Cartas a un soldado

Russian soldier in camouflage uniform standing with rifle outside building
A Russian soldier stands guard outside a military facility holding a rifle.

El médico

Doctor Alexander Luria

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Leningrado, 25 de mayo 1947

Estimado colega y amigo,

Le escribo esta breve misiva para ponerle al tanto de los datos clínicos más relevantes del paciente Avgustin Temho (Número de expediente AT2001), al que acabo de remitir para ser tratado por usted de su “neurosis de guerra” desde el Hospital Militar Nº 5 de Leningrado.

El sargento Temho, fue ingresado en nuestra institución el 15 de enero de 1946, cuando, a punto de ser licenciado de su Unidad, empezó a dar síntomas de un desequilibrio mental severo, solo explicables, según nuestro parecer, por las experiencias traumáticas sufridas durante su participación en alguno de los combates más duros de nuestra Gran Guerra Patria.

Avgustin Temho no había presentado síntomas observables de neurosis de guerra durante sus más de tres años de servicio, a pesar de haber sido herido varias veces. Es más, dado su arrojo y valentía en el combate, fue reconocido con la la Orden de la Guerra Patria de 2ª clase y la Orden de Bogdán Jmelnitski de 3.ª clase.

Solo tras la entrada de nuestras victoriosas tropas en Berlín el sargento empezó a presentar alguno de los primeros síntomas de su enfermedad: abuso del alcohol, falta de concentración, mutismo y en ocasiones convulsiones musculares ante cualquier ruido. Tras un tiempo de ingreso en el 2º hospital de campaña en las afueras de la ciudad, a petición del medico de su compañía y la persistencia de los síntomas, fue trasladado con cierta urgencia a nuestro hospital, donde hemos estado tratándole con metanfetaminas a dosis moderadas, aislamiento y cura de sueño inducido más psicoterapia analítica, con solo pequeñas mejorías. El aumento de síntomas de conversión como la incontinencia urinaria, parálisis momentánea de las extremidades, sordera, etcétera. nos ha llevado a la conclusión de que el sargento Temho, necesita para su recuperación asistencia especializada como la que presta la institución que usted dirige, por lo que hemos pedido su traslado a Moscú.

Quedando a su disposición para cualquier información complementaria que se pueda requerir sobre este caso, se despide su camarada y amigo,

Coronel Sergey Solovióv.

Hospital Militar Nº 5 Leningrado.

PD: Espero tener el placer de verte durante las vacaciones para jugar una de nuestras partidas de ajedrez

La esposa

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Kémerovo, 7 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por los camaradas de la Comandancia del Ejercito Rojo en Kémerovo que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Quisiera estar en Moscú para tenerte cerca de mí. No sabes cuanto te echo de menos, pero me ha sido imposible conseguir el salvoconducto de viaje, a pesar de haber recurrido a todos nuestros conocidos en las delegaciones provinciales, tanto del Comisariado de Guerra, como de la Milítsiya y los camaradas del Partido.

Espero que el traslado a ese famoso hospital de Moscú, de cuyos tratamientos en casos de enfermedades como la tuya se escuchan maravillas, sirva para que podamos reencontrarnos pronto y besarte y abrazarte de nuevo, ya que nuestro lecho esta muy frio sin tu hermoso cuerpo a mi lado.

Por mí no tienes que preocuparte, pues gracias a ser la esposa de un soldado enfermo a causa de la guerra, pero condecorado dos veces por su valor, he podido continuar trabajando en las oficinas de la fabrica de tanques, que el Estado está reconvirtiendo rápidamente en fabrica de tractores, cumpliendo las directrices para la reconstrucción del camarada Stalin, lo que me permite seguir manteniendo la cartilla de racionamiento de primer grado.

Por cierto, el mes pasado vinieron a visitarme algunos camaradas ya desmovilizados de tu compañía y me trajeron los “obsequios” que habías conseguido en Berlín. Tu padre está encantado con el reloj de pulsera que le enviaste, pero yo he preferido guardar los juegos de sabanas y otras “cosillas” para estrenarlas cuando podamos estar juntos.

Espero que tu estado te permita escribirme pronto, ya me han comentado los médicos de tu hospital que aún no estas en condiciones de hacerlo. Por cierto, son muy amables y cariñosos conmigo, a pesar de las dificultades para poder hablar por teléfono de estos días, suelen llamar a la fabrica casi todas las semanas para decirme cómo estás.

Bueno no quiero cansarte más de lo debido, pero te prometo que ahora que sé tus señas, procuraré escribirte todas las semanas.

Un beso de esta tu esposa que te echa de menos,

Aliona

El padre

Sargento Avgustin Temho

Clínica Internacional de la Universidad de Moscú

Pabellón 19

Avenida de Lenin, 16

Moscú

Andreevka, 2 de septiembre 1947

Querido Агус. He conocido por el camarada Dmitry capitán de la Milítsiya del Distrito, que has sido trasladado a la Clínica Internacional de la Universidad de Moscú para continuar con el tratamiento de tu enfermedad.

Según me comenta el capitán has tenido una tremenda suerte al ser trasladado a ese hospital ya que su director, el camarada Alexander Luria, es un especialista en trastornos como el tuyo de fama mundial. El policía cree que tu traslado se debe sobre todo a que seas poseedor de dos medallas al valor que acreditan de sobra tu honorabilidad como soldado del Glorioso Ejercito Rojo, que alejan de las autoridades del Estado cualquier sospecha de cobardía por fingimiento de tus síntomas.

Tu madre y yo estamos tremendamente orgullosos de ti y de tu comportamiento como soldado. Lo estuvimos cuando con tan solo 19 años alcanzaste el grado de sargento, un suboficial muy querido por sus subordinados, según nos comentaron tus camaradas el día que vinieron a visitarnos. Y lo seguíamos estando cuando tus fotografías aparecían en los periódicos recibiendo alguna de tus medallas y éramos felicitados por el responsable político del koljós.

De aquí hay pocas cosas que decirte. Gracias a vuestros esfuerzos y la sabia dirección de la Guerra por el camarada Stalin, los malditos alemanes no asomaron sus feas narices por aquí, lo que nos permitió seguir con las cosechas cumpliendo todos los años la cuota marcada por el Comisariado.

Lo que sentimos en el alma es no poder ir a verte a Moscú, pero tanto tu madre como yo estamos desando verte entrar, ya recuperado, por la puerta.

Tu mujer bien. Continúa trabajando en la fabrica de Kémerovo y como siempre se muestra muy cariñosa con nosotros. Es una lástima que con la guerra no nos hayáis podido dar ningún nieto, pero con el tiempo supongo que todo se andará.

Bueno, hijo, te dejo y ya te iremos escribiendo. Un beso de tu madre y mío,

Avgustin y Katia Temho


Mi investidura como Rover

Boy Scout in uniform carrying backpack and walking stick on forest path
A Boy Scout smiles while hiking through a sunlit forest trail.

Ya está, tengo 18 años y es hora de que “empiece a remar mi propia canoa” expresión que utilizamos todos los scouts del mundo para remarcar nuestra entrada en la fase adulta de nuestras vidas.

Hay muchas personas de mi entorno que me preguntan como con 68 años puedo seguir sintiéndome miembro del Movimiento Scout y solo aquel que tiene tiempo e interés suficiente para escucharme les cuento la historia de cómo fui investido Rover delante de todo mi grupo scout una mañana de principios de julio de 1972.

Siguiendo la tradición establecida en su día por Baden-Powell en su libro Roverismo hacia el éxito,tuve que velar toda una noche mientras escribía en papel de pergamino y con pluma a la leve luz de un campin-gas mi carta sobre los propósitos que pensaba guiarían “mi canoa” en el rio de la vida, todo esto delante de una horquilla cayado de madrea, cuyo tronco principal acaba en una bifurcación que recuerda al aspirante a convertirse en un scout adulto, que todas las acciones de la vida pueden emprenderse conforme al camino del bien o del mal. Y que es el símbolo internacional del roverismo.

Terminada la vela, con los primeros rayos del sol brillando en el horizonte, tuve que partir, continuando con el ceremonial, con el único acompañamiento de la horquilla en las manos, un mapa, una brújula y un leve macuto a la espalda para emprender una larga caminata que me conduciría al punto rojo señalado en el mapa donde se produciría mi investidura.

Nunca lo tuve claro

Woman exiting hospital entrance with prescription bag and phone
A woman walks out of St. Jude’s Hospital carrying prescription medication and checking her phone.

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

Estimada y a la vez temida ansiedad

Young woman with worried expression biting nails in a waiting room.
A young woman bites her nails looking worried in a crowded waiting room.

Te escribo esta carta con el fin “terapéutico” de que sepas cuanto sufrimiento y quebranto en mi bienestar cotidiano me estas produciendo.

Ya se que tu los conoces, al igual que los conozco yo, pero quiero relatarlos en primera persona sobre todo como una forma de exorcismo reflexivo que me lleve a ponerte en el lugar que realmente te corresponde.

Por empezar de alguna manera por el principio quizás con toda probabilidad naciste conmigo y seguramente te hiciste fuerte por la trasmisión de ciertas inseguridades ante la vida trasmitidas por un ambiente familiar propenso a trasmitir directa o indirectamente cierto temor ante las circunstancias imprevistas de la vida, sobre todo aquellas que tienen que ver con la salud.

No me recuerdo como un niño especialmente ansioso o nervioso, sino más bien todo lo contario, me recuerdo más bien como un infante algo temerario e impulsivo, cliente habitual de la “casa de socorro”, debido a múltiples escoriaciones y alguna rotura de huesos, provenientes de mis juegos. Lo que si recuerdo es la exagerada preocupación de mi madre, que se traducía en las mil capas con que nos abrigaba a mi hermano y a mi, para que no cogiésemos frio al ir al colegio. Fuera de esto no tengo consciencia de ningún otro tipo de signo de alerta que pudiese fomentar algún tipo de miedo a la enfermedad.

Ya algo más mayorcito y tanto en mi pre-adolescencia como en mi adolescencia lo que sigo teniendo muy presente son los distintos roles familiares de mi madre y mi padre, tengo la sensación o el recuerdo si quieres, de una madre ausente que casi nunca nos daba verdaderas muestras de cariño y la presencia de un padre muy presente que trataba siempre de fomentar mi autonomía, al tiempo que se desesperaba y lo manifestaba críticamente con mi evidente falta de habilidades manuales.

Probablemente mi contacto más directo con la enfermedad fue el internamiento y posterior agonía de mi padre. Tengo un vago recuerdo de que el su decaimiento físico empezó, con casi total seguridad, con el nacimiento de mi hermano Jesús y su no aceptación de la minusvalía intelectual de su cuarto hijo, todo ello entremezclado con el cambio de tecnología de analógica a digital de los ascensores que conservaban. Recuerdo que se interno, creo que voluntariamente en el Sanatorio donde termino muriendo, a raíz de un viaje de trabajo a Sevilla, donde se agravo el asma que padecía debido a sus años de fumador empedernido, de mis visitas al centro sanitario en los primeros tiempos, recuerdo sobre todo las manifestaciones de desprecio hacia mi madre, mezcladas con unos celos casi patológicos, a los pocos meses y ha raíz de una caída, de la que no esta claro no fue causa un ictus, entro en una agonía larga y penosa de la que me tuve que “tragar”, toda una parte, gracias a las guardias nocturnas que tuve que asumir una noche si y otra también para dejar descansar a mi madre.   

    

Odio

Man and woman arguing with raised hands in living room
A couple passionately arguing in their living room, expressing frustration.

Desde que me separe de mi mujer la he tomado verdadero odio. Un odio irracional que no me deja apenas dormir ni comer. He pensado incluso en asesinarla, aunque luego me he arrepentido porque no quiero arruinar mi vida.

Hoy me marchare por fin de esta casa en la que he estado viviendo muchos años y como despedida terminare vengándome con una falsa declaración de suicidio.

No tengo ninguna duda de que encontrare otras mujeres que me permitan rehacer mi vida; pero tampoco que el odio s mi expareja me perseguirá toda la vida.

Pobre de ti -dice mi dinosaurio mientras me contempla colgado de su lampara habitual.

La Noche de Reyes

Three children sitting by a decorated Christmas tree with wrapped presents
Three children laugh and share Christmas decorations by a beautifully lit tree

Se acercaban las navidades y yo, nervioso, esperaba sobre todo la Noche de Reyes; con siete años poco me importaban la Nochebuena o el paso del Año viejo al Nuevo, para mí tanto la noche del nacimiento del Niño Dios como las campanadas de fin de año eran más bien unas fiestas algo pesadas.

Me aburría solemnemente sentarme con toda la familia: abuelos, tíos y primos. Todos aposentados alrededor de la mesa grande del comedor, ese rincón de la casa en el que solo se nos permitía la entrada a mi hermano y a mí en las grandes celebraciones familiares, santos, cumpleaños y meriendas con churros y chocolate, al volver de alguna procesión en las grises tardes de aquellas semanas santas del franquismo, en las que casi todo lo que no fuese escrupulosamente religioso estaba prohibido, y por supuesto en las cenas y comidas de las fiestas navideñas.

Es verdad, eso sí, que el aparador del comedor era lo suficientemente espacioso para albergar nuestro belén, con aquel suelo de musgo, recortado y trasportado con cuidado, normalmente en una caja de cartón, desde la Casa de Campo. Tenía también sus montañas de cartón piedra, desde las que descendía un río confeccionado con papel de plata que atravesaban, por un puente los Reyes venidos de Oriente, camino del Portal. Allí les esperaban pacientemente la Virgen, San José y el Niño, acostado en una cuna de madera con lecho de paja, mientras el buey y la burra les calentaban con su aliento, indicándoles el camino una gran estrella de purpurina. No faltaban los pastores, las lavanderas, el pozo y demás figuras del atrezo belenístico, enriquecido casi siempre con alguna figura comprada en los puestos de la Plaza Mayor.

Pero volvamos a lo importante: el maldito día en que mi primo Luis, tan solo un año mayor que yo, rompió para siempre mi ilusión de que los Reyes Magos eran esas personas mágicas y complacientes que cada noche del 5 de enero, entrando por el balcón del comedor, dejaban regalos junto al belén, no solo para mi hermano y para mí, sino también para papá, mamá y la abuela. Creía también que, antes de continuar su camino, tanto Reyes como pajes, reponían fuerzas con las viandas: algo de turrón, algún polvorón y un poco de vino dulce, que tan amorosamente les habíamos dejado encima de la mesa esa misma noche antes de acostarnos.

Ese desdichado día de diciembre del año 61, mi primo Alejandro acabó con mi ilusión. Habíamos salido, como siempre por esas fechas a pasear para curiosear entre los abarrotados puestos navideños de la Plaza Mayor, donde terminábamos siempre adquiriendo alguna nueva figurita para el belén, merendar un chocolate con churros en alguna de las cafeterías de la Puerta del Sol y acercándonos después a entregar nuestra carta para “sus Majestades” al Cartero Real, que, sentado en un trono dorado y acompañado de algún que otro paje, abría tan especial estafeta de correos en la puerta de un conocido gran almacén.

Mientras esperábamos en la larga cola de niños y niñas junto a sus acompañantes adultos, mi primo bastante molesto por la espera se me acercó y hablando en voz baja para que no les escucharan nuestros padres, me dijo: “No sé qué hacemos aquí con todos estos panolis, cuando casi todo el mundo sabe que los auténticos Reyes son los padres”.

Me revolví espantado y mirándole a la cara le dije: “Eso que me estás diciendo es mentira y de las gordas, ¿o es que no has escuchado nunca desde tu cama el ruido que hacen al entrar por la ventana y sus risas mientras se comen el turrón y se beben el vino que les hemos dejado? Además, yo los vi una noche en la que entreabrí la puerta de nuestro dormitorio. Te juro que allí estaban”.

-Que no tonto, que no -continuó mi primo-. Seguro que estabas soñando y lo que oíste fueron las voces de tus padres mientras colocaban los regalos.

-Alejandro, me estás engañando. Tienes envidia de que a mí me trajeran el año pasado la bicicleta y a ti no.

-Como veo que sigues siendo un pequeñajo que se deja engañar por los mayores, te propongo que unos días antes de la Noche de Reyes, rebusques en los armarios de tu casa. Si lo haces bien, verás cómo terminas encontrando algún lugar donde tus padres han escondido los regalos que te van a hacer esa noche. Verás, primo que tengo razón.

He de reconocer que después de aquella conversación sottovoce, la duda sobre la existencia o no de los Reyes Magos había entrado en mi cabeza. A pesar de todo, aquella tarde me senté complacido, como siempre, en las rodillas del Cartero Real y respondí con total seguridad sí, a la pregunta que me hizo de si había sido bueno, al tiempo que le entregaba mi carta de deseos para que se la hiciera llegar a sus Majestades.

En los días siguientes, la obsesión por comprobar si la afirmación de mi primo era cierta, hizo que cada vez que mis padres estaban fuera de casa y mi abuela pegada a la radio, oyendo su serial favorito, y ante el asombro de mi hermano pequeño, que no entendía nada, yo rebuscase en cada rincón de las habitaciones de nuestro hogar, susceptibles de poder haberse convertido en aquel lugar secreto donde mis progenitores podían haber escondido nuestros regalos.

Una de esas tardes de búsqueda, y mientras registraba a fondo el armario del pasillo, oí el ruido de las llaves de la casa en la cerradura, indicio inequívoco de que mis padres regresaban de tomar su habitual café vespertino.

 Apresuradamente, recurrí a esconderme en el mismo armario que estaba registrando, tras las prendas de verano allí colgadas.

Eso sí, dejando un poco entreabierta la puerta por si, en el caso improbable de ser descubierto por mis padres, tuviese que alegar que estaba jugando a detectives con mi hermano pequeño y que aquella era la guarida que había elegido para no ser encontrado.

Pero fueron aquel escondite y la rendija entreabierta de la puerta del armario, las que acabaron para siempre con mis dudas sobre la existencia o no de los Reyes, ya que pude ver cómo mis progenitores entraban en la casa con más sigilo del habitual, llevando en sus manos unas abultadas bolas con el logo de Paya, una de las jugueterías más famosas de aquella época, y en ellas, con toda seguridad, envueltos para regalo, algunos de los juguetes que, tanto mi hermano como yo, habíamos pedido ese año a los Magos de Oriente.

Y así terminó, para siempre, esa ilusión infantil, que solo recuperé bastantes años después en los ojos de mi hija.

Nube blanca

Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.

La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas,me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.

Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.

-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? ¾le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.

-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? ¾respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.

-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.

-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.

-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.

-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?

-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.

-¿Quién yo?

-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.

-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continues jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.

Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nubeblanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.

Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.

Un pinchacito y ya está

Surgical team in blue scrubs and masks performing surgery on patient under bright operating lights
A surgical team works together during an operation in a sterile operating room.

—Hola, Agustín, ¿listo para el quirófano? — me dijo el anestesista al tiempo que introducía con una jeringa un líquido blanquecino en la vía que poco antes me había puesto la enfermera.

Pasado unos instantes debí de caer en brazos de Morfeo, porque apenas tengo un vago recuerdo del traqueteo que hacían las ruedas de la camilla camino del área quirúrgica.

—Bienvenido al reino de los sueños —murmuro mi dinosaurio— mientras dure la operación, tú eres el amo y señor de este territorio.

—Hola, ´dino´, veo que ni aquí me dejas en paz.

—Aquí menos que en ningún otro sitio porque durante un rato todo lo que veas, oigas o hagas será producto de tu subconsciente, liberado de cualquier atadura con el mundo real.

Al tiempo que se producía esta conversación me di cuenta de que me encontraba caminando por las estrechas callejuelas que conducían a los muelles del puerto de Bristol, en la desembocadura del río Avon. Iba en busca de la taberna de un tal señor Trelawney, donde, al parecer, se buscan marineros para embarcarse en la goleta La Hispaniola con rumbo a las Islas Vírgenes. Estaba a punto de entrar en la taberna cuando el paisaje cambio de pronto para trasladarme a las callejas de la isla norteamericana de Nantucket, el puerto de salida preferido por los balleneros para iniciar sus expediciones. El objetivo era embarcarme en el Pequod, bajo las órdenes del respetado pero temido capitán Ahab.

—Veo que tu sueño va de aventuras marineras —me dijo ´dino´. Pero yo que tú me embarcaría con una tripulación de amigos de confianza, ya sea para poder ayudar a Jim Hawkins en sus enfrentamientos con Long John Silver, el pirata de la pata de palo, o con la locura de Ahab, en su obsesión por dar caza a Moby Dick, la temida ballena blanca. Por cierto, ¿te has dado cuenta de que tanto Silver como Ahab tienen una pata de palo? Extrañas coincidencias de la literatura de aventuras.

—¿Y dónde crees que puedo encontrar esa magnifica tripulación? —le pregunté al dinosaurio.

—Ya que parece que tu sueño anestésico te ha llevado por los caminos de tus lecturas infantiles, ¿por qué no buceas un poco en tu biblioteca para buscar una tripulación de confianza?

Llevado por los consejos de ´dino´. Me sitúe ante la sección de literatura infantil y juvenil de mi biblioteca inconsciente y de entre sus libros fui entresacando los personajes con las cualidades más idóneas para viajar conmigo, bien en busca de un tesoro o bien en la caza de una ballena asesina.

Lo primero que necesito es un personaje que tenga las cualidades de un buen espía, quién mejor que Kim de la India —pensé.

Ya puesto, necesito alguien capaz de enfrentarse y vencer a un enemigo peligroso. Y en seguida se me vino a la cabeza el nombre de Mougli, el niño criado entre lobos, que fue capaz de vencer a un terrible enemigo como Shere Khan, el terrible tigre de bengala.

Y por qué no unos niños rebeldes, capaces de idear buenos trucos y triquiñuelas como el pelirrojo Tom Sawyer o su homólogo inglés Guillermo el travieso.

Para terminar, creo que, un poco de magia no le vendría nada mal a esta tripulación. Quién mejor que el dúo formado por dos de los habitantes del País de Nunca Jamás, esa isla poblada tanto por piratas como por indios, hadas y sirenas: Peter Pan y Campanilla.

—Buena elección —murmuró en mi oído el dinosaurio—. Pero no sé si tendrás tiempo de hilvanar una historia, porque, aunque no lo sientas el cirujano está dándote los últimos puntos.

Cuando oí, aún algo atontado, la voz del anestesista, que decía una y otra vez “Agustín, Agustín despierta”, al tiempo que me daba unas leves palmaditas en las mejillas, comprendí, que una vez más ´dino´ tenía razón y mi sueño no había durado lo suficiente para poder imaginar una historia que uniese en su trama a todos los héroes literarios de mi infancia.

Los ojos del Guadiana

Young woman with blonde hair smiling sitting at an outdoor café with people and plants in the background
A young woman smiling warmly while sitting at an outdoor café.

Hoy has vuelto a mi vida, como casi siempre de una manera inesperada. Esta mañana muy temprano he recibido una llamada de tu esposo Joel, para comunicarme entre sollozos que al final el cáncer ha ganado la batalla que libraba desde hace tiempo contra tu cuerpo.

No necesitaba saber más, ya tenía decidido desde hace tiempo que no asistiría a tu entierro, y no porque Suances me pillara en la otra punta del mapa, pretexto suficiente para justificar mi inasistencia, sino porque prefería recordarte como la última vez que nos vimos. Fue en el Teatro Real, donde acababa de terminar la interpretación del ballet el “Sueño de una noche de verano”, que bajo tu dirección interpretaba la Compañía Nacional de Danza, y tú, cansada y sudorosa, estabas entre bastidores recibiendo los elogios de tus admiradores.

Me acerqué, tímidamente, con un ramo de flores en las manos. Allí estabas tú, en tu expresión más pletórica: la de una directora reconocida que recoge los merecidos elogios de su público.

 Tu melena rubia algo revuelta y una cierta actitud de niña asustada, oculta bajo tu sonrisa, sin embargo, te hacían inconfundible para mí, que conocía desde siempre tu angustia ante los estrenos. Esperé un poco para acercarme, ese minúsculo minuto que trascurre entre el cruce de nuestras miradas y el abrazo lleno de ternura con el que terminábamos saludándonos cada vez que nos encontrábamos.

Por eso hoy, a la misma hora en que sin duda replican a muerto las campanas de la iglesia de Suances, en honor a una de sus más ilustres vecinas, Adela Martínez, directora no solo de danza sino también a veces de teatro, me he puesto delante del ordenador para escribir este relato, “Los ojos del Guadiana”, sobre mis recuerdos de nuestra afectuosa relación de más de treinta años.

Y es que supongo que estarías de acuerdo conmigo en que nuestra amistad ha funcionado durante todo este tiempo al estilo del rio Guadiana, con un nacimiento conocido, en los alrededores de las Lagunas de Navalcudia, pero el cauce oculto a la vista durante muchos kilómetros hasta reaparecer, con un caudal más o menos vigoroso, en Villarrubia de los Ojos.

A la manera del río, el comienzo de nuestra relación tuvo un lugar y un tiempo conocidos: la estación del Norte de Madrid, una calurosa noche de junio en la que coincidimos en la espera del último tren que partía para Segovia, con parada en Cercedilla.

 Si te acuerdas yo iba con mi amigo Miguel Ángel y tú con tu hermana Teruca. Nos reconocímos inmediatamente entre aquel numeroso grupo de pasajeros cargados de mochilas más o menos pesadas que solía constituir, los viernes, la mayoría del pasaje de aquel tren nocturno; todos camino de la Sierra de Guadarrama, por las pañoletas que rodeaban nuestro cuello y que nos identificaban como miembros de algún grupo Scout. Eso bastó, como siempre suele pasar entre los scouts de todo el mundo, para que entabláramos enseguida una animada conversación que se prolongó, no solo durante el viaje, sino también durante la marcha nocturna hacia las dehesas del pueblo, donde montábamos nuestro vivac, ya que, en esa breve hora de estancia en el ferrocarril, habíamos decidido compartir juntos la subida por el camino Schmid hasta el puerto de Navacerrada.

Enseguida quedé prendado de tu cabellera rubia y de aquellos ojos azules que parecían reflejar, cuando los miraba, el azul del mar de tu tierra y que adoptaban, como averigüé más tarde, el color oscuro de las galernas cántabras cuando te enfadabas. Si añadimos a esto una nariz puntiaguda, de “pato”, como decías tú misma cada vez que te mirabas en un espejo, y una conversación intensa y apasionada, que se reflejaba no solo en tu rostro sino en toda tu expresión corporal, nada más conocerte empecé a pensar, como en la canción de Sabina, “cuidado, chaval, que te estás enamorando”. Lo que inevitablemente terminó ocurriendo con el trascurso del tiempo.

Fue el mío siempre un amor callado, adolescente y a ratos platónico, que perduró siempre a pesar de las “calabazas” que me diste aquella tarde de invierno, en el café Lion, cuando me revelaste por primera vez que tenías un novio, Joel, que habías conocido en uno de tus viajes a Inglaterra.

 Aquella tarde y aquella revelación constituyeron la primera ocultación bajo la tierra y el tiempo, del caudal del río que habíamos creado, como afluentes que confluyen en un momento dado durante los dos fructíferos años que vivimos tras conocernos.

El río salió a la luz muchas veces a lo largo de los años: en tu primer estreno como directora de danza; el día de tu boda cuando me resigné a trasformar mi amor apasionado en un tranquilo amor platónico; en el nacimiento de tu primer hijo, al que os empeñasteis que apadrinase en el bautizo; la primera vez en que la crítica cultural se cebó contigo; en la ceremonia de la promesa scout de mi hija; en las graduaciones de nuestros chicos; y, por último, la más angustiosa en el día en que te diagnosticaron la enfermedad que ha terminado con tu vida, y siempre que alguna de nuestras situaciones personales nos llevaba a buscar el abrazo de un amigo y un hombro en el que apoyarnos para llorar.

Ahora supongo que nuestro nuevo “ojo del Guadiana” surgirá, si se cumple lo que predica esa fe que te ayudó en tantas ocasiones y que yo en el fondo siempre he envidiado de ellos, y se abrirá en el cielo, donde te imagino dirigiendo alguna coreografía para los ángeles.

Mientras tanto, aquí, en la tierra, yo seguiré alimentando la subterránea corriente del río que nos une, alimentando tu recuerdo y sintiendo como he sentido siempre, ahora te lo confieso, que hubiera bastado una palabra por tu parte para marcharme contigo a esa “isla del nunca jamás”, donde según la leyenda habitan los amores imposibles. Entre tanto, Adela, un beso y mi cariño para siempre.

El mortero

1 La escuadra

Soldiers firing a large howitzer artillery gun with flames and smoke from the barrel
Soldiers operate a howitzer during a live-fire artillery exercise in a mountainous training area

Llevaban en esa posición demasiado tiempo, más o menos desde que el frente se había estabilizado a principios del 37. Habían llegado aquel piso de la Facultad de Medicina tras una ofensiva sangrienta, siguiendo río arriba desde su posición inicial muy cerca del Puente de los Franceses. Ellos eran los últimos reductos de aquella compañía variopinta que junto a la XI Brigada Internacional habían resistido uno a uno los envites iniciales de los moros del General Varela, la lucha piso a piso y habitación a habitación del Hospital Clínico, hasta el establecimiento de un frente más o menos regular, una vez que Franco y sus generales se dieron cuenta, a base de incontables bajas, de que el lema “no pasaran” era algo más que un apelativo propagandístico.

Desde la militarización de las milicias en octubre del 36, la compañía, antes milicia de los castizos, había quedado enmarcada, pese a la resistencia inicial de algún compañero anarquista, en la II Brigada Mixta del Ejercito Popular y los antiguos castizos.  Dotados de armamento ruso y morteros capturados al enemigo, se había terminado convirtiendo en una compañía de apoyo de fuego ligero, con secciones de ametralladoras, cañones antitanque y moteros pesados del calibre 12.

Desde febrero del 37, la compañía era comandada por el teniente Giménez, antiguo militar de carrera y uno de los pocos oficiales del antiguo Parque de Artillería de Madrid que se había mantenido fiel a la Republica el 18 de Julio. Como comunista convencido y militar a ultranza, era sobre todo un férreo partidario de la disciplina, por lo que era mirado con cierto recelo por alguno de sus hombres, a pesar de lo cual nadie le discutía su pericia como artillero.

Su misión principal por aquel entonces era la de cubrir con el fuego de sus cañones y morteros cualquier intento de ataque de los sublevados de aquella punta de lanza del frente de Madrid, así como enmascarar con el ruido de sus disparos, a los “mineros” cuando estos estaban en pleno apogeo en la construcción de algún túnel que les permitiera colocar explosivos debajo mismo de las posiciones enemigas.

El sargento Ramírez, junto con los artilleros Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao y Pepe, El Vallecas, constituían una de las escuadras, encargadas de manejar uno de aquellos feos pero certeros morteros del 12. Los cuatro eran íntimos amigos desde que se conocieron en el asalto al Cuartel de la Montaña, aquel baluarte facho, cercano a la Plaza de España, donde se habían reunido los sublevados contra el Gobierno Republicano el 18 de Julio.

Después del asalto, aquellos por entonces bisoños milicianos, no tuvieron ningún reparo en subirse a uno de los camiones de las milicias que partieron hacia la sierra madrileña ese mismo día, para quedar encuadrados así por casualidad en una Milicia variopinta por su composición, pero brava en el combate, a la que pusieron el nombre de los castizos, sencillamente porque sus aproximadamente 50 componentes eran todos madrileños de pura cepa.

Hoy, 15 de marzo, la escuadra ha recibido la orden de tener listo el “cacharro”, apelativo con el que se dirigen al mortero que manejan, porque se han observado movimientos sospechosos del enemigo que preludian un posible ataque.

-Vallecas y tú, Manolo, ir engrasando el “cacharro”, que hoy parece que vamos a tener jaleo.

-Sí, mi sargento.

-Mientras tanto,El esquinado y yo vamos a por algunas cajas de obuses -dice Ramírez, con esa impostura en la voz que se le pone cuando la cosa va en serio, que para eso es sargento.

– Sargento no se le olvide pedir que nos traigan agua y provisiones, no vaya a ser que ocurra lo de la última vez y estemos tres días sin comer más que sardinas en lata.

– No te preocupes, Vallecas, que no te vas a quedar sin comer. ¿Por cierto tenemos bastante refrigerante para el mortero?

– Sí -responde Manolo-, el Comisario repartió bastante el otro día.

-Bueno, a la tarea, que nosotros venimos en seguida.

Al salir al pasillo desde el aula de Fisiología, donde está ubicada la escuadra se encuentran con el teniente Giménez y ese nuevo Comisario de Compañía, un ruso de nombre impronunciable y al que todos llaman “Pepito Grillo”, eso sí, a sus espaldas, qué menuda se la gastan estos rusos.

– Hombre, Ramírez, precisamente el Comisario y yo íbamos a veros -dice el teniente.

-A sus órdenes, mi teniente, y a las de usted, Camarada Comisario, siempre se agradece su visita.

-Mire, sargento, dejemos las formalidades por un momento y escuche lo que necesito hoy de su sección -dice Giménez, al tiempo que despliega un mapa sobre uno de los bancos de piedra del pasillo- necesito que concentren el fuego sobre esta cota, señalando un lugar en el mapa. Es importante que cubráis lo mejor que podáis a los camaradas de las trincheras.

-Según el SIM (Servicio de Inteligencia Militar), el ataque probablemente comience en el Clínico, moros y legionarios, como siempre, pero ojo con la artillería pesada y algún tanque. No podéis dejarlos pasar más allá de la cota que os he indicado, ¿entendido?

– Sí, mi teniente.

-Ahora mando a los de comunicaciones para que os instalen un teléfono de campaña. No quiero mensajeros a pie, si podemos evitarlo.

-De acuerdo, mi teniente.

-Bueno, os dejo continuar con lo que estabais haciendo.

-A sus órdenes, camaradas.

2. El combate

Las hostilidades comenzaron en la noche de ese mismo día con un intenso fuego de artillería sobre las posiciones republicanas. Los defensores del baluarte que formaban las facultades de Farmacia, Medicina y Odontología aguantaron como mejor pudieron la lluvia de proyectiles, que duró hasta la madrugada del día 15. Acostumbrados a las escaramuzas de aquella parte del frente madrileño, habían tenido tiempo suficiente para consolidar sus posiciones, por lo que, a pesar del intenso bombardeo, refugiados en sus chabolos de hormigón, sufrieron menos bajas que las que eran de esperar. Por lo que, al inicio del ataque de la infantería enemiga, el número de soldados republicanos que les hicieron frente era mucho mayor que el esperado por los estrategas del Estado Mayor franquista, con lo que la situación no tardó mucho en volverse a estabilizar.

No obstante, los legionarios atacantes consiguieron tomar algunas trincheras lo suficientemente próximas a la Facultad de Medicina como para que el fuego de sus moteros pesados terminase alcanzando tanto al propio edificio como a los baluartes y nidos de ametralladora republicanos, que lo defendían desde el exterior.

El sargento Ramírez y su escuadra de artilleros no pararon de disparar con su cacharro durante casi todo el día sobre la cota que les había marcado el teniente. Las vainas de los obuses se amontonaban a sus pies, pero cerca de la doce del mediodía la munición de que disponían para alimentar su mortero se estaba terminando.

– “Vallecas”, corrige el ángulo de tiro 20 grados, hay que cargarse las posiciones de tiro de los obuses enemigos antes de que nos machaquen -ordeno el sargento

– Y vosotros dos, espaciar los disparos mientras bajo al polvorín a por más “pepinos”

que se nos están terminando. ¿Me habéis oído?

-Sí, mi sargento -respondieron al unisonó El esquinao y Manolo, El Cantalapiedra.

Ramírez salió corriendo de la posición, consciente de que, en aquel momento, con el enemigo tratando de colocar sus moteros lo más cerca posible de sus parapetos, no era el mejor momento para disminuir su propia capacidad de fuego por falta de munición.

Al llegar al sótano del edificio, donde se encontraba el polvorín de la compañía, se encontró con una cola de jefes de escuadra que, tan angustiados como él, demandaban del brigada encargado de la administración del amunizamiento más municiones de motero, más cintas de balas de ametralladora o sencillamente más cargadores para los mosquetones de los infantes.

El brigada y sus ayudantes se movían con rapidez frenética eficiencia entre las cajas del polvorín e iban cumpliendo lo mejor posible las peticiones que iban recibiendo, conscientes, ellos también, de la importancia del momento. Pero cada vez se hacía más patente que la cantidad de munición de todo tipo almacenada en el sótano de la Facultad disminuía rápidamente, y de seguir a este ritmo, la compañía se quedaría sin potencia de fuego dentro de tan solo de unas pocas horas.

– Lo siento, Ramírez, pero solo te puedo dar veinte cargas de mortero -le dijo el brigada al sargento cuando le llegó su turno.

– Pero con veinte cargas apenas me queda capacidad de fuego para una hora, y eso espaciando mucho los disparos.

– Tendrá usted que aguantarse con lo que hay -dijo una voz a sus espaldas.

-Pero, camarada Comisario, como usted comprenderá, nuestros compañeros de las trincheras, las van a pasar canutas sin fuego de cobertura.

– No se preocupe por eso -respondió El ruso-, pronto recibiremos ayuda de algunos tanques que vienen para aquí desde la Moncloa. Mientras tanto haga lo que pueda y recuerde que, si se queda sin munición, siempre puede salir al exterior y colaborar en la defensa con sus fusiles. Y ahora para arriba que sus hombres le estarán necesitando.

– A sus órdenes, pero espero que los tanques lleguen pronto.

– No tenga usted la menor duda, son tanques rusos de lo más moderno.

   Espero que sea verdad, pensó para sus adentros el sargento, consciente como era de que el Comisario diría cualquier cosa con el fin de mantener la moral de los combatientes.

     3. El obús

– Esos “cabrones”, cada vez afinan mejor la puntería -dijo Manolo, El Cantalapiedra.

– Sí, aquellos fachas que manejan el mortero de la izquierda, saben lo que se hacen y están tratando de colocarnos un pepino -respondió El esquinao.

Fue decirlo y como si hubiesen atraído a la mala suerte un obús enemigo, se coló directamente en el aula, rebotando en una esquina y quedándose parado sin explotar en el suelo de la posición.

Ni que decir tiene que los tres artilleros se quedaron blancos; si el obús hubiese explotado en ese momento estarían todos muertos.

Pasado el primer susto El Vallecas, se acercó con mucho cuidado al dichoso obús, comprobando con ojo experto de artillero veterano que la bomba no había explotado porque al entrar por la ventana con una trayectoria más plana de lo habitual, el mecanismo de encendido del explosivo, situado en la punta del proyectil, al no chocar contra nada, había impedido la explosión. De una rápida ojeada comprobó que el obús se correspondía al tipo de munición que utilizaban los moteros del calibre 12, idéntico al que utilizaban ellos, y que en el cuerpo lateral del explosivo ponía fabricado en Trueba año 1924, junto al número de serie correspondiente.

– En cierta manera tiene gracia, “el pepino” que ha estado a punto de mandarnos al “otro barrio” es primo hermano de los que usamos nosotros dijo el artillero -dijo mirando a sus compañeros.

Y fue entonces cuando le surgió la idea. ¿Por qué no devolvérselo a los legionarios?

– Se me está ocurriendo una idea dijo El Vallecas a sus compañeros, por qué no les devolvemos “el pepino” a esos malnacidos con nuestros mejores deseos, a ver si, de paso y con suerte, esta vez explota y se carga unos cuantos “fachas”.

– Tu Cantalapiedra, déjame una tiza de esas que hay junto a la pizarra.

Con la tiza pintó en el lateral del obús un mensaje ofensivo, que firmaron los tres soldados sin ningún reparo: “que el diablo se os lleve, hijos de p.”.

4. La explosión

Mientras todo lo anterior tenía lugar, en el aula donde se encontraba su posición artillera, el sargento Ramírez, ayudado por otros dos camaradas, cargaba escaleras arriba con la caja de veinte proyectiles, para seguir manteniendo el fuego de su mortero más unas marmita con comida y agua, que había recogido de paso en la cocina de la compañía, mientras se acordaba, ya a destiempo, que se había olvidado el refrigerante.

No importa, usaremos parte del agua para enfriar el mortero y si no nuestra propia orina, como hemos hecho otras veces –iba pensado el sargento-, mientras sudaba por todos los poros de su cuerpo, en parte por el peso que acarreaba, en parte por la ansiedad que le producía el hecho de que su escuadra se hubiese quedado ya sin munición.

Fue al llegar a la embocadura del pasillo, tras pasar cerca de las puertas de otras aulas donde otras escuadras, igual que la suya, mantenían un incesante fuego, esta vez de ametralladoras, sobre las posiciones cada vez más cercanas del enemigo, cuando se escuchó una tremenda explosión, que proveniente del aula donde estaban sus amigos, iba derribando con la expansión de la onda explosiva los tabiques más próximos, y que terminó con el sargento tumbado en el suelo, sangrando abundantemente por los oídos y presa de un importante shock que terminó haciéndole perder el conocimiento.

La explosión fue fruto de la manipulación apresurada del obús enemigo por parte del Vallecas, que, en sus prisas por devolver el proyectil a los legionarios utilizando su propio mortero, tuvo la mala suerte de tropezar con la plancha de sostén del “cacharro”, provocando en su caída la activación del mecanismo de encendido del explosivo, con el resultado ya conocido. Los tres amigos, Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao, y Pepe, El Vallecas, muertos en el acto, al igual que los cuatro servidores de la ametralladora sita en el aula más próxima y más de quince heridos entre los restantes ametralladores, los cuales, junto con el sargento Ramírez, terminaron en el hospital de sangre más próximo, tras ser evacuados.

5. El final.

El hueco dejado por la explosión del obús enemigo fue rápidamente taponado por los zapadores de la compañía a base de apilar ruinas y sacos de arena, la posición volvió a cobrar vida tras la incorporación de la sección de reserva de la compañía.

Los moros y los legionarios que habían ocupado parte de las trincheras cercanas a la Facultad de Medicina fueron al fin puestos en retirada por la llegada de los carros de combate apostados en la Moncloa, tal y como había previsto El Ruso. Y el frente quedó más o menos como estaba al comienzo del ataque y así se mantuvo hasta el triunfo de los sublevados en abril del 39.

Manolo, El Cantalpiedra, Rosendo, El Esquinao y Pepe, El Vallecas, fueron enterrados con honores militares, junto al resto de los caídos en la ofensiva del día 15, en el Cementerio del Paseo de la Florida.

El teniente Giménez y su Comisario Político, El Ruso, murieron juntos en la explosión de una mina colocada bajo su puesto de mando en octubre del 38.

Mientras el sargento Ramírez, accedido a teniente del Ejército Republicano, continúo peleando hasta ser capturado, el 2 de abril del 39, en la Casa de Campo, cuando intentaba huir hacia la Sierra. Internado en la Prisión Madrileña de San Antón, fue sometido a Consejo de Guerra por los sublevados, ahora vencedores, y condenado a muerte por, paradójicamente, Rebelión Militar. Fue fusilado junto con otros camaradas en noviembre de ese mismo año.