La mensajera


La mensajera tenia 17 años y se llamaba Rosario, aunque todos la llamaban Rosita. Era una chica bajita, de unos 1, 50 cm de estatura; extremamente delgada y algo desgarbada, con una lacia melena negra, siempre recogida en una coleta, pero eso sí con unos preciosos ojos negros que parecían querer equilibrar de alguna manera la falta de gracia del resto de su cuerpo.
Rosita era una chica simpática y nada cortada a la hora de relacionarse con nosotros, los chicos, los botones, de aquella planta 9 del edificio de La Gran Vía. Subía el correo dos veces al día, cada tarde desde la recepción de la planta baja, como si con la simpatía y el humor que desplegaba quisiera lanzarnos el mensaje subliminal de que ya “se” que me consideráis fea, pero no vais a encontrar a nadie más agradable y simpática entre las mensajeras que por una razón u otra suben a esta planta; y he de reconocer que lo conseguía.
Mensajeras y botones, chicos y chicas de quince años, recaderos para todo, en aquel enorme edificio de trece plantas que construyeron los americanos a principios de los años 20 y que era y sigue siendo la sede central de la Compañía. Adolescentes obligados a relacionarse entre ellos, dado su trabajo, y a los que los adultos de la casa trataban como una especie de pequeños esclavos puestos a su servicio. Ellas, las mensajeras, con su uniforme azul claro, sus faldas hasta la rodilla y sus zapatitos negros. Nosotros, los botones, de uniforme gris cerrado hasta el cuello, con dos filas de botones plateados, en la chaqueta una copia exacta menos en el color, del que llevaban los de los hoteles norteamericanos. Ellas distribuidas por todas las plantas y secciones del edificio, nosotros concentrados en la 9, la planta del Consejo de Administración y de los despachos del presidente y los directores generales.
Nuestro mes preferido de trabajo siempre era agosto porque en el turno de tarde estábamos prácticamente solos toda la jornada laboral. Directores, secretarias e incluso el ordenanza que era nuestro jefe en aquella planta, estaban de vacaciones.
Con la casi completa seguridad de que pasadas las seis nos quedaríamos a solas, excepto por las visitas de Rosita para subir el correo, mi compañero Carlos y yo abandonábamos nuestro puesto de trabajo en el duro banco en el que permanecíamos sentados, junto a las puertas de los ascensores que daban ascenso a los visitantes de la novena, siempre que el sonido del timbre que teníamos sobre nuestras cabezas no reclamara nuestra presencia en el despacho de alguna de las secretarias para encargarnos alguna tarea, para irnos a vaguear a la amplia biblioteca situada junto al vestíbulo. Desde allí, con la puerta abierta, podíamos escuchar perfectamente si alguien accedía a nuestros dominios y salir rápidamente a ocupar nuestro banco de trabajo, haciendo ver que no nos habíamos movido de él, tal y como se esperaba de nosotros. La verdad es que era una exigencia laboral un tanto absurda pretender que dos muchachos permanecieran solos y sin hacer nada toda una tarde de verano.
Mi compañero Carlos, un chico rellenito unos meses mayor que yo y por tanto mi jefe provisional, cuando no estaba el adulto que nos mandaba, era poco aficionado a otros entretenimientos que la lectura de tebeos de hazañas bélicas o a la visión entre suspiros agitados de las páginas centrales de alguna revista porno, sacada de no sé dónde, lo que solía acabar con el acompañado de la revista en pausas más o menos largas en el servicio de caballeros. El solía tontear con Rosita, pidiéndole incluso que se levantase la falda y nos enseñase su ropa interior, juegos a los que la mensajera, solía prestarse sin ningún rubor, pero que por supuesto nunca iban más allá. Braguitas blancas o de colores variados, vistas en cortas y juguetonas exhibiciones que nos ponían más colorados a nosotros que a la mensajera, pero que animaban, seguro que, a los tres, nuestras tardes de verano.
Poco podía sospechar que aquellos juegos veraniegos, iban a terminar a finales de aquel tórrido mes, conmigo y Rosita, dándonos el lote, una noche al salir del trabajo en un banco de La Castellana. La primera vez en mi vida que tuve entre mis manos los pechos de una chica. Quizás por eso me he visto obligado a escribir este relato, en homenaje a la mensajera que abrió, con generosidad. todo un nuevo mundo de sensaciones placenteras antes tan solo imaginadas.

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