Espacios
Santa Barbara
Santa Barbara es una popular cervecería madrileña donde descubrí y empecé a apreciar la cerveza negra.
Allí me gastaba parte de las sisas mensuales que con frecuencia hacía a mi madre cada vez que cobraba mi nomina de botones de Telefónica. Al salir de trabajar solo tenía que subir andado, por la calle Hortaleza, desde la Gran Vía hasta llegar a la Plaza de Santa Barbara para disfrutar del placer exquisito de una buena jarra de cerveza, acompañada de una ración de gambas cocidas.
Esto no hubiese tenido nada de especial, un chico que a las diez de la noche, bebe tranquilamente una cerveza sentado en el interior de un bar, si no fuese porque en ese local en especial, besé por primera vez a Susan y años más tarde fui rechazado amablemente por Asún con aquel “no sé si realmente estás enamorado de mí”, que continúa resonando en mi cabeza, tanto o más que el tierno sabor a fresa de los labios de Susan en nuestro primer beso.
El Camino Schmidt
El Camino Schmidt es el sendero más conocido de la Sierra de Guadarrama. Un camino que para mí siempre ha tenido y continúa teniendo un profundo significado emocional, quizá porque empecé a recorrerlo desde muy pequeño acompañando a mi padre, quizá porque en su pradera de Navalusilla fui investido Rover, la rama mayor del Movimiento Scout, en un caluroso mes de julio de 1968, entrando con ello en esa gran hermandad de hombres y mujeres de todo el mundo que llevan en sus corazones el espíritu de servicio al prójimo que es la esencia del escultismo. Pero sobre todo porque en una de esas noches estrelladas de agosto con la sombra de los Siete Picos a mis espaldas me convertí por un momento en Peter Pan y cogido de la mano de Wendy volé al país de Nunca Jamás, esa isla soñada en la que me refugio de vez en cuando, para desesperación de mi dinosaurio porque es el único sitio al que le tengo prohibido acompañarme.
El Sanatorio de San Juan de Dios de Málaga
Fruto de una profunda depresión fue en esta institución donde hice entrega, de manera voluntaria eso sí, de las llaves que había poseído durante más de 25 años de ejercicio de mi profesión.
Las llaves son en los centros de Salud Mental, como el San Juan de Dios de Málaga, el símbolo del poder, los instrumentos que te permiten acceder a todas y cada una de las instancias del hospital, pasillos, salas de reunión y de terapia, despachos e incluso a las habitaciones de los pacientes. Yo las tuve por primera vez entre mis manos cuando inicié mi residencia como psicólogo en el psiquiátrico de Lugo, un manojo de llaves entonces, que ahora se ha convertido en muchos casos en una simple tarjeta electrónica. Por eso desde que las recibí de manos de mi tutor, las llaves se han convertido para mí en el símbolo de la actividad psicoterapéutica, esa actividad que te permite, amparado por un título académico, entrar en la intimidad de los otros con el fin de ayudarlos y acompañarlos en sus tribulaciones emocionales.
Por eso entregar las llaves incondicionalmente, aunque solo sea por un tiempo, es un trance muy duro para cualquier profesional de la salud mental. Es un trance semiamargo ya que pasas a convivir durante casi todo el día con aquellos a los que antes veías, por muy empático que creyeras ser, como tus pacientes. Convertirme en uno de ellos fue quizás una de las mejores experiencias que he podido vivir, un aprendizaje que me acompañará siempre, y que creo sinceramente que además de un mejor profesional me ha convertido en mejor persona.
Agustín Moreno, junio 2025