Pilar


—Hola, Pilar, ¿qué haces aquí? —Me acuerdo de que te pregunté el primer día que coincidimos en los pasillos de la Dobao.
— Hola, Agustín, que sorpresa. Pues ya ves, que he suspendido el Preu.
—¿No habrá sido en las mates? —No, en el comentario de texto. ¿Y tú?
— Ya ves, a mí también me han suspendido, pero en la prueba de francés.
La Academia Dobao, situada en un amplio piso de la calle Hermosilla, era famosa por su profesorado más bien progre y por ser uno de los pocos centros académicos de la época donde chicos y chicas compartían aula. Por eso, he de reconocer que me sorprendió verte allí, dado el conservadurismo recalcitrante de tus padres. Él, comandate del Ejército, y su mujer, hija de un terrateniente vallisoletano, que además no me podían ni ver, desde que en una de las comidas que hice en tu casa, yo era por entonces amigo y compañero de clase de tu hermano Luis, discutí con tu padre sobre los beneficios de una posible reforma agraria como la que realizó en su día la Republica. A partir de aquel momento hubo una cierta unanimidad familiar, incluidos tus hermanos, en que era imprescindible proteger a la niña de la casa de mis posibles malas influencias, ya que no podían evitar que siguiese siendo amigo de Luis.
He de reconocer que, al conocerte, a pesar de que tenías mi misma edad, apenas te presté atención. Sabía, eso sí que estudiabas en el Beatriz Galindo, que jugabas al hockey sobre patines y que te gustaban mucho las matemáticas. Aun así, las pocas veces en que coincidimos, los cumpleaños de tu hermano, alguna tarde de cine, siempre acompañada por Luis, etc. hicieron que entre nosotros comenzara, casi sin darnos cuenta, una fuerte atracción, que, aunque no lo sospecháramos, iba a terminar en un noviazgo adolescente durante aquel verano de 1969 en que compartimos aula en la Dobao.
Durante el tiempo que compartimos clase fui descubriendo rasgos de tu carácter, tu sentido del humor y sobre todo tu franqueza, que hicieron que te volvieses aún mucho más atractiva para mí. En resumen, que aquel verano terminamos enamorándonos y te convertiste en mi primer amor adolescente. Pero teníamos un problema del que los dos éramos conscientes, la intensa antipatía que me profesaban tus padres, lo que terminó convirtiendo nuestro noviazgo en un noviazgo clandestino. Terminamos acostumbrándonos a vernos en citas furtivas, sábados y domingos, en los que pretextabas estar con tus amigas para poder salir conmigo; llamadas a deshoras cuando ni tus padres ni tus hermanos estaban en casa etc.
Lo malo de los amores clandestinos es que inevitablemente, más tarde o más temprano, terminan saliendo a la luz y casi siempre con consecuencias desagradables. En nuestro caso todo ocurrió la noche de aquel frio domingo de diciembre, en que habíamos estado de excursión en la Granja de San Ildefonso. Lo supe después, por boca de tu hermano Luis, pues a ti nunca más te dejaron hablar conmigo, ya que tu padre, siempre tan radical, decidido cortar por lo sano y aprovechando sus influencias te mandó a estudiar matemáticas a Valladolid. Si hubiese podido, te hubiese metido en un convento y a mí me hubiese mandado a hacer la mili a África.
—¿Cómo se te ocurre salir con mi hermana Pilar? —me dijo por teléfono tu hermano la mañana siguiente a nuestra excusión—. No sabes cómo se pusieron ayer mis padres, cuando llegamos y la niña, en contra de lo esperado, no estaba en casa. Aunque ella quiso ocultarlo, entre gritos, mi padre terminó sacándola que había estado de excursión contigo. Ni yo mismo puedo creérmelo, ¿cómo eres tan imbécil?
—Buena la has liado. La van a mandar con mis tías a vivir a Valladolid, y mi padre, hasta que se calmó un poco, quería ir a comisaria y denunciarte por abuso.
—Tu padre es un cavernícola insoportable, y hoy voy a ir a hablar con él antes de ir a trabajar. —le respondí —y que se meta sus galones por el culo. ¿De qué abuso habla si tu hermana y yo ya somos mayorcitos y además estamos enamorados, por mucho que os pese?
—Ni se te ocurra aparecer por casa, ya sabes la manía que te tienen.
Y así, sin quererlo terminó abruptamente mi primera historia de amor adolescente. Desde entonces solo tuve noticias tuyas por algunas cartas, al principio pasionales, pero que se fueron poco a poco distanciando con el tiempo hasta que dejamos de comunicarnos.

La mensajera


La mensajera tenia 17 años y se llamaba Rosario, aunque todos la llamaban Rosita. Era una chica bajita, de unos 1, 50 cm de estatura; extremamente delgada y algo desgarbada, con una lacia melena negra, siempre recogida en una coleta, pero eso sí con unos preciosos ojos negros que parecían querer equilibrar de alguna manera la falta de gracia del resto de su cuerpo.
Rosita era una chica simpática y nada cortada a la hora de relacionarse con nosotros, los chicos, los botones, de aquella planta 9 del edificio de La Gran Vía. Subía el correo dos veces al día, cada tarde desde la recepción de la planta baja, como si con la simpatía y el humor que desplegaba quisiera lanzarnos el mensaje subliminal de que ya “se” que me consideráis fea, pero no vais a encontrar a nadie más agradable y simpática entre las mensajeras que por una razón u otra suben a esta planta; y he de reconocer que lo conseguía.
Mensajeras y botones, chicos y chicas de quince años, recaderos para todo, en aquel enorme edificio de trece plantas que construyeron los americanos a principios de los años 20 y que era y sigue siendo la sede central de la Compañía. Adolescentes obligados a relacionarse entre ellos, dado su trabajo, y a los que los adultos de la casa trataban como una especie de pequeños esclavos puestos a su servicio. Ellas, las mensajeras, con su uniforme azul claro, sus faldas hasta la rodilla y sus zapatitos negros. Nosotros, los botones, de uniforme gris cerrado hasta el cuello, con dos filas de botones plateados, en la chaqueta una copia exacta menos en el color, del que llevaban los de los hoteles norteamericanos. Ellas distribuidas por todas las plantas y secciones del edificio, nosotros concentrados en la 9, la planta del Consejo de Administración y de los despachos del presidente y los directores generales.
Nuestro mes preferido de trabajo siempre era agosto porque en el turno de tarde estábamos prácticamente solos toda la jornada laboral. Directores, secretarias e incluso el ordenanza que era nuestro jefe en aquella planta, estaban de vacaciones.
Con la casi completa seguridad de que pasadas las seis nos quedaríamos a solas, excepto por las visitas de Rosita para subir el correo, mi compañero Carlos y yo abandonábamos nuestro puesto de trabajo en el duro banco en el que permanecíamos sentados, junto a las puertas de los ascensores que daban ascenso a los visitantes de la novena, siempre que el sonido del timbre que teníamos sobre nuestras cabezas no reclamara nuestra presencia en el despacho de alguna de las secretarias para encargarnos alguna tarea, para irnos a vaguear a la amplia biblioteca situada junto al vestíbulo. Desde allí, con la puerta abierta, podíamos escuchar perfectamente si alguien accedía a nuestros dominios y salir rápidamente a ocupar nuestro banco de trabajo, haciendo ver que no nos habíamos movido de él, tal y como se esperaba de nosotros. La verdad es que era una exigencia laboral un tanto absurda pretender que dos muchachos permanecieran solos y sin hacer nada toda una tarde de verano.
Mi compañero Carlos, un chico rellenito unos meses mayor que yo y por tanto mi jefe provisional, cuando no estaba el adulto que nos mandaba, era poco aficionado a otros entretenimientos que la lectura de tebeos de hazañas bélicas o a la visión entre suspiros agitados de las páginas centrales de alguna revista porno, sacada de no sé dónde, lo que solía acabar con el acompañado de la revista en pausas más o menos largas en el servicio de caballeros. El solía tontear con Rosita, pidiéndole incluso que se levantase la falda y nos enseñase su ropa interior, juegos a los que la mensajera, solía prestarse sin ningún rubor, pero que por supuesto nunca iban más allá. Braguitas blancas o de colores variados, vistas en cortas y juguetonas exhibiciones que nos ponían más colorados a nosotros que a la mensajera, pero que animaban, seguro que, a los tres, nuestras tardes de verano.
Poco podía sospechar que aquellos juegos veraniegos, iban a terminar a finales de aquel tórrido mes, conmigo y Rosita, dándonos el lote, una noche al salir del trabajo en un banco de La Castellana. La primera vez en mi vida que tuve entre mis manos los pechos de una chica. Quizás por eso me he visto obligado a escribir este relato, en homenaje a la mensajera que abrió, con generosidad. todo un nuevo mundo de sensaciones placenteras antes tan solo imaginadas.

Espacios

Espacios


Santa Barbara
Santa Barbara es una popular cervecería madrileña donde descubrí y empecé a apreciar la cerveza negra.
Allí me gastaba parte de las sisas mensuales que con frecuencia hacía a mi madre cada vez que cobraba mi nomina de botones de Telefónica. Al salir de trabajar solo tenía que subir andado, por la calle Hortaleza, desde la Gran Vía hasta llegar a la Plaza de Santa Barbara para disfrutar del placer exquisito de una buena jarra de cerveza, acompañada de una ración de gambas cocidas.
Esto no hubiese tenido nada de especial, un chico que a las diez de la noche, bebe tranquilamente una cerveza sentado en el interior de un bar, si no fuese porque en ese local en especial, besé por primera vez a Susan y años más tarde fui rechazado amablemente por Asún con aquel “no sé si realmente estás enamorado de mí”, que continúa resonando en mi cabeza, tanto o más que el tierno sabor a fresa de los labios de Susan en nuestro primer beso.

El Camino Schmidt
El Camino Schmidt es el sendero más conocido de la Sierra de Guadarrama. Un camino que para mí siempre ha tenido y continúa teniendo un profundo significado emocional, quizá porque empecé a recorrerlo desde muy pequeño acompañando a mi padre, quizá porque en su pradera de Navalusilla fui investido Rover, la rama mayor del Movimiento Scout, en un caluroso mes de julio de 1968, entrando con ello en esa gran hermandad de hombres y mujeres de todo el mundo que llevan en sus corazones el espíritu de servicio al prójimo que es la esencia del escultismo. Pero sobre todo porque en una de esas noches estrelladas de agosto con la sombra de los Siete Picos a mis espaldas me convertí por un momento en Peter Pan y cogido de la mano de Wendy volé al país de Nunca Jamás, esa isla soñada en la que me refugio de vez en cuando, para desesperación de mi dinosaurio porque es el único sitio al que le tengo prohibido acompañarme.

El Sanatorio de San Juan de Dios de Málaga
Fruto de una profunda depresión fue en esta institución donde hice entrega, de manera voluntaria eso sí, de las llaves que había poseído durante más de 25 años de ejercicio de mi profesión.
Las llaves son en los centros de Salud Mental, como el San Juan de Dios de Málaga, el símbolo del poder, los instrumentos que te permiten acceder a todas y cada una de las instancias del hospital, pasillos, salas de reunión y de terapia, despachos e incluso a las habitaciones de los pacientes. Yo las tuve por primera vez entre mis manos cuando inicié mi residencia como psicólogo en el psiquiátrico de Lugo, un manojo de llaves entonces, que ahora se ha convertido en muchos casos en una simple tarjeta electrónica. Por eso desde que las recibí de manos de mi tutor, las llaves se han convertido para mí en el símbolo de la actividad psicoterapéutica, esa actividad que te permite, amparado por un título académico, entrar en la intimidad de los otros con el fin de ayudarlos y acompañarlos en sus tribulaciones emocionales.
Por eso entregar las llaves incondicionalmente, aunque solo sea por un tiempo, es un trance muy duro para cualquier profesional de la salud mental. Es un trance semiamargo ya que pasas a convivir durante casi todo el día con aquellos a los que antes veías, por muy empático que creyeras ser, como tus pacientes. Convertirme en uno de ellos fue quizás una de las mejores experiencias que he podido vivir, un aprendizaje que me acompañará siempre, y que creo sinceramente que además de un mejor profesional me ha convertido en mejor persona.


Agustín Moreno, junio 2025