El muchacho

Young man sitting on park bench with head resting on clasped hands
A young man sits thoughtfully on a bench in a serene autumn park.

Fue en el patio, después de la siesta, la primera vez que coincidí con el muchacho. Me acuerdo de que estaba cómodamente sentado leyendo una novela de espionaje, que esa misma tarde había cogido de la biblioteca del pabellón, cuando alguien se sentó a mi lado. Fingí estar enfrascado en la lectura para evitar la habitual pregunta “¿tienes un cigarro?”. Por eso me sorprendió que la persona, a la que no pensaba prestar la más mínima atención para que me dejara leer en paz, me preguntase “¿qué estás leyendo?”. No me dejó otra alternativa que contestar, poniendo, eso sí, una voz de desagrado para ahuyentar a mi fortuito acompañante, que una novela de espías. Sólo me faltó decirle “así que déjame en paz”, al volverme para verle la cara.

-¿Sueles leer novelas de espías? -me preguntó.

Solo entonces me di cuenta de que mi contertulio era un muchacho de unos veinte años, totalmente desconocido para mí ya que no le había visto en las dos semanas que llevaba internado en el sanatorio.

-Sí, me suelen gustar bastante las novelas. No solo de espías, sino de misterio en general.

-Pues a mí me suelen resultar bastante aburridas -me contestó el desconocido.

-Perdona la curiosidad. ¿Eres nuevo? Vamos, quiero decir que si te han internado hoy. Como nunca te he visto por aquí -pregunté.

-No, ya llevo cuatro meses en el sanatorio. Lo que pasa es que he estado tres semanas fuera haciendo ejercicios espirituales.

-Entonces, es usted cura? -volví a preguntar, pero cambiando el tuteo habitual por el usted.

-No, no soy sacerdote. Sólo soy miembro seglar de una congregación religiosa.

¾Apostaría algo a que es usted del Opus Dei o de una organización parecida de la Iglesia. O al menos me lo parece, sobre todo por su manera formal de vestir, tan distinta de la que solemos usar aquí, que con un chándal y unas zapatillas de deporte vamos que tiramos. Por cierto, perdone la descortesía, me llamo Agustín.

-Yo soy Bernardo, pero deja ya de tratarme de usted, que como te he dicho no soy sacerdote.

-Aun así, se me hace un tanto raro, lo que me cuentas de que estando aquí como enfermo, te hayan dado permiso para hacer ejercicios espirituales fuera.

-¿Y eso? ¿Acaso crees que el recogimiento y la oración van a volverme más loco que lo que ya estoy? Porque ocurre todo lo contario. Reunirme con mis hermanos en la Fe, apacigua mucho mis “demonios”. —me contesto muy irritado.

-Bueno, perdona, era una apreciación inocente, no quería ofenderte. Si dices que te va bien no tengo por qué dudarlo.

-Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien, no solo para el alma, sino para los males de la mente —me dijo.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

-Pues entonces hasta la cena.

-Sí, hasta la cena. Nos vemos.

Sin embargo, no volví a ver al muchacho hasta la tarde siguiente, pero como estaba conversando con el capellán del centro, no quise interrumpirlos y continué con mi lectura. He de confesar que picado por la curiosidad ya le había preguntado a Pedro Luis, el radio macuto del sanatorio, qué sabía sobre Bernardo.

-Mira, Agustín, lo único que te puedo contar es lo que se rumorea por ahí.

-Y, ¿que se rumorea? -pregunté.

¾Que, al parecer, el chaval, que es pariente del Prior, está aquí porque de pronto y sin saber por qué le entran unos brotes agudos de ansiedad y termina casi siempre autolesionándose. Yo mismo he contemplado alguno en este patio y te aseguro que se necesito la intervención de tres enfermeros para poder dominarle antes de que se cortase con la tapa mellada de un bote de refresco.

-Ah, ¿sí? ¿Y que paso después?

¾Lo de siempre, le metieron en aislamiento un par de días hasta que se le pasó el ataque.

-¿Por qué tienes interés en él?

¾Por mera curiosidad. No suele vérsele por aquí por las mañanas y por las tardes cuando va a en misa esta hablando con el capellán.

-¿Ha intentado ya catequizarte como hace con todos?

-No, sólo me propuso el otro día que fuese a misa con él.

-Pues, ya verás que en cuanto pueda volverá a intentarlo. Lo hace con todos y más de uno le ha mandado a la mierda. Por aquí le llaman “el curita”.

-Puede ser, pero aún no has contestado a mi pregunta. Si se autolesiona, ¿dónde está por las mañanas? ¿Y por qué no se le ve en el comedor más que en la cena?

-Dicen por ahí que tiene un permiso especial para poder ir a la Universidad. Le dan de desayunar más pronto que al resto de nosotros para que pueda coger el autobús de las ocho y no viene a comer porque lo debe hacer en la facultad.

-Gracias por la información, Pedro Luis. Tu tan enterado como siempre, pareces la enciclopedia viviente del sanatorio. —le digo como siempre que le pregunto, algo porque sé que le gusta.

-De nada. Pregunta lo que quieras, que ya sabes que uno tiene “sus fuentes” ¾me dice tan ufano, mientras se marcha para mendigar a alguien un cigarrillo.

Pasados unos días, se repitió la escena del primer día. Yo sentado, leyendo tranquilamente en un banco del patio, alguien que se sienta a mi lado y me pregunta ¿qué estás leyendo? Pero esta vez, por el tono de voz, antes de volverme para contestarle ya sé que es el muchacho.

-La misma novela de espías que el otro día -contesto.

-¿Sueles leer novelas de espías?

-Sí, ya te lo dije el otro día.

¾Perdona, pero con la medicación suelen olvidárseme esas cosas.

¾Me he enterado de que por las mañanas vas a la universidad. ¿Qué estudias? ¾le pregunto con el fin de evitar una nueva invitación de acompañarle a la misa que estará a punto de empezar.

-Teología y Filosofía.

-Ya veo. Te será difícil concentrarte en las clases, con la medicación.

-Un poco, pero gracias a la ayuda del Señor y de los hermanos de la congregación del sanatorio voy sacando las asignaturas.

-Pues debe de ser difícil. Yo seguramente no podría hacerlo.

-Teniendo fe todo es posible. Por cierto, ¿no oyes? Las campanas de la ermita del sanatorio están llamando a misa. ¿Te vienes? Un rato en compañía del Señor siempre viene bien no solo para el alma, sino para los males de la mente.

-No, gracias, prefiero seguir leyendo.

El muchacho se levanta apresuradamente y sin despedirse le veo marchar deprisa camino de la capilla.

La escena no hubiera merecido más atención por mi parte, si no se hubiese repetido casi todas las tardes a lo largo de los cerca de los seis meses que permanecí internado allí.

Mi dinosaurio y yo

Tyrannosaurus rex walking in dense prehistoric jungle with two triceratops near river
A fierce Tyrannosaurus rex roams a lush prehistoric jungle landscape

Paseo por el patio cerrado del modulo de ingresos del sanatorio. Un patio rectangular con un par de árboles raquíticos, que apenas dan sombra, adornado en su centro por dos círculos de ladrillos de colores, pensados en su día para plantar flores, pero que hoy son tan solo un conjunto de matojos y malas yerbas sembrados de colillas. En este paseo me acompaña como siempre, desde el día en que me licencié, mi pequeño dinosaurio violeta que hoy ha decidido posar sus pequeñas patas traseras sobre mi hombro izquierdo, mientras enrolla su escamosa cola de reptil a lo largo de mi brazo para no caerse.

Desde que ingresé en esta institución el humor de mi compañero ha cambiado radicalmente, pasando de ser un bicho simpático y juguetón a convertirse en un animal amargado y criticón; supongo que porque no le gusta nada que yo haya pasado de profesional de la salud mental a psicólogo con depresión, que necesita estar internado.

De este sanatorio no parece gustarle nada, ni la habitación donde dormimos ni la comida que me sirven, digo que me sirven porque él, cómo cualquier otra alucinación, no necesita comer ni beber para mantenerse vivito y coleando. Además, por si fuera poco, mira con intenso desagrado tanto a la psiquiatra como a la psicóloga que llevan mi tratamiento. Creo que porque no comprende que dada su profesión no vayan acompañadas como yo de algún animal de su especie. Aunque, si tuviera que apostar, creo que lo que en realidad teme es que cualquier psicotropo de los que inevitablemente voy a tener que tomar, termine con su existencia y le relegue a vivir encerrado para siempre en algún lugar de mi subconsciente.

Por eso me parece que esta noche y mientras me fumo tranquilamente mi última pipa, antes de que los rigurosos horarios de esta institución nos obliguen irnos a dormir, tendré una conversación seria con él. Vamos, una especie de terapia donde mi dinosaurio violeta ejerza de paciente y yo, aunque deprimido, ejerza como tantas veces de terapeuta.

Es necesario, si no quiero que me amargue con sus quejas lo que estemos aquí, hacerle entender que no dejaré que ninguna pastilla, por potente que sea, me aleje de su compañía.

La muñeca de porcelana

Porcelain doll with lace dress sitting on wooden chair in dark attic
An old porcelain doll sits on a wooden chair in a dim, neglected attic.

La muñeca de porcelana

Basto un simple mensaje en Telegram: “Feliz año 2025”, acompañado con el clásico emoticono de un beso, para que abandone precipitadamente la mesa donde está celebrando con sus amigos la cena de Nochebuena.

¾Lo siento, chicos, me tengo que ir, no me encuentro demasiado bien. ¾dijo, mientras se levanta rápidamente en busca de su abrigo.

-Pero, Roberto, ¿te vas a marchar sin esperar a las campanadas?, ¿tal mal te encuentras? ¾pregunto Mamen alarmada.

-Sí, presiento que pronto tendré un ataque de migraña y no quisiera arruinaros la noche. De hecho, ya ha empezado a dolerme la cabeza. Lo siento.

-¿Quieres que te acompañe? Así no vas a poder conducir ¾dice Manolo, al tiempo que hace el amago de levantarse de su silla.

-No hace falta, de verdad. De aquí a mi casa son apenas quince minutos y no merece la pena que tú también te quedes sin tomarte las uvas. Es una lata, lo sé, pero ya sabéis lo mal que me pongo cuando me coge este terrible dolor.

Sin darles tiempo a que le siguieran diciendo nada y con cara de circunstancias, agarra su abrigo y sale precipitadamente de la casa en busca del coche, que por suerte tiene aparcado cerca. Le urge volver a su domicilio y sacar de la vitrina su muñeca de porcelana. Tiene que hacerlo sin falta antes de que suene la primera campanada en el reloj de la Puerta del Sol. No puedo dejar a Teresa dentro de la vitrina, cuando acaba de desearme tan amablemente un Feliz Año, piensa.

Mientras conduce con prisas, entre las calles casi vacías en aquel cuarto de hora que precede al inicio de las celebraciones de la Nochevieja, va dándose cuenta de la tristeza que le embargaría si no libera de su prisión de cristal a la muñeca antes de la medianoche. Sí esa muñeca de porcelana que compró la misma tarde en que Teresa le dio “calabazas” con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Su “loquero” había interpretado en su día que la compra impulsiva de la muñeca aquella misma tarde no fue sino el intento inconsciente de atrapar para siempre aquel amor que la realidad le negaba. Una forma de posesión narcisista que en el fondo sabía “frágil” y que por eso entre todos los materiales posibles había elegido la porcelana para aquel fetiche de mujer al que, para estar más seguro, había encerrado en una vitrina de cristal, como si se tratase de una Cenicienta dormida en espera de que el “príncipe azul” la despertase.

Quizás tuviese razón el psicólogo, piensa, ya que el solo saca de su encierro a la muñeca en las contadas ocasiones en que recibe, como hoy, algún mensaje, siempre breve y siempre con el emoticono del beso, en las que la Teresa real, la de carne y hueso, aquella chiquilla rubia de nariz respingona y ojos azules, de la que se había enamorado la primera vez que la vio en aquella estación de tren, cuando ambos empezaban a salir de la adolescencia y a la que en años sucesivos ha visto poco a poco convertirse en mujer, mientras los dos “jugaban” a ser novios, da señales de vida.

Aunque, a decir verdad, prefiere, considerar a la muñeca, como a una especie de Wendy Darling, que en una tarde aciaga de marzo le recuerda a Peter Pan, que ella ya se ha hecho mayor para vivir eternamente con él en el El país de Nunca Jamás, con un seco: “no creo que en realidad me quieras de verdad”.

Por eso, cada vez que recibe un mensaje, saca a la muñeca de la vitrina para revivir con ella sus locas aventuras en aquel país lejano que ellos habían creado. Y por eso continúa inventando historias para esa Teresa de porcelana, a la que ha sentado en una silla enfrente de la suya. Historias de ese país donde Gonzalo, Alejandro, Teruca y María continúan teniendo diecisiete años y donde todos juntos, sin excepción, continúan contándose leyendas de fantasmas junto al fuego de verano, o disfrutan como cosacos bañándose en las playas de Laredo, y donde todo el grupo sabe que Roberto y Teresa están enamorados, de la misma forma en que es de dominio público que Gonzalo “le tira los tejos” a Teruca o que María tiene miedo se suspender el Preu.

El sortilegio dura tan solo unas horas y entonces, como por encanto, la realidad se impone cuando la muñeca suelta, como si en realidad cobrara vida el terrible sortilegio, no creo que en realidad me quieras de verdad. Es entonces, solo entonces, cuando Roberto la devuelve a la vitrina de cristal y comienza ese inconfundible latido en las sienes que le postrará en la cama por unos días.

Octubre

Baby sleeping soundly in a wooden crib with a blanket and stuffed bunny toy
A baby peacefully sleeps wrapped in a soft blanket in a cozy wooden crib.

El final de octubre cambió mi vida para siempre, sencillamente porque el día 31, a las nueve de la mañana, nació mi hija Eva.

Cualquiera que haya sido padre o madre podría confirmar que esta aseveración no es de ninguna manera algo dicho al azar. A lo largo de la existencia puedes cambiarlo casi todo: el lugar de residencia, tu forma de ver las cosas, de religión e incluso de pareja, pero no el hecho de haber contribuido a traer una nueva vida al mundo.

Desde aquel día han pasado muchos octubres, tantos como que Eva me ha hecho abuelo, otro estadio de la vida que te recuerda, lo quieras o no, que te vas haciendo mayor.

De la madrugada de aquel 31 de octubre, me acuerdo sobre todo de lo mal que lo pasó mi exmujer pues el parto no pudo ser más natural, casi veinticuatro horas trascurridas desde que empezaron las contracciones a las 10 de la mañana del día 30, estando ella en su trabajo, para susto del médico de empresa que la atendió en primera instancia, hasta el momento en que la matrona decidió, a eso de las ocho de la mañana, que la dilatación del cuello del útero era suficiente para bajarla al paritorio.

Sé por experiencia, que no hay algo más antipático para muchas “parteras” que atender a una primeriza a la que el obstetra, que terminó su turno a las tres de la tarde, ha dejado internada tan solo en observación; sobre todo si, como es el caso. la clínica es privada y nadie se va a atrever a llamar al galeno a menos que surja una verdadera urgencia, cosa que afortunadamente no ocurrió. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es vivirlo en directo cuando tienes a tu mujer al lado en la cama y la ves pasarlas “putas”, perdone el lector la expresión, sin poder hacer nada más que recordarle que respire como nos enseñaron en las clases de preparación al parto.

Como en aquella época todavía no se permitía la presencia del padre en el paritorio, me tocó esperar nervioso en la habitación, hasta que la trajeron a eso de las 9.30, medio atontada todavía, con un pequeño ser envuelto en una toquilla y con un gorrito cubriéndole la cabeza. El obstetra, esta vez presente junto a la matrona, me dijo “Agustín, ahí tienes a tu hija”; “el parto ha ido perfectamente, aunque nos ha costado un poco de trabajo dado el peso de la niña, cerca de los tres quilos y medio”, “felicidades”. Y tras echar la parrafada, abrió la puerta y se marchó sin dejarme hacerle ninguna pregunta.

Por su parte, la matrona, ahora mucho más humana que la “bruja” que apenas hacia caso a nuestras llamadas nocturnas, me animaba a coger en brazos a Eva, mientras me advertía “cójala con cuidado y sobre todo cuidado con la cabecita”. “Felicidades, ya ve que es una chica muy guapa”, añadió.

Con pulso tembloroso y mucho miedo, tuve por primera vez en brazos a aquel ser diminuto y de carita arrugada y con lagrimas en los ojos besé a mi hija por primera vez.

Pasado el tiempo vinieron los primeros balbuceos, las primeras carreras a gatas por la casa y poco a poco las primeras palabras. Y luego los madrugones matutinos para dejar a Eva en la guardería, pero también los primeros “mocos”, las primeras anginas, las visitas a urgencias del Hospital del Niño Jesús cuando le subía mucho la fiebre y no sabíamos muy bien qué hacer.

La primaria, la EGB, la adolescencia inaguantable, la Selectividad, la universidad, la licenciatura, su primer trabajo como enfermera en un hospital y por último, de momento, su maternidad. Cerrando todo un ciclo para empezar otro nuevo.

Por eso octubre es para mí desde entonces un mes mágico y a la vez agridulce. Mágico porque me recuerda el nacimiento de Eva y agridulce porque su llegada a la maternidad pone de manifiesto, incluso más que mi propio cumpleaños, que la vela de mi vida se va quedando poco a poco sin cera.   

 

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

El Colegio, la bufanda y la leche en polvo

Group of children playing soccer with a blue ball on a school playground
Kids enjoy a lively game of soccer during recess at a colorful school playground

Uno de los primeros recuerdos de mi infancia en la Tierra esta ligado a mi entrada en la enseñanza primaria. Mis padres eligieron como lugar donde iniciarme en los primeros pasos de lectura, escritura y matemáticas, un colegio publico, que estaba situado curiosamente en un segundo piso del numero 2 la calle Marques Viudo de Pontejos, quizá por ser el más cercano a mi casa en aquel momento.

De aquel colegio me acuerdo su distribución en cuatro amplias aulas, con balcones a la calle y calefacción en cada una de ellas por estufa de carbón, no se si porque aquel viejo caserón de cuatro pisos carecía de calefacción central o que el Municipio no estaba dispuesto a pagarla.

 La enseñanza en aquel piso era solo para chicos, ya que por aquel entonces la segregación escolar por genero tenia carácter obligatorio, no fuera a ser que mocosos de cuatro a seis años como nosotros fuéramos tentados por el diablo a cometer actos impuros o contaminados de alguna forma si compartíamos aula con seres del planeta femenino que no fueran las maestras que nos daban clase.

En el aula de los pequeños compartíamos espacio, los neófitos totales como yo, de primera cartilla y obligados palotes, con los chicos de segundo de primaria a los que se suponía ya con cierta capacidad lectora y escritora, tanto para intentar seguir un dictado o realizar las primeras sumas y restas; con lo que la división de atención a pequeños y grandes, se hacia por riguroso turno a lo largo del horario escolar, tanto por las mañanas como por las tardes.

En aquellos años de principios de los sesenta del Siglo XX, del calendario cristiano el horario escolar se repartía en dos periodos de tiempo de 9 a 1 por las mañanas incluido los sábados y de 4 a 6 de la tarde, menos los jueves, en los que por alguna razón que se me escapa, no había clase por la tarde.

Por las mañanas a las 11 teníamos una especie de recreo, y digo una especie porque aquella Escuela Nacional, como se denominaban en aquel tiempo a los colegios públicos, no tenia patio donde jugar y no era cuestión que críos tan pequeños jugasen en una calle con circulación automovilística, aunque fuese escasa. Ese tiempo de descanso se aprovechaba para repartirnos un trozo de queso americano de color amarillento y blandura pastosa, para que lo metiésemos entre el pan que traíamos de casa y por la tarde, se hacia lo mismo sobre las cinco para que nos tomásemos el preceptivo  de leche en polvo, también de procedencia americana, previamente disuelta y calentada por la Sra. Julia, que compartía sus tareas de portera de la finca con las de bedel y mujer de la limpieza de nuestro cole.

Tanto el queso como la leche y para algunos un poco más afortunados la mantequilla provenían de la ayuda alimenticia que los Estados Unidos prestaron a España, tras Pactos de Madrid de 1953, por los que nuestro país cedía a los norteamericanos, entre otras cosas, la posibilidad de instalar cuatro bases militares en nuestro territorio a cambio de ayuda económica y militar.

La entrada en la escuela supuso toda una serie de cambios en mi manera de vestir: gruesos zapatos de Segarra, pantalón corto y medias de lana en invierno o calcetines blancos en otoño y primavera.

 Y es así también es como descubrí los múltiples usos que puede adoptar una bufanda ya que tanto mi abuela como mi madre temerosas de que durante los fríos inviernos de Madrid pudiera coger un resfriado o algo peor unas anginas, en una época donde los antibióticos eran todavía un bien escaso, solían enfundar mi cuerpo en dos de estas prendas una enrollada a modo de faja en mi cintura y sujeta con un imperdible y otra bien prieta en mi cuello debajo de las solapas del abrigo, añádasele unos gruesos guantes de lana y el inevitable buzo del mismo material y tendréis el uniforme invernal típico del escolar en los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y la culpa que desde entonces me allá convertido en un friolero impenitente.

También sufrieron un cambio mis hábitos cotidianos: tocaba levantarse a las ocho de la mañana, realizar un breve aseo en la palangana de zinc, ya que por aquel entonces la ducha y la bañera eran cosas de ricos, tomar un desayuno al estilo infantil de la época: leche hervida de vaca mezclada con Colocado y una buena rebanada de pan con aceite y sal. Y con la cartera de cuero, regalo de mi padrino, cogido de la mano unas veces de mi madre y otras de mi abuela paterna empezar el breve trayecto desde el portal de mi casa al portal de la escuela de unos diez minutos en total: Calle de la Cruz, Calle de Espoz y Mina, Calle de Cádiz hasta cruzar la Calle Carretas, bajar por Calle de San Ricardo, hasta desembocar en la Plaza de Pontejos y hay al ladito en una esquina con la plaza mi colegio. Cuatro viajes en total dos de ida y dos de vuelta por un recorrido variopinto ya que cada una de las calles por las que caminábamos tenia su encanto particular y que estuve realizando diariamente durante más de cuatro años, los que duro mi formación escolar primaria.

Incontinencia

Man walking on wet pathway in park with wet clothes and bag
A man walks through a rainy park looking thoughtful with wet clothes

El señor Matin, se levanto con la vaga idea de que algo malo podía ocurrirle, preocupado y muy nervioso, desayuno con prisas y salió a la calle.

Allí se encontró con Marina su vecina que como el iba a la compra. Hola Marina -le dijo-

Hola, -contesto ella.

-Que tal tu día.

-Muy bien y tú.

-Tan bien. ¿Vas a la compra?

-Si, te acompaño.

Y allí fueron los dos. Mientras estaban en la cola de la pescadería a Matin le entraron ganas de orinar. Tan fuerte eran sus ganas que se hizo pis en los pantalones empapándose, pantalón y calzoncillos. ¡Oh mierda¡, exclamo y como salgo ahora fuera sin que se note. Tapándose con las manos, acudió presuroso a un puesto de prensa próximo, compro un periódico que coloco delante de su ropa mojada y de esta guisa volvió a la cola de la pescadería.

Su vecina que estaba allí se volvió hacia el y se dio cuenta de que tenia los pantalones mojados a pesar de los esfuerzos de Martin por disimularlo con el periódico.

Pero Martin, no te da vergüenza mearte en los pantalones -dijo- Ya eres mayorcito. Es que padezco de incontinencia -dijo el-. La mujer asqueada se alejo de el y desde entonces su vecina no ha vuelto a dirigirle la palabra.

La Isla del Viento Azul

Tropical island with white sandy beach, palm trees, and clear turquoise ocean
A serene tropical island featuring clear turquoise waters and lush palm trees

Nadie en el puerto sabía decirle exactamente dónde estaba la isla. Algunos pescadores la llamaban La del Viento Azul, otros simplemente negaban con la cabeza, como si hablar de ella trajera mala suerte. Pero para Elías, un chico de diecisiete años con más determinación que experiencia, no había alternativa: debía encontrarla. Allí, según los rumores, vivía Lía, la chica que había desaparecido sin dejar rastro meses atrás.

Elías había crecido con ella. Compartían veranos enteros corriendo entre los acantilados, inventando historias de piratas y criaturas marinas. Hasta que un día, Lía comenzó a hablar de una isla que veía en sueños: una isla cubierta de luz azul, donde el viento sonaba como un canto. Nadie le creyó. Hasta que desapareció.

Con una brújula vieja y un pequeño bote de vela, Elías se lanzó al mar. Durante días, solo encontró silencio, olas y un cielo que parecía repetirse. Pero una madrugada, cuando el sol apenas asomaba, vio algo imposible: una franja de luz azul en el horizonte, como si el aire mismo brillara.

La isla apareció ante él envuelta en una neblina luminosa. Al pisar la arena, el viento sopló con un sonido suave, casi humano. Elías avanzó entre árboles de hojas plateadas y flores que parecían respirar. No sentía miedo, solo una extraña familiaridad.

En el centro de la isla, junto a un lago transparente, la vio. Lía estaba allí, descalza, con el cabello moviéndose como si el viento la reconociera.

—Sabía que vendrías —dijo ella, sonriendo con una calma que no era de este mundo.

Elías corrió hacia ella, pero al acercarse notó algo distinto: sus ojos brillaban con el mismo tono azul que envolvía la isla.

—¿Qué te pasó? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta.

—La isla me llamó —respondió Lía—. No es un lugar, Elías. Es un ser. Y ahora me necesita… como yo la necesito.

El viento sopló más fuerte, rodeándolos. Elías sintió que la isla lo observaba, que esperaba algo de él.

—Puedes quedarte —dijo Lía, extendiendo la mano—. O puedes volver. Pero si te quedas, ya no serás el mismo.

Buda

Stone Buddha statue sitting cross-legged with flowers and candles in a garden temple at sunset
A serene Buddha statue sits peacefully in a lush garden at sunset with temple spires in the background.

Era la primera vez en más de tres años que cruzaba libremente aquella puerta enrejada.
El vigilante, avisado de mi llegada, se limitó a dedicarme un breve saludo con la mano desde el amplio ventanal de su cabina, para después quedarse observando por un instante cómo iniciaba la subida de la cuesta llena de árboles que me conduciría a la plaza central del sanatorio.
No había andado más de siete u ocho pasos cuando apareció el primer paciente con la habitual pregunta: “¿Tiene usted un cigarrillo?”. Yo, como había hecho siempre ante aquella tesitura, saqué la pipa de mi bolsa y empecé a llenarla al tiempo que formulaba mi disculpa habitual: “no tengo, lo siento; como ves fumó en pipa”, mientras continuaba caminando, haciendo ver que tenía prisa.
Al no pararme, escapaba de la siguiente interpelación, que sabía que llegaría inmediatamente: “Pues, entonces, deme un euro para un café”.
Recorridos los casi doscientos metros de cuesta apareció a mi derecha un pequeño y recoleto parque circular, con varios bancos de piedra rodeando una fuente sin agua. A mi izquierda el camino que conducía a la iglesia del psiquiátrico; lo que indicaba que, a cien metros, y tras aquella curva, estaría ya en la plaza central del complejo.
Al llegar allí, me encontré delante de un blanco edificio porticado de dos plantas. A la planta superior se accedía mediante una rampa y en ella se encontraban la sala de espera para los familiares de los pacientes, los despachos de médicos, psicólogos y asistente social, así como varias salas de juntas, una de las cuales era mi destino aquel día. La planta baja albergaba los distintos pabellones donde vivían los pacientes agrupados en dos categorías: salud mental y larga estancia.
Dada la hora de mi llegada, las 13:15, me encontré la plaza llena de internos, que esperaban más o menos pacientemente la hora de la comida. Casi todos me eran por entonces completamente desconocidos.
A otros, singulares habitantes perpetuos del pabellón de larga estancia, los reconocí enseguida. La pareja formada por el muchacho de la boina de colores y el peinado a lo rastafari sentado junto a su novia, una chica bajita con la cara llena de granos y con un bolso enorme colgando siempre de uno de sus hombros. El patriarca gitano de larga barba blanca, vestido de negro y apoyado en un bastón de madera debido a su cojera, que no dudaba en empuñar para golpear con saña al infeliz que tuviera la osadía de meterse con él. Rafa, el echador de las cartas del tarot, buen dibujante y eterno galanteador de cualquier nueva becaria que realizase allí sus prácticas.
Había otros más cercanos, a los que podía considerar amigos, ya que fueron compañeros en mis ingresos en el pabellón de salud mental, del que eran habitantes cuasi perpetuos. Si digo cuasi perpetuos es porque alguno de ellos, al igual que yo en su día, alternaba su estancia como residente, con otras en las que únicamente iba al hospital por la mañana y se marchaba a su casa después de comer.
Sentados en una bancada de los soportales, en lo que desde mi posición en el centro del patio me permitía ver, estaban en animada conversación José Miguel, al que solíamos apodar “radio-macuto” —porque era la fuente indiscutible de autoridad si querías estar al tanto de cualquier rumor que circulara por el sanatorio—; Ramón, aquel muchacho tan apasionado por el mundo del motociclismo, que cuando estaba en plena etapa delirante se creía poseedor de una Honda de gran cilindrada y a punto de ser fichado por una importante escudería; e, Inés la auxiliar de turno de mañana del pabellón.
Vi también a Miguel, de pie cerca de ellos, al que, por su gran envergadura y elevado peso, solíamos apodar “Buda”.
Miguel o Buda había sido uno de los primeros pacientes del pabellón sobre los que había recaído mi curiosidad inevitable de psicólogo. Me gustaba observar sus conductas ciertamente extravagantes. Cuando no estaba en posición de genuflexión orante, apoyando los codos en cualquiera de los sillones de la sala de descanso de Salud Mental, daba vueltas una y otra vez con paso cansino al pequeño patio interior de nuestro pabellón, siempre solo y sin cruzar ni una palabra con los compañeros.
Me encontraba en una situación privilegiada para cualquier psicólogo, aunque en situaciones como la mía, en la que uno había estado internado como paciente y no de visita de trabajo, tus conocimientos pueden ser más una dificultad que una ayuda para tu propia recuperación.
Miguel me interesaba por reunir muchos de los comportamientos y actitudes que los tratados de psicodiagnóstico atribuyen a la esquizofrenia: delirios auditivos o visuales, actitud retraída en su comportamiento con los demás, etcétera. Muchos de mis primeros días de internado me dediqué a observarle, hasta que otro tipo de patologías de las presentes en aquel micro mundo terminó llamando también mi atención.
Precisamente por eso, y cuando ya me disponía a subir la rampa que me conduciría a la sala de reuniones, me quedé extrañado, pero a la vez agradablemente sorprendido, cuando vi venir hacia mí a Buda. Al tiempo que con un movimiento amistoso y sonriendo me tendía su inmensa mano para que se la estrechara, me preguntó: “¿Cómo estás? Hace tiempo que no se te veía por aquí”. Todo eso a pesar de que solo recordaba haber intercambiado con él algunas frases de cortesía en los tres años en que habíamos estado internados juntos en Salud Mental: buenos días, buenas tardes, qué frío hace hoy y otras frases por el estilo. Él solía responderme con apenas un leve movimiento de su enorme cabeza, mientras continuaba con su casi interminable paseo en solitario.
En cuanto apreté el timbre de la puerta de la primera planta y después de identificarme, me dejaron pasar, por primera vez solo, al ala del edificio reservada a los profesionales. Aproveché para preguntar por Miguel a la primera persona que encontré por el pasillo, Rosalía, la asistente social.
—Buenos días, Rosalía.
—Hola, vienes a la reunión, ¿no?
—Sí, pero si no es indiscreción, quería preguntarte por Miguel Delgado. Lo he encontrado muy cambiado, hasta el punto de que, al reconocerme en el patio, me ha dado la mano.
—Sí, desde que dejó de oír voces con un nuevo tratamiento experimental ha cambiado mucho y se ha vuelto más sociable, hasta el punto de que estamos pensando en trasladarle a uno de nuestros pisos comunitarios.
—No sabes cómo me alegro —respondí.
—¿Y tú? Te veo muy bien —preguntó a su vez Rosalía.
—Sí, estoy muy bien. Recuperado casi del todo.
—Ya ves que de todo se sale, pero te dejo, que vas a llegar tarde a la reunión.
—Hasta luego. Supongo que ahora nos veremos más a menudo.
—Sí, eso creo. Hasta otro día pues —se despidió la asistente social.
El saludo de Miguel, para mí siempre asociado a su apelativo cariñoso de Buda, fue sin duda la mayor alegría que sentí aquel día. Con diferencia más significativa que atravesar aquellas puertas como el profesional que recupera, aunque sea simbólicamente, las “llaves”.
Por eso me vi impelido a narrar lo más pronto posible ese encuentro, que retiró para siempre algún fantasma de los que aún pululaban por mi cabeza.

Espacios

People socializing and drinking beer at a rustic bar with wooden furniture and warm lighting
Friends enjoy drinks and tapas in a warm, rustic bar setting

Santa Barbara

Santa Barbara es una popular cervecería madrileña donde descubrí y empecé a apreciar la cerveza negra.

Allí me gastaba parte de las sisas mensuales que con frecuencia hacía a mi madre cada vez que cobraba mi nomina de botones de Telefónica. Al salir de trabajar solo tenía que subir andado, por la calle Hortaleza, desde la Gran Vía hasta llegar a la Plaza de Santa Barbara para disfrutar del placer exquisito de una buena jarra de cerveza, acompañada de una ración de gambas cocidas.

Esto no hubiese tenido nada de especial, un chico que a las diez de la noche, bebe tranquilamente una cerveza sentado en el interior de un bar, si no fuese porque en ese local en especial, besé por primera vez a Susan y años más tarde fui rechazado amablemente por Asún con aquel “no sé si realmente estás enamorado de mí”, que continúa resonando en mi cabeza, tanto o más que el tierno sabor a fresa de los labios de Susan en nuestro primer beso.

El Camino Schmidt

El Camino Schmidt es el sendero más conocido de la Sierra de Guadarrama. Un camino que para mí siempre ha tenido y continúa teniendo un profundo significado emocional, quizá porque empecé a recorrerlo desde muy pequeño acompañando a mi padre, quizá porque en su pradera de Navalusilla fui investido Rover, la rama mayor del Movimiento Scout,en un caluroso mes de julio de 1968, entrando con ello en esa gran hermandad de hombres y mujeres de todo el mundo que llevan en sus corazones el espíritu de servicio al prójimo que es la esencia del escultismo. Pero sobre todo porque en una de esas noches estrelladas de agosto con la sombra de los Siete Picos a mis espaldas me convertí por un momento en Peter Pan y cogido de la mano de Wendy volé al país de Nunca Jamás, esa isla soñada en la que me refugio de vez en cuando, para desesperación de mi dinosaurio porque es el único sitio al que le tengo prohibido acompañarme.

El Sanatorio de San Juan de Dios de Málaga

Fruto de una profunda depresión fue en esta institución donde hice entrega, de manera voluntaria eso sí, de las llaves que había poseído durante más de 25 años de ejercicio de mi profesión.

Las llaves son en los centros de Salud Mental, como el San Juan de Dios deMálaga, el símbolo del `poder`, los instrumentos que te permiten acceder a todas y cada una de las instancias del hospital, pasillos, salas de reunión y de terapia, despachos e incluso a las habitaciones de los pacientes. Yo las tuve por primera vez entre mis manos cuando inicié mi residencia como psicólogo en el psiquiátrico de Lugo, un manojo de llaves entonces, que ahora se ha convertido en muchos casos en una simple tarjeta electrónica. Por eso desde que las recibí de manos de mi tutor, las llaves se han convertido para mí en el símbolo de la actividad psicoterapéutica, esa actividad que te permite, amparado por un título académico, entrar en la intimidad de los otros con el fin de ayudarlos y acompañarlos en sus tribulaciones emocionales.

Por eso entregar las llaves incondicionalmente, aunque solo sea por un tiempo, es un trance muy duro para cualquier profesional de la salud mental. Es un trance semiamargo ya que pasas a convivir durante casi todo el día con aquellos a los que antes veías, por muy empático que creyeras ser, como tus pacientes. Convertirme en uno de ellos fue quizás una de las `mejores` experiencias que he podido vivir, un aprendizaje que me acompañará siempre, y que creo sinceramente que además de un mejor profesional me ha convertido en mejor persona.

Historia de una nostalgia

Large crowd protesting with banners advocating for labor rights, social justice, and public services in a Spanish city street.
Crowd marches in a street protest advocating for labor rights and social justice in Spain.

Han pasado muchos años desde que termino la transición y visto en perspectiva creo que hemos dejado muchas banderas rotas y girones de nuestra piel en el camino.

Me acuerdo de que cuando era joven tenia la cabeza llena de idealismo y entusiasmo, pero todo se ha perdido con el tiempo, he dejado en el camino amigos y conocidos, ideas y entusiasmos. Todos estos esfuerzos sirvieron de bien poco a la hora de la verdad.

Me entristece y me deprime la sensación de vació con la que me he quedado el auge de los movimientos fascistas en todo el mudo me hace temer lo peor para el futuro. En fin, una pena.