
Nuble blanca era, a sus 13 años una de las chicas más bonitas de la tribu. Su cabello, negro como el azache, sus enormes ojos verdes y su cuerpo bien torneado, la hacían destacar, aunque no lo pretendiese, en el grupo de muchachas que como ella se encargaban de la recogida del agave, la yuca y el resto de las plantas, que junto a la carne de búfalo y venado utilizaban las mujeres de nuestro pueblo para cocinar.
La chica, que me había gustado desde siempre, vivía en el vigvam de la familia Cochise, y era hija la hija mayor de Taza, el caudillo de nuestros guerreros y, por lo tanto, ni en sueños un mozalbete como yo, aún sin totemizar, además de llevar sangre Cheyenne en mis venas, me hubiese podido acercar a ella, sin provocar la ira de alguno de sus numerosos hermanos o del resto de los hombres o mujeres del clan.
Quizás por eso me quedé tan pasmado cuando la descubrí mirándome fijamente, escondida tras un arbusto, un día de aquel caluroso verano mientras jugaba al aro y la vara con otros muchachos, aunque según la tradición las mujeres tenían prohibido contemplar este juego. Tal atrevimiento, el de mirar como jugaban los hombres, me dio una oportunidad inesperada de entablar conversación con Nube blanca. Simulando estar cansado me alejé del resto de jugadores y me aproximé al arbusto tras el que se encontraba la chica fingiendo que quería aprovechar su sombra para huir del implacable sol de la pradera.
-Muchacha, ¿qué haces aquí? ¿no sabes que está prohibido que las mujeres se acerquen al campo de juego? -le dije mientras me sentaba de espaldas a ella.
-¿Y quién iba a prohibírmelo, un dikohe como tú? -respondió, sabiendo que me ofendía al recordarme que todavía no era más que un muchacho que no había empezado mi aprendizaje como guerrero.
-Mira, quién fue hablar, una mocosa que no ha participado ni tan siquiera en la ceremonia de la pubertad.
-Me parece que te estás olvidando de que soy hija de Taza, y tú un simple mestizo. Pues no creas que no sé qué llevas sangre Cheyenne en tus venas y que tu madre fue durante mucho tiempo una simple esclava de mi abuelo.
-Si continuas por ese camino, no me vas a dejar otra opción que contarle a alguno de tus hermanos que te he visto mirarme mientras jugaba al aro y la vara.
-¿Y por qué crees que te miraba precisamente a ti, cuando eres el más feo de todos los dikohe de la tribu?
-Lo sé, porque no es la primera vez que te veo observándome.
-¿Quién yo?
-Sí, tú, o no eras la chica que se reía de mi con sus amigas, mientras ayudaba a tu abuelo a despiezar un venado.
-Cómo no iba a reírme, si no sabías ni por donde empezar, que si no es por mi nalé y su enorme paciencia hoy serías el hazmerreír de toda la tribu. Bueno, adiós, te dejo, para que continúes jugando con tus amigos y espero que no se te ocurra contar a nadie que me has visto por aquí o le pediré al hombre-medicina que invoque a Apache Devil para que te acose en tus sueños y siembre la duda y el temor en tu corazón.
Aquella fue para mi pesar la única y última conversación que tuve con Nube blanca ya que días después la muchacha enfermo de viruela, aquel mal que trajeron consigo los españoles, y murió, al igual que parte de su familia y muchos miembros de nuestro pueblo.
Aun así, sobre todo las noches en que vengo cansado de alguna incursión contra los mexicanos para la captura de mujeres y niños, no puedo dejar de pensar en cuan diferente hubiese sido mi vida si Nuble blanca se hubiese convertido en mi Mujer Pintada de Blanco.