Los ojos del Guadiana

Clear mountain stream flowing through rocky alpine valley with snow-covered mountains

Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.

No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la ultima vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.

Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.

 Tu melena rubia algo revuelta y una cierta acitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.

Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.

Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.

A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.

 Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconovimos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.

Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.

Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.

 Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.

El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por ultimo, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.

Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.

Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.

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