La silla vacía

Stone manor surrounded by formal gardens and hydrangeas
A historic stone manor overlooks a lush garden lined with hydrangeas and a winding path.

1. La habitación

Braulio tiene en su casa una habitación en la que el único mobiliario consiste en dos sillas verdes, una colocada enfrente de la otra, un carrito de bebidas siempre bien surtido de los más variados y caros licores, todo ello próximo a una chimenea casi siempre encendida, a la que alimenta de vez en cuando con un grueso tronco que extrae de un capazo lleno de leña situado en una esquina.

Una habitación sorprendentemente austera si la comparamos con la abigarrada colección de muebles de época, suelos recubiertos de gruesas alfombras, paredes llenas de cuadros o de inmensas y repletas librerías que amueblan el resto de estancias de la casa, un caserón norteño, con escudo blasonado en la puerta y torreón cuadrado de defensa en una de sus esquinas, que nos recuerda que el pazo fue construido en una época en que las luchas fronterizas o dinásticas, o los asaltos normandos desde la costa eran el “pan nuestro de cada día” .

Braulio llama a esta habitación, a la que según me confesó en su día, intuyo que para hacer gala de la amistad que nos une desde hace algunos años, deja entrar a muy pocas personas, la habitación de la silla vacía o la habitación de los recuerdos, nombres que utiliza de manera alternativa, según sea su estado de ánimo en el momento. Tras cruzar la puerta de la aquella estancia tan especial, se dirige con ritmo pausado a la silla de la derecha, su silla, dispuesto al parecer a iniciar uno de sus diálogos con los que, según sus palabras, ya no están.

Quizá por eso, porque yo todavía estoy, tras enseñarme la habitación me hizo salir de ella tan deprisa como habíamos entrado, no sin antes esbozar una breve disculpa:

– Perdona mi descortesía, pero es que a mis interlocutores suelen molestarles los extraños. Precisamente hoy más que nunca, porque como habrás visto, en la otra silla se encuentra escribiendo muy concentrada la poetisa Alejandra Pizarnik.

Acostumbrado como estaba a las rarezas de mi amigo, no dije nada y menos porque yo en ningún momento había visto a ninguna poetisa sentada en aquella habitación, por lo que me limité a seguir a Braulio hasta el comedor, donde como siempre nos esperaba una opípara comida regada con el mejor albariño de la zona.

Poco podía sospechar aquel día que era la última vez que vería con vida a mi amigo, ya que solo dos meses después de mi visita, Braulio murió de un derrame cerebral mientras dormía.

2. El testamento.

Poco después del entierro de mi amigo en el inmenso panteón familiar de su aldea natal un lluvioso día de diciembre. Sepelio al que no pude asistir a mi pesar, porque me encontraba dictando como todos los años por estas fechas un curso de filosofía presocrática en una Universidad Americana, recibí un telegrama del notario que había llevado en los últimos años los asuntos legales de Braulio, citándome para que acudiera sin falta a su despacho de Santiago de Compostela, “el próximo 14 de enero”, con el fin de estar presente en la apertura del testamento de D. Braulio de Ribera, para lo cual me daba el código de los billetes de avión Boston-Madrid, Madrid-Santiago de Compostela, rogándome encarecidamente mi presencia por deseo expresado en su día por su cliente.

Ante tal apresuramiento, no me quedó más remedio que acortar mi curso universitario y emprender el viaje a Santiago.

Al llegar al despacho del notario uno de sus pasantes me introdujo sin demora a una sala de reuniones. Sentados en sendas sillas se encontraban ya allí Laura, la chica para todo en la casa de Braulio, y Manuel, el viejo mayordomo que se preciaba de haber servido fielmente al menos a tres generaciones de Riberas. Ambos me saludaron cortésmente aunque pude apreciar un cierto desconcierto en sus caras al verme allí. No me extrañó ya que yo estaba igualmente desconcertado sobre los motivos que habían llevado en su día a mi amigo a solicitar mi presencia en Santiago, para el momento en el que sospechaba se iba a dar lectura a sus ultimas voluntades.

Yo sabía que mi amigo carecía de familiares directos ya que sus dos hermanos mayores habían fallecido en la Guerra y que tanto su padre como su madre habían muerto ya mayores hacia algunos años. Mientras que Braulio, de tendencias algo misóginas se había mantenido soltero y sin compromiso conocido hasta su reciente fallecimiento, pero aun así no dejó de extrañarme que nosotros tres fuéramos, al parecer, los únicos citados, hecho que terminó de quedar patente cuando el notario entro en la sala diciendo:

– Muy bien creo que ya estamos todos.

– Como ustedes sabrán o al menos intuirán –dijo, dirigiendo su mirada hacia mí-, hoy estamos aquí con el fin de que les dé cuenta de las últimas voluntades de mi cliente, que Dios guarde en su Gloria, el Sr. D. Braulio de Ribera y Paredes, voluntades que fueron dictadas en este despacho el 14 de abril de 1976, siendo testigos del acto mis pasantes los señores D. Miguel García y D. Manuel Alcántara.

– Paso, pues, a la lectura del Testamento del Sr. Ribera.

– Yo D. Braulio de Ribera y Paredes, en plenas facultades mentales otorgo:

  1. La propiedad de mi casa natal sita en la Villa de Opouzo, así como toda su finca circundante, al Sr. Pedro García Rodríguez. Con la condición expresa de que el citado Sr. García mantenga intacta la propiedad de la citada casa hasta su fallecimiento, así como los empleos de mis fieles sirvientes: la Sra. Laura Mínguez de Souto  y el Sr. Manuel Mínguez de la Morena.
  2. La totalidad de mis bienes monetarios y accionariales al Sr. Pedro García Rodríguez, bienes que serán administrados conjuntamente por el Sr. García y el albacea de este testamento el Notario, D. Ramón de la Escotta, exceptuando la renta vitalicia de 6.000 euros anuales, que les será depositada por el albacea de este testamento con esa periodicidad a los mencionados Doña Laura Mínguez de Souto y Don Manuel Mínguez de la Morena.
  3. La carta adjunta a este documento le será entregada al Sr. Pedro García Rodríguez, en el momento de la lectura de estas mis últimas voluntades, con la condición de no ser abierta hasta su entrada por primera vez, ya como propietario, en la estancia de mi casa, denominada coloquialmente como habitación de la silla vacía.

– Y aquí acaban las últimas voluntades del D. Braulio de Ribera y Paredes, con lo que doy por concluido el acto, a la par que entrego, como Albacea Testamentario, la carta citada en el último punto del testamento del Sr. Ribera.

– Si tienen alguna duda sobre lo leído, estaré a su disposición a partir de mañana, previa petición de cita, -dijo el notario saliendo apresuradamente de la sala-.

3. La carta.

Reconozco que me picaba la curiosidad, ¿qué me diría mi amigo en esa extraña carta?. Aprovechando el coche de alquiler que tenía aparcado cerca del despacho del notario y utilizando el pretexto de acercar a Laura y Manuel al Pazo, me dirigí con cierta premura a la casa de Opouzo. En el viaje de casi una hora apenas cruce algunas palabras con mis acompañantes. Ya habría tiempo después de comentar con ellos el testamento.

Nada más llegar al Pazo, solicité de Manuel las llaves de la habitación de la silla vacía, donde una vez cruzado el umbral fui directamente a sentarme en la misma silla que habitualmente había visto hacerlo a mi amigo Braulio. Y sin otro preámbulo que el de servirme una copa de albariño, abrí el sobre y me puse a leer.

La carta escrita a mano, con esa letra un poco anticuada de colegio de curas decía lo siguiente:

Estimado amigo Pedro:

Supongo que en principio estarás un tanto sorprendido de las disposiciones de mi testamento, pero llevaba ya cierto tiempo dándole vueltas a la cabeza sobre a quien donar esta casa y el resto de mis propiedades. Tras hacer un breve repaso de mis distintas opciones y al carecer de familia directa terminé convencido de que entre todos mis conocidos eras tú mi mejor opción.

Llevábamos casi medio siglo de amistad, en todo este tiempo habíamos hablado de todo lo divino y lo humano, coincidiendo en muchas ocasiones en gustos y opiniones. Por otro lado, aunque eres profesor de Filosofía, no se me escapa el detalle de que tu otra gran pasión, la economía, te ha llevado en ocasiones a ocupar puestos de responsabilidad en los Consejos de Administración de algunas empresas, por lo que creo no te  será demasiado costoso ni difícil dirigir la economía de esta casa y de sus tierras. Además me consta que les caes bien tanto a Laura como a Manuel y sé que no tendrás problemas con ellos, con lo que la paz del hogar estará de alguna manera garantizada.

Pero hechos estos preliminares voy, si te parece, al meollo de este escrito, que no es otro que el de explicarte detenidamente que uso he dado a la habitación donde te encuentras sentado y disfrutando de un buen vino, que te conozco pillín.

Seguramente te habré pedido en el pasado que me dejases solo en la habitación porque debía continuar una conversación con algún “visitante”. Como buen amigo siempre has obedecido esta impertinencia, pero discreto como eres jamás me has preguntado porque me empeñaba en conversar con alguien que aparentemente estaba sentado frente a mí, en lo que para cualquier observador externo no era en realidad más que una silla vacía. Estoy seguro que al igual que les pasa a mis empleados, en algún momento habrás atribuido estas aparentes conversaciones a alguna especie de desvarío circunstancial propio de los que como yo ya iban teniendo ciertos años, chocheces de viejo, habrás quizá pensado, pero puedo asegurarte que de “chocheces” nada de nada y que mis “invitados” no son ningún delirio, sino que realmente y aunque no los vieses estaban realmente allí.

Pero para que lo comprendas, ya que pienso que la “silla vacía” te será también de utilidad a ti en algunos momentos, comenzaré la historia de esta misteriosa habitación desde el principio.

Hace algo más de 25 años, con el ánimo por los suelos por una serie de circunstancias personales que no vienen al caso, un vecino de la aldea me sugirió que consultara antes de meterme en médicos con Pascuala, una reputada “curandera” que vivía cerca de Opouzo, en la parroquia de As Penas.

No te olvides de que estamos en Galicia y aquí, aunque no se nombren en publico, tenemos muchas creencias sobre la capacidad de curación de este tipo de mujeres, quizá porque de alguna manera confiamos en que estas “sanadoras” conocen secretos heredados de nuestros antepasados “celtas”. Y que precisamente la zona de Opouzo, y sus “parroquias” han tenido desde tiempos inmemoriales fama de ser refugio de “meigas”.

Pues bien, pensé, nada pierdo por probar y una mañana lluviosa cogí el coche y me dirigí camino de As Penas, a la búsqueda de la famosa Pascuala.

Esperaba, no sé porque, que la meiga viviese en una cueva y fuese una mujer vieja y arrugada. Vamos que en mi imaginación solo le faltaba la escoba, por lo que me llevé un chasco al saber que la curandera habitaba en una de las casas de piedra al final de la carretera y encontrarme al llamar a su puerta, con toda una mujerona de unos cincuenta años y todavía de buen ver. Al ver mi cara de sorpresa la curandera me dijo:

– Buenos días, rapaz, ya veo que esperabas una cueva llena de tarros con hierbas, ojos de búho y serpiente y en el centro un inmenso caldero hirviendo, al que yo daría vueltas con un palo de roble.

-Pues ya ves te equivocaste de medio a medio, -continuo- pero ya que has venido pasa, siéntate y cuéntame cúales son tus dolores, que físicos ya veo que no, luego serán más bien dolores del alma.

Algo sorprendido por el poder adivinatorio de mi anfitriona, que había conicido el motivo de mi consulta, cuando yo ni siquiera había abierto la boca, entré en la casa y seguí a la sanadora hasta su “despacho”.

 La habitación donde me hizo entrar estaba completamente vacía de cualquier artilugio brujeril y se encontraba amueblada únicamente con tres sillas de madera con asiento de enea y una pequeña mesa de madera situada en una esquina.

Pascuala me hizo tomar asiento cerca de ella y poniendo su mano en mi rodilla izquierda me dijo:

– Ya veo rapaz que te encuentras algo triste, pero yo creo que estás equivocado en las razones que te das para explicar tu melancolía.

– Me parece, por lo que creo intuir, que la verdadera razón de tus males, se encuentra más en la soledad que tienes clavada como una daga en el fondo de tu espíritu que en ninguna otra cosa.

-Pues bien, si quieres tú mismo puedes terminar con esa losa que invade tu yo interior. Para hacerlo, solo tienes que convocar a alguien con el que te gustaría conversar, con la condición, eso si, que ese alguien este ya difunto.

Yo seguía callado, sintiendo únicamente una especie de corriente eléctrica que partiendo de la mano de  Pascuala y pasando a mi rodilla iba poco a poco tranquilizando mi cuerpo y mi cabeza. Quizás ese estado de relajación inducido me convenció sin resistencia alguna de mi inteligencia, de que lo que me proponía la meiga era el camino más acertado para mi curación.

– Veo rapaz que no dices nada e intuyo por la tranquilidad que me trasmite tu “aura”, hace un momento tan agitada, que mis palabras están empezando a hacer efecto. Pero ahora queda lo más difícil que es que tú pruebes el remedio ahora mismo antes de salir de esta casa.

– Mira la silla vacía que tienes delante de ti y piensa por un momento en alguien ya muerto con el que te hubiese gustado hablar en vida y no pudiste.

Siguiendo las instrucciones de la meiga, dirigí mi mirada hacia la silla y cuál fue mi sorpresa de ver sentada allí mismo, justo en frente de mí, a una mujer joven, vestida con el tipo de atuendos que usaban por estos lares las campesinas de la Edad Media, atuendos y época histórica, en la que no sé muy bien por qué reconocí al instante, como si yo en algún momento hubiese vivido en Galicia en pleno siglo XIII.

Mi visitante medieval mecía la cuna de un niño pequeño al tiempo que entonaba en gallego una vieja nana:

Arroró, meu neno
arroró, meu sol
arroró pedazo
do meu corazón
Esta nena linda
que naceu de día
quere que a leven
a unha romaría
E durme, neñino
que aí vén o cocón
a levar os nenos
que non dormen non
Durme, neno, durme
que teño que facer
lavar os cueiros
bordar e coser.

Poco a poco la nana iba ejerciendo un benéfico efecto tranquilizador, tanto en mi mente como en mi cuerpo, hasta que entre en un sueño reparador que duró varias horas, según me dijo mi anfitriona Pascuala, cuando me despertó a la hora de comer.

– Parece que la rapaza consiguió calmarte sin siquiera hablar contigo, pero ya has visto que la habitación de la silla de los que no están suele servir de extraordinaria ayuda a las personas. Luego, ya sabes el remedio. Crea en tu casa una habitación austera con dos sillas, una para ti y otra para “tu visitante” y úsala siempre que necesites conversar con alguien que ya “no este”. Bueno rapaz aquí tienes el remedio de esta modesta sanadora, ponlo en práctica y ya me contaras si un día decides convocarme a la silla”.

Sin pensármelo mucho, decidí seguir el consejo de mi amigo y cerrando los ojos por un momento, dejé que cualquiera de “los que ya no están” se sentara en la silla. Cúal no sería mi sorpresa al encontrarme, un vez abierto los ojos, sentada en frente de mi y tal como la vi por última vez en las agitadas calles de Paris de mayo del 68, a mí amiga Esperanza, con su inconfundible mimifalda a cuadros, botas de cuero y jersey gris andando a buen paso, megáfono en mano, delante de una fila de gendarmes, de inconfundible impermeable negro, casco en la cabeza y porra en las manos, que esperaban situados hombro con hombro y en una larga fila la orden de cargar contra nosotros.

Esperanza no me habló directamente, pero de su boca iban saliendo una letanía de eslóganes propios de aquellos revueltos días: “la imaginación al poder”, “prohibido prohibir”, “rompamos los viejos engranajes”, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, “bajo el empedrado está la playa, “la cultura es la inversión de la vida”, “prensa no consumir”.

Terminada la letanía Esperanza dejó en el aire mientras abandonaba la silla una pregunta que aún retumba en mi cabeza.

– ¿Cuándo te hiciste viejo?

Lo que me hizo recordar que a ella no le dio tiempo de peinar canas, pues murió en el 74 a causa de un cáncer cerebral, lo que no impidió que su mera presencia en aquella silla, me dejaraconmocionado, porque la respuesta a su pregunta es de tal enjundia que necesitaría de otro relato para intentar contestarla.

Agustín Moreno

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