Hay un sueño recurrente que suele al despertarme producirme un ataque de nostalgia, que, durante algunas horas, unas veces y algunos días en otras ocasiones, me lleva inevitablemente a tu recuerdo. En ese sueño mis papilas olfativas, impregnadas por esa mezcla de olores a resina de pino, a tierra recién mojada por un chubasco repentino o al del humo que desprenden los troncos quemándose en el hogar de algún refugio de montaña, terminan por remover recuerdos enterrados profundamente en algún cajón de mi inconsciente que creía fuertemente cerrado, desde el día en que escuché repicar a muerto las campanas de tu pueblo, o mejor que creí escuchar desde la distancia en un entierro al que me negué a asistir porque era el tuyo.
Hay otras ocasiones en que los olores que impregnan mi sueño cambian por completo y mi nariz evoca el de los cuerpos sudorosos de las bailarinas, que sujetas con una mano a la barra de un cuarto plagado de espejos, ejecutan puestas en punta, una y otra vez cabriolas imposibles, siguiendo los acordes del piano. Un cuarto que huele además fuertemente al linimento usado para evitar lesiones, a las zapatillas de baile mojadas por el esfuerzo o a los polvos de talco que utilizan para que sus manos no les resbalen sin querer en la barra encerada. Y entonces te evoco, nerviosa como siempre antes de cualquier estreno, moviéndote entre bambalinas animando a los bailarines con esa frase mágica en tus labios: “chicas, chicos, tranquilos que todo va a ir bien”.
Pero hay olores y sabores más íntimos que prefiero no recordar, porque si lo hago sé que me pondré triste y tendré que escarparme a algún lado donde el ruido me aturda y el alcohol adormezca mis sentidos, para olvidar tus labios agrietados que habían perdido el rojo intenso de ese carmín que usabas en las grandes ocasiones, o el olor a acetona y morfina que deprendía tu aliento, tan intenso que terminaba enmascarando el otro olor fresco y limpio, como de colonia de niños, con el que siempre te habías perfumado y que habías seguído usando, pese a todo, en el hospital, ya que vi el inconfundible frasco de vidrio azul, escondido tras la botella de agua y el vaso de plástico con que aliviaban tu sed cuando era necesario.
Avisado demasiado tarde por tu marido, solo llegué a verte sedada, inerte en aquella cama, cercana ya tu muerte, y por eso decidí guardar en una caja fuerte dentro de mi cerebro, cualquier sensación olfativa o no que me recordase a ti, aunque mi fiel dinosaurio violeta me susurrara al oído: “lo que pretendes es imposible y tú lo sabes”
Recién divorciado y nada más llegar a mi nuevo apartamento tuve un sueño.
Soñé que mi ex, llegaba en forma de fantasma hasta mi cama para cubrirme de reproches: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.
Temeroso de que el sueño se repitiera, decidí recurrir a los servicios de un exorcista. No es que crea en estas cosas, pero como dicen los gallegos “haberlas ailas”.
El exorcista, un tipo barbudo y mal vestido saco de uno de sus bolsillos un extraño aparato, con el que dijo iba a medir la existencia de fuerzas malignas. Mientras yo le miraba con cierta desconfianza, empezó a pasar el dichoso aparatito por todas las habitaciones de la casa. Uf, exclamo tiene usted en su vivienda un espíritu maligno. En necesario tomar medidas urgentes; por lo pronto voy a regar toda la casa con agua bendita, poner debajo de su cama unas tijeras abiertas y un amuleto contra el mal de ojo en la puerta de su habitación.
Las medidas no sirvieron de nada porque el sueño como una maldición se repitió a la noche siguiente.
Desde entonces para mi desgracia he tenido que aprender a convivir con la presencia de mi ex que todas las noches me suelta la misma monserga: “has sido un marido horrible” y además infiel, “tienes lo que te mereces”, vivir solo fuera de casa y además sin poder ver a tus hijos. “Ojalá te pudras en el infierno”.
A ranch worker stands confidently holding a lasso in a sunlit corral.
Ester era una compañera de trabajo con la que había estado tonteando durante varios meses. Una mañana la invité a comer cuando terminara nuestra jornada laboral.
Los dos teníamos expectativas más que evidentes de que aquella comida terminase convirtiendo nuestra relación en algo más serio. En perspectiva de lo que pudiera pasar había reservado una habitación en un hotel próximo.
La noche anterior me proveí en una farmacia de una caja de preservativos y aquella mañana me engalané con mis mejores ropas.
La comida como era de esperar trascurrió entre una conversación amable, llena de arrumacos y leves toques bajo la mesa. Ester no llevaba ropa interior por lo que mi mano alcanzo sin dificultad su clítoris, que empecé a masajear delicadamente. Como era evidente que no podíamos permitirnos el lujo de que sus gemidos terminasen llegando a los oídos del resto de los comensales, decidimos terminar lo empezado en los lavabos del local donde hicimos el amor con verdadera pasión. Al terminar pagamos la cuenta, tomamos un taxi y nos dirigimos rápidamente al hotel en el que había reservado la habitación.
Yo había observado que mi compañera llevaba ese día un bolso más grande de lo normal. Lo que no podía esperar es que dentro del bolso portase todos los aditamentos necesarios para una sesión sadomasoquista: esposas, látigo, traje de cuero, etc.
Al llegar a la habitación, Ester, entro en el baño de donde salió convertida en una autentica dominatriz ante mi sorpresa. En unos instantes me vi desnudo bocabajo y esposado a la cabecera de la cama, mientras ella se disponía a azotarme con el látigo. La verdad es que las pase moradas para intentar explicarle que a mí no me gustaban para nada los juegos sadomasoquistas, lo que no me libró de recibir unos cuantos latigazos, antes de avenirse a desatarme, coger sus artilugios, vestirse y marcharse de la habitación con cara de disgusto.
Dede entonces, cada vez que veo a Ester por los pasillos del trabajo procuro eludirla, aunque he de reconocer que desde entonces sueño con ella todas las noches mientras que me froto mis posaderas todavía doloridas.
A Red Cross worker gently holds the hand of an elderly man in a medical tent.
¾Agustin, a las ocho en la Base. Nos han avisado los de Salvamento Marítimo que han recogido a los náufragos de una patera.
En Málaga capital, este tipo de llamadas son escasas, los náufragos aparecen más cerca de otros puntos del litoral andaluz. Pero aun así hay que estar siempre atentos.
Llego a la base de Cruz Roja de Socorros y Emergencias a la hora convenida. El ritmo para la preparación del desembarco es frenético ya que está previsto que el barco de Salvamento llegue a puerto sobre las once de la mañana.
-¿Cuántas personas han rescatado? -pregunto.
¾Doce, ocho hombres, dos mujeres y dos niños ¾me contesta Joaquín, el coordinador del equipo. Tú, como siempre, irás en la furgoneta con Carmen, la asistente social, Rosalía, la enfermera; y Paco como conductor.
El resto de los voluntarios, unos doce, están cargando ya el furgón: mantas, agua y ropa de abrigo, más algún juguete para entretener a los niños.
Cuando llegamos al muelle donde se producirá el desembarco está ya allí la Policía Nacional de Extranjería. Sus agentes se encargarán de trasladar a los náufragos a la Comisaria para su identificación y posterior traslado al ya sobrecargado Centro para Extranjeros de la capital.
El barco de Salvamento se va acercando poco a poco al muelle. Sobre cubierta y a simple vista se puede ver, sentados en el suelo y ateridos de frío, a los rescatados, rodeados por los tripulantes enfundados en sus monos blancos de protección y con la cara cubierta por mascarillas FP2, para su protección, sobre todo contra la tuberculosis o cualquier otro tipo de enfermedad contagiosa que pudieran traer los rescatados.
Una vez amarrada la embarcación, uno a uno, cada naufrago va bajando por la pasarela del barco. Allí los reciben nuestros voluntarios, que les van arropando con las conocidas mantas rojas de Cruz Roja, mientras les dan la correspondiente botella de agua. Esta vez no ha sido posible montar la cafetería y no disponemos de bebidas calientes que les permitieran entrar en calor.
Carmen, la asienta social, y Rosalía, la enfermera, ya están dentro de la carpa. Tras el cribaje y las curas, si son necesarias y casi siempre lo son debido sobre todo a las quemaduras, Carmen procederá a la filiación de los inmigrantes, así como a explicarles el proceso policial que les espera y los derechos a los que pueden acogerse. Mientras tanto, yo atenderé los casos que necesitan recibir los primeros auxilios psicológicos. Entre tanto, los niños, en este caso un niño y una niña de unos ocho años, hijos de una de las mujeres rescatadas, son entretenidos por Zafira, nuestra educadora social fuera de la carpa.
Esta vez he tenido suerte y durante la travesía y el rescate no se ha producido ningún ahogamiento, con lo que mi intervención de ha limitado a brindar los primeros auxilios psicológicos.
Finalmente llega el amargo trago de entregar a los náufragos a la policía y tras desearles suerte, despedirnos de ellos, recoger nuestros trastos, volver a la base y esperar a que en mucho tiempo no se necesite más de nosotros.
A young protester holds a sign reading ‘Be realistic, demand the impossible’ during a 1968 Paris demonstration.
La trilogía del 70-73
Si creéis que la clase tiene un aspecto triste y melancólico, arregladla a vuestro gusto para hacerla habitable. (el Pequeño Libro Rojo del Cole. S. Hansen y J. Jensen. Dinamarca 1969)
Las citas célebres ya no son suficientes; es ¿necesario realizar una lectura crítica a partir de las fuentes mismas. (Los conceptos elementales del materialismo histórico. (Marta Harnecker. Mejico 1969)
Libro de combate escrito entre 1916 y 1917, «Introducción al psicoanálisis» es una obra en la que Sigmund Freud (1856-1939), en plena madurez, trata de romper el cerco de hostilidad y silencio que lo rodea para popularizar las ideas centrales de la concepción psicoanalítica. (Sipnosis sobre Introducción al psicoanálisis de Luis López-Ballesteros de Torres. Madrid. 1973)
Esta vez me toca hablar sobre objetos y la tarea me ha traído a la memoria el título de tres libros: ElPequeño Libro Rojo del Cole, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Introducción al psicoanálisis, que junto a algunos otros pueden perfectamente convertirse en hitos biográficos de mi transición entre el Instituto y la Facultad. Un paréntesis vital que se abre en el año 1970 con la muerte temprana de mi padre y que se cierra en con mi abandono definitivo de la casa familiar para trasladarme a vivir a un piso compartido en 1973.
Años intensos de rupturas amorosas estrepitosas, de cine fórum en el San Juan Evangelista y de reuniones clandestinas; pero también de cenas opíparas en la Cervecería Santa Bárbara a base de raciones de gambas y jarras de cerveza negra cada fin de mes cuando cobraba la nómina, o visionado de toda película bélica que se estrenase en la Gran Vía.
Y es que en aquellos años yo vivía, intensamente eso sí, dentro de un mundo dual de estudiante marxista, al mismo tiempo que de “repartidor botones” proletario. Era como si dos corrientes diferentes provenientes de mi adolescencia hubiesen ido confluyendo poco a poco en un rio más grande que debería terminar de unificar sus aguas de alguna manera con el servicio militar y mi primer matrimonio con tan solo veintidós años.
La corriente del adolescente marxista había ido brotando de manera casi natural con mi incorporación al Grupo IX de los Scouts de España, allí tuve mi primer contacto con la familia Berzosa, ya que varios de los hermanos de esta numerosa familia estaban inscritos en mí mismo grupo. De muchas de las discusiones de “fuego de campamento” de aquella agrupación fue surgiendo mi afición por la lectura de muchos de los libros prohibidos por la censura que publicaba por entonces en Francia Ruedo Ibérico, así como mi interés por el psicoanálisis. Esta corriente que fue surgiendo en muchos chicos de mi generación había nacido en España sobre todo de los rescoldos de mayo del 68, para terminar, derivando en muchas ocasiones en una pose de Gauche Divine frente a la Dictadura
La corriente de “repartidor botones” proletario, nació con mi incorporación a mi primer trabajo remunerado con tan solo quince años
People enjoying a sunny day in a charming historic town square lined with trees and benches
La Plaza de Santa Ana
Si hay un espacio en Madrid que recuerdo con especial nostalgia es la plaza de Santa Ana. Un lugar que fue testigo desde mis primeros juegos infantiles a mis primeros amores juveniles.
Es curioso porque mientras escribo este relato viene a mi memoria la sorpresa y el desencanto que me llevé la última vez que visité la plaza, cuando haciendo de cicerone de unos amigos malagueños por los recovecos del Barrio de las Letras, mi barrio durante casi quince años, la encontré tan cambiada que por un momento abominé de ella, maldiciendo por lo bajo al turismo, que como en otras ciudades españolas, ha ido reconvirtiendo sus barrios más antiguos en un feo pastiche ocupado por las cadenas comerciales multinacionales.
Por eso hoy quiero hablar de ´mi plaza´. La plaza del Teatro Español, del hotel Reina Victoria, el “hotel de los toreros”, porque era su alojamiento favorito en Madrid; la de los almacenes Simeón, situados enla planta baja del hotel; la plaza presidida por la estatua de Calderón de la Barca, la de la bollería La Suiza y la cervecería La Alemana. En resumidas cuentas, de la plaza de los años 60 y principios de los 70 del pasado siglo.
Las chicas y chicos que la frecuentábamos, todos vecinos de las calles adyacentes, solíamos ir a jugar allí, porque era el único espacio verde, cercano a nuestras casas, del que podíamos disponer en aquella abigarrada zona del Barrio de las Letras. Cumplíamos así, sin saberlo, los designios del rey José Bonaparte, apodado en su tiempo por los madrileños como “el Rey Plazuelas” por suobsesión con abrir espacios en mitad de la ciudad para crear amplias plazas, derribando edificios. Vamos, un ecologista afrancesado.
La Plaza de Santa Ana formaba un cuadrado casi perfecto, con un espacio de arena en su parte central que rodeaba la estatua de Calderón de la Barca, alzada sobre un pedestal al que se podía subir por unas amplias escaleras de piedra, y que era nuestro lugar favorito para sentarnos a merendar. Rodeada en sus extremos por castaños y unos cuantos parterres de hierba con flores, casi secas, y junto a ellos y a la sombra de los árboles, unos bancos de piedra sin respaldo, muy parecidos a tantos otros del mobiliario urbano de la Capital en la época, al igual que las farolas de hierro con el escudo de la Villa grabado en su base que alumbraban la plaza.
Nuestros juegos en su albero, iban cambiando según la época del año: de las carreras ciclistas con corredores simulados con las chapas de las botellas de refresco y pista trazada en la arena, propias de la primavera y el principio del verano, hasta el tiro del tacón o el juego de romper las peonzas del contrario con un hábil golpe dado por la tuya, a los que jugábamos en otoño. Prohibido por consenso vecinal y vigilancia municipal cualquier juego de pelota, “que para eso tenéis las pistas de fútbol del Retiro o el patio del colegio”. Todo esto cuando no estábamos haciendo de rabiar a las pandillas de chicas que jugaban por allí, algunas de las cuales terminaron por convertirse con el tiempo en nuestros primeros amores.
Pero la plaza se asocia también en mi mente al exquisito olor y sabor de los pasteles y bollos, que solían mandarme a comprar mis padres todos los domingos u otras festividades importantes en la cafetería La Suiza, que, desde su fundación en 1858, se había ganado una merecida fama entre los madrileños. O, ya más mayor, al de las primeras “cañas” tomadas con deleite en verano, en la cervecería La Alemana, otro establecimiento con solera de los que estaban abiertos en Santa Ana, ya que fue fundada por un grupo de industriales alemanes en 1904 y frecuentada en su día por personajes como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner o Ernest Hemingway.
Y cómo no acordarme de que, en el Teatro Español vi mis primeras funciones de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, gracias al precio rebajado o gratuito, según el éxito de la obra representada, de las entradas de claque que se vendían por entonces en un bar situado en el número 18 de la vecina calle Huertas. O de la llegada de los primeros hippies que no tardaron en montar en la plaza un mercado de artesanía donde se vendían bolsos, juguetes, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú o esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. Mercadillo que fue disuelto por orden municipal en 1989 por la presión de los propietarios de las terrazas de la zona, dándoles más espacio donde poner sus mesas y sillas. Y que hoy en día han terminado por ocupar buena parte del espacio de la Plaza de Santa Ana y acabando, según mi opinión, con su viejo encanto.
A sailboat glides across calm waters during a vibrant sunset near distant islands.
Esa chica que tengo en la cabeza
Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.
Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.
En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.
Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad. Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.
-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer ¾me dice mi dinosaurio al oído.
Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.
A smiling boy scout stands proudly on a sunlit forest path with badges and a walking stick.
Había llegado el gran día, hoy, 10 de julio de 1963, iba a realizar mi promesa, esa promesa que me convertiría para siempre en hermano de los 40 millones de personas, jóvenes y adultos, repartidos por todo el planeta, que componían, con un mismo sistema de valores y el deseo de construir un mundo mejor, el movimientoScout.
La noche anterior, Akela me había comunicado la gran noticia el: Consejo de Roca de la manada, reunido en asamblea solemne, me consideraba digno de lucir la pañoleta roja y blanca del Grupo V de los Scouts de España, que me convertiría para el resto de mi vida en scout.
Ese 10 de julio me encontraba delante de la bandera de mi Grupo, ante todos mis compañeros y levantando los dos dedos de mi mano derecha, recitaba nervioso la promesa del lobato:
“Yo, Agustín Moreno, prometo hacer lo mejor por:
—ser amigo de todas las personas,
—ser fiel a mis creencias,
—cumplir la Ley de la Manada y
—hacer cada día una Buena Acción”.
Mientras, Akela ponía alrededor de mi cuello la pañoleta y Baloo mi maestro, hacia el nudo que la sujetaría.
Entre los espectadores, mi padre, saludando al modo scout y con la pañoleta de su viejo Grupo, expresaba en su rostro el orgullo que le producía mi promesa.
Y es que mi progenitor también había hecho la suya de lobato allá por los años veinte, por lo que no había dudado desde que tuve la edad suficiente en buscar, algún Grupo Scout cercano a nuestra casa. Razón por la cual, desde los siete años, había empezado todos los sábados por la tarde a acudir sin falta al local que un colegio religioso prestaba a los del “Quinto”, para realizar sus actividades. Me encuadraron enseguida en la seisena azul de su Manada, para iniciar el aprendizaje de un año que me conduciría tras una ronda completa, incluidos los campamentos de Semana y Verano, al esperado y deseado día 10 de julio de 1963, origen de este relato.
Pero este relato puede hacerse inteligible para los no iniciados, me doy cuenta, si no hago un poco de historia, sobre el Escultismo y su organización:
Los orígenes del movimiento scout se encuentran en las experiencias coloniales que tuvo su fundador, el militar británico Robert Baden-Powell, durante la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica (1899-1902). Baden-Powell dirigió la defensa británica en el sitio de Mafeking contra los afrikaners, que terminó en una victoria decisiva para los británicos.
Una de las razones que contribuyó a su triunfo fue la organización de un cuerpo especial de voluntarios jóvenes, de entre diez y dieciséis años, que desempeñaron funciones de rastreo y mensajería. De esta forma, los jóvenes, llamados “cadetes de Mafeking”, liberaron de carga y brindaron apoyo a las tropas británicas en la defensa contra los bóers.
El papel jugado por estos jóvenes exploradores en el sitio de la ciudad inspiró a Baden-Powell a reflexionar sobre cómo la educación informal puede contribuir en el desarrollo tanto físico como personal o espiritual, y su posible impacto a nivel social y político. Y así, inspirándose en la disciplina militar creó el método scout con el objetivo inicial de reducir la delincuencia y la desigualdad social que atacaban a la sociedad británica de aquella época.
Baden-Powell, reunió a una veintena de jóvenes de entre doce y diecisiete años para que participaran en un campamento en la isla de Brownsea, al sur de Gran Bretaña, en el verano de 1907. El grupo se organizó en cuatro “patrullas” — Lobos, Toros, Cuervos y Chorlitos—, dando lugar al sistema que han utilizado las agrupaciones scout desde entonces.
Tras el éxito del campamento de Brownsea, en 1908 Baden-Powell, publicó Escultismo para muchachos, que se considera el manual fundacional del movimiento scout.
El escultismo no tardó en expandirse al resto del mundo. A partir de 1909 se sumaron al movimiento países de distintos países tales como Sudáfrica, Chile, Argentina, Brasil o España, entre otros. Fundándose en 1910 la Organización Mundial del Movimiento Scout (OMMS).
Tras la Primera Guerra Mundial, en 1920, se celebró en Inglaterra el primer Jamboree, palabra de origen zulú que significa “reunión”, al que asistieron cerca de 8000 scouts de veintiún países. Desde entonces y cada cuatro años se celebra en distintas partes del mundo un Jamboree en el que se reúnen los miembros de las asociaciones de los distintos países afiliadas a la OMMS.
Pero hablemos un poco de los lobatos y sus Manadas, ya tendré tiempo en otros relatos de hablar de las otras ramas que constituyen el conjunto de cualquier Grupo Scouts del mundo: Tropa, Escultas y Robert, a la que se va entrando según la edad.
Los niños y niñas con edades comprendidas entre los 8 y 11 años forman la Manada del Grupo al que pertenecen. En esta etapa, el objetivo educativo es tratar de que los lobatos aprendan a convivir en pequeñas agrupaciones de seis chicos y chicas, llamadas seisenas, en las que se reparten responsabilidades, aprendiendo a trabajar juntos, desplegando sus hábitos sociales y responsabilizándose de su tarea. Es a través del juego como el niño aprende a quererse y respetarse, a querer y respetar a los demás e ir adquiriendo también sus propios valores personales que le acompañarán toda la vida.
La rama de los Lobatos fue fundada por Baden-Powell en 1916, nueve años después de la fundación del Movimiento Scout. El fundador del escultismo buscaba algo diferente, una rama con su propia identidad, un método y un programa pensados especialmente para niños. Para lo cual Baden-Powell pidió a su amigo Rudyard Kipling que le autorizara a usar algunas historias del Libro de las Tierras Vírgenes. A partir de entonces la historia de Mowgli fue utilizada como un marco de motivación para los niños.
Para terminar este epilogo para no iniciados en el escultismo, hablemos un poco de “la Promesa” scout y su significado. la Promesa es un compromiso que el scout realiza con todos los scouts del Mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Este compromiso no incluye sólo aspectos scouts, sino que afecta a todos los ámbitos de su vida. Es por eso por lo que cada cual tiene que reflexionar en qué quiere que se base su Promesa y por qué.
En el caso de la Manada esta reflexión es guiada por Baloo, al igual que el oso ayuda a Mowgli a aprender las leyes de la selva. Serán sus compañeros de Manada, que ya han realizado su promesa, junto con Akela, el monitor o monitora responsable del buen funcionamiento de esta rama dentro del Grupo correspondiente, quienes decidirán en el “consejo de roca”, si el aspirante reúne las condiciones y el compromiso necesario para obtener su “pañoleta”.
The three wise men travel on camels towards a glowing star above a desert village at night.
Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.
Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.
Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.
Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.
Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.
Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera, se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No se qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.
Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.
-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.
-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.
-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.
He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.
En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.
Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.
Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.
Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.
Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.
Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.
A vibrant tropical island surrounded by blue ocean waters under a partly cloudy sky.
Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.
Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.
Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.
La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.
En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.
—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.
Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.
—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.
—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.
El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.
—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.