lucían incluso durante nuestros juegos el obligado uniforme de la institución. Los hermanos vivían por entonces en el numero 27 de la calle Núñez de Arce y nuestra amistad surgió en este caso de la relación establecida por Miguel García, el padre de los chicos y mi propio padre durante los años de convivencia en el Colegio de San Ildefonso. Este colegio era uno de los más antiguos de Madrid, ya que se cree que fue fundado en el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos como centro de educación dirigido a todos los niños hijos de Madrid que fueran huérfanos de padre o madre y es conocido en toda España porque sus alumnos son los encargados desde el 9 de marzo de 1771, cuando el alumno Diego López se convirtiera en el primer niño del Colegio San Ildefonso que sacó y cantó un número premiado de la lotería española. La función ha permanecido hasta nuestros días dado que los niños de este centro educativo siguen siendo los encargados de repartir la suerte, entre otros sorteos, en el extraordinario de Navidad.

Nuestra pandilla tuvo la suerte desde el principio de disponer de dos espacios privilegiados para jugar, el propio Callejón del Gato, uno de los pocos espacios libres de coches en el Madrid de la época, y la plaza de Santa Ana, situada muy cerca de nuestras casas. En época escolar solíamos reunirnos sobre las seis de la tarde, después de la merienda, hasta más o menos las ocho. Pero en verano nos pasábamos casi todo el tiempo de ocio jugando y haciendo trastadas de todo tipo en el callejón, trastadas como las de colgarnos de las rejas de Villa Rosa, meternos con todos los gatos de la vecindad o pintar con tiza el pavimento de la calle para hacer circuitos con los que jugar a las carreras de chapas o a rayuela oemborronar todos los espacios disponibles de la calle, incluidas las paredes de las casas, de mensajes escritos en un código secreto inventado por nosotros para poner a caer de un burro, a cualquiera de nuestros vecinos que nos cayera gordo por alguna razón. Muchas de estas actividades terminaban por molestar a algún adulto y nos valieron cierta fama de pequeños salvajes y no pocas reprimendas y castigos. Pero ahí seguimos jugando, corriendo y saltando durante nuestra feliz infancia.

En Madrid, julio 1962 o si ustedes los del Olimpo lo prefieren Iulius en su calendario romano.

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