
Intento recordar y no me acuerdo cómo conocí a Miguel Ángel, ni el por qué durante un tiempo fuimos tan amigos.
Puedo, sin embargo, enumerar los nombres, los lugares y las ocupaciones de todos mis amigos del cuatrienio 71-74 del pasado siglo, como los conocí y los diferentes papeles que jugaron en mi vida. Puedo recordar, por ejemplo, a Gonzalo ese chico gordito que conocí en los scouts, con el que hice mis primeros pinitos de revelado fotográfico en el estudio de su hermano y con el que solía ir a menudo al cineclub del San Juan Evangelista. O a Salete, mi compañero de trabajo y vecino, con el que asistía a los estrenos de los cines de la Gran Vía, siempre a la sesión de noche, cuando salíamos de Telefónica, e incluso a Eduardo, mi jefe de Grupo en los scouts, que me introdujo en aquellos seminarios sobre el Materialismo Dialéctico que organizaba el Partido en su casa, junto a la Plaza de España. Pero no puedo recordar comó me hice amigo de Miguel Ángel.
Miguel Ángel era un chico de mi edad, muy formal para la época, que trabajaba en una tienda de electrodomésticos situada junto a El Corte Inglés de la calle Goya. Un chico, que ahora que lo pienso, no tenía ningún parecido con mis otros amigos de aquel tiempo, no había sido scout, no le gustaba el cine ni la política. Quizás lo único que compartíamos era nuestra afición al montañismo y a las jarras de cerveza negra que solíamos tomar en la Cruz Blanca, donde solíamos ir los viernes por la noche. Tenía eso sí un viejo Renault 12, con el que hacíamos alguna escapada a Levante, hasta que se gripó un buen día subiendo la Cuesta de las Perdices. Y eso hubiese sido todo, una amistad anodina hasta que se cruzaron en nuestro camino Asunción y Teruca.
Conocimos a las dos hermanas en los andenes de la Estación del Norte una noche de viernes mientras esperábamos el tren que nos conduciría a Cercedilla, donde enlazaríamos con el ferrocarril que subía hasta Cotos, con la intención de iniciar la marcha por el Camino Schmidt y hacer vivac en el collado Ventoso. En aquel andén casi desierto esa noche, enseguida llamaron mi atención dos chicas que con la pañoleta scout rodeando sus cuellos, estaban sentadas en un banco, sin duda esperando el mismo tren que nosotros.
—Miguel Ángel —le dije a mi compañero—, voy a acercarme un momento a hablar con las chicas que están allí sentadas. Por lo que veo son scout, como yo. Vigila nuestros macutos mientras tanto.
—Bueno, pero no te enrolles demasiado que el tren está a punto de llegar.
Yo sabía que, a mi amigo, antiguo miembro de la OJE, los scouts no le hacíamos mucha gracia y mucho menos si eran del genero femenino, por lo que no me extrañó que no me acompañase.
—Buenas noches, me llamo Agustín y pertenezco al Grupo 9 —dije a modo de presentación a las dos muchachas.
—Hola, encantadas de conocerte —me contestó una de ellas.
—Yo me llamo Asún y esta es mi hermana Teruca, y como habrás adivinado por el color de nuestras pañoletas, pertenecemos al Grupo 15, el del Barrio del Pilar.
—¿Vais a Cercedilla? — pregunté.
—Sí, pensábamos bajarnos en Torrelodones, pero como nuestro amigo Joe no ha podido venir, hemos decidido subir a Cotos y hacer el Camino Schmidt.
—Anda, igual que mi amigo y yo. ¿Podríamos hacerlo juntos? —pregunté.
—Buena idea, —me contestó la chica.
Y así se inicio nuestra amistad con las dos hermanas. Asún, dos años mayor que yo, era a mis ojos y como luego supe por desgracia también a los de Miguel Ángel, una chica preciosa, rubia, pecosa y con una nariz respingona, como de pato, de cuerpo atlético dada su afición al baile clásico, pechos pequeños en forma de pera, que enseguida te despertaban el deseo de acariciarlos; atractivo al que se unía una simpatía arrolladora. Teruca, por el contrario, era una chica delgada y larguirucha, mucho menos abierta que su hermana, dado su carácter algo tímido.
Después de aquella excursión y de las muchas otras salidas a la montaña que la siguieron, las dos hermanas se hicieron habituales de nuestras tomas de cerveza negra los viernes por la tarde, consolidándose así una amistad, que en mi caso aún perdura a día de hoy.
Yo me enamoré enseguida de Asún, hasta tal punto que no era extraño que los sábados por la tarde, tomase mi bicicleta y subiese la cuesta que separaba mi casa de Mirasierra del el Barrio del Pilar donde tenía la sede su Grupo Scout, para con cualquier pretexto encontrarme con ella, cenar en cualquier lugar y luego acompañarla a casa. Lo malo es que no me decidía, llevado por un pudor inexplicable, a declarar mis sentimientos hacia ella. Quizás por ello me enfade terriblemente el día en que mi amigo me confesó que él también estaba enamorado de Asunción y me pidió que ese viernes no acudiese a nuestra acostumbrada cita cervecera porque pensaba declararse.
—¿Cómo, que te vas a declarar? —le dije todo enfadado— ¿No te has dado cuenta en todo este tiempo que yo estoy enamorado de ella?
—Y a mí qué me importa, ya se que tu la ves mucho más a menudo que yo, pero no tengo la culpa de que tu falso sentido de ese honor del que presumís los scouts, no te haya permitido cortejarla —me respondió, tan enfadado como yo.
—¿Qué, tienen que ver los scouts en todo esto? Yo solo esperaba que alguien que dice ser mi amigo no se interpusiese de mala manera en mis relaciones.
—Ya veo, estás celoso ante la posibilidad de que me diga que sí. Adiós —me dijo colgando el teléfono por el que habíamos estado hablando.
Asún debió de darle calabazas aquel viernes, porque Miguel Ángel dejó desde entonces de acudir a nuestra cita semanal en la Cruz Blanca, y, enfadado, dejó de ser mi amigo. Ni que decir tiene que yo me alegré terriblemente de aquel rechazo, quizás fue la primera vez en mi vida en la que me alegré del mal ajeno. Hoy me he vuelto a acordar de él, al recibir la acostumbrada felicitación de navidad de Teruca y esperar, como siempre en vano, que su hermana de digne ha hacer lo mismo, pero eso merece otra historia.