Soldados


Hoy, mientras pasaba por un pequeño pueblo de la provincia de Soria, al que he venido de excursión, me he sentado en un banco de la plaza, fatigado de ir de aquí para allá. En el mismo banco, a mi lado, dos ancianos se contaban batallitas sobre su servicio militar allá por los años 60 del pasado siglo.
-¿Te acuerdas de aquel teniente tan estirado que llegó a nuestra compañía directamente de la Academia?, -le estaba diciendo el anciano que tenia a mi lado a su compañero.
-Cómo no me voy a acordar, si parecía que tenia un palo metido por el culo. No me extraña que se llevara tan mal con nuestro sargento, -respondió el aludido.
-Pero los que pagábamos el pato éramos nosotros, que el tenencillo con tal de ganar prestigio se apuntaba a todas las maniobras y nosotros a pencar corriendo con el cetme a cuestas arriba y abajo por aquellos cerros.
Llevado por la curiosidad no me he podido resistir a preguntar a los ancianos.
-¿Perdonen?, ¿de qué quinta eran ustedes? Yo hice la mili en el 75.
-Nosotros somos de la quinta del 65 e hicimos juntos el servicio militar en el Regimiento de Infantería San Marcial número 7 de Burgos. Quince meses vestidos de caqui, nada menos, -contestó uno de ellos.
-Pero a usted, por la fecha, le debió tocar la muerte de Franco, ¿no? me preguntan casi al unísono.
-Sí, y estuvieron a punto de mandarnos a África, por lo de la Marcha Verde.
-Y, ¿dónde hizo usted la mili?, continúa preguntando mi interlocutor.
-En Madrid, en la Brigada Topográfica.
-O sea, que era usted un enchufado, porque, por lo que tengo entendido, en la Topográfica, solo había enchufados. ¿Era usted futbolista o algo así?
-No, no era futbolista, pero es verdad que me destinaron allí gracias al enchufe que me proporcionó un tío mío, que era comandante de la Legión. ¿Pero como sabe usted que en la Topo la mayoría estábamos enchufados?
-Porque me lo contó un primo mío al que le tocó hacer la mili en el Cuartel General del Ejercito. Ya sabe, en batallón de honores, ese que sacaban a desfilar cada vez que había en Madrid algún acontecimiento importante. Nosotros, como éramos de este pueblo y agricultores, no tuvimos tanta suerte, ya ve.
La conversación continúa sin descanso por los mismos derroteros, entre recuerdos y aventurillas de nuestros respectivos servicios militares y podía haber seguido así durante bastante rato, si no hubiese recordado de repente que a las seis salía el autobús para devolver a los miembros de nuestra excursión al hotel de Soria de donde habíamos salido esta mañana. Una excursión de jubilados, en la que, pensé, todos los hombres que participábamos seguramente habíamos hecho la mili en algún momento de nuestros recién estrenados 21 años. Y es que si algo tiene en común el genero masculino de este país, desde el año 1800, en el que se instauró el reclutamiento militar obligatorio, hasta 2001 en que se abolió definitivamente es el de ponerse a charlar sobre su mili a la menor ocasión.


Nube blanca


Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.
La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas, me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.
Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.
-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? -le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.
-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? -respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.
-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.
-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.
-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.
-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?
-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.
-¿Quién yo?
-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.
-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continúes jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.
Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nube blanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.
Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.

Autopsia de un suicidio


Lo tenía pensado hacía algún tiempo, probablemente desde que terminaron sus delirios y se dio cuenta de que padecía de esquizofrenia.
Cavilaba, mientras se encaminaba al acantilado, desde el que pensaba arrojarse al vacío, que era curioso que su cerebro pasase tan fácilmente de las voces que le torturan todos los días a la idea de quitarse la vida para asegurarse de una vez por todas que no volverá a escuchalas de nuevo.
Sabía que los esquizofrénicos suelen suicidarse en el momento en que se hacen conscientes de la enfermedad mental que padecen, pero ese dato no le importaba demasiado, solo quería huir de las voces que le habían estado torturando desde que sufrió su primer brote psicótico.
Se acordaba perfectamente de ese primer estallido cuando una mañana al levantarse tras una noche de alcohol y drogas, empezó a escuchar las voces que le decían que “era un infeliz que no servía para nada”. Estos reproches le enfurecían terriblemente y entonces empezaba a destrozar todo lo que le rodeaba. Precisamente esa furia desatada provocó su primer ingreso hospitalario, cuando tras arrojar el televisor y un microondas por la ventana, sus vecinos, alarmados, llamaron a la policía. Por supuesto, a lo largo de los tres años siguientes había sufrido varios episodios parecidos, en un ciclo repetitivo de ingresos en el hospital, tratamiento antipsicótico, terapia, aparente vuelta a la normalidad durante un tiempo, recaída en el consumo y regreso de las voces, cada vez más insistentes y acusadoras: “eres un infeliz que no servía para nada”.
Por eso, hoy, completamente decidido, se encaminaba hacia aquel acantilado, cuidadosamente elegido, con la altura precisa para tener la seguridad de que acabaría muerto al estrellarse contra las rocas en una hora en que la marea baja las dejaba al descubierto. De todas formas y para asegurarse, llevaba en el bolsillo la cantidad suficiente de pastillas, que ingeridas junto con el brandy con el que había rellenado su cantimplora, asegurarían su paso a la otra vida antes de que alguien pudiera prestarle, hipotéticamente, cualquier clase de auxilio.
Mientras caminaba repasaba una y otra vez si había dejado todo “atado y bien atado”. Como no tenía familia ni deudas ni propiedades, había testado que sus escasos ahorros fueran repartidos entre varias ONG; su pensión de invalidez quedaría automáticamente cerrada una vez que el juzgado comunicase su muerte a la Seguridad Social, en el bolsillo de su pantalón llevaba una carta convenientemente plastificada asegurando que había decidido quitarse la vida por voluntad propia; y en la misma bolsa, su carnet de identidad y la llave de la habitación del piso de alquiler amueblado donde había estado viviendo sujeta a su cinturón. Si definitivamente había dejado todo arreglado.
Por fin, llegó al borde del precipicio, con cuidado se quitó los zapatos y los dejo a un lado, saco la cantimplora y las pastillas de la mochila que portaba y mientras miraba el vuelo de las gaviotas, fue tragándoselas lo más rápido que pudo para que su estomago no las rechazase. Cuando terminó se acercó al borde del acantilado y se precipitó al vacío.
Quizás, mientras caía, se arrepintió en el ultimo momento, pero ni tú ni yo podemos saberlo.

Un joven se quita la vida en los acantilados de Morás.
Una persona se suicida en Lugo cada semana: «Son mortes moi traumáticas; segue habendo algo de vergonza nelas»

La Voz de Galicia, 17 oct 2024

Reencuentro


Cada mañana temprano la veía pasear, acompañada de su cuidadora, por el paseo marítimo. Apoyada en su andador, sus ojos azules escrutaban con curiosidad el entorno. La reconocí enseguida pese a que su pelo antes rubio se había vuelto blanco con el trascurso del tiempo, que había hecho estragos, era evidente, en sus piernas antes tan ágiles. Escruté en mi memoria para calcular su edad: si cuando la conocí era10 años mayor que yo, ahora debería tener 81. De lo que sí me acordaba perfectamente era de su fecha de cumpleaños: 15 de agosto.
No albergaba ninguna duda de que era ella, pero durante mucho tiempo no me atreví a acercarme a saludarla. Su mera presencia cada mañana en aquel paseo costero despertaba dentro de mí una nostalgia abrumadora, y es que yo había estado profundamente enamorado de aquella mujer en otro tiempo y aquel rescoldo que creía ya apagado parecía encenderse de nuevo cada vez que la veía.
Las preguntas se acumulaban en mi cerebro, preguntas para las que no podía tener respuesta, si no me decidía acercarme a ella y presentarme, ¿aún se acordaría de mí? El temor a que no me reconociese me angustiaba sobremanera. Pero había otras muchas preguntas de momento sin respuesta por mi falta de atrevimiento a darme a conocer: ¿continuaba casada?, ¿qué había sido de sus hijos?, ¿por qué abandonó su prometedora carrera artística? Y, sobre todo, ¿que hacia allí, en aquella ciudad del sur, tan lejos de la casa de Pozuelo, donde sabía que había vivido tantos años?
Cuando la recordaba, yo siempre había pensado que cuando fuera mayor y estuviera rodeada, probablemente de nietos, de retirarse a vivir algún lugar, lo habría hecho a tierras del norte. Me la imaginaba coqueta y vivaracha, como había sido siempre, paseando por alguna playa lucense, con algún chiquillo de la mano al que contaba leyendas de mouras o de trasnos, como las que le gustaba narrarnos en nuestras noches de acampada. Pero ahora, por alguna razón desconocida, estaba allí en aquel paseo todas las mañanas y además acompañada de lo que evidentemente era una cuidadora.
Había conocido a Noa en una fiesta en Mondoñedo tras la inauguración de un TPS (Teléfono Público de Servicio), en el año 1976. Por entonces yo era el encargado de representar a Telefónica en este tipo de inauguraciones como adjunto a la Dirección de Comercial de Lugo, una provincia con una orografía tan difícil que solo permitía el establecimiento de las comunicaciones vía radio. Los TPS solían instalarse en el bar de la aldea; un único teléfono que permitía a los habitantes de la localidad un enlace con el mundo, en un momento en que la telefonía móvil apenas empezaba a desarrollarse, de la que hasta ese momento habían carecido. Por eso su puesta en servicio solía celebrarse con una fiesta, casi siempre con una comida o cena. Noa, que por entonces bailaba en una reconocida compañía de baile gallega, participaba junto a su compañía en un espectáculo de danza tradicional con el que cerraba el acontecimiento.
—Agustín, tengo el gusto de presentarte a Noa, la coreógrafa y primera bailarina del grupo que actuará luego —me dijo el alcalde de Mondoñedo, antes de empezar los actos de inauguración.
—Noa, este es Agustín Moreno, el representante en estos actos de Telefónica, continuó con la presentación el edil.
La mujer que tenia delante de mí y que se disponía a darme los dos besos de cortesía acostumbrados en estas ocasiones, me dejó impresionado por su belleza desde el primer momento. Unos preciosos ojos azules, una larga cabellera rubia y el cuerpo escultural de una bailarina, que acercaba en aquel momento su cara a la mía para besarme, aunque fueran solo un par de besos protocolarios, y yo tomado por sorpresa y con el dardo de cupido ya clavado en mi corazón, aunque entonces no lo supiese.
Tuve la inmensa suerte de poder sentarme junto a ella durante la cena y entre plato y plato, además de seguir admirando su belleza, supe que compartíamos puntos de vista y aficiones, ambos tirábamos ideológicamente hacia la izquierda, nos gustaba el senderismo, la lectura de novelas policiacas y el cine de ciencia ficción y lo mejor de todo los dos habíamos sido scouts de pequeños. Así surgió una amistad y en mi caso un enamoramiento que nunca me atreví a confesarle abiertamente, tonto de mí, que duró más de veinte años y que se mantuvo pese al casamiento de Noa, con Joe, su novio de siempre y el nacimiento de su primer hijo.
El traslado de mi amiga a Estados Unidos, contratada como primera bailarina del New York City Ballet, unido a otras circunstancias de nuestras vidas nos fueron poco a poco distanciando, hasta convertirse en las clásicas felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños o en Navidad y fin de año, hasta que, pasado el tiempo, la perdí la pista, aunque en el fondo continué siempre enamorado de ella.
Por eso lo inesperado, dada la situación geográfica y el evidente deterioro físico de Noa, tan distintos a lo que había esperado, reavivaron dentro de mí, nostalgias y recuerdos de este amor nunca correspondido.
—Noa, ¿te acuerdas de mí? Soy Agustín —me atrevo a preguntar a la anciana del andador, ante la evidente sorpresa de su cuidadora. —Mi amiga me mira directamente a los ojos y responde, para mi decepción: Hola, Alejandro, ¿qué haces por aquí?
—Perdónela, señor, pero la señora Noa, ha perdido la cabeza y desde hace tiempo, cuando la saluda cualquier hombre lo confunde con su hijo Alejandro y eso que murió el año pasado. Es usted un antiguo conocido, por lo que veo.
—Sí, fuimos amigos en otro tiempo, respondo mientras triste y cabizbajo me alejo de ambas mujeres.

Miguel Ángel

Intento recordar y no me acuerdo cómo conocí a Miguel Ángel, ni el por qué durante un tiempo fuimos tan amigos.
Puedo, sin embargo, enumerar los nombres, los lugares y las ocupaciones de todos mis amigos del cuatrienio 71-74 del pasado siglo, como los conocí y los diferentes papeles que jugaron en mi vida. Puedo recordar, por ejemplo, a Gonzalo ese chico gordito que conocí en los scouts, con el que hice mis primeros pinitos de revelado fotográfico en el estudio de su hermano y con el que solía ir a menudo al cineclub del San Juan Evangelista. O a Salete, mi compañero de trabajo y vecino, con el que asistía a los estrenos de los cines de la Gran Vía, siempre a la sesión de noche, cuando salíamos de Telefónica, e incluso a Eduardo, mi jefe de Grupo en los scouts, que me introdujo en aquellos seminarios sobre el Materialismo Dialéctico que organizaba el Partido en su casa, junto a la Plaza de España. Pero no puedo recordar comó me hice amigo de Miguel Ángel.
Miguel Ángel era un chico de mi edad, muy formal para la época, que trabajaba en una tienda de electrodomésticos situada junto a El Corte Inglés de la calle Goya. Un chico, que ahora que lo pienso, no tenía ningún parecido con mis otros amigos de aquel tiempo, no había sido scout, no le gustaba el cine ni la política. Quizás lo único que compartíamos era nuestra afición al montañismo y a las jarras de cerveza negra que solíamos tomar en la Cruz Blanca, donde solíamos ir los viernes por la noche. Tenía eso sí un viejo Renault 12, con el que hacíamos alguna escapada a Levante, hasta que se gripó un buen día subiendo la Cuesta de las Perdices. Y eso hubiese sido todo, una amistad anodina hasta que se cruzaron en nuestro camino Asunción y Teruca.
Conocimos a las dos hermanas en los andenes de la Estación del Norte una noche de viernes mientras esperábamos el tren que nos conduciría a Cercedilla, donde enlazaríamos con el ferrocarril que subía hasta Cotos, con la intención de iniciar la marcha por el Camino Schmidt y hacer vivac en el collado Ventoso. En aquel andén casi desierto esa noche, enseguida llamaron mi atención dos chicas que con la pañoleta scout rodeando sus cuellos, estaban sentadas en un banco, sin duda esperando el mismo tren que nosotros.
—Miguel Ángel —le dije a mi compañero—, voy a acercarme un momento a hablar con las chicas que están allí sentadas. Por lo que veo son scout, como yo. Vigila nuestros macutos mientras tanto.
—Bueno, pero no te enrolles demasiado que el tren está a punto de llegar.
Yo sabía que, a mi amigo, antiguo miembro de la OJE, los scouts no le hacíamos mucha gracia y mucho menos si eran del genero femenino, por lo que no me extrañó que no me acompañase.
—Buenas noches, me llamo Agustín y pertenezco al Grupo 9 —dije a modo de presentación a las dos muchachas.
—Hola, encantadas de conocerte —me contestó una de ellas.
—Yo me llamo Asún y esta es mi hermana Teruca, y como habrás adivinado por el color de nuestras pañoletas, pertenecemos al Grupo 15, el del Barrio del Pilar.
—¿Vais a Cercedilla? — pregunté.
—Sí, pensábamos bajarnos en Torrelodones, pero como nuestro amigo Joe no ha podido venir, hemos decidido subir a Cotos y hacer el Camino Schmidt.
—Anda, igual que mi amigo y yo. ¿Podríamos hacerlo juntos? —pregunté.
—Buena idea, —me contestó la chica.
Y así se inicio nuestra amistad con las dos hermanas. Asún, dos años mayor que yo, era a mis ojos y como luego supe por desgracia también a los de Miguel Ángel, una chica preciosa, rubia, pecosa y con una nariz respingona, como de pato, de cuerpo atlético dada su afición al baile clásico, pechos pequeños en forma de pera, que enseguida te despertaban el deseo de acariciarlos; atractivo al que se unía una simpatía arrolladora. Teruca, por el contrario, era una chica delgada y larguirucha, mucho menos abierta que su hermana, dado su carácter algo tímido.
Después de aquella excursión y de las muchas otras salidas a la montaña que la siguieron, las dos hermanas se hicieron habituales de nuestras tomas de cerveza negra los viernes por la tarde, consolidándose así una amistad, que en mi caso aún perdura a día de hoy.
Yo me enamoré enseguida de Asún, hasta tal punto que no era extraño que los sábados por la tarde, tomase mi bicicleta y subiese la cuesta que separaba mi casa de Mirasierra del el Barrio del Pilar donde tenía la sede su Grupo Scout, para con cualquier pretexto encontrarme con ella, cenar en cualquier lugar y luego acompañarla a casa. Lo malo es que no me decidía, llevado por un pudor inexplicable, a declarar mis sentimientos hacia ella. Quizás por ello me enfade terriblemente el día en que mi amigo me confesó que él también estaba enamorado de Asunción y me pidió que ese viernes no acudiese a nuestra acostumbrada cita cervecera porque pensaba declararse.
—¿Cómo, que te vas a declarar? —le dije todo enfadado— ¿No te has dado cuenta en todo este tiempo que yo estoy enamorado de ella?
—Y a mí qué me importa, ya se que tu la ves mucho más a menudo que yo, pero no tengo la culpa de que tu falso sentido de ese honor del que presumís los scouts, no te haya permitido cortejarla —me respondió, tan enfadado como yo.
—¿Qué, tienen que ver los scouts en todo esto? Yo solo esperaba que alguien que dice ser mi amigo no se interpusiese de mala manera en mis relaciones.
—Ya veo, estás celoso ante la posibilidad de que me diga que sí. Adiós —me dijo colgando el teléfono por el que habíamos estado hablando.
Asún debió de darle calabazas aquel viernes, porque Miguel Ángel dejó desde entonces de acudir a nuestra cita semanal en la Cruz Blanca, y, enfadado, dejó de ser mi amigo. Ni que decir tiene que yo me alegré terriblemente de aquel rechazo, quizás fue la primera vez en mi vida en la que me alegré del mal ajeno. Hoy me he vuelto a acordar de él, al recibir la acostumbrada felicitación de navidad de Teruca y esperar, como siempre en vano, que su hermana de digne ha hacer lo mismo, pero eso merece otra historia.

Pilar


—Hola, Pilar, ¿qué haces aquí? —Me acuerdo de que te pregunté el primer día que coincidimos en los pasillos de la Dobao.
— Hola, Agustín, que sorpresa. Pues ya ves, que he suspendido el Preu.
—¿No habrá sido en las mates? —No, en el comentario de texto. ¿Y tú?
— Ya ves, a mí también me han suspendido, pero en la prueba de francés.
La Academia Dobao, situada en un amplio piso de la calle Hermosilla, era famosa por su profesorado más bien progre y por ser uno de los pocos centros académicos de la época donde chicos y chicas compartían aula. Por eso, he de reconocer que me sorprendió verte allí, dado el conservadurismo recalcitrante de tus padres. Él, comandate del Ejército, y su mujer, hija de un terrateniente vallisoletano, que además no me podían ni ver, desde que en una de las comidas que hice en tu casa, yo era por entonces amigo y compañero de clase de tu hermano Luis, discutí con tu padre sobre los beneficios de una posible reforma agraria como la que realizó en su día la Republica. A partir de aquel momento hubo una cierta unanimidad familiar, incluidos tus hermanos, en que era imprescindible proteger a la niña de la casa de mis posibles malas influencias, ya que no podían evitar que siguiese siendo amigo de Luis.
He de reconocer que, al conocerte, a pesar de que tenías mi misma edad, apenas te presté atención. Sabía, eso sí que estudiabas en el Beatriz Galindo, que jugabas al hockey sobre patines y que te gustaban mucho las matemáticas. Aun así, las pocas veces en que coincidimos, los cumpleaños de tu hermano, alguna tarde de cine, siempre acompañada por Luis, etc. hicieron que entre nosotros comenzara, casi sin darnos cuenta, una fuerte atracción, que, aunque no lo sospecháramos, iba a terminar en un noviazgo adolescente durante aquel verano de 1969 en que compartimos aula en la Dobao.
Durante el tiempo que compartimos clase fui descubriendo rasgos de tu carácter, tu sentido del humor y sobre todo tu franqueza, que hicieron que te volvieses aún mucho más atractiva para mí. En resumen, que aquel verano terminamos enamorándonos y te convertiste en mi primer amor adolescente. Pero teníamos un problema del que los dos éramos conscientes, la intensa antipatía que me profesaban tus padres, lo que terminó convirtiendo nuestro noviazgo en un noviazgo clandestino. Terminamos acostumbrándonos a vernos en citas furtivas, sábados y domingos, en los que pretextabas estar con tus amigas para poder salir conmigo; llamadas a deshoras cuando ni tus padres ni tus hermanos estaban en casa etc.
Lo malo de los amores clandestinos es que inevitablemente, más tarde o más temprano, terminan saliendo a la luz y casi siempre con consecuencias desagradables. En nuestro caso todo ocurrió la noche de aquel frio domingo de diciembre, en que habíamos estado de excursión en la Granja de San Ildefonso. Lo supe después, por boca de tu hermano Luis, pues a ti nunca más te dejaron hablar conmigo, ya que tu padre, siempre tan radical, decidido cortar por lo sano y aprovechando sus influencias te mandó a estudiar matemáticas a Valladolid. Si hubiese podido, te hubiese metido en un convento y a mí me hubiese mandado a hacer la mili a África.
—¿Cómo se te ocurre salir con mi hermana Pilar? —me dijo por teléfono tu hermano la mañana siguiente a nuestra excusión—. No sabes cómo se pusieron ayer mis padres, cuando llegamos y la niña, en contra de lo esperado, no estaba en casa. Aunque ella quiso ocultarlo, entre gritos, mi padre terminó sacándola que había estado de excursión contigo. Ni yo mismo puedo creérmelo, ¿cómo eres tan imbécil?
—Buena la has liado. La van a mandar con mis tías a vivir a Valladolid, y mi padre, hasta que se calmó un poco, quería ir a comisaria y denunciarte por abuso.
—Tu padre es un cavernícola insoportable, y hoy voy a ir a hablar con él antes de ir a trabajar. —le respondí —y que se meta sus galones por el culo. ¿De qué abuso habla si tu hermana y yo ya somos mayorcitos y además estamos enamorados, por mucho que os pese?
—Ni se te ocurra aparecer por casa, ya sabes la manía que te tienen.
Y así, sin quererlo terminó abruptamente mi primera historia de amor adolescente. Desde entonces solo tuve noticias tuyas por algunas cartas, al principio pasionales, pero que se fueron poco a poco distanciando con el tiempo hasta que dejamos de comunicarnos.

La mensajera


La mensajera tenia 17 años y se llamaba Rosario, aunque todos la llamaban Rosita. Era una chica bajita, de unos 1, 50 cm de estatura; extremamente delgada y algo desgarbada, con una lacia melena negra, siempre recogida en una coleta, pero eso sí con unos preciosos ojos negros que parecían querer equilibrar de alguna manera la falta de gracia del resto de su cuerpo.
Rosita era una chica simpática y nada cortada a la hora de relacionarse con nosotros, los chicos, los botones, de aquella planta 9 del edificio de La Gran Vía. Subía el correo dos veces al día, cada tarde desde la recepción de la planta baja, como si con la simpatía y el humor que desplegaba quisiera lanzarnos el mensaje subliminal de que ya “se” que me consideráis fea, pero no vais a encontrar a nadie más agradable y simpática entre las mensajeras que por una razón u otra suben a esta planta; y he de reconocer que lo conseguía.
Mensajeras y botones, chicos y chicas de quince años, recaderos para todo, en aquel enorme edificio de trece plantas que construyeron los americanos a principios de los años 20 y que era y sigue siendo la sede central de la Compañía. Adolescentes obligados a relacionarse entre ellos, dado su trabajo, y a los que los adultos de la casa trataban como una especie de pequeños esclavos puestos a su servicio. Ellas, las mensajeras, con su uniforme azul claro, sus faldas hasta la rodilla y sus zapatitos negros. Nosotros, los botones, de uniforme gris cerrado hasta el cuello, con dos filas de botones plateados, en la chaqueta una copia exacta menos en el color, del que llevaban los de los hoteles norteamericanos. Ellas distribuidas por todas las plantas y secciones del edificio, nosotros concentrados en la 9, la planta del Consejo de Administración y de los despachos del presidente y los directores generales.
Nuestro mes preferido de trabajo siempre era agosto porque en el turno de tarde estábamos prácticamente solos toda la jornada laboral. Directores, secretarias e incluso el ordenanza que era nuestro jefe en aquella planta, estaban de vacaciones.
Con la casi completa seguridad de que pasadas las seis nos quedaríamos a solas, excepto por las visitas de Rosita para subir el correo, mi compañero Carlos y yo abandonábamos nuestro puesto de trabajo en el duro banco en el que permanecíamos sentados, junto a las puertas de los ascensores que daban ascenso a los visitantes de la novena, siempre que el sonido del timbre que teníamos sobre nuestras cabezas no reclamara nuestra presencia en el despacho de alguna de las secretarias para encargarnos alguna tarea, para irnos a vaguear a la amplia biblioteca situada junto al vestíbulo. Desde allí, con la puerta abierta, podíamos escuchar perfectamente si alguien accedía a nuestros dominios y salir rápidamente a ocupar nuestro banco de trabajo, haciendo ver que no nos habíamos movido de él, tal y como se esperaba de nosotros. La verdad es que era una exigencia laboral un tanto absurda pretender que dos muchachos permanecieran solos y sin hacer nada toda una tarde de verano.
Mi compañero Carlos, un chico rellenito unos meses mayor que yo y por tanto mi jefe provisional, cuando no estaba el adulto que nos mandaba, era poco aficionado a otros entretenimientos que la lectura de tebeos de hazañas bélicas o a la visión entre suspiros agitados de las páginas centrales de alguna revista porno, sacada de no sé dónde, lo que solía acabar con el acompañado de la revista en pausas más o menos largas en el servicio de caballeros. El solía tontear con Rosita, pidiéndole incluso que se levantase la falda y nos enseñase su ropa interior, juegos a los que la mensajera, solía prestarse sin ningún rubor, pero que por supuesto nunca iban más allá. Braguitas blancas o de colores variados, vistas en cortas y juguetonas exhibiciones que nos ponían más colorados a nosotros que a la mensajera, pero que animaban, seguro que, a los tres, nuestras tardes de verano.
Poco podía sospechar que aquellos juegos veraniegos, iban a terminar a finales de aquel tórrido mes, conmigo y Rosita, dándonos el lote, una noche al salir del trabajo en un banco de La Castellana. La primera vez en mi vida que tuve entre mis manos los pechos de una chica. Quizás por eso me he visto obligado a escribir este relato, en homenaje a la mensajera que abrió, con generosidad. todo un nuevo mundo de sensaciones placenteras antes tan solo imaginadas.

Espacios

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Santa Barbara
Santa Barbara es una popular cervecería madrileña donde descubrí y empecé a apreciar la cerveza negra.
Allí me gastaba parte de las sisas mensuales que con frecuencia hacía a mi madre cada vez que cobraba mi nomina de botones de Telefónica. Al salir de trabajar solo tenía que subir andado, por la calle Hortaleza, desde la Gran Vía hasta llegar a la Plaza de Santa Barbara para disfrutar del placer exquisito de una buena jarra de cerveza, acompañada de una ración de gambas cocidas.
Esto no hubiese tenido nada de especial, un chico que a las diez de la noche, bebe tranquilamente una cerveza sentado en el interior de un bar, si no fuese porque en ese local en especial, besé por primera vez a Susan y años más tarde fui rechazado amablemente por Asún con aquel “no sé si realmente estás enamorado de mí”, que continúa resonando en mi cabeza, tanto o más que el tierno sabor a fresa de los labios de Susan en nuestro primer beso.

El Camino Schmidt
El Camino Schmidt es el sendero más conocido de la Sierra de Guadarrama. Un camino que para mí siempre ha tenido y continúa teniendo un profundo significado emocional, quizá porque empecé a recorrerlo desde muy pequeño acompañando a mi padre, quizá porque en su pradera de Navalusilla fui investido Rover, la rama mayor del Movimiento Scout, en un caluroso mes de julio de 1968, entrando con ello en esa gran hermandad de hombres y mujeres de todo el mundo que llevan en sus corazones el espíritu de servicio al prójimo que es la esencia del escultismo. Pero sobre todo porque en una de esas noches estrelladas de agosto con la sombra de los Siete Picos a mis espaldas me convertí por un momento en Peter Pan y cogido de la mano de Wendy volé al país de Nunca Jamás, esa isla soñada en la que me refugio de vez en cuando, para desesperación de mi dinosaurio porque es el único sitio al que le tengo prohibido acompañarme.

El Sanatorio de San Juan de Dios de Málaga
Fruto de una profunda depresión fue en esta institución donde hice entrega, de manera voluntaria eso sí, de las llaves que había poseído durante más de 25 años de ejercicio de mi profesión.
Las llaves son en los centros de Salud Mental, como el San Juan de Dios de Málaga, el símbolo del poder, los instrumentos que te permiten acceder a todas y cada una de las instancias del hospital, pasillos, salas de reunión y de terapia, despachos e incluso a las habitaciones de los pacientes. Yo las tuve por primera vez entre mis manos cuando inicié mi residencia como psicólogo en el psiquiátrico de Lugo, un manojo de llaves entonces, que ahora se ha convertido en muchos casos en una simple tarjeta electrónica. Por eso desde que las recibí de manos de mi tutor, las llaves se han convertido para mí en el símbolo de la actividad psicoterapéutica, esa actividad que te permite, amparado por un título académico, entrar en la intimidad de los otros con el fin de ayudarlos y acompañarlos en sus tribulaciones emocionales.
Por eso entregar las llaves incondicionalmente, aunque solo sea por un tiempo, es un trance muy duro para cualquier profesional de la salud mental. Es un trance semiamargo ya que pasas a convivir durante casi todo el día con aquellos a los que antes veías, por muy empático que creyeras ser, como tus pacientes. Convertirme en uno de ellos fue quizás una de las mejores experiencias que he podido vivir, un aprendizaje que me acompañará siempre, y que creo sinceramente que además de un mejor profesional me ha convertido en mejor persona.


Agustín Moreno, junio 2025