Noches de hospital

Boy holding elderly patient’s hand in hospital room

Hoy, como los dos últimos meses, he salido antes de trabajar. Tengo que ir a cuidar a mi padre en el Hospital situado en la carretera de Alcobendas. Me espera un largo trayecto desde Gran Vía hasta Plaza de Castilla en metro, para tomar el autobús que me dejará justo enfrente del Centro Sanitario.

Con la cabeza apoyada en el frío cristal de la ventanilla voy repasando los acontecimientos del último año que motivaron que mi progenitor pidiera a su neumólogo el ingreso. Mi padre entró en depresión desde el momento en el que supo que mi hermano Jesús, su último hijo, había nacido con una lesión cerebral, producida por la falta de riego sanguíneo durante el parto. La depresión agudizó su enfisema pulmonar, hasta el punto de que apenas podía respirar, por lo que pidió el ingreso, entrando poco después en coma irreversible. Desde entonces me vi abocado a cuidar de él todas las noches, pese a mi corta edad. Tenia entonces solo 16 años.

Entro en el hospital saludando con un buenas noches a un portero medio adormilado y empiezo a recorrer el camino que entre pinos me conducirá al vestíbulo. El Hospital, antes un sanatorio antituberculoso, es un edificio decrépito rodeado por un pinar bastante descuidado. Nuevo saludo a la auxiliar de enfermería, que tras un inmenso mostrador vigila la entrada. Mientras espero el ascensor que me conducirá a la planta segunda, habitación 202. Siento en la nuca la mirada de la mujer, que sin duda estará pensando que un chico tan joven no debería estar a estas horas en este lugar.

-Buenas noches, mamá, saludo. ¿Cómo está hoy?

-Como siempre, cada vez respira peor ¾contesta mi madre.

-¿Ha pasado el médico?

-Sí, y ha dicho lo de siempre, que no mejora y que más pronto que tarde le llegara su hora.

En la voz de mi madre creo percibir el deseo de que esto ocurra cuanto antes. Casi lo mismo que me pasa a mí.

-Bueno, hijo, me marcho que si no no cojo el ultimo autobús ¾dice ella, mientras se pone el abrigo y tan seca como siempre se marcha sin ni siquiera darme un beso.

La verdad es que nunca he querido a mi madre, no recuerdo que me haya procesado nunca ninguna muestra de cariño. Empieza mi guardia de diez horas, hasta que ella vuelva por la mañana tras dejar a mis hermanos en el colegio. Me he traído para leer Valentina de Sender y un bocadillo de tortilla francesa para cenar. Sé que sobre las doce pasará la enfermera a tomar las constantes vitales de mi padre, que después lo anotará en la gráfica colgada a los pies de la cama y después me quedare solo toda la noche, atento a la respiración entrecortada de mi padre, hasta que la enfermera vuelva a repetir la misma operación a las ocho de la mañana.

Me siento en el incómodo y desvencijado sillón junto a la cabecera de la cama, ya que, en este hospital, pese a ser privado, a nadie se le ha ocurrido poner una cama para el acompañante.

Tengo hambre. Desenvuelvo el bocadillo con cuidado de no hacer mucho ruido y empiezo a comer despacio, mirando la lenta caída de las gotas del gotero que tiene puesto mi padre en su brazo izquierdo.

Son las tres de la mañana y empiezo a tener sueño, pero tengo miedo de quedarme dormido. Me levanto y miro por la ventana los pinos apenas iluminados por las farolas que rodean el hospital.

Unos días más tarde ha muerto. Me siento aliviado porque ya no tendré que volver por las noches al Hospital. No siento pena, ¿por qué debería sentirla? Sí, estos meses de cuidados me han dejado agotado mental y físicamente.

Solo un mes después me marcho definitivamente de la casa familiar y empiezo de verdad mi vida.

Un pinchacito y ya está

Surgical team performing operation on patient in an operating room with medical monitors and equipment

—Hola, Agustín, ¿listo para el quirófano? — me dijo el anestesista al tiempo que introducía con una jeringa un líquido blanquecino en la vía que poco antes me había puesto la enfermera.

Pasado unos instantes debí de caer en brazos de Morfeo, porque apenas tengo un vago recuerdo del traqueteo que hacían las ruedas de la camilla camino del área quirúrgica.

—Bienvenido al reino de los sueños —murmuro mi dinosaurio— mientras dure la operación, tú eres el amo y señor de este territorio.

—Hola, ´dino´, veo que ni aquí me dejas en paz.

—Aquí menos que en ningún otro sitio porque durante un rato todo lo que veas, oigas o hagas será producto de tu subconsciente, liberado de cualquier atadura con el mundo real.

Al tiempo que se producía esta conversación me di cuenta de que me encontraba caminando por las estrechas callejuelas que conducían a los muelles del puerto de Bristol, en la desembocadura del río Avon. Iba en busca de la taberna de un tal señor Trelawney, donde, al parecer, se buscan marineros para embarcarse en la goleta La Hispaniola con rumbo a las Islas Vírgenes. Estaba a punto de entrar en la taberna cuando el paisaje cambio de pronto para trasladarme a las callejas de la isla norteamericana de Nantucket, el puerto de salida preferido por los balleneros para iniciar sus expediciones. El objetivo era embarcarme en el Pequod, bajo las órdenes del respetado pero temido capitán Ahab.

—Veo que tu sueño va de aventuras marineras —me dijo ´dino´. Pero yo que tú me embarcaría con una tripulación de amigos de confianza, ya sea para poder ayudar a Jim Hawkins en sus enfrentamientos con Long John Silver, el pirata de la pata de palo, o con la locura de Ahab, en su obsesión por dar caza a Moby Dick, la temida ballena blanca. Por cierto, ¿te has dado cuenta de que tanto Silver como Ahab tienen una pata de palo? Extrañas coincidencias de la literatura de aventuras.

—¿Y dónde crees que puedo encontrar esa magnifica tripulación? —le pregunté al dinosaurio.

—Ya que parece que tu sueño anestésico te ha llevado por los caminos de tus lecturas infantiles, ¿por qué no buceas un poco en tu biblioteca para buscar una tripulación de confianza?

Llevado por los consejos de ´dino´. Me sitúe ante la sección de literatura infantil y juvenil de mi biblioteca inconsciente y de entre sus libros fui entresacando los personajes con las cualidades más idóneas para viajar conmigo, bien en busca de un tesoro o bien en la caza de una ballena asesina.

Lo primero que necesito es un personaje que tenga las cualidades de un buen espía, quién mejor que Kim de la India —pensé.

Ya puesto, necesito alguien capaz de enfrentarse y vencer a un enemigo peligroso. Y en seguida se me vino a la cabeza el nombre de Mougli, el niño criado entre lobos, que fue capaz de vencer a un terrible enemigo como Shere Khan, el terrible tigre de bengala.

Y por qué no unos niños rebeldes, capaces de idear buenos trucos y triquiñuelas como el pelirrojo Tom Sawyer o su homólogo inglés Guillermo el travieso.

Para terminar, creo que, un poco de magia no le vendría nada mal a esta tripulación. Quién mejor que el dúo formado por dos de los habitantes del País de Nunca Jamás, esa isla poblada tanto por piratas como por indios, hadas y sirenas: Peter Pan y Campanilla.

—Buena elección —murmuró en mi oído el dinosaurio—. Pero no sé si tendrás tiempo de hilvanar una historia, porque, aunque no lo sientas el cirujano está dándote los últimos puntos.

Cuando oí, aún algo atontado, la voz del anestesista, que decía una y otra vez “Agustín, Agustín despierta”, al tiempo que me daba unas leves palmaditas en las mejillas, comprendí, que una vez más ´dino´ tenía razón y mi sueño no había durado lo suficiente para poder imaginar una historia que uniese en su trama a todos los héroes literarios de mi infancia.

Nunca lo tuve claro

Nunca lo tube claro

Aquel 30 de junio, dejaba la clínica para siempre porque me tocaba jubilarme. Ya no podría trabajar como psicólogo —al menos de manera retribuida.

La noche anterior a mi fiesta de despedida no pude dormir por lo que me levanté de la cama, salí a fumar a la terraza y mientras llenaba la cazoleta de mi pipa preferida, una Peterson de madera de brezo, regalo de una paciente, empecé a hacer un repaso de una actividad profesional — que nunca tuve claro de empezar—pero de la que he estado enamorado desde que comencé la carrera y que había llenado mi vida los últimos veintiocho años por la satisfacción de poder ayudar a los demás.

—Sí, no me mires con esa cara de estupefacción —le digo a mi dinosaurio— que, aunque no te lo creas, yo ya llevaba 22 años viviendo en esta tierra antes de conocerte.

—Ya lo supongo, pero me extraña que hubiera un tiempo en el que no tuviste claro ejercer la psicología. Creo que esa afirmación merece al menos una explicación, ¿no te parece? —me pregunta mi compañero al tiempo que muy serio empieza a balancear su cola morada cerca de mi cara; no tenia ninguna duda que me pegaría con ella, sino fuera, como es, una alucinación.

—Pues verás, antes de matricularme en Psicología, lo había hecho cuatro años atrás en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, llevado por la corriente de una actividad política, que había empezado ya en el Instituto. Y que se vio reforzada además con mi amistad que forje con los hermanos Berzosa en los scouts.

—¿Y por qué querías ser economista y no físico o matemático, por ejemplo?

—Porque, aunque es verdad que siempre y desde muy pequeño me han gustado las matemáticas y las ciencias en general, estaba convencido de que nuestro país, en un futuro mas o menos cercano iba a necesitar buenos profesionales de la Economía Política, capaces de diseñar los necesarios planes quinquenales que le sacaran del subdesarrollo.

—Eso de planes quinquenales me suena a comunismo —me dice mi dinosaurio, no sin cierto sarcasmo.

—Es que yo entonces era comunista y como deberías saber seguía siéndolo cuando nos conocimos.

—¡Claro!, ahora me explico tu devoción, en los primeros años de carrera, por Castilla del Pino, Foucault, Lacan o Althusser, que tantos encontronazos te supusieron con tus profesores de Historia de la Psicología o Sociología en tu primer año de facultad. Pero continúo sin comprender por qué dejaste la economía por la psicología.

—No es tan difícil de comprender. En buena parte tuvo la culpa el expediente académico que me abrieron y me mantuvo apartado de la Universidad hasta la ley de Amnistía de octubre de 1977. He de reconocer que en mi decisión también influyeron el suicidio de mi amigo Conrado y el primer brote psicótico de mi hermano.

—Seguramente fueron ese suicidio y el inicio de la psicosis de tu hermano los que realmente influyeron más en tu decisión de cambio de carrera. ¿O no es así?

—Como siempre, amigo dinosaurio, quizá tengas razón.

—Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro de tu cambio de criterio. Si no, no me hubieras dado la oportunidad de saltar de la manga del Decano a tus hombros y ahora no tendrías la oportunidad de hablar con una alucinación en forma de un pequeño dinosaurio morado.

—Bueno, vamos a dejarlo por hoy, que empiezo a tener sueño y mi pipa lleva un buen rato apagada. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Pero, antes de acostarme, tengo una pregunta para ti —le dije a mi compañero morado— ¿No me dejarás solo cuando me jubile?

—Ni lo sueñes amigo, aún nos quedan muchas aventuras por vivir —me contestó muy digno moviendo su cola de izquierda a derecha.

El mundo de nunca jamás

Mapa ilustrado del mundo de Nunca Jamás con Bahía de los Piratas, Casa del Árbol de los Niños Perdidos, Aldea India, Laguna de las Sirenas y otros lugares
Un mapa ilustrado del mundo de Nunca Jamás con lugares emblemáticos y personajes voladores.

El golpeteo de una ventana me despierta. Aún medio dormido, mis ojos recorren la habitación mientras mi cerebro todavía en marcha lenta tiene el vigor suficiente para darse cuenta de que esta estancia y la cama en que estoy tumbado no tienen nada que ver con mi dormitorio. Entonces ¿dónde estoy? La sorpresa de despertar en un cuarto extraño hace que, ya completamente despierto, me levante alarmado, y aunque mi cuerpo pide con urgencia que alivie mi vejiga, solo se me ocurre asomarme a la ventana, que medio abierta sigue golpeando empujada por el viento.

—Será mejor que te abrigues. Aunque es primavera, en Londres sigue haciendo frio. Tienes el albornoz en la silla que está a tu izquierda y las pantuflas y el orinal debajo de la cama —me explica una voz desconocida situada a mi espalda.

Al darme la vuelta para ver quien me habla, reconozco, como si la conociera de toda la vida, a “Campanilla”, la pequeña hada que siempre acompaña a Peter Pan en sus aventuras. Es ella sin duda, con sus pequeñas alas traslúcidas y en una de sus manos la varita mágica con la que esparce el polvo blanco que permite volar a los humanos.

—No te asustes, que hoy no estoy aquí para hacerte volar sobre los tejados londinenses —me dice con su dulce voz—. Solo he venido para traerte un mensaje de todos aquellos amigos que has ido abandonando a lo largo de tu vida en “el mundo de nunca jamás”, cerca de la isla que habitan los “niños perdidos”.

—¿Cuál es el mensaje? —pregunto sorprendido.

—Más que un mensaje en sí mismo, se trata de una pregunta.

—Pues ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué con los años que tienes, que ya te acercan a la vejez, solo conservas la amistad a prueba del paso del tiempo de tus amigas y a ellos los fuiste abandonando en nuestro mundo mágico?

—La verdad es que no sé la razón de ese desapego. ¿Quizás la distancia o el paso del tiempo?

—Me temo que esa respuesta no les valdrá, ya que no te pasó nada igual con las chicas. Como me temía una escusa así de facilona he hecho una lista con los olvidados en el mundo de nunca jamás. Si te parece te voy diciendo sus nombres y tu me vas dando una corta explicación de la razón de su abandono.

—Está bien, dime los nombres, pero te advierto que quizás mis respuestas puedan enfadar alguno de tus corresponsales.

—Te leo la lista.

—¿Castro?

—Amigo desde que cursábamos cuarto de Bachillerato en el Instituto Cervantes, una de sus hermanas, Pilar, estuvo a punto de ser mi novia. Los dos nos casamos casi al mismo tiempo y nuestras esposas intimaron tanto que creo que han sido amigas toda la vida. La razón de nuestra desavenencia como amigos tiene su origen en su separación de Concha, su mujer, y ahí es donde le fallé y se rompió nuestra relación para siempre. El día que acudió a mi trabajo, supongo que en busca de consuelo, pretexté que estaba reunido y no podía atenderle, ya que me sentía incapaz de brindarle aunque solo fuera un abrazo que paliara su sufrimiento. Por supuesto, se lo tomó tan mal que no volvimos a retomar nuestra amistad.

—¿Gonzalo?

—Gonzalo fue mi amigo desde los seis años, cuando coincidimos en la Manada del mismo Grupo Scout. Gracias a su inmensa biblioteca de libros infantiles conocí a Jim, el protagonista de la Isla del Tesoro o seguí las aventuras en el Misisipi de Tom Sawyer, intercambiados por libros de mi biblioteca, sobre todo de Guillermo el travieso o de Rudyard Kipling o de Salgari. Siempre fue un chico tímido e impresionable. En este caso no fui yo quien lo abandonó, fue él que se suicidó con tan solo veinte años. Aunque es verdad que fui incapaz de dar el pésame a sus padres ó acudir a su entierro.

—¿Miguel Ángel?

—No recuerdo muy bien cómo nos conocimos, quizás durante alguna excursión a Guadarrama. Fuimos íntimos amigos durante algunos años, hasta que conocimos a Asunción y los dos nos enamoramos de ella al mismo tiempo. Ese enamoramiento simultáneo de la misma chica terminó abriendo una brecha entre los dos que acabó agriando nuestra amistad. Definitivamente No me gustaba nada que estuviese enamorado de la misma chica que yo.

—¿Eduardo?

—Unos años mayor que yo, fue uno de mis monitores en los scouts. Gracias a su amistad, pasé unos veraneos estupendos en La Granja, donde me fue inculcando el gusto por la Economía hasta tal punto que fue la primera carrera universitaria en la que me matriculé. Terminó enemistándonos la política, ya que viví como una traición personal que se afiliase, a la UCD durante la Transición.

—¿Conrado?

—Nos hicimos amigos porque los dos éramos botones en Telefónica, pero es que, además, fuimos compañeros de andanzas políticas en la denominada “Coordinadora de Enseñanza Media”, donde él representaba a La liga Comunista y yo al PCE. En un momento de su vida, y debido a una ruptura amorosa, entró en depresión y terminó suicidándose, arrojándose por el viaducto. Me arrepiento, sobre todo, de no haberme dado cuenta de su estado anímico, a pesar de ser ya psicólogo.

—Como ves la lista es corta y es que, por lo que veo no has tenido muchos amigos íntimos a lo largo de tu historia—me dijo el hada—. Y tus razones para abandonarlos son, si me permites que te lo diga, bastante egoístas y pueriles. Quizás por eso tu mente creó ese dinosaurio morado que parece acompañarte a todas partes.

—Es probable que tengas razón, pero mi dinosaurio, al ser una alucinación, no pide nada más que acompañarme y darme algún consejo, aunque algunas veces proteste.

—Bueno, me voy, pero dejo una pregunta en el aire, ¿por qué no te paso lo mismo con tus amigas? —pregunto “Campañilla” antes de marcharse.

Y me volví a la cama de aquella habitación, que no era la mía, preguntándome por qué en esta ocasión no había visto a mi dinosaurio por ninguna parte.

Flashbacks

Person standing on a broken stone path surrounded by floating shards showing photos and a cracked clock

Esta noche hay luna llena y como siempre que esto ocurre me viene a la cabeza la vieja canción que refleja la quietud de la noche:

“Muere el sol

de las aves las canciones cesan ya,

elevar hacia Dios la oración”

Inevitablemente la evocación de esta canción origina que aparezcan a modo de destellos de luz, viejos recuerdos que han dejado profundas sensaciones emocionales en mi cabeza. Recuerdos tales como:

Las noches estrelladas de agosto cuando contemplábamos las estrellas desde nuestros sacos de dormir.

El sabor del primer beso o del primer cigarrillo.

El olor a fritanga de la cafetería del Instituto, donde solía comer todos los días un bocadillo de chorizo.

El inconfundible olor de tu perfume.

El sabor dulzón de la leche en polvo que nos daban para desayunar en el colegio.

La dureza de las pelotas de goma de los Almacenes Segarra que te regalaban cuando comprabas unos zapatos…

Es curiosa esta cualidad que tienen los flashbacks de evocar en un momento olores, sabores y a veces hasta percepciones táctiles que han dejado una profunda huella en tu cerebro. Los he escuchado de la boca de muchos de mis pacientes, como Juanita que presenció comó su hijo se ahorcaba en su habitación o Dolores que vio como las aguas de la Dana arrasaban su casa.

No deja de sorprenderme cómo el cerebro humano conserva en su seno recuerdos felices o amargos que al fin y al cabo son la esencia de la vida.

Agustín Moreno, abril 2025

Esa chica que tengo en la cabeza

Young woman with blonde hair wearing a cream sweater smiling outdoors.

Desde la adolescencia tengo siempre una chica en la cabeza. Una chica idealizada y de la que estoy enamorado. Una chica que me acompaña y me consuela en los momentos de tristeza.

Es curioso, pero esa chica, se parece en todo a mi primer amor adolescente, es rubia y tiene unos inmensos ojos azules que suelen mirarme con cariño y preocupación cuando estoy triste. En esos momentos sueño que me marcho con ella a la isla de Nunca Jamás, donde nos reunimos con Peter y los niños perdidos mientras mi compañera conversa con Campanilla.

En otras ocasiones y si tenemos ganas de aventura, nos embarcamos con Jim Hawkins en La Hispaniola en busca del tesoro perdido o con el capitán Ahab en busca de Moby Dick.

Esta querencia por las islas imaginarias nos viene del deseo real que tuvimos en su día de dejar para siempre nuestra ciudad e irnos a vivir a alguna isla apartada, con un faro en el que pudiésemos vivir. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa generación que vio nacer el movimiento hippie y sus ansias de libertad.  Por eso quisimos incorporarnos al camino Kerouac y sus amigos.

-A ti, lo que te pasa es que, como Peter Pan, nunca te ha gustado crecer  -me dice mi dinosaurio al oído.

Es verdad, pienso, ojalá me hubiese quedado siendo para siempre un adolescente, paseando con mi novia rubia, la de los ojos azules, por los acantilados de alguna isla lejana.

Soldados


Hoy, mientras pasaba por un pequeño pueblo de la provincia de Soria, al que he venido de excursión, me he sentado en un banco de la plaza, fatigado de ir de aquí para allá. En el mismo banco, a mi lado, dos ancianos se contaban batallitas sobre su servicio militar allá por los años 60 del pasado siglo.
-¿Te acuerdas de aquel teniente tan estirado que llegó a nuestra compañía directamente de la Academia?, -le estaba diciendo el anciano que tenia a mi lado a su compañero.
-Cómo no me voy a acordar, si parecía que tenia un palo metido por el culo. No me extraña que se llevara tan mal con nuestro sargento, -respondió el aludido.
-Pero los que pagábamos el pato éramos nosotros, que el tenencillo con tal de ganar prestigio se apuntaba a todas las maniobras y nosotros a pencar corriendo con el cetme a cuestas arriba y abajo por aquellos cerros.
Llevado por la curiosidad no me he podido resistir a preguntar a los ancianos.
-¿Perdonen?, ¿de qué quinta eran ustedes? Yo hice la mili en el 75.
-Nosotros somos de la quinta del 65 e hicimos juntos el servicio militar en el Regimiento de Infantería San Marcial número 7 de Burgos. Quince meses vestidos de caqui, nada menos, -contestó uno de ellos.
-Pero a usted, por la fecha, le debió tocar la muerte de Franco, ¿no? me preguntan casi al unísono.
-Sí, y estuvieron a punto de mandarnos a África, por lo de la Marcha Verde.
-Y, ¿dónde hizo usted la mili?, continúa preguntando mi interlocutor.
-En Madrid, en la Brigada Topográfica.
-O sea, que era usted un enchufado, porque, por lo que tengo entendido, en la Topográfica, solo había enchufados. ¿Era usted futbolista o algo así?
-No, no era futbolista, pero es verdad que me destinaron allí gracias al enchufe que me proporcionó un tío mío, que era comandante de la Legión. ¿Pero como sabe usted que en la Topo la mayoría estábamos enchufados?
-Porque me lo contó un primo mío al que le tocó hacer la mili en el Cuartel General del Ejercito. Ya sabe, en batallón de honores, ese que sacaban a desfilar cada vez que había en Madrid algún acontecimiento importante. Nosotros, como éramos de este pueblo y agricultores, no tuvimos tanta suerte, ya ve.
La conversación continúa sin descanso por los mismos derroteros, entre recuerdos y aventurillas de nuestros respectivos servicios militares y podía haber seguido así durante bastante rato, si no hubiese recordado de repente que a las seis salía el autobús para devolver a los miembros de nuestra excursión al hotel de Soria de donde habíamos salido esta mañana. Una excursión de jubilados, en la que, pensé, todos los hombres que participábamos seguramente habíamos hecho la mili en algún momento de nuestros recién estrenados 21 años. Y es que si algo tiene en común el genero masculino de este país, desde el año 1800, en el que se instauró el reclutamiento militar obligatorio, hasta 2001 en que se abolió definitivamente es el de ponerse a charlar sobre su mili a la menor ocasión.


Nube blanca


Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.
La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas, me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.
Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.
-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? -le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.
-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? -respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.
-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.
-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.
-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.
-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?
-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.
-¿Quién yo?
-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.
-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continúes jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.
Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nube blanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.
Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.

Autopsia de un suicidio


Lo tenía pensado hacía algún tiempo, probablemente desde que terminaron sus delirios y se dio cuenta de que padecía de esquizofrenia.
Cavilaba, mientras se encaminaba al acantilado, desde el que pensaba arrojarse al vacío, que era curioso que su cerebro pasase tan fácilmente de las voces que le torturan todos los días a la idea de quitarse la vida para asegurarse de una vez por todas que no volverá a escuchalas de nuevo.
Sabía que los esquizofrénicos suelen suicidarse en el momento en que se hacen conscientes de la enfermedad mental que padecen, pero ese dato no le importaba demasiado, solo quería huir de las voces que le habían estado torturando desde que sufrió su primer brote psicótico.
Se acordaba perfectamente de ese primer estallido cuando una mañana al levantarse tras una noche de alcohol y drogas, empezó a escuchar las voces que le decían que “era un infeliz que no servía para nada”. Estos reproches le enfurecían terriblemente y entonces empezaba a destrozar todo lo que le rodeaba. Precisamente esa furia desatada provocó su primer ingreso hospitalario, cuando tras arrojar el televisor y un microondas por la ventana, sus vecinos, alarmados, llamaron a la policía. Por supuesto, a lo largo de los tres años siguientes había sufrido varios episodios parecidos, en un ciclo repetitivo de ingresos en el hospital, tratamiento antipsicótico, terapia, aparente vuelta a la normalidad durante un tiempo, recaída en el consumo y regreso de las voces, cada vez más insistentes y acusadoras: “eres un infeliz que no servía para nada”.
Por eso, hoy, completamente decidido, se encaminaba hacia aquel acantilado, cuidadosamente elegido, con la altura precisa para tener la seguridad de que acabaría muerto al estrellarse contra las rocas en una hora en que la marea baja las dejaba al descubierto. De todas formas y para asegurarse, llevaba en el bolsillo la cantidad suficiente de pastillas, que ingeridas junto con el brandy con el que había rellenado su cantimplora, asegurarían su paso a la otra vida antes de que alguien pudiera prestarle, hipotéticamente, cualquier clase de auxilio.
Mientras caminaba repasaba una y otra vez si había dejado todo “atado y bien atado”. Como no tenía familia ni deudas ni propiedades, había testado que sus escasos ahorros fueran repartidos entre varias ONG; su pensión de invalidez quedaría automáticamente cerrada una vez que el juzgado comunicase su muerte a la Seguridad Social, en el bolsillo de su pantalón llevaba una carta convenientemente plastificada asegurando que había decidido quitarse la vida por voluntad propia; y en la misma bolsa, su carnet de identidad y la llave de la habitación del piso de alquiler amueblado donde había estado viviendo sujeta a su cinturón. Si definitivamente había dejado todo arreglado.
Por fin, llegó al borde del precipicio, con cuidado se quitó los zapatos y los dejo a un lado, saco la cantimplora y las pastillas de la mochila que portaba y mientras miraba el vuelo de las gaviotas, fue tragándoselas lo más rápido que pudo para que su estomago no las rechazase. Cuando terminó se acercó al borde del acantilado y se precipitó al vacío.
Quizás, mientras caía, se arrepintió en el ultimo momento, pero ni tú ni yo podemos saberlo.

Un joven se quita la vida en los acantilados de Morás.
Una persona se suicida en Lugo cada semana: «Son mortes moi traumáticas; segue habendo algo de vergonza nelas»

La Voz de Galicia, 17 oct 2024

Reencuentro


Cada mañana temprano la veía pasear, acompañada de su cuidadora, por el paseo marítimo. Apoyada en su andador, sus ojos azules escrutaban con curiosidad el entorno. La reconocí enseguida pese a que su pelo antes rubio se había vuelto blanco con el trascurso del tiempo, que había hecho estragos, era evidente, en sus piernas antes tan ágiles. Escruté en mi memoria para calcular su edad: si cuando la conocí era10 años mayor que yo, ahora debería tener 81. De lo que sí me acordaba perfectamente era de su fecha de cumpleaños: 15 de agosto.
No albergaba ninguna duda de que era ella, pero durante mucho tiempo no me atreví a acercarme a saludarla. Su mera presencia cada mañana en aquel paseo costero despertaba dentro de mí una nostalgia abrumadora, y es que yo había estado profundamente enamorado de aquella mujer en otro tiempo y aquel rescoldo que creía ya apagado parecía encenderse de nuevo cada vez que la veía.
Las preguntas se acumulaban en mi cerebro, preguntas para las que no podía tener respuesta, si no me decidía acercarme a ella y presentarme, ¿aún se acordaría de mí? El temor a que no me reconociese me angustiaba sobremanera. Pero había otras muchas preguntas de momento sin respuesta por mi falta de atrevimiento a darme a conocer: ¿continuaba casada?, ¿qué había sido de sus hijos?, ¿por qué abandonó su prometedora carrera artística? Y, sobre todo, ¿que hacia allí, en aquella ciudad del sur, tan lejos de la casa de Pozuelo, donde sabía que había vivido tantos años?
Cuando la recordaba, yo siempre había pensado que cuando fuera mayor y estuviera rodeada, probablemente de nietos, de retirarse a vivir algún lugar, lo habría hecho a tierras del norte. Me la imaginaba coqueta y vivaracha, como había sido siempre, paseando por alguna playa lucense, con algún chiquillo de la mano al que contaba leyendas de mouras o de trasnos, como las que le gustaba narrarnos en nuestras noches de acampada. Pero ahora, por alguna razón desconocida, estaba allí en aquel paseo todas las mañanas y además acompañada de lo que evidentemente era una cuidadora.
Había conocido a Noa en una fiesta en Mondoñedo tras la inauguración de un TPS (Teléfono Público de Servicio), en el año 1976. Por entonces yo era el encargado de representar a Telefónica en este tipo de inauguraciones como adjunto a la Dirección de Comercial de Lugo, una provincia con una orografía tan difícil que solo permitía el establecimiento de las comunicaciones vía radio. Los TPS solían instalarse en el bar de la aldea; un único teléfono que permitía a los habitantes de la localidad un enlace con el mundo, en un momento en que la telefonía móvil apenas empezaba a desarrollarse, de la que hasta ese momento habían carecido. Por eso su puesta en servicio solía celebrarse con una fiesta, casi siempre con una comida o cena. Noa, que por entonces bailaba en una reconocida compañía de baile gallega, participaba junto a su compañía en un espectáculo de danza tradicional con el que cerraba el acontecimiento.
—Agustín, tengo el gusto de presentarte a Noa, la coreógrafa y primera bailarina del grupo que actuará luego —me dijo el alcalde de Mondoñedo, antes de empezar los actos de inauguración.
—Noa, este es Agustín Moreno, el representante en estos actos de Telefónica, continuó con la presentación el edil.
La mujer que tenia delante de mí y que se disponía a darme los dos besos de cortesía acostumbrados en estas ocasiones, me dejó impresionado por su belleza desde el primer momento. Unos preciosos ojos azules, una larga cabellera rubia y el cuerpo escultural de una bailarina, que acercaba en aquel momento su cara a la mía para besarme, aunque fueran solo un par de besos protocolarios, y yo tomado por sorpresa y con el dardo de cupido ya clavado en mi corazón, aunque entonces no lo supiese.
Tuve la inmensa suerte de poder sentarme junto a ella durante la cena y entre plato y plato, además de seguir admirando su belleza, supe que compartíamos puntos de vista y aficiones, ambos tirábamos ideológicamente hacia la izquierda, nos gustaba el senderismo, la lectura de novelas policiacas y el cine de ciencia ficción y lo mejor de todo los dos habíamos sido scouts de pequeños. Así surgió una amistad y en mi caso un enamoramiento que nunca me atreví a confesarle abiertamente, tonto de mí, que duró más de veinte años y que se mantuvo pese al casamiento de Noa, con Joe, su novio de siempre y el nacimiento de su primer hijo.
El traslado de mi amiga a Estados Unidos, contratada como primera bailarina del New York City Ballet, unido a otras circunstancias de nuestras vidas nos fueron poco a poco distanciando, hasta convertirse en las clásicas felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños o en Navidad y fin de año, hasta que, pasado el tiempo, la perdí la pista, aunque en el fondo continué siempre enamorado de ella.
Por eso lo inesperado, dada la situación geográfica y el evidente deterioro físico de Noa, tan distintos a lo que había esperado, reavivaron dentro de mí, nostalgias y recuerdos de este amor nunca correspondido.
—Noa, ¿te acuerdas de mí? Soy Agustín —me atrevo a preguntar a la anciana del andador, ante la evidente sorpresa de su cuidadora. —Mi amiga me mira directamente a los ojos y responde, para mi decepción: Hola, Alejandro, ¿qué haces por aquí?
—Perdónela, señor, pero la señora Noa, ha perdido la cabeza y desde hace tiempo, cuando la saluda cualquier hombre lo confunde con su hijo Alejandro y eso que murió el año pasado. Es usted un antiguo conocido, por lo que veo.
—Sí, fuimos amigos en otro tiempo, respondo mientras triste y cabizbajo me alejo de ambas mujeres.